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El divorcio la liberó: La emperatriz de la mafia despierta

El divorcio la liberó: La emperatriz de la mafia despierta

Autor: Oliver Thorne
Género: Moderno
Era la heredera de una organización criminal, criada para dirigir el bajo mundo. Durante siete años amó al hombre equivocado, sirviendo a su familia y contribuyendo a forjar su fortuna. Su pago fue la traición: la aventura que él tuvo con su mejor amiga. Durante los tres años que ella pasó en coma, él le susurró entre dientes: "No despiertes". Junto a su cama, continuaron con lo que estaban haciendo, y luego conspiraron para matarla y robarle la empresa. A pesar de todo, ella se despertó y los destrozó, sacudiendo a la alta sociedad con su identidad como la heredera de la mafia y combatiente letal que controlaba la economía del mercado negro. Él le suplicó, pero ella lo apartó de una patada y eligió al hombre que la había esperado durante una década: el mayor traficante de armas del mundo. "Te elijo".
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Capítulo 1 Ella había despertado

En la habitación del hospital, tenuemente iluminada, una mujer que temblaba de pies a cabeza rompió el denso silencio. "Ah... no... Carl... aquí no... Ashlyn todavía está acostada justo ahí. Pase lo que pase, ella sigue siendo tu esposa. No deberíamos hacer esto, especialmente porque ella está en la cama contigua...".

"¿Qué hay que temer?", respondió el hombre con voz baja y burlona. "Ella no puede ver. No puede oír. Y no lo olvidemos: fuiste tú quien me sedujo primero. Y eso que decías ser su supuesta mejor amiga".

"Mmm... Carl... lo sé... De verdad me equivoqué... más despacio... sé más gentil...".

Sobre la cama del hospital yacía una mujer de exquisita belleza, con facciones serenas e intactas incluso en la profunda quietud. A su lado, un hombre y una mujer, con la ropa desordenada y las extremidades entrelazadas, se entregaban al adulterio con un descarado desprecio por el decoro.

Incluso mientras abrazaba a Paulina Ward, Carl Hughes le dedicó solo una mirada fugaz e indiferente a la mujer que había estado inconsciente durante tres largos años. Esa era su esposa, Ashlyn Marsh. Ella parecía no haber cambiado: radiantemente hermosa, eternamente silenciosa, intocable por el paso del tiempo.

Por razones arraigadas en su propia codicia y ambición, Carl deseaba fervientemente que Ashlyn permaneciera dormida para siempre: una eterna bella durmiente que nunca despertaría.

Lo que ninguno de los dos podría haber previsto era que, a lo largo de esos tres agonizantes años, el cuerpo de Ashlyn había estado prisionero en el sueño mientras su mente permanecía dolorosa e ineludiblemente alerta.

No podía abrir los ojos, pero escuchaba cada sonido en la habitación. Y todo le parecía de una crueldad indescriptible.

Cada acto, cada traición susurrada que cometió esa pareja desvergonzada a lo largo de esos interminables meses y años, fue una tortura para sus oídos. Había soportado tres años de implacable tormento psicológico.

Solo en este estado de impotencia Ashlyn comprendió finalmente la amarga verdad de que el hombre por el que había dejado todo atrás, incluso a su propia familia, no era más que un mentiroso consumado, una criatura de engaño y depravación.

Desde el principio, él la había engañado en cada oportunidad.

Carl y Paulina comenzaron a gemir más fuerte; sus movimientos rítmicos y el persistente crujido de la cama alimentaban un incendio de rabia en su interior. Anhelaba levantarse, confrontarlos y matarlos a ambos en ese mismo momento.

Tal vez el torrente de sus emociones surgió más allá de lo soportable, y un dedo, privado de su control durante mucho tiempo tras años de inmovilidad, se agitó con el temblor más leve y casi imperceptible.

Paulina lo notó.

