LA MUJER QUE ENTREGÓ SU VIDA AL DIABLO
ADVERTENCIA
Algunos personajes de la siguiente historia contienen posturas religiosas que pueden no acoplarse a las ideologías de ciertas personas. No pretendo ofender credos. Mucho menos, cambiar las creencias del lector, sino crear personajes interesantes, con visiones del mundo poco exploradas en la literatura.
El mal acecha el aire como águila salvaje, navega en las profundidades del agua, oculto entre los secretos del abismo; se extiende por toda la tierra como las raíces de un árbol. Está presente en cada rincón, desde donde gobierna al mundo entre las sombras, invisible a la percepción humana. El mal se infesta donde hay debilidad o la atracción inocente de un curioso. El mal busca puertas para propagarse, y, en esa noche tormentosa del 30 de octubre de 1984, había encontrado un portal abierto a las afueras de Perla Norte.
La fugacidad de las centellas iluminaba por milésimas de segundo, un aviso tallado en mármol a la entrada del complejo: «Asilo B'alam». Allí, rejas altas y puntudas servían de mallado protector al reconocido hospital psiquiátrico. Su arquitectura conservaba un estilo gótico tan marcado que, junto a las intimidantes gárgolas repartidas en las alturas y sumado a la niebla espesa en los jardines, hacían de la estructura el último destino que un cuerdo quisiera visitar. Incluso desde afuera, eran audibles los gritos desquiciados de los internos, algunos de dolor; otros, de diversión, de una diversión mortal y aterradora que sobrepasaba todo entendimiento.
El Pabellón Marbas era uno de esos sitios donde el miedo se confundía con la risa, una línea quebrada que significaba el inicio de un viaje sin retorno, donde la única escapatoria era la muerte. Por suerte para la paciente «666», identificada así en la pesada puerta oxidada de su habitación, su mente aún distinguía lucidez en medio de tanta irracionalidad.
El tamaño de la ventana no era suficiente para escapar, ya lo había intentado en múltiples ocasiones, además, la camisa de fuerza no lo hacía fácil; apretaba como soga al cuello y comprimía sus músculos y huesos. A pesar de que llevaba unos cuantos meses de encierro, trató fugarse de todas las formas posibles: por ventanas, por depósitos, por robo de llaves y por manipulación a los guardias; pero ninguna dio el resultado esperado.
No se permitiría pasar un día más allí. Día a día, el doctor Marbas, aumentaba el dolor en las terapias. Intentaba quebrantarla física y mentalmente, pero ella no era de las que cedían.
No a él.
No se entregaría a Marbas.
Se guardaba para otro señor, uno mucho más poderoso y temido que un presidente; ella esperaba por el rey. Y de no ser por las voces susurrantes que la mantenían en resistencia, hubiera cedido mucho tiempo antes.
Esa noche, los susurros tampoco faltaron. Iniciaron suaves, casi imperceptibles, sin embargo, lo suficiente audibles para despertarla de esa cama dura donde tanto le costaba conciliar el sueño. Nunca sabía de dónde venían, pero emergían con la noche, entre las sombras, hipnóticos, irresistibles. Las voces aumentaron en volumen de forma gradual, hasta que fueron tan retumbantes como un tambor. A ella no le molestaba en lo absoluto, al contrario, le parecían relajantes, liberadores; sobre todo por los mensajes que solían darle, al inicio inentendibles, mas con los segundos, tan claros como el agua.
«El momento llegó», escuchó en su cabeza.
Afuera del cuarto de la mujer, una figura se movió entre las sombras de la noche. No pasó desapercibida, el guardia del pasillo se percató de una presencia en el lugar. La sentía pesada, extraña. Giró a izquierda y derecha, adelante y atrás. No había nadie en el umbral. Entonces regresó la vista al frente, pero el mismo sentir lo embargó, erizándole los vellos de pies a cabeza. Intrigado, llevó la mano al cinturón, donde colgaba una linterna. Al encenderla, una luz blanca en forma circular se proyectó en el suelo. Dio pasos lentos por las celdas. Inspeccionó una por una, algunos internos lo veían con locura; otros dormían.
El vigilante continuó el recorrido, era el turno de la «666». Dudó por unos segundos, la mujer ya había intentado apuñalarlo en más de una ocasión. Tembloroso, acercó la mano a la rejilla y la deslizó con suavidad. Al apuntar con la linterna, dio un salto hacia atrás. La interna 666 lo veía directo, con sus ojos color noche, estáticos como piedra. No mostró expresividad. No hubo locura. No hubo ira. No hubo nada. Y si existía un sentimiento más mortal, era ese. La nada era vacía y sinsentido, difícil de explicar; oculta, cargada de misterio. Y la nada, junto a la cabellera desajustada de la mujer y las ojeras profundas en su rostro pálido, le provocaba al guardia pulsaciones frenéticas de temor.
-¿Piensas quedarte ahí mirándome toda la noche, maldita demente? -refutó, aún exaltado. No obtuvo respuesta, ni un parpadeo-. ¡Habla, maldita sea! -se exasperó.
Cero respuestas. El guardia dio dos pasos y quedó más cerca de ella. Le apuntó con la linterna, esa vez desde abajo. Como consecuencia, se proyectó hacia el techo una sombra macabra de la mujer.
-En la muerte está el regocijo de mi señor -musitó al fin, sin dejar de mirarlo.
Y sin darle oportunidad de comprender el significado de sus palabras, un brazo surcó el espacio entre ambos, empuñaba un cuchillo que le cortó el cuello en un movimiento horizontal. No hubo gritos. No hubo alarma. Mientras el cuerpo caía, la sangre brotó en medio de murmullos ahogados. Ahora el panorama era ocupado por un hombre de sonrisa macabra, de oreja a oreja; vestía idéntico al guardia recién asesinado.
-Andando -dijo mientras se acurrucaba y arrebataba las llaves al cuerpo ensangrentado del vigilante-. No hay mucho tiempo. El ritual debe cumplirse, es de suma importancia para el Aquelarre.
En medio de gritos de locura, aplausos y celebraciones disparatadas de los demás internos, el hombre de uniforme azul oscuro y gorra le dio libertad a la mujer al abrirle la celda.
-Media vuelta -demandó.
Ella obedeció, y de inmediato, el hombre realizó un corte vertical a la camisa de fuerza. La mujer dejó escapar un ligero ¡ahhh!, aliviada de ataduras. Tronó el cuello a cada lado, lo necesitaba. Al fin era libre de esa habitación oscura y gélida.
Con la indicación del hombre, se valieron de las penumbras para correr lejos de allí. No quedaría registro de la huida, las cámaras dormían. Los testigos no serían de mucha ayuda, las últimas neuronas que les quedaban habían sido freídas en las terapias con Marbas. Cuando burlaron la primera reja gracias al manojo de llaves, los esperó un pasillo extenso, tan largo que no parecía tener fin. Sin tiempo que perder, huyeron entre los goteos de las tuberías y el caminar de las ratas antes de que fuera tarde. Ya sentían las paredes juntarse, hasta el punto de casi chocar y aplanarlos. El Pabellón Marbas, generaba un efecto demencial en sus residentes, y si no salían de allí pronto, las alucinaciones comenzarían a apoderarse de ellos y les arrebatarían el control; llegó un momento donde el hombre se detuvo; la mujer, por inercia, también.
El uniformado, que medía mucho más que ella, posicionó ambas manos en puntos específicos del concreto, y entonces, con una fuerza que excedía su cuerpo escuálido, logró girar la pared. Ingresaron al pasadizo con rapidez; los esperaba un ducto. Bastó un movimiento de cabeza para que la interna 666 entendiera que debía ser la primera. No lo dudó, subió de inmediato. Un día más en ese lugar y su mente terminaría poseída. El hombre fue el siguiente. Viajaron a toda velocidad a través de la estrechez del conducto, hasta que dieron a parar en uno de los muchos contenedores de basura.
Salieron del recipiente maloliente con un salto. El acompañante de la reclusa paseó la mirada en todas las direcciones, el camino estaba despejado; durante ese momento, las luces de seguridad de los faros también dormían. Solo con las gárgolas como únicos testigos, escaparon por un hueco hecho con anterioridad entre las rejas oxidadas del Asilo B'alam. Allí, por una trocha lóbrega y desesperanzadora, los esperaba un hombre de traje formal, al volante de un Ford Capri color negro, al que subieron apresurados.
-Ponte esto -le dijo el conductor, al tiempo en que le entregaba una nueva muda de ropa.
El auto arrancó con una velocidad arrolladora por un camino alterno a la carretera principal. Se perdió entre la niebla. Huyó lejos del terrorífico manicomio, donde moría toda esperanza y raciocinio. La fuga había sido un éxito.
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El Ford Capri detuvo su andar frente a un portón de seguridad. El vigilante, en función de su deber, dejó a un lado la revista y bajó los pies de la pared. Se acercó a examinar de quién se trataba, pero entonces, las luces del vehículo se apagaron. Solo predominó la oscuridad, una con el ambiente. El conjunto se regía por reglas estrictas en cuanto a visitantes. Nadie entraba o salía sin pasar antes por él. Y a esa hora, que su reloj indicaba como las
«12:01 a. m.», en medio de la lluvia, era demasiado sospechoso recibir un visitante.
-¿Quién es? -inquirió, sin poder reconocerlos. Nadie respondió.
-¿Quién es? -volvió a preguntar. Tampoco hubo réplica.
El papel negro en los vidrios no le permitía ver más allá. El moreno de traje de seguridad resopló. Si quería identificarlos, tendría que acercarse. Por ello, abrió la reja y caminó a la puerta del conductor. Tocó el vidrio con el puño. Una. Dos. Tres veces. El resultado seguía siendo el mismo: nadie contestaba.
-Está bien, conque así quieren jugar. Tendré que llamar a la policía. -Dio media vuelta, irritado-. Desocupados.
Antes de que pusiera un pie en el andén, el auto encendió una vez más las luces, y se relajaron en él. Se sobresaltó por ello. Quiso girarse, pero entonces, el carro lo embistió contra el portón. El hombre rodó por el suelo tras el impacto.
La cabeza le dolía descomunalmente. Sentía las sienes inflarse y desinflarse tan rápido y constante como una pulsación. En medio del dolor, distinguió que abrían tres puertas. Dos de los rostros le eran desconocidos por completo, pero el tercero... el tercero deseaba no haberlo visto. La mujer le provocaba pesadillas en las noches; en carne y hueso, escalofríos quebrantadores; y al estar acompañada por dos hombres de mirada tan siniestra como la de ella, se sentía más tensionado que nunca.
