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El comprador

El comprador

Autor: : Rossetica
Género: Romance
En una mansión hermosa con un trasfondo tenebroso, se esconde el misterio del comprador. Un hombre poderoso, misterioso y muy peligrosamente encantador se apodera de la vida de una chica en serios apuros. Él le propondrá un acuerdo que ella no podrá rechazar porque así se ocupará él de que suceda. Luego de un fatal primer encuentro entre ambos ella no tiene más remedio que irse con él, con un contrato firmado a ciegas y la promesa de una venta al final del tiempo estipulado cuyo objeto no conoce. ¿Qué querrá comprar él enigmático empresario? Y ella, ¿...podrá resistir la abrasadora pasión que crecerá entre los dos? Él, un hombre hermoso y extremadamente frío que quiere comprar algo que no está en venta. Ella, una chica destrozada por la muerte de sus padres y la perdida de todo lo que fue su vida. Nadie sabe qué pretende comprar él, y desde luego ella no sabe que tendrá que venderle. Al final de la travesía que él ha creado para ambos, espera haber sido capaz de sembrar en ella los suficientes sentimientos como para que pueda comprar, eso que ella tiene intacto y que no puede vender si quiere seguir viva. ¿Será él un buen comprador? Y ella... ¿Podrá firmar la venta?

Capítulo 1 La propuesta

Cuando tu vida se derrumba, te sientes en la necesidad de hacerte preguntas tales como, si serás capaz de levantarla otra vez.

Es muy noble, levantarse de una gran caída, pero... Y, ¿si en vez de levantarte solo estás apuntalando todo?

Cuando apuntalas algo, sigue existiendo peligro de derrumbe.

Un solo día... uno solo, un simple día después de haber enterrado a mis padres, me llamó el banco a exigir que saliera de mi casa en los próximos dos días, a menos que pagara los atrasos de la hipoteca y ese era, uno de los tantos gastos pendientes que tenía. Se me acumulaban las facturas y los «no tengo con que pagar», también.

Estábamos sumidos en la tremenda miseria, desde antes de que mi padre enfermara y sin ningún familiar hacia el que virarnos para pedir ayuda. ¡Clásico!

Mis padres trataron de ser los mejores padres que se puede desear y tener, y probablemente lo hayan conseguido, porque la única queja que tenía de ellos era esta, que se hubiesen ido dejándome sola y en medio de la calle. Pero a veces ser fabuloso con tus hijos no los libra de las crueles batallas que la vida los hace librar.

Sin embargo no iba a culparlos por algo, que ellos no hubieran deseado que pasara y de lo que estaba segura no tenían idea que sucedería... ¿Quien demonios en su sano juicio podría pensar que algo así sucedería?

El hospital de mi padre esperaba que pagara un dinero que no tenía y el seguro de la persona contra la que chocó mi madre y que la hizo perder la vida y dejar a alguien más en el hospital, esperaba una indemnización que no podría pagar, pues ya ni seguro tenía.

Llevaba dos años trabajando por las noches en un bar de mal ambiente pero buena paga, para poder costear la vida miserable que llevábamos.

Pero cuando crees que tú vida ya es mala, ella misma te demuestra que puede serlo todavía más, que no te estaba mostrando más que un ensayo de lo despiadada que puede llegar a ser si te atreves a quejarte.

Yo era hermosa, ya lo sabía y lo odiaba. Serlo puede ser una bendición para muchos y una tragedia para algunos.

No había un solo poro defectuoso en mi perfecto cuerpo, sin embargo esa maldición me llevaba a las propuestas más repugnantes de mi vida.

Los hombres solo querían probar mi cuerpo, las mujeres repudiaban mi belleza y al final de todos, estaba yo, la dueña de toda la perfeccion que solo me hacía desdichada, porque no me propiciaba nada positivo.

Me había acostumbrado a ver mi vida en negativo. O quizá era la manera correcta de ver lo obvio.

