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El día que elegí a tu rival

El día que elegí a tu rival

Autor: PageProfit Studio
Género: Hombre Lobo
Doce años de amor, lealtad y promesas se hicieron añicos con un solo disparo. Aria estaba convencida de saber lo que era amar: entregarlo todo, saber esperar y confiar ciegamente en el hombre con el que llevaba más de diez años comprometida. Pero el día de San Valentín, cuando alguien los apuntó con un arma, Liam no dudó en proteger a Sophia, su ex. Aria, en cambio, quedó herida y abandonada a su suerte. -¡Casi mueres! -Y él ni siquiera me miró, Lili. La abrazó como si yo no existiera. Con el corazón roto, pero decidida a no renunciar a su dignidad, Aria toma una decisión impulsiva: casarse con Aiden Carter, el acaudalado rival de Liam, para darle una lección. Sin embargo, Aiden no es un simple consuelo pasajero. Es un hombre poderoso, posesivo y, contra todo pronóstico, dispuesto a protegerla. Y cuando quiere algo, no se anda con medias tintas. Entre el amor que le falló y un hombre que podría pedirle más de lo que está lista para entregar, Aria tendrá que enfrentarse a la decisión más difícil de su vida. ¿Conseguirá por fin ser la prioridad de alguien o acabará perdiéndose a sí misma en el intento?
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Capítulo 1 Un San Valentín hecho pedazos

Punto de vista de Aria

Jamás imaginé que el Día de San Valentín sería el día en que de verdad me romperían el corazón.

Liam había reservado una mesa en La Perle, la joya de la corona de la gastronomía de Manhattan. Sobre nosotros relucían arañas de cristal; un jazz suave envolvía el salón y cada mesa estaba perfumada con rosas. Tenía que haber sido la cita perfecta de San Valentín. Una de esas noches que algún día les contarías a tus hijos.

-Estás preciosa esta noche, Aria -susurró Liam mientras alargaba la mano sobre la mesa para tomar la mía.

Sonreí, intentando ignorar lo distante que se había mostrado últimamente. Nuestra relación había cambiado desde que Sophia Clarke regresó a Nueva York dos meses atrás. Aun así, yo seguía aferrándome a la esperanza.

Después de todo, íbamos a casarnos dentro de solo cinco días.

-Me alegra que hayamos podido pasar juntos el Día de San Valentín -dije en voz baja.

Liam asintió, aunque parecía tener la mente en otra parte.

-Claro. No me lo habría perdido.

Sus palabras no consiguieron borrar de mi memoria todas las cenas que había cancelado recientemente. Siempre con la misma excusa: «Sophia me necesita».

Nuestros entrantes acababan de llegar cuando Liam abrió mucho los ojos. Seguí la dirección de su mirada y se me cayó el alma a los pies.

Sophia Clarke estaba allí, radiante con un vestido blanco que se ceñía a su esbelta figura. El cabello rubio le caía en cascada sobre los hombros. Sus enormes ojos azules, tan aparentemente inocentes, recorrieron el salón hasta detenerse en nuestra mesa.

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.

-Vaya, pero qué escena tan adorable -dijo Sophia mientras se acercaba con aquel vestido blanco de seda pegado al cuerpo como una segunda piel-. Liam, Aria... ¿Qué posibilidades había? Manhattan es enorme y, aun así, no dejo de encontrarme con ustedes dos.

Su sonrisa era dulce como el azúcar. Sus ojos, no tanto.

Me mordí el interior de la mejilla. Aquella era la tercera «coincidencia» del mes.

Liam se levantó de inmediato.

-Sophia, qué sorpresa.

La calidez de su voz era inconfundible.

-Solo he venido a reunirme con unos amigos. -Sophia me dirigió una mirada fugaz antes de volver a centrar toda su atención en Liam-. Pero parece que van a llegar tarde.

-¿Por qué no te sientas con nosotros mientras esperas? -propuso Liam.