"Carl", jadeó la amante, con la voz teñida de una repentina inquietud. "Te juro que acabo de ver el dedo de Ashlyn moviéndose. Ella... ella no está despertando, ¿verdad?".

"Cálmate, cariño", respondió Carl sin aliento, inclinándose para silenciar a Paulina con un beso. "No hay ninguna posibilidad de eso".

Ante esa declaración, la curiosidad de Paulina solo aumentó. "¿Por qué estás tan seguro?".

"Porque durante los últimos tres años", confesó Carl entre respiraciones agitadas. "He estado añadiendo una droga extranjera especial a sus infusiones, una que asegura que permanezca inconsciente por el resto de su vida".

Esa era la fuente de la inquebrantable confianza de Carl de que su esposa nunca despertaría.

"Ya que estamos en el tema", continuó descuidadamente. "Bien podría contarte el resto. Hace tres años, ese accidente automovilístico no fue ningún accidente. Yo lo orquesté. Necesitaba a Ashlyn incapacitada para que, como su esposo legal, pudiera tomar el control de sus acciones".

La amargura parpadeó en su rostro.

"Si Ashlyn no hubiera ejercido una influencia tan formidable en la empresa, me habría asegurado de que muriera ese día. En cambio, he pasado estos tres años interpretando el papel del esposo devoto, siempre junto a su cama, para que la junta directiva y el personal aceptaran gradualmente mi autoridad. Pero esta farsa se ha prolongado mucho más de lo que debería".

Creyendo que Ashlyn carecía por completo de consciencia, Carl expresó sin dudarlo sus pensamientos más oscuros y sin reservas.

Después de todo, estaba seguro de que su mujer no podía escucharlo y de que dormiría eternamente.

Sin que Carl lo supiera, sus palabras solo avivaron las llamas de la agitación interna de Ashlyn, llevando su angustia a su punto de quiebre.

Así que todo había sido obra suya.

Tres años antes, Ashlyn había aceptado con alegría la invitación de Carl para celebrar su cuarto aniversario de bodas, solo para sufrir un accidente casi fatal.

Siempre había asumido que fue un trágico percance. Nunca había sospechado que él tuviera algo que ver con ello.

Con razón ella había salido gravemente herida mientras Carl, sentado a su lado en el mismo auto de lujo, escapó sin un solo rasguño.

Lo más amargamente irónico de todo era que, en sus últimos momentos de consciencia antes de que el coma la reclamara, le había suplicado a su amiga más querida, Paulina, que cuidara de Carl si algo le pasaba a ella.

Y vaya que lo había cuidado. De hecho, lo había hecho tan bien que acabó directo en su propia cama.

Esto era imperdonable.

Con cada recuerdo de los inmensos sacrificios que había hecho por el bien de Carl, Ashlyn sentía una nueva punzada de dolor en el corazón.

¿Cómo había caído tan bajo? ¿Cómo se había permitido ser tan completamente engañada?

Alguna vez había sido la legítima heredera del Sindicato Deidad, un imperio en las sombras tan formidable que pocos se atrevían siquiera a susurrar su nombre.

Profundamente apreciada por sus padres e idolatrada por sus cinco hermanos mayores, había sido criada como si fuera una princesa en su propio reino.

Excepcionalmente talentosa y ferozmente capaz, había sido preparada meticulosamente por su padre, el líder indiscutible del Sindicato, para heredar su manto, desafiando la tradición al pasárselo a una hija, en vez de a un hijo.

Sus hermanos, sin rastro de resentimiento, habían prometido su lealtad inquebrantable, jurando apoyar su reinado sin cuestionamientos.

Sin embargo, por el bien de Carl Hughes, había renunciado a su amada familia. Había cortado todos los lazos, abandonado su legado y lo había seguido por todo el mundo hasta Giphis. Allí, sin nada más que su propia brillantez y determinación, había construido una empresa próspera desde cero y, por sí sola, había elevado a toda la familia Hughes de la miseria a la prosperidad.

