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El contrato que olvidaste firmar con el corazon

El contrato que olvidaste firmar con el corazon

Autor: elorev
Género: Moderno
"Casarse con un extraño es un negocio; enamorarse de él es un suicidio emocional." Laura Valladares siempre supo que su libertad tenía un precio. Para salvar el imperio hotelero de su familia, acepta casarse con el legendario y hermético CEO de Industrias Blackwood, Sebastián Blackwood. Él es ocho años mayor, posee una belleza devastadora y una frialdad que congela la sangre. El día de la boda, frente al altar, es la primera vez que Laura ve sus ojos: son grises, profundos y están vacíos. Sebastián le deja claro el trato en la noche de bodas: "Tendrás mi apellido, mi protección y mi fortuna, pero nunca busques mi amor. Ese lugar ya está ocupado" Sebastián vive encadenado al fantasma de un pasado que Laura no conoce. Sin embargo, lo que él no previó es la determinación de su nueva esposa. Laura decide que no será una decoración en su mansión. Con cada gesto, cada mirada y una seducción inteligente, ella inicia una guerra silenciosa para reclamar un corazón que él juró que ya no existía. ¿Podrá la calidez de Laura derretir las cicatrices de un hombre que ha hecho del dolor su única compañía?
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Capítulo 1 El Precio de un Imperio

El silencio en el despacho de los Valladares no era de paz, sino de asfixia. El aire olía a papel viejo, a café frío y al miedo rancio de un hombre que lo había perdido todo.

Laura observó las manos de su padre. Eran las mismas manos que la habían cargado de niña, ahora estaban surcadas por venas azules y temblaban de forma errática mientras sostenían una pluma estilográfica sobre un documento de cuero negro.

-No tienes que hacer esto, Laura -susurró Mauricio Valladares, aunque su mirada buscaba desesperadamente el papel.

-Si no lo hago, papá, mañana habrá precintos en las puertas de cada hotel de la cadena. Y tú terminarás en una celda por fraude fiscal.

Laura no se permitió llorar. Sus ojos, del color de la miel quemada, estaban fijos en el contrato. No se veía como una mártir de una novela antigua; se veía como una estratega. Llevaba un traje sastre de color marfil que contrastaba con la oscuridad de la oficina, un uniforme de guerra para la rendición más elegante de la historia.

-Es un contrato de dos años -continuó ella, con la voz firme-. Siete mil trescientos días de mi vida a cambio de la deuda total de los Valladares. Es un buen negocio.

-Él es un monstruo, hija. Dicen que no tiene sangre, sino mercurio en las venas.

-Entonces me vendrá bien el frío -replicó ella.

En ese instante, el mundo pareció detenerse. No hubo un aviso, solo el sonido seco de la puerta doble abriéndose de par en par. El aire se retiró de la habitación como si una aspiradora gigante hubiera succionado el oxígeno.

Entró él.

Sebastián Blackwood no caminaba; colonizaba el espacio. Su traje negro estaba cortado con una precisión quirúrgica que acentuaba sus hombros anchos y su estatura intimidante. Tenía treinta y dos años, pero cargaba con la gravedad de un emperador antiguo. Su rostro era una obra maestra de ángulos crueles y belleza devastadora, coronado por unos ojos grises que no miraban, sino que escaneaban vulnerabilidades.

No miró a Mauricio. Mucho menos a Laura.

-¿Está firmado? -La voz de Sebastián era un barítono profundo que vibró en el pecho de Laura como una advertencia sísmica.

-Estamos en ello, Sr. Blackwood -balbuceó Mauricio.

Sebastián se acercó al escritorio. El aroma a sándalo y lluvia llenó el espacio de Laura. Él se detuvo a escasos centímetros de ella, pero su atención seguía en el documento.

-Firma -ordenó Sebastián.

Laura sintió un escalofrío, pero no de miedo, sino de indignación. Se puso de pie, obligándolo por fin a notar su presencia. Ella era alta, pero él la superaba por casi una cabeza.