Demasiado rápido. Demasiado ansioso.

Durante un instante me quedé paralizada. Fue como recibir un golpe seco en el pecho, un dolor sordo que empezó a extenderse por todo mi cuerpo.

Nuestra cena romántica de San Valentín acababa de convertirse en una velada para tres.

A medida que avanzaba la noche, Sophia se adueñó de la conversación con historias que parecían elegidas para recordarle a Liam el pasado que compartían. Él asentía con entusiasmo una y otra vez, perdido en recuerdos de los que yo no formaba parte.

Permanecí allí, invisible, viendo a mi prometido coquetear con su primer amor delante de mí.

-Sophia -intervine por fin, con la paciencia al límite-, es el Día de San Valentín. Liam y yo estábamos cenando en privado.

-Ay, Aria... -Su voz rebosaba falsa compasión-. No seas tan posesiva. Liam y yo solo somos dos viejos amigos poniéndonos al día. ¿Verdad, Li?

-Aria, no seas tan susceptible -me reprendió Liam con brusquedad-. Sophia solo está conversando.

Me quedé mirándolo, incapaz de creer aquel reproche. Se suponía que esa era nuestra noche. ¿Y aun así la defendía a ella?

-Será mejor que me vaya -murmuré, dejando la servilleta sobre la mesa.

El dolor de su traición era más de lo que podía soportar.

No había llegado a levantarme cuando el estruendo de unos cristales al romperse inundó el restaurante. La voz fuerte y frenética de un hombre atravesó la elegante atmósfera del salón.

-¡SOPHIA! ¿DÓNDE ESTÁ?

Un hombre desaliñado de poco más de treinta años avanzaba tambaleándose, con los ojos fuera de sus órbitas. Sin embargo, no fue su aspecto lo que me heló la sangre, sino la pistola que aferraba con una mano temblorosa.

-Ryan -jadeó Sophia desde nuestra mesa.

El color había desaparecido de su rostro.

-¡Si no puedo tenerte yo, no te tendrá nadie! -gritó Ryan con la voz quebrada por la emoción.

A partir de ese momento, todo pareció suceder a cámara lenta.

El rostro de Ryan se deformó de rabia. Alzó la pistola y apuntó directamente a Sophia.

Liam ni siquiera me miró.

Su silla chirrió al retroceder mientras se abalanzaba hacia Sophia y la rodeaba con los brazos como si fuera lo más preciado del mundo. La estrechó contra sí, frenético, susurrándole promesas que yo nunca debería haber oído.

¿Y yo?

Me apartaron y quedé por completo expuesta ante el cañón del arma.

El disparo fue ensordecedor.

Un dolor abrasador me atravesó la parte superior del brazo y caí al suelo. La sangre caliente empezó a empapar mi vestido, pero yo solo podía concentrarme en la escena que tenía delante.

Liam envolvía a Sophia con su cuerpo para protegerla. La cubría por completo mientras le acunaba la cabeza entre los brazos.

Ni siquiera se había vuelto a mirarme.

En ese instante, dejé de existir para él. En sus ojos solo estaba Sophia.

-Señorita, ¿se encuentra bien? -Un camarero se arrodilló a mi lado, alarmado al ver la sangre que teñía mi manga.

Por suerte, solo había sufrido una herida de roce. En cuanto sonó el disparo, los guardias de seguridad derribaron a Ryan y desviaron su puntería. La bala únicamente me rozó el brazo, en lugar de impactarme de lleno.

Aun así, el dolor de la herida no era nada comparado con la agonía que me desgarraba el corazón.

Liam no reparó en mí hasta que llegaron los paramédicos. Al descubrir la mancha carmesí que se extendía por mi manga, abrió los ojos de golpe.

-¡Aria! -Palideció al ver la sangre-. Dios mío, ¿estás herida?

-Estoy bien -susurré.

Pero nada estaba bien. Nada volvería a estarlo jamás.

