"Mmm...", murmuró suavemente Sadie Hudson, abriendo los ojos, solo para encontrarse con una intensa mirada.
Noah Wall, su marido, había regresado; en ese momento, despedía un ligero olor a alcohol.
Él selló su reencuentro con un beso dominante, que su esposa se vio obligada a aceptar con renuncia.
Por su parte, ella sintió que la inquietud la invadía e intentó retroceder.
"Quédate quieta", retumbó la profunda y seductora voz del hombre, teñida de un encanto cautivador al que era difícil resistirse.
Por un momento, Sadie se tensó, mientras en su interior se debatía entre luchar o rendirse.
Ese día celebraban su segundo aniversario, y ella decidió no arruinarle el ánimo. Por eso suspiró, cerró los ojos y se derritió en su abrazo.
El fuerte aroma de la colonia del hombre enmascaraba el olor a alcohol y la chica se sintió envuelta por esa fragancia, que atravesaba su corazón con su potente atractivo.
En los ojos de Noah apareció el deseo, apenas vio que su cónyuge cedía; de hecho, sus acciones se volvieron cada vez más atrevidas.
Sadie estaba a punto de recuperar la compostura, cuando un jadeo salió de los labios de la chica; luego, suplicó con fragilidad: "Por favor, no seas tan brusco... porque yo...".
No pudo revelarle que estaba embarazada, pues justo en ese momento sonó el celular del hombre, rompiendo la densa tensión y cortando de golpe el momento íntimo entre ellos.
En las pupilas de Noah todavía ardía la pasión, hasta que vio la pantalla de su celular. Acto seguido, se levantó y comenzó a vestirse, sin que sus movimientos delataran nada del fervor que lo había invadido momentos atrás.
"¿Te vas?", preguntó Sadie, con una mezcla de confusión y preocupación, mientras apretaba con más fuerza su camisón.
"Sí", respondió él, con un tono casual y distante, que insinuaba que no respondería más preguntas.
"Pero...".
"Vuélvete a dormir", la interrumpió su marido. Momentos después, se inclinó hacia delante y le plantó un beso en la frente a su esposa, en lo que fue un gesto tierno, pero fugaz.
Luego, sin mirar atrás, salió del cuarto.
Sadie se quedó viendo la puerta después de su partida, con el corazón apesadumbrado. Se convenció de que se había ido para atender una emergencia del trabajo.
Sabía que siempre tenía que ser comprensiva, pues si mostraba la mínima señal de molestia, él se alejaría aún más.
Después de todo, ella lo había amado durante una década y el convertirse en su esposa era un sueño hecho realidad, así que no podía esperar más de su relación.
Con eso en mente, suspiró, se refrescó rápidamente y regresó a la cama, con una mano sobre su vientre. Con una sonrisa esperanzadora en el rostro, dijo: "Cariño, papá no quiso dejarnos solos. Así que, por favor, no se lo reproches, ¿de acuerdo?".
Apenas había pronunciado esas palabras cuando su celular vibró, por culpa de una alerta de noticias. El sonido la sobresaltó.
"El director ejecutivo de Grupo Wall fue visto en el aeropuerto a altas horas de la noche, supuestamente para recoger a su misteriosa novia", decía el titular.
Este iba acompañado de una imagen de Noah en la entrada de la terminal privada del aeropuerto, vestido con un traje negro. Su postura era impecable e irradiaba una innegable autoridad; además, su mirada era suave y transmitía una calidez que Sadie nunca había visto antes.
La sorpresa cruzó el rostro de la mujer, mientras su corazón latía dolorosamente en su pecho; la dura sensación estuvo a punto de robarle el aliento. Le costó un esfuerzo considerable recuperar la compostura. Aferrándose a una pizca de esperanza, abrió el enlace, con dedos temblorosos.
Justo como temía, un rostro familiar apareció en la pantalla: Kyla Wade. La mujer a la que aparentemente Noah no podía olvidar había vuelto a su vida.