-Sr. Blackwood -dijo ella, con una calma que lo sorprendió-. Antes de venderle mi libertad, me gustaría al menos que me mirara a la cara. Si va a ser el dueño de mi tiempo, lo mínimo es que reconozca a quién está comprando.

Por primera vez, los ojos grises se desviaron hacia ella. Fue como ser golpeada por una ráfaga de viento ártico. Eran profundos, hermosos y absolutamente vacíos de cualquier calor humano.

-No te estoy comprando a ti, Laura -dijo él, arrastrando las palabras-. Estoy comprando la paz de mi junta directiva, que exige un CEO con una imagen familiar estable. Eres un activo, como un edificio o una patente tecnológica. No confundas tu valor con tu importancia.

-Incluso los activos deben ser inspeccionados -desafió ella, sosteniéndole la mirada-. ¿O es que el Rey de Acero tiene miedo de encontrar algo que no puede controlar bajo este traje de marfil?

Una chispa casi imperceptible brilló en las pupilas de Sebastián. Un atisbo de algo que no era indiferencia.

-Tienes lengua -comentó él, volviendo al papel-. Marcus me dijo que eras una artista sensible. Me mintió. Eres una víbora que intenta proteger su nido.

-Las artistas sensibles mueren de hambre, Sr. Blackwood. Las víboras sobreviven a los incendios. Y su imperio es un incendio constante.

Sebastián soltó una risa seca, un sonido carente de alegría. Tomó la pluma de la mano temblorosa de Mauricio, ignorando el patetismo del hombre, y estampó su firma con un trazo agresivo y elegante.

-El contrato entra en vigor ahora mismo -declaró Sebastián, cerrando la carpeta de cuero-. Mañana a las ocho, un coche te recogerá. No traigas muchas maletas. Todo lo que posees ahora pertenece a tu vida pasada. A partir de mañana, solo usarás lo que yo decida.

-¿Incluso mi ropa interior, Sr. Blackwood? -preguntó ella con una sonrisa gélida.

Él se detuvo en seco en el umbral de la puerta. Se giró lentamente, recorriéndola con una mirada que por primera vez se detuvo en sus labios.

-Especialmente eso. No quiero nada que me recuerde que alguna vez tuviste la opción de decir "no".

Él salió del despacho sin decir adiós. El eco de sus pasos sobre el mármol del pasillo resonó como una sentencia de muerte.

Mauricio Valladares se desplomó en su silla, cubriéndose la cara con las manos.

-Hija... ¿qué hemos hecho?

Laura caminó hacia la ventana. Abajo, vio el coche negro de Sebastián alejarse como una mancha de tinta en la ciudad. Se tocó el cuello, donde aún sentía el calor residual de la presencia de aquel hombre.

-Hemos ganado, papá -dijo ella, aunque su corazón latía con una violencia que la asustaba-. Él cree que ha comprado una estatua para su mansión. No tiene idea de que acaba de meter un caballo de Troya en su cama.

-Él te destruirá -sollozó su padre.

-Que lo intente -susurró ella para sí misma-. Él tiene el acero, pero yo tengo el fuego. Y el acero, ante el fuego suficiente, siempre termina doblándose.

De repente, el teléfono de Laura vibró. Era un mensaje de un número desconocido.

"Primera regla, Laura: En mi casa, el fuego está prohibido. Prepárate para el invierno." - S.B.

Laura apretó el teléfono contra su pecho. El juego no había empezado mañana. Había empezado en ese mismo instante. Ella no era la víctima de un matrimonio arreglado; era la jugadora que acababa de entrar en el tablero del hombre más peligroso del país. Y estaba dispuesta a todo, incluso a quemarse, con tal de ver a Sebastián Blackwood arrodillado.

Miró el contrato sobre la mesa. El cuero negro parecía brillar bajo la luz de la oficina. Se dio cuenta de un detalle que su padre había pasado por alto. Había una cláusula pequeña, escrita en la última página, que ella misma había filtrado a través de Marcus semanas atrás sin que su padre lo supiera.