-Lo siento muchísimo -tartamudeó mientras me ayudaba a levantarme-. Sophia estaba más cerca de mí. Solo reaccioné. Todo ocurrió muy rápido.

Asentí de forma mecánica. Acepté su explicación porque la alternativa era demasiado dolorosa.

Sin embargo, la verdad retumbaba en mi cabeza al ritmo de cada latido: no la había elegido porque estuviera más cerca. La había elegido porque era más importante.

-Tenemos que llevarte a un hospital -insistió.

Por fin parecía preocupado mientras examinaba la herida.

La sala de urgencias era un caos. Mientras el médico me limpiaba y suturaba el brazo, Liam recorría nervioso la pequeña sala de tratamiento de un lado a otro.

-Me diste un buen susto -dijo. Se detuvo frente a mí y me apartó el cabello de la cara-. Cuando vi la sangre...

Durante un instante, me permití creer que de verdad le importaba. Quizá lo ocurrido en el restaurante sí se había debido a la proximidad y al instinto. Quizá no había sido una ventana abierta a su corazón.

Entonces su teléfono vibró.

Liam miró la pantalla y su expresión cambió. Culpa. Urgencia. Algo que jamás había visto cuando me miraba a mí.

Lo supe todo antes incluso de que pronunciara su nombre.

-Es Sophia -murmuró casi a modo de disculpa.

Como si yo debiera comprenderlo. Como si fuera normal abandonar a tu prometida mientras sangraba para correr detrás de tu ex.

-Dice que está sufriendo un ataque de ansiedad... Debería contestar.

-Adelante -respondí con voz vacía.

-Volveré enseguida -prometió.

La puerta apenas se había cerrado tras él cuando las lágrimas que llevaba tanto tiempo conteniendo empezaron a deslizarse por mis mejillas.

Cuando el médico terminó de vendarme el brazo, ya habían transcurrido veinte minutos.

Liam no había regresado.

-La bala la rozó con bastante profundidad -me explicó el médico-. Tiene suerte de que no alcanzara nada vital. Le he recetado antibióticos y analgésicos. Esta noche debería quedarse acompañada.

Asentí en silencio, preguntándome quién se quedaría conmigo, ya que mi prometido tenía asuntos más importantes de los que ocuparse.

-¡Aria!

Lillian irrumpió en la sala de tratamiento, con los ojos muy abiertos por la preocupación.

-Vine en cuanto recibí tu mensaje. Dios mío, ¿estás bien?

-Estoy bien -contesté por reflejo, aunque la mentira me pesó en la lengua.

Lillian recorrió con la mirada la habitación vacía y su expresión se ensombreció.

-¿Dónde está Liam?

No fui capaz de mirarla a los ojos.

-Tenía que contestar una llamada.

-¿Una llamada? ¿Te dispararon y él se fue a contestar una llamada? -Su voz se elevó con cada palabra-. Por favor, dime que no era de quien estoy pensando.

Mi silencio fue respuesta suficiente.

-No. Esta vez no voy a dejarlo pasar. -Cruzó los brazos-. Doce años, Aria. Llevas doce años amándolo, ¿y así es como te lo paga?

-Lili, por favor.

Estaba demasiado agotada, demasiado herida para tener aquella conversación.

-¿Podemos irnos? No quiero pasar la noche en mi casa. Papá se preocuparía demasiado si me viera así.

Cuando llegamos a su apartamento, apenas conseguía mantenerme entera. En cuanto me senté, el nudo que tenía en la garganta terminó por romperse. Las lágrimas brotaron sin control y empaparon la manga de la camisa de Lillian.

Ella se sentó a mi lado y apretó mi mano ilesa entre las suyas. Su calidez era lo único que me mantenía anclada.

-No puedes casarte con él, Aria -dijo con suavidad mientras me secaba una lágrima de la mejilla-. No después de esto.

Negué con la cabeza, intentando respirar entre sollozos.

