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El engaño de su falso amor

El engaño de su falso amor

Autor: : Derk Blaylock
Género: Romance
En medio de un infierno que devoraba el exclusivo hotel de montaña, mi prometido, Éric, extendió su mano. Pero no fue hacia mí, sino hacia Soraya, su primer amor. Me abandonó para salvarla, repitiendo la traición que en mi vida pasada me costó a mi hijo y me llevó a la tumba. Cuando logré salvarme por mi cuenta y llegué al puerto, me encontré no solo con él, sino con mis padres. No les importaba mi vida, solo el acuerdo millonario que nuestro matrimonio representaba. Soraya, con lágrimas en los ojos, me culpó por su sufrimiento. "¡Casi muero por tu culpa!", me gritó. ¿Mi culpa? ¿La culpable era yo por haber sido abandonada? En ese momento, la farsa de mi vida, el compromiso arreglado y la mentira de su amor se hicieron añicos. Rompí el compromiso frente a todos y me fui con el hombre que realmente me salvó, Lázaro Vélez, mi benefactor secreto de toda la vida. Ahora, con su apoyo, no solo fundaré mi propio despacho de arquitectura, sino que competiré contra Éric y mi familia en el proyecto más grande de la ciudad. Esta vez, yo gano.

Capítulo 1

En medio de un infierno que devoraba el exclusivo hotel de montaña, mi prometido, Éric, extendió su mano.

Pero no fue hacia mí, sino hacia Soraya, su primer amor. Me abandonó para salvarla, repitiendo la traición que en mi vida pasada me costó a mi hijo y me llevó a la tumba.

Cuando logré salvarme por mi cuenta y llegué al puerto, me encontré no solo con él, sino con mis padres. No les importaba mi vida, solo el acuerdo millonario que nuestro matrimonio representaba.

Soraya, con lágrimas en los ojos, me culpó por su sufrimiento.

"¡Casi muero por tu culpa!", me gritó.

¿Mi culpa? ¿La culpable era yo por haber sido abandonada? En ese momento, la farsa de mi vida, el compromiso arreglado y la mentira de su amor se hicieron añicos.

Rompí el compromiso frente a todos y me fui con el hombre que realmente me salvó, Lázaro Vélez, mi benefactor secreto de toda la vida. Ahora, con su apoyo, no solo fundaré mi propio despacho de arquitectura, sino que competiré contra Éric y mi familia en el proyecto más grande de la ciudad. Esta vez, yo gano.

Capítulo 1

Ximena Barba POV:

El humo me quemaba los ojos, pero la verdad me quemaba el alma. Arrodillada en el suelo, vi cómo Éric extendía la mano, no hacia mí, su prometida, sino hacia Soraya, el primer amor de su vida.

En ese infierno que se comía el exclusivo retiro de montaña, mi decisión era clara, brutal y definitiva: Éric debía salvar a Soraya. Yo me encargaría de mí misma, como siempre.

El fuego rugía alrededor, devorando la madera noble y los recuerdos. Las llamas lamían las paredes, pintando sombras danzantes sobre el rostro aterrorizado de Soraya. Su voz, un hilo frágil, se rompió al llamarlo.

"¡Éric! ¡Por favor!"

Suplicaba, y cada sílaba era un puñal en mi pecho, no por celos, sino por una vieja herida que se abría de nuevo. Él dudó, sus ojos azules se fijaron en los míos por un instante fugaz, llenos de una culpa que conocía demasiado bien.

Luego, se desvió. Su mirada volvió a ella, a la fragilidad que siempre lo había cautivado. La misma fragilidad que yo, en otra vida, había fingido para mantenerlo a mi lado.

Pero ya no más.

En el rincón más oscuro de mi mente, una voz, mi propia voz, susurró. Era una voz del pasado, de una vida anterior que había terminado en agonía y arrepentimiento. Un susurro de reencarnación que me había perseguido desde que abrí los ojos a este nuevo mundo.

