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El ceniciento

El ceniciento

Autor: : Janeth Aguilar
Género: Romance
Denzel Carpentier es un hombre atractivo, arrogante y mujeriego; que no conoce de límites cuando de mujeres se trata. Es el vicepresidente de una de las cadenas de tienda de ventas al por menor más famosas del país y futuro heredero de la corporación multinacional. Sin embargo, nunca imaginó la sorpresa que su padre y su abuelo le tenían preparada. Sería despojado durante seis meses de todas las comodidades y beneficios que su apellido le ofrecía y, a cambio, debía conseguir la manera de forjar una nueva empresa durante el plazo sugerido, sin la ayuda de ninguno de sus conocidos o familiares, hasta convertirla en un negocio exitoso y rentable. Goldie Moore es una joven emprendedora que se gana la vida diseñando tarjetas de invitación para poder costear sus estudios en la carrera de publicidad. Sus múltiples compromisos la obligan a buscar a una persona que se encargue de las tareas del hogar mientras ella se dedica de lleno a su negocio. ¿Qué puede pasar cuando la persona que contratas es un hombre que ni siquiera tiene idea de cómo usar el detergente? Identificador 2302033332256 Fecha de registro febrero-2023 © Todos los Derechos Reservados

Capítulo 1 Cambio de vida

Observo la hora en el reloj sobre la mesa de noche y noto que están cerca de dar las ocho de la mañana. Me levanto a toda prisa, pero un intenso dolor de cabeza que está a punto de hacerme volar la corteza cerebral me obliga a quedarme sentado al borde de la cama durante algunos minutos más para esperar a que las palpitaciones de mi cerebro se detengan.

¿Qué demonios sucedió anoche?

Miro a los alrededores y me doy cuenta del enorme desastre que hay en la habitación. Hay un par de botellas de champaña en el suelo, ropa desparramada por lugares inimaginables y platos servidos y a medio comer sobre la mesa. Intento recuperar los recuerdos de lo que sucedió después de dejar mi oficina y dirigirme al club, no obstante, la resaca no me lo permite.

Me levanto de la cama y camino como zombi en dirección hasta el cuarto de baño. Saco un par de pastillas del gabinete y las bebo con un poco de agua del chorro. Pongo las manos en la encimera y me observo al espejo. ¿Qué carajos? ¿Quién demonios hizo esto? ¡No puedo creerlo! Tengo la frase, vete a la mierda, escrita con marcador negro sobre la frente. ¡Joder!

Necesito recordar cuanto antes qué carajos hice anoche. Me devuelvo hasta mi habitación para buscar mi teléfono, pero, para ser sincero, tampoco recuerdo qué hice con él. Agacharme no es una opción si quiero mantener mis sesos en el mismo lugar. Salgo del cuarto y en lo que llego a la sala escucho las carcajadas de mis amigos que se retuercen y se revuelcan de la risa mientras me miran con diversión.

Bajo la mirada y observo con asombro que llevo puesto un calzoncillo de elefante en color rojo y en cuya trompa llevo guardado mi miembro. ¿Qué jodida broma es esta? Elevo la mirada y fulmino con ella a mis buenos y fieles amigos que, estoy más que seguro, son los artífices de esta broma de mal gusto.

―Juro que me las van a pagar imbéciles ―menciono con enfado al llevar las manos hacia mis partes nobles para ocultarlas―. ¿Eso es lo mejor que se les ha ocurrido hasta ahora?

Niegan con la cabeza.

―No fuimos nosotros ―comenta Gonzalo, aún cuajado de la risa―. Vinimos tan pronto como vimos las imágenes en las redes ―agrega divertido―, papi y el abuelo no estarán felices con esto.

¿De qué habla?

―Te van a desheredar ―anuncia Walter―. Después de la amenaza que recibiste de ellos, creo que en esta ocasión no te salvas de esta.

Sus palabras comienzan a ponerme nervioso.

