- ¡Esto es ridículo! - gritó el hijo menor de la importante familia Aller al abogado y a su hermano mayor, Sebastián Aller, que sonreía complacido por la nueva noticia mientras miraba a su hermano ponerse rojo como un tomate por la ira.
-Lo siento hermanito, pero son las últimas palabras de nuestro querido y difunto padre. - se burló de él.
-¡Pero esto no puede ser cierto! papá estaba loco si creyó que sería buena idea dejarte su puesto- protestó- ¡Eres un inútil!, gastas todo nuestro dinero en mujeres, alcohol y autos de lujo. ¡No tenes la menor idea de cómo administrar una empresa! ¡Yo debería ser quien tenga ese lugar! - Gritó golpeando la mesa de vidrio del despacho de abogados.
Sebastián, el hijo mayor y nuevo heredero de más de la mitad de las riquezas que había adquirido su padre con su empresa tecnológica, sonreía divertido sin decir nada, sabía que había ganado esta batalla. No le importaba que su hermano llore y patalee, no le daría ni un centavo más.
-Lo siento señor Aller-Le respondió a Alan el asustado abogado- Pero son los deseos de su padre, para usted el 35 por ciento de los ingresos y a su hermano Sebastián el 65 por ciento y el puesto que dejó libre el difunto Señor Aller. – Dijo revisando los documentos.
-¿Lo ves hermanito? Padre sabía quién era el más competente de los dos- dijo ampliando más su sonrisa y mostrando sus brillantes y relucientes dientes que parecían marfil.
-Hay una cosa más- dijo temeroso el delgado y escuálido señor, que parecía un insecto al lado de los dos adonis que tenía delante.
-¿Qué es?- Preguntó impaciente el mayor de los hermanos, quería marcharse de ahí cuanto antes, odiaba las reuniones y el papeleo, simplemente lo aburrían. No veía la hora de tener todo bajo su poder y en su billetera.
-Para poder cobrar la herencia y mantener el puesto de CEO de las industrias Aller deberá contraer matrimonio con la mujer que su padre acordó en el testamento. Él creía firmemente en la familia y las costumbres, no quería dejar una mala imagen para su empresa.
Ambos hermanos quedaron atónitos, pero más Sebastián, que nunca había sido hombre de una sola mujer, y no tenía en sus planes quedar encadenado en un matrimonio arreglado con una mujer insoportable y caprichosa que seguramente lo haría miserable.
-Esto se está poniendo interesante- exclamó divertido Alan, sabiendo que su hermano no podría aceptar esa cláusula.
-Cállate- gruñó el hermano mayor
-En el caso de que esto no se llegara a cumplir, el Señor Alan sería quien herede el puesto y la mayor parte de las ganancias.
-Basta de habladurías y dime de una vez quien va a ser la mujer con la suerte de casarse conmigo.
Alan puso los ojos en blanco, el abogado agarró el testamento y leyó en voz alta:
-La señorita Katlyn Walker, heredera y dueña de la empresa de cosmética más grande de Europa.
Ambos hermanos quedaron boquiabiertos al escuchar el nombre de la prometida de Sebastián.
Para el nuevo heredero, ahora no eran tan mala idea casarse, esa mujer dormía en colchones de euros, si juntaba sus riquezas con las de ella sería asquerosamente millonario, no tendría límites. Pensó saboreando e imaginando sus nuevas adquisiciones para cuando esté casado.
Pero Alan, que pensó que finalmente su hermano recibiría el castigo que merecía, ahora quería asesinarlo. Porque él sabía perfectamente quien era esa mujer, la había amado desde que tenía memoria, y había imaginado, una vez muerto su padre y con el poder en sus manos, en pedirle matrimonio. Pero ahora su hermano se la iba a quitar, ¡A la mujer de sus sueños! No podía permitir que ese idiota le pusiera las manos encimas a una mujer tan hermosa y prestigiosa como ella.
Alan se levantó de golpe de la mesa de reuniones, tirando la silla con brusquedad.
-¿A dónde vas hermanito?- preguntó con un tono insoportable e irritante.
-Ya no tengo nada que hacer aquí, disfruta de tus riquezas hermano, ojalá que la vida te dé lo que te mereces.
-Lo mismo espero hermanito. –
Alan salió de la oficina cerrando la puerta con fuerza.
-Encárgate de todo el papeleo y del compromiso- le ordenó al abogado- Debo ir a ordenar mi nueva oficina- Sonrió victorioso.
