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El amor de mis sueños

El amor de mis sueños

Autor: : Mik Belmonte
Género: Romance
¿Alguna vez has tenido un sueño tan real que te deja una sensación extraña durante todo el día? Abi lo tiene y se obsesiona con él. Abigail sueña al hombre perfecto. Pero sólo es un sueño, ¿no? Cuando está despierta debe trabajar y ser responsable. Sus amigas creen que es adicta al trabajo y han intentado organizarle citas incontables veces. Su terapeuta cree que necesita tomarse un tiempo sin trabajar y le extiende una licencia, y por esto Abi comienza a pasar más tiempo en su mundo de los sueños y descubre algunas cosas interesantes... Conoce unos seres extraños de enormes alas negras que atraen su atención, y siente que necesita saber más de ellos. Mientras tanto, sigue soñando con Adriano, su hombre ideal. Él hace que quiera estar todo el tiempo en su mundo de sueños. ¿Quiénes son estos seres? ¿Conocerá algún día a Adriano, el amor de sus sueños?

Capítulo 1 1

No sé exactamente cómo llegué allí. Mis ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la oscuridad del lugar. Cuando comencé a reconocer algunos elementos, me di cuenta de que estaba a la intemperie. La luna llena brillaba sobre mí y el cielo estaba cubierto de estrellas. Oí el murmullo de una discusión acalorada y comencé a acercarme para ver de qué se trataba. Los seres alados estaban en un claro de ese hermoso bosque, y hablaban de algo que yo no llegaba a comprender. Eran unos jóvenes demasiado bellos, y sus alas, completamente negras, eran imponentes e inmensas.

Tres de ellos eran varones, y las otras tres mujeres. Tenían rasgos similares, por lo que asumí que estaban emparentados.

La discusión se volvió aún más acalorada y algunos de ellos comenzaron a desenfundar las espadas de sus cinturones y se desató la lucha. Me escondí detrás de un árbol, para no ser vista, pero fue en vano. La lucha me encontró, pues ellos se movían hacia mí.

Corrí por el bosque, intentando huir, pero mis piernas se sentían demasiado pesadas. Me dije a mí misma que no debía detenerme, que debía seguir intentando escapar de aquella pelea. Aquellos seres alados parecían realmente enfadados y letales. Corrí y corrí, pero los sentía pisándome los talones. De pronto, sentí a uno de ellos muy cerca, y su tacto en mi hombro me dejó estupefacta. El escalofrío recorrió mi espina dorsal.

Desperté entre jadeos para darme cuenta de que estaba cubierta de sudor. La alarma del despertador todavía no había sonado, así que me levanté y la desactivé. Me di una ducha y pronto olvidé lo que había soñado.

Bebí un café fuerte mientras miraba las noticias en mi móvil y luego tomé mis cosas para salir a trabajar. Como todos los días, tomé el metro y caminé algunas calles para llegar a mi trabajo.

Saludé con la mano a Eva y Amelia y me encerré en mi oficina a crear contenido para el periódico, antes de que alguna de las dos pudiera decir palabra. Hacía tiempo que venían con el mismo discurso: "¿Cuándo vamos a salir todas juntas como antes? Necesitas más tiempo fuera de este lugar".

Lo cierto es que "este lugar" es mi zona de confort. Es mi hábitat natural. Es donde mejor me encuentro. Déjenme frente a mi ordenador todo el día o toda la noche, allí estaré bien. No necesito salir, no necesito música fuerte, no necesito conocer muchachos pedantes o con poca materia gris.

En mi monólogo interno, no me había dado cuenta de que Eva se acercaba a mi oficina con dos tazas de café.

-¡Buen día, hermosa! ¿Cómo te encuentras hoy? -me dijo, mientras entraba-. Tienes ojeras -observó-. ¿Has dormido algo, o te has quedado trabajando hasta tarde?

-Ajá...

-Te traje café. Aquí tienes -dijo, posando la taza frente a mí, y sentándose en la silla vacía.

-Gracias.

-Estamos organizando para este viernes, ¿sabes? -comenzó-. Deberías venir esta vez, será divertido. Vendrá Olivia.

Olivia había sido compañera nuestra en el periódico. Se había enamorado, había formado una hermosa familia, y finalmente, había renunciado a su trabajo para dedicarse a la maternidad. No era lo que yo pretendía hacer con mi profesión. Me había roto el alma para llegar a donde estaba.

-Lo pensaré, Eva.

-¿Si? -dijo, y bebió un sorbo de su café-. Sé que quieres ser siempre perfecta, pero ya lo eres Abi, salirte un poco de tu papel no te hará mal. Relájate, por un día al menos. Será bueno pasar un momento con tus amigas y distenderte, salir de la rutina.

Miré a Eva y suspiré. Sabía presionarme y si no le decía que sí iba a continuar con eso toda la mañana, y yo de verdad quería trabajar.

-Bien, Eva. Iré. Pero, ¿puedes dejar de molestarme ahora? ¿Por favor?

-¡Claro! Si prometes ir, ¡por supuesto! -dijo con una sonrisa que dejaba ver todos sus dientes.

-Y que no sea una cita a ciegas.

-Sólo nosotras, lo prometo.

Era súper alegre y sonriente todo el tiempo. Puse mis ojos en blanco y asentí. Eva bebió un poco más de su café, se levantó de su silla de un saltito y se encaminó a la puerta de mi oficina. Me miró, todavía sonriente.

-Es una cita, amiga. Agéndalo.