-Imposible -musitó entre dientes, tan sorprendido como aterrado. Con todas sus fuerzas logró sentarse en el suelo, desde donde los observó, amenazantes-. Estás encerrada en el Asilo B'alam desde hace meses. ¡Te internaron por satánica! ¡Demente! ¡Loca! -Con cada calificativo destilaba su odio hacia la mujer-. Esto no es real.
-Hola, Angarita -contestó, con una mirada que le aceleró el corazón y una voz que le provocó un frío desgarrador. Era tan real como él; una pesadilla materializada en persona-. También es un gusto verte de nuevo.
La mujer le asestó una patada al rostro, y la cabeza del hombre volvió a chocar con las rejas de seguridad. El golpe había sido más fuerte esa vez. El vigilante no respondía, permaneció tendido en el suelo.
-Todo suyo, caballeros. Desde aquí me encargo yo. Los hombres asintieron.
-En la muerte está el regocijo de nuestro señor -hablaron al unísono, y se acercaron a recoger el cuerpo del guardia.
Sin obstáculos en el camino, la mujer dio pasos lentos y seguros a lo largo de la carretera. El frío la envolvía. Se mostraba tan complacida que tendió los brazos a cada lado, hasta que su atuendo se confundió con la noche y las ondas de agua generadas por su andar cesaron. No hubo más rastro de ella.
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La tormenta había alcanzado un punto máximo; era una lluvia incesante, arrolladora, como no se había visto desde hacía mucho tiempo en Perla Norte. Los rayos descendían con frenesí, para luego fragmentarse en otros más pequeños y deslumbrantes. Eran más amenazadores los truenos, que furiosos, sobresaltaban a un hombre sumido en el letargo y hacían que la cobija perdiera lugar sobre su cuerpo en una habitación de la casa 7-18 de la 16B. A pesar de vivir en una ciudad calurosa, la lluvia provocó el frío que muy rara vez lo visitaba. Esto obligó a Luis Galiano, antes de irse a dormir, apagar los ventiladores y arroparse con la cobija más térmica que tenía en su espacioso armario negro.
Las centellas se colaban por la ventana ubicada a unos pasos de los pies de la cama. Incluso la cortina no lograba detener el paso de la luz. Era despampanante, cegadora. Iluminaba por segundos el cuadro gigantesco que se alzaba sobre la cama de cabecera rústica, que tenía una apariencia antigua a causa del desgaste de la madera. En él, se podía observar con fugacidad, la foto de una pareja de cabellos oscuros. Ella usaba un vestido blanco con velo y él, un flus negro; era del día en que decidieron unirse por medio del matrimonio.
¡Crac-kaaa boom!
Un trueno mucho más potente que los anteriores atravesó las paredes de la casa y retumbó en toda la habitación. El hombre volvió a jadear. Las gotas de sudor se le deslizaban por su frente que se le veía arrugada debido a la expresión de fastidio en el rostro. De repente, un sentir siniestro lo comenzó a despertar, una mirada profunda sin origen. Sus párpados se abrieron poco a poco. Por suerte, el espacio sobrante en la cama matrimonial seguía desocupado. No sabía la razón, pero temblaba como nunca. Era esa sensación de acecho de nuevo. Una angustia sobrenatural que lo agobiaba durante las madrugadas y solo desaparecía al alba. Volvió a cerrar los ojos y respiró profundo en busca de tranquilidad. No lo consiguió. Esa noche se sentía real.
-Hola, Luis -escuchó el emerger de un susurro al rincón de la habitación.
De inmediato, llevó la cobija hasta la cabeza. Era una voz familiar. Demasiado familiar. Todo el cuerpo se le estremeció con temblores. Sentía el corazón a punto de salírsele del pecho. En lo profundo de sus pensamientos solo deseaba huir de la pesadilla, pero lo único cierto, era que, de su cita con el demonio, no había escapatoria.
-¿Me recuerdas? -inquirió con mayor volumen. No. No deseaba recordarla.
Ella era una parte de su pasado que se esforzaba por enterrar; no lo merecía. Sin embargo, por más que batallaba día a día por hacerlo, una parte de sí negaba la idea de abandonarla. Algo en Luis Galiano le hacía ver el mejor lado de las personas; le hacía creer que todos merecían otra oportunidad. Ese sentimiento al que llamaba humanidad y que en él abundaba; era tan grande, que se extendía a todos sus conocidos. Cualquiera era bienvenido a recibirla; mas, en ella, había muerto mucho tiempo atrás. No conocía el dolor. No conocía el amor. No conocía a Dios. Lo único que imperaba dentro de sí, era oscuridad.
-Pa-pa-padrenuestro que estás en el ci-cielo -rezó él de repente, con voz quebrada, sin apartar la cobija de la cabeza-, santificado sea tu-tu nombre...
Su diabólica esposa lo interrumpió en seco. La cobija cayó y en Luis, solo se evidenció dolor, un sufrimiento ahogado que arrebató toda palabra de su lengua; la mujer le había inyectado un líquido desconocido en la pierna. Pronto, todo se tornó nuboso para él, la cabeza le dio vueltas. Lo único que reconoció fue un temor materializado. Su esposa realmente estaba frente a él;
lo miraba con una sonrisa aterradora, que solo resultó divertida para ella. Mientras el suero hacía de las suyas, ella dio media vuelta y giró el picaporte de la puerta. Cuando salió, lo primero que encontró fue una pequeña mesa con portarretratos. Pasó la mano entre ellos: Luis Galiano y su madre, no le interesó; el día del matrimonio, mucho menos; ella, tampoco.
Y así siguió.
Todos describían momentos importantes, pero no les mostró ninguna pizca de emoción. Solo se detuvo en el que parecía buscar. En él posaban un sonriente Luis Galiano y ella, fría e inexpresiva. Se hallaban afuera de la casa, junto a un Chevette; era del día que les entregaban la obra terminada. Meditó en ella, pero al romper el vidrio, confirmó que tampoco le interesaba. En cambio, detrás de la fotografía encontró lo que tanto buscaba. Se trataba de una imagen escalofriante. De solo verla provocaba terror. Todos en ella posaban con un semblante serio, en un lugar tétrico, donde resaltaba al fondo, un pentagrama invertido con símbolos arcanos que hallaban su significado en el origen de los tiempos. El círculo lo conformaban dos serpientes iracundas mirándose entre sí. Solo mostró afecto a esa imagen; un cariño enfermizo. Y en sí no era por ellos, sino por el ser que ellos representaban: La Serpiente. Solo por ella resistió. Solo por ella se mantuvo firme... solo por ella haría el sacrificio.
De pronto, rompió la foto y guardó los pedazos. Debía deshacerse de ella. No podría quedar evidencia de su existencia. Al alzar la vista, su apariencia terrorífica se reflejó en un espejo negro con bordes de serpientes. Con sus ojeras marcadas, la piel muerta, la cabellera larga y despelucada, podría aterrar con facilidad a cualquiera a esas horas de la noche, mas se sintió a gusto por cómo se veía, lo evidenció la escalofriante sonrisa de aprobación que se dio a sí misma.
A paso lento, llegó a la cocina. Se acercó al planchón y tendió el brazo. Dejó en evidencia las cicatrices de los cortes profundos en su piel, la oscuridad no permitía definirlos en totalidad, sin embargo, se alcanzaba a observar que convergían en un símbolo: un sello pagano al que había jurado ser fiel en esta vida y en cualquier otra. Era lo único de lo que se sentía orgullosa en realidad. Pero esa noche, tendría otro motivo para sentirse complacida. Solo debía esperar. Toda paciencia tenía su recompensa, y la de ella estaba próxima. Sus dedos pasearon entre el trozo de madera que alojaba al-
gunos utensilios.
-De tin. -Se detuvo en el primero, no la convenció por el tamaño-. Marín. -El segundo tampoco-. De do. -Casi-. Pingue.
Tomó el cuchillo más enorme de todos. Con él se había divertido bastante. Era el que usaba para cortar carne cuando vivía junto a Luis, también para corromper su alma con crímenes atroces en el nombre de La Serpiente. Había sido el pincel con el que trazó en su propio brazo lo que consideraba una obra de arte. Le comprobó el filo con un corte ligero en la palma de su mano. No evidenció dolor. Todo lo contrario, el brote de sangre escurriéndosele por el brazo le dibujó una sonrisa maquiavélica, con la que dio pasos lentos hacia atrás.
Uno. Dos. Tres.
Terminó perdida en la oscuridad que gobernaba la vivienda.
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En la habitación, una melodía distante tocó sus notas. Era relajante, hipnótica, cautivadora. A Luis le elevó el alma con el tono del coral que la interpretaba. Lo incitaba a despertar; a ir.
Lo llamaba a seguir el sonido, a donde las sombras eran magia y el lamento sabía a dulce. Allí el dolor no existía; era gozo exaltado. En ese lugar, la promesa de una vida eterna se consumaba con el sacrificio. Era un sitio donde el para siempre conocía los placeres.
Las voces lograron despertarlo. Abrió los ojos poco a poco seducido por la melodía. No deseaba que finalizara. Era adictiva. La necesitaba. Si la seguía le prometían que habría más. Solo así se levantó de la cama, mas esa vez no veía como lo hacía en su cotidianidad. Sumido en un estado de inconsciencia, comenzó a caminar, sonámbulo; hacía un tiempo que los médicos se lo diagnosticaron, cuando entraba en ese estado, sucedían cosas de las que luego se arrepentía con muchísima vergüenza.
En una ocasión, se subió a una banca y ató una soga desde su cuello hasta una rama del árbol de limón del jardín; la penúltima vez casi intentó encender el auto; la última, terminó en el techo de la cabina del celador del conjunto en el que residían, su intención era lanzarse. Pero en todas esas tentaciones inconscientes de suicidio Dios se acordaba de sus buenos actos y le enviaba un ángel para evitar una tragedia; vestido con uniforme y gorra, el guardia del conjunto siempre aparecía a tiempo para salvarlo. En esta nueva aventura nocturna, una vez hipnotizado por completo, la legión de voces intérpretes de la melodía seductora lo tentaron a caminar justo como la canción indicaba: «al lugar donde la noche era reina y el frío señor». Debía seguir para obtener más, y solo la conseguiría en una parte específica de la casa. Con pasos seguros, llegó al fondo del patio de paredes blancas al descubierto, donde se hallaba un pequeño lavadero, botes de basura, una lavadora vieja, múltiples útiles de limpieza y otras herramientas. Allí lo esperaba su mujer bajo la penumbra producida por la oscuridad, en medio de la lluvia, muy dichosa, con un cuchillo en mano. Lucía terrorífica con la túnica negra. Su cabellera despelucada, fue cambiada por una mojada que la hacía ver más siniestra; sensaciones que Luis Galiano hubiera vivido en carne propia de no estar bajo los efectos de la inconsciencia.
