El dolor punzante en mis rodillas era insoportable, pero no me atrevía a dejar de fregar el piso de mármol del gran salón. Hoy era mi decimoctavo cumpleaños. En cualquier otra circunstancia, en cualquier otra familia, este sería el día más importante y sagrado en la vida de una joven. Para un licántropo, cumplir dieciocho años significa el despertar definitivo de su lobo interior y, lo más crucial, la capacidad biológica de percibir la esencia de su compañero predestinado: el alma gemela tejida por los hilos de la misma Diosa de la Luna.
Pero yo no era una loba normal. Según el Alfa y los ancianos de la manada Luna de Plata, yo estaba irremediablemente rota. Mi loba nunca dio una sola señal de vida durante toda mi infancia o adolescencia. Sin velocidad, sin fuerza sobrehumana, sin sentidos agudizados ni capacidad de transformación. Era, a todos los efectos, una simple y patética humana infiltrada en un mundo de depredadores letales. Tras la misteriosa muerte de mis padres hace diez años, mi madrastra y su hija biológica, Aria, se aseguraron de recordarme cuál era mi verdadero lugar en la jerarquía: la escoria, la sirvienta de la manada.
Mientras frotaba con fuerza la mancha de vino tinto que uno de los invitados había derramado a propósito hace unos minutos, escuché las estruendosas risas resonar en el piso de arriba. Toda la manada celebraba por todo lo alto el cumpleaños del futuro Alfa, Caleb, quien irónicamente cumplía años la misma semana que yo. La música vibraba en las gruesas paredes de piedra y el olor a carne asada inundaba el aire, un opulento festín del cual yo, con suerte, solo podría raspar las sobras al amanecer.
De repente, me detuve.
El cepillo de cerdas duras cayó de mis manos temblorosas, haciendo un eco sordo contra el mármol húmedo y jabonoso.
La atmósfera cambió de manera drástica. El persistente tufo a alcohol, perfume barato y sudor de la manada desapareció por completo, siendo reemplazado de golpe por una fragancia embriagadora que me golpeó con la fuerza devastadora de un huracán. Olía a tierra húmeda empapada por la tormenta, a madera de pino oscuro y a un toque intenso de menta helada. Era el aroma más exquisito, adictivo y puro que jamás había percibido en mis dieciocho años de vida, y tiraba del centro de mi pecho con una fuerza magnética, casi dolorosa.
Compañero.
La palabra resonó en mi mente, no como un pensamiento consciente, sino como un eco profundo, antiguo e instintivo. Una chispa de esperanza, cálida, salvaje y brillante, se encendió en la infinita oscuridad de mi corazón. ¡No estaba rota! La Diosa de la Luna no me había abandonado en la miseria. Tenía un compañero predestinado. Alguien en este mundo cruel estaba diseñado para amarme, alguien que me sacaría de este infierno de servidumbre, que secaría mis lágrimas y me protegería con su propia vida.
Me puse de pie de un salto, ignorando los calambres en mis articulaciones y el hecho de que llevaba puesto un vestido de sirvienta andrajoso, desteñido y manchado de espuma grisácea. Mis pies se movieron por voluntad propia, guiados por ese rastro embriagador como una brújula al norte. Subí corriendo las estrechas escaleras de servicio y empujé con desesperación las pesadas puertas dobles de roble que daban al salón principal de la casa.
Cientos de lobos vestidos con sus mejores galas de noche charlaban y bebían champán bajo las deslumbrantes lámparas de cristal. Cuando irrumpí en la estancia, la música pareció bajar de volumen. Algunas cabezas se giraron hacia mí con expresiones de puro asco y burla, murmurando insultos, pero los ignoré por completo. Mi respiración era errática, rápida y superficial. Estaba tan cerca de mi salvación.
Seguí el hilo invisible a través de la multitud, que se apartaba de mi camino como si fuera portadora de una enfermedad contagiosa. Al llegar al centro del majestuoso salón, levanté la vista y mis ojos encontraron al instante la fuente de aquel aroma celestial.
Mi corazón se detuvo en seco. El aliento abandonó mis pulmones.
Era Caleb.
El futuro Alfa de la manada Luna de Plata estaba de pie, innegablemente apuesto y majestuoso en su costoso traje negro a medida, sosteniendo una copa alta de cristal. A su lado, aferrada a su brazo como una hermosa e inquebrantable enredadera espinosa, estaba Aria, mi hermanastra, luciendo un vestido de seda carmesí ceñido al cuerpo que contrastaba cruelmente con mis harapos empapados.