Se fue a trabajar y me dejó con mi trabajo. Una mañana de arduo trabajo. Al menos no tenía que levantarme de mi silla para prepararme café.

A media mañana volteé y mi mirada se encontró con la de Eva. Sonrió y me guiñó un ojo. Ese intento de emparejarme con alguien ya llevaba un tiempo. Yo no me preocupaba tanto por esas cosas. Ya llegaría mi momento de conocer a alguien, pero ahora era el momento de darle importancia a mi carrera profesional.

Pedí que me trajeran el almuerzo a las oficinas del periódico desde el restaurante que había abajo y almorcé frente a mi ordenador, como hacía casi todos los días. Bueno, esta vez dos intrusos invadieron mi oficina.

Eva y Amelia abrieron la puerta, acercaron las sillas, y se sentaron frente a mí.

-Pensamos que necesitabas compañía -dijo Eva.

-Hace tiempo que no vienes a la cocina a comer con nosotras -agregó Amelia.

-Es cierto -dije, llevándome un bocado de mi almuerzo a la boca.

-Deberías parar un poco -dijo seriamente Amelia-. Trabajas demasiado, amiga.

-Ya me lo ha dicho Eva, pero gracias por pensar en mí. Si no trabajo ahora, entonces ¿cuándo lo haré?

-Si no disfrutas de tu vida ahora, entonces ¿cuándo lo harás? -se burló Amelia.

Resoplé y miré mi comida. Jugué un poco con ella y luego volví a comer.

-No te preocupes, Amelia -intervino Eva-. Abigail vendrá con nosotras este viernes y le encontrará el sentido a la vida. Quién sabe, quizá hasta conozca algún chico guapo.

-Ya hablamos de ese tema, Eva. Nada de chicos. Si voy, es para estar con ustedes.

-"Si voy", dice. Irás. Ya lo prometiste -dijo Eva.

-De acuerdo. Este viernes, cuando nos encontremos, es sólo para pasar tiempo con ustedes, mis amigas. No voy a conocer chicos.

-¿Puedo hacerte una pregunta? -dijo Amelia.

-Dime.

-¿Por qué te rehúsas tanto a estar con alguien?

-No tengo tiempo.

-Claro que tienes tiempo. Siempre puedes encontrar tiempo.

Suspiré. Me encerraba y no dejaba entrar a nadie en mi vida. Había tenido malas experiencias en el pasado y no quería volver a intentarlo. No era mi prioridad en ese momento. Fin.

-Chicas, no se ofendan, pero en realidad este tema me tiene cansada. Y todas tenemos trabajo que hacer.

-Abi, estamos almorzando.

-Me han quitado el apetito -expresé, sonriendo con sarcasmo.

-De acuerdo -dijo Amelia, levantándose-, no te librarás tan fácilmente de nosotras, y lo sabes. El viernes serás toda nuestra. Ya lo prometiste.

Ambas salieron, ofreciéndome una sonrisita burlona, y el resto de la tarde me enfrasqué en mi trabajo, incluso después de la hora de salida.

Volví a un apartamento vacío y continué trabajando desde mi laptop, mientras escuchaba las noticias de fondo y comía sushi.

Me fui a dormir temprano y soñé con un hombre, tanto que mencionaron estar en pareja y bla bla bla, terminé soñando con un hombre.

Nos encontrábamos en una habitación en la que no había estado nunca. No sabría definir con exactitud el lugar, pero asumí que eran esos típicos lugares productos de mi imaginación que aparecen en sueños. Yo estaba sentada en un cómodo sofá y él se acercaba a mí, tomaba mi barbilla y hacía que lo mirara. Su rostro era bellísimo, y me daban ganas de besarlo. Continuaba mirando hacia arriba, embelesada, pero ninguno de los dos daba el primer paso. Parecía estar esperando mi permiso. Entonces me levanté e intenté llegar a sus labios, pero era muy alto y tuvo que agacharse. Cuando sus labios tocaron los míos, sentí una descarga eléctrica entre ellos, pero a la vez pude sentir la suavidad de su piel, y la aspereza de su barba de unos días.

Me apreté contra su cuerpo, deseando más, y acarició con ternura mi espalda. La excitación crecía dentro de mí. Alcé mi vista y pude ver que detrás de él había una cama que antes no había notado que estaba allí, pero cuando quería llevarlo hasta ella me desperté, maldiciendo entre dientes porque el sueño no continuaba.

A lo largo del día fui olvidando los detalles de su rostro, a medida que pilas y pilas de trabajo se iban acumulando en mi escritorio y la rutina me agobiaba, aunque esa sensación de placer y excitación me acompañó hasta la noche.

Deseé soñarlo de nuevo, pero fue una noche sin sueños, o al menos no lo recordaba, pues dicen que siempre soñamos, sólo que no lo recordamos. Ese día pasó como un borrón y trabajé en automático.

Volví a casa para cenar frente a la televisión, con una copa de vino en la mano. Ni bien terminé la cena, abrí un libro e intenté concentrarme en él, para sacudirme un poco la rutina de encima.

Los libros eran mis mejores compañeros, mis mejores amigos, mis mejores amantes y mis mejores escapes cuando todo lo demás se derrumbaba a mi alrededor. Siempre había un libro para cada ocasión.

Cuando al final mis párpados comenzaron a pesarme, me fui a la cama y me acurruqué entre las mantas. El sueño llegó diligente y me envolvió una bruma que me condujo a una habitación algo oscura. Una figura me esperaba allí. Una alta figura, de hombros anchos. Sólo podía ver su espalda.