-No puedo marcharme sin más, Lili... Llevo doce años amándolo.

Tomé aire antes de continuar.

-Nos conocemos desde niños. Él estuvo a mi lado cuando murió mi mamá. Me abrazó durante las peores noches de mi vida. Ha sido... todo para mí. No puedo tirarlo todo por la borda por un solo error.

-¿Un error? -repitió con el ceño fruncido-. Aria, un hombre sacó una pistola y Liam corrió a proteger a Sophia. No a ti. Eso no fue un simple desliz. Fue instinto. Fue su corazón reaccionando antes de que su boca pudiera inventar una excusa.

Clavé la mirada en el frío suelo de baldosas. Tenía la garganta cerrada y el pecho dolorido.

No quería admitirlo, pero tampoco podía negar lo que había visto.

-Me dijo que no había nada entre ellos -murmuré con voz ronca-. Que solo son amigos.

Lillian soltó el aire con un leve temblor y me apretó la mano.

-Sé que lo amas. De verdad. Pero el amor no siempre basta, sobre todo cuando solo ama una de las dos personas. Y, Aria... creo que eres la única que sigue aferrándose.

Sus palabras fueron como cuchillos que se hundían en heridas abiertas, todavía en carne viva. Un dolor intenso empezó a palpitarme en la cabeza.

Sabía que Lillian tenía razón.

Pero ¿cómo podía marcharme ahora? Nuestras familias llevaban meses organizando aquella boda. Todos esperaban el final de cuento de hadas de nuestro romance de doce años.

Y, pese a todo, una parte pequeña y necia de mí aún confiaba en que nuestra historia pudiera terminar bien. En que Liam recordara por qué me había pedido que me casara con él. En que aquel chico que una vez prometió protegerme encontrara el camino de vuelta a mí antes de que fuera demasiado tarde.

-Le daré una última oportunidad -susurré mientras me secaba las lágrimas.

La voz me temblaba. Mis palabras, no.

-Cinco días. Si no puede demostrarme que soy la mujer a la que elige, se acabó. No habrá más excusas. No volveré a mendigar migajas.

Lillian no discutió. Se limitó a atraerme hacia sus brazos y abrazarme como ya lo había hecho cientos de veces cuando éramos niñas.

Cinco días.

Eso era todo lo que pensaba concederle.

Después... tendría que encontrar la manera de recuperarme a mí misma.

Capítulo 2 Traición el día de la boda

Punto de vista de Aria

A la mañana siguiente del tiroteo, desperté con el teléfono vibrando sin parar. La cabeza me latía de dolor. Alargué la mano para cogerlo y me quedé paralizada ante lo que vi.

La noticia se había vuelto viral.

Las redes sociales estaban repletas de comentarios que condenaban a Liam por haber protegido a Sophia antes que a mí durante el ataque.

«Imagínate casarte con un hombre dispuesto a interponerse entre una bala y otra persona... siempre y cuando esa persona no seas tú».

«¿Qué clase de hombre abandona a su prometida en una situación de vida o muerte?».

«Pobre señorita Jones... Se merece a alguien que al menos recuerde con quién está comprometido».

Cada comentario me revolvía más el estómago.

El teléfono sonó. El nombre de mi padre apareció en la pantalla.

-Aria -dijo con severidad, conteniendo apenas la ira-. He visto las noticias. Ese compromiso se acabó. Que me condenen si voy a quedarme de brazos cruzados mientras mi hija se casa con un hombre que la deja sangrando para abrazar a otra mujer.

-Papá, por favor -le supliqué con la voz quebrada-. No fue así. Liam solo... no pensaba con claridad. Tuvo que decidir en una fracción de segundo, en medio del caos.

Mientras lo defendía, una vocecita susurró en mi cabeza: «¿Pero protegerte no debería haber sido su primer instinto?».

-¡Una decisión de una fracción de segundo que podría haberte costado la vida, Aria! ¿Lo entiendes? Si esa bala te hubiera alcanzado en vez de rozarte el brazo...