¿Y cómo había pagado la familia Hughes su devoción ilimitada?

Convencidos de que era una huérfana sin parientes que la defendieran, la habían atormentado sin descanso. La madre de Carl, en particular, la había tratado como poco más que una sirvienta, dándole órdenes con la arrogancia casual que uno reservaría para el personal contratado.

En el pasado, Ashlyn lo había soportado todo sin quejarse.

Solo ahora, atrapada en la agonía de la traición, veía lo profundamente equivocada que había estado.

En ese instante, el teléfono de Carl hizo añicos la atmósfera cargada. Con un destello de molestia, se desenredó de Paulina y lo agarró. Al vislumbrar el nombre de la persona que llamaba, su expresión se iluminó al instante y respondió sin demora.

"Maravillosas noticias, Paulina: ¡el banquete está a punto de comenzar!". Tres minutos después, Carl terminó la llamada y se apresuró a volver con su amante. Su expresión era de un regocijo triunfal.

"¿Así que los altos ejecutivos finalmente han aceptado tu propuesta?", preguntó Paulina, con una emoción que superaba incluso a la de Carl.

"Sí. La vieja guardia ha cedido por fin. Esta noche, anunciarán formalmente que asumiré el puesto de Ashlyn. Todos esos años de fingir ser el esposo devoto por fin han dado frutos". Carl apenas podía contener su euforia.

Después de todo, esos mismos ejecutivos alguna vez habían sido ferozmente leales solo a Ashlyn.

"Felicidades, mi amor", ronroneó Paulina, acurrucándose en su abrazo. "¿Y qué hay de mí?".

"No temas", le aseguró Carl, deslizando un brazo posesivamente alrededor de su cintura y atrayéndola para darle un beso prolongado. "Nunca olvido mis promesas. Una vez que mi autoridad sea incuestionable, me casaré contigo".

Un destello frío afiló su mirada. "Y cuando llegue ese día, Ashlyn no tendrá más motivos para respirar".

"¡Carl, te amo más allá de las palabras!", exclamó Paulina, radiante de alegría.

Por fin, su paciencia había sido recompensada.

Tomados de la mano, los asquerosos salieron de la habitación como unos enamorados victoriosos, completamente convencidos de su inminente triunfo.

Nadie notó el profundo cambio que se desarrollaba dentro de la silenciosa habitación del hospital.

La forma inmóvil de Ashlyn comenzó a temblar violentamente, como si el odio mismo corriera por sus venas como fuego fundido. Su consciencia, prisionera durante mucho tiempo, se volvió afilada como una navaja, perforando el velo de oscuridad con una claridad implacable.

La sensibilidad regresó gradualmente a las extremidades que habían permanecido inactivas durante años.

Por fin, en la fría soledad de esa estéril habitación de hospital, los ojos de Ashlyn se abrieron de golpe. Tenían un aterrador y sobrenatural destello rojo.

Por fin había despertado.

Capítulo 2 Jugando a ser el esposo devoto

Dentro del espacioso salón de banquetes del Hotel Serenidad, una ola de aplausos retumbó por la sala mientras el presentador, con su resonante voz, invitaba a Carl al estrado.

Envuelto en atronadores loas, él entró firme y confiado, acompañado por su secretaria Paulina, quien caminaba grácilmente a su lado.

El evento, celebrado en el hotel más lujoso de Giphis y organizado por el Grupo Hughes, había atraído a casi toda la élite de la ciudad. En el recinto se encontaban personas influyentes, así como todos los socios importantes de la empresa.

Todos se habían reunido por una sola razón. Para presenciar el nombramiento del próximo director ejecutivo del Grupo Hughes.

"¡Vaya, el señor Hughes es absolutamente guapísimo!".

"No solo es guapo, lo tiene todo. Exitoso, devoto y completamente leal a su esposa, que ha estado postrada en cama durante tres años. Nunca ha mirado a otra mujer. Y escucha esto. Ella era huérfana".

