Habían pasado tres años desde que Cathy Fowler dijo sus votos matrimoniales, solo para descubrir que el hombre con el que se había casado la había traicionado.
Entró en la sala privada del club, dejando atrás la pesada puerta. Lo que vio en el interior le revolvió el estómago. Su esposo, Jayden Thorpe, tenía sus brazos alrededor de Marissa Briggs, quien llevaba puesto un impóluto vestido blanco, sus labios unidos mientras las risas y los gritos se elevaban de la mesa.
"¡El señor Thorpe y la señorita Briggs hacen la pareja perfecta!", exclamó alguien.
La llegada de Cathy paralizó por completo todas las conversaciones.
Jayden apenas se alteró, mirándola con una sonrisa practicada. "¿Qué te trae por aquí?", inquirió. "Solo nos estamos divirtiendo un poco". Ignorando su sorpresa, le hizo un gesto a Marissa. "Ella no aguanta el alcohol, así que tráele un café o algo".
Un zumbido sordo resonó en los oídos de Cathy, acallando el ruido de la sala.
Hubo un tiempo, tres años atrás, en que Jayden casi había muerto por ella. El choque que siguió... la borró completamente de su memoria.
Desde entonces, Cathy había ocultado su verdadera personalidad, desechando todo lo que amaba: guardó su mascarilla quirúrgica, abandonó sus sueños de ser piloto de carreras y enterró su pasión por el diseño, concentrándose en tratar su pérdida de memoria.
Toda esa esperanza ahora parecía carecer de sentido, destrozada en un instante.
"¿Recuerdas lo que me prometiste anoche, Jayden?".
Apenas unos minutos antes, un mensaje de un número desconocido había hecho que Cathy fuera corriendo al club en un instante. Tenía la camisa manchada de grasa y su cabello colgaba en mechones quebradizos y desiguales, dándole un aspecto descuidado.
Su esposo le había dado su palabra la noche anterior de que estaría en casa para la cena. Y ella había pasado el día preocupándose por cada detalle, con la esperanza de una velada tranquila juntos.
Sin embargo, ¡lo encontró alardeando de su infidelidad delante de todos!
Con un destello de fastidio, Jayden lo desestimó. "Tengo trabajo esta noche. No empieces nada aquí".
Sus ojos la escrutaron. Superficialmente, Cathy parecía de rostro fresco, con una belleza natural, pero para él, nunca daba la talla.
Solo era alguien que mantenía la casa en orden; nada más en ella destacaba.
"Es el cumpleaños de Marissa, así que no arruinemos la celebración", agregó.
Si se comparaba a las dos, Marissa parecía tenerlo todo: prestigio, dinero de familia y un futuro en la medicina. Según lo que le había dicho su abuelo, antes de perder la memoria, él había amado a Cathy tan profundamente que estuvo dispuesto a arriesgarlo todo por ella, incluso su propia vida. Pero ahora, Jayden solo lo consideraba absurdo.
Marissa se levantó de su asiento, con los ojos abiertos de par en par y en actitud de disculpa. "Por favor, no lo tomes a mal, Cathy. Hoy es mi cumpleaños y las cosas se nos fueron un poco de las manos. Realmente solo nos estábamos divirtiendo...".
Su tono dulce y su expresión la hacían parecer una víctima inocente atrapada en medio.
Para cualquiera, podría parecer que la otra la estaba atacando.
Cathy apretó los labios en una sonrisa que apenas ocultaba lo mucho que le dolía. "No sabía que los juegos de fiesta incluían tratar al esposo de alguien como si fuera un recuerdo de fiesta".
Si soportaba un poco más, olvidaría lo que significaba valorarse a sí misma.
Levantó la vista y sentenció: "Jayden, quiero el divorcio".
Esa sola frase pareció apagar todo el sonido de la sala.
Una extraña tensión se apoderó del pecho del hombre al mirarla a los ojos, más fríos que nunca.