Esa revelación le causó un escalofrío a Sadie, mientras una profunda tristeza se instalaba en lo más profundo de su corazón. De hecho, tuvo que apretar con fuerza los dientes para contener sus gritos.
El recuerdo de cómo había comenzado su matrimonio era demasiado doloroso para revivirlo.
Dos años antes, justo cuando Kyla y Noah planeaban su futuro juntos, ella desapareció de repente, sin dejar rastro.
Él estaba en un momento crítico, a punto de asegurar su puesto como presidente de la junta directiva, así que necesitaba con urgencia una esposa dócil. Sadie, conocida por su inquebrantable devoción hacia él y proveniente de una familia en decadencia, era la candidata ideal. De hecho, durante los últimos dos años, ella había sido una esposa sumisa, siempre sintiéndose indigna, como si la alegría que experimentaba en ese matrimonio nunca hubiera estado realmente destinada para ella.
La ilusión de la mujer se había hecho añicos el día anterior, cuando descubrió que estaba embarazada.
Ambos habían sido meticulosos para evitar un embarazo, a excepción de una noche el mes pasado. Noah había llegado tambaleándose hasta su casa, apestando a alcohol después de una cena de negocios. Completamente borracho, se entregó a la pasión.
Ese descuido había acabado en un embarazo y ahora Sadie vivía atormentada con la incertidumbre de cómo darle la noticia a su esposo, pues temía que él le exigiera que abortara.
En el fondo, sabía que ella no era la mujer que él amaba.
La mujer seguía sumida en un torbellino de ansiedad, pero la voz de Noah, proveniente del estudio, la sacó de sus pensamientos. ¿Había regresado tan rápido?
Sin dudarlo se levantó, se puso un abrigo sobre los hombros y se dirigió hacia allá.
Justo cuando se acercaba a la puerta, la juguetona voz de Alex Howe, un amigo de su esposo, llegó hasta sus oídos. "¿De verdad pasaste toda la noche con Kyla?".
'Así que es verdad. Él pasó toda la noche con ella', pensó la chica, con el corazón apesadumbrado.
"Ajá", respondió Noah, con una voz vacía de cualquier emoción discernible.
"Entonces, ¿qué opinas de Sadie? Después de dos años como marido y mujer, no vas a decir que ella no significa nada para ti, ¿verdad?", preguntó Alex, suavizando su tono por la preocupación. "¿Si te das cuenta de que ella es realmente extraordinaria? Si no logras ver su valor, seguramente alguien más lo hará y tú solo podrás arrepentirte".
"Solo siento un poco de culpa", respondió Noah, con voz fría y distante, como si estuviera discutiendo algo trivial. "Si estás enamorado de ella, tal vez debería ser yo quien intente emparejarlos. Pero ya hablando en serio, ¿no deberías volver a trabajar? No te entretengas más y vete".
Cuando Sadie comprendió que lo único que sentía su amado hacia ella era culpa, las lágrimas brotaron de sus ojos. Acto seguido, todavía temblando, apartó su mano del pomo de la puerta.
Todo estaba dolorosamente claro: Noah nunca la había amado. De hecho, parecía que en lo más profundo de su corazón ella era solo una nimiedad insignificante que podía entregar fácilmente a otra persona.
La desolación de esa revelación le provocó un escalofrío a la despechada.
Sadie se dio rápidamente la vuelta y se dirigió sin dudarlo al santuario del jardín, con su corazón latiendo salvajemente.
Una vez allí, se acurrucó: enterró su rostro en sus rodillas, mientras sus lágrimas distorsionaban el mundo que la rodeaba.
De golpe, los recuerdos del día que conoció a Noah, diez años atrás, la invadieron.
En ese entonces, él era el epítome del encanto y la vitalidad, además de que había nacido en el privilegio; por supuesto, se había robado el corazón de todas las chicas en la escuela. En contraste, la familia de Sadie había caído recientemente en desgracia, lo que la hacía una presa fácil para las burlas.
Noah intervino para defenderla: sus palabras eran como escudos que obligaron a los demás a retroceder.