-Pero no me alcanzó -lo interrumpí, incapaz de soportar siquiera la idea-. Papá, lo amo. Llevamos doce años juntos. Un error no puede borrar todo lo que hemos vivido.

Mi padre guardó silencio durante unos instantes y acabó soltando un profundo suspiro.

-Siempre has sido demasiado indulgente por tu propio bien. Igual que tu madre. Está bien. Pero si alguna vez vuelve a ponerte en peligro...

-No lo hará -le aseguré, aunque la incertidumbre seguía instalada en mi corazón.

Más tarde, Liam llegó acompañado de sus padres, William y Elizabeth White. Elizabeth llevaba puesta una máscara de cortés preocupación; William, en cambio, parecía arrepentido de verdad.

-Aria, querida. -Elizabeth fue la primera en acercarse, con los tacones de diseñador repiqueteando contra el suelo-. Sentimos muchísimo lo ocurrido. Debió de ser aterrador para ti.

Liam dio un paso al frente. Había un arrepentimiento sincero en sus ojos.

-Aria, no puedo expresar cuánto lo siento. No pensaba con claridad. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, me quedé horrorizado. Por favor, perdóname.

Lo miré a los ojos. Aquellos mismos ojos azules de los que me había enamorado en la adolescencia.

Asentí.

-Lo entiendo, Liam. Fue una situación caótica.

Para tranquilizar a nuestras familias y calmar a la opinión pública, difundimos un comunicado conjunto en el que describíamos el incidente como un desafortunado malentendido ocurrido en un momento de pánico. Poco a poco, el frenesí mediático disminuyó y la vida pareció volver a la normalidad.

Durante los días siguientes, Liam se mostró atento y cariñoso. Me acompañó a cada uno de los preparativos de la boda, desde las degustaciones de pasteles hasta las inspecciones del lugar. Su dedicación me hizo creer que lo ocurrido quizá había sido eso: un simple error de juicio en un momento de confusión.

Con cada día que pasaba, mis dudas perdían fuerza. En su lugar crecía la ilusión por nuestra inminente boda.

Por fin llegó el gran día.

La boda de los Jones y los White era el acontecimiento más comentado de la ciudad. Más de mil invitados llenaban el enorme salón de baile, transformado para la ocasión en un escenario de cuento de hadas. Los candelabros de cristal bañaban con una luz tenue las rosas blancas y los lirios que adornaban cada rincón, mientras un cuarteto de cuerda tocaba suavemente de fondo.

Esperaba entre bastidores junto a mi padre, con el corazón desbocado por la emoción. Mi vestido color marfil, confeccionado a medida y cubierto de delicados encajes y adornos de perlas, me hacía sentir como una princesa.

-¿Estás nerviosa, cariño? -preguntó mi padre mientras apoyaba una mano tranquilizadora en mi brazo.

Iba a responderle cuando oí la voz del maestro de ceremonias:

-Y ahora, damas y caballeros, ¡demos la bienvenida a nuestro apuesto novio, el señor Liam White!

El salón estalló en aplausos.

Sin embargo, pasaron los segundos y Liam no apareció.

Los aplausos se fueron apagando hasta quedar sustituidos por murmullos de desconcierto. El maestro de ceremonias trató de mantener la compostura y restó importancia al «pequeño retraso», pero, conforme transcurrían los minutos, hasta él empezó a mostrarse preocupado.

De pronto, se desató un alboroto entre bastidores.

El sonido de una bofetada cortó el aire. Inmediatamente después, se oyó la voz estridente de Elizabeth White:

-¡Liam White, vuelve aquí ahora mismo!

Antes de que pudiera entender qué estaba sucediendo, Liam pasó corriendo a mi lado. Tenía el rostro pálido, pero su expresión era decidida. Se había arrancado el boutonnière de «novio». Nuestras miradas se cruzaron apenas un instante.

