Introducción : El amor no es para mi.
La casa olía a esas rosas que se marchitan, ¿sabes? Esas que fueron un espectáculo y ahora solo son un susurro seco en el aire. La chimenea crepitaba, el único ruido en la tarde quieta de la mansión Spencer. Un calor que no llegaba a quitar el frío de estas paredes llenas de retratos viejos, de tapices descoloridos... secretos de familia, supongo. Y una tristeza que se pegaba a la piel, como la humedad. Aquí estaba yo, Emily Spencer, en mi sillón rojo de siempre, la manta de lana a medio caer. Ochenta años pesan, y mis manos lo notan, arrugadas como si hubieran viajado mucho, temblando un poco con esta taza de té ya fría. El mundo se me había quedado pequeño, reducido a esta habitación, al fuego, a los recuerdos que no me dejan en paz.
Entonces la vi. Jannet, parada en la puerta, una figura pequeña bañada en lágrimas. Apenas veinte años, la edad en la que yo creía que la vida era un lienzo blanco. Pero sus ojos... rojos, brillantes de llorar... contaban otra historia. Un corazón roto. Una ilusión hecha pedazos. Las manos apretadas contra el pecho, temblando como una hoja a punto de caerse.
-Lo siento... -murmuró, limpiándose la cara con la mano, la voz rota de vergüenza-. No quería molestarte ,mami..
Me levanté despacio, dejando que la manta se escurriera. La miré con una ternura . Pobre criatura, pensé. Tan joven, tan vulnerable, con el alma al aire, igual que yo hace tanto tiempo. Sus sollozos... un eco de mis propias noches de dolor.
-No molestas, cielo -le dije, la voz áspera por los años, pero firme, como si quedara algo de aquella chica que fui-. Ven. Siéntate conmigo.
Dudó un instante, pero vino, arrastrando los pies hasta el sofá. Se encogió allí, como queriendo desaparecer. Le ofrecí té, el vapor subiendo en espirales bajo la luz tenue, pero negó con la cabeza. Las lágrimas seguían cayendo, gruesas, rebeldes, dejando un rastro brillante en sus mejillas.
-¿Qué ha pasado? -pregunté, aunque ya lo sabía por los murmullos de las criadas, esa corriente subterránea de la mansión. Su novio, Tom. Cuatro años juntos, y él la había dejado por otra. Sin mirar atrás. Corazón roto y un montón de preguntas sin respuesta. Lo sé porque ese dolor en sus ojos... lo vi en mi espejo hace décadas, cuando el amor me dio la peor de las traiciones.
Jannet se tapó la cara, sollozando con un dolor que me llegó hondo. -Yo... yo creía que era para siempre. Que era él. ¡Qué tonta fui! ¡Qué tonta! -Su voz se quebró, y cada palabra era un golpe en mi propio pecho, desenterrando recuerdos que creía enterrados.
Sus palabras resonaron, golpeando esas partes de mí que aún dolían, a pesar del tiempo. Le puse una mano arrugada en la rodilla, un gesto torpe pero sincero. -¿Quieres que te cuente una historia? -susurré, la voz apenas un hilo, pero con una determinación que no sentía hace años.
Me miró, los ojos azules hinchados, sin entender. -¿Una historia? -repitió, como si fuera absurdo en medio de su pena.
Asentí, una sonrisa triste curvando mis labios. -La mía. Quizás te ayude a entender algo que yo aprendí demasiado tarde: que el amor no siempre salva... A veces, destroza más de lo que imaginas.
Jannet no dijo nada. Solo asintió en silencio, mientras sus lágrimas se secaban poco a poco. Se acomodó en el sofá, como una niña esperando un cuento. Pero lo que iba a escuchar no tenía nada de magia. Miré el fuego, las llamas bailando como los recuerdos que empezaban a subir en mi mente, y dejé que los fantasmas de mi pasado tomaran forma.
Respiré hondo, el aire frío llenando mis pulmones. -Todo empezó cuando cumplí dieciocho años...