Caminé hacia él, pero no lograba alcanzarlo. No parecía estar tan lejos de mí, aun así, la espesa bruma a mi alrededor no me dejaba avanzar.

Agotada, estiré mis brazos hacia él, y llamé: "¿Hola? ¿Quién eres?". Pero no volteó. No parecía oír. Seguí intentando llegar a él, pero parecía inalcanzable. De pronto, mis pies comenzaron a avanzar con un poco más de velocidad, y noté que él se quitaba su camisa, la arrojaba al suelo, luego se quitaba también sus pantalones y también los arrojaba al suelo. Noté que a su lado había una cama, que antes no me había percatado que estaba allí.

Recorrí su figura de arriba abajo: era perfecto. Parecía medir alrededor de un metro ochenta y era ridículamente bello, su musculatura era bien definida, aunque no exagerada, y sus brazos se veían bien fuertes. Su piel estaba algo bronceada y usaba la barba de unos días, que hacía juego con su corte de cabello algo desprolijo, aunque sólo era parte del look, porque de desprolijo no tenía nada.

Se recostó en la cama, tomó las mantas y se cubrió hasta la cabeza. Hasta ese momento no me había dado cuenta que seguía corriendo en su dirección, hasta que me topé con un muro invisible y las palmas de mis manos comenzaron a palpar ese muro en busca de una abertura para poder atravesarlo. Las luces de su habitación comenzaron a apagarse y me di cuenta de que yo estaba en mi propia habitación. Me recosté en mi cama y me escondí debajo de las mantas. Cerré los ojos y me quedé dormida.

No recordé otro sueño cuando desperté en la mañana, pero ese se quedó conmigo.

Se acercaba el viernes, y mis amigas se estaban poniendo cada vez más impacientes con esto de que yo había accedido a ir con ellas. Querían ir de compras luego del trabajo, pues por lo visto mi guardarropas era demasiado aburrido, y no iba a objetar nada porque todas se veían demasiado entusiasmadas.

-No puedo creer esto, Abi -decía Eva, tan efusiva como siempre.

-¿Qué cosa no puedes creer? -le dije, fingiendo sorpresa-. ¿Que pagarás todo lo que elijas para mí?

-Ja-ja.

-¿Vamos? -dijo Amelia, saliendo de las oficinas.

Ambas asentimos y nos pusimos en marcha. Amelia y Eva me llevaron a tres tiendas diferentes de ropa y me hicieron probar de todo: ropa casual, de fiesta, tacones... Me estaban volviendo loca. Decían que me vestía demasiado sobria y que mañana era un día de celebración. ¿Celebración de qué?

-Estoy cansada, por favor, basta -les dije.

-Esto será lo último que te pruebes -dijo Amelia sosteniendo una falda entre sus manos-, y nos iremos a tomar algo, lo prometo.

Amelia colocó la falda encima suyo para ver como lucía en ella.

-Amiga, ¡lucirás hermosa! -dijo, y me la alcanzó para que volviera al probador.

Suspiré y volví al probador.

-¿Cómo te queda? Déjame ver cómo te queda.

Abrí la puerta y Eva y Amelia inspeccionaron el vestuario.

-Definitivamente irás así mañana -decretó Eva.

Puse los ojos en blanco, pero acaté la orden.

Después de mi desfile por las tiendas de ropa, nos sentamos en un café a beber unos capuchinos y a comer una exquisita pastelería estilo francés: macarons, éclairs, paris-brests para compartir y una crème brûlée para cada una. Bueno, esas eran las salidas con amigas que más disfrutaba. ¿No podíamos hacer esto en vez de salir de noche a lugares ruidosos donde la gente se amontona y recibes propuestas de gente que no conoces?

Conversamos un buen rato sobre películas, libros, nos pusimos al día sobre millones de cosas (como si no nos viéramos todos los días en el trabajo), y al caer la noche, decidimos que era mejor regresar a casa para descansar. Mañana teníamos que volver a la oficina.

-Bueno, te veremos mañana en el trabajo, Abi, y en la noche también -dijo Eva, entusiasmada.

-¿No era esta la salida? -dije, fingiendo confusión.

-No te librarás tan fácil de nosotras, ya lo sabes.

-Esto no ha sido nada fácil, me han torturado durante toda la tarde.

Nos despedimos y al llegar a casa arrojé las compras al suelo y fui directo a la cama. Estaba demasiado cansada y no tenía hambre. Nos habíamos llenado la barriga con esas delicias francesas y no tenía lugar para otra cosa.

Dormí profunda y plácidamente durante toda la noche y al despertar no podía recordar lo que había soñado. Lo que no estaba segura si era bueno o malo. Por un lado, extrañaba a ese rubio alto al que no conocía y por otro, la sensación de vacío en el pecho que me dejaba al no poder tenerlo en mis brazos no estaba, ya que no lo había soñado.

Capítulo 2 2

Ya era viernes y Amelia y Eva desbordaban de emociones con mi confirmada presencia en el bar. Estaban de verdad insoportables. Nos encontraríamos todas allí a las ocho en punto.

Me di la segunda ducha del día y me vestí según ellas quisieron, con la ropa que me habían elegido el día anterior. Odiaba usar tacones, me sentía súper torpe. Estilizaba mi figura, eso sí.

Recibí un mensaje de Eva que decía "Asegúrate de usar maquillaje", al cual contesté "¿Más?".

"¡Sí!", fue toda la respuesta que recibí de ella.

