CAPÍTULO 1
Es Lunes.
El sonido insoportable del despertador me hace dar un respingo en el colchón.
Ocho y media.
-¡Mierda! -mascullé, somnolienta.
Hago un gran esfuerzo por separar los ojos y aquello me lleva mucho tiempo. Demonios.
Me refriego los ojos con los puños cerrados y lanzo un bostezo que retumba en todo el monoambiente. Veo a través de la única ventana que tiene mi piso que el día no se presenta soleado, brillante y celeste.
Sino que, las nubes dominan aquel cielo porque se aproxima una gran tormenta. Mierda, eso me provoca menos ganas de levantarme y comenzar mi día.
Retiré las sabanas de mi cuerpo pateándolas hasta ver que llegaron al borde del colchón. Me apoyo sobre mis hombros. Vamos Amy, levanta tu estúpido trasero de la cama y ve a trabajar.
Debo agradecer que mi trabajo se encuentra debajo de mi pequeño y bonito apartamento ubicado en California y no tengo que tomar ningún autobús para dirigirme hasta él.
Abrí mis ojos finalmente por completo y miré hacia mi derecha al escuchar el ronroneo habitual de mi gata Ronny, quien se estira ocupando la mayor parte de mi cama porque acaba de despertarse, pero no tiene ninguna intención de salir de ella.
Ronny tiene el pelaje blanco y sus orejas, patitas y cola, las tiene grisáceas. Puede llegar a ser confundida con un gato siamés, pero ella y yo sabemos que no lo es. Sólo aparenta ser una.
La adopté en un centro de adopción gatunos y cuando la vi, fue amor a primera vista.
Ella me observa ahora con sus inmensos ojos azules y yo tengo ganas de seguir durmiendo a su lado.
-Debo ir a trabajar para pagar tu comida -le digo, acercándome a ella y acariciándole la pancita -. No cabe duda que soy tu esclava.
Salgo de la cama de dos plazas y me pongo de pie, lanzando otro gran bostezo y me veo obligada a arrastrarme hasta mi baño para darme una ducha, cepillarme los dientes y hacer pipí.
Termino de hacerlo y me encuentro un poco más despabilada gracias a la ducha. Salgo del baño con una toalla rodeándome la cabeza y otra a mi cuerpo. Me preparo café y enciendo la televisión, exactamente en las noticias.
Uh, atropellaron a alguien en la avenida Maiden Lane. Pobre señora.
¡Hurra!¡Sigue viva! Me alegro por ella.
-Y que Diosito le dé muchos cumpleaños más-le digo a la televisión, contenta.
Ya me he acostumbrado a charlar conmigo misma por las mañanas.
¿Acaso estoy loca? Para nada, es sano hablar en voz alta de vez en cuando.
Mientras desayuno unos tostados con café, voy pensando qué pantalón debó colocarme hoy.
La cafetería Blue Moon queda debajo de mi monoambiente. Los dueños me alquilan el sitio a un precio razonable en una de las calles más transitadas de California: Santa Mónica.
En verano se atascaba de gente, y en otoño e invierno las personas decidían visitar otros sitios lejos de la playa.
Hoy era extraño ver cómo iniciaba el verano aquella mañana de junio con una gran tormenta de nubes pesadas y negras. Pero podía sentirse la humedad. Sobre todo, en mi cabello castaño.
Me puse mis vaqueros azules, los que me favorecían, mis conversé negras, una camiseta mangas largas blanca y por encima de ella un delantal verde que rodeaba mi cuello y mi cintura. Este tenía a la altura del corazón su logo de una taza pequeña de café humeando y por debajo de ella el nombre del sitio.
Fui rápidamente al espejo de cuerpo completo que tengo colgada en una pared de mi casa y repasé mi aspecto en él mientras me recogía el cabello con mis dedos para hacerme una coleta alta.
Acomodé mi flequillo hacia el costado y suspiré. Mis ojos grises parecían cansados y algo rojizos. No le di importancia.
Trabajar duro me llevaría lejos, sólo era cuestión de encontrar algo mejor a qué dedicarme.
-Eres lista, bonita y buena persona. Nunca te olvides de ello Amy Steele-me dije a misma, repitiendo aquellas palabras que resultaban un mantra para mí cada mañana.
Procuré que mi gata tuviera todo lo necesario para sobrevivir aquel día. Su arenero se encontraba del todo limpio, tenía comida y agua en sus cuencos, así que estaba todo bien para que sobreviva un día sin mí.
Le di un beso al dormilón y me marché, cerrando la puerta con llave.
Salí directo al pasillo que daba a las escaleras para bajar directo a la calle y mientras bajaba por los escalones, escuché que la puerta que da al otro monoambiente se abre y sale mi compañero Patrick, quien se mueve de manera muy lenta para ponerle llave a su casa.
Se da cuenta de mi presencia y me saluda con la mano, con los ojos marrones algo entrecerrados por el sueño que claramente sigue en su cuerpo.
-Verte me dan ganas de vivir -me burlo y lo espero para que bajemos juntos.
-¿Sabes qué me daría ganas de vivir? Un aumento de sueldo -me confiesa, empezando a bajar las escaleras conmigo.
Él debe ir detrás mío porque la escalera no es muy gran que digamos.
Patrick es alto, de cabello oscuro y de cuerpo delgado
-Debes agradecer que nos hacen un favorable descuento por vivir arriba de la cafetería y que nos den dos días a la semana libres -lo alenté para que no se decaiga.
-Me gustaría obtener una beca en la universidad y marcharme lejos. Estar trabajando aquí es cómo estar atascados, Amy.
Aprieto los labios y estos decaen hacia un costado. De cierta manera le doy la razón, pero cada quien tiene su visión en ello.
Cada quién tiene su visión sobre la vida.
-¿Sabes algo sobre la beca? -le pregunté, tratando de no tocar el tema laboral.
Bajamos hacia la puerta que da la calle y él la abre con su llave.