Recuerdo ese día como si fuera ayer. El gran salón de la mansión Spencer, a las afueras de Londres, brillaba con miles de luces doradas colgando de las arañas de cristal. Las mesas, cubiertas de manteles blancos, llenas de flores de Holanda, rosas y lirios que perfumaban el aire con una dulzura empalagosa. Las voces llenaban el espacio, un murmullo de risas forzadas. Hombres de traje oscuro, mujeres con joyas que deslumbraban... todos moviéndose como actores en una obra que yo no había elegido. Era mi cumpleaños, pero la fiesta no era para mí. Era una demostración del poder de los Spencer, una oportunidad para que mi padre, Henry, cerrara tratos y mi madre, Eleanor, presumiera de su hija perfecta.
Yo llevaba un vestido azul celeste que mi madre había escogido con cuidado. La seda me apretaba la cintura, el escote justo, el bajo rozando el suelo con una elegancia que me hacía sentir como un maniquí. A los dieciocho, mi cuerpo había cambiado, y aunque notaba las miradas, no me sentía guapa. Me sentía expuesta, como un cuadro colgado para ser juzgado.
Mi padre estaba orgulloso, pero no de mí, sino de lo que yo representaba: una joya más en su imperio, una herramienta para alianzas con otras familias ricas. Esa noche, mi "regalo" no fue un coche, ni un viaje, ni una joya. Fue algo más frío, más calculado: mi primera cita arreglada.
Se llamaba Edward Caldwell, hijo de un socio importante de la empresa familiar. Alto, rubio, con una sonrisa perfecta que no llegaba a sus ojos. Parecía sacado de un molde de "hombre ideal": impecable, elegante, aburrido hasta la médula. Pasamos la noche juntos, en una mesa apartada, rodeados de brindis forzados y conversaciones vacías. -Eres muy hermosa -me dijo en un momento, más como una evaluación que como un cumplido, como si mirara una obra de arte en una subasta.
Sonreí, no porque quisiera, sino porque sabía que mi madre me observaba desde el otro lado del salón, sus ojos de halcón listos para detectar cualquier error. La noche terminó con un apretón de manos y una promesa vaga de vernos de nuevo. Cuando subí a mi habitación, me quité el vestido y lo dejé caer al suelo, como si pudiera desprenderme también de ese vacío que me había dejado.
Edward fue el primero de muchos, pero no el peor. Las semanas siguientes trajeron una fila de pretendientes, cada uno con su propia decepción. Thomas Berenger, moreno, atlético y arrogante hasta la saciedad, hijo de un magnate hotelero, me llevó a un restaurante tan caro que ni siquiera había precios en la carta. Habló de sí mismo durante tres horas, de sus logros, sus planes, su vida. -Eres preciosa -dijo al final, acercándose con una sonrisa que prometía más de lo que yo estaba dispuesta a dar-. Serías una esposa perfecta. -Tuve ganas de vomitar, pero solo asentí, sabiendo que cualquier rechazo llegaría a oídos de mi padre.
Luego vino Michael Abbott, un chico tímido con gafas gruesas y manos sudorosas, heredero de una empresa tecnológica que empezaba a crecer. Parecía más interesado en su móvil que en mí, y en nuestra segunda cita, con una torpeza patética, me pidió matrimonio. -Tengo miedo de quedarme solo -confesó, como si eso fuera una razón para quererme. No supe si reír o llorar, así que me quedé callada.
El cuarto fue Jonathan Pierce, hijo de un magnate del petróleo. Rudo, dominante, me miraba como si yo fuera otra de sus propiedades. Su voz era un látigo, y cada palabra me recordaba mi lugar. La sola idea de pertenecerle me daba escalofríos.
Después conocí a Charles Montgomery, encantador y carismático, con una sonrisa que derretiría corazones. Pero su perfección era una fachada; no tardé en descubrir que llevaba una doble vida, llena de fiestas secretas, drogas y mujeres sin nombre. Sonreía como un ángel, pero tenía el alma de un demonio.