No tenía idea de a dónde podía ir.

Cuando en dos días tuviera que dejar mi casa, no tenía sitio al que dirigirme. Ni una mísera idea de cómo solucionarlo.

Cuando cuentas tanta mierda, no hueles más que peste y pudrición.

- Lore, puedes quedarte conmigo al menos una semana. Hablaré con él - mi única amiga, me ofrecía un espacio en su casa, pero no podía aceptar. Y el que ella lo supiera y me lo propusiera de todos modos, me hacía feliz. Al menos tenía una persona que me daba una mano. Aunque no la pudiera tomar.

Por mucho que mi situación fuera extrema, estaba segura de que no podía pasarle mis problemas a mi amiga, y si aceptaba su ofrecimiento le estaría complicando la vida. Cuando viniese la primera situación con su marido, yo me sentiría culpable y en el fondo lo seria, por el simple hecho de haberme ido a refugiar en alguien que desde hacía mucho necesitaba refugio... solo que era incapaz de verlo.

Mientras ella se tomaba un café, en la única cafetería que había cerca de nuestro trabajo, yo la veía tratar de ayudarme, cuando ambas sabíamos que eso no sería posible y se me encogía el corazón de ternura. La adoraba y siempre habíamos estado al lado de las otra, pero en esta ocasión, no tenía más remedio que solucionar mi problema sin su ayuda. Aunque me encantaba poder conservar su apoyo.

Su marido era mi jefe, el dueño del maldito sitio de mala muerte en el que trabajaba.

Era un hombre violento y mezquino, con el que sabía, que nunca podría vivir sin plantarle cara y denunciar sus atropellos con Patri. Ella tendría más problemas de los que ya tiene y yo sería la causa de más dolor para ambas. Terminaría facturando nuestra amistad y no podía perder eso.

Aunque fuese tal vez un tanto pesimista por mi parte, era bastante probable que así fuera.

-No puedo hacerlo Patri y lo sabes - le comenté bajito y con sinceridad mientras nos tomabamos de las manos y nos mirabamos cómplices y tristes haciendo pucheros de empatía y desasosiego - tengo que aceptar la propuesta de ese viejo.

Mi confesión le hizo abrir los ojos asustada.

Un cliente repugnante del bar, me había ofrecido trabajar como bailarina exótica en fiestas privadas de su casa, cosa que me sabía a asco pero que era un muy buen dinero al contado y me lo estaba planteando seriamente.

No tenía muchas opciones, y aunque tal vez podría irme lejos, no quería dejar a Patricia sola con ese tipo que podría matarla en cualquier momento. Además de ser la única familia que tenía y en este pueblucho no había demasiado de dónde sacar dinero.

-¡Eso no Loreine, no hagas eso! - me soltó las manos y cubrió con las suyas su rostro lloroso.

Le asustaba tanto como a mí aquella posibilidad. Nosotras nos queríamos y habíamos pasado por tantas cosas juntas que su dolor era el mío y viceversa.

Desde pequeñas estábamos soñando juntas, pero la vida nos había obligado a vivir tantas pesadillas que ya no soñabamos, ya todo era tan gris que no veíamos más que realidad.

- No te sientas mal cariño -susurré con una media sonrisa en los labios -yo lo voy a solucionar - le mentía y ella lo sabía - vete a casa. Es tarde y se va a enojar.

Como odiaba no poder convencerla de que dejara a ese hombre. Como odiaba no poder abrirle lo suficiente los ojos. Como odiaba la vida, maldición, como la odiaba.

Besó mi frente y apretó mis hombros antes de irse, dejándome con mi café sabor a soledad.

- Disculpe señorita - me interrumpía un agotado camarero para darme una nota escrita en una fina tarjeta que olía a millonario - aquel hombre le dejó esta tarjeta y pagó su cuenta. Le invita a unirse a él si así lo desea.