Somos nosotros dos viviendo en dos monoambiente del sitio y cuando sales al pasillo debes bajar por las escaleras para llegar a la puerta. No hay ventanas, pero sí ventilas. Las paredes no están pintadas, tienen un raro gris en ellas y esa parte es iluminada por un foco que cuelga en lo más alto del techo.
Incluso las arañas de las esquinas te saludan con sus ocho patas si no limpias a menudo.
Aunque Patrick es mucho más alto que yo y las mata con la escoba para que no me intimiden.
Le tengo mucho miedo a las arañas.
-No, aún no. Pero sigo esperando la confirmación. La ansiedad a veces me gana y no me permite dormir por la noche, pensando en un futuro mejor para mí-me respondió, apenado y dirige su mirada hacia el cielo, con los ojos bien abiertos -¡Demonios, qué clima tan perfecto! -exclama, como si aquello le hubiera levantado el ánimo.
-Eso significa que hoy no habrá muchos clientes y será un día muy tranquilo -le comento, entre lanzando mi brazo con el suyo y lo miro -Será un gran día, Patrick.
A las diez y treinta y cinco de la mañana el café tenía varias mesas ocupadas con clientes que, en vez de mirar los televisores colgados en las paradas con el canal de noticias puesto, miraban el clima a través de los grandes ventanales que daban a la calle asfaltada y las palmeras agitándose un poco por la llegada de la gran tormenta.
Mi turno era de las nueve y media hasta las dos de la tarde, luego salía e ingresaba nuevamente a las cuatro y media hasta las siete de la tarde.
Los fines de semana trabajan otras personas, pero de lunes a viernes trabajábamos sólo Patrick, Wendy y yo.
Wendy era una compañera nueva que había iniciado hace ya un mes y había logrado desempeñarse a la perfección en el sector de caja.
Era excelente para los números, cosa que Patrick y yo aún seguíamos tratando sacar las cuentas rápido y entregar todo a la perfección a los clientes. Él y yo ya llevábamos trabajando en Blue Moon hace ya dos años.
Wendy era excelente, era una joven de un cabello negro lleno de rastas largas decoradas con algunos anillos en varias de ellas, una piel pálida y unos ojos negros tan profundos como la noche. Era bellísima.
Estaba llena de tatuajes en los brazos y tenía varias marcas de piercing en la cara, cuando terminaba su horario laboral, volvía a colocárselos. Tenía una perforación en la nariz, uno en el labio inferior y otro en el final de su ceja izquierda.
Era de baja estatura, delgada, joven y muy simpática.
-Me encanta cuando todos ya tienen su café y puedo ver las noticias desde el mostrador sin que nadie me interrumpa-me confiesa ella, dejando caer su mentón sobre la palma de la mano y con el codo apoyado en el mostrador, mientras mira a las personas gozar de su desayuno -. Este día es perfecto, es cómo si no trabajaras realmente.
-Digo lo mismo -le confieso, mirando lo mismo que ella -. Me gusta este clima porque no hay tantos clientes y trabajas sin estrés.
Entonces algunas gotas comienzan a caer sobre la vidriera que da a la calle, azotando el cristal poco a poco hasta que el cielo se rompe y finalmente la lluvia, llega para quedarse.
Algunos clientes deciden marcharse al ver que el clima comienza a empeorar. Toman sus pertenencias con rapidez, dejan algo de propina sobre las mesas y se marchan rápidamente hacia sus coches para desaparecer del Café.
Aquel sitio tenía un aire vintage: Las sillas y mesas eran de madera caoba oscuro. Había varias porque el sitio era amplio. Había un sector de barras contra una pared y otras pegadas contra los ventanales inmensos. En las paredes de ladrillos a la vista y barnizados, dándole un toque más oscuro y brilloso, colgaban plantas artificiales y otras que eran de interior como algunas marantas leuconeras, crotones, helechos frondosos y frescos que le daban un aire más natural al sitio. Cuadros con frases motivadoras colgaba de las paredes y había un sector de sofás Chesterfield de cuero ecológico con sus respectivas mesas ratonas.
Me gustaba tener todo bajo control y que ninguna imperfección con respecto a la limpieza se me escapara de las manos.
Tomé un paño y un rociador para ir a limpiar las mesas desocupadas.
Mientras me encuentro caminando en dirección a ellas, la campanita de la puerta suena tintineante, advirtiendo que un nuevo cliente ingresó al sitio bajo la intensa lluvia torrencial que no logra opacar al ruido.
Mis pasos se vuelven algo lentos, Mi vista se centra en ese cabello oscuro que él no tarda en retirar hacia atrás para sacar algunos mechones empapados y pegados en su frente.
Sus ojos grises, serios, inexpresivos se ocupan de buscar algún lugar desocupado para sentarse. Creo que tiene un mal día, parece estar molesto.
Tiene unas cejas grandes y espesas que por poco logran hacer que sus ojos pasen desapercibidos, pero sé qué eso sería imposible que sucediera, porque aquellos ojos no podrían ocultarse con facilidad.
Encuentra un lugar, se sienta y afloja su corbata gris como si lo afixiara, como si no quisiera saber nada de ella.
Apoya su espalda contra la silla y cierra los ojos, agotado y lanza un suspiro que indica que algo está mal en su vida. Parece que la silla le queda algo chica, y sus piernas se encuentran estiradas para más comodidad.
Es alto, muy alto y parece un muñeco sacado de las revistas de trajes para hombres. Incluso hasta el maletín que lleva en su mano parece carísimo.
Su piel es blanca, su mandíbula es recta y en esta se calan una barba muy pero muy rebajada, que casi parece una sombra.
Nariz respingona, pómulos altos y es tan atractivo que se me ha quitado en aliento con tan sólo verlo.
Trago con fuerza.
Mierda. Voltea hacia algún punto del sitio y sus ojos grises me han encontrado porque se ha dado cuenta que lo estoy mirando.