Aquella vida, la anterior a esta, había sido un tormento de maltrato y sumisión. Había amado con una ceguera que me llevó a la perdición, a sacrificar todo por un hombre que nunca me vio. Esa vida me había enseñado el verdadero significado del sufrimiento, la traición.

El fuego crepitaba, y el techo crujía ominosamente. Estábamos atrapados en la suite presidencial del resort "Pico del Sol", un lugar de lujo que ahora era una trampa mortal. La puerta principal estaba bloqueada, el pasillo, una lengua de fuego ardiente.

El oxígeno se volvía escaso, denso con hollín y ceniza. Podía sentir el calor en mi piel, la desesperación en el aire. Éric, un arquitecto con un talento innegable, era el más tranquilo de los tres. Su mente, entrenada para la geometría y la estructura, evaluaba cada grieta, cada viga.

Tenía un instinto natural para la supervivencia, una habilidad para encontrar el camino a través del caos. Y, en este momento, esa habilidad era nuestra única esperanza. Él era nuestra única esperanza.

"Éric, el balcón... ¿podemos usar las sábanas para bajar?" preguntó Soraya, su voz ronca por el humo.

Éric asintió, su rostro cubierto de hollín. "Sí, es posible. Pero solo puedo llevar a uno a la vez. Las sábanas no aguantarán el peso de los tres."

El aire se detuvo. El tiempo se estiró, pesado y lento. Miré a Éric. Sus ojos, antes llenos de culpa, ahora reflejaban una decisión inminente. Sabía lo que iba a elegir. Siempre la había elegido a ella, de una forma u otra.

Una punzada de dolor, aguda y gélida, me atravesó el pecho. No por el abandono, sino por la farsa. Por la vida que habíamos estado viviendo, la mentira que era nuestro compromiso.

No era mi culpa. No era mi culpa que él no me amara. No era mi culpa que mi familia me hubiera obligado a esta unión.

La verdad, a veces, era más hiriente que el fuego.

"Éric", dije, mi voz sorprendentemente firme a pesar del caos.

Me miró, una chispa de esperanza bailando en sus ojos. Él esperaba que yo luchara, que suplicara. Que le diera una excusa para elegirme.

Pero yo ya no era esa mujer.

"Sálvala a ella primero", ordené, y las palabras salieron de mis labios con una frialdad que me sorprendió incluso a mí misma. Su rostro se descompuso.

"Ximena, ¿qué dices?" preguntó, la incredulidad en su voz.

"Sálvala a ella", repetí, señalando a Soraya con un gesto que no admitía réplicas. "Ella es más frágil. Yo puedo esperar."

Una sonrisa amarga curvó mis labios. Una sonrisa que no había sentido en mi vida anterior, donde mi orgullo pisoteado me habría obligado a luchar por la atención de un hombre que no me quería. Pero ahora, con los ecos de aquella vida resonando en mi mente, sabía que la verdadera fuerza no estaba en pelear el amor, sino en reconocer su ausencia.

La expresión de Éric pasó de la sorpresa a una extraña mezcla de alivio y vergüenza. Bajó la mirada, incapaz de sostenerme la vista. Soraya, con sus ojos llenos de lágrimas, me lanzó una mirada furtiva. Parecía una mezcla de gratitud y triunfo.

No me sorprendió. En el fondo, ella siempre había sido así. Frágil por fuera, pero con una voluntad de acero cuando se trataba de lo que quería. Y lo que quería, siempre había sido Éric.

"Gracias, Ximena", susurró Soraya, su voz temblorosa. "Siempre has sido tan buena conmigo."

Éric no dijo nada. Simplemente asintió, una decisión irrevocable grabada en su rostro. Se volvió hacia Soraya, sus manos temblaban mientras desenganchaba las sábanas de la cama.

"No te preocupes, Ximena", dijo Eric, evitando mi mirada. "Volveré por ti. Lo prometo."

