"El puesto ha estado esperándote durante tres años, Elaine. Solo basta tu confirmación para que comiences en tu nuevo empleo". La voz al otro extremo del teléfono llegó en un tono relajado, profundo y familiar. Era Evan Mcknight, su antiguo mentor y quien se convirtió en un arquitecto de renombre mundial.
Una hora antes, la chica firmó la autorización para que su hermano menor, Kelsey, fuera trasladado a cuidados paliativos. El tratamiento experimental que podría salvarlo requería un depósito de cincuenta mil dólares, dinero que obviamente no tenía; ya había agotado todos sus ahorros, y a pesar de que su negocio, el cual construyó desde cero con su novio, Brett Vega, era todo un éxito, él le tenía prohibido acceder a los fondos.
El día que decidió empeñar su reloj Patek Philippe, se suscitó un gran revuelo. Brett irrumpió por la puerta, llevando en sus brazos a Daniella Chen, quien lloraba dramáticamente porque se había torcido un tobillo.
Su novio ni siquiera la saludó cuando llegó, pero en el momento que se percató de su presencia, la llevó a un almacén de suministros vacío y la cuestionó en voz baja: "¡¿Qué haces aquí?! No malinterpretes las cosas. Todo esto es parte del plan. Tengo que hacerle creer que tiene el control". Luego le dio quinientos dólares, ordenándole que se marchara antes de que Daniella la viera.
Al percatarse de que su novio creía que estaba ahí solo para pedirle dinero, Elaine dejó que los billetes cayeran al suelo. Él siempre fue muy bueno para mentir y fingir; nunca se preocupó por su dolor o tristeza, viéndola solo como una molestia dentro de su gran plan.
En ese momento, la chica decidió ponerle fin a todo esto; lo sabía con una certeza que se sintió tanto aterradora como liberadora. Era hora de ir a Londres.
Capítulo 1
"El puesto ha estado esperándote durante tres años, Elaine. Solo basta tu confirmación para que comiences en tu nuevo empleo".
La voz al otro extremo del teléfono llegó en un tono relajado, profundo y familiar. Era Evan Mcknight, el mentor al que conoció mientras estudiaba su posgrado, quien ahora era un arquitecto de renombre mundial y vivía en Londres.
"Todos en la oficina conocen tu nombre. Creen que estoy loco por mantener un puesto de socio mayoritario para una estudiante a la que no he visto en siete años".
Elaine Mccray apoyó la cabeza contra la fría y estéril pared de la sala de espera del hospital.
"Está bien, lo tomaré", respondió con una voz plana.
Tras finalizar la llamada, el silencio del pasillo se tornó pesado, roto únicamente por el distante pitido de la máquina que monitoreaba los signos vitales.
Una hora atrás, firmó la autorización para que Kelsey, su hermano menor, fuera trasladado a cuidados paliativos.
El tratamiento experimental que podría salvarlo requería un depósito de cincuenta mil dólares, dinero que ella no tenía; había agotado sus ahorros por culpa de interminables tratamientos convencionales que fallaron.
Su negocio, la firma que construyó desde cero con su novio, Brett Vega, era un éxito, pero no podía disponer de su parte de las ganancias porque él le prohibió acceder a las cuentas bancarias; primero dijo que era temporal, un simple movimiento de negocios, alimentando esta narrativa con toda clase de excusas inventadas.
Elaine se aisló de sus amigos e incluso de su propia familia, por lo que todos pensaban que llevaba una vida perfecta en Nueva York junto a su novio exitoso; nadie sabía que estaba más sola que nunca.
Intentó de todo para conseguir el dinero, pero los bancos rechazaron todas sus solicitudes de un préstamo y amigos con los que no había hablado en años nunca respondieron sus llamadas; su mundo terminó reduciéndose a esta única y desesperada necesidad.
Su pulgar trazó el frío metal del reloj en su muñeca; se trataba de un Patek Philippe, el cual Brett le regaló en su quinto aniversario. Dijo que era una inversión, un símbolo del futuro que forjarían juntos.
Este artículo tenía un gran valor sentimental, ya que se suponía que simbolizaba su red de seguridad, pero ahora, se había convertido en un recordatorio de una promesa que no significaba nada.
Elaine consultó su precio en internet y una tasación rápida ofrecía ocho mil dólares. Parecía una broma cruel; era dinero suficiente para unas pocas semanas más de tratamientos inútiles, pero ni siquiera se acercaban a los cincuenta mil que necesitaba para salvar a su hermano.
Aun así, era algo. La chica respiró hondo, lista para ir a la casa de empeño más cercana y hacer lo que fuera necesario para superar esta adversidad.
Cuando se levantó para irse, escuchó un gran revuelo que provenía desde el final del pasillo; un hombre cruzó la puerta, llevando a una mujer en sus brazos.
La sangre de Elaine se heló; era Brett, y con él venía Daniella Chen.
La pantalla del celular de Elaine se hizo añicos cuando se estrelló contra el linóleo pulido del suelo; la responsable fue una enfermera, quien golpeó su mano y provocó que soltara el teléfono cuando pasó corriendo en cuanto escuchó el alboroto.