"Dios mío, esa mujer se sacó la lotería".

"Por supuesto que sí. Hace tres años, incluso Raphael Nelson, el mejor experto médico del país, dijo que no había ninguna posibilidad de que se recuperara. Sin embargo, el señor Hughes nunca perdió la esperanza. Sinceramente, si él fuera tan obstinado, ella no habría durado tanto".

El salón zumbaba con susurros y suspiros de admiración.

Carl escuchó todo esto, y sintió que el orgullo le inflaba el pecho.

En ese momento, Oliver Hall, el representante de la junta, dio un paso al frente y se dirigió a la multitud. "Como todos saben, nuestra anterior directora ejecutiva, la señorita Marsh, no ha podido cumplir con sus deberes durante tres años debido a su grave enfermedad. "Por lo tanto, la junta ha decidido nombrar a un nuevo líder para que asuma sus responsabilidades. Y ese nuevo director ejecutivo es...".

Justo cuando el suspenso llegó a su punto máximo, el agudo tono de una llamada rompió el silencio, interrumpiendo la celebración.

Carl sacó su celular. Al ver el nombre del hospital en la pantalla, se quedó paralizado por una fracción de segundo antes de contestar.

Casi al instante, una enfermera le dio una noticia que cambió su mundo. "Señor Hughes, le llamamos del hospital. Su esposa acaba de despertar. ¿Cuándo puede venir a verla?".

"¿Qué?". Le tembló tanto la mano a Carl que se le cayó el celular.

¿Ashlyn se había despertado? Eso no debía pasar.

Como no quería armar un escándalo, terminó rápidamente la llamada y le dedicó una sonrisa tensa a Oliver. "Solo es un asunto trivial. Por favor, continúe".

En su mente, calculó que, siempre y cuando asegurara las acciones primero, terminaría ganando. Para Ashley era demasiado tarde, incluso si había despertado.

Oliver asintió con cortesía y continuó. "En nombre de la junta, me enorgullece nombrar formalmente al señor Carl Hughes como el nuevo director ejecutivo del Grupo Hughes".

Una ronda de aplausos, cargados de entusiasmo, resonó en el salón.

"Señor Hall, ¿dónde firmamos el acuerdo de transferencia de acciones?". Carl preguntó eso rápidamente, con el pulso acelerado, pues ahora sabía que su mujer había salido del coma.

Oliver negó con la cabeza. "Señor Hughes, el contrato no se firmará esta noche".

"¿Qué? ¿Entonces cuándo?". A Carl se le tensó la expresión, y un destello de inquietud se apoderó de él.

"La firma oficial se llevará a cabo en la conferencia de prensa dentro de tres días, donde lo anunciaremos públicamente. Esta noche fue simplemente el anuncio preliminar". La tranquila explicación de Oliver resonó en los oídos de Carl, pero este sintió que sus palabras eran una burla.

Incluso después de que terminó el banquete y se deslizó en el asiento del conductor de su elegante auto de lujo, seguía aturdido, como si hubiera recibido un golpe.

"Maldita sea".

Le metió un puñetazo al volante, dejando salir su frustración.

"Carl, ¿qué está pasando?", preguntó Paulina, con el ceño fruncido por la confusión.

"Las acciones aún no son mías, y Ashlyn ya despertó", murmuró sombríamente, girando la llave en el contacto. "Vamos al hospital. Tenemos que mantenerla callada por ahora".

***

En la habitación del hospital suavemente iluminada, Carl se inclinó cerca, antes de murmurar con cuidado. "Ashie, acabas de despertar. El doctor dice que necesitas descansar mucho. Come un poco primero. Debes estar muriendo de hambre. No te preocupes por la empresa en absoluto. Yo me encargaré de todo. Tú solo concéntrate en recuperarte".