En esos difíciles momentos, él había sido su salvador, su ángel.
Fue en ese momento cuando Sadie se enamoró perdidamente de Noah.
Días después de que él se fuera a estudiar en el extranjero, ella se dedicó a sus estudios y terminó ingresando en la misma universidad que su amado, pues creía que la excelencia académica podía cerrar la brecha entre ellos.
Finalmente, Noah un día se le acercó y le propuso matrimonio.
Sadie creyó que con su amor había logrado derretir su indiferencia, pero ahora sabía que estaba equivocada: el corazón del hombre siempre le había pertenecido a Kyla. Para él, ella siempre había sido una sustituta.
Sadie inhaló profundamente, para controlar el torbellino de emociones que amenazaba con abrumarla. Estaba embarazada y el doctor le había indicado que no se estresara; sabía que tenía que ser fuerte por su hijo nonato.
Por eso, se secó las lágrimas, se levantó y regresó al cuarto.
Sin embargo, no estaba preparada para enfrentar la falta de empatía de Noah, quien ya estaba allí y no perdió el tiempo en anunciarle sus planes.
"Kyla volvió", empezó. "Creo que es hora de que nos divorciemos".
Esa declaración afectó a Sadie con la misma intensidad que un puñetazo, robándole el aliento. Se había aferrado a una diminuta pizca de esperanza, pero él la había destrozado sin piedad.
A ella le tomó un tiempo dolorosamente largo reunir el coraje para hablar.
"¿Me dejas ahora que ella volvió?", preguntó con voz temblorosa, haciendo todo lo posible para no mostrarse vulnerable.
"Desde el inicio de nuestro matrimonio, te dejé en claro que no anhelaras algo que nunca podrá ser verdaderamente tuyo. Para compensarte, me aseguraré de darte cualquier cosa que desees", respondió Noah, con el ceño fruncido y mirándola con evidente disgusto.
Esas duras palabras habían sido su promesa en su noche de bodas, una noche destinada únicamente a acallar los incesantes susurros de la junta directiva.
El corazón del hombre nunca había sido suyo.
Sin embargo, ella, por una esperanza tonta, se había arrojado sobre él, creyendo que, con el tiempo y amor, podría provocarle cualquier emoción.
"Todas esas noches que compartimos... ¿imaginabas que yo era Kyla?", preguntó Sadie, levantando la mirada; en sus ojos había una súplica silenciosa.
Noah se quedó estupefacto ante lo directa que fue esa pregunta. Con vacilación, abrió la boca, pero fue incapaz de articular cualquier sonido.
Su esposa interpretó su silencio como la cruda admisión que había temido, lo que terminó de destrozar su ya frágil corazón.
En el fondo, ella siempre había sabido que su amado nunca había estado involucrado realmente en su unión; no obstante, los fugaces momentos de felicidad durante sus noches de intimidad la habían cegado momentáneamente ante esa brutal realidad.
Ahora le quedaba claro que había estado trágicamente equivocada: confundió su cercanía física con aceptación emocional.
Durante todo su enredo amoroso, no había podido acercarse nunca a su corazón.
Sadie soltó un largo suspiro, cerró los ojos y se resignó a su destino. "De acuerdo, te daré el divorcio", declaró.
Acto seguido, se dio la media vuelta y agarró algunos de sus objetos personales, pues decidió que pasaría la noche en la habitación de invitados.
Noah se le quedó viendo, con el ceño fruncido en señal de frustración, mientras sentía una ligera molestia crecer en su interior. Cuando su esposa pasó a su lado, extendió la mano instintivamente y agarró la suya, con la intención de decir algo. Sin embargo, justo cuando abrió la boca, una llamada de Kyla lo interrumpió.
De mala gana, Noah soltó la mano de Sadie para responder; y ella aprovechó el momento para entrar en la habitación de invitados.
"Hola, Kyla... Realmente no es nada...".