No iba a hacerle caso, no pensaba lucir como un payaso. Me gustaba usar maquillaje, pero siempre intentaba darle un look natural, pues veía que muchas chicas se llenaban de productos y sólo lograban verse irreales.

Un último vistazo al espejo: me veía bien. Salí a buscar un taxi y pronto estuve en el bar donde habíamos quedado.

En la puerta, me encontré con Mía, una de las chicas que ya no trabajaba para nuestro periódico, sino que había recibido una oferta mejor y la había tomado. Seguíamos siendo buenas amigas y hablábamos todo el tiempo.

-¡Abi!

-Mía, qué bien te ves -le dije, completamente sincera.

Llevaba unos pantalones ajustados y tacones, y se veía radiante, con una sonrisa de oreja a oreja.

-Me está yendo muy bien, debe ser por eso. Vamos, te contaré todo adentro.

Seguí a Mía y vimos al resto de las chicas sentadas a una mesa. Nos dirigimos allí, para acomodarnos junto a nuestras amigas. Eva, Amelia, Sara, Lena, Olivia, todas nos saludamos.

Y comenzó la charla, hacía tiempo que no nos veíamos, más que nada que no me veían a mí, y me bombardearon a preguntas.

-Estás hermosa así vestida, Abi.

-¿Qué te está pasando que no vienes a vernos?

-Déjame decirte que te ves cansada, no lo disimulas con ese maquillaje, querida, ni siquiera yo con dos niños me veo así de cansada.

-Es que es adicta al trabajo, ya te lo dije.

-Si, puedo probarlo, yo todavía trabajo con ella. ¿Quieres que te envíe fotos, videos? No sale de su oficina.

-Ya te he dicho que hay que conseguirle pareja.

-Si, tienes razón. No le vendrá mal una distracción...

Sé que lo hacían con la mejor intención, pero yo todavía me encontraba ahí y se habían puesto a deliberar qué iban a hacer conmigo.

-¡Oigan! Estoy aquí aún.

Todas callaron y voltearon hacia mí.

-Aprecio mucho su intención, pero estoy bien.

-No amiga. No lo estás -dijo Olivia, tomando mi mano-. Debes relajarte un poco. Vivo en un estrés constante con dos pequeños que requieren de mi atención, pero al final del día duermo profundamente pues me llenan de satisfacción. ¿Puedes decir lo mismo? ¿Hay algo en tu vida que te llene? ¿Que te complete?

-Un hombre no me completará -respondí, algo enojada.

-No, no lo hará -estuvo de acuerdo Olivia-, pero es probable que conocer a alguien te ayude a dejar de esconderte en el trabajo.

Suspiré y consideré sus palabras, pues quizá Olivia se había hecho más sabia con la maternidad.

-Sé que tienen las mejores intenciones, pero no me siento preparada.

-No necesitas dar todo de ti en la primera cita o entregarte al primer hombre que pase -dijo Sara.

-Sabemos que algo te ha pasado y no quieres contarlo, estaremos para cuando quieras abrirte con nosotras. A todas nos ha pasado algo alguna vez -agregó Lena.

-Está bien, les agradezco. Ahora, ¿podemos comenzar la velada? ¿Era necesario centrarla en mí?

-Querida, eres la protagonista, hace tiempo que no venías. Era obvio que nos íbamos a centrar en ti -dijo Eva-. Además, ese tipo que está en la barra bebiendo un trago, que es extremadamente sexy, te está mirando desde que entraste.

Todas empezaron a dar grititos de excitación y miraron al pobre chico que estaba en la barra.

-Mentira -dije yo.

-Claro que sí, nena. Si estás para matar.

-Yo creo que te está mirando -afirmó Amelia.

-Si, Abi. Te mira a ti -dijo Eva.

Olivia me dio un codazo en las costillas.

-¿Qué tal si vas a pedir los tragos? -sugirió.

-¡No! ¿Qué? ¿Estás loca? -espeté.

-¡Vamos! ¡Anímate!

-No es nada serio, Abi. Si no te gusta no tienes por qué llevarlo a la cama -dijo Eva-. Sólo ve a hablar con él.

Me levanté, entre los vítores de mis amigas, y fui a la barra a pedir los tragos. Ya sabía qué bebía cada una así que no necesitaba preguntarles.

Me coloqué en la silla junto al joven que me habían indicado y al instante volteó y me habló. Sentía la mirada de mis amigas clavada en la nuca.

-Hola -dijo él.

Debía admitir que era muy guapo.

-Hola -respondí con timidez, casi inaudible.

De inmediato miré hacia adelante en busca del camarero y le hice señas. Pedí las bebidas para mis amigas y para mí, y el pobre muchacho continuaba mirándome, así que hice un esfuerzo y respiré. Me volteé y lo enfrenté.

-Soy Abigail -dije, estirando mi mano para que la estrechara.

Él sonrió y tomó mi mano.

-Noah.

-Mucho gusto, Noah.

-¿Te gustaría conversar un rato?

En ese momento llegó el camarero con las bebidas y me acobardé.

-En realidad, tengo que llevar esto a mi mesa -le dije-. No quiero hacer esperar a mis amigas.

-Ya veo -fue todo lo que dijo Noah.

Tomé la bandeja y la acerqué a mí, e intenté bajar de la silla.

-Espera, déjame ayudarte.

Creo que iba a ser lo mejor, pues con los tacones que llevaba, aunque me agregaban altura, seguía siendo bastante pequeña y era muy probable que trastabillara y terminara en el suelo bañada de alcohol. Además, usando una falda tan corta, perdería toda mi dignidad en un segundo.