Al final de cuentas ese viejo arrogante y narcisista había sido bueno en algo. Dijo para sí mismo, pensando en su padre a quien nunca había soportado en vida.
-Gracias por cuidarlo, enserio, la niñera no quiso venir porque fue sin anticipación y...
-Está bien Hele, no te preocupes. Y vete rápido que no vas a llegar a la entrevista
Helena De Luna le sonrió a su mejor y único amigo David, no sabía cómo agradecerle por aceptar cuidar a su pequeño hermano a último momento. Desde que su padre había muerto de una grave enfermedad habían sido solo ellos dos contra el mundo. Lucas se había convertido en un hijo para Helena, pero también había sido muy difícil para ella esta responsabilidad, porque el pequeño era un niño muy delicado y que se enfermaba con regularidad, teniendo que correr varias veces al mes al hospital y dejar debiendo grandes facturas que no tenía idea cuando iba a poder pagar.
Pero hoy tenía algo de esperanza, porque había encontrado en internet que buscaban a una nueva secretaria para el nuevo CEO de una empresa tecnológica de la que no tenía idea, pero parecía que daban buena paga, y realmente necesitaba el dinero.
-¡Gracias David Gracias!- Dijo saltando encima suyo y abrazándolo con fuerza
El joven rio de la actitud infantil de su amiga, pero disfrutando del abrazo, luego la soltó, aunque realmente no quería.
-Apúrate. - le ordenó con una sonrisa.
Helena le dio un beso en la frente a su hermanito que estaba en el suelo jugando con sus viejos juguetes.
-Sé bueno con David ¿Si? En un rato vuelvo.
El niño asintió sin dejar de jugar.
-Cualquier cosa me llamas- le dijo a su amigo antes de salir.
-Si, si, ¡vete de una vez!
Helena le sonrió y salió corriendo de su pequeño monoambiente en el centro de la ciudad.
La joven estaba corriendo con el corazón en la garganta, el bus había demorado más de la cuenta en llegar y estaba llegando con el tiempo justo.
Divisó el gran edificio de miles de ventanas y muchos pisos que estaba en la vereda de en frente y que tenía un gran cartel iluminado que decía "INDUSTRIAS ALLER S.A.".
Cruzó la calle, pero como siempre había sido una mujer torpe y distraída, su tobillo se dobló porque no estaba acostumbrada a los zapatos de tacón y calló en cuatro patas en el duro cemento de la calle, raspándose la rodilla y manchando con agua sucia su curriculum
-¡Maldita sea!- sacudió el papel que ahora estaba arruinado e impresentable.
Intentó levantarse adolorida cuando escuchó el rechinar de unas llantas.
Todo pasó muy rápido, vio como un vehículo negro de alta gama se acercaba a gran velocidad hacia ella y que parecía que no iba a lograr frenar.
Helena no hizo otra cosa que cerrar los ojos con fuerza y pensar en que su hermanito se quería sin nadie en este mundo.
Helena esperó el impacto que nunca llegó.
¿Había muerto instantáneamente y por eso no sentía dolor alguno?
Lentamente abrió los ojos, primero uno y luego el otro, y se encontró con la trompa del elegante automóvil con patente extranjera muy cerca de su rostro, su cuerpo convulsionaba de miedo al ver lo cerca que estuvo de morir.
Casi deja a su hermanito huérfano, la sola idea de pensar lo solo y triste que hubiese estado hizo que se le llenaran sus ojos celestes cielo de lágrimas cristalinas.
- ¡¿Pero en que carajos estabas pensando?! - Gritó Sebastián cuando salió de su vehículo, luego de que una extraña saliera de la nada y se le cruzara por delante. Casi estuvo a punto de atropellarla si no fuera por sus buenos reflejos.
Helena escuchó al hombre maldecir y asustada se levantó lentamente, sintiendo un fuerte dolor en la rodilla.
- ¿Acaso no ves por donde caminas mujer? - le gritó con dureza
La muchacha no se animó a levantar la vista, se sentía avergonzada por haber causado el accidente por no haber mirado al cruzar.
-¡Cómo lo siento!- exclamó con la cabeza gacha.
No vio el rostro del hombre, pero con tan solo ver su calzado de cuero negro perfectamente lustrado y su pantalón de sastre hecho a su medida del mismo color supo que era una persona importante y de mucho poder, lejos de tener una vida como la de ella.