Todos aquí sabían lo mucho que Cathy lo había amado.
"¿Divorcio?". Jayden casi se rio, restándole importancia al asunto como si ella estuviera exagerando. "Está bien. Solo no vengas arrastrándote después".
Marissa, todavía resentida por las palabras de Cathy, se acercó con una sonrisa forzada. "No culpes a Jayden por esto. Honestamente, yo debería ser la que...".
Un chapoteo la interrumpió.
Cathy arrojó su café, salpicando a Marissa directamente en el vestido y el rostro. "Ya que estás tan ansiosa de asumir la responsabilidad, señorita Briggs, considéralo hecho".
Marissa soltó un grito ahogado, demasiado aturdida para moverse.
Su peinado perfecto ahora estaba pegado a sus mejillas y rayas de maquillaje corrían por su rostro.
Ni una sola persona se atrevió a hablar, mientras el silencio caía sobre la sala como una pesada cortina.
Todos sabían que Marissa siempre había estado protegida por la riqueza de su familia; ¡nadie se había atrevido jamás a humillarla tan abiertamente!
Su aspecto dulce e inocente había desaparecido por completo.
Exclamó: "¡¿Te volviste loca, Cathy?!".
Por su parte, un escalofrío recorrió a Jayden. Esta no se parecía en nada a la esposa tranquila que recordaba, la que siempre dejaba pasar las cosas.
El tono de Cathy se mantuvo frío como el hielo. "¿No es esto exactamente lo que querías, señorita Briggs?". Sin vacilar, levantó el celular para que todos lo vieran. Luego dijo, con la voz cargada de ironía: "Te tomaste la molestia de enviarme el número de esta habitación. Por supuesto que no podía dejar pasar tu invitación".
Tocó la pantalla para mostrar el mensaje anónimo y, un segundo toque, reveló el código de rastreo con la dirección IP y la información de contacto que estaba detrás.
La gente se acercó, con la mandíbula desencajada, mientras la verdad salía a la luz.
Todas las pruebas recayeron directamente sobre los hombros de Marissa.
"¿Así que me invitaste solo para que los sorprendiera en pleno acto? ¿Jayden lo sabe?".
Todas las miradas se posaron sobre Marissa, quien, perdiendo la confianza, titubeó.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero negó con la cabeza desesperadamente. "¡Yo no hice nada! ¡Esto es un error!".
Pensaba que había cubierto sus huellas, pero se tambaleó al ver sus datos en la pantalla del celular de Cathy. Los códigos se remontaban directamente a su dirección, exponiéndolo todo.
Lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas, pero ni así confesó.
Se volvió hacia Jayden y dijo: "Te lo juro; no tengo idea de cómo sucedió esto".
Las manchas de café no significaban nada para Marissa en ese momento. Toda su atención estaba centrada en proteger su imagen impecable; ¡nada era más importante que proteger su reputación!
"Obviamente, alguien está tratando de incriminarme. Esto es solo una broma cruel".
Su plan original era simple: humillar a Cathy y obligarla a retroceder. Ahora, ¡el tiro le había salido por la culata y ella estaba en el punto de mira!
Jayden frunció el ceño, confundido.
Su instinto le decía que apoyara a Marissa, pero ver a su pareja ahí, con los hombros caídos y tan visiblemente herida, lo descolocaba de una manera que no podía explicar.
Todo eso le parecía casi absurdo a Cathy. Si Jayden no hubiera perdido la memoria, ¿se quedaría ahí en silencio?
Lo miró sin rastro de calidez. "A partir de ahora, señor Thorpe, hemos terminado".
La mandíbula de Jayden se apretó. Hasta ese momento, su esposa siempre había aceptado sus errores en silencio.
Y ahora, ella actuaba como si una simple ronda de juegos de fiesta fuera imperdonable, y no entendía por qué, de pronto, estaba tan decidida a terminar con todo.