―Pueden decirme de una jodida vez, ¿de qué están hablando?

Gonzalo se levanta del mueble y me tiende su móvil para que le dé un vistazo. Una ráfaga de escalofrío recorre mi espina dorsal y me paraliza las pelotas. Esta vez me pasé de la raya. Llevo la mano hasta mi cuello y lo froto con preocupación. El dolor de cabeza se esfuma de un plumazo y la preocupación ocupa su lugar.

―No sé cómo vas a explicarle esto a tus viejos, pero te prometo que de esta no te salvas.

Trago grueso. No pasan ni cinco segundos cuando el sonido de mi teléfono apaga las sonrisas de las bocas de mis amigos. Ellos reconocen el tono que está sonando y eso solo significa problemas.

Atravieso la sala a toda velocidad y me dirijo hacia la barra. Ni siquiera recuerdo haberlo dejado en aquel lugar. Aprieto los ojos antes de pulsar el botón y responder la llamada.

―Abuelo...

Maldigo por lo bajo al escuchar el alarido estridente que sale de mi boca.

―Tu padre y yo te estamos esperando en la oficina Denzel y más te vale que traigas tu maldito trasero o te prometo que te vas a arrepentir por el resto de tu vida.

Cuelga sin permitirme decir una sola palabra más. ¡Mierda, mierda, mierda!

―Se te viene al Armagedón, viejo ―expresa Walter con semblante de preocupación―. Ahora mismo no quiero estar en tu pellejo.

Gonzalo se levanta del sillón y se aproxima hacia mí después de darle una mirada a su reloj de pulsera.

―Más te vale que muevas tu trasero o Cruella De Vil, no tardará en publicar tu obituario en las páginas principales de todos los diarios y revistas de la ciudad. Esa mujer quiere tu puesto y no dudo que lo consiga después de esto.

La sangre se drena de mi rostro. Asiento en respuesta antes de salir corriendo hacia mi habitación. Tomo un baño rápido y saco uno de mis mejores trajes para asistir a la reunión. En menos de diez minutos estamos bajando al estacionamiento.

Me despido de los chicos y cojo la avenida a una velocidad que está al límite de lo permitido. Cinco minutos después, bajo del elevador y hago el recorrido por el camino de la vergüenza, antes de detenerme frente a la puerta de la oficina del presidente de Carpentier Amazing Holdings Inc.

Respiro profundo y adopto mi actitud de hombre seguro y responsable antes de abrirla y enfrentarme al gran jurado. Al ingresar, veo los rostros furiosos y contrariados de dos de las personas más importantes de mi vida.

―Siéntate.

No hay saludo de buenos días ni la típica sonrisa de admiración y orgullo que siempre he visto en la cara de mi viejo. El segundo al mando de esta gran corporación.

―Papá, puedo explicar...

No puedo terminar la frase, porque mi abuelo no me lo permite. Después de entregarle el mando a mi padre, se convirtió en el único miembro honorario de la corporación y en nuestro asesor principal, además de ser uno de los accionistas mayoritarios de esta empresa.

―¡Cállate la boca y siéntate!

Mierda. Sí que están furioso y no es para menos, sobre todo, después del semejante espéctalo que di en vivo por las redes sociales.

―¿Estás consciente de la posición en la que nos pusiste con lo que hiciste anoche?

Cómo explicarles que ni siquiera recuerdo lo que hice.

―Lo lamento abuelo, no fue mi intención.

Respondo avergonzado.

―¿Crees que un lamento lo soluciona todo?

Esta vez es mi padre el que interviene.

―Se que no, pero yo...

Vuelvo a ser interrumpido.

―Haz puesto la seriedad y el prestigio de nuestra empresa en entredicho y has arrastrado nuestro apellido por el fango sin ningún respeto y consideración ―no tengo palabras para refutarlo―. Te lo advertimos, Denzel ―sisea mi padre con enojo mientras me acribilla con su mirada―. No te íbamos a dejar pasar una sola más de tus locuras ―carajos, tengo el presentimiento que esta vez la boté del campo de juego y con las bases llenas―. Te hemos dado demasiadas oportunidades y esta vez no estamos dispuestos a aguantar uno más de tus malditos desastres.