-¡La próxima vez mira el maldito semáforo!
Exclamó con despreció Sebastián, al ver a la mujer exageradamente delgada que se inclinaba avergonzada frente a él. ¡Es una tabla! Pensó el joven heredero al ver sus inexistentes curvas. No pudo ver su rostro, porque su cabello largo y rojizo cubría su cara como una cascada de fuego, pero estaba seguro de que no era muy agraciada.
-¡Discúlpeme!
La mujer no dejaba de temblar y de pedir disculpas. Harto de tanta humillación de su parte, decidió volver a su vehículo y olvidarse del tema, tenía cosas más importantes que hacer.
Subió a su vehículo de lujo último modelo y le tocó bocina a la mujer, que aún no se había corrido de su camino.
Helena saltó asustada por el bocinazo y Sebastián no pudo evitar reírse de lo ridícula que se veía.
La joven desempleada caminó como pudo y salió del camino, apenas puso un pie en la vereda el vehículo aceleró pasando muy cerca suyo haciéndola tambalear y dobló en la esquina de la gran empresa.
¨Lunático¨ pensó desconcertada. Dio su segundo paso y se dio cuenta de que había pisado algo abultado, miro hacia abajo, era una cartera, una muy elegante y de cuero.
La tomó con curiosidad y la abrió.
Sus ojos se iluminaron de sorpresa al ver que dentro de la billetera había un gran fajo de billetes en dólares, tantos como nunca había visto en sus 24 años de vida. ¡Esa cantidad de dinero podría saldar sus deudas y más!
Tomó la identificación que estaba dentro y se encontró con un rostro joven y elegante.
-Sebastián Aller- leyó en voz alta.
¿De qué le sonaba ese apellido? Pensó confundida.
No pudo recordarlo, porque su mente no dejaba de pensar en el dinero. El hombre había sido despreciable con ella, alguien así no merecía un buen gesto.
-No Helena tú no eres así- Se retó a sí misma- Vas a devolver la cartera a su dueño.
La guardó en su bolso dispuesta a devolverla luego de la entrevista.
-¡¿Qué es todo este desastre?!- Gritó Sebastián al entrar a su nueva oficina y ver los muebles llenos de polvo, pilas de papeles y un olor a encierro insoportable. –¡Ey tú!- Llamó la atención de una empleada que lamentablemente justo pasaba por ahí.
-¿Si señor Aller?- dijo asustada
-¿Por qué mi oficina no está limpia y reluciente?
-Lo siento señor, pero yo no sé...
-¡No quiero una explicación quiero acción! ¡averigua de una maldita vez y soluciónalo cuanto antes! - gritó tirando un cuaderno hacia la puerta
La mujer salió corriendo asustada buscando ayuda
Helena entró al gran edificio, y se quedó maravillada al ver los grandes ventanales que iluminaban la imponente sala de recepción de mármol color blanco y estilo minimalista. Miró el gran cartel sobre el escritorio de la hermosa y despampanante recepcionista.
Industrias Aller S.A.
¡Pues claro! Que tonta era, la identificación decía Aller. ¿Pero eso significa que tenía la cartera del dueño de la empresa donde iba a pedir trabajo?
Su estómago se revolvió.
Oh por dios, debía devolverla antes de que malinterpreten su intención.
-Hola, disculpe yo venía...- No llegó a presentarse en recepción porque la misma mujer que se había cruzado con el nuevo jefe ogro le llamó la atención.
-¡Ey tú!- gritó la chica que venía corriendo directamente hacia ella.
Helena se asustó y apretó con fuerza su bolso, en donde tenía la cartera que había encontrado.
¿La habían descubierto?
La mujer la tomó del brazo y la jalo con fuerza
-¡Espera!- suplicó Helena- Te juro que yo no...
-¡No hay tiempo, el jefe ya llegó!
No no no, ¡La habían atrapado!
-Disculpame, pero yo vine por la entrevista al nuevo puesto de...
Helena no llegó a aclarar que venía al puesto de secretaria
-No hay tiempo para la entrevista, necesito que limpies su oficina antes de que nos eche a todos.
Helena se dejó arrastrar resignada a que no la iban a escuchar, supongo que debía obedecer si quería tener el puesto, quizás se empieza desde abajo literalmente limpiando suelos.
La mujer la llevó por el ascensor varios pisos arriba, y para ser exactos, al último de ellos.