Jayden no se molestó en ocultar su desdén. "Si te crees tan valiente, empaca tus cosas y vete esta noche".
Su investigación había revelado todo sobre Cathy: su infancia en el campo, los años de abandono de su familia, una vida entera en la que se la pasó relegada.
Aun con el divorcio inminente, dudaba que ella tuviera otro lugar al que ir.
Por su parte, la joven no se inmutó. "Descuida, señor Thorpe. Nunca se me pasó por la cabeza quedarme en tu casa".
Acto seguido, se dio la vuelta y salió sin mirar atrás.
Un silencio incómodo se apoderó de la sala, dejando a Jayden sin palabras.
Alrededor de la mesa, los susurros y las miradas cómplices se extendieron rápidamente.
"Seguro solo está montando un drama", dijo en voz baja uno de los invitados. "Dale unas horas. Siempre regresa como si no hubiera pasado nada".
"Sí, necesita a los Thorpe. Después de cada discusión, siempre es la primera en hacer las paces", agregó otro.
Marissa, aún empapada y con aspecto de víctima, se enjugó una lágrima. "Jayden, no te preocupes por mí. Anda, ve a tranquilizarla. Estaré bien".
La miseria se aferraba a ella mientras temblaba con la ropa mojada.
El aludido contuvo sus sentimientos. "Olvídalo. Primero te conseguiré ropa seca".
Su mirada se deslizó hacia la ventana, seguro de lo que sucedería.
"Dale dos horas. ¡Cathy volverá a casa arrastrándose, justo a tiempo!", añadió, casi desafiando a cualquiera a contradecirlo.
Marissa logró esbozar una débil sonrisa y se mordió el labio con falso remordimiento. "Quizás sea lo mejor. Ah, y la familia Curtis organiza un banquete mañana. Tal vez Cathy debería ir contigo, solo para guardar las apariencias".
Jayden no lo dudó ni un segundo. "Ella nunca ha estado a la altura para mí. Tú eres la que quiero". Su tono se suavizó mientras se inclinaba hacia la mujer. "Los Curtis están buscando médicos cualificados, y esta podría ser nuestra oportunidad para establecer algo sólido con ellos".
Los halagos llegaron de todas partes, alimentando la confianza de Marissa.
"No tiene de qué preocuparse, señor Thorpe", intervino uno de los presentes. "La señorita Briggs se graduó como la mejor de su clase de la Facultad de Medicina Frahmont, ¡y todo el mundo sabe que estudió con la legendaria Sanadora Fantasma!".
Intentando parecer modesta, la chica ofreció una sonrisa amable. "Mañana daré lo mejor de mí".
Desde luego, la verdad era muy diferente. La Sanadora Fantasma había desaparecido hacía mucho tiempo, dejando atrás solo un puñado de libros misteriosos que Marissa encontró.
Ganarse la confianza de la familia Curtis se había convertido en su nueva obsesión.
...
Mientras tanto, en Villa Violeta, Cathy preparaba tranquilamente su partida.
Casi no había nada en esa casa que le perteneciera, así que recogió solo lo esencial: su celular, algunos documentos y nada más.
Un mensaje llegó a su mejor amiga: breve, directo y definitivo. Los papeles del divorcio llevaban su firma, y la tinta se secaba mientras deslizaba su anillo de bodas sobre ellos con un suave tintineo.
"Esos son tres años que nunca recuperaré", dijo en voz baja, y su voz solo llegó a la habitación vacía.
Sin nada que la retuviera, se deslizó hacia la noche, dejando atrás el pasado.
Apenas unos instantes después, un Lamborghini rojo anaranjado se detuvo junto al bordillo. Desde detrás del volante, una mujer con el cabello recogido en un moño pulcro saltó del auto y la abrazó con fuerza. "¡Bienvenida de nuevo a la libertad, Cathy!".