Trago grueso y los miro con nerviosismo.

―Tu padre y yo tenemos dos horas conversando al respecto ―expresa mi abuelo con la voz carente de emoción―. Ya no eres el mismo chiquillo de quince años atrás que solía ir por la vida actuando sin ningún reparo ―escupe furioso―. Eres un hombre de treinta y cuatro años que sigue negándose a madurar, pero es lo que menos nos importa, lo que está en discusión es el hecho de que eres el maldito vicepresidente de esta empresa y con tus acciones has puesto en peligro la reputación de la corporación.

Sigo escuchando sin atreverme a abrir la boca. No hay nada que hayan mencionado que no sea verdad. Está bien, la jodí, pero tampoco es para tanto.

―En vista de que sigues negándote a escuchar nuestros consejos y recomendaciones ―dejo de respirar hasta escuchar lo que viene a continuación, mucho me temo que no me va a gustar para nada―. Tu padre y yo hemos decidido separarte del cargo a partir de este momento.

¿Qué? No pueden hacerme esto.

―Pero, abuelo, ¡es una decisión exagerada!

Digo exaltado al levantarme de la silla.

―¿Exagerada? ―grita mi padre―. ¿Crees que tu abuelo y yo, vamos a arriesgarnos a dejar las riendas de esta corporación en tus manos? ¿Qué vamos a permitir que tires a la basura todos los años de esfuerzo y sacrificio que hemos dedicado para poner el nombre de esta empresa entre las mejores del mundo?

Niego con la cabeza.

―¿No pueden estar hablando en serio?

Mi abuelo pulsa el interfono para llamar a su secretaria.

―Nos tomamos muy en serio cualquier decisión que tenga que ver con esta empresa, pero, sobre todo, con nuestra familia.

Un par de segundos después entra Cruella de Vil, con una sonrisa de satisfacción dibujada en su boca. Deja una carpeta con una serie de documentos delante de mi padre. La muy lameculos le facilita un bolígrafo cuando nota que mi padre no logra ubicar el suyo.

―Aquí tiene, señor Carpentier.

Aprieto los labios en una línea fina.

―Griselda, este es el comunicado para que a partir de este momento se notifique a todos nuestros empleados, socios y clientes que, mi hijo, Denzel Carpentier; ya no tiene ningún tipo de relación con esta empresa ―las pelotas se me suben a la garganta―. De la misma manera se inhabilitarán todas las tarjetas corporativas, el acceso a cualquiera de sus cuentas, así como también, se le expropiarán todos los activos que estén a su nombre.

¿Qué demonios es lo que están haciendo? ¡Me acaban de robar toda mi vida!

―Por supuesto, señor Carpentier, lo haré de inmediato.

La muy zorra se acerca y se para delante de mí.

―Le agradezco, por favor, que me entregue todas sus tarjetas de crédito.

Giro la cara y miro a mi abuelo y a mi padre.

―Papá, abuelo, no pueden hacerme esto.

Les digo con un susurro.

―Podemos y lo estamos haciendo ―indica papá con un gesto de decepción en su rostro―. Haz el favor y evítanos este trago amargo y doloroso ―me pide con un tono de voz plano. Hacer esto no es fácil para él―. Entrégale las tarjetas y haz el favor de abandonar esta oficina.

Con la mano temblorosa saco la cartera de mi chaqueta y extraigo todas las tarjetas. La bruja toma una tijera y las hace pedacitos en mi propia cara. Lo está disfrutando como nunca. Me doy la vuelta y sin decir una sola palabra más, me dirijo hacia la puerta. No obstante, antes de que abandone la oficina, mi abuelo, dice sus últimas palabras.