Mis piernas flaquean, aparto la mirada rápidamente y me concentro en mi trabajo.
Concéntrate, concéntrate por favor.
Dios.
Llego a una mesa que está llena de pequeñas servilletas machucadas y una taza blanca vacía con restos de café en su interior, manchandola con su amarronado.
Tomo una bandeja y desocupo toda la mesa para dejarla vacía y comienzo a limpiar con el trapo sin antes rosearla dos veces.
No me atrevo a mirar hacia atrás porque sé qué él está alli.
¿Qué demonios me ocurre? Hombres como él no se fijaría en chicas cómo yo.
¿Por qué? No hay un por qué.
Seguro ya tiene novia y debe ser preciosa.
Debe ser la chica más afortunada del mundo.
Centro mi atención el limpiar aquella mesa como si no lo hubiera hecho ya antes. Tranquila Amy, es sólo un cliente. Cuando se marche del café no volverás a verlo y tus nervios se esfumaran.
Tengo la maldita costumbre de ponerme así cada vez que ingresa un chico guapo al café.
Pero debía admitir que aquel tipo destacaba por si solo.
Miro por el rabillo del ojo para ver qué está haciendo y lo único que logró ver es que está con su celular, con la mandíbula tensa y como si ocultara un gran enojo.
Las venas del cuello se le marchan, sus ojos están bien abiertos puestos en la pantalla de su iPhone y sus dedos teclean con gran agilidad.
Que alguien se apiade de aquel que se encuentre detrás de la pantalla.
Veo que aún no ha tocado la carta y no tiene intenciones de pedir nada. Tengo el presentimiento de que sólo ha venido para poder charlar tranquilo a través de su celular.
Cuando termino de limpiar las mesas y veo que él sigue allí, sentando y enojado, discutiendo, me veo en la obligación de tener que preguntarle qué desea ordenar para desayunar.
Me acomodo el cabello más de lo normal, arreglando mi fleco hacia un costado y que ningún mechón travieso haga una revolución en mi apariencia.
Me aliso el delantal verde con las palmas de las manos, saco el anotador y un bolígrafo del bolsillo. Aunque sé qué con otros clientes puedo memorizar los pedidos sin problema alguno, pero con ese hombre tan intrigante tengo miedo de que se me olvide hasta el apellido.
Tomo una bocanada de aire y me acerco a su mesa.
-¿Señor? -mi voz sale como un pitido y tengo ganas de darme una golpiza.
El hombre levanta la mirada hacia mí, como si hubiese salido del transe que había entre el móvil y él. Pestañea un par de segundos, con sus ojos puestos en los míos y yo me estremezco un poco al ver la profundidad de su mirada tan viril.
Mierda. Concéntrate Amy.
-¿Puedo prepararle algo para desayunar? -logro preguntarle, sin gesto alguno.
¿Acaso quiero demostrarle que no me afecta en absoluto?
-Sí-su voz es gruesa, profunda, sonora y potente-. Un cortado por favor.
Trago con fuerza. Su gesto es tan frío que me sorprende que alguien sea así de distante.
-¿Desea algo para comer? -maldita sea mi voz cantarina-, porque hay unos ricos brownies con los que podría acompañar su...
Cuando veo que su pantalla vuelve al móvil mi voz se va apagando de a poco porque sé su respuesta antes de escucharla.
-No. Gracias. Sólo el cortado.
No me mira y sus palabras son tan filosas que ahora me siento incómoda por ofrecerle algo tan simple como un brownie.
-En seguida traeré su café, señor. -le aviso, y no puedo evitar apretar los labios al final de mis palabras.
Apenas nota que me marcho a preparar su café. Jamás odié tanto un celular.
¿Se imaginan que aquel tipo se hubiese tomado la molestia de mirarme y que hayamos tenido tengamos flechazo de cupido?
¡Basta Amy, ponte a trabajar!
Luego de regañarme a mí misma por llevarme una gran embestida contra la pared, voy detrás de la barra y me acerco a Wendy, quién está muy tranquila atendiendo a un par de clientes, los cuales, no me percaté que habían ingresado.
Termina de colocar un par de vasos desechables con café dentro de las bolsas de papel y se las entrega con una sonrisa a dos ancianitos que suelen venir bastante seguidos por aquí.
-Sí, yo también lo vi-me suelta ella sin mirarme mientras saluda con la mano a los dos viejitos.
-¿Eh?-me acerco a ella sin saber a qué se refiere.
-Que vi cómo estabas mirando a aquel tipo de la mesa ocho y no te culpo-me sonríe, pícara y veo que también le ha echado el ojo-¡Su carita parece tallada y viste sus brazos! -exclama por lo bajo, mirándome.
Me dirijo a la máquina y selecciono la parte de cortados sin antes poner una taza debajo de ella.
Le sonrío a Wendy y un calor inexplicable me sube a las mejillas.
-Tu silencio significa afirmación -me susurra.
-¿Cómo llevarte la contraria? -le respondo, mirándola a través de mi hombro.
-¿Señorita?
Me sobresalto al escuchar aquella voz y cuando me doy vuelta encuentro al hombre de traje detrás del mostrador y me está mirando específicamente a mí.
No puedo evitar remojar mis labios porque estos se han secado y es imposible no ponerme algo nerviosa por su presencia.
Intrigante, me mira con aquellos ojos grises que demuestran una frialdad que no puedo justificar. Sus manos se apoyan en el mostrador, esperando una respuesta de mi parte y yo no soy capaz de conectar la boca con el cerebro.
-Quiero cancelar el café. Debo marcharme ¿pero puedo pedirle un favor? -que seriedad.
-Sí, por supuesto -musito, apagando la maquina y acercándome a él.
Mete la mano en el bolsillo en el interior de su traje y saca una tarjeta que me tiende con sus dos dedos. Lo miro, miro la tarjeta y luego mis ojos vuelven a los suyos.