Helena sintió sudor frío, nunca había estado en un lugar tan elegante, siempre había tenido trabajos de mala paga. Se miró en el espejo del ascensor y se dio cuenta de que estaba hecha un desastre, Tenía la rodilla lastimada y sangrando, las piernas y sus tacones salpicados de gotas de barro de la calle, y el pelo desprolijo, además de que su maquillaje se había corrido por el llanto.
-Llegamos- dijo la mujer
Helena salió del ascensor y se dio cuenta de que la mujer no había salido detrás de ella.
-Espera...- dijo Helena
-¡Adiós suerte!- dijo la mujer y cerró las puertas antes de que pudiera decir algo.
Helena se quedó sola en el largo pasillo, a un costado del camino había un balde con agua y varios productos de limpieza, los tomó como pudo y caminó hasta el final del pasillo rengueando de dolor, se encontró con una sola puerta de roble color rojizo con dibujos de leones furiosos. La pelirroja tragó saliva nerviosa y tocó la puerta. No recibió respuesta y entró.
-Permiso- dijo asustada
Vio que detrás de un gran escritorio de roble rojo similar a las puertas había un hombre dándole la espalda, mirando hacia la gran ciudad del otro lado del gran ventanal mientras hablaba por teléfono en un tono colérico.
-¡No me importa que salga un millón de dólares! Me lo traes igual- gritó al teléfono
-Disculpe señor- dijo Helena temblorosa en un hilo de voz
-¿Alan? ¿Y que tiene que ver el idiota de mi hermano en todo esto? El CEO soy yo, así que encárgate...
La muchacha dejó los productos sobre el suelo y enjuagó el trapo en el balde mezclando varios líquidos, luego se arremangó la camisa y hundió sus delgados brazos en el agua helada. Puso el trapo en el suelo y comenzó a refregar de rodillas, sintió una punzada de dolor en su rodilla lastimada, tuvo que tragarse el gemido de sufrimiento.
Sebastián estaba en medio de una caliente conversación con su contador sobre si comprar o no el nuevo reloj que había salido al mercado cuando sintió un fuerte olor invadir sus fosas nasales, picándole con molestia.
-Luego te llamo- dijo y colgó el teléfono.
Se dio vuelta con la intención de insultar a la persona de limpieza cuando...
-¿Qué producto de segunda mano es ese?- exclamó volteándose para castigar al conserje, sorprendiéndose al ver a la mujer escuálida que casi mata hace tan solo un rato. -¿Tú?- dijo con desprecio.
Otra vez estaba en el suelo, con su cabello enmarañado cubriendo su identidad, parecía que ese era su estado natural.
La mujer levantó su rostro asustada y finalmente la pudo ver.
Sebastián debía admitir que no era fea, pero tampoco era la gran cosa para él, acostumbrado a mujeres despampanantes, de cuerpos esculturales y rostros exóticos. Tenía los ojos más grandes que jamás había visto y eso le incomodaba un poco, el color celeste de sus pupilas era único, como el cielo, pero en un día despejado de verano, sus labios eran finos y delicadamente rosados, su piel era tan pálida que parecía casi enfermiza, como si nunca hubiese salido a sol, su nariz era delgada y respingada, salpicada de unas pecas marrones, tenía una expresión de terror en su rostro que le hizo erizar la piel. Mechones de su cabello fuego caían como líneas verticales en su rostro. ¿No conocía un peine? Pensó.
-¿Podrías explicarme que haces en mi oficina?- exigió con fuerza, asustando a la mujer y desviando sus pensamientos sobre la mujer- ¡¿Me estas siguiendo?!
-No-no señor, eso no es cierto yo vengo a...
-¿Eres de esas estafadoras que quieren quitarme mi dinero? Te comento que no soy idiota, sé reconocer a una de los tuyos...
Helena apretó con fuerza las muelas y levantó la mirada hacia el rostro del arrogante hombre. La muchacha no se sorprendió al encontrarse con unos ojos en forma de almendras con pupilas de un color amarronado con tintes de rojo, como si fueran los ojos de un demonio que podía atravesar su piel y llegar a su alma. Helena tragó saliva nerviosa al no poder negar lo elegante y hermoso que era, su foto de la identificación no le hacía honor a su rostro en vivo y en directo, su piel era de un color tostado que le hacía imaginar que el despiadado hombre pasaba mucho tiempo de vacaciones en países caribeños, su rostro estaba perfectamente afeitado, su piel se veía suave y tersa digna de alguien de su clase, con pómulos prominentes, mandíbula marcada y nariz griega, el cabello negro azabache perfectamente cortado a los costados y un poco más largo en la parte de arriba. Parecía el villano perfecto una película.