―Si estás dispuesto a demostrarnos que vas a cambiar y que quieres que te demos una nueva oportunidad, vendrás a esta misma oficina en un plazo de setenta y dos horas ―detengo mis pasos para escucharlo, pero no me doy la vuelta―. Tendrás que convencernos con hechos, que eres un digno representante de esta familia y que estás preparado para asumir la presidencia de esta corporación. Caso contrario, no vuelvas a asomar tu nariz por este lugar.

Capítulo 2 Influencias

Salgo de aquella oficina con el corazón y el alma hechos pedazo. Mi propia familia acababa de execrarme como si no significara nada para ellos. Entiendo que lo que hice les haya dado motivos suficientes para pensar que no soy capaz de asumir la presidencia de la corporación, pero quitármelo todo para castigarme; es demasiado.

Hago un nuevo recorrido por la senda de la derrota y me dirijo hacia el elevador. Oprimo el botón de llamado e ingreso al interior una vez que las puertas se abren. Presiono el botón que me lleva directo hacia el sótano, sin embargo, alguien introduce la mano a través de las puertas y evita que estas se cierren.

―Lo siento, señor Carpentier, pero solo cumplo órdenes.

Me quedo mirando al chico de seguridad que me observa con pena y lástima.

―¿Ahora qué, Bobby?

Eleva su mano y se rasca detrás del cuello.

―Debo pedirle que me entregue las llaves de su apartamento, la de su auto y el reloj que tiene puesto.

Me llevo la gran sorpresa con aquella solicitud. ¿Piensan arrancarme la piel hasta dejar mis huesos expuestos?

―¿Esto es en serio?

Pregunto con desconcierto. Sé que el chico no tiene la culpa, pero esto es extralimitarse.

―Me temo que sí, señor ―menciona apenado―. Puedo decirle que no llevaba el reloj.

Bufo con resignación y niego con la cabeza. Miro por encima de su hombro y veo la imagen de mi padre al final del pasillo. Sé que está decepcionado de mí por la gran estupidez que hice, pero joder, soy su hijo. ¿Cómo pude ser capaz de hacerme algo como esto? Sin dejar de mirarlo, llevo las manos al interior de mis bolsillos y saco lo que me pide. Le doy un último vistazo a las llaves de mi lujoso apartamento y a las de mi flamante Ferrari rojo; el orgullo de mis días de conquistas. Trago grueso, antes de quitarme el Rolex y ponerlo en el mismo lugar en el que están el resto de mis cosas.

―Llévale todo a papá, no quiero que te sancionen por mi culpa.

Asiente en respuesta antes de darse la vuelta y dirigirse hasta el lugar en el que se encuentra papá. Nos quedamos mirándonos fijamente, hasta que las puertas de acero inoxidable se interponen entre nosotros.

***

―Lo lamento, hermano ―me dice Walter al tenderme la botella de cerveza―. No puedo creer que tus viejos hayan llegado a tales extremos. ¡Te dejaron en la calle!

Se sienta en el mismo sillón en el que he estado acostado desde que llegué, después de que me hayan echado de mi propio apartamento.

―Las cosas han ido de mal en peor y todo por esa maldita estupidez que hice anoche ―bebo un trago de la botella y le limpio la humedad con el dorso de la mano. Lo hago con rabia e impotencia―. Ni siquiera te imaginas lo impactado que quedé cuando quise entrar al edificio y el nuevo vigilante me dijo que no lo tenía permitido ―suspiro con incredulidad―. Mis viejos me lo quitaron todo ―niego con la cabeza―, no me dejaron sacar ni una maldita aguja ―me levanto del sillón y maldigo por lo bajo―. Mi única posesión, es este puto traje que llevo puesto.

Aprieto los dedos alrededor de la botella.

―¿Qué piensas hacer?

Ni quiera tengo una respuesta apropiada para su pregunta.