-Quería darle mi número para que me haga el favor de tener un café listo antes de que llegue cada mañana - me explica, y yo tomo la tarjeta-¿Podría hacerlo por mí? ¿Por favor? -me pregunta frunciendo divertido sus perfilados y sensuales labios.
¡Amy no le mires la boca!
Nuestros dedos se rozan un segundo cuando tomo la tarjeta, provocándome una leve corriente que me recorre el cuerpo como si hubiera tocado un cable suelto.
Me siento una estúpida. No puedo evitar mirar su nombre en la tarjeta blanca y de hoja muy gruesa, pequeña. Su nombre en negro resalta: Matt Voelklein.
Y por debajo de ella encuentro su número de celular, el correo electrónico y una dirección.
-Por supuesto, señor Voelklein -leo su apellido y lo miro, asintiendo.
Intento sonar formal, y deseo sonar realmente así, pero mi tono de voz es ronca y algo entrecortada.
Voelklein, que apellido tan intenso cómo su presencia. Incluso suena bien cuando lo digo.
-Hágame el favor de enviarme un mensaje para que yo pueda agendar su número -me pide, con tanta amabilidad que es imposible decirle que no.
-Apenas pueda le enviaré un mensaje -le digo para que se quede tranquilo.
¿Por qué demonios me falta el aliento? El hombre asiente y deja un par de billetes sobre el mostrador para saldar el café que no tomó.
Con una última mirada sobre mí, se marcha del sitio con su maletín, cruzando la puerta de vidrio.
Es cuando se marcha cuando mi respiración vuelve a la normalidad. El corazón me palpita con fuerza. No puedo dejar de mirar la puerta a pesar de que él ya no está.
-¡Dios mío, te gusta!¡Te he visto desde la cocina!
La exclamación de Patrick no se hace tardar y provocarme un respingo. Se posa detrás de mí y me toma por ambos hombros con sus manos.
-¿Qué?¡No! -digo rápidamente, rogando que mi bobalicona cara no me haya delatado frente aquel hombre.
Patrick y Wendy cruzan miradas divertidas y yo pongo los ojos en blanco.
-Te dio su número y no a mí -justifica Wendy, levantando ambas cejas varias veces.
-Porque quiere su café listo antes de pisar el lugar y yo lo he atendido. -contrataco, dejando caer mi mejilla en la palma de mi mano mientras me apoyo en el mostrador -. Tiene pinta de ser un hombre muy ocupado.
-Y sacado de una revista de modelos -agrega Wendy y no puede evitar echarse a reír -. Deberías enviarle tu número así te agenda en su móvil. Tienes una gran excusa para crear un tema de conversación ¿no crees? -me dice, ansiosa.
-Lo haré más tarde. Yo también estoy ocupada -me encojo de hombros mientras acomodo los folletos del sitio sobre el mostrador con las ofertas de la semana.
Trato de refugiar mi desinterés en los folletos. Claramente, un desinterés que no existe si se trata de aquel hombre.
-Debo ir al baño -les aviso y me escabullo antes de que vengan más clientes.
Aunque lo dudo, porque el clima delata que lloverá todo el día.
Llego al baño de empleados luego de sacarme el delantal y me encierro en él no con una intención de hacer mis necesidades, sino que...quiero agendar el número de ese tal Matt Voelklein que aún sigue merodeando por mi cabeza.
Llega la noche y finalmente me encuentro frente a la puerta de mi apartamento, algo empapada porque sigue lloviendo a cantaros.
Abro la puerta luego de saludar con un abrazo a Patrick y mi gato Ronnie viene a recibirme con su cola levantada y estirando sus patitas en mi dirección.
-Hola bonita -la saludo, tomándola en mis brazos y cierro la puerta finalmente.
Hogar dulce hogar.
Pongo algo de música mientras me preparo la cena y me sirvo una copa de vino. Cada tanto tengo que sacar a mi gato que quiere subirse a la mesada y robarme alguna pata de pollo para la salsa.
Hasta que finalmente me convence y le pongo una en su tazón que está en suelo. La gata, contenta, deja de acecharme y comienza a comer.
Pico cebolla, morrón y opto por rayar una zanahoria para no dejarla morir en la nevera.
Mientras la salsa se cocina, me siento en la cama con la copa de vino llevandomela a los labios mientras miro un rato las redes sociales.
Trago saliva... ¿debería buscar a Matt Voelklein en Instagram? Mmm, dudo que tenga uno. La tentación de encontrarlo allí me gana y coloco su nombre en el buscador.
Automáticamente una cuenta verificada con su nombre me salta primero. Demonios ¿realmente tiene la cuenta verificada?¡Esa tilde azul al lado de su nombre me lo indicaba!
Con que aquí está, señor Voelklein.
Viajes a Francia en las que no sale él si no los diferentes paisajes bien editados como la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo y el interior del Palacio de Versalles.
Creo que Matt Voelklein tenía un gran fanatismo por las fotografías porque había varias de diversos sitios y él no se encontraba en ellas.
Tampoco había rastros de amigos, novias o incluso de alguna mascota suya. Fui a la parte de etiquetados, dónde tus conocidos te etiquetan en alguna fotografía que ellos suben y fue allí donde, por fin, pude verlo junto a su grupo de amigos.
Él estaba en un extremo. Llevaba una camisa tipo polo azul y tenía el cabello igual de largo cómo lo tenía hoy. Era de noche, había botellas de cerveza sobre una mesa de madera oscura y era una fotografía sacada en algún patio trasero de una casa.
Eran un grupo de hombres amplios, bastante apuestos, pero debía admitir que el señor Voelklein destacaba entre todos ellos.
Dejó el celular sobre el colchón y corro a ver si la salsa está lista. Llego a tiempo y la saco del fuego. Pongo a hervir agua para los fideos y vuelvo a la cama para seguir con mi tarea de detective.
Ya son más de las ocho y media y no sé si enviarle mi número al señor Voelklein para que lo registre y así, asegurar que él me envié un mensaje para que preparé su café.