Su voz sonaba hueca, una promesa vacía. Una promesa que ya había escuchado antes, en otra vida, de otros labios. Una promesa que nunca se cumplió.

Se ató las sábanas a la cintura y ayudó a Soraya a deslizarse por el balcón. Ella lo abrazó con fuerza, susurrándole palabras de agradecimiento que el fuego ahogó.

Éric no volvió la cabeza. No me miró. Simplemente se deslizó por el balcón, llevándose consigo la única brizna de esperanza que quedaba. Su silueta desapareció en la noche, dejándome sola con el rugido del fuego y el eco de una traición anunciada.

El aire se hizo más pesado, más caliente. Una risa amarga burbujeó en mi garganta. "Volveré por ti", había dicho. Esas palabras, tan llenas de falsedad, resonaban con una crueldad que solo el tiempo podía cincelar.

En mi vida anterior, había creído esas promesas. Había esperado. Y había pagado el precio.

En mi vida pasada, también hubo un hombre. Un hombre que me prometió el mundo, pero me dio el infierno. Un hombre que, en un momento crucial, me abandonó por otra. No en un incendio, no de forma tan literal, pero la esencia era la misma: la preferencia, la traición.

Recuerdo la noche en que mi embarazo se complicó. Él estaba con la otra, una mujer que, al igual que Soraya, se mostraba frágil e inocente. Me prometió que vendría, que me apoyaría. Pero nunca llegó. Perdí a mi bebé sola, en una cama de hospital fría, mientras él se refugiaba en los brazos de su "amor verdadero".

Lo más cruel no fue su ausencia, sino su reacción posterior. Cuando finalmente apareció, no había arrepentimiento en sus ojos, solo una fría indiferencia. Me acusó de ser la causa de todo, de no haber sido lo suficientemente fuerte para mantener a nuestro hijo.

"Es tu culpa", me dijo, la voz desprovista de emoción. "Siempre tan débil, tan dramática".

Luego, con una especie de fría eficiencia, se encargó de los arreglos. El funeral de nuestro hijo fue una formalidad, una muestra de decoro social. Me ofreció dinero, una compensación por mi "pérdida", como si una vida pudiera cuantificarse en billetes.

"No dejes que esto arruine nuestra imagen, Ximena", me advirtió. "Debemos seguir con nuestros planes. El matrimonio está en pie."

Su frialdad me heló la sangre. Había perdido a mi hijo, y él solo pensaba en su reputación, en la fusión empresarial que nuestro matrimonio representaba. La ironía era brutal: en mi vida pasada, me había aferrado a esa unión por miedo, por la necesidad de pertenecer.

En esta vida, las cosas serían diferentes.

La desconfianza en Éric se había clavado como una espina en mi corazón. Ahora, al ver cómo se iba con Soraya, sabía que no volvería. No por mí, al menos. Su amor, su lealtad, siempre habían sido para ella. Él no era un villano, solo un hombre débil, atrapado entre el deber y el deseo.

Y Soraya, la dulce y frágil Soraya. No era una villana tampoco, solo una maestra en el arte de la manipulación. Su vulnerabilidad era su arma más poderosa, y la había usado para encadenar a Éric a su lado.

En el fondo, Éric la amaba. Un amor de la infancia, profundo y codependiente. Un amor que mi presencia, mi compromiso arreglado, solo había interrumpido.

Mis padres, los Barba, habrían estado furiosos con mi decisión. Para ellos, mi vida era una transacción, mi matrimonio, una fusión. Pero ahora, con el fuego lamiendo a mis espaldas, la única transacción que importaba era mi propia supervivencia.

Éric la había salvado a ella. Y yo, Ximena Barba, me salvaría a mí misma. No necesitaba su promesa vacía. Solo necesitaba mi ingenio y mi voluntad de hierro.