Y finalmente, Andrew Langley, el más joven, el más dulce, y quizás el más falso. Me susurraba promesas al oído mientras sus manos bajaban más de lo debido, buscando algo que no era amor. Cada palabra suya era una trampa, cada caricia, un cálculo.
-Seis chicos -le dije a Jannet, volviendo al presente, la voz con un amargor que el tiempo no había quitado-. Seis oportunidades de ser "feliz". Seis fracasos.
Jannet me miraba, absorta, los ojos muy abiertos, como si cada palabra fuera un golpe de realidad. -¿Y ninguno...? -susurró, apenas sin voz.
Negué despacio, los labios apretados. -Ninguno. Porque en todas esas citas, en todos esos bailes, en todas esas sonrisas forzadas, yo no era más que un objeto. Una pieza en un juego de ajedrez. Mi vida no era mía.
Suspiré, el sonido pesado en el aire. El fuego chispeó en la chimenea, iluminando las sombras que se movían en mis arrugas, cada una contando una de mis batallas. -Pero entonces... llegó él.
Y en ese instante, aunque habían pasado tantos años, mi corazón latió más rápido al decir su nombre. George. El chico que iba a quemarlo todo, que me haría creer en el amor y luego me mostraría su peor cara. Miré a Jannet, cuyos ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y esperanza, y supe que esta historia, mi historia, no era solo un recuerdo. Era una advertencia, un legado, una manera de darle sentido a todo lo que perdí.
-Prepárate, querida -le dije, la voz baja, casi un susurro-. Porque lo que viene no es un cuento de hadas. Es la verdad. Y la verdad, a veces, duele más que el amor.
Capítulo 1 - La primera ficha del tablero
La mañana de mi dieciocho cumpleaños se levantó gris, con un cielo pesado que parecía aplastar el mundo. Desde mi ventana, los jardines de la mansión Spencer, tan perfectos con sus setos y rosales, se veían apagados, como si la naturaleza sintiera mi propia angustia. Quizás era una señal, una advertencia silenciosa de que ese día no traería la felicidad que se supone tienen los cumpleaños. En el fondo, creo que ya sabía que marcaba el principio del fin.
No tuve ni un segundo de paz. Mi madre, Eleanor Spencer, irrumpió en mi habitación antes de que pudiera desperezarme. Su perfume floral, tan fuerte que casi me asfixiaba, llenó el aire. Llevaba el pelo recogido en su moño impecable, el vestido de lino azul tan rígido como ella. -¡Arriba, Emily! -dijo, tirando de las cortinas de terciopelo con brusquedad, dejando que la luz fría de la mañana invadiera la habitación-. Hoy es un día muy importante.
Importante para ella, claro. Para mi padre, Henry. Para el imperio Spencer y sus malditas alianzas. Para mí, era solo otro día en el que mi vida no era mía. Me senté en la cama, el camisón de seda resbalando, y la miré sin decir nada. No había calidez en sus ojos, solo esa determinación que me recordaba mi lugar: una pieza más en el tablero de sus ambiciones.
Eleanor dejó un vestido sobre la cama, extendiéndolo con cuidado, como si fuera una reliquia. Era de seda azul celeste, parecido al del baile de presentación, pero más ajustado, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Mi cuerpo, que ya no era el de una niña, era ahora un trofeo que debían exhibir, una herramienta para cerrar tratos. -Henry ya habló con los Caldwell -dijo mientras me cepillaba el pelo con movimientos precisos, casi mecánicos-. Esta noche conocerás a Edward. Es un joven excelente. Educado, refinado... Y, lo más importante, de buena familia.
Me mordí los labios para no contestar. ¿Qué podía decir? Mi destino estaba escrito en las agendas de mi padre, en esas conversaciones a puerta cerrada entre hombres que decidían mi futuro sin preguntarme. Resistirme era inútil; ya lo había intentado antes, con preguntas tímidas o súplicas silenciosas, y siempre obtenía la misma respuesta: "Esto es por tu bien, Emily. Por el bien de la familia." Así que solo asentí, dejando que mi madre me peinara en ondas perfectas, como si fuera una muñeca lista para el escaparate.