Bueno, por algo me lo ha dado ¿no?
Busco la tarjeta y agendo su número en mi celular. Listo. Un paso ya hecho.
Voy a WhatsApp y decido enviarle un mensaje para que registre mi número.
¿Por qué estoy tan nerviosa? Relájate tonta. Es sólo un mensaje.
Me muerdo las uñas al entrar a su chat. Frunzo el ceño, no figura ninguna foto suya en su perfil.
Trago saliva y empiezo a escribir, rogando que mis dedos no me fallen colocando algo que me deje en ridículo.
Amy Steele: Buenas noches señor Voelklein, soy la joven que lo ha atendido esta mañana en el café Blue Moon. Le envió un mensaje para que registre mi número. Saludos cordiales.
Aprieto enviar y lo releo más de una vez.
¿Saludos cordiales? ¿En qué estaba pensando? Cuando estoy a punto de borrar el mensaje antes de qué lo visualice, es demasiado tarde.
Él ya lo ha visto.
CAPÍTULO 2.
Me ha dejado en visto y tengo la intención de dejar el móvil y así olvidarme del señor Voelklein.
He logrado mi cometido: él quería mi número, se lo di y ya está. No hay por qué desanimarse por algo que sabía que iba a ocurrir. Por supuesto que no iba a esperar una respuesta de su parte. Me ha dejado con las tildes azules en mi mensaje y ya está.
Lanzo un suspiro. Adiós hombre guapo, fue lindo mientras duró.
Termino mi cena mientras mi gato está felizmente durmiendo luego de comerse la pata de un pollo.
Cuando finalmente limpio mi pequeño hogar, me siento en el escritorio para empezar a escribir algo que ha estado en mi cabeza todo el día y siento que ya es momento de volcarlo en letras sobre mi laptop.
No es un relato a los que estoy acostumbrada a escribir. Sino, simplemente un desahogo que necesito descargar.
Una inspiración que sólo un extraño ha provocado y que ningún otro hombre ha tenido el privilegio de hacerlo.
¿Copa de vino? Lista.
¿Protagonista en mente? Listo.
¿Mis ganas de narrar una situación acalorada? Súper listas.
Comienzo a escribir y dejo que la imaginación fluya:
"Ingresa con ese aire que ha provocado que todos mis sentidos se pongan en estado de alerta.
Pongo las manos sobre el fuego cuando imagino que sus labios se detienen sobre los míos mientras me acorrala contra la mesa de madera oscura. Se atreve a rozar mis labios con cierta tentación que no es propia de mí pero que es inevitable no sentir.
Está a escasos centímetros de mi rostro. Puedo sentir un cosquilleo en la punta de la nariz cuando la punta de la suya apenas toca la mía.
Sus manos están a cada lado de mi cintura. No tengo escapatoria. No deseo tenerla.
Sus penetrantes ojos grises buscan los míos y cuando por fin tengo el privilegio de ser besada por Matt Voelklein, mis dedos buscan con desesperación su cabello rebelde y se entrelazan con sus mechones oscuros y suaves.
Mi lengua acaricia la suya con una desesperación divina y se une a ella en una lenta y erótica danza de roces y sensaciones, de sacudidas y empujes.
Siento su erección contra mi vientre y me aprieta contra la mesa del Blue Moon, extasiado por un beso desenfrenado. Abro mis piernas con cierta ligereza para poder recibirlo.
Lo necesito. Él me necesita.
Sus manos, insatisfechas, recorren mi cuerpo con cierta devoción que me deja maravillada. Excitada.
-Te deseo-jadea contra mis labios y yo me sumerjo en sus palabras que quedan clavadas en mi corazón".
Cierro la tapa de la laptop, interrumpiendo mi momento de escritura con brusquedad.
Me quedo mirando la copa de vino que ya está a punto de vaciarse.
Estoy sorprendida lo mucho que se ha metido ese hombre en mi cabeza. Incluso, en mis pensamientos más oscuros está ligado.
Puedo ligarlos, a ambos y no sé por qué lo hago.
¿Acaso me ha atraído su forma de sobrellevar la vida con aquel semblante frío con el que se ha presentado en la cafetería? ¿Cómo si nada lo afectara? Estoy intrigada.
Lanzo un sonoro suspiro. Qué más da. Abro la laptop y conecto mi celular a ella para guardar el archivo allí y así, mandárselo a Patrick para ver qué tal le ha parecido y qué puedo cambiarle.
Seguro le causará gracia al leerlo, pero hasta el momento no me ha juzgado por lo que escribo, sino que, me ayuda muchísimo al decirme los errores que poseo y en qué puedo mejorar.
Él está estudiando para ser profesor de Literatura. Ambos compartimos el amor por los libros.
Él con otros géneros particulares y yo enfocándome en el romance erótico.
Ese tipo de contenido lo considero un arte maravilloso y para nada Tabú.
Si combinas las palabras correctas, puedes causarle sensaciones al lector tan íntimas cómo inexplicables.
Me tomo el último sorbo que queda en la copa y me marcho a dormir. Estoy agotada. Mañana me ocuparé de enviarle lo que tengo a Patrick, seguro está roncando muchísimo a estas horas de la noche.
-¡Eso es amigo!¡Bebe, bebe, bebe!-le grito a Patrick mientras ingiere el contenido de la botella de cerveza que tiene en su mano derecha mientras que con la otra se ocupa de golpear la mesa, eufórico.
Patrick logra su cometido y Wendy y yo festejamos gritando, aullando y aplaudiendo.
La noche de viernes es mi favorita.
Los tres aprovechamos cuando salimos del trabajo y, así, tomarnos una cerveza para arrancar el fin de semana.
Estamos en un bar ubicado en Santa Mónica.
Santa Mónica es una ciudad costera al oeste del centro de Los Ángeles. La playa está rodeada del parque Palisades Park, con vista al océano Pacífico. En el muelle de Santa Mónica, se encuentra el parque de atracciones Pacific Park, el Carrusel Looff Hippodrome y el Acuario del Muelle de Santa Mónica. Junto al muelle está Muscle Beach, un gimnasio al aire libre establecido en la década de 1930.