"En caso de infidelidad o maltrato psicológico comprobado, la totalidad de las acciones hoteleras revertirán a Laura Valladares, junto con el 10% de Industrias Blackwood."

Sebastián creía que la estaba salvando. Laura sabía que lo estaba asaltando.

-Bienvenido a mi guerra, Sebastián -murmuró ella, apagando la luz del despacho-. Espero que tu armadura sea tan gruesa como dicen, porque voy a romperla pedazo a pedazo.

Afuera, la lluvia comenzó a caer sobre la ciudad, borrando las huellas del coche que se había llevado su libertad, pero marcando el inicio de su reinado.

Capítulo 2 El Altar de Cenizas

El vestido pesaba. Diez kilos de seda italiana, encaje francés y perlas cultivadas que, sobre los hombros de Laura, se sentían como una armadura de plomo. Frente al espejo de la suite nupcial, no veía a una novia; veía a una mujer preparándose para una ejecución pública.

-Estás exquisita, Laura. Blackwood no sabrá qué lo golpeó -dijo Marcus Thorne desde el umbral de la puerta.

Laura se giró con lentitud. Marcus, la mano derecha de Sebastián, era el único que no la miraba con lástima. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de curiosidad y respeto.

-No me digas mentiras, Marcus. Sebastián sabe exactamente lo que compró. Lo que no sabe es que los activos fijos pueden ser muy volátiles -respondió ella, ajustándose un pendiente de diamante.

-Él cree que el control es una ciencia exacta. Ten cuidado. Sebastián no juega a perder.

-Yo tampoco. ¿Él ya está allí?

-En el altar. Parece una estatua de granito. Los fotógrafos están teniendo problemas para captar una expresión que no sea de absoluto desprecio por la humanidad.

Laura tomó su ramo de calas blancas. Eran flores que simbolizaban la pureza, pero en sus manos parecían ofrendas fúnebres.

-Dile que ya voy. No quiero que el "Rey de Acero" piense que me he arrepentido.

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La Catedral de San Patricio estaba rodeada de unidades móviles de televisión y curiosos. La boda del año, la unión de Industrias Blackwood y el imperio hotelero Valladares, era el evento social de la década. Pero al entrar, Laura solo sintió el frío de las piedras centenarias.

Caminó por el pasillo central del brazo de su padre, quien apenas podía sostenerse. La música del órgano atronaba, pero para ella era un ruido blanco. Al final del camino, recortado contra el resplandor de las vidrieras, estaba él.

Sebastián vestía un esmoquin negro que parecía absorber la luz del sol. Cuando Laura llegó a su lado, él no le ofreció la mano. Se limitó a asentir con una cortesía mecánica.

-Llegas tres minutos tarde -susurró él mientras el juez comenzaba a hablar.

-Considéralo un margen de beneficio, Sebastián. La impaciencia te hace lucir... humano -replicó ella bajo el velo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

-El tiempo es dinero, Laura. Y hoy estoy gastando demasiado en este circo.

El juez continuó con la letanía legal y religiosa. Laura apenas escuchaba. Estaba demasiado ocupada estudiando el perfil de su futuro marido. La mandíbula de Sebastián estaba tan tensa que parecía a punto de estallar. Sus ojos grises estaban fijos en un punto invisible sobre la cabeza del juez. No había amor, ni deseo, ni siquiera nerviosismo. Había vacío.

-Sebastián Blackwood, ¿acepta a Laura Valladares como su esposa?

-Acepto -dijo él. Su voz retumbó en las bóvedas, clara, fría y desprovista de emoción. Fue como el sonido de una celda cerrándose.

-Laura Valladares, ¿acepta a Sebastián Blackwood como su esposo?

Laura guardó silencio un segundo de más. El murmullo en la catedral creció. Ella sintió la mirada de Sebastián girarse hacia ella, pesada como el hierro.

-Acepto -dijo finalmente, manteniendo el contacto visual. *Acepto destruirte*, pensó.

-Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puede besar a la novia.

Sebastián dio un paso al frente. Sus manos, grandes y fuertes, sujetaron los hombros de Laura con una firmeza que rozaba la advertencia. Levantó el velo. Por un instante, la cercanía fue abrumadora. El aroma a sándalo la envolvió. Él se inclinó, y sus labios rozaron los de ella.

Fue un beso gélido. Un roce de piel sobre piel que no buscaba placer, sino marcar territorio. Era el sello de un contrato.

-Eres mía por contrato, Laura -le susurró él contra los labios, tan bajo que solo ella pudo oírlo-. No olvides que el dueño de la propiedad decide cuándo se demuele.

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La recepción en el salón principal del Hotel Grand Valladares era una oda al exceso. Mil invitados, caviar, orquestas en vivo y una tensión que se podía cortar con un cuchillo de plata.

Laura y Sebastián estaban en el centro de la pista para el primer baile. Él la sostenía por la cintura con una mano que quemaba a través de la seda del vestido.

-Estás siendo una excelente actriz, querida -dijo Sebastián mientras la hacía girar con una gracia mecánica-. Tu padre parece que ha vuelto a la vida gracias a mis millones.

-Mi padre es un hombre agradecido. Yo, en cambio, soy una mujer con memoria -respondió Laura, apoyando una mano en el hombro de él-. ¿Por qué este teatro, Sebastián? Podríamos haber firmado los papeles en una notaría y ahorrarnos el vals.

-Las apariencias son el lubricante del capitalismo, Laura. El mercado necesita creer que soy capaz de tener una familia. El amor es una debilidad que los accionistas no perdonan, pero la estabilidad es una virtud que premian.

-Entonces, ¿yo soy tu certificado de estabilidad?

-Eres el envoltorio de un regalo que no pedí, pero que necesitaba para cerrar un trato mayor.

De repente, la música cambió a una melodía más lenta y melancólica. Laura notó que la mirada de Sebastián se desviaba hacia un rincón oscuro del salón, donde un gran retrato de los fundadores de la empresa colgaba de la pared. Sus ojos se nublaron por un segundo.

-¿En qué piensas? -preguntó ella, tratando de romper su muro-. ¿En el fantasma que vive en el ala oeste de tu mansión? ¿En Isabella?

El agarre de Sebastián se cerró sobre su cintura con una fuerza dolorosa. Su rostro se transformó en una máscara de furia contenida.

-Nunca vuelvas a pronunciar ese nombre -dijo él, con una voz que era puro veneno-. Has firmado para ser mi esposa, no mi confesora. Ese lugar ya está ocupado, y no por ti.

-Ella está muerta, Sebastián. Y yo estoy viva. Aquí. Frente a ti.

-Ese es precisamente el problema, Laura. Estás aquí ocupando un espacio que no te pertenece. Sonríe para la cámara -ordenó él, viendo que un fotógrafo se acercaba-. Esto es solo una transacción. No esperes que el guion incluya un "vivieron felices para siempre". En mi mundo, los finales felices son para los que no tienen nada que perder.

Laura no se amedrentó. Se acercó más a él, obligándolo a sentir el latido acelerado de su corazón contra su pecho de piedra.

-Te equivocas en algo, esposo mío. Los finales felices son para los que tienen el valor de quemar el pasado. Y yo tengo muchas cerillas.

Sebastián la soltó bruscamente justo cuando la música terminaba.

-Marcus te llevará a la mansión -dijo él, recuperando su tono gélido-. Yo tengo una reunión en Industrias Blackwood. No me esperes despierta.

-¿Tu noche de bodas en la oficina? -Laura soltó una carcajada seca que atrajo algunas miradas-. Vaya, Sebastián. Si querías admitir que me tienes miedo, podrías haberlo hecho de una forma menos cliché.

Él la miró de arriba abajo, con una mezcla de odio y una extraña fascinación que no pudo ocultar a tiempo.