En el preciso instante en que mis ojos castaños se posaron en él, Caleb se tensó por completo. Su postura arrogante se volvió rígida como una estatua de mármol y su intensa mirada dorada cortó el salón hasta chocar violentamente contra la mía. Vi la repentina comprensión inundar sus facciones perfectas. El pecho del Alfa subió y bajó rápidamente, sus pupilas dilatándose por la sorpresa. Él también lo sentía. Él y su lobo sabían que la lisiada sin magia de la manada era su mitad destinada.
Una sonrisa tímida, cargada de una incredulidad esperanzadora, empezó a formarse en mis labios resecos. Di un paso tembloroso hacia él.
Sin embargo, la chispa instintiva en los ojos de Caleb se apagó en una fracción de segundo, siendo sofocada y aplastada por un muro de repulsión, vergüenza y horror absoluto. Recorrió con la mirada mi ropa sucia, mi cabello castaño enmarañado, mis rodillas lastimadas y mis manos agrietadas por los productos químicos y el trabajo pesado. Su labio superior se curvó en una mueca de asco visceral que logró helarme la sangre en las venas.
-No -gruñó, y aunque su voz fue baja, en el repentino y asfixiante silencio que había caído sobre el salón de baile, sonó como el retumbar de un trueno-. Tú no. Esto tiene que ser una broma enfermiza de la Diosa. ¡Cualquiera menos la lisiada!
La sonrisa de Aria se ensanchó, maliciosa, perversa y absolutamente triunfante. Se acercó aún más al pecho de Caleb, susurrándole algo al oído mientras me clavaba una mirada rebosante de victoria. El pánico frío comenzó a asfixiarme, cerrando mi garganta.
-Caleb... -susurré, mi voz sonando apenas como un hilo roto y patético-. Eres tú. Eres mi...
Él soltó una carcajada amarga, carente de cualquier atisbo de humor, y dio un paso al frente, mirándome desde su posición de poder con un desprecio insuperable. Toda la manada nos observaba en un silencio morboso. Podía sentir cientos de miradas burlonas clavándose como agujas en mi nuca.
-Mírate bien al espejo, Eliana -escupió Caleb, señalándome con un dedo acusador como si yo fuera basura en su zapato-. Eres una debilucha, una aberración patética que ni siquiera tiene la capacidad de despertar a una loba. ¿Realmente crees que yo, el futuro Alfa más fuerte de la región, voy a atarme de por vida a una sirvienta inútil y débil? Necesito a mi lado a una Luna fuerte y poderosa que inspire respeto. Necesito a Aria.
Las palabras fueron como espadas al rojo vivo enterrándose lentamente en mi estómago.
Caleb enderezó la espalda y liberó sus feromonas. Su imponente aura de poder y dominio llenó la habitación, obligando a los miembros más débiles de la manada a inclinar la cabeza en sumisión. A mí, en cambio, la presión invisible me aplastó sin piedad contra el suelo duro. Caí de rodillas, jadeando en busca de aire que no llegaba.
-Yo, Caleb, próximo Alfa de la manada Luna de Plata -su voz profunda y autoritaria resonó con el peso de la ley ancestral, haciendo eco de manera destructiva en cada rincón oscuro de mi alma-, te rechazo a ti, Eliana, como mi compañera predestinada. Te rechazo como mi igual, te despojo de cualquier derecho y te rechazo definitivamente como mi Luna.
El impacto del rechazo formal fue inmediato y catastrófico.
Un grito agónico y desgarrador, que no sonó en absoluto humano, rasgó mi garganta. Sentí físicamente como si unas enormes garras llameantes e invisibles atravesaran mi caja torácica, retorciendo y arrancándome el corazón en carne viva. El frágil e invisible vínculo sagrado que acababa de nacer entre nosotros se estaba fracturando en un millón de pedazos cortantes. El dolor físico derivado de la ruptura del lazo espiritual era tan cegador, tan insoportable, que me doblé sobre mí misma, tosiendo y escupiendo bilis sobre el inmaculado mármol que tanto me había costado limpiar.
A través del denso velo de mis lágrimas hirvientes y la agonía pura que consumía cada célula de mi cuerpo, escuché el sonido más cruel de todos: risas. Mi manada, la gente con la que había crecido y a la que había servido obedientemente, se estaba riendo a carcajadas de mi doloroso rechazo. Y sobre todas ellas, destacaba la risa cristalina de Aria, riendo más fuerte que nadie ante mi desgracia.