Estoy plenamente enamorada de todo lo que llegué a conocer de California. Su aire, su clima y su belleza con sus palmeras y sus luces cuando cae la noche.
El bar, por su parte, está lleno de personas. Algunos bailan, otros charlan en sus mesas y varios vienen sin compañía en busca de un nuevo amor.
Mientras tanto, nosotros, estamos ubicados en una mesa con un asiento unificado que rodea la mitad de la misma, contándonos chismes y riéndonos de cualquier idiotez porque estamos lo suficiente borrachos como para burlarnos de la vida.
No sé cuántas botellas de vidrio hay sobre la mesa porque no soy capaz de contarlas con lo mareada que me encuentro. Uff, todo me da vuelta.
-¡Escribí algo sobre el estirado ceñudo del café!-le confieso a Patrick y Wendy en voz alta ya que la música está muy alta.
El bajo de la música retumba en mi pecho.
-¿Qué?-me pregunta mi amiga de rastas negras, confundida y con los ojos entrecerrados.
Cuando estoy a punto de explicarle, algo acalorada por los efectos del alcohol, Patrick se me adelanta, inclinándose sobre la mesa.
-¡Amy escribe relatos eróticos que te dejan los calzones mojados!-le grita Patrick.
No puedo evitar romper en risa y ocultar el rostro con mis manos.
-¿¡De verdad!?-Wendy abre los ojos como platos-¡Quiero leer uno!¡No sabía que eras escritora!
-¡Quiero trabajar de eso únicamente a futuro!-confieso, sonrojada-¡Es mi suelo!
-Mi sueño-me corrige Patrick.
-¡Mi sueño!-repito, riéndome-¡Lo siento, he bebido mucho por esta noche!¡Te enviaré un relato ahora mismo por Whatsapp!
-¡Graciaaaas, Amy!
Tomo mi celular del bolsillo de mi chaqueta roja y el cual creo que ya veo doble y busco el contacto de Wendy entre los muchos que tengo. Mierda, la música está muy alta y parece que mi cuerpo se ha vuelto gelatina por lo débil que se siente.
Se vuelve un desafío para mí encontrar el número de ella, no sé si me estoy concentrando lo suficiente. Creo que ni siquiera lo estoy intentando. Me río.
Logro enviar el archivo con éxito y me doy una palmadita en el hombro por lograr algo tan sencillo pero complicado cuando una está borracha.
-¡Listo, la cochinada que escribí ya ha sido enviada a tu móvil!-le aviso a Wendy.
No me da pavor demostrar lo que escribo. Debería acostumbrarme a mostrar lo que escribo por si en algún futuro mi sueño de ser escritorios se cumple.
-¡Genial, mañana lo leeré!¡Apenas puedo ver la pantalla!
-¡Comparto el sentimiento!-tomo mi botella y ambas brindamos-¡Salud!
Patrick se nos une al brindis, sonriéndonos.
-¡Para que nuestra amiga se vuelva escritora y nos mantenga a ambos en algún futuro!-bromea él.
Dios te escuche, Patrick.
La alarma suena a las diez de la mañana. Demonios. Me olvidé sacarla y ahora ha provocado una gran sacuda en mi cabeza y en todos mis sentidos.
Mierda. Me cuesta abrir los ojos otra vez. Que gran pereza invade mi cuerpo y la fatiga no me deja tener un buen sábado.
Luego de darme una ducha que no quiero que termine, me preparo el desayuno con gran pesar y me lo llevo a la cama en una bandeja. Tres tostadas con queso creman con frutos secos y un zumo de naranja son lo suficiente para acallar mi resaca.
Estoy bien, estoy bien.
Los sábados a la mañana me dedico a pasear a mi gato en la playa o en algún parque, ya que, en medio de la semana, no tengo tiempo de hacerlo por el trabajo. Aunque hay días dentro de la semana laboral que puedo permitírmelo y sacarlo de este apartamento tan pequeño.
Ronnie se encuentra muy cómoda durmiendo en el cabezal de mi cama, encima de una almohada. Yo veo la televisión mientras saco un ibuprofeno de mi mesa de noche y me lo llevo a la lengua. Lo trago junto al zumo, rogando que el dolor de cabeza desaparezca.
Mientras veo uno de los capítulos aleatorios de How I Met Your Mother, veo que en la pantalla de mi móvil tengo varias notificaciones. Algunos son notificaciones de Instagram. Oh, la foto que nos hemos sacado Wendy, Patrick y yo la noche anterior llegó a los noventa y cinco me gustas.
Genial. Eso me hace sonreír.
Veo que tengo un mensaje en Whatsapp.
Ingreso a la lista del chat. Mis manos comienzan a sudar por una extraña razón. Trago saliva con fuerza. Palidezco y por poco tiro la bandeja de desayuno al tensar mis piernas por debajo de ella.
Tengo un mensaje del señor Voelklein. La respiración se me contrae y me olvido cómo se respira.
¡¿Cómo demonios se respira?!
Entro a su chat y lo que leo me deja en estado de shock automáticamente:
"¿Ha enviado ese archivo por algo en particular? Espero una explicación sobre ese texto suyo. En persona. La veo en la puerta del café donde trabaja a las once y media."
Leo el mensaje más de una vez, sin entender absolutamente nada hasta que mis ideas se aclaran en cuanto veo que arriba de su mensaje hay un archivo enviado por ¿MI?!¡¿QUÉ?!
Abro el archivo. Me descompongo.
Oh no, el texto que debía enviarle a Wendy. Lo que escribí sobre Matt Voeklein...se lo envié a él.
CAPÍTULO 3.
Calmada. Necesitas estar calmada.
¡NECESITAS ESTAR CALMADA PARA PONERTE UN MALDITO VAQUERO EN LAS PIERNAS, AMY!¡DIOS MIO!