―¿Arrastrarme, emborracharme hasta perder la conciencia, darme golpes de pecho y sentarme a la mesa con un tarro gigante de helado mientras maldigo mi vida y desahogo mis penas? ―menciono en los mismos términos que los de una mujer despechada. Me bebo el resto del contenido de un solo trago y voy al refrigerador por una nueva botella―. Para ser sincero, no tengo ni la menor idea ―respiro profundo―. No sé hacer otra cosa que trabajar en lo que sé, mi única experiencia laboral ha sido en la empresa de mi familia. Me esforcé mucho para llegar hasta el puesto por el que estuve trabajando toda mi vida. ¿Puedes tener una idea de lo que significa perder toda la vida que construiste durante tanto tiempo en cuestión de segundos?

Destapo la botella y camino hacia la ventana.

―Entonces, no te queda otra opción que buscar trabajo en cualquier otra empresa ―me aconseja―, nadie rechazará a alguien con un currículo como el tuyo, Denzel, estás cualificado para cualquier trabajo de alto cargo.

Asiento en acuerdo.

―Quizás deba comenzar a buscar trabajo mañana mismo ―expreso decidido―, tengo un estilo de vida que mantener y demostrarles a todos, que soy capaz de salir adelante sin necesidad de su ayuda.

***

Cerca del mediodía, regreso al edificio en el que vive Walter. Toco el intercomunicador al menos una decena de veces, pero no consigo respuesta. ¿Qué demonios? Saco el teléfono de mi bolsillo, el único activo con el que puede quedarme y, marco su número. Sin embargo, tampoco obtengo respuesta.

Me aprieto el puente de la nariz con mis dedos e inhalo una profunda bocanada de aire. Hoy nada me ha salido bien. Toda mi vida se ha ido por el caño del desagüe. Esta mañana al despertar me sentí eufórico, lleno de ánimos y decidido. Tomaría el toro por los cachos y lo domaría a mi antojo. Sin embargo, nada resultó como lo esperaba. Debí suponer que papá y mi abuelo, ejercerían toda su influencia y poder para cerrarme todas las puertas. Cada empresa que visité y cada sujeto con el que hablé fueron muy claros al decirme que no se atreverían a enfrentarse a la furia de la familia Carpentier. No hay nadie en esta ciudad y, puedo apostar que, en el mundo entero; que esté dispuesto a arriesgar su pellejo por mí. ¡Estoy acabado!

Me giro al sentir que ponen una mano sobre mi hombro.

―Lamento no haber respondido antes, Denzel.

Niego con la cabeza.

―Pierde cuidado, Walter, al menos ya estás aquí, subamos a tu apartamento, tengo mucho qué contarte.

Espero que se acerque y abra la puerta de entrada al edificio, pero se queda allí parado, mirándome como si tuviera a punto de darme la peor noticia de mi vida. Mi cuerpo se tensa.

―Lo siento mucho, hermano, pero no puedo dejarte entrar.

Entrecierro los ojos y lo miro con desconcierto.

―Papá me llamó esta mañana y me prohibió terminantemente cualquier tipo de relación contigo ―aquella noticia me deja estupefacto―. Eso no es todo ―menciona abrumado―. Santiago ni yo, podemos hacer nada para mejorar tu situación ―ya ni siquiera tengo capacidad de reacción―. Cualquier ayuda que te demos será respondida con la misma medida que recibiste ―esta tiene que ser otra de las bromas pesadas de este imbécil―. Nos dejarán en la calle y nos quitarán todo lo que tenemos, Denzel. A partir de ahora tendrás que hacer esto solo; estás por tu cuenta.

Capítulo 3 La nota

Abro mi cartera y observo con preocupación el poco efectivo que llevo conmigo. Me froto la frente con mis dedos. ¿Qué voy a hacer ahora? Miro hacia ambos lados de la calle sin saber hacia dónde ir ahora. Pedir ayuda, ya no es una opción, tal como lo dijo Walter, me toca apañármelas solo a partir de este momento.