-No te tengo miedo, Laura. Te tengo lástima. Porque crees que puedes ganar una guerra contra un hombre que ya ha muerto por dentro.

Él se dio la vuelta y atravesó el salón como un huracán negro, dejando a Laura sola bajo los focos. Su padre se acercó a ella, preocupado.

-¿Qué ha pasado? ¿A dónde va?

Laura tomó una copa de champagne de una bandeja que pasaba y la bebió de un trago.

-Se va a trabajar, papá. Se va a esconderse en sus servidores y en sus algoritmos porque una mujer de veinticuatro años le ha recordado que todavía tiene pulso.

-Hija, esto es un error...

-No, papá. Esto es el comienzo. -Laura miró a Marcus, que la observaba desde la distancia con una sonrisa enigmática-. Marcus, llama al chófer. Quiero llegar a mi nueva casa antes que el dueño. Tengo algunas cosas que reorganizar en ese mausoleo.

Al salir del hotel, los flashes de las cámaras la cegaron. Ella caminó con la cabeza alta, sosteniendo la cola de su vestido como si fuera una capa real. Al subir al coche, vio el mensaje que había llegado a su teléfono minutos antes. Era de un número bloqueado, pero ella sabía de quién era.

"La habitación de Isabella está cerrada bajo llave. No intentes abrirla si no quieres descubrir por qué el acero es más frío que el hielo."

Laura sonrió y escribió una respuesta que no envió, pero que repitió en su mente como un mantra mientras el coche avanzaba hacia la mansión Blackwood:

"El hielo se derrite, Sebastián. Solo es cuestión de tiempo que descubras que tu castillo de invierno es, en realidad, una pira funeraria esperando una chispa. Y yo soy el incendio."

El coche se detuvo frente a la imponente verja de Industrias Blackwood. La mansión, una estructura de cristal y acero situada en lo alto de una colina, parecía una fortaleza inexpugnable. Pero para Laura, solo era un tablero de ajedrez más grande.

Al bajar, Marcus le entregó un juego de llaves de plata.

-La llave pequeña es la del ala oeste -susurró él-. Sebastián cree que la tiene él. Se equivoca. Bienvenida a casa, Laura. Espero que te guste el silencio, porque es lo único que Sebastián ofrece gratis.

-El silencio es el mejor lugar para planear una emboscada, Marcus -respondió ella, entrando en el vestíbulo-. Dile a Sebastián que mañana desayunaremos juntos. Y que no aceptaré un "no" por respuesta.

Esa noche, Laura no durmió. Recorrió los pasillos de la mansión en silencio, con sus tacones resonando contra el mármol, sintiendo la presencia invisible de Isabella en cada rincón. Se detuvo frente a la puerta del ala oeste. Puso la mano sobre la madera fría.

-Disfruta de tu última noche de paz, fantasma -susurró-. Mañana, esta casa dejará de ser tuya.

El contrato estaba firmado. La boda había terminado. Pero lo bueno estaba por comenzar.

Capítulo 3 La Noche de las Verdades Crueles

La mansión Blackwood no era un hogar; era un monumento a la ausencia. El diseño minimalista, las paredes de concreto pulido y los ventanales que daban a un abismo de pinos oscuros hacían que Laura se sintiera como una exhibición en una galería de arte deshabitada.

Eran las dos de la mañana. Laura estaba sentada en el borde de la inmensa cama de la suite principal, aún con el vestido de novia, aunque se había despojado de las joyas y del velo. El silencio era tan denso que podía oír el zumbido de la calefacción central, un latido mecánico que sustituía al calor humano en aquel lugar.

De repente, el sonido de unos pasos pesados rompió la calma. La puerta se abrió sin llamar. Sebastián entró, arrastrando la chaqueta del esmoquin por el suelo. Su camisa blanca estaba desabrochada en el cuello y su cabello, siempre perfecto, lucía alborotado. No olía solo a sándalo; olía a whisky caro y a una fatiga que nacía del alma.