Cuando terminó, se detuvo frente a mí, inspeccionándome de arriba abajo. -Perfecta -murmuró, pero no era un cumplido, sino una evaluación. Luego salió, dejándome sola con el peso de sus expectativas.
Me levanté y fui al espejo grande de mi habitación. El reflejo era el de una joven que el mundo consideraría guapa: pelo castaño cayendo en cascada, ojos verdes con una mezcla de inocencia y rebeldía, una figura que el vestido azul resaltaba con cruel precisión. Pero yo no me sentía guapa. Me sentía expuesta, vulnerable, como una presa esperando que la cazaran.
El resto del día fue un torbellino de preparativos. Las criadas entraban y salían, trayendo joyas, maquillaje, zapatos de tacón que apenas podía soportar. Mi madre supervisaba cada detalle, asegurándose de que no hubiera ni un error. Mi padre, encerrado en su despacho, seguramente ultimando los detalles de la "alianza" con los Caldwell. Nadie me preguntó cómo me sentía. Nadie me preguntó si quería esto.
La fiesta empezó al atardecer, cuando el cielo gris dio paso a una noche estrellada. El gran salón de la mansión Spencer brillaba bajo la luz de las arañas de cristal, que proyectaban sombras danzantes en las paredes. La música clásica, interpretada por un cuarteto, flotaba en el aire, tan falsa como las sonrisas de los invitados. Hombres de traje oscuro, mujeres con joyas deslumbrantes y vestidos que competían por llamar la atención, todos se movían con una elegancia ensayada, como actores en una obra que yo no había elegido.
Mi padre me presentó a muchísima gente: socios, esposas de socios, hijos de socios, todos con nombres que olvidaba al instante. Sus miradas eran siempre las mismas: una mezcla de admiración y cálculo, como si estuvieran valorando una mercancía. "Qué hermosa es tu hija, Henry", decían, y él asentía, orgulloso, mientras yo forzaba una sonrisa que me dolía en el alma. Era un producto terminado, listo para ser entregado al mejor postor.
Y entonces, por fin, llegó Edward Caldwell. Lo vi antes de que me lo presentaran, destacando entre la multitud por su altura y su porte impecable. Rubio, con el pelo perfectamente peinado hacia atrás, llevaba un traje gris que parecía hecho a medida. Sus ojos, de un azul claro casi transparente, no transmitían nada: ni calidez, ni curiosidad, ni interés. Se acercó con una sonrisa perfecta, ensayada, como si la hubiera practicado frente a un espejo.
-Feliz cumpleaños, señorita Spencer -dijo, inclinándose un poco para besar el dorso de mi mano. Sus labios estaban fríos, y el contacto me hizo estremecer, no de emoción, sino de incomodidad.
-Gracias -respondí, bajando la mirada. No sabía cómo actuar, cómo ser la muñeca perfecta que todos esperaban. Mi madre, desde el otro lado del salón, me observaba con ojos de halcón, lista para corregir cualquier paso en falso. Mi padre, a su lado, charlaba con un hombre que supuse era el padre de Edward, ambos riendo como si ya hubieran cerrado un trato.
Edward me ofreció su brazo, y lo acepté, dejando que me guiara hacia la terraza. El aire helado de la noche me golpeó la cara como un latigazo, sacándome del sopor de la fiesta. Las luces de Londres parpadeaban a lo lejos, un recordatorio de un mundo al que no pertenecía. Nos detuvimos junto a la balaustrada, y por un momento, el silencio entre nosotros fue casi insoportable.
-Debe de ser agotador -dijo de repente, su voz suave pero sin pizca de empatía.
Lo miré, sorprendida. -¿Qué cosa?
Él sonrió, esa sonrisa vacía que ya empezaba a detestar. -Ser tan deseada -murmuró, como si hablara de un objeto de colección en una subasta.
No supe qué responder. Sus palabras, aunque dichas con un tono galante, me hicieron sentir pequeña, reducida a una imagen, a un ideal que yo no había pedido. Solo miré las luces de la ciudad, preguntándome cómo había llegado a este punto, cómo mi vida se había convertido en una transacción.