-Aria, lo siento -soltó, con el pánico grabado en el rostro-. Sophia se cayó y está herida. No puedo abandonarla así. Vamos... vamos a posponer la boda, ¿de acuerdo? Solo serán unos días.

En ese momento, mi mundo se hizo añicos.

La alegría. La emoción. Todos nuestros sueños de futuro.

Todo desapareció en un instante.

Las señales siempre habían estado ahí, desde el momento en que eligió proteger a Sophia durante el tiroteo. En el fondo, yo lo sabía. Solo había preferido ignorarlo.

El rostro de mi padre se ensombreció de rabia.

-Liam, no puedes simplemente...

Pero Liam ya corría hacia la salida.

Me dejó allí, plantada con mi vestido de novia, rodeada de invitados desconcertados y con todos mis sueños destrozados.

Algo se quebró dentro de mí.

Después de todo lo que habíamos vivido. Después de todos los preparativos. Después de haberlo defendido ante todo el mundo...

Seguía eligiendo a Sophia.

No podía permitir que se marchara. No sin enfrentarse a mí.

-¡Liam! -grité.

Me recogí la voluminosa falda del vestido con ambas manos y corrí tras él. Los tacones se me clavaban en la piel. Cada paso era un doloroso recordatorio de hasta dónde estaba dispuesta a llegar por alguien que jamás haría lo mismo por mí.

Cuando llegué al vestíbulo del hotel, lo vi afuera. Estaba a punto de cruzar la calle para subir a un coche que lo esperaba.

Abrí las puertas de golpe, cada vez más desesperada.

-¡Liam, por favor! -grité al pisar la calzada.

El chirrido de unos neumáticos rasgó el aire.

Me volví y vi un coche negro que daba un volantazo para esquivarme. Al intentar apartarme, perdí el equilibrio y caí con fuerza sobre el pavimento. El blanco inmaculado de mi vestido quedó manchado de suciedad y de la sangre que brotaba de mis palmas raspadas.

A través de las lágrimas, vi que Liam se detenía.

Solo durante un segundo.

Se volvió hacia mí. Nuestras miradas se encontraron en la distancia. Parecía debatirse consigo mismo. Culpable...

Pero aun así subió al coche.

La había elegido a ella.

Otra vez.

Y, en aquel instante, algo dentro de mí murió en silencio.

Capítulo 3 Cásate conmigo

Punto de vista de Aria

Estaba tendida en la cama del hospital, con la mirada fija en el techo blanco y estéril, mientras los analgésicos aliviaban poco a poco el dolor que me palpitaba por todo el cuerpo. Aun así, el sufrimiento físico no era nada comparado con el vacío que se había instalado en mi pecho.

La Sra. White había llamado de inmediato a una ambulancia al verme caer. Cuando llegó mi padre, yo gritaba de dolor, con el vestido de novia rasgado y cubierto de manchas. Encontrarme así, a mí, su única hija, tirada en el suelo con el vestido destrozado, casi acabó con él.

-Mi niña -susurró al tomarme con cuidado entre sus brazos, pese a las protestas de los paramédicos. La voz se le quebró-. Ya estoy aquí. Todo va a salir bien.

Pero nada estaba bien.

Nada volvería a estarlo.

El médico nos aseguró que mis lesiones no eran graves: apenas unos raspones, moretones y esguinces leves que sanarían con el tiempo. La herida que llevaba por dentro, en cambio, parecía mortal.

Cuando la familia White intentó visitarme, mi padre descargó de golpe doce años de frustración contenida.

-Su hijo humilló a mi hija delante de mil personas y la dejó tirada en el suelo, sangrando. ¿Y ahora tienen el descaro de venir aquí? -Su rugido hizo temblar las paredes-. Lárguense antes de que los saque yo mismo.

Nunca lo había visto tan furioso. William White intentó hablar, pero mi padre se negó a escucharlo. Los echó a empujones y cerró la puerta con tanta fuerza que las paredes volvieron a estremecerse.