Él se detuvo en seco al verla. Sus ojos grises, inyectados en sangre por el cansancio, la recorrieron con una mezcla de fastidio y una lascivia involuntaria que sofocó en un segundo.

-¿Qué haces despierta, Laura? -preguntó él, su voz era un rasguño en la oscuridad-. Te dije que no me esperaras.

-Es mi noche de bodas, Sebastián. Tradicionalmente, la novia suele estar presente.

-Tradicionalmente, las novias se casan por amor, no para salvar el balance general de una empresa hotelera en quiebra. No confundas la escenografía con la realidad.

Sebastián caminó hacia el minibar de la habitación, se sirvió otro trago y lo bebió de un golpe. Laura se puso de pie. El roce de la seda contra el suelo de madera era el único sonido entre ellos.

-Incluso en los negocios se cierran los tratos con un apretón de manos -dijo ella, acercándose-. O en este caso, con algo más. ¿Tan poco te gusto que prefieres quedarte en la oficina hasta la madrugada?

Sebastián dejó el vaso con una violencia que hizo vibrar el cristal. Se giró, acortando la distancia entre ellos en dos zancadas. La tomó del brazo, no con crueldad física, sino con una urgencia que delataba sus nervios destrozados.

-¿Quieres la verdad, Laura? ¿La verdad cruel que no saldrá en las revistas? -Él se inclinó hasta que su aliento cálido rozó la oreja de ella-. Estás preciosa. Eres joven, inteligente y tienes una boca que invita a cualquier hombre a cometer pecados. Pero cuando te miro, no te veo a ti. Veo un contrato. Veo una obligación. Y sobre todo, veo lo que perdí.

-¿Hablas de ella? -desafió Laura, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas-. ¿Hablas de la mujer que convertiste en santa porque no tienes el valor de vivir con alguien real?

Sebastián la soltó como si su piel quemara. Su rostro se volvió una máscara de piedra bajo la luz plateada de la luna que entraba por el ventanal.

-Escúchame bien, porque no lo repetiré -dijo él, su voz bajando a un susurro letal-. Tendrás mi apellido. Tendrás acceso a cada centavo de mi fortuna. Tendrás la protección de mi nombre y nadie en este país se atreverá a tocarte. Pero nunca, bajo ninguna circunstancia, busques mi amor. Ese lugar ya tiene dueña, y ella no está en este mundo para defenderlo.

-Es una pelea injusta, Sebastián. Yo tengo pulso y ella es solo un recuerdo que tú mismo has editado para que sea perfecto.

-Es un recuerdo que me mantiene cuerdo -rugió él-. Y aquí va la segunda regla de esta casa: Nunca cruces la puerta del ala oeste. Si te encuentro allí, el contrato se acaba. Me importa un bledo si tu familia termina en la calle. ¿Ha quedado claro?

Laura sintió el impacto de sus palabras como una bofetada física. El rechazo era absoluto, una muralla de hielo que él había construido durante ocho años. Pero en lugar de encogerse, Laura sintió que algo en su interior se rompía: el último resto de miedo.

-Perfectamente claro -respondió ella, enderezando la espalda-. Pero déjame decirte algo, "Rey de Acero". Has cometido un error de cálculo básico.

Sebastián soltó una risa amarga mientras se quitaba la corbata.

-¿Ah, sí? ¿Cuál?

-Has traído a una artista a vivir en un mausoleo. Y los artistas no soportamos el vacío. Tú crees que el ala oeste es tu santuario, pero para mí es solo una habitación cerrada que pide a gritos una llave.

-Pruébame, Laura -la retó él, acercándose de nuevo, esta vez con una mirada desafiante-. Intenta cruzar esa línea y verás lo rápido que puedo destruirte.

-Ya estoy destruida, Sebastián. Mi libertad fue el precio de tu dinero. No me queda nada que perder, y eso me hace mucho más peligrosa que tú. Tú tienes miedo de olvidar; yo no tengo miedo de recordar quién soy.