Noah tomó la bandeja y la llevó caballerosamente hacia nuestra mesa. Agradecí y me senté junto a mis amigas, quienes me miraron indignadas.

-¿Qué? -pregunté encogiéndome de hombros.

-¿Qué haces aquí? -me preguntó Amelia, arqueando las cejas.

-¿Paso la noche con mis amigas?

-¿Qué haces aquí, en vez de allí con ese pedazo de bombón? -continuó Amelia, indignada, y rozando la furia.

-¡Lo que daría por estar en tu lugar ahora! -exclamó Eva.

-Entonces te cambio -sugerí.

-Vamos, sabes a lo que me refiero -dijo Eva-. No estás aprovechando la oportunidad que se te presenta, amiga.

De pronto, Eva se levantó de su silla e interceptó al muchacho que estaba volviendo a su lugar en la barra. La observamos mientras cruzaba unas palabras con él. Luego volteó y volvió triunfante a nuestra mesa.

-¿Qué ha pasado? -preguntó Sara.

-Conseguí su número -dijo sentándose.

Todas la miramos, esperando a que continuara, pero estaba claro que se estaba haciendo la misteriosa para crear más suspenso. Le encantaba hacerlo.

-¿Y? -insistió Lena, golpeando su hombro.

Eva sonrió.

-Le expliqué que nuestra hermosa amiga Abi es súper tímida y entró en pánico cuando un joven tan apuesto como él quiso hablar con ella. Entonces le pedí que por favor la disculpara y me diera su número así ella puede contactarse con él luego -concluyó con su flamante sonrisa.

-Excelente -la felicitó Amelia, dándole unas palmaditas en la espalda.

-Y aquí tienes su número, Abi -dijo, tocando los botones en su pantalla con el dedo índice-. De nada, ya te lo he enviado.

Puse los ojos en blanco y me crucé de brazos.

-Supongo que no me queda otra opción, ¿verdad? -dije.

-No.

-Habíamos dicho que sería una salida de amigas -me quejé.

-No fue planeado, lo juro -se defendió Eva.

La fulminé con la mirada. Solía salirse con la suya.

-Dale una oportunidad a ese muchacho, es un bombón -dijo Sara, a mi lado.

-¿Podríamos cambiar de tema? -dije, perdiendo la paciencia.

Notaron que de verdad estaba comenzando a perder los estribos y Olivia relató lo que había sucedido ese día en la tarde con su hijo más pequeño.

Me sumí en mis pensamientos por un momento y dejé de oír. Hacía tiempo que me había cerrado y no dejaba entrar a nadie más. Podía darle una oportunidad a aquel chico, pero nada me aseguraba que las cosas salieran bien. Era un completo extraño.

El resto de la velada transcurrió como un borrón para mí. Comimos, bebimos, participé de la charla, pero estaba en otro lugar. Seguía pensando en la estúpida idea de ese hombre perfecto que había visto en mi sueño y esa era la principal razón, además de otras excusas, por la que no quería enviarle un mensaje a ese tal Noah.

Llegué a casa demasiado cansada. Arrojé los tacones al lado de la cama, junto con el resto de mi ropa y me desplomé. Me quedé dormida en un santiamén.

Mis sueños esa noche fueron difusos, imprecisos, como imágenes que se sucedían unas a otras. Primero estaba en el bar, bebiendo un trago de un vaso alto, con una pajilla, y a mi lado se sentaba Noah. Tomaba mi mano y la besaba. "Preciosa, un gusto conocerla", decía.

En el fondo, mis amigas me alentaban a irme con él, aunque yo no estaba segura de querer hacerlo, y salíamos de allí, yo tomándolo del brazo. Al cruzar la puerta de salida del bar, nos esperaba una habitación de hotel, con una cama de sábanas de seda rojas, y luces tenues. Yo miraba hacia los lados, buscando la salida, pero no había escapatoria. Sólo había una gran ventana, como esas de las salas de interrogaciones que aparecen en las películas de detectives.

Noah, tomando mi mano, me llevaba hacia la cama y se sentaba en ella. Del otro lado de la ventana se encendía una luz, y podía ver una sombra que se acercaba, y a medida que se acercaba, reconocía el rostro del hombre. Era el hombre de mis sueños. El que había encontrado en mis sueños anteriores.

Noah me pedía que me sentara con él, y yo lo hacía, aunque no quería hacerlo. Yo quería estar del otro lado del vidrio, con él, con el chico que había soñado antes. Noah me besaba el cuello, y se sentía muy bien. Él, horrorizado, miraba desde el otro lado.

Yo quería gritar, quería decirle que lo sentía, que no quería estar con Noah. Noah me desvestía y yo lo desvestía también a él. Hacíamos el amor, todo delante de la vista del hombre que miraba del otro lado de la habitación. En su rostro podía leerse el sufrimiento al verme con otro.

Entonces, Noah me tomaba de la mano. "Vamos, mi amor, ya es hora", decía. Y yo me levantaba de la cama, miraba hacia abajo y llevaba puesto un vestido de novia.

Cruzaba una puerta, que antes no estaba allí y salíamos al exterior, hacia un día soleado en medio de los árboles. Nuestros amigos nos esperaban, sentados pacientemente.

Todos estaban allí. Incluso el amor de mis sueños. Y yo le decía a Noah en el altar: "Sí, acepto". Todos aplaudían y vitoreaban el beso que nos dábamos, mientras él continuaba compungido en el fondo, y se retiraba, caminando hacia la soledad, y yo quería correr tras él.