¿Por qué razón están siendo tan extremistas con este castigo?

Saco el móvil de mi bolsillo y me quedo mirándolo mientras decido si llamar o no a papá. No pienso pedirles ayuda, voy a demostrarles que puedo hacerlo solo, sin embargo, necesito saber cuál es la razón por la que me han quitado todas las posibilidades de salir adelante por mí mismo.

Después de meditarlo por algunos segundos, marco su número y pulso la llamada. Luego de un par de repiques, contesta.

―Hijo.

El corazón se me estruja al mismo tiempo en que mis ojos se humedecen.

―¿Por qué me hacen esto, papá? ―pregunto con un nudo atravesado en mi garganta―. ¿No les parece suficiente con habérmelo quitado todo?

Aprieto el móvil con los dedos y escucho el palpitar trepidante de los latidos de mi corazón. Contengo la respiración hasta escuchar su respuesta.

―Porque necesitas tocar suelo, Denzel ―suelta sin tapujos―, te empeñas en mirar la vida desde tu trono imaginario y das por sentado que, por el hecho de tener nuestro apellido, vamos a perdonarte todas las estupideces y los errores que has venido cometiendo uno tras otro, sin tomar en consideración las consecuencias que tus actos y el desastre que vas dejando a tu paso.

Bufo profundo y dejo salir el aire que he estado conteniendo en mis pulmones.

―¿Es todo lo que tienes que decir, papá? ―me aprieto el puente de mi nariz―. Denme al menos la posibilidad de encontrar un trabajo decente con el que pueda mantener mis gastos y pagar un lugar donde vivir.

Es lo único que pido.

―¡No! ―grita en tono enérgico―. ¿Aún no logras comprender nada?

¡Maldición! ¿Cree que con todo lo que me ha sucedido he tenido tiempo de pensar en cualquier otra cosa que no sea en el enorme lío en el que estoy metido?

―Lo siento, papá, pero ahora mismo en lo único que pienso es en encontrar un lugar donde pasar la noche.

Se mantiene callado durante algunos segundos.

―Debiste pensar en ello antes de hacer lo que hiciste ―aprieto los dientes con fuerza al escuchar de nuevo su retahíla―. No lo olvides, Denzel, te quedan solo cuarenta y ocho horas de las setenta y dos que te ofrecimos. Si decides someterte a nuestras exigencias, te prometo que tendrás esa oportunidad que tanto necesitas, en cambio, si optas por negarte; entonces comprenderás lo que significa ser un simple mortal sobre la tierra.

Cuelga la llamada sin darme la posibilidad de defenderme. Pero, ¿qué más puedo decir cuando acaba de dejarme claro el panorama al que debo enfrentarme?

Me quedo parado en medio de la acera sin tener la más mínima idea de lo que voy a hacer. Mi vida se ha convertido en una gran y terrible pesadilla que tal parece que no está ni cerca de terminar. Giro mi cara de un lado al otro, tratando de decidir hacia qué dirección caminar. Es increíble lo diferente que se ven las calles cuando las recorres a pie, mezclándote con la gente común, quemándote la piel bajo el sol, respirando del mismo aire que el resto; en lugar de hacerlo en mi flamante Ferrari.

Me pongo mis anteojos y deambulo por las calles neoyorquinas. Poco tiempo después, me detengo en un pequeño café abarrotado de estudiantes que a esta hora acostumbrar reunirse para pasarla bien con sus amigos. Ingreso al local y me siento en una de las mesas.

―Buenas tardes, señor, aquí tiene nuestro menú.

Es la primera vez que me preocupo por mirar los precios. Con menos de cien dólares en el bolsillo no puedo aspirar a ir a uno de mis acostumbrados restaurantes. Trago grueso. Opto por una milanesa de pollo, arroz y ensalada. Una de las opciones más económicas del menú.

Llamo al joven que me atendió y le hago mi encargo.