Caleb me dio la espalda sin un ápice de remordimiento en su postura.
-Sáquenla de mi vista. Su sola presencia me da náuseas -ordenó con frialdad glacial a sus guardias.
No esperé a que los enormes guardias de seguridad me agarraran por los brazos para arrastrarme al calabozo o arrojarme por la puerta trasera. Movida única y exclusivamente por la pura adrenalina ardiente y el instinto ciego de supervivencia de un animal malherido acorralado, me puse de pie a trompicones, tropezando con mis propios pies entumecidos.
Me di la vuelta y corrí.
Corrí con todas las fuerzas que me quedaban a través del inmenso salón, empujando ciegamente a los que se interponían deliberadamente en mi camino para hacerme tropezar. Atravesé las puertas de roble, crucé el vestíbulo principal y salí precipitadamente a la fría y despiadada noche. La tormenta había estallado y la lluvia gélida comenzó a caer a cántaros, empapándome hasta los huesos y mezclándose con mis lágrimas saladas, pero ni siquiera disminuí el ritmo.
Dejé atrás la imponente casa de la manada, dejé atrás las luces cálidas y mi infierno personal. Corrí hacia la negrura absoluta del bosque profundo, ignorando las ramas espinosas que rasgaban mi ropa y cortaban mi piel desprotegida. No me importaban en absoluto las antiguas leyendas, ni las severas advertencias de los ancianos, ni los horrores mortales que supuestamente habitaban en la oscura frontera norte.
Solo quería alejarme. Quería que el dolor se detuviera.
Sin darme cuenta, ciega por la agonía y la traición, mis pies descalzos y ensangrentados cruzaron el límite invisible y prohibido, adentrándose de lleno en las brumosas y aterradoras tierras de la manada Sangre de Ónice.
El mismísimo lugar donde el temible y legendario Rey Alfa aguardaba pacientemente en las sombras.
La lluvia azotaba mi rostro como si la misma Diosa de la Luna estuviera llorando mi desgracia o, quizás, castigándome por mi debilidad. Mis pies descalzos resbalaban en el barro espeso y oscuro del bosque, chocando contra raíces retorcidas y piedras afiladas que desgarraban mi piel. Ya no sentía el frío paralizante de la tormenta de otoño, ni el ardor de los profundos cortes en mis pantorrillas. El dolor físico palidecía ante la agonía sorda, oscura y punzante que irradiaba de mi pecho.
El rechazo de Caleb había dejado un cráter humeante en mi alma. Sentía como si un cordón invisible que me conectaba a la vida y a la esperanza hubiera sido arrancado de cuajo y quemado hasta las cenizas.
No sé exactamente cuánto tiempo corrí a ciegas. Minutos, horas, quizás toda la noche. Los altos pinos que antes reconocía y que bordeaban los límites de mi antiguo hogar se transformaron gradualmente en árboles centenarios, enormes y retorcidos. Sus ramas carentes de hojas parecían garras oscuras extendiéndose hacia el cielo tormentoso, listos para atrapar a los incautos. Una niebla antinatural comenzó a levantarse del suelo húmedo, espesa y de un tono grisáceo mortecino, envolviéndome como un sudario helado.
Sin darme cuenta, cegada por el pánico y las lágrimas, había cruzado la frontera maldita. Estaba de pie en el temido territorio de la manada Sangre de Ónice.
Las historias que los ancianos de Luna de Plata contaban en susurros aterrorizados decían que ningún lobo invasor sobrevivía más de cinco minutos en estas tierras oscuras. Se decía con convicción que el Rey Alfa, Kaelen, gobernaba con puño de hierro y una sed de sangre insaciable. Sus guerreros eran sombras letales, asesinos despiadados que no hacían preguntas antes de desgarrar gargantas, conocidos por no mostrar misericordia alguna ante los intrusos.
Y yo, una simple humana lisiada y rechazada, acababa de entrar corriendo directamente hacia su matadero.