Capítulo 2

Ximena Barba POV:

El estruendo del techo al colapsar parte de la suite resonó en mis oídos, un recordatorio brutal del tiempo que se agotaba. Las llamas, antes confinadas, ahora se extendían con una velocidad aterradora. La madera crujía, el cristal explotaba. El aire se volvió irrespirable.

No había tiempo para el sentimentalismo. Éric y Soraya se habían ido. Ahora era mi turno.

Mi mente de arquitecta se activó. Escaneé la habitación con los ojos, buscando una salida, una debilidad en la estructura, algo que pudiera usar. ¿Qué recursos tenía a mi disposición? Las paredes, las ventanas, los muebles.

La suite ya no era un lugar de confort, sino una compleja ecuación de supervivencia. El humo espeso y negro llenaba la parte superior de la habitación. Me arrastré por el suelo, donde el aire era un poco más respirable.

Noté la ventana del baño, más pequeña, pero quizá más accesible. La chimenea estaba a mi derecha, su conducto tal vez ofrecía una ruta. Pero el balcón ya estaba fuera de juego, las sábanas de Éric eran la única forma y no había más.

Debo pensar.

El agua goteaba de una tubería rota cerca del lavabo. No era suficiente para apagar el fuego, pero podría humedecer un paño para respirar. En el armario, un par de mantas gruesas, tal vez de lana, que podrían ofrecer una mínima protección contra el calor si las envolvía alrededor de mi cuerpo.

El agua subía a un ritmo alarmante por el pasillo principal. Había una inundación de proporciones catastróficas, o quizá un sistema de tuberías rotas que se sumaba al incendio. El nivel de mi desesperación también subía.

Abrí el armario con brusquedad, mis manos temblaban, pero mi determinación era de acero. Saqué las mantas, eran pesadas y ásperas. No eran ideales, pero eran algo. En el fondo, encontré una pequeña bolsa de emergencia. Contenía una linterna, un silbato, y una navaja suiza. Pequeños tesoros en este infierno.

Me envolví en las mantas, esperando que me dieran unos minutos extra. El calor era sofocante, el aire pesado. Escuché un crujido aún más fuerte, y parte de la pared se desprendió. El fuego avanzaba, inexorable.

No había otra opción. Tenía que intentar con la ventana del baño.

Corrí hacia el baño, el calor me quemaba la piel incluso a través de las mantas. La ventana era pequeña, pero mi cuerpo era delgado. La navaja en mi mano. Rompí el cristal con un golpe seco, el sonido se perdió en el rugido del fuego. Los fragmentos cayeron, algunos rozando mi piel.

El viento y el humo me golpearon la cara. La ventana daba a un acantilado, y debajo, el lago. Oscuro y traicionero. Era un salto al vacío, pero era una salida.

Me ate las dos mantas a la cintura, no eran muy largas, pero me darían una oportunidad.

Me deslicé por la ventana, mis manos y pies buscando asideros en la pared rocosa. La caída era aterradora, pero el fuego a mi espalda me impulsaba. Un paso, otro. La desesperación se mezclaba con la adrenalina.

Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas. El miedo, esa emoción primal, me pellizcaba la garganta. Pero no podía ceder. No ahora. No después de todo lo que había decidido dejar atrás.

El impacto con el agua fue brutal. El frío me envolvió, un shock para mi cuerpo ardiente. Las mantas me pesaban, me arrastraban hacia abajo. Luché por subir a la superficie, tosiendo, escupiendo agua y hollín. La linterna, atada a mi muñeca, aún funcionaba.

El lago era una extensión oscura, salpicada por los reflejos anaranjados del incendio en la montaña. La orilla parecía lejana, una promesa inalcanzable en la oscuridad. Pero no había otra opción. Tenía que nadar.

Empecé a bracear, cada movimiento era una agonía. Mis músculos, ya agotados, se quejaban. El frío se filtraba en mis huesos. Mis ojos buscaban cualquier señal de ayuda, cualquier luz en la oscuridad.