-Eso no es...- Intentó negar la acusación aún aturdida por la belleza del hombre.
-Vete de mi oficina antes de que llame a la policía. - advirtió y estiró su largo y estilizado brazo hacia la puerta.
Helena se levantó apretando el trapo que goteaba agua, mojando sus pies
-Yo solo vine a limpiar- exclamó con la voz trémula.
Sebastián no pudo evitar burlarse con una grotesca risotada, se veía patética.
-No puedo creer que alguien tan tonta como tú trabaje en mi empresa
Helena quedó asombrada por el comentario del hombre, no podía creer que alguien tan cruel sea su jefe
-Tampoco puede creer que alguien tan inhumano sea jefe de una empresa tan reconocida- murmuró por lo bajo
El hombre la miró con sus ojos inquietantemente negros
-¿Qué dijiste?- advirtió
Helena se asustó al caer en la cuenta de lo que había dicho, tenía que recordar que estaba ahí por el dinero, para pagar los gastos médicos de su hermanito, debía ser más paciente con el hombre.
-Dije que no puedo creer que tengan productos tan malos para la limpieza- mintió mordiéndose la lengua y pisoteando su dignidad.
Con voz asustada e intimidada por la mirada de depredador de su jefe bajó la cabeza y dijo:
-Estoy aquí para trabajar, lamento molestarlo-
Helena se puso nuevamente de rodillas y volvió a fregar el suelo, tenía que aguantar, no podía renunciar ante el primer maltrato, tenía que soportar su trato inhumano.
Sebastián se sentó en su gran y mullido asiento de cuero que parecía el trono de un rey a no hacer nada más que observar a su empleada limpiar arrastrándose por el suelo.
Debía admitir que la mujer era buena en su trabajo y eso le molestaba. Odiaba no tener la razón.
Miró su taza de café a medio tomar y con un rápido movimiento la tiró al suelo haciéndola añicos y ensuciando el suelo con el líquido marrón.
-Te faltó ahí- exclamó divertido, cruzándose de brazos.
Helena tuvo que tragarse las ganas de insultarlo y apretó con fuerza los puños en el trapo mojado.
Sebastián notó esto y no pudo evitar reírse a carcajadas de su empleada.
-¿Qué sucede? ¿te sientes impotente? - exclamó provocándola.
Helena no le hizo caso, y se arrastró hacia la gran mancha, limpiándola sin decir nada.
-¡Oh vamos! Sé que quieres pegarme. ¡Pues hazlo!
La muchacha comenzó a limpiar con más fuerza
"Concéntrate en tu trabajo Helena, no lo escuches, solo quiere hundirte"
Sebastián sonrió divertido
-¡Vamos, saca toda esa bronca que tienes dentro!
Helena se detuvo de fregar y escurrió con fuerza el líquido marrón, tenía el rostro casi tan rojo como su cabello, ahogándose con los insultos que no iban a salir.
Fastidiado de que la mujer lo ignorase dejó de reírse
-Hazlo y quedarás de patitas en la calle- amenazó con la voz hostil.
Helena sintió el sudor frío correr por su cuerpo. Respiró hondo y continuó con su trabajo, ignorando los insultos de su jefe.
Sebastián se apoyó en su respaldo, mirándola con desconcierto, debía admitir que la mujer era dura, podía soportar sus insultos. Muchos otros empleados hubiesen salido corriendo, o llorado o hasta gritado "¡Renuncio!". Pero la escuálida mujer no había dicho nada.
Luego de un rato, Helena finalmente terminó su tortura, había dejado la oficina tan reluciente que podía ver su propio reflejo cansado en el suelo de mármol negro.
Sebastián, que había estado aburrido mirando a la mujer trabajar, sin nada mejor que hacer, vio como se levantaba del suelo sacudiendo el polvo de sus delgadas rodillas, una de ellas tenía una herida abierta que no había notado hasta ese momento. ¿Se lo había hecho en el incidente? Se preguntó el joven heredero.
"No es mi maldito problema" concluyó.
Su empleada, estiró sus largos brazos sobre su cabeza y quitó todo el cabello de su rostro, atándolo en una coleta de caballo.