Sadie no pudo escuchar el resto de las palabras de su marido. Todo lo que pudo discernir fue la inesperada suavidad en su voz, un marcado contraste con la frialdad que reservaba para ella.
Apenas llegó a la habitación de invitados, cerró la puerta, se aventó en la cama y se tapó la boca con la mano para amortiguar sus gritos. Incluso mientras luchaba con la dura realidad de su inminente divorcio, la dolorosa disparidad en el trato que Noah les daba a ambas la hirió profundamente; a ella la trataba con indiferencia, mientras que a Kyla con cariño.
¿Qué se suponía que hiciera ahora? ¿Y qué pasaría con su hijo no nacido?
Honestamente, Sadie lo desconocía; se sentía completamente perdida. Lo único que sabía era que ahora estaba agotada, herida y desesperada por huir de todo.
El sonido del agua cayendo en cascada resonó en el baño, mientras ella se quitaba la ropa distraídamente y se metía en la regadera. Aunque el agua tibia caía en cascada sobre su cuerpo, no la ayudó para alejar la fría tristeza que se instaló en su corazón.
Se acuclilló, se encogió sobre sí misma y escondió la cara entre las rodillas. El rugido incesante de la ducha amortiguó sus sollozos cuando finalmente dejó de contenerse. Las lágrimas fluían libremente por su rostro.
'¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser tan cruel?', se preguntó.
Cuando se cansó de llorar, se levantó y se vistió; sin embargo, dio un mal paso y se resbaló sobre la húmeda superficie.
"¡Ah!", gritó por la profunda punzada de dolor que le causó la caída. Instintivamente, se llevó las manos a la parte inferior de su abdomen, justo donde sintió el impacto.
El grito de angustia de Sadie llegó hasta la recámara principal, en la que Noah se encontraba. Inmediatamente, él corrió hacia la fuente del ruido. La puerta del baño estaba entreabierta, así que vio a su esposa tirada en el suelo.
La mujer estaba pálida como un fantasma, con una capa de sudor frío en la piel; su ropa estaba desordenada y se protegía fervientemente el abdomen con las manos, como si hubiera recibido un golpe.
Al verla así, Noah sintió la preocupación extendiéndose por su pecho. Sin dudarlo, corrió hacia ella y la levantó del frío y húmedo suelo.
"¿Qué te pasó? ¿Estás herida?", le preguntó, en un tono que evidenciaba su pánico.
Sadie sentía que la mente le daba vueltas y tenía la vista ligeramente borrosa, mientras intentaba enfocar al hombre que estaba frente a ella. Le tomó un momento sobreponerse a su confusión y articular una respuesta adecuada.
"Estoy bien...", susurró.
Luego, intentó zafarse del agarre de su esposo, pero él la apretó con más fuerza.
"Quédate quieta", le ordenó Noah con voz firme y teñida de urgencia, lo que hizo que ella dejara de luchar.
"Déjame asegurarme de que no estés herida", añadió él, en un tono más suave.
Acto seguido, la colocó con cuidado sobre la cama, se inclinó sobre ella y la examinó meticulosamente, para ver si tenía alguna herida; su expresión era una mezcla de preocupación y concentración.
Esa inesperada gentileza reavivó una vacilante chispa de esperanza dentro de Sadie, quien lo agarró abruptamente de la mano y, con la voz quebrada por el miedo y la desesperación, le preguntó: "Noah, ¿qué pasaría si te dijera que estoy embarazada? ¿Aún insistirías en que nos divorciáramos?".
La posibilidad de mantener intacto su matrimonio por el bien de un hijo flotaba en el aire. En ese momento, ella buscaba en los ojos de su cónyuge cualquier señal de que estuviera dispuesto a reconsiderar su decisión.
Noah hizo una pausa y su expresión se tornó ilegible. Después, respondió con frialdad: "Siempre hemos sido cuidadosos, así que es poco probable que lo estés. Pero incluso si ese fuera el caso, la situación no cambiaría, tendrías que interrumpir el embarazo".