Mis pensamientos me regañan y yo me dejo llevar por ellos por lo nerviosa que estoy. No sé si arreglarme por la falta de tiempo, por tratar de verme presentable porque sólo tengo cuarenta y cinco minutos para estar lista para enfrentarme a ese hombre.
¡Ese hombre que ha recibido mi relato por error!¡Que estúpida soy!¡Despistada!
Nota mental, no tocar el celular cuando estoy en estado de ebriedad. Sólo si es una emergencia.
Logro colocarme los vaqueros azules, unas botas largas y negras que me llegan hasta las rodillas y se ajustan a mis piernas y una camisa blanca abotonada ajustada al cuerpo y de mangas largas que abrocho por arriba de mis codos. Hoy ha descendido la temperatura, así que me venía perfecta esa prenda.
Me dejo el cabello suelto, algo de rímel para elevar mis pestañas y listo. Nada de base ni otro tipo de maquillaje. No quiero que tenga la impresión de que me alisté para él.
La ropa era formal, porque seguramente él iría formal.
¿O no? Mierda. No quería entrar en duda.
Me pongo frente al espejo, peino mi cabello con los dedos para crear ondas al final de este. Si lo peino con el cepillo puede que se infle y es lo que no quiero.
Peino mi fleco hacia el costado y hecho el cabello castaño largo por encima de mi hombro derecho y aliso la camisa tirando del final de esta con mis manos.
-Listo. Ahora debo enfrentar al señor Voelklein y defenderme para que no crea que soy una acosadora -me digo a mí misma, aunque mis palabras no suenan tan firmes como esperaba.
Estoy muerta de miedo.
Saludo a mi gato que decide dormir una vez más, tomo mis llaves y me marcho de mi apartamento.
Con pasos firmes, y aquella seguridad que me dan esas largas botas oscuras, salgo a la calle. Deseo no quebrarme cuando lo veo.
El café está abierto, ya que el fin de semana se ocupa de atenderlo los dueños y sus hijos: Kevin y Jhoan. Una pareja de ancianos tan tierno como estrictos.
Ya veo las mesas de la acera, pero no lo veo, quizás se encuentra en su interior, pero al llegar a la vidriera y así ver el interior del lugar, tampoco lo veo entre las personas. Busco su rostro y tampoco está.
Miro la hora de mi celular y ya es el horario que me indicó. El café está justo en una esquina, así que decido doblarla. Quizás se encuentra en las mesas que están a la vuelta.
Se me detiene el corazón en cuanto lo veo sentado en una de las mesas del exterior.
Mis labios se separan un poco para poder respirar mejor. Me detengo en seco. Levanta su mirada del periódico que está leyendo y que sostiene con sus largos y finos dedos.
Nuestros ojos se encuentran y siento que todo a mi alrededor se detiene, se nubla y que sólo somos nosotros dos lo que habitan en aquel mundo.
Todo se detiene y tengo la sensación de que, para él, también.
Dobla el periódico, sin dejar de mirarme y lo dejada a un costado de la mesa de madera. La mesa cuenta con una sombrilla conectada a ella, así que puedo ver con claridad cada facción de su rostro sin necesidad del sol que aún sigue oculto entre las nubes parciales.
Se pone de pie para recibirme y yo me acerco a él. Ambos nos estrechamos la mano y eso me toma por sorpresa. No esperaba un recibimiento así.
Está de traje, uno gris y corbata, de la cual cuelga una pequeña hebilla. Debajo de este, lleva una camisa blanca. Tiene nos pantalones del mismo color que su traje y unos zapatos oscuros. Es alto. Muy alto y trato de que su apariencia no me intimide aún más.
-¿Buenos días señorita...? -me saluda con una formalidad y amabilidad que me derrito.
-Amy Steele -me presento.
Me felicito por sonar formal. Muy bien hecho. Puedo sentirme orgullosa de eso.
Otra vez siento una electricidad adictiva ante el rose de nuestras manos al ser estrechadas. La suelto rápidamente. Mierda.
-Tome asiento por favor. Gracias por aceptar este encuentro.
Ambos nos sentamos. Me cruzo de piernas y pongo mis manos por encima de mis rodillas. Estoy seria, necesito estarlo para tomar el control de mis emociones.
-Lo siento mucho señor Voelklein.
Mis palabras me toman por sorpresa porque salen de mi boca sin antes ser analizadas. Él se remueve sobre su silla, apoya el codo contra el borde de esta y se lleva los dedos por debajo del mentón, pensativo.
-¿Qué es lo que siente realmente? -inquiere, ceñudo y serio.
Me siento una niña siendo regañada y no sé si voy a soportar que alguien tenga esa actitud conmigo. Su semblante se vuelve sereno, inexpresivo.
-Seré sincera con usted -suelto el aliento y miro mis manos entrelazadas. No puedo soportar verlo. Es intimidante-, en mis momentos de soledad me dedico a escribir fragmentos o relatos que poseen contenido para adultos. Simplemente, me gusta colocar como protagonistas a las personas que encuentro o veo en la calle, con una intención de hacerlo más realista. Me dedico a leer novelas con ese tipo de contenido para poder perfeccionarme en ese género que tanto me llama la atención.
Él asiente con lentitud. No sé qué está pasando por su cabeza y eso me pone de los pelos.
-¿Tus relatos cuentan con únicamente dos protagonistas? -me pregunta, serio.
¿A qué viene esa pregunta?
-Sí... -musito -. La mayoría de los relatos que escribo cuentan con dos protagonistas.
-¿Y la protagonista siempre es usted?
Su hubiera tenido café en la boca o cualquier líquido, lo hubiera escupido hacia un costado.
¿Qué? Mis mejillas se sienten acaloradas, todo el calor sube a ellas y no sé sinceramente cómo responder a esa pregunta. Trago saliva. Remojo mis labios.
Mierda.