Con cada paso que daba el hombre, la mujer sonreía de medio lado con locura, su víctima, estaba cada vez más cerca de la sentencia de la que ella misma fue jueza y jurado, y de la que anhelaba ser el verdugo. Las corrientes de aire frío que se colaban por las rejillas no parecían afectarla, a pesar de estar descalza y empapada. Gracias al control mental, el hombre continuó su camino hacia su compañera de vida, la mujer que más había amado, a quien le fue fiel desde que se enamoró, y por la que sufrió día y noche al tener que internarla en el Asilo B'alam. Ella sintió la adrenalina en todo su cuerpo en cuanto lo notó más cerca. Empuñó con más fuerza el mango del cuchillo como señal de que estaba lista.
«Mátalo, mátalo, mátalo», corearon las voces que le susurraban a los oídos.
En cuanto el hombre puso un pie en el patio, las gotas de lluvia no demoraron en bañarlo con su humedad. Mientras tanto, ella decidida y sin mostrar ningún rastro de arrepentimiento por lo que haría, le atravesó el arma blanca en el abdomen tan pronto como lo tuvo cerca.
De inmediato, los ojos de Luis Galiano se ampliaron de golpe. Salió abruptamente de su estado de inconciencia. La boca le produjo un gemido agobiante que evidenció el dolor. Con rapidez, llevó las manos a la herida para tratar de retener la sangre, mas no lograba concentrarse en ello, veía casi todo borroso, y, sin embargo, reconocer a su esposa como la causante de tal pecado le dolía más que cualquier cosa.
Sus ojos reflejaron la aflicción de su alma al marchitarse, junto a la desilusión y la decepción que sintió en ese momento. Solo así se convenció de que no había esperanza para ella. Si en verdad tenía corazón, la sangre le corría negra, no roja.
El exceso de humanidad de Luis Galiano y su paciencia por las personas, había sido una espada de doble filo. Y aunque el saber que su mujer se movía entre grupos paganos e ideologías satánicas era suficiente para descifrar los motivos que la llevaron a tomar esa decisión, seguía sin comprender por qué el amor desinteresado, leal y sincero que le entregó desde que se unieron en una sola carne nunca llegó a curarle el alma. La única explicación fugaz que llegó a él era que en realidad nunca tuvo una.
Luis Galiano sintió la muerte cada vez más cerca. En señal de ello, más sangre emergió de lo profundo de su cuerpo para luego ser expulsada por la boca.
La mujer reía con locura y satisfacción mientras él trataba de sostenerse de la pared. El líquido brillante y carmesí dejó la mano plasmada en el concreto blanco; marca que ni la mismísima lluvia pudo borrar. Cada segundo que transcurría era insoportable, deseaba terminar con tanto dolor lo más rápido posible. Y en sus adentros rogaba a Dios que se acordara de él de una vez por todas. Luis Galiano sintió que no podía más, las piernas le flaquearon y se tambaleó hasta caer al suelo, donde sus ojos se cerraron.
Sin escrúpulos, ella lo tomó por los pies y arrastró el cuerpo de su difunto esposo por toda la casa, dejando el rastro de sangre pintado en las baldosas. Cuando llegaron a la sala de muebles viejos, biblioteca de pocos libros y televisor antiguo, soltó el cuerpo y se detuvo a tomar una bocanada de aire. El sonido de las agujas del reloj de madera de la sala le llamó la atención, marcaba las «2:29 a. m.».
El tiempo se acortaba. Debía continuar con el ritual para obtener la recompensa anhelada. Prosiguió a remojar las manos en la sangre de la herida, y como si de un lienzo se tratara, dibujó una línea con uno de los dedos.
-Subirás al cielo, en lo alto, junto a las estrellas de Dios -murmuraba repitiendo lo que las voces susurrantes le indicaban, mientras trazaba más líneas con la sangre de su exmarido-; levantarás tu trono; y en el monte del testimonio te sentarás, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subirás, y serás semejante al Altísimo.
Al final, todas las líneas que dibujó dieron forma a un pentagrama invertido: la estrella de cinco puntas que desde tiempos remotos ha sido relacionada con la magia, lo pagano y el satanismo. El último toque fueron dos serpientes alrededor. Un símbolo muy distante al que el doctor Marbas la quería inducir. Solo a este era leal. Solo en este encontraría paz; una paz inexplicable, traducida en muerte y fuego.
Después tomó los velones vino tinto que se hallaban en la mesa de centro y ubicó uno sobre cada punta, tal como lo indicaba el ritual que preparaba desde hacía meses, mucho antes de que la encerraran en el manicomio, y justo como las voces le seguían instruyendo.
Estaba casi todo listo para la ceremonia, pero escuchó algo que la molestó.
«Deshazte del cuerpo»
La mujer bufó, colérica, y debatió contra sí misma la razón por la cual debería hacerlo. Su mente no paraba de replicar que ya estaba muerto de todas formas, pero las voces se las ingeniaron en tentarla con una respuesta macabra.
«Provoca todo el mal que puedas, haz las fechorías más descabelladas que imagines, y entonces serás llamada grande entre las tinieblas que gobiernan sobre la tierra».
En ese momento, los ojos le brillaron con ilusión y esbozó una sonrisa retorcida. El ritual le aseguraba poder, y las malas obras se lo otorgarían en abundancia. Deseosa por obtener la recompensa prometida, su mente corrompida ideó el plan perfecto en pocos minutos. Se dirigió a la cocina y sacó dos bolsas de aseo gigantescas. La primera, la introdujo por los pies del cadáver; la segunda, por la cabeza; en el medio realizó nudos con ambas bolsas negras. Luego lo reforzó con otro apretón como garantía. Bajo los efectos de un tictac que le recordaba lo valioso del tiempo, tomó unas llaves del colgante en la sala. Después, sujetó el cuerpo por los pies y lo arrastró hacia afuera con dificultad. Se maldecía a sí misma por haberlo alimentado tan bien, el peso del cuerpo era descomunal.
Abrió la puerta y echó un vistazo rápido a la calle: estaba desolada y a oscuras, lo único que proporcionaba una luz tenue eran los focos de los postes, además la tormenta al fin había cesado. Con vía libre, volvió a tomar el cadáver y lo llevó a la parte trasera del Chevette color azul oscuro que estaba estacionado en el porche. Ahí abrió el baúl y usó toda su fuerza para arrojarlo adentro. El agite la llevó a respirar hondo. Lo necesitaba. Sus energías eran pocas. La comida en el hospital psiquiátrico era escasa; en cambio, las sesiones de tortura eran el pan diario. Cuando decidió continuar, tiró del maletero y se giró a abrir las rejas blancas del jardín.
De regreso en el asiento del conductor, encendió el auto y condujo por lo largo de la calle hasta toparse con rejas altas abiertas, donde se detuvo con una sonrisa satisfactoria. Por lo general, Angarita era quien estaba de turno en las noches, cuando ella más se divertía. El pobre hombre siempre tenía que lidiar con sus actos hostiles; tan repudiados que le enseñaron al vigilante a temerle. Cada vez que decidía salir, lo obligaba en medio de insultos a dejar a un lado sus actividades en la cabina para concederle acceso a la calle. El tiempo y la experiencia le enseñaron al vigilante a no preguntarle a dónde iba a tan altas horas de la madrugada, cada vez que intentaba entablar una conversación con ella, lo único que obtenía eran desprecios, groserías y mala suerte. Y esta última siempre abundaba.
-Esta señora y sus rarezas -solía escucharlo susurrar.
Los recuerdos desaparecieron con fugacidad en cuanto pisó el acelerador. La mujer condujo en silencio por una desolada avenida, eran pocos los autos que circulaban por allí a esa hora. A pesar del cese de la lluvia, algunos rayos caían por momentos y su centellar resplandecía el cielo durante unos segundos.
Minutos más tarde, las luces delanteras le indicaron proximidad a una redoma, por donde era posible acceder a tres caminos. Eligió el de la izquierda, el más tétrico y solitario. Agudizó la vista para observar un aviso verde con letras blancas que brilló por las luces del auto, en él se leía con claridad: «Anillo Vial». Giró el volante y decidió transitar por la senda sumida en silencio mortal. Pisó el acelerador para ganar tiempo, y las corrientes de aire se colaron dentro del carro, envolviéndola con su frío extremo. Ella no mostró ninguna sensación. Era familiar, ligero, relajante. Hacía tiempo que el frío y ella compartían grados bajo cero. Pronto, las edificaciones quedaron atrás y solo fueron visibles numerosas hectáreas de bosque. Detuvo el auto cuando sintió que era conveniente. Abrió la puerta del Chevette azul y sus pies descalzos tocaron la carretera gélida y encharcada. Caminó al baúl mientras generaba ondas de agua con cada paso. Estaba por abrirlo, pero justo en ese momento, las luces delanteras de otro carro le molestaron la vista. Llegó a pensar que sería un problema, que tendría que asesinarlos también si se detenían de curiosos a preguntar, pero no fue así. El auto siguió su rumbo y ella pudo continuar con su plan, no eran más que adolescentes borrachos tentando a la muerte. En sus adentros, rogó para que la encontraran, y así sentirían el mismo regocijo que ella.
Abrió el maletero e intentó extraer el cuerpo de su difunto esposo, pero el peso era exagerado. Con dificultad lo arrastró hasta el tope del baúl, desde donde lo dejó caer. El impacto sonó como el estallar de un globo. De seguro le reventó el cráneo, eso no le importaba en ese momento; el tiempo de usar una máscara y aparentar ser alguien que se preocupaba por él ya había pasado, ahora solo tenía en mente cumplir el objetivo que se planteó muchos años atrás. Procedió a arrastrarlo hacia el monte con todas sus energías, donde, al amanecer, de seguro las aves salvajes lo destrozarían a pedazos. La maligna mujer regresó al auto. Respiró, exhausta. Las voces en su cabeza estaban complacidas por sus acciones, lo demostraron celebrando en sus oídos con felicitaciones y risas unísonas. Fue motivo suficiente para esbozar una sonrisa de satisfacción.