Una parte de mí quería creer que Éric, después de dejar a Soraya a salvo, regresaría. Pero la otra parte, la que había aprendido las lecciones de una vida anterior, sabía que esa era una esperanza vana. Él ya había hecho su elección. Y yo la mía.

En mi vida pasada, había un lago similar. Una tormenta, una embarcación. Mis gritos de auxilio se perdieron en el viento, mientras él se aferraba a la vida de otra persona, a una promesa que no era para mí. La tormenta había impedido cualquier rescate, y yo me había ahogado en la desesperación, no en el agua.

Pero esta vez, era diferente. Esta vez, yo era la dueña de mi destino.

Nado con más fuerza. La orilla, aunque aún lejana, parecía acercarse milímetro a milímetro. La adrenalina me impulsaba, la rabia me daba fuerzas. No me ahogaría. No de nuevo.

El cielo se oscureció, y gotas de lluvia comenzaron a caer. Primero, ligeras, luego, más intensas. El agua golpeaba mi rostro, mezclándose con mis lágrimas y el sudor. La tormenta se acercaba.

Justo cuando mis fuerzas flaqueaban, una luz. Un tenue resplandor en la distancia. Otra embarcación. ¿Era una ilusión? ¿Un espejismo de mi mente agotada?

"¡Ayuda!", grité, mi voz apenas un susurro ahogado por el viento y la lluvia. "¡Aquí! ¡Ayuda!"

La luz parpadeó, se movió. Se acercaba. Mi corazón se hinchó de una esperanza feroz.

La lluvia se intensificó, convirtiéndose en un diluvio. La visibilidad era casi nula. La pequeña embarcación se acercó, pero luego, para mi horror, comenzó a alejarse.

"¡No! ¡Por favor!", grité, mi voz desgarrada. "¡No me dejen aquí! ¡Por favor!"

Desesperada, saqué el silbato de la bolsa de emergencia y soplé con toda la fuerza que me quedaba. Un sonido agudo, estridente, cortó la furia de la tormenta.

La luz se detuvo. Luego, se volvió. Lentamente, la embarcación se acercó de nuevo. Mis ojos se fijaron en ella, mi mente se aferraba a esa última brizna de esperanza.

Una silueta oscura se alzó en la cubierta. Un hombre. No lograba distinguirlo, pero su presencia era real.

"¡Aquí!", grité de nuevo, soplando el silbato sin descanso.

El hombre levantó un brazo, señalándome. Había sido escuchada. Una ola de alivio, tan profunda que me hizo temblar, me recorrió. Con mis últimas fuerzas, empecé a nadar hacia la luz, hacia la salvación.

Una cuerda con un salvavidas fue lanzada hacia mí. Mis dedos, entumecidos por el frío, se aferraron a ella con una fuerza primigenia. Me arrastraron hacia la embarcación, cada centímetro era una lucha.

Cuando mis manos tocaron la borda, mi cuerpo colapsó. La fatiga me envolvió.

Un par de brazos fuertes me levantaron del agua. El calor de su cuerpo se irradió a través de mi piel empapada y helada. Me sostuvo con una facilidad sorprendente, como si no pesara nada.

Mis pies tocaron la cubierta. Estaba a salvo.

Un gemido escapó de mis labios. Mis músculos se habían rendido. Me desplomé, apenas consciente, en los brazos de mi salvador.

"Estás a salvo", dijo una voz grave, profunda, llena de calma. "Tómalo con calma."

Me sentí como un trapo mojado, sin fuerzas para responder. Solo podía respirar, tratando de absorber todo el oxígeno posible. Mi cuerpo temblaba sin control.

El hombre me observó con una mirada intensa, sus ojos oscuros penetrando los míos. Parecía evaluar mi estado, mi nivel de conciencia. Su expresión era seria, pero no amenazante.

"Necesitas calor", dijo. Me levantó de nuevo, esta vez con una ternura inesperada. Me llevó hacia el interior del barco, un lugar que parecía un refugio en medio del caos.