Miré confundida hacia la mesa que me señalaba el chico, y haciendo un asentimiento para que se marchara le liberé sin saber que hacer con aquel hombre de ojos azules que me miraba apoyando su barbilla en sus puños unidos sobre la mesa.

Debo decir que su mirada era fría. Muy fría. Casi helada. Y no dejaba a la vista ningún indicio de interés reconocible por sus gestos que eran casi ningunos.

Sin embargo sabía que generalmente los hombres no se acercan a una mujer por nada. Y no estaba en el momento de mi vida perfecto, como para andar de romántica y enamorada. De darse el caso con aquel tipo.

Rompiendo el contacto visual con él, bajé la vista a la mesa y tomé la tarjeta que el chico había dejado. Era negra, con una caligrafía impecable a bolígrafo por detrás de una auténtica perfección de impresión original con la información por delante.

<>... saboreé su nombre en mi mente y el resto de la información que allí había se volvió invisible para mí cuando pude ver en la letra de aquel hombre de aspecto tan poderoso, una invitación para que lo viera al siguiente día en su oficina. También indicaba con total autoridad que no me convenía faltar a esa cita. Que no me atreviera a no ir.

Tal vez fue su mirada intensa, o el dejarme llevar por lo común, pero aquella propuesta me molestó mucho. De pronto me sentí invadida, vigilada, acosada por alguien que si quería acercarse a mi, lo estaba haciendo de manera perturbadora y no creí jamás que hubiesen otras razones.

Un posible error por mi parte. Lo reconozco... Debí analizar más el hecho de que me diera una orden tan tácita sin motivos aparentes, pero no lo hice.

El caso es que me levanté molesta por la posibilidad de estar siendo abordada de manera poco delicada por un peculiar desconocido del que solo se me ocurrió pensar que quizás me había visto en el club alguna noche, aunque, él no parecía el tipo de clientes de aquel sitio, y ahora pensaba acercarse a mi con infulas de poder.

- ¿Esta usted bien? - se apresuró el señor de cara amistosa y un tanto anciana que se encontraba a su lado a preguntarme, cuando tropecé justo antes de llegar a la mesa donde el que parecía ser su jefe, lo acompañaba y me esperaba. Ni siquiera había reparado en aquel señor. Contra mi voluntad debo admitir que su poderío me dominaba y no podía dejar de verme reflejada en sus ojos azules. Su manera segura de comportarse llegaba a ser incluso insultante.

- Muy bien gracias - respondí dulce para el señor , y caminé hacia el dueño de la tarjeta que aún daba vueltas entre mis dedos. Estaba nerviosa y molesta.

- Me gustaría saber los motivos que lo n han llevado a pagar mi cuenta y dejarme su tarjeta -me detuve a respirar profundo y un poco intimidada por su parquedad -haciéndome sentir como si tuviera aspecto de prostituta y solo tuviera que llamar a darle mi precio por un servicio -su mirada recorrió mi desaliñado aspecto y volvió a mis ojos lentamente... Se tomó su tiempo. Y no movió ni un músculo.

- Ni usted parece una prostituta ni yo un putero - su voz calaba los huesos. Era una mezcla entre frío y calor. Hielo y llamas. Deseo y odio, que me resultó intrigante su tono. Y aquella mandíbula dura y boca gruesa me gritaban promesas de pasión, era enloquecedor verlo tan de cerca. Había dado dos cuidados pasos hasta mí, que ni siquiera lo había notado levantarse. Estaba completamente ensimismada.

- Aquí tiene su tarjeta - la pegué a su pecho con un fuerte golpe y casi jadeo al sentir lo duro que era por detrás de aquel traje negro y elegante. Y alto. Tuve que alzar la vista para verlo a los ojos.

- Consérvela. Quiero que venga a mi oficina mañana y la dirección está ahí. - tomó mi mano entre la suya para separarla de su torso y la alejé de pronto. Sentí que podía provocarme un infarto solo de la reacción de mi cuerpo ante su roce. Era más que peligroso aquel hombre y debía correr a millas de distancia de él.