Mis pulmones ardían exigiendo oxígeno, y mis piernas, temblorosas, acalambradas y exhaustas, finalmente cedieron. Tropecé con una enorme raíz oculta bajo el fango y caí de bruces, rodando sin control por un pequeño terraplén hasta chocar violentamente contra el tronco espinoso de un árbol caído. El duro impacto me sacó el aire de los pulmones de golpe. Me quedé allí, tirada e inmóvil en el barro helado, temblando incontrolablemente. La lluvia me golpeaba sin piedad, empapando mis harapos hasta pegarlos a mi piel magullada.
Estaba lista para rendirme. Si la muerte venía a buscarme aquí, en medio de la oscuridad absoluta de este bosque maldito, al menos esperaba que fuera un final rápido y limpio. Ser devorada por bestias salvajes era un destino mucho mejor que vivir el resto de mi inmortalidad como la deshonra marginada de la manada de Caleb. Cerré los ojos con fuerza, esperando que el frío inclemente me arrastrara pronto a un sueño sin retorno.
Pero entonces, un sonido espeluznante cortó el ensordecedor rugido de la tormenta.
Un gruñido profundo, gutural y cargado de una amenaza mortal vibró en el aire pesado, haciendo temblar los guijarros a mi alrededor. Abrí los ojos de golpe, con el corazón bombeando pura adrenalina. A través de la espesa cortina de niebla y lluvia, vi brillar un par de ojos rojos como faros demoníacos. Luego, otro par emergió a mi derecha. Y otro más a mi izquierda.
Eran lobos. Pero no se parecían en absolutamente nada a los centinelas de mi manada. Estos eran auténticos monstruos de pesadilla, bestias descomunales del tamaño de osos, con pelajes negros y grises irregulares que se camuflaban a la perfección en la penumbra del bosque. Me habían rodeado en un silencio perturbador y absoluto. Estaba atrapada.
El pánico primitivo, aquel que todo ser vivo siente cuando se enfrenta a una muerte violenta e inminente, me obligó a retroceder instintivamente, arrastrándome patéticamente sobre el fango hasta que mi espalda chocó contra la áspera corteza del árbol. Los gigantescos lobos cerraron el círculo letal con lentitud sincronizada, mostrando hileras de colmillos blancos, afilados como cuchillos, que goteaban saliva caliente. No había escapatoria posible.
Cerré los ojos de nuevo, apretando los dientes, preparándome para sentir los feroces colmillos desgarrando mi frágil carne en cualquier segundo. "Diosa, te lo suplico, que sea rápido", rogué en silencio.
Sin embargo, el ataque desgarrador nunca llegó.
En su lugar, el viento del norte cambió de dirección de manera brusca y violenta. Y junto con esa ráfaga helada, un aroma completamente nuevo y desconocido barrió el denso y asfixiante olor a tierra mojada, sangre y peligro inminente.
Mis ojos se abrieron de par en par. La respiración se me atascó en la garganta reseca.
Era un olor embriagador, rico, profundo e infinitamente más poderoso que el leve y superficial aroma a bosque y menta de Caleb. Olía a humo cálido de leña crepitante, a madera de sándalo oscuro y al reconfortante e irresistible aroma del chocolate amargo recién fundido. Era una mezcla oscura y sumamente peligrosa, pero al mismo tiempo irradiaba un calor protector que envolvió mi alma destrozada como un escudo de acero impenetrable.
La herida abierta, sangrante y espiritual de mi pecho, el dolor abrasador y vacío que había dejado el cruel rechazo público, pareció adormecerse mágicamente al instante. En las leyendas más antiguas y empolvadas se hablaba de algo casi imposible, un raro mito que nadie cuerdo creía real: el don sagrado de la segunda oportunidad. Un segundo compañero predestinado, concedido por la compasiva Diosa de la Luna única y exclusivamente a aquellos que habían sufrido el dolor más injusto y devastador en su primer vínculo.
Compañero.
Esta vez, la palabra no fue un tímido susurro de esperanza, fue un rugido ensordecedor de certeza absoluta en mi mente.
Los gigantescos lobos asesinos que hace un segundo amenazaban con despedazarme de repente gimieron patéticamente. Sus imponentes posturas agresivas desaparecieron por completo como si hubieran sido golpeados; bajaron las orejas, metieron las gruesas colas entre las patas traseras y se aplanaron temblando contra el suelo fangoso en un acto de sumisión total y absoluta.
De entre las sombras más profundas de los enormes árboles, emergió una figura.