Encendió el carro de nuevo y condujo por la carretera hasta toparse una vez más con las rejas del conjunto, donde ingresó sin obstáculos a su camino. Aun le sorprendía que nadie hubiera notado la ausencia de Angarita, aunque no le extrañaba; todos los vecinos eran gente aburrida que dormía como gallinas.
Una vez dentro de la casa, lo primero que hizo fue sentarse en medio del pentagrama invertido y cerrar los ojos, paciente, tal como lo fue todos esos años. A los segundos, el silencio fue absoluto, uno con la nada y la soledad. El único sonido fue producido por el ingreso frenético del viento a través de las rejillas del patio. Las corrientes de aire helado atravesaron toda la casa hasta llegar a la sala y encender las velas vino tinto, una por una; las voluminosas llamas amarillentas fueron la única luz en medio de la oscuridad.
La mujer se sintió envuelta por el calor que ofrecían las velas. Era de las pocas veces en que su cuerpo aumentaba la temperatura.
-Vos dabo mea anima et relinquit illud allis -susurró aún con los ojos cerrados-. Vos dabo mea anima et relinquit illud allis -repitió más fuerte, y las llamas amarillas se tornaron oscuras-. ¡Vos dabo mea anima et relinquit illud allis!
Al abrir sus ojos oscuros, por las pupilas, se le extendió un color blanco hasta quedar nubladas por completo. El blanco representaba paz, pureza, nobleza; pero en ese momento era todo lo contrario. Era muerte. Era engaño. Era mentira. Era la muestra por excelencia de que el mal se ocultaba en todas partes; que corrompía los sistemas y se mantenía bajo una fachada agradable, de ángel de luz y de cordero noble. Al instante, las llamas se alzaron con ferocidad mientras retumbaban pasos potentes por toda la casa.
La energía negativa aumentaba de forma exponencial con cada segundo, era tanta, que incluso la mujer podía respirarla; le recorrió cada poro de la piel; fluyó por sus venas. Los susurros también cobraban mayor potencia en su cabeza; se tornaron retumbantes, ensordecedores e incomprensibles. Todas las voces clamaban gloria al mismo tiempo por la pronta llegada de La Serpiente.
Cuando la legión sonora volvió a unificar su voz, emitieron una última ordenanza a la que la mujer accedió sin reparo. Tomó el mismo cuchillo con el que asesinó a su esposo, y, sin si quiera temblar, se cortó el cuello en un movimiento horizontal. La sangre no tardó en brotar de su herida profunda y su cuerpo cayó al suelo sin más. Los ojos se le fueron cerrando mientras las pisadas retumbaban con más fuerza.
Las voces lo celebraron como nunca.
Aun cuando todo era borroso para ella, lo notó acercarse. Para su sorpresa, era todo lo contrario a como pensaba, tenía un hermoso parecer, y le aprobó su acción con una sonrisa amplia. Lucía carismático, encantador, elegante; apariencia que no duró mucho. La espalda se le encorvó para liberar un par alas enormes, como las de un murciélago; su contextura se ensanchó, ahora era gigantesco y escalofriante; más rostros le nacieron, el de mayor protagonismo era el de un macho cabrío, hambriento por consumirla; al final mostró sus garras inmensas como pullas.
-Bienvenida a mi Legión -lo escuchó decir con voz tronante. Entonces, él terminó por desgarrarle el alma marchita.
Los párpados de la mujer cayeron y los susurros cesaron. La nada y el silencio se unificaron de nuevo bajo las penumbras de la casa; el ritual había finalizado.
En la oscuridad se ocultan secretos abominables; verdades latentes que se adhieren a las penumbras para mantenerse en el tiempo. La oscuridad es fría, misteriosa, un terreno desconocido. Aunque no tiene luz, es cegadora y atractiva. Es necesaria para el engaño, y vital para los entes profanos que reposan en ella. Por ello, hasta que no cubrió cada ángulo de la vivienda, el mal no se manifestó en sus puertas; emergió como una silueta difusa e irreconocible que la atravesó con rapidez.
Con su paso, una puerta se abrió con lentitud; le dio acceso a una habitación repleta de juguetes, donde los animales y calcomanías de princesas servían de decoración. El ramillete de doncellas era variado, desde rubias blancas a morenas y pelirrojas, todas mujeres de gran valor y liderazgo, pero la más importante de ellas dormía en la seguridad de su cuna; «Isabella», tal como indicaban las letras en la pared.
Los párpados diminutos de la bebé se abrieron poco a poco con dificultad, y a los segundos siguientes, su risa inocente hizo eco por todas las paredes de la casa. La criatura no paraba de reír con diversión, cada carcajada la acompañaba por su balbuceo natural. Era una risa pura, radiante, libre de maldad. Con una de sus diminutas manos, tomó uno de sus pies, y, por instinto, lo llevó a la boca para tratar de comerlo mientras se entretenía con la fuente de su risa: el colgante musical de la cuna.
El ruido producido por la bebé provocaba que, en la habitación del lado, una mujer jadeara por momentos. La joven rubia remojó su boca con saliva y dio un giro con el fin de lanzar su brazo sobre el pecho del hombre que se hallaba a su lado, hasta que una risa mucho más fuerte la sacó del sueño profundo.
-¡Mi bebé! -exclamó, levantándose de un salto-. ¡Despierta, Francisco! -Movió a su esposo con desespero-. ¡Despierta, por favor! La niña está riendo sola... ¡otra vez!
-¿Por qué gritas, Camila? -preguntó el hombre de churcos oscuros, con ojos tan pesados como su sueño. Entonces otra risa estruendosa resonó y logró sacarlo del estado somnoliento-.
¡La niña!
La mujer fue la primera en salir de la habitación, pero el hombre, que corrió tras ella, fue bloqueado por un movimiento brusco y repentino que cerró la puerta.
-¡Francisco! -gritó con terror.
Camila golpeó la puerta una y otra vez, sin embargo, ninguno de los dos conseguía abrirla desde ninguno de los dos lados. Resignada a que no lo lograría, llevó las manos a la cabeza con desespero. Temblaba de los nervios, y la presión de sentirse observada desde la oscuridad no la ayuda a calmarse para nada. No conseguía explicación para lo que pasaba. Las noches en la 7-18 eran un tormento. No era la primera vez en que las puertas eran poseídas por un bloqueo desbordante.
-¡No abre, ve tú por Isabella! -exclamó Francisco desde el otro extremo.
Y tan pronto como terminó la oración, una risa familiar la motivó a girarse hacia el cuarto donde se hallaba su bebé. La observó dando palmaditas lentas mientras reía con la pared, cosa que la horrorizó. Con la rapidez del pensamiento, corrió hacia la entrada, pero la puerta se cerró antes de que ingresara a la habitación. No era coincidencia. Ya no.
En ese momento su corazón aceleró el ritmo.
«Lup-dup. Lup-dup. Lup-dup», Camila escuchaba el retumbe frenético de sus pulsaciones.
El desespero se apoderó de ella, comenzaba a sudar frío. No tenía idea de cómo proceder, y los golpes de Francisco intentando abrir la otra puerta no la ayudaban a concentrarse. La única acción que su mente le permitió coordinar fue golpear la puerta sin cansancio, aun cuando sus intentos por abrirla eran nulos.
«Uno, dos, tres», contó, en un intento por recuperar la calma.
-Piensa, Camila -se dijo a sí misma-. Por favor, piensa, por el bien de tu hija.
Luego escuchó cómo el colgante musical de la cuna reproducía una tierna melodía: «un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, como veía que resistía, fue a buscar a otro elefante», y la poca tranquilidad obtenida desapareció en menos de un segundo. El sonido siguiente fue estruendoso, como el estallar de una bomba. La puerta blanca de su habitación se había abierto de un golpe contundente; Francisco había logrado romperla desde el otro lado.
-¿E Isabella? -preguntó él, con ojos estupefactos.
-Sigue adentro -informó Camila, temblando de los nervios-. La puerta también está bloqueada. No sabía qué hacer.
De repente, en la habitación de la niña todo cambió, en lugar de escuchar su risa carismática, retumbó un llanto triste y asustado. El colgante musical aún ofrecía su melodía, esa vez con «dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña, como veían que resistía, fueron a buscar a otro elefante»; situación que terminó de alterar a la mujer.
Francisco tiró con su mano el decorativo de la mesita del pasillo, y, sin pensarlo dos veces, la estrelló contra la puerta. El impacto la hizo ceder. Cuando consiguieron entrar, frenaron en seco con terror.
La oscuridad era confusa, difícil de descifrar, pero incluso mucho antes de encender la luz, ante sus ojos fueron testigos de un hecho desconcertante. Recordaban haber dejado a Isabella envuelta en sus cobijas, mas en el momento en que entraron, la niña se encontraba de pie sobre el barandal de la cuna, con ojos brillosos y las manos extendidas hacia el frente, como si fuera un títere controlado por cuerdas invisibles.
La presencia de la luz había provocado que cayera de regreso en el colchón; impacto que avivó en ella un llanto asustado. Camila la sacó de allí con rapidez y la envolvió en la seguridad que sus brazos podían ofrecerle a su frágil bebé. Con los ojos llorosos y el corazón aún agitado, le dio todos los besos que pudo. La sentía helada y temblorosa, en medio de un respirar cortante y forzado.
-Ya estás conmigo, mi pequeña -susurró con nerviosismo mientras se sentaba en la mecedora de la esquina-. Todo estará bien.
-¿Viste eso? -inquirió Francisco, perplejo. Camila solo asintió, mantenía los ojos cerrados en una negación interna que pedía a gritos no haber visto nada de lo anterior-. ¡La niña estaba parada sobre la cuna, y ni siquiera había aprendido a levantarse por sí sola! ¡Es imposible! ¡Llevamos tan solo una semana viviendo aquí y es la tercera vez que la niña nos despierta con su risa en la madrugada! Y no solo eso, lo que sucede en esta casa no es normal... ¡está maldita! ¡¿Con quién carajos reía la niña?!
¡¿Cómo fue que el colgante musical comenzó a sonar?! No creo que ella alcance hasta ahí. ¿Y qué me dices de las malditas puertas?