No me gusta que me toquen los extraños, por más que sean como él. Solo no me gusta que me toquen...

- ¿Por qué tendría yo que ir a verlo a ningún sitio? - mi voz era firme y la tarjeta seguía en mi mano aún extendida hacia él. Me intrigaba el porqué de su acercamiento tan de sopetón pero a la vez me asustaba. Aunque no pensaba demostrárselo.

- Porque tengo una propuesta para usted señorita. Sé, que no la va a rechazar. No puede y yo no le dejaré opción - pero que engreído tipo.

- No me gusta nada como me habla - metí la tarjeta en el bolsillo interno de su traje, en un gesto tremendamente atrevido y antes de darme la vuelta para irme le dije - no voy a aceptar nada que venga de un extraño. Aléjese de mí y tome- saqué de mi bolsillo el único dinero que había traído para pagar los cafés - aquí está su dinero - se lo metí por dentro del cuello de su camisa y me giré para irme pero su mano aferró mi muñeca y lo sentí cerca de mi espalda y mi oído.

- Usted me debe dinero... muchísimo, y le aseguro que esto no es nada para lo que me tendrá que pagar.

Sus palabras me hicieron fruncir el ceño y sacando con fuerza mi muñeca de entre sus dedos me enfurecí y reclamé ...

- ¿Quien demonios es usted y qué le debo si ni lo conozco? - sacó la tarjeta nuevamente, la extendió hacia mí y me respondió con altanería mientras levantaba su cuello con poderío y arrogancia.

- Ven mañana a mi oficina y conóceme.

Se fué de allí, aprovechando el shock en que me había dejado, por su actitud que gritaba por todos lados, que tenía algo que podría hacerme todavía más complicada la vida.

Solo pude ver como el coche salía de allí, delante de mis narices y cuando por fin ví su nombre en la tarjeta, sentí furia al ver que también me había devuelto el dinero.

Alexander Mcgregor... Ese era su nombre y era también, el comprador de lo más importante que tenía.

Solo que eso yo, aún no lo sabía.

Capítulo 2 El cadáver

Había pasado todo el día rompiéndome la cabeza a base de pensamientos y posibilidades desnudas de resultados.

Me encontraba en ese momento de la vida, al menos de algunas vidas, en el que por más que piensas por dónde puedes salir a flote, no haces más que seguir ahorrando el poco oxígeno que te queda dentro de la profundidad del mar de problemas en el que te estás ahogando.

El hospital esperaba que en setenta y dos horas les hiciera el pago por los servicios pendientes de mi padre.

Un abogado del seguro de la persona desconocida que mi madre había atropellado, también aguardaba por mi indemnización y para completar, estaba el tema del desalojo por falta de pago.

El hospital podría cancelarlo con el sueldo del todo el mes, que debían pagarme en una semana, pero no era el término que habían establecido para cancelar la deuda.

Cuando mi padre enfermó y supe que moriría porque no habían suficientes corazones disponibles para trasplantar, yo me incluí en la base de datos como donante, en caso de que muriera con mi corazón saludable. Tenía que quemar todas las naves en cuanto a salvar la vida de mi padre. Y así lo hice.

Me hice los análisis necesarios y sentí, que a lo mejor esa buena obra, sería tomada en cuenta por el universo y alguien le donara uno a mi padre. Pero se ve que el universo es ciego y sordo, porque aquello nunca sucedió y mi padre murió en los brazos de mi madre, que por si fuera poco, salió del hospital tan alterada por todo en general, que terminó muriendo por accidente de tráfico, enviando a alguien al hospital, dejándolo en una grave condición.

Traté de contactar a la persona que ella había lastimado cuando chocaron con sus autos, pero el hospital dijo que los familiares se llevaron al paciente para otro sitio y no podían darme información.