Primero vi a la majestuosa bestia. Era el lobo más colosal, imponente y aterrador que mis ojos hubieran presenciado jamás, empequeñeciendo a los otros monstruos. Su grueso pelaje era del color de la obsidiana más pura, tragándose la poca luz plateada de la luna que lograba filtrarse entre las nubes tormentosas. Sus ojos no eran del común color dorado o rojo sangre, sino de un plateado resplandeciente, casi luminiscente en la oscuridad, llenos de una intensidad salvaje e inteligente que lograba paralizar los sentidos.
El gigantesco lobo negro clavó su mirada en mí, y juro que el tiempo y la lluvia se detuvieron. Emitió un gruñido posesivo, gutural y aterrador que hizo temblar la tierra misma bajo mis dedos heridos. El sonido no amenazaba con lastimarme; era una clara y letal advertencia directa a cualquier ser viviente en kilómetros a la redonda: Ella me pertenece. Intenta tocarla y morirás.
Ante mis propios ojos atónitos, escuché el perturbador crujido de huesos reorganizándose. La gigantesca bestia se transformó en un hombre en cuestión de escasos segundos, sin mostrar el más mínimo signo de esfuerzo o dolor, una clara e innegable señal de su poderío abrumador.
Era excepcionalmente alto, superando fácilmente el metro noventa, con hombros anormalmente anchos y músculos marcados que brillaban húmedos bajo la lluvia torrencial. Su cabello oscuro caía en ondas desordenadas sobre su frente y su rostro era una obra de arte severa y tallada en mármol, de mandíbula tensa y facciones duras, aristocráticas e implacables. Pero fueron sus ojos, todavía brillando peligrosamente con ese irreal fuego plateado, los que me robaron el aliento por completo.
Kaelen. El Rey Alfa. El monstruo sediento de sangre de las peores pesadillas del continente. Y ahora... mi único compañero.
Él caminó hacia mí con zancadas largas, silenciosas y depredadoras, ignorando por completo la furiosa tormenta y a sus temibles guerreros postrados a su alrededor. Yo seguía paralizada en el suelo, temblando violentamente de frío, cubierta de barro asqueroso y harapos rotos, sintiéndome más pequeña, indigna e insignificante que nunca en mi vida.
Se arrodilló lentamente frente a mí en el fango, importándole absolutamente nada arruinar sus finas ropas oscuras. Su imponente presencia era francamente asfixiante y cálidamente protectora al mismo tiempo. Levantó una mano inmensa, cuyos nudillos estaban cubiertos de viejas cicatrices descoloridas, y con una asombrosa delicadeza que contrastaba brutalmente con su apariencia letal, apartó un mechón de mi cabello mojado y sucio de mi rostro lloroso.
Su piel ardía con el intenso calor de una fragua encendida. Al primer roce de sus dedos gruesos, una deliciosa descarga eléctrica recorrió cada centímetro de mi cuerpo herido, sellando definitivamente las grietas de mi alma y haciendo desaparecer el frío de mis huesos.
-Te encontré -murmuró. Su voz era profunda, ronca como el roce de dos piedras pesadas, y estaba cargada de una devoción tan intensa que amenazó con hacerme llorar a mares de nuevo. Sus inescrutables ojos plateados recorrieron mi cuerpo tembloroso, deteniéndose en mis rodillas ensangrentadas, mis manos raspadas y mis pies severamente heridos. Un gruñido sordo e inhumano vibró fuertemente en su ancho pecho, y sus ojos relampaguearon con una furia asesina apenas contenida-. ¿Quién se atrevió a lastimarte, pequeña mía?
Intenté mover los labios para responderle, para advertirle que yo era un fraude sin magia, pero el cansancio extremo, el frío glacial y la montaña rusa de emociones del día finalmente cobraron su alto precio. El bosque lúgubre comenzó a dar vueltas rápidamente a mi alrededor. Mi visión se oscureció abruptamente en los bordes.
Sentí sus fuertes brazos de acero envolverme con firmeza, levantándome del suelo fangoso con la facilidad sin esfuerzo con la que se alza a una pequeña pluma. Me apretó contra su pecho duro como una roca y ardiente como el fuego. El exquisito aroma a humo de leña, sándalo oscuro y chocolate amargo me envolvió por completo, ahuyentando hasta la última sombra de miedo.
-Estás a salvo ahora. Eres mía -fue lo último que escuché en medio de la tormenta, antes de hundirme feliz y exhausta en la reconfortante oscuridad, refugiada para siempre en los brazos del monstruo más temido del mundo.