Con un movimiento elegante, Demi Scott le lanzó las llaves. "Tres años es suficiente. Es hora de recuperar tu trono, Reina Cathy. Todo el mundo te está esperando".
Demi no era solo alguien a quien Cathy llamaba amiga: era una huérfana que había sobrevivido junto a ella los años más difíciles, y su vínculo era más fuerte que el de cualquier familia.
Ese tipo de lealtad significaba que se tomaba cada ofensa contra la otra como si fuera propia.
"¿Jayden? Es un desastre con patas. ¿Y Marissa, actuando como si fuera una especie de prodigio de la medicina? Dame un respiro. ¡Esa mujer es una farsante!", soltó Demi, dejando escapar su frustración. "¡Sinceramente, los dos me dan asco!".
A Cathy se le llenaron los ojos de las lágrimas por la gratitud. Tener a Demi de su lado le parecía la única bendición verdadera que le quedaba.
Abrió la puerta del copiloto y arrojó su bolso dentro. "Salgamos de aquí. No tiene sentido seguir arrastrando viejas cadenas. Ya me ha costado bastante darme cuenta".
A veces, nunca es demasiado tarde para elegirse a uno mismo.
El alivio invadió a Demi mientras se sentaba en el asiento del conductor; luego hizo una pausa, recordando algo importante. "Espera; hay más. He encontrado la información que me pediste".
El celular de Cathy vibró y recibió un archivo en su bandeja de entrada.
Demi bajó la voz, y el aire se volvió de repente más pesado. "Parece que la muerte de tu mamá no fue un accidente. Hay algo sospechoso con la enfermera que te atendió en el parto. Ella podría ser el centro de todo esto".
Una arruga se formó entre las cejas de Cathy. "¿Hay alguna forma de rastrear a esa enfermera?".
Desde el día en que nació, la tragedia la había perseguido: su madre perdió la vida durante el parto.
Su padre siempre afirmó que era un gafe, por lo que la envió a un pueblo remoto, rompiendo su vínculo con la familia Burgess.
Pero a medida que pasaban los años, a la chica le costaba más creer que la muerte de su madre fuera un simple y trágico accidente.
Demi negó con la cabeza, con clara frustración. "Aún no tenemos nada concreto. La última vez que la vieron fue en la finca de los Curtis. Ese lugar es una fortaleza, si es que alguna vez hubo una. Entrar no será sencillo".
El apellido Curtis desencadenó recuerdos de un viejo rival: un capo criminal de Mapleley, un país muy lejano de aquí. Aquel hombre no tenía vínculos conocidos con la alta sociedad de Frahmont.
La determinación se apoderó de Cathy. "No importa cuán arriesgado sea, tengo que llevar esto hasta el final".
Como por arte de magia, su celular vibró y un nuevo mensaje iluminó la pantalla.
Bajó la mirada y parpadeó, sorprendida. Su distante y frío padre la había llamado a casa por primera vez en años.
"Algo raro está pasando", observó Demi, con un tono de sospecha.
La otra guardó el dispositivo, con la mandíbula tensa. "Bien. Ya lo he pospuesto por demasiado tiempo. Es hora de que por fin recupere lo que pertenece a mi madre".
Veinte minutos después, Cathy estaba en el umbral de la Mansión Burgess. En el recibidor, la esperaba un hombre de mediana edad y rostro severo, que se apoyaba con fuerza en un bastón.
"De verdad que no puedes hacer nada bien. Primero dejas que tu matrimonio se desmorone, ¿y ahora sales con que quieres el divorcio?".
Un fuerte suspiro escapó de Josh Burgess, su padre, y continuó: "La familia Thorpe dirige la mitad del sector de la construcción en la ciudad. Nuestra empresa depende de ellos. ¿Acaso crees que voy a permitir que tu drama personal arruine nuestros negocios?".
Agitó una mano con desdén y sentenció: "Ve y prepárale la cena a Jayden. Trágate el orgullo, pídele perdón y no empeores las cosas".