Desperté, creo que gritando "¡no!", o algo así. Me inundaba una sensación de angustia que no me dejó volver a conciliar el sueño, por más que era de madrugada.

Me levanté de la cama y preparé un exagerado desayuno, para comer tan despacio como fuera posible, mientras leía un libro.

Cuando se hicieron las siete de la mañana recibí un mensaje de Eva. "¿Le has enviado un mensaje? ¿Qué dijo? ¡Cuéntamelo todo!"

"No. Aún no", fue mi respuesta.

"¿Qué esperas? ¡Pobre hombre!"

"De acuerdo, dame un momento."

Pensé en qué escribirle. No quería ser descortés, pero quería dejar las cosas en claro desde el comienzo.

"Hola, Noah, soy Abi. ¿Te acuerdas? La chica de anoche", escribí. Me respondió considerablemente rápido, teniendo en cuenta que anoche habíamos salido (aunque no sé a qué hora se habría ido él del bar).

"Cómo lo olvidaría. La chica vergonzosa. ¿Cómo estás, Abi? ¿Cómo has amanecido?"

¿Era amable? ¿O se hacía el amable para llegar a su objetivo? Sexo. Todos quieren sexo. Te usan y te desechan.

Bueno, no es que nosotras no queramos lo mismo, ¿verdad? Pero bajo mis propios términos, no bajo los de él. No iba a ser así esta vez.

"Mira, no quiero darte una idea equivocada. Por eso te escribo. Mis amigas me insisten en que salga y conozca gente, pero yo estoy bien así."

"De acuerdo, linda. No quiero presionarte. Sólo quería conocerte porque me pareces una chica bellísima. ¿No me darías una oportunidad?"

Acababa de ser lo más educada posible explicando que no quería tener nada con él, pero de todas formas insistía. Detrás de esa cara bonita y ese cuerpo escultural podía esconderse un psicópata asesino. ¿Y si le decía que sí y me raptaba?

Le escribí un mensaje a Eva. "Eva, escucha. Yo sé que el chico es muy bonito. Pero no tenemos información de él. Ya cumplí con mi parte del trato. Fui anoche al bar, y le escribí el mensaje que dije que iba a escribirle. ¿Qué sucedería si acabara de salir de la cárcel? ¿O si fuese un asesino serial? ¿O si lo dejara entrar a mi casa y me secuestrara?"

Eva sólo escribió como única respuesta "JAJAJAJAJAJA".

Contemplé la pantalla de mi móvil por unos instantes y de pronto comenzó a vibrar en mis manos. Era una llamada de Eva.

-¿Hola?

-Abi, ¿estás loca?

-¿Qué?

-¡¿Estás chiflada?!

-¿Qué dices?

-¿Por qué eres tan fatalista? Es un pobre muchacho que se fijó en ti. ¿Cuáles son las probabilidades de que sea un asesino?

-Vamos, Eva. Estoy siendo realista.

-No, estás siendo una exagerada. Nadie te pide que lo metas en tu cama en la primera cita. Pueden ir a un lugar neutral. A este paso morirás sola.

-¿Y qué si quiero hacerlo?

-No hay ningún problema, pero ¿quieres hacerlo?

No contesté. No quería hacerlo. Tenía miedo de conocer personas.

-Ya veo -prosiguió Eva ante mi silencio-, entonces, escríbele a ese bombón y dile que lo verás en la tarde, en un café, a plena vista de todo el mundo, donde no será capaz de secuestrarte, violarte y torturarte hasta morir, para descuartizarte, cortarte en pedacitos y enterrarte en un descampado y ser primera plana el mes entrante.

No le contesté de inmediato porque no sabía qué decirle. Sonaba algo enojada. Lo mejor era decirle que sí a todo lo que dijera.

-De acuerdo, Eva. Lo haré.

-Adiós -dijo, y colgó.

Observé mi móvil por unos instantes y respondí el mensaje de Noah: "Bueno, Noah. Te veré hoy en la tarde. Luego te envío la dirección."

Respondió con una variedad de emojis felices.

Luego de organizarme, salí hacia el trabajo. Y durante lo que duró el viaje en metro intenté mentalizarme en quitar mis ideas "extremistas" de mi cabeza y hacerle caso a Eva. Si salía todo bien, quizá pasara un buen momento con Noah. Si lo volvería a ver o no, dependía de esa primera cita y de las conclusiones finales que sacara luego. Debía darle una oportunidad.

Después de todo, tal vez estaba volviéndome loca con esos sueños extraños que estaba teniendo, y era mi cerebro quien estaba intentando comunicarse conmigo, intentando mandar una señal para que me comportara como una persona normal y dejara de soñar al hombre perfecto. Tal vez, era la forma de mi subconsciente de decirme que viviera la vida y que conociera muchachos y le diera una oportunidad a Noah. Tal vez estaba pasando por demasiado estrés.

Le di vueltas al asunto durante todo el día hasta que se hizo la hora de ver a Noah. Fui al lugar pactado y allí estaba él, esperando.

-¿Llegué tarde? -pregunté.

-No, yo he llegado temprano para esperarte. Tú has llegado a horario. Hola, ¿cómo estás?

-Hola -dije, sentándome frente a él -, bien, ¿y tú?

-Excelente. ¿Qué pedirás? -preguntó, llamando al mesero.

-Sólo un café.

-Vamos, ¿sólo eso? ¿Estás cuidándote?

