Siempre llegaba a casa de Mateo unos minutos antes de lo acordado para las clases de cálculo.
El olor a café recién molido de la cafetería de sus padres era mi consuelo, el aroma de mi infancia y de todas nuestras tardes de estudio.
Pero esta vez, al acercarme a su puerta, escuché una risita ahogada que no era la suya, y susurros que delataban una historia muy diferente a las derivadas.
Mateo no me estaba esperando para estudiar, sino que estaba enfrascado en otro tipo de "clase" con Valentina, la nueva chica de intercambio.
Mi primer pensamiento no fue de celos, sino de puro fastidio. Había un examen importante el lunes, y cada minuto de tutoría, por el que cobraba, era crucial.
Cuando la puerta se abrió y Mateo apareció despeinado y rojo, con Valentina sonriendo triunfante detrás de él, la escena fue clara.
"¡Sofía! ¿Qué... qué haces aquí?"
Valentina me lanzó una sonrisa dulcemente venenosa, como si no acabara de salir de una situación comprometedora.
"Hola, Mateo. Llevamos quince minutos de retraso para la clase de cálculo. El tiempo sigue corriendo, ¿sabes?"
Esperaban una escena de drama y lágrimas. Pero no les di el gusto.
Mientras Mateo balbuceaba y Valentina fruncía el ceño ante mi falta de emoción, una idea se cernía en mi mente.
Si ellos ya me habían asignado el papel de la villana en esta historia, al menos me aseguraría de sacarle provecho.
Llegué a la casa de Mateo cinco minutos antes de la hora acordada, como siempre. La casa, pegada a la popular cafetería de sus padres, "El Rincón de Elena" , olía a café recién molido y a pan dulce. Era un olor familiar, el aroma de mi infancia y de la mayoría de mis tardes de preparatoria.
Subí directamente a su cuarto, como me había indicado su mamá, Doña Elena, desde la barra de la cafetería con un gesto amable.
"Pásale, mija. Mateo ya te está esperando arriba."
Pero Mateo no me estaba esperando. O al menos, no para la clase de cálculo.
Justo antes de tocar la puerta de su habitación, escuché un ruido. Un sonido suave, un clic, seguido de una risita ahogada que definitivamente no era la de Mateo. Me detuve con la mano en el aire. No era mi asunto, pero la curiosidad me ganó. Pegué la oreja a la madera fría de la puerta.
Se escuchaban susurros. La voz de Mateo, baja y nerviosa, y la de una chica, melosa y juguetona.
Ignoré los comentarios que aparecían en mi mente, una especie de sistema de notificaciones no solicitado que últimamente me narraba la vida. Me concentré en los sonidos. No necesitaba ser un genio para saber lo que estaba pasando. Era obvio. Mateo, mi vecino y amigo de la infancia, a quien le daba clases particulares para que no reprobara el año, tenía una chica en su cuarto.
Mi primer pensamiento no fue de celos ni de traición. Fue de fastidio. Teníamos un examen importante el lunes y cada minuto de tutoría contaba. Y yo cobraba por hora.
Me crucé de brazos y esperé. No iba a interrumpir. Tampoco iba a irme. Él me pagaba por mi tiempo, y mi tiempo ya había comenzado a correr.
Finalmente, después de unos diez minutos que se sintieron eternos, la puerta se abrió de golpe. Mateo salió, con el pelo revuelto y la cara roja. Detrás de él, asomándose tímidamente, estaba Valentina. La nueva, la alumna de intercambio de la que todos hablaban. Popular, bonita y, evidentemente, la dueña de la risita que había escuchado.
Mateo se congeló al verme. Su expresión pasó del pánico a la culpa en un segundo.
"¡Sofía! ¿Qué... qué haces aquí?"
Valentina lo miró, luego a mí, y una pequeña sonrisa de triunfo se dibujó en sus labios.
"Hola" , dijo con una voz dulce, como si no acabara de salir de una situación comprometedora.
La miré sin expresión. Luego devolví la vista a Mateo, que seguía sin saber qué decir.
"Hola, Mateo" , respondí con calma. Revisé el reloj en mi muñeca. "Llevamos quince minutos de retraso para la clase de cálculo. El tiempo sigue corriendo, ¿sabes?"
Mateo parpadeó, confundido. Valentina frunció el ceño, claramente decepcionada por mi falta de drama. Esperaban lágrimas, gritos, una escena. No les di el gusto.
"¿Cálculo?" , repitió Mateo, como si la palabra fuera de un idioma extranjero.
"Sí. El examen es en tres días y todavía no entiendes las derivadas. A menos que quieras que le explique a tu mamá en qué estabas usando tu tiempo de estudio."
El color abandonó la cara de Mateo. Valentina lo fulminó con la mirada, molesta por mi pragmatismo.
Yo no era fría. Era práctica. Mi beca dependía de mis calificaciones, y mi dinero extra dependía de las horas que le daba a Mateo. El romance adolescente no pagaba la universidad.
Valentina se acomodó el cabello, recuperando su compostura de chica popular.
"Bueno, creo que yo ya me voy" , dijo, lanzándole una mirada significativa a Mateo. "Hablamos luego, ¿sí?"
Le dio un beso rápido en la mejilla y bajó las escaleras, moviendo las caderas con una confianza que yo nunca tendría. Mateo la siguió con la mirada, embobado, hasta que desapareció. Luego se volteó hacia mí, con una expresión de cachorro regañado.
"Sofía, yo... te lo puedo explicar."
Me encogí de hombros y entré a su cuarto, dejando mi mochila sobre la silla del escritorio.
"No tienes que explicarme nada, Mateo. Tu vida personal no es mi problema. Mi problema es que estás a punto de reprobar matemáticas y mi reputación como tutora está en juego."
Se sentó en la orilla de su cama, pasándose las manos por el pelo.
"Neta, no es lo que parece. Valentina y yo solo estábamos... platicando."
Levanté una ceja.
"¿Platicando? Sonaba a una plática muy intensa."
Acepté su mentira sin discutir. No me importaba.
"Como sea. Saca el libro. Página ochenta y cuatro, problemas del tres al quince."
Mateo no se movió. Me miró con esos ojos grandes y suplicantes que siempre usaba para conseguir lo que quería, especialmente de su mamá.
"Por favor, no le digas nada a mi mamá. Te juro que no volverá a pasar."
Suspiré, cerrando el libro de texto.
"No planeaba hacerlo. Como dije, no es mi asunto."
Pareció aliviado, pero solo por un segundo. Luego, su mente calculadora empezó a funcionar. Sabía que tenía algo que él no quería que se supiera, y eso me daba poder.
"Mira" , empezó, buscando su cartera. "Te pago el doble por la clase de hoy. Por las molestias. Y... si me ayudas a mantener esto en secreto, te prometo que te compraré lo que quieras de la cafetería por un mes."
Lo miré fijamente. Estaba tratando de comprar mi silencio. La oferta era tentadora, no lo iba a negar. Un mes de café y postres gratis era un lujo que no me podía permitir.
Sentí una punzada de algo, no era dolor, era más como... una confirmación. Me di cuenta de que en esta historia, en la narrativa que todos estaban construyendo, yo ya tenía mi papel asignado. Era la amiga de la infancia, la estudiosa, la amargada que se interpone en el camino del amor verdadero. Valentina era la princesa y Mateo el príncipe confundido. Y yo, por supuesto, era la villana.
Miré a Mateo, que esperaba ansioso mi respuesta, con el billete en la mano. Y en ese momento, una idea cruzó mi mente. Si ya me habían asignado el papel de la villana, al menos iba a sacarle provecho.