El interior de la cabina era cálido y seco, un lujo después del infierno y el frío. Me depositó suavemente en un sofá. Luego, se movió con eficiencia, buscando algo en un armario.

"Aquí tienes", dijo, ofreciéndome una toalla suave y una muda de ropa limpia. Era una camiseta grande y unos pantalones de deporte, claramente de hombre, pero secos y acogedores.

Asentí, mis dientes castañeteaban. Quería hablar, agradecer, pero mi boca no respondía. Mis manos temblaban mientras intentaba cambiarme.

Él no me miró. Se dio la vuelta, dándome privacidad, un gesto de respeto que, en ese momento, significaba el mundo. Rápidamente, me quité la ropa empapada, sintiendo el frío del aire en mi piel desnuda. Me puse la ropa seca, la tela suave contra mi piel irritada.

Un golpe en la puerta interrumpió el silencio. Mi salvador abrió. Una mujer alta y delgada, con un uniforme de enfermera, entró con una bandeja.

"Aquí está la sopa, señor Vélez", dijo.

¿Señor Vélez? Ese nombre me sonaba.

Mi salvador asintió con una leve sonrisa. "Gracias, Elena. Por favor, asegúrate de que coma algo".

La mujer, Elena, me entregó un tazón humeante de sopa. El aroma era embriagador. Mis intestinos rugieron. Me había olvidado de lo hambrienta que estaba.

Mientras comía, con una velocidad casi animal, levanté la vista hacia el hombre que ahora me miraba con una expresión de suave preocupación. Su rostro era fuerte, cincelado, con una barba bien cuidada que acentuaba su mandíbula. Sus ojos oscuros eran profundos, inteligentes. Tenía una presencia imponente.

"Gracias", dije, mi voz aún ronca. "Soy Ximena Barba."

Él me observó, una pequeña sonrisa apareció en sus labios. "Lázaro Vélez", respondió, su voz cálida. "¿Te sientes mejor, Ximena?"

Asentí, devorando el último bocado de sopa. La calidez se extendía por mi cuerpo, trayendo un alivio bendito.

"Mucho mejor", respondí.

Él asintió. "Elena es nuestra enfermera de a bordo. Revisará que todo esté en orden. Si necesitas algo más, solo tienes que pedirlo".

Me sorprendió su amabilidad, su nivel de atención. "No es necesario", dije. "Ya me siento bastante bien."

"Insisto", respondió Lázaro, su tono gentil pero firme. "Después de lo que has pasado, es lo mínimo que podemos hacer. Además, con la tormenta, no podremos llegar a puerto por un tiempo. Es mejor que descanses y te recuperes por completo."

Me miró a los ojos, y en su mirada vi una sinceridad que me desarmó. Un brillo de genuina preocupación que no había visto en mucho tiempo. Había algo en él que me resultaba familiar, aunque no podía precisar qué.

Acepté su ayuda, sintiendo una extraña paz en su presencia. Elena me tomó la temperatura, revisó mis pulsaciones. Todo parecía estar en orden, a pesar del shock y el agotamiento.

Lázaro se excusó, dejando la cabina. Escuché su voz, baja y tensa, hablando con Elena en el pasillo. Parecía estar dando instrucciones, su tono era autoritario, pero aún así, transmitía una preocupación subyacente.

Mientras la tormenta golpeaba el barco, me sentí extrañamente a salvo. Afuera, el mundo era un caos. Adentro, en la cabina de Lázaro Vélez, había una calma que no había experimentado en años.

Capítulo 3

Ximena Barba POV:

El calor suave de un té de hierbas me acunaba el cuerpo, pero mi mente vagaba por los pasillos oscuros de mi vida pasada. Cada sorbo era un recordatorio amargo de la fría indiferencia que había soportado.