Cuando Camila abrió al fin los ojos, se levantó de la silla con determinación.
-Nos vamos -dijo, decidida-. No pasaré una noche más en esta casa.
-Por supuesto que no. Nada de esto tiene una respuesta lógica. Ya mismo comenzamos a empacar.
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Un hombre uniformado salió del interior de la vivienda con los hombros cargados de las últimas cajas embaladas, las dejó sobre el camión estacionado afuera; ya todo el vehículo estaba copado de muebles, listo para marcharse. La pareja lo observaba terminar la labor bajo la sombra de un árbol de limones. La mujer cargaba a su bebé dormida, mientras el hombre la rodeaba con los brazos. Cuando todo a su alrededor parecía consumido por tinieblas, su pequeña familia brillaba como la única luz que les brindaba calor y seguridad.
-Ya está todo -anunció el hombre de la mudanza-. Marchamos cuando ustedes decidan.
Desde otro rincón del jardín, una mujer de conjunto color mostaza, miraba a todos lados con angustia. Se trataba de una señora de edad, robusta y de cachetes regordetes, con el cabello pintado de un tono disparado que ocultaba sus canas; había visto cómo subían cada objeto al camión.
-Vamos, Camila. -Se acercó al árbol de limones y suplicó-: Es un barrio tranquilo, están dentro de un bello conjunto de vecinos amistosos, no tiene piscina, pero sí casas amplias y hermosas, zonas verdes y un parque natural muy tranquilizante y pacífico. ¿En serio quieren mudarse? -preguntó con una expresión que manifestó su desespero.
-Ya te lo dije varias veces, Dilma -replicó la rubia. Su rostro reflejaba el pánico e inseguridad que sentía; las ojeras marcadas hacían evidente que llevaba tiempo sin dormir-. Las madrugadas aquí son una tortura. Mira mi rostro, mujer. Nunca pudimos conciliar el sueño por las noches y nos sentíamos acechados constantemente.
-Cosas extrañas suceden en esta casa, Dilma, ¡esta maldita casa! -apoyó el crespo, con miedo en su voz. Evitaba mirar hacia el interior de la vivienda al hablar-. Nuestra bebé no paraba de llorar, las puertas se abrían y se cerraban, las paredes sonaban... y sin mencionar que una vez que salí al patio por la noche, ¡se dibujó una mano con sangre! ¿Cómo nos explicas eso, ah?
-¡Los fantasmas no existen! -respondió entre risas, como si hubiera escuchado un chiste de mal gusto-. Solo ha de ser el viento corriendo fuerte.
-¡Pues qué gran artista es el viento, mujer!
-No nos alteremos -respondió con una risa falsa que llamó a la calma-. Insisto en que deberían quedarse. -Pensó por cortos segundos lo siguiente que diría-... ¡Les rebajaré el arriendo si lo hacen!
La pareja la vio con gesto ofendido. No respetaba su determinante decisión. Lo primero que pensaron fue que a esa mujer solo le importaba el dinero.
-¿Y a qué costo? -cuestionó Francisco, indignado-.
¿Nuestro sueño? ¿Nuestro matrimonio? O incluso peor, ¿nuestra bebé? ¡Tiene tan solo seis meses y la vimos subida en las barandas de la cuna! ¡No nos quedaremos aquí a pasar las peores noches de nuestras vidas, Dilma! No importa el dinero, en realidad nunca se trató de eso. No nos quedaríamos incluso si nos regalas la casa.
-Ahora entiendo por qué el arriendo es tan económico.
-Camila la miró fijo hasta el punto de llegar a intimidarla-. No es la primera vez que sucede, ¿cierto? -Dilma bajó la mirada, sin nada más que agregar-. ¡Por eso nadie tomaba esta maldita casa en arriendo! Está embrujada -concluyó-. Algo sucedió aquí, algo muy oscuro. Lo peor es que pareces estar totalmente consciente de ello y, aun así, no haces nada al respecto para ofrecerles seguridad a tus clientes. Eso solo demuestra que quieres lucrarte del sufrimiento de los demás, y eso es despreciable. He conocido personas miserables, Dilma, pero tú alcanzas otro nivel.
-Que tengas suerte buscando otros arrendados, Dilma, porque por nuestra parte, no volveremos a este sitio tan siniestro.
-Francisco le entregó un manojo de billetes, consumido por el enojo-. Eso es por los daños a la propiedad. Y olvídate de regresarnos dinero del depósito, no queremos volver a ver tu sucio rostro nunca más.
La pareja le dio la espalda y se dirigió al camión, dejándola con el dinero que tanto necesitaba, junto a una angustia creciente.
-Arranque, por favor -dijo Camila al conductor-. No quiero volver a saber nada de este lugar. -El hombre asintió, y el camión emprendió su marcha.
Dilma frunció el entrecejo, algunas arrugas de preocupación se le plegaron en la frente. Se resignó a ver cómo el vehículo se alejaba de la casa a toda velocidad para nunca regresar. Con él se iba toda esperanza de arriendo y de compra. Era otra oportunidad perdida.
No quedaba nada más por hacer en ese lugar. Le dedicó una mirada más a la vivienda mientras echaba llave a las puertas.
Parecía inofensiva con el enrejado blanco y el árbol de limón del jardín, pero en realidad ocultaba oscuros secretos que contrarrestaban su fachada. No era lo que los arrendados decían, ni lo que Dilma conocía en su versión de la historia... sus cuatro paredes resguardaban verdades mucho peores, un sinfín de misterios ajenos a salir a la luz.
-Maldita sea la hora en que compré esta casa -se dijo a sí misma mientras subía a su Twingo blanco-. Nuevamente me quedaré sin dinero. Por tu culpa he perdido otro arrendado. - Encendió el auto con la llave respectiva-. Gracias, Luis Galiano. Dilma tiró de un portazo y arrancó negando con la cabeza. Se preguntaba una y otra vez la razón por la cual le sucedía a ella, no merecía tanta desgracia.
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Un castaño de tez blanca y cabello corto abrió sus ojos miel mientras se sentaba en la cama. Bostezó como cada mañana y restregó sus manos sobre los ojos. Pasó la vista a la castaña que se hallaba a su lado, arropada con una sábana blanca. Sonrió con dulzura al verla, estaba hipnotizado con su belleza natural. Le agradecía a la vida por tenerla. Despertar a su lado cada mañana, era el mejor motivo para levantarse y luchar por una vida de calidad. Permaneció así algunos segundos, encantado por un hechizo llamado amor, hasta que alzó la mirada hacia el reloj que colgaba de la pared. Se sobresaltó al ver la hora.
-¡Llegaré tarde al trabajo! -gritó, despertándola de un susto. El hombre apartó la sábana de su cuerpo y se quedó con el pecho al descubierto. Sus músculos eran marcados, sin llegar a ser exagerados. Cuando salió de la cama, tropezó con una peinadora que se hallaba a unos estrechos pasos de él.
-¡Auch! -exclamó de dolor.
Se sentó al borde del colchón para sobarse el dedo pequeño del pie derecho.
-¿Estarás bien? ¿O debo llamar una ambulancia? -preguntó entre risas la castaña. Era de atrapantes ojos verdes.
-Sí, solo necesitaremos una casa más grande, así no me estaré pegando con todo. -Respiró hondo y apartó el pie de sus manos-. Voy tarde al trabajo, iré a alistarme.
-Ve. -Le sonrió-. Prepararé el desayuno.
La mujer envolvió la sábana blanca en su cuerpo como si fuese una bata y recogió su cabellera en forma de cola de caballo. Le esperaba un día más de aburrimiento en el apartamento. Cocinar y ver televisión era la mejor manera de distraerse, al menos hasta que la llamaran de alguno de los tantos trabajos a los que envió su hoja de vida para desempeñarse como bióloga. Aunque se esforzó mucho en su carrera universitaria, conseguir una vacante en el país resultó más complicado de lo que pensó, la mayoría de los puestos eran asignados a dedo por los corruptos en el poder.
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El hombre terminó de acomodar la corbata de su traje frente al espejo. Su cabello castaño se hallaba peinado hacia atrás a la perfección. El último detalle fue el reloj en la muñeca. Trabajaba en una de las agencias de abogados más importantes en la ciudad, así que vestir elegante, a pesar del calor agobiante de afuera, era un requisito indispensable en su vida.
El olor a comida le llegó a la nariz, lo envolvió con su aroma atrayente, el que más deleitó fue el del exquisito café colombiano. Su estómago crujió en señal de hambre, así que se movió entre los muebles para llegar a la mesa.
El espacio en el apartamento era pequeño y para nada acogedor. No existía ni una sola pared que dividiera las diferentes partes de la casa, solo constaba de una habitación donde cada objeto estaba repartido con escasez. Todos los muebles se hallaban agrupados en un rincón; el planchón de la cocina era diminuto y compartía espacio con la nevera y la estufa; el comedor se hallaba a unos pocos pasos de la cocina, con la mayoría de las sillas pegadas a la pared, lo que impedía moverlas; y a unos pocos metros más allá, se encontraba la cama matrimonial, muy cerca del escaparate y la peinadora.
La estadía en el apartamento era un caos. Muchas de las cosas que habían comprado habían tenido que mantenerlas en cajas por falta de espacio.
El hombre bebió su café mientras leía de reojo el periódico. Se alistó más rápido de lo que imaginó, lo que le dio tiempo suficiente para desayunar con calma. Se detuvo cuando leyó en la parte de Clasificados un anuncio que captó toda su atención.