Sebastián no pudo evitar mirarla de otra manera, el cabello en la coleta le daba un toque más provocativo, la camisa remangada y el último botón de su camisa abierto, le hacía desear mirar dentro y encontrarse con sus pequeños pechos. Helena se acomodó su falda, que se había levantado un poco más de la cuenta. Sebastián tragó saliva y quiso que la mujer estuviera nuevamente fregando el suelo en cuatro patas, pero dándola la espalda.
Helena lo miró una última vez antes de irse, encontrándose con la mirada lasciva de su jefe. Estuvo a punto de huir cuando el hombre le llamó la atención:
-¿Esa es tu forma de limpiar?
-¿Disculpe?
-El lugar a quedado sucio, ni siquiera eres buena para conserje.
Helena miró el lugar con desconcierto. ¡Pero si había quedado reluciente!
-Lo siento señor, voy lustrar una vez más- respondió resignada.
El hombre apretó los puños con molestia, odiaba la sumisión y pasividad de la mujer.
-¡No! ¡vete de una vez! Tengo que hacer cosas más importantes
Helena se le quedó mirando confundida.
-¿Qué esperas? ¡Largo!
La pelirroja salió echando humo de la oficina, cerrando las puertas con fuerza.
¡Ese maldito!
Entró al ascensor y miró la hora en su celular, aún estaba a tiempo para poder entregar su curriculum para el puesto de secretaria, todavía faltaban unos minutos para que sean las tres de la tarde.
Bajó varios pisos al área de recursos humanos y corrió los últimos metros hasta la oficina.
Se asomó por la puerta
-Disculpe...
Un hombre de unos cuarenta años levantó la mirada
-Vine a la entrevista- Helena se acercó y tímidamente puso el papel con su información en el escritorio, estaba arrugado y húmedo por el agua de la calle, se sintió avergonzada, pero era la única copia que tenía encima.
El hombre miró la hora en su reloj de muñeca y luego dijo con desinterés:
-Lo siento, pero ya cerramos las entrevistas
-Pero si aún faltan unos minutos
-Ya es tarde, lo siento.
Helena cerró la puerta de la oficina y caminó temblorosa hasta el ascensor, donde se desplomó y comenzó a llorar desconsoladamente
¡No lo había logrado!
Ese maldito se había burlado de ella, la había humillado, hasta casi la atropella ¿Y todo para qué?
Helena se bajó en un piso cualquiera y sacó de su bolso la billetera del despiadado hombre y miró hacia todos lados, no había nadie más. Con bronca sacó los billetes y tiró la cartera en un tacho de basura, guardándose el dinero en su cartera, volvió a subir al ascensor sin darse cuenta de que todo fue captado por la cámara de seguridad.
Luego de que la mujer escuálida y sin gracia había salido de la oficina de Sebastián, el joven CEO no había dejado de pensar en ella ni un segundo, sabiendo que no podría sacársela de la cabeza, porque era un hombre obsesivo y caprichoso, llamó a su gerente de recursos humanos.
-¿Señor?
-Necesito el nombre de la mujer que hizo a limpieza en mi oficina
-No sé a quién se refiera, no contratamos a nadie aún.
Sebastián apretó con fuerza el tubo del teléfono. ¡Lo sabía! Esa mujer era una extorsionadora y farsante.
-Una mujer flaca, de cabello pelirrojo y desaliñada.
-Ah si, llegó tarde a la entrevista para secretaria presidencial, tuve que rechazarla
Ah, así que esa era su intención, rio divertido.
-Hazle una nueva entrevista y dale el puesto
-Pero señor Aller, esa mujer no tiene estudios ni experiencia alguna en el área, es demasiado cargo para una persona que no sabe absolutamente nada
-Ya he tomado una decisión, quiero que sea ella. Dile a la secretaria que era de mi padre que le enseñe lo básico- Colgó el teléfono sin esperar una respuesta.
Helena estaba sentada en el banco de espera de la recepción, tratando de recobrar la compostura antes de ir a su casa, no quería que su hermanito ni David la vieran así, si el hombre se enteraba de lo que le había pasado vendría a la empresa a querer asesinar a quien pudo haber sido su jefe, su amigo siempre la había protegido, como un padre.
Tomó el celular para avisarle a su mejor amigo que estaba en camino cuando le llegó un mail de la empresa.
Asustada y con el corazón en la garganta abrió el mail
¿La habían descubierto? Ahora sí estaba en serios problemas.