En ese momento, Sadie perdió todo color y quedó tan blanca como un fantasma. Noah acababa de ordenarle fríamente que le pusiera fin a su embarazo. Su indiferencia ante la situación fue como una daga en el corazón.
"¿Por qué? Incluso si no quieres al niño, ¿tienes que ser tan despiadado?", preguntó la mujer con voz temblorosa, mientras la incredulidad se extendía por sus rasgos.
"Nuestro matrimonio es meramente un acuerdo contractual. Un niño solo empeoraría las cosas", respondió Noah, en un gruñido profundo e inquebrantable, mientras le sostenía la mirada con un gélido estancamiento.
Completamente derrotada, Sadie desvió la mirada; no podía soportar tan cruel rechazo. En su interior, el dolor la atravesaba, profundo e implacable.
"Bueno, no te preocupes, Noah. ¡Nunca te cargaría con un niño!", dijo en un tono firme y desafiante, después de recomponerse.
Sin embargo, ya había tomado una decisión: se quedaría con el bebé, pero no por él, sino por ella misma. Y un día le diría a su hijo que su padre era parte de su pasado y nada más.
"Me alegra que lo veas así. Como no te sientes muy bien, tómate unos días para descansar. Por ahora, no hay necesidad de que te preocupes por el trabajo", respondió su esposo, con el ceño ligeramente fruncido.
Sin decir otra palabra, salió de la habitación de la joven; su silueta desapareció por el pasillo.
A pesar de esas palabras, Sadie fue a la oficina al día siguiente. No había espacio para la debilidad, especialmente cuando tendría que criar a un hijo sola. Sin importar lo exhausta que se sintiera, tenía que seguir adelante: no podía darse el lujo de descansar.
Ella trabaja en el Grupo Wall. Se había unido al Departamento de secretaría apenas salió de la universidad, para estar cercana de Noah. Su matrimonio era un secreto muy bien guardado, oculto a los ojos de la mayoría, a excepción del asistente de su esposo, Samuel Ford, así como para unos pocos ejecutivos selectos.
Apenas Sadie entró a su área de trabajo, escuchó el bullicio y notó una multitud apiñada frente a la sala de juntas; los susurros y murmullos llenaban el aire.
"Así que esa es la mujer de la que todo el mundo habla, la supuesta novia del señor Wall".
"¿Supuesta? Ella es prácticamente oficial, ¿entendido? No hay que olvidar que fue la razón por la que nuestro jefe entró prácticamente en crisis hace dos años".
"Al parecer se conocen desde que eran niños, cuando iban a la primaria".
"De hecho, el señor Wall se contuvo durante la reunión que tuvimos hace un rato, no me regañó ni una vez. Supongo que fue porque su novia lo estaba mirando".
"Y ahora, la señorita Wade asumirá el cargo de asesora legal privada del jefe. Serán una pareja muy poderosa".
...
Cada una de esas palabras fue un duro golpe para Sadie, como una daga afilada y helada, lista para destrozar la máscara de tranquilidad que tenía. El cariño duradero de Noah por Kyla, que hasta los empleados recordaban, la atormentaba.
En ese momento se sentía completamente insignificante. Se mordió el labio con tanta fuerza que le salió sangre y apretó tanto los puños que acabó clavándose las uñas en sus palmas, con la esperanza de que el dolor físico la hiciera olvidarse del emocional.
Luego, se obligó a bloquear los murmullos, ignorar sus crecientes celos y concentrarse en sus tareas como si nada hubiera pasado.
Sin embargo, las palabras resonaban en su mente, burlándose de ella con una persistencia cruel.
De golpe, las náuseas la invadieron, así que se levantó, echó la silla hacia atrás y salió corriendo al baño. Para ocultar su malestar, abrió el grifo al máximo; el sonido del agua corriendo fue un débil escudo contra cualquier oído curioso.
Después de que vomitó bilis amarga, Sadie sintió que la agitación en su interior disminuía un poco. Se salpicó la cara con agua fría, cada gota era una pequeña descargar eléctrica que la ayudó a recuperar la compostura.