Edward siguió hablando, llenando el silencio con cosas sin importancia: su universidad en el extranjero, sus logros académicos, los viajes del verano pasado. Hablaba con la seguridad de quien sabe que su audiencia está obligada a escuchar. No me preguntó nada sobre mí, ni sobre mis sueños, ni sobre lo que me hacía reír o llorar. Yo era solo un requisito más en su vida perfectamente planeada, una casilla que debía marcar para complacer a su familia.
Después de un rato, me tomó del brazo con más firmeza de la necesaria, su mano cálida pero autoritaria. -Nuestros padres tienen grandes expectativas -susurró cerca de mi oído, su aliento rozando mi piel-. No querrás decepcionarlos, ¿verdad?
Su tono era suave, pero había una amenaza velada en sus palabras, un recordatorio de que esto no era un juego. Algo dentro de mí se tensó, como un resorte a punto de romperse. Comprendí, en ese instante, que esto no era una cita. Era una evaluación, un examen para determinar si era digna de formar parte de su mundo. Y yo, sin quererlo, estaba siendo juzgada.
-Por supuesto que no -respondí, forzando una sonrisa que me dolió en el alma. Las palabras salieron mecánicas, ensayadas, como si alguien más las hubiera puesto en mi boca.
La noche se arrastró, lenta e insoportable. Bailamos un vals bajo la mirada aprobatoria de nuestros padres, charlamos con otros invitados, sonreímos para las cámaras que capturaban cada momento. Interpretamos el papel que nos habían asignado, y lo hicimos bien. Pero cada paso, cada palabra, me alejaba más de mí misma.
Cuando todo terminó, Edward me acompañó hasta la puerta de la mansión. -Espero verte pronto -dijo, inclinándose para rozar mis labios con los suyos. El beso fue frío, vacío, sin ninguna emoción verdadera. No sentí nada, solo un vacío que se extendía en mi pecho.
Asentí, incapaz de decir nada. Cuando cerré la puerta detrás de mí, apoyé la frente contra la madera, el frío de la superficie calmando el ardor de mi piel. Respiré hondo, tratando de contener las lágrimas que querían salir. El primer paso se había dado. La primera ficha se había movido en ese tablero de traiciones y desilusiones que era mi vida.
Y yo... yo ya había empezado a perderme.
Capítulo 2 - Otra pieza en el tablero
Los días después de mi fiesta de dieciocho fueron como una película borrosa y gris. Cada mañana me despertaba con el estómago revuelto, el corazón latiendo entre la ansiedad y la resignación. Me miraba al espejo, buscando algún rastro de la Emily que era antes, pero solo veía a una extraña: una chica con cara bonita, pelo perfecto y una sonrisa falsa que escondía el vacío que crecía dentro. ¿Cuánto más podría fingir? ¿Cuánto más podría ser una marioneta para mis padres?
El encuentro con Edward Caldwell me había dejado tocada, no en el corazón, sino en el alma. Su beso frío, sus palabras calculadoras, la forma en que me miró como si fuera un objeto valioso, todo se repetía en mi cabeza como un eco cruel. Sabía que no podía seguir así, que tenía que hacer algo, aunque fuera pequeño, para recuperar un trozo de mi vida. Al final, una tarde, junté el poco valor que me quedaba y bajé al despacho de mi padre.
El despacho de Henry Spencer era su reino, con paredes de madera oscura, estanterías llenas de libros que nadie leía y un escritorio enorme que dominaba la habitación como un trono. Mi padre estaba allí, sentado en su silla de cuero, mirando unos papeles con una precisión de cirujano. Mi madre, Eleanor, estaba de pie junto a la ventana, revisando algo en su móvil, con su cara de siempre, impasible. El aire olía a tabaco y a la cera que usaban las criadas para limpiar los muebles, un recordatorio de la riqueza que me rodeaba y que, a la vez, me asfixiaba.