El despertar no fue abrupto, sino un lento y perezoso ascenso desde las profundidades de un sueño cálido y reparador. Acostumbrada a abrir los ojos en un catre estrecho con un colchón relleno de paja endurecida, rodeada por el olor a humedad y productos de limpieza del cuarto de servicio, mi cerebro tardó varios minutos en procesar la nueva realidad que me rodeaba.
En primer lugar, no sentía frío. Un calor envolvente y reconfortante me abrazaba por completo. En segundo lugar, la superficie bajo mi cuerpo era ridículamente suave, como si estuviera flotando sobre una nube tejida con seda y plumas de ganso. Y, por último, estaba el olor. El embriagador, oscuro y varonil aroma a humo de leña, sándalo y chocolate amargo lo impregnaba absolutamente todo, calando hasta lo más profundo de mis huesos y haciendo que mi corazón latiera con un ritmo acelerado, pero extrañamente pacífico.
Abrí los ojos con lentitud, parpadeando para adaptarme a la luz tenue.
Me encontraba en el centro de una cama colosal, lo suficientemente grande como para acomodar a cuatro personas, envuelta en sábanas de un profundo color borgoña. La habitación era inmensa y exhalaba un lujo austero y masculino. Paredes de piedra oscura, grandes ventanales que mostraban un cielo gris matutino y una inmensa chimenea de mármol negro donde el fuego crepitaba alegremente.
Me senté de golpe, y el pánico amenazó con apoderarse de mí, pero fue sofocado casi de inmediato por la tranquilidad antinatural que me transmitía el lazo de mi nuevo compañero. Miré hacia abajo. Ya no llevaba el andrajoso vestido manchado de espuma y barro de la noche anterior. En su lugar, estaba vestida con una enorme camiseta negra de algodón que me llegaba hasta la mitad de los muslos. Olía intensamente a él. Alguien me había limpiado, vendado cuidadosamente los cortes de mis piernas y curado las profundas heridas de mis pies.
De hecho, no sentía ningún dolor. El cráter agonizante que el rechazo de Caleb había dejado en mi pecho había desaparecido, reemplazado por un calor palpitante, un hilo dorado invisible que vibraba de vida pura.
El suave clic del picaporte de la gruesa puerta de roble me hizo saltar. Me encogí instintivamente contra la cabecera de la cama, atrayendo las pesadas mantas hacia mi pecho como un escudo patético.
Kaelen entró en la habitación.
Si anoche en medio de la tormenta me había parecido un dios de la guerra letal e inalcanzable, a la luz del día era aún más devastador. Llevaba unos pantalones de chándal oscuros y una camiseta ajustada que no hacía absolutamente nada por ocultar los músculos esculpidos de su pecho y brazos. Su cabello oscuro aún estaba ligeramente húmedo, cayendo rebelde sobre su frente. Al verme despierta, se detuvo en seco. Sus ojos plateados, brillantes, intensos e insondables, se clavaron en mí, devorando cada centímetro de mi rostro.
La tensión en el aire era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. El poder que emanaba de él era abrumador, un aura de dominio absoluto que en cualquier otro lobo me habría obligado a aplastar mi rostro contra el suelo en sumisión, pero que ahora, filtrado a través del vínculo de compañeros, solo me hacía sentir protegida.
-Despertaste -su voz fue un murmullo profundo, un barítono ronco que envió un delicioso escalofrío desde mi nuca hasta la base de mi columna-. ¿Tienes dolor?
Negué con la cabeza, incapaz de articular una sola palabra, mis dedos aferrándose a las sábanas hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
Kaelen dio un paso hacia la cama con movimientos lentos y calculados, como si se estuviera acercando a un animal salvaje asustado. Cuando llegó al borde del colchón, se sentó. El colchón se hundió bajo su considerable peso. Levantó una mano inmensa hacia mi rostro. Yo, condicionada por años de maltrato e insultos en la manada Luna de Plata, cerré los ojos con fuerza y aparté la cara instintivamente, esperando el golpe o el insulto.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Cuando volví a abrir los ojos, el rostro de Kaelen se había transformado. La calma había desaparecido, reemplazada por una tormenta de furia asesina contenida. Su mandíbula estaba apretada con tanta fuerza que escuché rechinar sus dientes. Sus ojos plateados destellaron con un peligro letal, pero me di cuenta de que no estaba enojado conmigo. Estaba enojado por mi reacción.