Sebastián se quedó en silencio, estudiándola. Por un momento, la tensión entre ellos cambió. No era solo odio, era una corriente eléctrica, una atracción oscura nacida de dos almas heridas que se reconocían en la penumbra. Él estiró la mano, rozando con el pulgar la línea de la mandíbula de Laura. Fue un contacto breve, casi tierno, antes de que sus ojos volvieran a endurecerse.

-Vete a dormir, Laura. Mañana Marcus te dará tu agenda. Tienes eventos que cubrir, fundaciones que visitar. Haz tu trabajo y yo haré el mío.

-¿Y cuál es tu trabajo, Sebastián? ¿Vigilar a una muerta?

-Mi trabajo es asegurar que nada cambie.

Él se dio la vuelta y se dirigió hacia el vestidor, dándole la espalda. Laura se quedó sola en medio de la habitación, bajo la luz fría de la luna. Se miró las manos; todavía temblaban, pero no de tristeza, sino de adrenalina.

-¿Nada cambiará? -susurró para sí misma, mirando hacia la dirección del ala oeste-. No tienes ni idea de lo que se te viene encima.

Caminó hacia el espejo y se soltó el cabello, dejando que las ondas castañas cayeran sobre sus hombros. Ya no era la novia sumisa del altar. El rechazo de Sebastián había sido la chispa final.

De repente, un ruido sordo llegó desde el pasillo. Laura salió de la habitación con cautela. A lo lejos, vio a Marcus Thorne subiendo las escaleras. Él se detuvo al verla y le hizo una seña para que se acercara.

-¿Ha sido tan malo como esperaba? -preguntó Marcus en voz baja.

-Peor -respondió Laura-. Me ha prohibido el ala oeste. Me ha dicho que su corazón tiene dueña.

-Él cree que si mantiene la puerta cerrada, el dolor no saldrá -Marcus suspiró-. Pero el dolor es como el gas, Laura. Se filtra por las grietas.

-Necesito saber qué hay allí, Marcus. No por curiosidad, sino porque no puedo luchar contra un enemigo que no conozco.

Marcus miró hacia el pasillo de la suite principal, asegurándose de que Sebastián no saliera. Luego, sacó un pequeño sobre de su chaqueta y se lo entregó a Laura.

-No digas que te lo di yo -susurró-. Es una copia de la llave del ala oeste. Pero te advierto una cosa: lo que hay allí dentro no es un secreto, es una herida abierta. Y si la tocas, Sebastián no solo se enfadará. Se romperá.

Laura apretó la llave fría contra la palma de su mano.

-A veces hay que romper algo para poder arreglarlo, Marcus.

-O para que termine de hacerse añicos. Ten cuidado, Sra. Blackwood. En esta casa, la verdad no siempre te hace libre. A veces, solo te hace prisionero del mismo fantasma.

Marcus se retiró en silencio, dejándola con el peso de la llave y el corazón latiendo a mil por hora. Laura regresó a su habitación. Vio a través de la puerta entreabierta del vestidor que Sebastián estaba sentado en un sillón, con la cabeza entre las manos, sumido en una oscuridad que ninguna lámpara podía iluminar.

Ella cerró la puerta de la suite y se acostó en la inmensa cama, pero no se quitó la ropa de seda. Se quedó allí, mirando al techo, con la llave de Marcus escondida bajo la almohada.

La noche de las verdades crueles le había dado el arma que necesitaba. Sebastián le había pedido que no buscara su amor, y ella estaba dispuesta a obedecer... de momento. Porque antes de reclamar su amor, iba a reclamar su cordura.

-Que descanses, Sebastián -susurró al aire gélido-. Porque mañana, el invierno que tanto te gusta va a empezar a sentir el calor de mi incendio.

En algún lugar de la mansión, un reloj de péndulo marcó las tres de la mañana. En el ala oeste, una cortina se movió sin que hubiera viento. El juego ya no era un contrato; era una cacería de fantasmas, y Laura Valladares acababa de encontrar la primera pista.

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