Me hacía sentir mal todo aquello. Pero...¿Que podía hacer yo?

No había podido siquiera llorar a mis padres, no tengo tiempo ni para eso.

Tomando un té, para tratar de aliviar mis nervios y conseguir dormir, me llamó Patricia.

- ¿Que pasa cariño? - ella trabajaba esa misma noche, pero yo descansaba.

- Lore, tienes que salir de tu casa ya - se escuchaba nerviosa. Incluso agitada.

- ¿Por qué, qué pasa Patri?

- Alfonso le dió tu dirección a ese viejo, el que quiere que bailes para él y salió para allá con otro hombre. No me gusta su actitud Loreine, sal de ahí. Tengo miedo.

Mientras ella prácticamente gritaba, yo no llegaba a asimilar lo que en realidad pasaba.

- Te llamo en una hora. Tranquila - colgué y subí corriendo a mi habitación para coger algo de ropa, si venía alguien no podía recibirlo en pijama y menos alguien tan repugnante como ese hombre.

Terminando de vestirme, sentí unos golpes en mi puerta y avisando que iba a abrir, tomé unas tijeras y las escondí en mis jeans, al menos podría asustarlos si intentaban algo.

Nada más abrir la puerta, aquel hombre de barba sucia y pelo grasoso venía acompañado de otro un poco más joven igual de desaliñado, y con cara de delincuente.

- ¿Que quiere señor Stuart? - le pregunté mirando hacia afuera, que solo se veía oscuridad. La calle estaba vacía, como de costumbre.

Él empujó la puerta y ambos entraron, caí contra la pared y ahí mismo se abalanzó sobre mí el hombre que lo acompañaba.

Me aguantó las manos en la espalda y clavó una rodilla entre mis piernas. Gimió cuando sintió el contacto con mi feminidad y la bilis se me acumuló en el esófago, junto con el pánico en la piel.

La puerta abierta y yo en un puro nervio, solo pude pensar en el asco que sentía ahora mismo.

Mis ojos verdes se clavaron en los azules asquerosos de Stuart.

- Yo te pagaré tus deudas y tú cumplirás con los deseos de mis clientes - el hombre que me tenía aguantada pasó su lengua por mis labios y sentí que le vomitaría encima.

- De acuerdo. - accedí para ganar tiempo y suavizar la postura del que me agarraba - no tengo muchas opciones.

Ambos hombres sonrieron triunfantes y el que me tenía, bajó su adwuroda boca, lamiendo mi piel y mordió uno de mis senos, muy duro y me provocó un gran dolor, pero no lloré ni grité, no le daría ese placer.

Ni ningún otro.

- Serás la más cara de mis putas pero valdrás la pena, me pagarán mucho por tí, y nadie te reclamará, porque ya sé que estás sola. Eres perfecta para mí, y para mi negocio.

El sacó un dinero de su bolsillo, y mientras lo contaba, el otro había expuesto mis senos y se prendía de uno de ellos. Entré en pánico y no supe que hacer.

Sentí que me violarían. Que aquel cerdo asqueroso que me mordía los pechos se llevaría mi dignidad si no lo detenía.

Y en un descuido de ambos, lo empujé, y al estar prendido de mi pecho, desgarró la carne y me hizo sangrar.

- ¡Maldita puta !- me dió una patada y me tiró al suelo, rodé por el piso cuando me dió otra más y en ese momento, que ví al viejo acercarse y a mi agresor acercarse a mi cara, no lo pude pensar bien y solo me defendí.

En un movimiento poco estudiado y resultado de la adrenalina del momento, saqué la tijera y la clavé en su cuello, dónde primero alcancé.

Se cayó sobre mí, llenándome de sangre y el viejo miró la escena horrorizado.

- ¿Que has hecho maldita? - me gritaba mientras yo temblaba bajo su mirada y el hombre desangrado sobre mí. Evidentemente le había pinchado la arteria, porque la sangre salía a borbotones - yo no seré cómplice de asesinato. Yo nunca he estado aquí.