Recostada contra las almohadas, Ashlyn observó en silencio a Carl y Paulina revolotear alrededor de su lecho.

Si no hubiera estado consciente todo el tiempo, nunca habría creído que, apenas unas horas antes, esos dos habían estado susurrando traiciones justo al lado de esta misma cama.

"Oh, por cierto, Ashie", prosiguió Carl con suavidad. "Consulté con el doctor hace un rato. Dijo que todavía estás extremadamente frágil y que no deberías estar cerca de la radiación de las pantallas. Eso podría retrasar tu recuperación".

Se acercó, apagó la televisión, le dio un golpecito juguetón en la nariz a su esposa y recogió su celular con una sonrisa afectuosa. "Tampoco hay celular por ahora. No es bueno para ti. Solo sé una buena chica y aguanta unos días más".

Hasta que hubiera puesto su firma en esa transferencia de acciones y se hubiera convertido oficialmente en director ejecutivo, a Ashlyn no se le podía permitir, bajo ninguna circunstancia, contactar con el mundo exterior.

Y la empresa no podía enterarse en absoluto de que ella estaba despierta.

Si eso pasaba, cada plan que había tejido durante los últimos tres años se desmoronaría como un castillo de naipes.

"Así es, Ashie", intervino Paulina con dulzura. "Tu salud es lo primero. Con el señor Hughes cuidando de la empresa, puedes relajarte por completo".

Ofreció el consuelo con una facilidad practicada. Incluso se enjugó una lágrima invisible de la comisura del ojo. Nunca apareció ninguna gota, pero su voz destilaba preocupación. "Ashie, esos tres años que estuviste inconsciente... No te imaginas cómo temimos por ti. El señor Hughes y yo vivíamos con el miedo de que nunca volvieras a abrir los ojos. Nos sentábamos aquí mismo todos los días, llamándote por tu nombre...".

Antes, Ashlyn se habría derretido al escuchar esas palabras. Pero ahora, le revolvían el estómago.

"¿En serio?". Una risa suave, casi divertida, escapó de sus labios. "Durante esos tres años de sueño... creo que sí recuerdo haber escuchado sus voces".

Capítulo 3 Ashie, por fin te he encontrado

Esa única y tranquila frase cayó como un rayo sobre Carl y Paulina, quienes experimentaron un escalofrío helado.

¿Podría ser que Ashlyn nunca hubiera perdido realmente el conocimiento durante su coma? ¿Acaso había estado consciente todo el tiempo?

Y si eso fuera cierto, ¿sabía cada palabra traicionera que habían susurrado junto a su cama hacía apenas unas horas?

El destello de pánico puro en sus rostros solo hizo que Ashlyn ensanchara su sutil sonrisa.

"No puedo distinguir muy bien si fue un sueño o algo real", murmuró ella, con voz suave e insegura. "Después de que todo se desvaneció en la oscuridad, mi mente simplemente... se quedó en blanco".

Dejó las palabras en el aire, lanzándoles deliberadamente un salvavidas.

No estaba lista para desenmascararlos; todavía no. Terminar con esto demasiado pronto sería dejarlos escapar con demasiada facilidad.

Ella misma había llevado a Carl hasta donde estaba. Hacerlo caer sería un juego de niños.

Solo entonces Carl y Paulina finalmente respiraron aliviados, y la tensión desapareció de sus hombros. Habían estado paranoicos, dándole demasiadas vueltas al asunto.

"Está bien, Ashie", dijo Carl rápidamente, con un profundo alivio en su voz. "Nada de eso importa ahora. No te esfuerces tratando de recordar. Lo importante es que estás despierta y a salvo".

"Tal vez no deberíamos presionar demasiado a Ashie en este momento", añadió Paulina con una sonrisa amable. "Ya ha pasado por muchas cosas. Habrá mucho tiempo para ponernos al día más tarde".