―Algo para beber.

Hago cálculos mentales y opto por un vaso con agua.

―Solo agua, por favor.

El chico se retira y mientras espero a que me traigan la comida, observo a los jóvenes que conversan y ríen tranquilos, quizás sin tantas preocupaciones como las que me embargan en este momento. De repente, escucho a mi lado la conversación de dos chicas que comentan despreocupadas mientras disfrutan de sus hamburguesas.

―¿Qué piensas hacer?

Le pregunta la rubia de pelo ensortijado y sonrisa exagerada.

―No puedo con todo sola ―responde la chica que está de espalda y a la que no puedo verle la cara―. Necesito buscar a alguien que se encargue de la casa y así poder concentrarme en mi trabajo.

―Para eso necesitas buscar a alguien que esté dispuesto a trabajar contigo a tiempo completo ―sugiere la rubia al bañar sus papas con una asquerosa cantidad de salsa roja―, y eso implica, quedarse a vivir en tu apartamento.

No puedo evitar dejar de escuchar la conversación. Se oye interesante y me sirve de distracción para olvidar el enorme lío que llevo a cuesta.

―Ofreceré una paga atractiva, además, de casa y comida ―le explica la chica de gorro de lana que parece más interesada en su móvil que en su propia comida―. La haré sentir como parte de mi pequeña familia siempre y cuando pueda ahorrarme tiempo y encargarse de todas las ocupaciones de la casa ―la chica deja el móvil en la mesa y se pone de pie―. Tengo que irme, alguien respondió a la solicitud de servicios y debo encontrarme con ella en veinte minutos ―abre su cartera y le tiende a su compañera la nota que saca del interior―. Te diré como me va con la entrevista, espero tener suerte esta vez ―coge el teléfono de la mesa y se inclina para darle un beso a su amiga en la mejilla―. Estoy apurada, así que te agradezco que cuelgues el aviso en la cartelera de la esquina.

Se despide de su amiga y abandona el local.

―Aquí tiene su comida, señor ―me veo obligado a apartar la mirada de la rubia para centrar mi atención en el mesero―. Espero que disfrute de la comida.

Le agradezco y tomo los cubiertos para empezar a comer. Sin embargo, un movimiento a mi costado me incita a mirar en aquella dirección. La rubia se ha levantado de la silla y camina hacia una de las esquinas del local. La observo inquisitivamente. Quita un par de pines de la cartelera de corcho y cuelga la nota que le dejó su compañera antes de marcharse. Se despide del personal y sale del negocio.

Sigo comiendo, pero algo en mi interior me convida a levantar la mirada y dirigirla de nuevo hacia la cartelera. Un par de chicas se acercan a curiosear, cuchichean durante un rato y luego deciden perderse en el corredor que se dirige hacia el baño. Vuelvo a retomar mi almuerzo y continúo comiendo hasta dejar el plato limpio. No es la mejor comida que he probado en mi vida, pero cumple su cometido.

Dejo los cubiertos en el plato y me levanto de la mesa para dirigirme a la caja. Saco uno de los billetes y espero el cambio para darle una pequeña propina al mesonero, que, por supuesto, no se parece en nada a la que acostumbraba a dejar en los restaurantes lujosos que solía frecuentar. Esto me hace sentir miserable. Me doy la vuelta para dirigirme hacia la salida, sin embargo, desvío mi camino y me aproximo a la cartelera. Observo la nota que dejó la rubia con el teléfono y la información de contacto.

Unos segundos después las dos chicas que estuvieron aquí pocos minutos atrás, se interesan por la misma nota.

―Creo que voy a llamar.

Dice una de ellas casi al mismo tiempo en que eleva su brazo para cogerla, pero antes de que pueda tomarla, se la arranco de las manos.

―Lo siento, chicas, pero es mía.

Me alejo de allí bajo la mirada confusa de las dos chicas y una sonrisa satisfecha dibujada en mi boca.

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