CLASIFICADOS FINCA RAÍZ VENDO o ARRIENDO casa grande y económica en conjunto La Perla Dorada. 3916485716> -Gabriela -dijo a la mujer que comía frente a él. Ella atendió al llamado con interés-. Hay una oferta de un bien inmueble no muy lejos de aquí. El anuncio asegura que la casa es grande y que el precio es económico, a pesar de que está ubicada dentro de un conjunto residencial. ¿Qué dices? -¿Que qué digo? -le preguntó con una sonrisa, movida por la emoción-. ¡Llama hoy mismo, David! No podemos dejar pasar la oportunidad de salir de este infierno que tenemos por hogar. Cada día se me hace más incómodo vivir aquí, y sé que a ti también. -Creo que en los tres meses que llevamos en este sitio nunca me fuiste tan sincera -respondió con sorpresa-. Siempre me escuchaste quejándome por tropezarme con todo y aun así no me decías nada. -Bueno... -Lo tomó de las manos-. Soy comprensiva, no quería presionarte. Aún no me sale trabajo, nos casamos hace tres meses, fuimos a una luna de miel de ensueño... ha habido muchos gastos y pocos ingresos. Gastaste bastante de tus ahorros en nuestra boda, sería una descarada si te exigiera una mansión. Por los cachetes de David se extendió un ruborizado leve, junto a una sonrisa cargada de amor hacia ella, lo demostró en el brillo de sus ojos. -Te amo por como eres -dijo, de repente. -Lo sé, y es mutuo, por eso nos casamos. -Le sonrió de vuelta. Gabriela se acercó a él y unieron sus labios bajo el mismo sentir que sus corazones demandaron. Un gesto tan dulce que provocó en ambos una risa de tontos. -Anda a llamar. Yo me encargo de esto. -Recogió los platos para llevarlos a la cocina. Él asintió conforme, y marcó en su teléfono el número que indicaba el periódico. Luego de casarse, se mudaron al primer apartamento que se adaptara a sus condiciones. Debido a los gastos, tuvieron que resignarse al poco espacio; era eso, o limitarse a visitar a Gabriela en casa de sus padres mientras conseguían un sitio mejor. Pero él se negaba a estar lejos de ella, sobre todo porque vivían en otra ciudad. --- Desde el día en que Francisco, Camila y su bebé abandonaron la casa, pasaron dos años en los que nadie más la arrendó. Camila se encargó de hacer saber a todos los posibles interesados en la vivienda lo que sucedía allí. Se las ingeniaba por conseguir los números telefónicos y dar el aviso, que siempre iba acompañado por un insulto hacia Dilma por su consciencia sucia. Algunas veces, tuvo que volverse insistente debido a la incredulidad de los interesados, les sonaba descabellado, mas, al final, terminaba cumpliendo su objetivo de persuadirlos, y los clientes siempre se abstenían de firmar a último momento. Fueron dos años en los que Dilma pasó día y noche pendiente del teléfono, buscaba por todos los medios la manera de ganar dinero con la propiedad, era su único sustento para vivir, junto a la miserable pensión que recibía cada mes. Además de ser una mujer de edad, vivía sola; su esposo había muerto hacía muchos años y nunca tuvieron la oportunidad de concebir un hijo. Dilma llegó a sentirse al borde del colapso, incluso atravesó distintas crisis, las psicológicas y las alimenticias fueron las más duras, hasta que un día su insomnio y preocupación dieron un vuelco total. El celular de la mujer robusta sonó, cosa que no hacía muy a menudo, casi nadie la llamaba ni se interesaba en saber cómo estaba, sus amigos eran escasos y su familia distante. La llamada resultó esperanzadora cuando escuchó, al otro lado del teléfono, la voz gruesa de un joven. -¿Aló? -escuchó en la línea. -Hola, buenas tardes -contestó. -¿Hablo con Dilma? -Sí, así es, ¿con quién hablo? -Soy David Caballero, llamo por el anuncio en el periódico. Me interesa visitar su casa para arrendarla. Con un gesto que iluminó su rostro apagado, la mujer se encargó de arreglar todo por teléfono para que la visita a la vivienda fuera un hecho. Acordó con el interesado un día y una hora en específico, términos que ambas partes aceptaron de inmediato. -Entonces nos vemos mañana, David. Un gusto hablar contigo -dijo ella, y finalizó la llamada. Al fin sus plegarias eran escuchadas. Añoraba que el sueño terminara siendo realidad y no se abstuvieran de firmar a último momento. También deseaba a Camila lejos del asunto, lo más distante posible; con constancia era su piedra en el zapato y un eslabón hueco en el camino a su felicidad. --- Al día siguiente, un vehículo amarillo que llevaba sobre él un letrero luminoso que lo identificaba como taxi, se estacionó frente a la casa reconocida en el conjunto por su árbol frutal. Allí esperaba Dilma, recostada sobre su Twingo blanco, lucía uno de sus tantos conjuntos de vestir; el de esta ocasión se confundía con el color del auto; unicolor, así los prefería. Del taxi bajaron dos personas que llevaban ropa que solo se podía usar en un clima cálido como en el que vivían. Era una pareja joven, que llegó a parecerle tierna a Dilma. La mujer los detalló de pies a cabeza. Se encantó con la cabellera larga de la joven, sus piernas anchas le tonificaban el short, y aun a la distancia presenció el brillo de esos ojos que evocaban la naturaleza. Él le pareció bastante alto y atractivo, castaño, igual que su acompañante. Verlos le recordó su juventud, cuando cantaba vallenatos viejos y baladas románticas con sus amigos de la universidad, tiempos que no volverían por más que lo deseara. Dilma cortó el registro visual y se les acercó con una sonrisa fingida. -Señora Dilma -saludó David, estirando la mano en dirección a la mujer-. Un placer conocerla. -Oh, David. -Sonrió, cordial, mientras hacía lo propio-. El placer es todo mío al recibirlos en esta bella casa. -Se dirigió a la joven que lo acompañaba-. Tú debes ser Gabriela, ¿no es así? -Ella asintió y se estrecharon la mano-. Un placer, querida. -Igualmente, señora Dilma -respondió con una sonrisa inocente. -David me habló maravillas de ti por el teléfono -comentó con ademanes-. Además, me contó que tu especialidad son las arepas. Espero algún día poder deleitarme con tu sazón. Gabriela no pudo evitar reír. Cada vez que David tenía la oportunidad, buscaba la forma de enaltecerla. -Por supuesto, señora Dilma. Es bienvenida a comer en la casa cuando lo desee. -Oh, por favor, díganme Dilma. -Sonrió-. Ahora. -Sacó el manojo de llaves del bolsillo de su pantalón-, a lo que vinimos. -Introdujo las llaves en la chapa de rejas blancas y la abrió. Luego extendió la mano para invitarlos a entrar-. Sigan, por favor. La pareja ingresó y observó cada detalle del jardín, el césped lucía vivo y múltiples plantas lo adornaban, pero lo que más les causó curiosidad fue el frondoso limonar podado en forma de bola, de todas las plantas era la que imperaba por su belleza refulgente. -¿Da buenos limones? -preguntó Gabriela con curiosidad. -Con ellos harás las mejores limonadas que llegará a probar tu paladar -respondió Dilma, sonriente-. Oh, y aquí podrán guardar su carro. -Señaló hacia el porche a unos pasos más allá. -Oh, aún no tenemos auto -contestó David-. Nos casamos hace tres meses, vamos poco a poco con nuestros bienes. Tenemos planeado conseguir uno a principios del otro año. -¡Y por supuesto que lo conseguirán! Si son ahorrativos les será más fácil... son una pareja muy tierna, ¿se los han dicho antes? -preguntó con modestia. -Sí, en algunas ocasiones -respondió él, sonrojado. Gabriela solo lo vio con ojos de enamorada. -Sigamos el recorrido. Dilma abrió una reja más e introdujo una de las llaves en la puerta blanca que les daría acceso total a la vivienda. Al entrar, quedaron maravillados. Comparado con su apartamento, el espacio era gigantesco, con facilidad cabían tres o cuatro apartamentos como en el que estaban y aún así quedaría espacio. La casa constaba de una sala amplia; tres habitaciones enormes y dos baños modelo; la cocina era integral, el horno, el lavaplatos y la estufa estaban incrustados, con gavetas arriba y abajo, extractor de grasa, buen espacio en el planchón y lugar para la nevera. A unos pasos existía un espacio considerable para añadir algunos bancos. Más allá, se alzaba el lugar ideal para acomodar el comedor junto a las sillas. Lo que más les llamó la atención, fue cuando corrieron la puerta de cristal que los llevó al patio al descubierto, que también era bastante extenso. Estaba protegido por la seguridad de rejillas de metal en la parte de arriba, con césped en un lado y tableta de gavetas para guardar sus pertenencias en el sector del lavadero y un espacio para colgar la ropa. En él, podían acondicionar a la perfección la lavadora y muchos otros objetos más. -¿Y qué tal? -preguntó Dilma, con una sonrisa esperanzadora. Muy a sus adentros elevaba plegarias para que Camila no los haya contactado antes, de lo contrario perdería otra oportunidad. David dio un giro sobre su eje. Observó una vez más la casa, se mostraba encantado. Luego se volteó hacia Gabriela, buscaba aprobación en ella, quien asintió de inmediato. -Nos la quedamos -decidió David. Dilma llevó las manos hacia atrás de su cintura y apretó los dedos para contener su felicidad. En su mente no paraba de retumbar un victorioso ¡sí! -Perfecto, mañana mismo pueden ocuparla. -¿Tan pronto? -preguntó Gabriela, con emoción contenida. -Sí, como verán está libre para ustedes, a no ser que deseen hacerlo otro día. Aunque lo dijo con la firmeza suficiente para notarse segura, rogaba en su mente que no fuera así. Entre más días, más se alejaba el cumplimiento de su deseo. -No, mañana está perfecto -confirmó David-. Hay que aprovechar el domingo. -Estupendo -respondió, aliviada. -Entonces nos veremos mañana, Dilma. Seguiremos hablando por teléfono. -Ella asintió-. ¿Cómo conseguimos un taxi por aquí? -Oh, por favor, permítanme y los llevo. Sería descortés de mi parte tener auto y no darles la colita. La pareja accedió, encantada. --- El Twingo blanco de Dilma se detuvo a las afueras de un pequeño complejo de apartamentos, indicando a la pareja que llegaron a su destino. El tema de conversación durante el trayecto corto fue el matrimonio de David y Gabriela, además de unos cuantos consejos de Dilma sobre cómo llevar una relación exitosa. -Muchas gracias por el aventón, Dilma -dijo David mientras bajaba del auto junto a su amada-. Nos veremos mañana entonces. -Ha sido un placer. Que pasen bonita tarde -respondió con una sonrisa, y arrancó. David y Gabriela, con felicidad desbordada, la vieron alejarse. Gabriela celebró con un salto y cayó directo en los brazos de David. Él la sujetó de la cintura y luego le dio un giro. Era un buen motivo para sonreír, dentro de poco estarían en una casa de ensueño, cómoda y amplia, mas no eran conscientes de los horribles acontecimientos que sucedían allí. Desconocían cada detalle que los llevaría al borde del desespero, así como la historia siniestra teñida con sangre y maldad. El no conocer la historia los obligaría a sufrirla. Su ignorancia sería su enemigo, pero no tanto como el que aguardaba en las sombras, esperando a deleitarse con nuevas víctimas.