Aterrorizados de que seguir hablando pudiera despertar recuerdos no deseados, la pareja improvisó una excusa endeble y salió apresuradamente de la habitación.

Mientras prácticamente huían en un torbellino de nervios, Ashlyn sonrió fríamente.

De verdad creían que confiscarle el teléfono la había dejado aislada. ¡Vaya que eran ingenuos!

Si Paulina se hubiera quedado un momento más, habría reconocido al instante el elegante dispositivo que ahora descansaba en la palma de Ashlyn: era el suyo.

Ella lo desbloqueó sin dudarlo y marcó un número que no había tocado en años.

La última vez que había hecho esta llamada fue hace siete años, justo antes de desaparecer del Sindicato Deidad.

La línea se conectó casi al instante.

"¿Hola?".

Al escuchar esa voz familiar, Ashlyn esbozó una sonrisa genuina. Habló en voz baja, pero con un peso inconfundible. "Michael".

"¡Señorita Marsh!".

Al otro lado, Michael Gibson se paralizó, y el teléfono casi se le resbaló de los dedos.

Esa sola palabra fue todo lo que hizo falta. Nadie más poseía esa autoridad silenciosa, del tipo que una vez hizo que todo el bajo mundo se estremeciera.

Solo la mujer que había gobernado por sí sola las sombras globales merecía una reverencia tan instintiva.

"Señorita Marsh... ¡de verdad es usted! Siete años. Siete largos años. Desde que desapareció, la hemos buscado por todas partes. Las cosas se desmoronaron sin usted. Incluso organizaciones de poca monta como Pale Blur nos han estado pisoteando...".

Ashlyn bajó la mirada, con un tono tranquilo pero con filo de acero. "Corre la voz. He vuelto".

***

Ese mismo día, la noticia de que la heredera perdida del Sindicato Deidad, la mujer que había desaparecido sin dejar rastro durante siete años enteros, finalmente iba a regresar, recorrió el mundo como un reguero de pólvora.

La noche cayó sobre Prexfield como una pesada cortina de terciopelo.

La familia Willis se erigía como una de las dinastías armamentísticas más antiguas y sombrías del continente, reina indiscutible del comercio mundial de armas.

En el escenario mundial, su influencia rivalizaba con la del Sindicato Deidad.

Nada de verdadera importancia pasaba desapercibido para ellos; ni un solo susurro en el viento internacional.

En el estudio privado de la extensa finca Willis, un hombre alto y de hombros anchos con un impecable uniforme militar estaba sentado a la amplia mesa de trabajo. Aunque su postura relajada, irradiaba una autoridad silenciosa. Este era Isaac Willis, la mano de hierro que dirigía el imperio armamentístico mundial de la familia.

Sus facciones eran afiladas y llamativas: líneas definidas que enmarcaban una mirada que ardía con una intensidad controlada.

Como siempre, estaba revisando los informes del día sobre las operaciones de la familia.

Un golpe seco en la puerta lo sacó de su concentración.

"Señor Willis", se escuchó una voz urgente desde el pasillo. "Tenemos noticias".

"Habla", dijo Isaac, con un tono cortante y directo.

Su subordinado entró y no perdió el tiempo. "Tenemos una pista sólida. Hemos encontrado a Ashlyn".

Isaac apretó el bolígrafó con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.

Luchó por volver a controlar sus crecientes emociones, pero sus ojos aún lo traicionaban, pues se enrojecieron de forma reveladora mientras preguntaba: "¿Dónde está?".

"En Giphis, la ciudad más grande de Arcridge".

Isaac deslizó una mano en su bolsillo y sacó la fotografía que siempre llevaba cerca.

Miró a la chica de la foto, con su sonrisa radiante y despreocupada, y algo primitivo y ferozmente posesivo brilló en sus ojos, ya desatado.

"Siete años", murmuró, con voz baja y áspera. "Ashie, por fin te he encontrado. Esta vez, no te volveré a perder de vista".

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