Tosí suavemente, un sonido tímido que apenas rompió el silencio. Mi padre no levantó la vista. -¿Qué quieres, Emily? -preguntó, su voz grave y fría, como si mi presencia fuera una interrupción en su mundo perfecto.
Respiré hondo, obligándome a que la voz no me temblara, aunque sentía las rodillas flojas bajo la falda. -No me gusta Edward -solté de golpe, las palabras saliendo más rápido de lo que esperaba-. No quiero volver a verlo.
El silencio que siguió fue como un peso cayendo sobre mis hombros. Mi madre arqueó una ceja, con una mezcla de sorpresa y desprecio, como si hubiera dicho algo terrible. Mi padre, por fin, dejó los papeles y me miró, sus ojos fríos y calculadores, dos pozos oscuros que parecían ver a través de mí. -Edward es una excelente opción -dijo, con un tono tan firme que no admitía discusión-. Viene de una familia impecable. Tiene un futuro brillante.
-No me importa -repliqué, sintiendo cómo el miedo me apretaba el pecho, pero sin poder echarme atrás ahora-. No... no quiero estar con alguien que no me interesa.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse. El silencio llenó la habitación, un silencio cargado de reprobación y decepción. Mi madre fue la primera en romperlo. -Estás actuando como una niña mimada -dijo, su voz cortante como un cuchillo-. No se trata de amor, Emily. Se trata de conveniencia. De asegurar tu futuro.
Sus palabras me dolieron, no porque fueran nuevas, sino porque confirmaban lo que ya temía: para ellos, yo no era una persona con sueños, sino una herramienta para sus planes. Mi padre asintió, como si las palabras de mi madre zanjaran el asunto. -Pero -continuó, dándome una mirada calculadora que me hizo sentir aún más pequeña-, si Edward no es de tu agrado, encontraremos otra opción. -Hizo una pausa, dejando claro que su paciencia tenía un límite-. No puedes seguir rechazando pretendientes eternamente.
Y así, sin más, mi destino volvió a sellarse. No había conseguido nada; solo había cambiado un pretendiente por otro, como si fuera una mercancía defectuosa que necesitaba un nuevo comprador. Salí del despacho con el corazón pesado, sabiendo que mi intento de rebeldía había sido inútil. Era una pieza más en su tablero, y ellos seguían moviendo las fichas.
Semanas después, me presentaron a Thomas Berenger, hijo del dueño de una cadena internacional de hoteles de lujo. Recuerdo el día como si fuera ayer, cada detalle grabado en mi memoria con la claridad de una herida reciente. Mi madre había elegido un vestido de seda negra para la ocasión, ajustado a la cintura, elegante pero discreto, diseñado para proyectar sofisticación sin eclipsar mi "valor". Las joyas eran mínimas pero carísimas: un collar de perlas y unos pendientes de diamantes, un recordatorio silencioso de lo que estaba en juego. Me miró en el espejo antes de salir, ajustándome un mechón de pelo con una precisión de cirujano. -Compórtate, Emily -dijo, su voz baja pero llena de advertencia-. Thomas es importante.
Asentí, como siempre, aunque por dentro sentía un nudo que no podía deshacer. Bajé las escaleras de la mansión, mis tacones resonando en el mármol, y allí estaba él, esperando en la puerta principal. Thomas Berenger conducía un deportivo de último modelo, un coche negro brillante que parecía gritar su riqueza y su arrogancia. Era moreno, atlético, con una mandíbula marcada y unos ojos oscuros que parecían devorar todo. Llevaba un traje azul marino, desabrochado lo justo para mostrar una confianza que rozaba la insolencia. Cuando me vio, sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.
-Emily Spencer -dijo, extendiendo una mano como si fuera el dueño del mundo-. Un placer.
-Igualmente -respondí, forzando una sonrisa mientras tomaba su mano. Su agarre era firme, casi posesivo, y por un instante, pensé que tal vez sería diferente. Tal vez, detrás de esa fachada de arrogancia, habría algo de humanidad, algo que pudiera conectar conmigo. Qué ingenua era.