El ansiado día de la mudanza había llegado, y eso solo significaba dos cosas para cualquier matrimonio juvenil: estrés y felicidad. Dos emociones que, combinadas, podrían desencadenar caos extremo. Ese era el caso de David y Gabriela.
El apartamento lucía como si se hubiese desatado el apocalipsis, cajas por aquí y por allá. La invitación de Dilma a ocupar la casa al día siguiente, más el deseo de vivir en un espacio más cómodo, hizo que llegaran a empacar todo de forma apresurada. Ambos eran conscientes de que una mudanza no era una tarea fácil, y mucho menos de un día para otro, pero con tal de salir lo más pronto posible de ese agobiante lugar, valía todo el estrés. El timbre sonó; corto, pero intenso y retumbante. Solo encontraron una explicación: la llegada de la empresa de trasteos.
Esto siguió aumentando la ansiedad, incluso cuando los acercaba un paso más a la meta.
Los siguientes minutos fueron más tranquilos, David y Gabriela solo tuvieron que dirigir la subida de los objetos al camión. De vez en cuando, se escuchaba un «cuidado con esto» por parte de Gabriela, sin embargo, todo llegó al camión sano y salvo, sin el mínimo rasguño.
El dueño del apartamento ya había pasado por la casa a despedirlos. Le dolía saber que se marchaban, eran puntuales con el pago y nunca dieron motivos para molestar a los vecinos; pese a ello entendía la situación, no le quedaba más que aceptar y desearles éxito y prosperidad para su vida; eran dos jóvenes que lo tenían merecido.
Luego de cerrar y entregar las llaves en la administración, al fin salieron. El recorrido sucedió en tiempo récord. En un momento, se despedían del apartamento que los vio organizarse por primera vez, y al siguiente los recibía el portón de seguridad del conjunto donde los esperaba su nuevo hogar.
La reacción de ambos fue tomarse de las manos y darse un fuerte apretón. El momento cada vez estaba más cerca. Se lanzaron a la aventura juntos, así que juntos la afrontarían.
El camión de la mudanza atravesó toda una calle de árboles altos y frondosos. Las casas del conjunto estaban pintadas de un blanco uniforme que, junto a los jardines, emanaban un aire de pureza y tranquilidad. Respirar la fragancia natural les regresó la tan anhelada calma.
El vehículo se estacionó frente a una de las pocas viviendas del conjunto que se hallaban desocupadas, era conocida entre los vecinos por su distintivo árbol frutal: el limonar, único en el sector; pero más allá de ello, su verdadera popularidad se tejía con las historias de terror que especulaban los habitantes. El calificativo de casa embrujada resonaba entre los murmullos de las conversaciones al pasar por el lugar, en especial con los niños, quienes, a veces, se aventuraban a entrar, y al rato huían despavoridos, en medio de gritos de horror.
David y Gabriela suspiraron antes de bajarse del camión.
-Al fin, aquí estamos -dijo él.
-Juntos -añadió ella, con una sonrisa.
La casa se alzaba ante ellos en toda majestad; los rayos de luz la resaltaban, para los ojos de la pareja era una señal divina, lo evidenciaron con sonrisas cargadas de alegría.
Dilma ya los esperaba en el lugar, recostada sobre su Twingo blanco, resaltaba por otro de sus conjuntos unicolor, esa vez le dio la oportunidad al verde. El color parecería insignificante para cualquiera, pero no para ella. Significaba abundancia, riqueza. El horóscopo decía que usarlo durante ese día le traería dinero; por su desespero, no lo pensó mucho y se aferró a esa idea con el anhelo de obtenerlo en exceso.
La pareja se le acercó, tomada de la mano y con emoción evidente. Dilma los vio con una expresión amigable; en su mano se hallaba un lapicero y bajo su brazo una carpeta, era el contrato de alquiler.
-¡Bienvenidos a su nuevo hogar! -exclamó, sonriente, con los brazos tendidos a cada lado.
-Hola, Dilma -saludó la pareja al unísono.
-¿Está todo listo? -preguntó David.
-Ya casi. -Abrió la carpeta-. Firmen aquí y la casa es toda suya.
Sin detenerse a meditarlo, David tomó el lapicero y firmó, Gabriela lo siguió. Dilma revisó por un momento que todo estuviera en orden, y al corroborarlo, finalizó plasmando una firma de suntuoso trazo.
-Ahora sí, todo listo -afirmó David, con una sonrisa que nadie lograría borrarle.
-Así es. -Llevó la mano al bolsillo y le entregó un manojo de llaves. Él amplió los ojos de inmediato-. Sé que pueden parecer muchas, pero tranquilo, no te asustes. Con los días irán aprendiendo qué puerta abre cada una -añadió con un guiño-. Ahora, si me disculpan, debo irme. Tengo otros compromisos por atender y una cita con un amigo abogado a la que no puedo faltar. Pondré una tutela porque necesito una cita médica urgente. Ya saben cómo es la situación en este país: pides una en el centro médico y te la dan para cinco meses después, cuando de seguro ya te has muerto con la enfermedad.
-Está bien, Dilma, te entendemos perfectamente. Suerte en tu cita. Igual ya nos mostraste la casa. Te llamaré si te llegamos a necesitar.
-No creo que llegue a ser necesario, todo está en perfectas condiciones para ustedes -habló mientras se apresuraba en subir al auto-. Que disfruten su estadía aquí, chicos. Les deseo mucha felicidad.
-Gracias -contestó Gabriela, esbozando una sonrisa.
Mientras insertaba la llave, pasó la mirada a la pareja que se despedía con ademanes cordiales. Ella les respondió con una sonrisa ligera.
-Que te vaya b...
Antes de que Gabriela pudiera terminar la frase, Dilma arrancó con toda la potencia que el auto le permitió. Dejó como consecuencia un pequeño rastro de humo.
-Qué rápido iba -comentó la castaña mientras meneaba la mano para apartar la bruma gris de ella.
-Bueno, dijo que tenía afán -le respondió David. Luego la rodeó con uno de sus brazos-. Y nosotros también deberíamos apresurarnos, cariño, tenemos toda una casa por amoblar.
-Estamos listos, señor -indicó uno de los dos hombres de la mudanza.
-Perfecto, ya pueden comenzar a bajar las cosas.
David se acercó a la reja e insertó la llave. Para su suerte, la primera que usó fue la correcta, aunque al intentarlo en la puerta principal de la casa falló dos veces antes de abrirla. Eran muchísimas llaves. Había una para cada cosa, pero estaban seguros de que con el tiempo aprenderían a reconocerlas.
Los señores de la mudanza bajaron uno a uno los objetos del camión, los iban ubicando en las partes que la pareja les señalaba. Entre David y los dos trabajadores cargaron lo más pesado, como la nevera, la estufa, el escaparate, la lavadora y un largo etcétera de muebles que la pareja tenía aglomerados en su antiguo apartamento. Gabriela quiso poder ayudar más, pero su fuerza la limitaba a cargar con cajas y objetos pequeños.
No fue hasta que el cielo se tornó anaranjado, entre pinceladas rojas y amarillas que advertían la disminución de rayos solares y el paso de la noche, que los hombres de la mudanza indicaron que su labor terminó. David les entregó el dinero acordado por el servicio, y los dos señores subieron al camión para abandonar la vivienda. La pareja, satisfecha y agradecida por la labor, se despidió desde la puerta.
Se tomaron un tiempo antes de continuar. El sol se ocultaba tras las casas del conjunto; les brindaba un atardecer sublime, difícil de olvidar; pero también les recordaba que tenían una gran labor por culminar.
Al ingresar a su nuevo hogar, de inmediato, sus cabezas colapsaron con lo que vieron.
La casa estaba hecha un caos, como si hubiese pasado un tsunami de paquetes. Había cajas embaladas por todos lados, la mayoría se hallaban en la sala; sin duda sería un trabajo duro para ambos. No les quedó más que suspirar antes de iniciar la labor. David tomó unas cajas y las llevó hacia el planchón de la cocina, comenzaría a ordenar. Gabriela, por su parte, abrió una de tantas y encontró un retrato de ellos que revivió uno de los recuerdos que guardaba en su mente y en su corazón como un tesoro. Evocaba memorias inolvidables, cargadas de sentimiento. Se trataba de una foto bastante hermosa, la pareja se hallaba abrazada, y tras ellos se alzaba la Torre Eiffel con toda la majestuosidad que su arquitectura ofrecía. Habían comprado un tour por Francia para la luna de miel. Los días que pasaron juntos recorriendo el país fueron los mejores de sus vidas.
La castaña de ojos verdes le dedicó una mirada más a la foto y, con una sonrisa cargada de amor, la ubicó sobre la mesa del rincón. Tal vez para otros sería una simple fotografía sobre una mesa, pero para ella, representaba un momento digno de un altar. Gabriela dio media vuelta para seguir abriendo más cajas, pero entonces, el televisor plasma se encendió solo y produjo un ruido ensordecedor al no estar conectado a la parabólica. Ella arqueó una ceja, confundida, y observó detrás del aparato. No recordó haberlo conectado. Desde que llegaron solo se encargaron de las cajas. Aún extrañada, lo apagó del botón.
-¿Cómo vas? -escuchó a David desde la cocina.
-Todo bien por aquí. Recuerda llamar a los del cable. El televisor suena horrible sin parabólica.
-Lo hago al terminar aquí, amor.
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Al llegar la noche, la mayoría de las cajas estaban desocupadas y ordenadas en un rincón de la sala, lo que significaba que la vivienda estaba a punto de quedar amoblada por completo. Fue un día agotador para la pareja de recién casados, tanto que el cansancio los llevó a acordar que terminarían su tarea al día siguiente.
Después de un baño rejuvenecedor, Gabriela se dedicó a preparar la cena. Era toda una maestra de la cocina, si hubiera estudiado para ser chef, sin duda, tendría uno de los restaurantes más aclamados de la ciudad. No existía plato hecho con sus manos que no hiciera babear a su esposo.
-David -llamó, entonando el nombre a modo de canto.
-Está bien, mi esposa los esperará mañana -dijo por el celular-. Muchas gracias por su atención. Que tenga buena noche. -Colgó.