-No, señor Voelklein. Yo no soy la protagonista de ningún fragmento -aclaro rápidamente, con firmeza.
-¿Por qué su relato me ha dado a entender que a la que estaba follando es a usted?
Sus ojos despiden un destello malicioso y puedo jurar que tiene también un gesto divertido que oculta apartando la mirada ante la pregunta.
Me siento incomoda. No puede preguntarme algo así. Tomarme por sorpresa de esta forma. Creí que sería un encuentro donde le pediría disculpas y ya.
¡No quería hablar sobre mis relatos!
-Yo no soy la protagonista. Suelo usar la primera persona en la mayoría de mis relatos -me defiendo, y no puedo ocultar mi indignación.
-Ya -levanta las palmas de sus manos en forma de rendición -. No pretendía ofenderla.
-Es normal utilizar la primera persona y en varios relatos incluyo la tercera persona -me explico -. Pero si usted hace referencia al fragmento que le envié, vuelvo a pedirle disculpas. Fue un error, y no quiero que piense que soy una loca que anda por allí acechando a hombres cómo usted para escribir ese tipo de contenido.
-¿Y cómo es un hombre cómo yo? -indaga, curioso.
Eso me ha tomado por desprevenida. Me ha dejado en desventaja. Meneo la cabeza, desentendida.
-¿Qué?
-Quiero saber qué es lo que le ha llamado la atención sobre mi persona para incluirme en un relato tan íntimo con ese -reformula e inclinándose sobre la mesa apoya sus labios contra sus manos entrelazadas, dedicándome una atención que me intimida aún más.
-No voy a responder a eso -inquiero, ocultando una sonrisa estúpida.
Sus ojos grises se posan sobre los míos. El ambiente se vuelve algo sofocante a pesar de estar al aire libre. De pronto me encuentro nerviosa.
-¿No cree que debe darme una explicación? -contraataca.
-Se la he dado, señor Voelklein -espeto, mirándolo fijamente.
-Sólo responda esa pregunta y la dejaré en libertad.
-¿En qué momento me he vuelto su presa cómo para dejarme en libertad?
Se echa hacia atrás, dejando caer su espalda en el respaldo de la silla y mufa una sonrisa, meneando la cabeza.
Touché.
-Mi pregunta es simple, señorita Steele. Quiero saber si usted me ha encontrado lo suficientemente atractivo cómo para escribir una escena tan intima cómo la que me ha enviado -vuelve a inclinarse en mi dirección y soy yo ahora la que se echa hacia atrás -. Porque supongo que no ha sido una elección aleatoria.
¿Atractivo?¡Aquel tipo era un dios sacado del Olimpo! ¿Acaso me está preguntando por una belleza que él ya debe saber? Es decir ¿no tiene espejo en su casa como para comprobarlo?
Su aire arrogante me deja nuevamente descolocada.
-Mis elecciones entran en el estándar de belleza masculina que creo que, si me han dejado sin aliento a mí, pueden dejar sin aliento a cualquier lector -me excuso, con tono profesional.
¡No voy a decirle que es guapísimo!
-Así que la he dejado sin aliento... -fue lo único que rescata de mis palabras, dejándome boquiabierta.
¿Acabo de ver cómo emboza una sonrisa que intenta ocultar estúpidamente detrás de sus dedos?
-¿He contado algún chiste del cual no fui consciente, señor Voelklein? -me pongo a la defensiva.
-Mire, señorita Steele, mi intención no fue citarla aquí para regañarla o demandarla por algún intento de acoso hacia mi persona. Me parece absurdo hacerlo cuando no veo maldad al llevar dicha acción -vuelve ser aquel tipo formal que conocí la primera vez que lo vi-. Mis intenciones con usted son otras. Ese fragmento que usted me ha enviado me ha dejado maravillado e incluso, halagado por ser, quizás, un intento de musa para usted.
Vaya, no me esperaba esa reacción tan... ¿afirmativa? ¿Positiva? Es que es tan serio, tan profesional, que no puedo adivinar con lo que podría llegar a salirme.
-¿Qué intenciones tiene conmigo, señor Voelklein?
Sus ojos grises se clavan en los míos.
-Quiero que deje de recurrir a la literatura para obtener herramientas para sus escenas eróticas. Quiero demostrarle escenas de ese tipo en la vida real, sin letras, sin oraciones que la dejen a su imaginación. A su suerte. Que sea en vivo. Quiero demostrarle el sexo en primera persona. Y no me malinterprete, no voy a tener relaciones sexuales con usted. Pero sí le demostraré la anatomía humana cuando se trata de sexo.
-Ilumíneme -le pido en murmuro, y apenas se me escucha.
-Quiero recrear escenas eróticas en la vida real para usted y ser el protagonista de sus historias, de sus palabras. Ayudarla a que visualice una escena en primera persona y que pueda crear relatos con más verosimilitud, más realistas. Olvídese de sus libros eróticos, de los videos pornográficos denigrantes y crueles que sólo la industria pornográfica podría darle.
-¿Quiere que lo mire tiendo sexo y escribir mientras lo observo? -reformulo, no puedo salir de mi asombro ante su propuesta.
-Decirlo así me hace quedar como un pervertido -se echa a reír y su risa es tan fresca que podría oírla todo el día-. No sé si usted querrá que tenga sexo con otras mujeres mientras observa, eso depende de su decisión. Estoy a su merced. Podemos recrear cualquier escena que usted quiera, obviamente no será incluida en ninguna. Pero quiero y, sería un gran halago para mí, ser su inspiración para la narración de sus relatos. Sí usted queda conforme con su resultado...puedo contactarla con un editor para publicar su novela.
Me muerdo el labio inferior. No quiero dejar pasar aquella oportunidad que sólo él, Matt Voelklein, podría ofrecerme.
Estoy perpleja, observándolo con cierta sorpresa que él puede claramente notar.
-Acepto su propuesta, señor Voeklein.
Me lanza una sonrisa perversa que repercute en la parte más intima de mi cuerpo.