Me molestó que dijera eso. Primer strike. Creo que lo notó por la expresión de mi rostro, porque se disculpó.

-Perdón, no debí haber dicho eso. No me interesa lo que hagas con tu cuerpo. Si deseas ordenar algo más, yo invito. Si de verdad quieres sólo un café, está bien.

-Está bien, ordenaré algo más. Pero cada uno pagará lo suyo.

-De acuerdo -dijo, haciendo un ademán con ambas manos indicando su conformidad.

El mesero se acercó a donde estábamos.

-Buenas tardes -dijo él-. ¿En qué puedo ayudarlos? ¿Están listos para ordenar?

-Si -contesté la primera-. Yo deseo un capuchino y tres madeleines.

-Bien -dijo el mesero.

-Yo voy a ordenar un chocolate caliente y una porción de cheesecake de frutos rojos.

-Perfecto. Enseguida lo traeré -dijo, comenzando a voltear para marcharse.

-Disculpa -dije, arrepintiéndome de mi elección-. Yo también quiero un cheesecake.

Noah sonrió.

-Bien. ¿Reemplazo las madeleines por un cheesecake de frutos rojos, entonces?

-Si, por favor.

-Enseguida, señorita.

-Muchas gracias.

Con mis amigas solíamos pedir miles de cosas y compartirlas entre todas, pero no iba a comer del plato de Noah. Y cuando mencionó las palabras "cheesecake" y "frutos rojos" se me hizo agua la boca.

Nos trajeron nuestra orden y disfrutamos de una buena charla. Hablamos durante unas dos horas. Era un buen chico, lindo y divertido. Pero no era la gran cosa. Nada de él me llamaba particularmente la atención. No me deslumbraba. No teníamos muchos gustos en común ni nada que nos relacionara.

De inmediato pensé en lo que diría Eva si se enterara de lo que pensaba. Me diría algo así como: "No necesitas tener nada en común para llevarlo a la cama".

Lo siento, Eva. No voy a llevar a Noah a mi cama.

Mientras pensaba todo eso, interrumpí lo que decía en medio de una frase que no estaba escuchando, para proponerle algo.

-En ese año, yo estaba trabajando...

-Escucha: siento interrumpirte. Siento que esto no funcionará. Pareces un chico agradable, y creo que te llevarías genial con mi amiga Eva. Es muy bonita e inteligente. La conociste anoche. ¿Le darías una oportunidad?

Capítulo 3 3

-¡¿Que hiciste qué?! -gritó Eva, el lunes por la mañana, mientras relataba de principio a fin mi cita con Noah.

-Exactamente eso. Luego de decirle que lo nuestro no funcionaría, concerté una cita contigo, esta tarde en el mismo lugar donde nos vimos. Ya tiene tu número.

-Pero me habías dicho que había salido todo bien. Me enviaste un mensaje contándome que todo fue excelente en tu cita -se indignó Eva, mientras Amelia observaba la escena, divertida.

-Si, claro. Todo fue excelente. Comimos cheesecake. Yo bebí un capuchino...

-¡Abigail! ¡Sabes a lo que me refiero!

-Todo fue bien. Es un chico adorable. Es divertido y es lindo. Y para ser así de guapo no es nada tonto. Pero no es para mi y creo que se llevará muy bien contigo.

Eva dio media vuelta y se fue de la cocina. La había vencido en su propio juego. Amelia parecía satisfecha.

-Sabes que le tiene miedo a las relaciones formales, ¿verdad? -dijo.

-Lo sé. Por eso siempre sale con chicos por tan poco tiempo. Pero sigue insistiendo en conseguirme pareja a mí para que seamos felices por siempre. Y no funciona de ese modo.

-De todas formas hay algo que es cierto, Abi. Te cierras demasiado y no nos dejas entrar. Te vuelcas en el trabajo y no te diviertes nunca. Te aislas. Nosotras sólo queremos ayudarte.

-Lo siento.

-No pidas disculpas. Estamos para ti. Cuando lo necesites.

-Gracias. Lo aprecio mucho, Amelia, de verdad.

Eva tuvo su cita esa tarde como habíamos pactado con Noah. Era un chico muy agradable y estaba segura de que ambos se llevarían bien. Sin embargo, al día siguiente cuando nos vimos de nuevo en el trabajo, no recibimos comentarios de parte de Eva. Nos ignoró por completo durante toda la jornada a pesar de que la perseguimos por todos los rincones. Y siguió siendo evasiva también al día siguiente. Estaba claro que se había ofendido conmigo.

Por mi parte, volví a soñarlo. Mi sueño transcurría en el claro de un bosque esta vez. O eso recordé cuando desperté. Era una bonita noche y los búhos ululaban en los árboles.

Caminé hacia donde me llevaron mis pies y lo encontré. Allí estaba él: sentado en el suelo cubierto de hojas secas, contemplando el cielo estrellado. Me detuve a contemplarlo. Por un momento cerró los ojos. Parecía disfrutar de los sonidos de la noche.

Me senté junto a él en el suelo y se volteó a mirarme. Nuestros ojos se encontraron y en mutuo y silencioso entendimiento nos besamos. Peinó mi cabello detrás de mi oreja y todo sucedió demasiado rápido. Nos quitamos la ropa, acarició mi cuerpo y recorrió con sus tibias manos mis muslos. Lo dejé. Me sentía en confianza como no me había sentido nunca. Hicimos el amor allí mismo, en ese colchón de hojas secas en el bosque.

Su cuerpo era perfecto y noté que tenía un tatuaje en una de sus piernas, pero no le presté demasiada atención. Preferí seguir jugando con sus suaves labios.