-¿David? -volvió a llamar.
-¿Sí? -lo escuchó gritar a la distancia.
-La cena está lista, cariño. -Alzó la voz para asegurarse de ser escuchada.
-Dame unos segundos.
Gabriela tarareó una canción mientras extraía los platos de las gavetas de arriba; sirvió en ellos las arepas, la carne asada y el caldo, del que resaltaba la papa, el huevo y el cilantro. Olfateó profundo la comida, era exquisita. Con una sonrisa, llevó la cena hasta el comedor. Esperaba que David quedara tan satisfecho como siempre. En el patio, el joven castaño terminó de acomodar algunas herramientas y útiles de aseo sobre un estante. El olor a comida llegó hasta él. Lo respiró con placer antes de dar media vuelta y dirigirse al comedor. Sin embargo, tan pronto como puso un pie fuera, escuchó un potente ¡tum!
La caja de herramientas había caído al suelo.
-¿Qué fue eso, amor? -gritó Gabriela desde el comedor.
-Se cayó una caja -respondió, subiendo la voz-. La ordenaré rápido e iré a cenar.
El castaño se inclinó y recogió una a una las herramientas, luego regresó la caja a su lugar en el estante. El aire en el patio corría fuerte, era al único que podía señalar de culpable.
-De seguro la dejé muy a la orilla -susurró para sí.
Con un crujir en el estómago que le recordó ir a cenar, David deslizó la puerta de vidrio y le echó llave. Sin que lo notara, una mancha emergió en la pared. Empezó como algo suave, minúsculo, casi imperceptible, pero el carmesí de su tinta cobró realismo a los segundos. Brillaba, era un resplandor singular, testimonio de un lamento antiguo, tal como en esa noche tormentosa en la que murió Luis Galiano. El terror tan solo estaba por comenzar.
-Huele delicioso -comentó-. ¿O eres tú la que huele a rosas?
David pasó la mirada de la exquisita comida a la mujer que movía sus fibras. Se acercó a ella por detrás y la rodeó con los brazos. Ella dejó escapar una risa leve al sentir el tacto de su esposo. Cuando Gabriela alzó la vista para verlo directo a esos ojos amelados, ambas miradas se conectaron; sus rostros comenzaron a acercarse hasta que los labios hicieron contacto en un beso apasionado que demostró lo que el uno sentía por el otro: amor puro y verdadero.
-Prométeme que no dejaremos de ser así después de los seis meses -pidió ella, con pucheros tiernos que lograron sacar una risa en David.
-Te lo prometo. -Le dio un pico rápido que selló el acuerdo-. Ahora a probar la comida, se ve deliciosa.
-Te aseguro que lo está.
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Entre charlas y sonrisas, los minutos pasaron, la pareja terminaba de cenar.
-Mamá no creía que conseguimos una casa -habló David, y luego le dio las últimas cucharadas al caldo-. Tuve que mandarle una foto hace un rato para confirmárselo. ¿Puedes creerlo? Gabriela dejó escapar una risa leve y le dio las últimas mordidas a la arepa mantequilluda.
-Sí, puedo creerlo. Doña Marina es de las que necesitan ver para creer.
-Sí que la conoces bien -dijo entre risas-. Y, por cierto, mamá amó la casa. Dijo que ahora sí se animaba a venir a quedarse unos días en la ciudad.
-¿Tú madre aquí? -inquirió Gabriela con sorpresa-. Creí que odiaba el calor.
-Lo odia con todo su corazón, por eso no viene mucho... ¿y tus padres? ¿Qué han dicho?
-Aún no les he dicho nada. No tuve tiempo porque me dediqué a embalar todo en el apartamento, pero de seguro se alegrarán cuando les cuente.
La conversación fue interrumpida por un sonido extraño que desvió toda la atención hacia la sala. Su reacción fue cruzar miradas cargadas de confusión. Por el ruido insoportable pudieron deducir que era el televisor; se había encendido de nuevo por sí solo.
-¿Por qué se encendió? -preguntó David, un tanto nervioso-. Aquí solo estamos los dos.
-¿Otra vez? -La castaña bufó-. Debí haberle programado el encendido antes de mudarnos. -Gabriela se apartó del comedor y caminó hasta la sala, donde desconectó el plasma desde el tomacorriente para asegurarse de que no causara más molestias-. Ya está.
-Muy bien, lavaré esto y me iré a descansar -dijo mientras recogía los platos-. Por cierto, estaba delicioso, como siempre. Eres la diosa de la cocina.
En el rostro de Gabriela se dibujó una sonrisa por el comentario.
David dejó todos los platos sobre el lavabo y los enjabonó uno a uno, mientras que su esposa tomó rumbo al cuarto a preparar la cama.
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David cerró la llave una vez el último cubierto brilló de lo limpio. Se sacudió las manos dentro del lavaplatos y luego las secó con una toalla pequeña que colgaba en la pared. El castaño dio media vuelta para marcharse, pero un ruido curioso le provocó un frío por la espalda. Temeroso, se giró. Era la llama del fogón, se había prendido sola.
«Qué raro» -pensó.
Se limitó a bufar. Desechó las ideas paranormales que inundaron su mente.
-Los fantasmas no existen, esos son cuentos para niños -musitó.
Movió el botón del que dependía la abertura del fogón, y este se apagó. Después dio unos pasos más hacia la puerta corrediza de vidrio y se cercioró de que estuviera cerrada.
Al entrar a la habitación, quedó boquiabierto ante lo que se topó. Su corazón se aceleró y la sangre le recorrió todo el cuerpo, mostró su frenesí con un sonrojo leve en los cachetes. Gabriela se hallaba sobre la cama, en ropa interior, cubierta por un babydoll negro, algo transparente. Ante los ojos de David era un cuerpo sexy y escultural, le parecía tallado por los mismos dioses.
-¿Hemos vuelto a la luna de miel? -preguntó David, acompañado por una sonrisa pícara-. Porque te aseguro que me encantaría repetirla.
-Solo si tú quieres que así sea, guapo -respondió, juguetona, y le dio palmadas suaves a la cama que lo invitaron a subir.
-Entonces allá vamos.
David se desabrochó la camisa con lentitud y la tiró a un lado de la habitación. Dejó al descubierto sus pechos firmes y sus brazos marcados; Gabriela mostró su aprobación mordiendo los labios. El joven se acercó a ella en un gateo suave. Solo se detuvo al encontrar sabor en sus labios. Lo siguiente fue cariño y pasión desbordados. Calurosa y rítmica pasión. Eran dos amantes explorándose el uno al otro, causándose sensaciones placenteras con su tacto erótico. Unían sus cuerpos bajo la luna como único testigo, en un gemir que los llevaba al mismísimo cielo y los volvía a bajar.
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El reloj digital, ubicado a un lado de la cama, bajo la lámpara de la mesita de noche, marcó las «2:29 a. m.».
De inmediato, las corrientes de aire frío de la madrugada atravesaron las rejillas del patio y burlaron el seguro. Con una fuerza desconocida, lograron deslizar la gran puerta corrediza. El viento divagó por la casa hasta llegar a la sala y encender el televisor, lo que generó una vez más su molesto ruido, que solo se detendría al día siguiente, cuando vinieran los empleados de la empresa de cable a instalar el servicio.
David y Gabriela se hallaban en un sueño profundo, cubiertos por sábanas blancas que ocultaban su desnudez. Su noche de pasión había servido de anestesia para aliviar las tensiones de la mudanza, pero, pese a ello, Gabriela jadeaba una y otra vez; los constantes movimientos provocaron que gotas de sudor se le formaran en el rostro.
Un último jadeo la despertó. Pasó la mano por la frente y limpió el sudor. Se incorporó mientras bostezaba, con ojos pesados. Cuando sintió un ardor quemarle la garganta, su boca deseó refrescarse con un vaso de agua, y, al escuchar el ruido irritante que provenía de la sala, realizó un gesto de enfado y envolvió la sábana en su cuerpo.
Se fijó en la hora; luego se levantó, molesta.
La castaña abrió la puerta de la habitación con delicadeza, no deseaba despertar a David, dormía como un oso.
Caminó en medio de la oscuridad que cubría la casa. Al mirar hacia la sala, allí estaba el televisor plasma encendido, con miles de puntos en su pantalla, entre negros, grises y blancos, los causantes de tan molesto sonido. Su luz tenue era lo único que ofrecía claridad entre tantas sombras.
«Creí que lo había desconectado», pensó.
Gabriela lo apagó de su respectivo botón, sin embargo, creyó más conveniente desconectarlo, no fuera que volviera a encenderse más adelante y el ruido la despertara de nuevo.
El ardor en la garganta le recordó ir a la cocina. Se movió en la oscuridad y llegó allí. Extrajo un vaso de la despensa, abrió la nevera y se sirvió el agua. Mientras la bebía, notó que la puerta corrediza estaba medio abierta, así que, al terminar, lo lavó, lo regresó a su puesto y entonces se dirigió a cerrarla.
Pero al dar media vuelta, con el fin de regresar a la cama, una escalofriante corriente de aire le entró por los poros de la piel y le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Se tensó de inmediato. Si bien era cierto que Perla Norte era una ciudad calurosa, las noches se caracterizaban por vientos fuertes y gélidos. Aun así, eso iba más allá del frío, se trataba de una sensación muy extraña y confusa.
Respiró hondo y relajó los músculos; movió la cabeza de un lado a otro mientras alzaba los hombros. Más calmada, emprendió camino de regreso a la habitación, sin embargo, tras la puerta de vidrio que daba hacia al patio, surgió en la oscuridad la silueta de un hombre que la observó con escalofriantes ojos rojos y brillantes.
La mujer sintió una vez más el aire gélido de la noche, que se convirtió en nervios y aceleró su corazón. Se giró hacia el patio. Tenía una corazonada de que algo no marchaba bien. Dio un leve respiro que le regresó la calma. No había nada allí, solo notó oscuridad. No deseaba terminar paranoica, era una casa nueva, le parecía natural sobresaltarse por cualquier situación anormal. Con mayor tranquilidad, continuó su recorrido a la habitación. Aunque una vez entró, volvieron a centellar dos penetrantes ojos color sangre, mucho más rabiosos que los anteriores; esa vez en la sala.
El demonio era astuto, solo observó, oculto en las sombras; analizaba con detalle a sus víctimas en busca de un portal para infestarse, y ya lo había encontrado en una mujer joven e indefensa.