Mi mejor amiga, Lillian, permanecía sentada junto a la cama, aferrada a mi mano. La ira ensombrecía su rostro, normalmente alegre.

-Ese bastardo -murmuró mientras deslizaba el dedo por la pantalla del teléfono-. ¿Cómo pudo hacerte algo así? Doce años, Aria. ¡Doce malditos años!

No pude responder. Aún intentaba asimilar lo ocurrido.

Liam me había abandonado.

En nuestra boda.

Delante de todas las personas que conocíamos.

Entonces mi teléfono vibró con una notificación. Lillian lo tomó antes de que yo pudiera hacerlo, pero su brusca inspiración me bastó para saber que no eran buenas noticias.

-Lill, ¿qué pasa? -pregunté en un hilo de voz.

Ella vaciló.

-Nada importante. Descansa.

-Lillian Moore -dije con firmeza, extendiendo la mano-. Muéstramelo.

A regañadientes, me entregó el teléfono. En la pantalla aparecía una alerta informativa:

«Última hora: Liam White fue visto entrando en el apartamento de Sophia Clarke apenas unas horas después de abandonar la boda».

Debajo había varias fotografías tomadas por los paparazzi desde el otro lado de la calle. Cada una me atravesó como una bala.

Liam estaba frente a la casa de piedra rojiza de Sophia, con una mano apoyada descaradamente en su cintura. Ella descansaba la cabeza sobre su hombro como si aquel fuera su lugar. En otra imagen, captada a través de una ventana, aparecían abrazados y riendo.

Riendo mientras yo permanecía en una cama de hospital y mi padre se derrumbaba de dolor.

Perdí la sensibilidad en los dedos y el teléfono se me escurrió de la mano. Ya era demasiado tarde. Aquellas imágenes se habían grabado a fuego en mi mente.

-Nunca me quiso -susurré, más para mí misma que para Lillian-. Durante todos estos años, yo solo fui... una opción conveniente. Un reemplazo hasta que pudiera estar con ella.

-No digas eso -replicó Lillian con vehemencia-. ¡Tú vales diez veces más que ella! ¡Cien veces más!

Pero las pruebas eran irrefutables. Desde la sesión de fotos hasta la boda, cada una de sus acciones demostraba que, llegado el momento, Sophia siempre sería la primera opción de Liam.

Yo había vivido aferrada a una fantasía, convencida de que nuestra historia y todos los recuerdos compartidos serían suficientes.

Entre nosotras se instaló un silencio denso, asfixiante, hasta que un sonido en el pasillo lo rompió.

Una voz.

Débil. Tensa.

La voz de mi padre.

Y entonces, un golpe seco.

-¿Papá? -grité, con el pánico cerrándome la garganta.

Lillian corrió hacia la puerta y la abrió de golpe.

-¡Dios mío! ¡Sr. Jones!

Me incorporé a la fuerza y salí de la cama, ignorando el dolor que me atravesó el cuerpo. Mi padre yacía inconsciente en el suelo. Tenía el rostro alarmantemente pálido.

-¡Que alguien nos ayude! -grité al caer de rodillas junto a él-. ¡Por favor, ayuden a mi padre!

Los minutos siguientes fueron un torbellino. El personal médico acudió a toda prisa y varias voces se superpusieron dando instrucciones. Colocaron enseguida a mi padre en una camilla y se lo llevaron, dejándome temblando de miedo en medio del pasillo.

-Va a estar bien -intentó tranquilizarme Lillian, aunque ni ella misma parecía creerlo-. Seguramente sea por el estrés de todo lo que ha pasado hoy.

Mientras esperábamos noticias, se abrieron las puertas del ascensor y aparecieron dos hombres.

Uno era alto e imponente, de facciones marcadas y con una presencia dominante que atraía todas las miradas. El otro, un poco más bajo pero igual de bien vestido, lo seguía un paso por detrás.