Fue todo lo que tuvo el valor de decir y hacer y se fue, dejándome con la sala llena de sangre, la puerta abierta y un muerto encima.

Temblando del miedo, y de la toma de conciencia de lo que había hecho, empujé como pude a aquel hombre, que había matado y que no sabía si tendría familia o hijos, y mientras aquello me hizo llorar más fuerte de lo que ya lo hacía, empecé a tratar de salirme de debajo suyo con el cuerpo temblando y hasta los dientes chocando entre ellos del terrorífico resultado de la visita que me habían hecho aquellos dos malditos hombres.

Me habían convertido en una asesina... Era una asesina, me repetía en la mente... Había matado a alguien.

Me levanté finalmente y resbalé con la sangre que había por el piso, escapando de la alfombra.

Miré mi cuerpo lleno de aquel líquido rojo y solo pude alejarme.

Subí corriendo las escaleras y me encerré en el baño. Me dejé caer en el suelo de la ducha y tomando una toalla, la metí dentro de mí boca y grité desesperada mi crímen dentro de su afelpado cuerpo.

El agua limpiaba mi piel de la sustancia viscosa pero, ¿Cómo limpiaría mi consciencia?

No sé cuánto tiempo estuve en la ducha, pero si sé que fue el suficiente, como para autoconvencerme de que fue defensa propia, yo no maté a sangre fría, solo me defendí.

Dejé mi ropa en una bolsa y observé mi pecho lastimado, me eché alcohol directamente en la herida y no me importó el ardor, yo solo quería limpiarme de cualquier vestigio de aquel hombre.

Bajé nuevamente, dispuesta a llamar a la policía, pero me llevé una sorpresa cuando mi sala, estaba perfectamente limpia. Impoluta y olorosa.

No estaba el cadáver ni la alfombra, pero alguien había limpiado la escena y lo había hecho muy bien, tanto, que me resultó extraño el pensar,¿Cuánto tiempo había estado en la ducha como para que alguien hubiese podido hacer algo así?

Pero las preguntas más importantes eran...

¿Quien lo había hecho?

¿Por qué lo harían?

¿ Y que haría yo ahora?

Sin cuerpo no hay crimen. Aquí ya no había evidencia de que algo así hubiese sucedido.

Pensé que tal vez, el señor Stuart lo había hecho, para evitar que lo culparan de otras cosas si se sabía de esto.

Pero lo deseché enseguida, cuando recordé como él, se había largado enseguida.

¿Por qué regresaría y limpiaría mi casa?

Un ruido en mi cocina, me hizo sobresaltarme en el sitio, y pude comprobar que ni la tijera estaba allí, cuando solo se me ocurrió tomar un jarrón, para defenderme de quien sea que estuviera en mi cocina.

Caminé hasta allí sigilosa, y cuando nuestras miradas se cruzaron, el jarrón cayó al suelo, al ver cómo aquel hombre, que antes me había ofrecido su tarjeta y me había comprado un café, sostenía la tijera con la que maté a ese sujeto, dentro de una bolsa de plástico, y me miraba serio y frío, como era su característica al parecer.

¡Alexander Mcgregor lo había limpiado todo!

¿A cambio de qué?...

Capítulo 3 La decisión

- ¿Que pasa mi corazón, tienes miedo?

Su voz volvía a helarme la sangre.

Tenía el pelo alborotado sobre su cara dura y cruel. Y aquellos intensos ojos azules auguraban más males que bondades.

Podía ser hermoso pero daba miedo. Su apariencia siniestra se enmascaraba en su belleza.

Sus ojos azules en este momento, volvían a llamar mi atención y eran gélidos. Tenía una personalidad tan fría como un iceberg y los pelos se me ponían de punta solo de verlo cruzar sus piernas con estudiada elegancia.