Cansados, nos echamos de espaldas en el suelo a contemplar las estrellas fugaces que cruzaban el cielo y posé mi rostro sobre su pecho mientras él jugaba con mi cabello.

De pronto, desperté y el hechizo se rompió. Me sentía excitada y cansada. Quería más de él aunque hubiese sido un sueño. A la vez necesitaba una ducha como si todo hubiese sido real.

Pensé en levantarme, pero decidí quedarme un rato más en la cama y mis manos se dirigieron a mi núcleo, para estimularme durante un buen rato. Sólo pensé en él, en su mirada, en su piel, en nuestros cuerpos fundiéndose entre sí...

Cuando estuve lista me levanté para darme una ducha. Mi piel estaba sudorosa y de verdad necesitaba un buen baño.

Mientras el agua recorría mi cuerpo, pensé en que la próxima vez que lo soñara debía preguntarle su nombre. Quizá, si dormía una siesta, podía intentar entrar de nuevo en un sueño y soñarlo... Valía la pena intentarlo. Ese día no tenía que ir a trabajar.

Luego de almorzar intenté dormir una siesta. El problema era que jamás lo había hecho. Di vueltas en la cama, cerré y abrí los ojos, pero el sueño jamás llegó. Suspiré. Pensé en técnicas para agotarme y generar cansancio físico: quizá si iba a correr, me cansaría y me entraría el sueño. Valía la pena intentarlo.

Pero antes de darme cuenta, estaba pensando de nuevo en ese sueño que había tenido y mis manos se dirigían allí abajo y gemía de placer. Una vez más y saldría a correr.

Al terminar, me preparé para salir a correr. Me hizo bien oxigenarme. Escuchando música con mis auriculares, disfrutando del paisaje...

Aunque cuando volví a casa, había surtido el efecto contrario: estaba llena de energía. Terminé dando vuelta el apartamento, limpiando de arriba abajo todo lo que había en él, organizando mis libros, mi ropa, mis archivos del trabajo. Todo había quedado impecable. Una vez que terminé se había hecho la hora de la cena y mientras cocinaba, con música de fondo, pensé en que necesitaba terapia.

A la mañana siguiente, Amelia y yo enfrentamos a Eva en el trabajo apenas cruzó la puerta de entrada.

-Detente ahí -espetó Amelia.

Eva frenó, con una expresión de sorpresa en el rostro.

-Nos dirás que te está pasando -continuó-. Nos estás evitando y no es propio tuyo. Vamos, suéltalo.

Eva resopló, pero luego asintió.

-Si.

Amelia se encogió de hombros.

-¿Si qué?

-Si. Si, nos estamos viendo.

-Lo sabía -dijo Amelia, con una gran sonrisa en el rostro, volteando hacia mi.

-Yo también sabía que te encantaría Noah -le dije a Eva, y la abracé.

-Mujer, dime. ¿Por qué puede ser tan difícil admitir que un hombre puede enamorarte? -le preguntó Amelia.

-No quiero enamorarme, tonta.

-Dale una oportunidad. Si te lastima, se las tendrá que ver con nosotras.

-Tranquila -intervine-. Parece inofensivo. Es divertido. Es del tipo de chico que me gusta tener de amigo.

-No te lo has follado, ¿verdad? -preguntó Eva de pronto, frunciendo el ceño.

-¿Estás loca? -pregunté, aunque de pronto, se me ocurrió tomarle el pelo-. Y si lo he hecho, ¿qué problema habría?

-¡Abigail!

Amelia estaba muerta de risa a mi lado. Comenzamos a caminar hacia el interior de las oficinas y Eva me persiguió para saber la verdad, aunque no le dije nada en un principio. Era evidente que Eva no estaba pensando con claridad, yo nunca hubiera follado al chico en la primera cita.

Durante el almuerzo aclaramos las dudas de Eva sobre Noah y se quedó tranquila. Pudimos observar que estaba complacida con su nueva cita, y nos gustó esa nueva versión de ella.

Dejé que Eva volviera al trabajo y tomé a Amelia del brazo, para retenerla un momento.

-Oye, espera -le dije-. No te vayas aun.

-¿Qué sucede?

-No quería preocupar a Eva, pues se la ve muy alegre.

-Dime.

-Pues, no es nada grave, pero estoy teniendo unos sueños un poco extraños. No estoy descansando bien... Y me preguntaba si sería normal -sólo dije eso, pues lo demás me avergonzaba un poco.

-Ya lo has dicho todo. Lo que tú tienes es agotamiento. Estás extenuada por todo lo que trabajas. Te quedas aquí después de hora, vienes los días que no te corresponden... Deberías, quizá, tomarte esos días de vacaciones que nunca te tomaste.

-¿Y qué haré yo de vacaciones?

-Pues, ¡no lo sé! ¿Qué te parece lo que hace todo el mundo de vacaciones? Pasear, ir de compras, viajar... Lo que quieras, amiga. Es tu tiempo libre. Vamos, piensalo.

Amelia giró sobre sus talones y se fue a su oficina. Yo me quedé pensando en lo que había dicho. No era un momento para tomarse vacaciones. Lo que yo quería en ese momento era ir a casa y soñarlo. Me la había pasado todo el día mirando el reloj, esperando que la jornada terminara para volver a la cama.

Sin embargo, era cierto que me sentía agotada a pesar de que dormía durante siete horas casi sin despertarme. Así que hice una consulta con la terapeuta de la empresa.

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