Aiden Carter.

Reconocí el nombre al instante.

El heredero del Grupo Carter y el mayor rival empresarial de Liam. Nunca lo había visto en persona, pero su reputación hablaba por él. Con apenas treinta y dos años, había asumido el cargo de director ejecutivo del Grupo Carter cinco años atrás y lo había convertido en uno de los conglomerados más importantes del mundo.

Frío. Calculador. Despiadado en los negocios.

Esas eran las palabras que todos asociaban con él.

¿Qué hacía allí?

Ambos se acercaron y, de pronto, comprendí que Aiden venía directamente hacia mí.

-¿Srta. Jones? -preguntó con voz grave y autoritaria.

Asentí débilmente. Estaba demasiado agotada para preguntarme cómo sabía quién era.

-Soy Aiden Carter -confirmó-. Y él es mi asociado, el Sr. Grant.

-Sé quién eres -respondí con cautela-. ¿Qué quieres?

Señaló mi habitación.

-¿Podemos hablar en privado?

En circunstancias normales, me habría negado. Sin embargo, aquel día no había tenido nada de normal, y la angustia, el dolor y la preocupación por mi padre habían mermado seriamente mi capacidad para pensar con claridad.

En cuanto entramos en la habitación, Aiden Carter fue directo al asunto.

-Yo conducía el coche que estuvo a punto de atropellarte -declaró con total naturalidad-. Di un volantazo para esquivarte y eso hizo que cayeras.

Me quedé mirándolo, tratando de procesar sus palabras.

-Tú... ¿tú eras el conductor?

Asintió una sola vez, sin revelar emoción alguna.

-Quiero ofrecerte una compensación por tus lesiones. Ponle precio.

Después del día que había tenido, su franqueza resultaba casi refrescante. Nada de falsa compasión ni frases vacías. Solo negocios.

-Fue un accidente -respondí, negando con la cabeza-. Me lancé a la carretera sin mirar. En todo caso, debería disculparme yo por haber dañado tu coche.

La sorpresa cruzó su rostro durante un instante tan breve que casi no la percibí.

Antes de que pudiera responder, mi teléfono volvió a vibrar. Esta vez era un mensaje de un número desconocido.

«Hola, Aria. Soy Sophia. Solo quería decirte cuánto siento lo de hoy. Liam nunca quiso hacerte daño, pero sabes que lleva años enamorado de mí. Solo siguió contigo porque se sentía... obligado. Espero que algún día puedas entenderlo y que incluso llegues a alegrarte por nosotros. :)»

Su descaro desató una oleada de ira en mi interior.

No le bastaba con haberme robado al hombre que amaba. Ahora pretendía que la absolviera. ¿Acaso creía que bastaba con recibir mi bendición para limpiar su conciencia?

En aquel instante, algo dentro de mí se rompió.

Había pasado doce años viviendo a la sombra de Liam. Siempre era la novia comprensiva. Siempre anteponía sus necesidades a las mías.

¿Y adónde me había llevado todo aquello?

Estaba sola en una habitación de hospital, con el vestido de novia destrozado. Mi padre se había desplomado por el estrés y los medios me presentaban como una exnovia desesperada e incapaz de soltarlo.

Alcé la mirada hacia Aiden Carter y observé su imponente figura. El mundo empresarial lo temía. Liam lo despreciaba.

Había una extraña simetría en todo aquello. Precisamente el día en que Liam me había roto el corazón, el hombre al que más odiaba se había cruzado por casualidad en mi camino.

Contemplé el rostro severo de Aiden Carter y una idea descabellada empezó a tomar forma en mi cabeza.

Tal vez pudiera vengarme de Liam de otra manera.

-En realidad -dije con una firmeza que hasta a mí me sorprendió-, hay algo que podrías hacer por mí.

Aiden arqueó una ceja y esperó.

-Cásate conmigo.

Démosle a Liam una traición de la que jamás pueda recuperarse.

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