Cathy soltó una risa baja y burlona. En sus palabras no había ni el más mínimo atisbo de respeto.
"Qué curioso... La abuela me contó que tuviste que arrastrarte ante ella para suplicarle clemencia por tu propia aventura. ¿Te rompió la pierna, no? Y también me dijo que le rogaste perdón a mi mamá durante tres días seguidos".
Sus labios se curvaron en una sonrisa, pero no había calidez en sus ojos.
A Josh se le puso el rostro rojo de ira. "¡¿Cómo te atreves a hablarme así?!".
Jamás había visto en ella un desafío tan gélido.
Esperaba que, después de tanto tiempo en el campo, fuera una joven tímida y fácil de manipular. En cambio, ¡ella mostraba la misma terquedad que solía volverlo loco en su madre!
"¡Arrodíllate!", exclamó el hombre, perdiendo toda la paciencia, y levantó su bastón con voz temblorosa de ira. "¡Voy a enseñarte lo que es el respeto!".
Pero Cathy fue más rápida y le agarró la mano antes de que él pudiera lanzar el primer golpe.
"Cuidado, papá", dijo ella con calma. "Tu pierna ya no es la que era".
Josh forcejeó, ¡sorprendido de no poder arrebatárselo!
La rabia le crispó el rostro. "¡Suéltalo!".
La joven rio entre dientes. "Como quieras".
Lo soltó sin previo aviso, ¡y Josh se desplomó en el suelo con un golpe seco!
Cathy soltó una risa brillante, casi inocente. "Te advertí que tuvieras cuidado, ¿no es así?".
Con el rostro contraído por el dolor, el otro intentaba ponerse de pie.
"¡Guardias! ¿Dónde diablos están? ¡Esto se acaba ahora!", gritó, mientras intentaba abalanzarse sobre ella con manos temblorosas.
De repente, el eco de unos pasos apresurados resonó en el pasillo e interrumpió el caos.
Un mayordomo entró a toda prisa, portador de un mensaje urgente. "Señor Burgess, hay alguien... aquí, de la familia Curtis. Traen una invitación para su hija; ¡se la espera mañana en el banquete de la Mansión Curtis!".
El aludido se congeló a medio gesto.
¿La familia Curtis?
Había oído rumores de que el líder de Umbra Expanse, que era de la familia Curtis, había regresado para organizar un evento por todo lo alto. Sin embargo, ni en sus sueños más remotos se imaginó ver el apellido Burgess en la lista de invitados.
Era una familia cuyas fiestas salían en primera plana en las revistas. Se decía que los pasillos de la Mansión Curtis refulgían con diamantes auténticos, del tipo que la mayoría de la gente solo veía en los museos.
"Esperen; iré a recibirlos en persona".
Olvidando su enojo, se puso de pie de un salto. Sus prioridades habían cambiado en un instante. "¡Llamen a Justine de inmediato! ¡Tiene que estar aquí para recibirlos!".
Él tenía dos hijas.
Una era Cathy, la hija de su difunta esposa, quien había crecido lejos de casa, desterrada al campo casi desde la cuna. La otra, Justine, era fruto de su segundo matrimonio: una joven que siempre obtenía lo que quería, mimada y adorada hasta el extremo.
Para Josh, era evidente que la prestigiosa invitación de los Curtis no podía ser para Cathy. Sin lugar a dudas, ¡era para su preciosa y bien educada hija menor!
En cuanto su padre desapareció por el pasillo, Cathy salió sigilosamente de la casa, decidida a encontrar lo que su madre le había dejado.
Recordando las últimas instrucciones de su abuela antes de morir, se arrodilló bajo el viejo árbol y escarbó con los dedos entre las raíces enmarañadas. Allí, oculta, encontró una pequeña caja negra.
"Falta una llave", murmuró, sopesándola en la mano.