De vuelta en aquella vida, él, mi entonces esposo, y yo estábamos en la cúspide de un negocio familiar. Una noche, mientras discutíamos sobre una inversión arriesgada, intenté advertirle sobre los peligros. Había investigado a fondo, había visto las señales de alarma.

"Mira, cariño", le dije, tratando de sonar tranquila, "los números no cuadran. Hay algo turbio en esa empresa. Podríamos perderlo todo."

Él se rió, un sonido áspero y despectivo. "Siempre tan miedosa, Ximena. No entiendes de negocios. Déjame esto a mí."

Insistí, mi voz elevándose. "No es miedo, es prudencia. Mis cálculos dicen que es un riesgo demasiado grande."

Fue entonces cuando explotó. Sus ojos se oscurecieron, y un vaso de cristal voló por la habitación, reventando contra la pared. El sonido me hizo encogerme. Nunca me había golpeado, pero la violencia de sus gestos, la rabia en sus ojos, era suficiente para helarme la sangre.

"¡Cállate, Ximena! ¡Ya estoy harto de tus sermones!", gritó. "¡No sabes nada! ¿Crees que eres tan lista con tus jueguitos de números?"

Un escalofrío me recorrió. Mis manos temblaron. Me levanté para alejarme, pero él me agarró del brazo con una fuerza brutal. Su agarre me hizo tambalear. Sentí un dolor agudo, un crujido.

Un gemido de dolor escapó de mis labios. Mi brazo se torció, y una punzada de agonía me atravesó. Lágrimas ardientes brotaron de mis ojos, no solo por el dolor físico, sino por la humillación.

Él me soltó, empujándome. Caí al suelo, mi brazo inútil colgando a mi lado. Él me miró con desprecio, como si yo fuera un insecto molesto.

"Qué dramática", dijo, su voz fría como el hielo. Se sirvió otra copa de coñac. "¿Crees que esto es dolor? El verdadero dolor es perder una inversión de millones por una mujer histérica como tú. Eso sí es un problema."

Las palabras me golpearon más fuerte que el golpe. Mi mente se negaba a procesar lo que acababa de decir. ¿Comparaba mi dolor físico, mi brazo roto, con una pérdida financiera? ¿Me culpaba a mí por su propia impetuosidad?

"¡Estás loco!", exclamé, mi voz temblaba de furia. "¡No puedes hablarme así! ¡No fue mi culpa que esa inversión fuera una locura! ¡Te lo advertí una y otra vez!"

Él se encogió de hombros, indiferente. "Siempre buscando excusas. ¿Sabes? Desde el principio no quería casarme contigo. Fui presionado. Siempre has sido una carga."

Mi corazón se encogió. La ironía era tan grande que casi me partí de risa. Él, que me había prometido amor eterno, que me había convencido de que era mi refugio, ahora me revelaba su verdadera cara. Una máscara de desprecio y resentimiento.

"¿Una carga?", respondí, mi voz ahora llena de un veneno que no sabía que poseía. "¡Tú eres la verdadera carga! Un narcisista patético que solo piensa en sí mismo. ¡Estás enfermo!"

Me levanté del suelo, ignorando el dolor punzante en mi brazo. Salí de la mansión, buscando ayuda médica por mi cuenta. Él no se movió.

Esa noche, algo se rompió dentro de mí. Ya no había amor, ni esperanza, ni siquiera resentimiento. Solo un vacío frío. El recuerdo de esa noche me persiguió, una cicatriz invisible pero profunda.

Y ahora, aquí estaba, en esta nueva vida, con el calor de la mano de Lázaro Vélez en mi frente, mientras me revisaba la temperatura. Su tacto era suave, respetuoso, una antítesis perfecta de aquel monstruo.

Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla. Intenté ocultarla, avergonzada de mi vulnerabilidad. No quería que Lázaro viera mis fantasmas.

"Gracias", susurré, mi voz apenas audible. "Por todo."