-Nunca -gruñó, su voz vibrando con el poder de un Alfa Supremo-, nunca vuelvas a encogerte ante mí. Jamás te levantaré la mano. Prefiero cortarme mis propios brazos antes de causarte el más mínimo rasguño. ¿Me entiendes?
Asentí, tragando saliva. La sinceridad pura y cruda en su voz me desarmó por completo.
Con extrema delicadeza, sus dedos ásperos acariciaron mi mejilla, apartando un mechón de cabello. Su pulgar rozó mi piel, enviando chispas de electricidad por todo mi sistema nervioso.
-¿Cuál es tu nombre, pequeña mía? -preguntó suavemente, su mirada ablandándose mientras se perdía en mis ojos castaños.
-Eliana -susurré, mi voz apenas un hilo tembloroso-. Eliana de la manada... -me detuve, recordando que ya no pertenecía a ningún lugar-. Solo Eliana.
Los ojos de Kaelen se oscurecieron. Su pulgar se detuvo sobre mi piel. Inhaló profundamente, su nariz rozando mi cuello, aspirando mi aroma.
-Huelo la sombra de una manada en tu sangre, Eliana. Luna de Plata. Pero también huelo algo más... huelo un lazo roto. Sangre y traición -su pecho emitió un gruñido bajo que hizo vibrar el aire-. Alguien se atrevió a rechazarte. Alguien te obligó a correr hacia mi bosque en medio de una tormenta, sangrando y llorando.
Las lágrimas traicioneras picaron mis ojos. El recuerdo de la humillación pública, la risa de Aria y la mirada de asco de Caleb volvió a golpearme.
-Él... era el futuro Alfa -confesé, mirando mis manos-. Caleb. Me rechazó frente a toda la manada anoche.
El rugido que escapó de la garganta de Kaelen hizo temblar los cristales de las ventanas. El aura a su alrededor se volvió tan densa que las sombras de la habitación parecieron retorcerse, respondiendo a su furia desatada. Se levantó de golpe, la pura sed de sangre irradiando de cada uno de sus poros.
-Voy a arrancarle el corazón del pecho con mis propias manos y haré que su manada se ahogue en sus propias cenizas -sentenció, su voz no era una amenaza, era una promesa letal y absoluta.
El pánico me invadió de nuevo. Tenía que detenerlo. Tenía que decirle la verdad antes de que él también me mirara con asco.
-¡No! -grité, extendiendo la mano para agarrar su muñeca. Era como aferrarse a una viga de acero caliente-. Kaelen, escucha. Tienes que entender por qué lo hizo. No debes querer vengarme.
Él me miró, deteniéndose ante mi toque, la ira cediendo ligeramente ante la confusión.
-Él tenía razón al rechazarme -dije, y cada palabra era un cristal roto en mi garganta. Las lágrimas finalmente se derramaron por mis mejillas-. Soy una lisiada. Cumplí dieciocho años anoche y no pasó nada. No tengo loba, Kaelen. No me curo rápido, no tengo fuerza, no tengo magia. Soy una simple humana inútil atrapada en el cuerpo de un lobo defectuoso. Deberías dejarme ir. Si te atas a mí, seré tu mayor vergüenza frente a tu manada.
Cerré los ojos, preparándome para la repulsión, esperando escuchar las mismas palabras que Caleb había escupido. Esperando el segundo y definitivo rechazo que acabaría con mi vida.
Pero en lugar de apartarse, Kaelen volvió a sentarse, atrayéndome bruscamente contra su pecho macizo. Sus brazos me rodearon, aplastándome contra él en un abrazo tan posesivo y feroz que me dejó sin aliento. Enterró su rostro en mi cuello, inhalando mi aroma como si fuera su oxígeno.
-Eres perfecta -susurró contra mi piel, su voz cargada de una devoción que rozaba la locura-. Loba o no, fuerte o humana, eres mi alma, eres mía. Esos idiotas no tenían los ojos para ver el tesoro que estaban pisoteando. Pero yo sí.
Se apartó lo suficiente para acunar mi rostro entre sus enormes manos, obligándome a mirarlo. Sus ojos plateados ardían con una intensidad profética.
-No estás rota, Eliana. Y te juro por la Diosa de la Luna, que los que te hicieron creer esa mentira pagarán con sangre cada lágrima que has derramado. Eres la Reina de Sangre de Ónice ahora, y el mundo entero se arrodillará a tus pies.