Thomas me llevó a cenar a un restaurante carísimo en el centro de Londres. La decoración era opulenta: paredes de terciopelo rojo, lámparas de araña que brillaban como joyas, mesas adornadas con flores frescas y cubiertos de plata. Los camareros, vestidos de etiqueta, se movían con una precisión casi militar, y el murmullo de las conversaciones era tan refinado que parecía ensayado. Todo era un sueño... hasta que Thomas abrió la boca.
Durante tres horas, no paró de hablar de sí mismo. Habló de sus logros en la universidad, de las propiedades que su familia tenía en la Costa Azul, de los viajes exóticos que había hecho, de las mujeres que había dejado atrás porque, según él, eran "demasiado simples" para alguien como él. Se reía de sus propias anécdotas, como si esperara que yo aplaudiera cada una, y su voz, grave y segura, llenaba el espacio, ahogando cualquier posibilidad de diálogo. Yo sonreía, asentía, fingía interés, mientras por dentro cada palabra suya me alejaba más y más.
Ni una sola vez me preguntó por mí. No quiso saber qué libros leía, qué música me gustaba, qué sueños guardaba en mi corazón. Para él, yo no existía más allá de mi apariencia, de mi apellido, de la imagen que proyectaba al sentarme frente a él con mi vestido negro y mis perlas. Era como si estuviera cenando con un fantasma, una versión de mí que solo vivía en su cabeza.
Al final de la noche, cuando ya creía que no podía ser peor, Thomas se inclinó sobre la mesa, sus ojos oscuros brillando bajo la luz tenue de la lámpara. -Eres preciosa -dijo, con una arrogancia que ya me resultaba insoportable-. Serías una esposa perfecta.
El asco me subió por la garganta como un veneno, un sabor amargo que apenas pude contener. Tuve que tragar fuerte para no vomitar sobre el mantel blanco. Sonreí débilmente, como me habían enseñado, pero no dije nada. ¿Qué podía decir? Estaba atrapada en una jaula dorada, y Thomas era solo otro barro de esa prisión.
Pidió la cuenta con un gesto exagerado, dejó una propina enorme que parecía más una demostración de poder que un acto de generosidad, y luego me llevó de vuelta a casa. Durante el camino, habló de los futuros viajes que podríamos hacer juntos, del yate de su padre, de los hoteles que un día serían suyos. Yo miraba por la ventanilla, contando los minutos para que esa pesadilla terminara, las luces de la ciudad pasando como un borrón.
Cuando llegamos a la mansión, Thomas se inclinó para besarme. Giré la cara sutilmente, dejando que sus labios rozaran apenas mi mejilla. No quería sentirlo. No quería recordarlo. -Te llamaré pronto -dijo con una sonrisa triunfante, como si ya me hubiera conquistado.
Asentí sin mirarlo, mis manos apretadas en puños bajo el chal que me cubría los hombros. Entré en casa con pasos pesados, el eco de mis tacones resonando en el vestíbulo vacío. Subí corriendo a mi habitación, cerré la puerta de golpe y me dejé caer sobre la cama. El vestido se arrugó bajo mi cuerpo, pero no me importó. Las perlas del collar se clavaban en mi piel, un recordatorio cruel de la noche que acababa de soportar.
Miré el techo, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban los ojos, luchando por no caer. ¿Era esto todo lo que me esperaba en la vida? ¿Ser una sombra bonita en la vida de un hombre que nunca me vería como una persona? ¿Era esa la gran "bendición" de haber nacido en una familia multimillonaria? El silencio de mi habitación era ensordecedor, un vacío que se burlaba de mis sueños.
Me sentía sola, vacía, un objeto de lujo sin alma. Y supe, con una claridad devastadora, que si quería salvarme, tendría que encontrar la forma de romper las cadenas que me ataban. Pero aún no estaba lista. Aún no era lo suficientemente fuerte. Por ahora, solo podía seguir obedeciendo, seguir siendo la hija perfecta, la ficha que mis padres movían a su antojo.
Y esperar. Esperar a que algo, alguien, cambiara mi destino.