Tras inhalar profundamente se estabilizó y salió del baño. Cuando pasó por la sala de juntas, se percató de que la puerta estaba ligeramente abierta, dejando el espacio suficiente para ver a Noah y Kyla sentados uno al lado del otro.
Ella tenía el cuerpo inclinado hacia adelante, en una pose que hablaba de elegancia y gracia deliberada. Además su voz era tan suave como un murmullo y sus ojos brillaban con una mezcla de encanto y sutil seducción.
Los dos estaban tan cerca que sus hombres casi se tocaban, formando una silueta íntima, que los hacía ver como una pareja en profunda sintonía.
Sadie, observando desde lejos, se sintió como una sombra olvidada en los confines del mundo. Ella siempre había sido la tercera en su relación, siempre mirando hacia adentro, pero nunca parte de la escena.
Fue así como las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos y a deslizarse silenciosamente por sus mejillas. Cuando se dio la vuelta para irse, golpeó una maceta con el codo, que terminó rompiéndose en el suelo.
El súbito escándalo hizo que Noah dejara de ver a Kyla y volteara hacia la fuente del ruido. Sus ojos se encontraron con los de Sadie, a quien miró fijamente con una mezcla de sorpresa y una emoción más dura.
Ella se sentía frustrada, avergonzada por su propia torpeza y abrumada por sus sentimientos.
Noah salió, irradiando un aura abrasiva; Kyla, rápida como un rayo, apareció a su lado.
"¿Qué haces aquí?", le preguntó el hombre a su esposa, con un profundo tono de desagrado.
Kyla no tardó mucho en descubrir la identidad de Sadie, pero en ese momento fingió que la desconocía.
"Noah, ¿quién es ella?", preguntó, esbozando una dulce sonrisa.
Esa pregunta, pesada y opresiva, quedó flotando en el aire.
¿Quién era ella? A Sadie le dolía el corazón por saber cuál era el lugar que ocupaba en la vida de su cónyuge.
El desdén en la expresión de Noah era evidente: sus rasgos se tensaron y un destello de desagrado atravesó su rostro. "Ella es solo una empleada", respondió secamente.
'¿Solo una empleada?', repitió mentalmente Sadie, mientras esa frase resonaba en sus oídos, amplificando su sensación de insignificancia.
En ese momento se sintió reducida a nada, una mera sombra dentro de las paredes frías y asfixiantes de su lugar de trabajo.
Apenas Noah dijo eso, se dio la media vuelta y se fue. Por su parte, Kyla hizo una pausa para lanzarle una mirada provocativa y llena de satisfacción a la otra mujer; en sus ojos brillaba el triunfo. Luego, se apresuró a seguir al hombre.
Sola, Sadie se sintió a la deriva, como si estuviera en medio de un mundo extraño e insondable. Estuvo perdida en la confusión durante el resto de su jornada laboral, pero volvió a la realidad gracias a una llamada de su abuela, Laura Stewart.
"Querida, no me estoy haciendo más joven, y quién sabe cuánto tiempo me queda. Mi mayor anhelo es verte al lado de un esposo amoroso y rodeada por tus hijos. Entonces, ¿cuándo será el día en que el finalmente traerás a tu novio para que lo conozca?".
Al escuchar eso, Sadie tragó con fuerza, mientras la emoción se apoderaba de ella. Incluso Laura, quien siempre había estado ahí para ella, ignoraba por completo que estaba casada.
Noah había fijado los términos antes de su boda: más allá de la junta directiva, era mejor mantener su matrimonio en secreto. Seguramente lo hizo porque esperaba que Kyla regresara, ¿verdad? De hecho, parecía que cada decisión que el hombre había tomado tenía como objetivo facilitarle las cosas a la abogada.
Sadie no recordaba el momento exacto en el que había colgado, pues un solo pensamiento ocupaba su mente: su promesa de que llevaría a su novio a casa de su abuela ese sábado. Pero, ¿con quién se suponía que apareciera?