Sabedor absoluto del efecto satánico que podía tener.

- ¿Usted planeó todo esto?...¿Me ha puesto una trampa? - mi voz quería temblar casi tanto como mis manos lo hacían pero no me lo permití. Esa clase de debilidades no podían ser expuestas en aquel momento.

Mostró sus dientes tan blancos que su brillo podían confundirlos con puñales plateados que podrían matar de un golpe certero.

Ese hombre era tan hermoso como letal... Un angelical diablo.

- Mis planes no podrías adivinarlos ni en un millón de años - confesó con absoluta certeza y dejó sobre la mesa la bolsa con el arma del delito. Con su dedo índice daba pequeños golpes en la madera, iniciando una banda sonora terrorífica - aunque hay cierta similitud en ellos.

Su respuesta me asustó tanto que caminé hacia atrás y me pegué a la pared. Hasta ahí llegaron mis mal disimuladas fuerzas.

- ¿Planea matarme? - pregunté con poca energía.

- No responderé jamás a eso - sentenció con crueldad en su tono.

Sin una respuesta negativa a tan cruda pregunta. El intento de una sonrisa bizarra se dibujó en su boca, oculta detrás de sus verdaderos propósitos.

Un teléfono sonó y ni siquiera me dí cuenta que era el mío, cuando ví que lo tenía él delante, fuí a tomarlo y su mano detuvo la mía, conectando nuestras miradas en el roce de nuestros dedos.

A pesar de lo tormentoso de la situación, me sentí arder con su toque, el proyectaba tanto frío como calor, parecía un demonio que podía llevarte del hielo al fuego en un mismo gesto.

Se levantó y quedaba tan alto delante de mí, que tuve que alzar la vista para mirarlo a los ojos. Nuestras manos aún en el mismo sitio. Nuestros ojos completamente reunidos en la misma conexión visual y nuestras respiraciones en desigualdad de condiciones... El sereno y yo inquieta.

- Dile a quien sea, que saldrás del pueblo unos días, que un familiar te prestará el dinero para tus deudas y vendrás cuando lo tengas - vió la duda en mi rostro y prosiguió - si haces lo contrario irás a la cárcel esta misma noche, por mucho más que asesinato.

En ese momento, sentí, que estaba atrapada dentro de una telaraña, que ni siquiera veía pero que podía sentir que se extendía cada vez más, enredando todas mis extremidades en ella.

Este hombre tan sexy como demoníaco, me había marcado para un fin tan macabro, que no podía escapar de él, incluso sin conocer las normas de su juego.

- Patri - traté de sonar lo más calmada posible cuando le arrebaté el aparato y saludé a mi amiga - iba a llamarte ahora mismo - ni siquiera la dejé hablar antes de recitar cada cosa que me había exigido aquel extraño hombre que había irrumpido en mi vida con grandes intensiones de quedarse hasta drenarme por completo... quien sabía qué - saldré de la ciudad unos días, pude contactar con un familiar lejano que me dará el dinero para cubrir todo y debo ir a buscarlo. En cuanto vuelva te llamo.

Mientras yo hablaba él me miraba, justo delante de mí, no me tocaba pero lo sentí inspeccionar mi cuerpo al completo y asentía con cada palabra que decía, obedeciendo su orden.

- ¿Quién te crees para irte y que te guarde el trabajo? - cuando oí su demandante voz, supe que Román, mi jefe, había usado el móvil de su mujer para llamarme.

El hombre delante de mí, endureció su cuadrada mandíbula, adornada por una sensual barba y me dió así, la certeza de que estaba oyendo lo que él decía.

Suspiré y antes de contestar ví, como el señor Mcgregor extendía su mano pidiendo mi móvil.

No tuve más remedio que dárselo y llevando el aparato a su oído, sin dejar de mirar mis ojos verdes y yo los suyos azules, dijo con fuerza...