La caja cabía perfectamente en la palma de su mano, pero estaba hecha de un material resistente, casi imposible de abrir sin la herramienta adecuada.
Encogiéndose de hombros, la guardó y volvió a entrar en la casa, justo a tiempo para toparse con su hermanastra y su padre, quienes reían juntos en el pasillo.
Justine lucía como la heredera perfecta: envuelta en un vestido de diseñador y resplandeciente de joyas costosas. "Vaya, Cathy. Me sorprende que sigas por aquí".
Ella la miró con condescendencia, la barbilla en alto.
"Seamos sinceras, dudo que alguna vez hayas puesto un pie en un evento como este. Es obvio que la invitación de los Curtis es para mí. Presta atención, y quizá aprendas cómo vive la verdadera alta sociedad", añadió, con un desprecio palpable en cada sílaba.
La otra se reclinó ligeramente, con una expresión divertida y serena. "Bueno, en ese caso, me temo que será un banquete muy desagradable para los demás invitados. Tendrán que estar en el mismo salón con una mujer fea y repugnante".
El insulto dio en el blanco. El rostro de Justine se descompuso de indignación. "¡Eres una completa...!".
"¡Basta!", la interrumpió Josh con un gesto brusco. "Contrólate. La gente de los Curtis llegará en cualquier momento".
Apenas había pronunciado esas palabras cuando un hombre en un traje a la medida entró en el vestíbulo.
Justine lo reconoció al instante y su rostro se iluminó: ¡era el secretario principal de los Curtis!
"Señorita...", comenzó el recién llegado, pero no pudo terminar.
Justine se apresuró a interponerse entre él y Cathy. "¡Soy yo!", exclamó, sonriendo al secretario antes de expresar: "Es un honor dar la bienvenida al líder de Umbra Expanse. Por favor, dígale que será un placer para mí aceptar su invitación".
Esbozó una sonrisa de suficiencia y lanzó una mirada de desprecio a su hermanastra.
Acostumbrada a ser la favorita toda su vida, ni siquiera se le cruzó por la mente que la invitación pudiera ser para alguien más.
Josh intervino de inmediato, sonriendo de oreja a oreja. "Por supuesto, Justine llevará obsequios en nombre de nuestra familia".
Ya estaba calculando las posibilidades. Con la influencia de los Curtis, ¡un matrimonio con esa familia bastaría para que los Burgess prosperaran, incluso sin el apoyo de Jayden!
Para sorpresa de ambos, el secretario pasó de largo junto a ellos y se detuvo justo frente a Cathy.
Hizo una respetuosa reverencia. "Señorita Fowler", dijo, ofreciéndole el sobre con ambas manos. "El señor Curtis me ha pedido que le entregue esta invitación en persona. Espera con gran interés poder conversar con usted sobre una posible colaboración".
Cathy parpadeó, incrédula por un instante, antes de extender la mano para aceptar la invitación. Sus dedos rozaron el sello en relieve del sobre.
Había oído rumores sobre Kellan Curtis, el enigmático líder de Umbra Expanse, un hombre envuelto en misterio y recién llegado a Frahmont.
Aun así, nada explicaba por qué alguien de su talla se fijaría en ella.
Fuera cual fuese la razón, reconoció la oportunidad de inmediato. ¡La posibilidad de entrar en la propiedad de los Curtis acababa de caerle del cielo!
Su padre se quedó inmóvil, y el asombro en su rostro dio paso a la sospecha mientras examinaba la invitación.
"¿No habrá algún error? ¿Está seguro de que la invitación es para ella?".
Pero el sobre no dejaba lugar a dudas: el nombre completo de Cathy estaba escrito con una caligrafía firme e inconfundible.
Justine, furiosa y desconcertada, no pudo evitar espetar: "¿Es en serio? ¿Por qué la familia Curtis se molestaría con alguien a quien los Burgess desecharon? ¡¿Alguien que ni siquiera pudo conservar su propio matrimonio?!".