Lázaro me miró a los ojos, una expresión de comprensión en su rostro. "No hay nada que agradecer, Ximena. Me alegra que estés a salvo." Su sonrisa era genuina, y me transmitió una paz que rara vez había sentido.

Justo en ese momento, un golpe en la puerta interrumpió el momento. "Señor Vélez, el médico ha llegado."

Era Elena. Lázaro asintió y se giró hacia mí.

"Es el médico del barco. Solo para asegurarse de que todo esté bien."

Asentí, un poco abrumada por tanta atención. El médico, un hombre de mediana edad con gafas, entró con su maletín. Me hizo algunas preguntas, revisó mis signos vitales.

"Solo el shock y la fatiga, señorita Barba", dijo el médico, con la voz tranquila. "Necesita mucho descanso y líquidos. Su temperatura es un poco alta, pero nada alarmante. Le daré algo para el dolor y para ayudarla a dormir."

Lázaro acompañó al médico y a Elena fuera de la cabina. Escuché susurros, palabras ininteligibles que se perdían en el rugido de la tormenta. Miré por la ventana. El cielo estaba completamente cubierto de nubes oscuras, la lluvia caía con fuerza. La visibilidad era casi nula. Me sentí aliviada de estar a bordo de este barco, lejos de un infierno que aún ardía en la montaña.

Lázaro regresó, su rostro reflejaba una preocupación sutil. Se sentó en el borde de la cama, a una distancia respetuosa.

"¿Cómo te sientes ahora?", preguntó, su voz suave.

"Mejor", respondí, mi voz más fuerte. "Realmente, gracias por salvarme. No sé qué habría hecho si no hubieras aparecido."

Él me sonrió, una sonrisa que llegaba a sus ojos. "Me alegra haber estado allí."

Luego, su expresión se volvió más seria. "Cuando la tormenta amaine, te llevaré a casa. Necesitarás contactar a tu familia."

La mención de mi familia me heló la sangre. Mis padres. Los Barba. El compromiso con Éric. El fuego que lo había destruido todo.

No quería volver a esa vida. No quería volver a ser la pieza en su juego de ajedrez corporativo.

Éric, probablemente, ya habría llegado a casa con Soraya. Mis padres estarían furiosos. Su preciado acuerdo matrimonial, su fusión empresarial, todo se había quemado con el resort.

En mi vida pasada, había sido una esclava de esa obligación. Mi matrimonio era una cadena, mi vida, una jaula dorada. Pero ahora, después de la traición de Éric, después de ver la verdadera cara del amor, me sentía... libre.

Libre del peso de las expectativas, de la farsa.

Miré a Lázaro, y una súplica desesperada brotó de mis labios. "Por favor, Lázaro. No me lleves a casa. No puedo volver."

Me levanté un poco, mi voz llena de una urgencia que no pude contener. "Mis padres... ellos solo ven el beneficio. Éric... él nunca me amó. Este compromiso era una mentira."

Mi mano se extendió hacia él, mis ojos imploraban. "Por favor, no me devuelvas a esa vida. No puedo."

En sus ojos oscuros, vi una mezcla de sorpresa y comprensión. Lázaro Vélez. El director de Construcciones Vélez. El benefactor anónimo que había financiado mis estudios en la universidad. El hombre que, en secreto, había hecho posible mi sueño de ser arquitecta. El hombre que ahora me miraba con una profundidad que me hacía sentir extrañamente vulnerable.

Sabía que él era un hombre de principios, un hombre de buen corazón. Tenía que creer que entendería. Tenía que creer que me ayudaría.

Lázaro me sostuvo la mirada, su expresión indescifrable. El silencio se prolongó, solo roto por el golpeteo de la lluvia contra el casco del barco. La tensión llenó el aire.

"Ximena", dijo finalmente, su voz baja y cautelosa. "No soy un refugio. Si te quedas, las cosas no serán fáciles. Tendrás que enfrentar las consecuencias de tus decisiones. Y las mías."

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