- Ella ya no trabajará nunca más para tí. No vuelvas a marcar este número - aquella voz volvía a ser fría y en esta ocasión también amenazante - jamás.

Y colgó nada más decir esa palabra.

Se quedó mirando mis labios más de lo que me gustaría, y concluyó...

- Desde ahora me perteneces. Cada paso que des. Cada palabra que digas. Cada gesto que hagas, es mío- pasó un dedo despacio por mi mejilla y me aparté. Él también lo hizo antes de escupir un - nos vamos - me hizo una seña para que caminara y me giré para irme y obedecer. Lancé un suspiro y me detuve.

Mi naturaleza me impidió hacer lo que me había exigido.

Alguien con mi carácter indómito no obedecía tan fácilmente y no me gusta que me den órdenes, sobre todo si no sé para qué son.

Me detuve de pronto y chocó contra mi espalda, puso sus manos en mis caderas y casi doy un brinco de la sensación, pero tampoco me lo permití.

No podía dejar que un hombre que me estaba haciendo lo que él me hacía, me provocara sensaciones, más allá del odio y el repudio.

- ¿Que quiere de mí? - me giré antes de continuar y él mantuvo su distancia en cero - no voy a irme con alguien que no conozco a quien sabe dónde y quién sabe a qué.

Me volvió a mirar con superioridad. A sabiendas que sabía cosas que yo nunca sabría y que él nunca diría.

- No estás en posición de exigir nada Loreine.

Sabía mi nombre. Sabía tanto de mí, que me inquietaba.

Nunca en mi vida lo había visto y ahora, de la nada, parecía estar en casa resquicio de ella.

- No sé cuál es mi posición, señor Mcgregor - me detuve inspeccionando su expresión de hastío. Le molestaba que lo increpara - pero tengo una personalidad que no conjuga muy bien el verbo obedecer, sobre todo si no sé a qué se deben las órdenes.

Me miró dimensionando su expresión entre la admiración y el enojo. Se veía a años de distancia, que no le gustaba ser desobedecido. No contaba con que yo lo desafiara y eso, me hacía darme palmaditas de felicitación en mi espalda, de manera mental e interna, por supuesto.

- Tengo tu vida en mis manos, así como tú tienes la mía en las tuyas, mi corazón - no me gustaba que usará ese apelativo cariñoso, que en su boca sonaba a posesión más que cariño, ni tampoco asimilaba muy bien que me hablara con enigmas - yo soy quien va a comprar aquello que deberás venderme.

Abrí mi boca asombrada por lo que había dicho, pues yo no tenía nada que pudiera vender o él comprar.

No entendía a qué se refería.

- No tengo nada a la venta, señor - sonrió sin alegría y se relamió los labios, sin dejar de mirar mi boca. Sus manos finalmente dejaron mis caderas, recordándome que seguían ahí.

- Lo tendrás, lo tienes y me lo venderás, cuando llegue el momento - nuevamente invadió mi piel con sus dedos, deslizandolos por mi brazo y esta vez, se lo permití, no es que no lo hubiera hecho antes, pero en ese momento estuve de acuerdo con su tacto en mí - veo que ya no me tuteas. Eso me encanta.

Esa última frase la dijo susurrada y acercándose a mi oído, tanto que tomó muchísimo autocontrol, para que no gimiera por la sensación.

Este hombre que amenazaba mi vida, mi cordura y mis sentidos de manera tan brusca e invasiva, no podía gustarme, no podía hacerme sentir, no podía seducirme, yo no podía permitirlo y él no podía comprarme nada, porque yo no tenía nada que vender.

- ¡Camina! - dijo casi gruñendo, acercando su boca a la mía y hundiendo su mirada en mis ojos.

Justo cuando iba a empujarlo, sentí la sirena de una patrulla y un toque en la puerta de mi casa me puso a temblar tanto, que fue visible. Él lo notó.

- Decide ahora, si vas a venderme lo que quiero o tengo que venderte yo, a la policía.

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