Brett ni siquiera miró a su novia; tenía toda su atención puesta en Daniella, quien lloraba dramáticamente por su tobillo torcido. La acunaba como si estuviera hecha de cristal, manteniendo una expresión que simulaba preocupación.
"Ella está recibiendo toda la atención solo porque se torció el tobillo", murmuró una mujer sentada cerca de su esposo. "Así es. Puedes conseguir todo con un poco de drama".
Elaine rápidamente se agachó para recoger su celular roto, procurando en todo momento mantener oculta su cara; no podía dejar que la vieran aquí, al menos no en su condición actual.
Sin embargo, ya era demasiado tarde; después de acomodar a Daniella con la ayuda de una enfermera, Brett vio a su novia.
La expresión en su rostro cambió al instante; se acercó y la tomó del brazo, llevándola a un almacén de suministros vacío. "¿Qué haces aquí?", siseó con una voz baja y urgente.
"¿Y tú qué haces con Daniella?", replicó Elaine.
Los ojos del hombre se fijaron en el pasillo mientras respondía: "No malinterpretes las cosas. Ya te dije que todo esto es parte del plan. Le tengo que hacer creer que ella tiene el control".
Acto seguido, sacó su billetera y tomó unos billetes, colocándolos en la mano de su novia; eran en total quinientos dólares. "¡Vete de aquí antes de que te vea! Si te descubre, arruinarás todo. Confía en mí".
Elaine miró los billetes arrugados en su palma; su novio pensó que estaba aquí por dinero, como si fuera una limosnera.
Ella casi soltó una risa amarga; estaba en el mismo hospital donde se encontraba su hermano, quien iba a morir por culpa de este hombre, creyendo que con dinero podía comprar su silencio.
Sin decir nada, la chica dejó su mano abierta, dejando que los quinientos dólares cayeran al suelo.
Los ojos de Brett se abrieron de par en par mientras un destello de confusión cruzaba por su rostro; estaba acostumbrado a la obediencia y comprensión apacible de su novia, por lo que su reacción lo dejó atónito.
"Elaine, no compliques las cosas", le dijo, suavizando su voz para adoptar el tono manipulador que empleaba cuando quería algo. "Solo un poco más. Estoy a punto de cerrar el trato. Ese penthouse lujoso en el último piso, ya casi es nuestro".
El penthouse, el plan y su futuro juntos, todo se sentía como la historia de vida de alguien más.
En ese momento, Elaine ya no sentía nada; era como si la parte que la hacía procesar la traición acabara de ser extirpada. Ahora, toda su esperanza estaba depositada en Kelsey, internado en una habitación al final del pasillo, con su vida desvaneciéndose con cada pitido del monitor.
Ella lo perdió todo; la compañía que fundó, el hombre al que amaba y a su familia, a quienes simplemente no podía decirles la verdad.
Ahora, lo único que le quedaba era su hermano.
Fue ahí cuando vio todo con claridad; el Brett al que amaba ya se había ido, o quizás nunca existió.
La puerta del almacén chirrió al abrirse, siendo una enfermera la que se asomó para preguntar: "Disculpen, ¿ustedes vienen con la paciente que acaba de ingresar?".
Brett saltó, sorprendido por la intromisión; rápidamente se volvió hacia Elaine, mirándola con unos ojos suplicantes.
Concentrándose de nuevo en la enfermera, su voz otra vez sonó suave y encantadora cuando respondió: "Sí, yo vengo con ella, es mi... colega. ¿Está bien?".
Brett siempre fue bueno para mentir y fingir, y lo que acababa de hacer fue una muestra de ello.
La voz de Daniella resonó por el pasillo, un grito agudo y exigente: "¡Brett! ¡¿Dónde estás?!".
El hombre tomó a Elaine por los hombros y le ordenó: "Ve a casa. Te llamaré más tarde. Prometo que arreglaremos esto".
La miró, esperando que ella asintiera, que aceptara su historia, que se comportara como la novia paciente y comprensiva que siempre fue.
Sin embargo, ella solo lo miró con unos ojos vacíos.
Brett no percibió lo rota que estaba por dentro ni el dolor que la abrumaba, viéndola solo como una molestia para su gran plan.
La soltó y salió corriendo del almacén, con sus pasos resonando mientras regresaba con Daniella.
Elaine se quedó sola en la tenue luz mientras el aroma del desinfectante llenaba sus pulmones; se agachó lentamente, pero no para recoger el dinero, sino para sacudirse la sensación que dejó el toque de su novio en sus brazos.
En ese momento, la chica decidió ponerle fin a todo esto; lo sabía con una certeza que se sintió tanto aterradora como liberadora.
Era hora de ir a Londres.
Dos días después, se realizó con éxito el traslado de Kelsey al centro de cuidados paliativos; los médicos informaron que él se encontraba estable, al menos por el momento, pero esas palabras se sentían como una gran mentira.
Elaine estaba de vuelta en el apartamento que compartía con Brett, sintiéndose como una extraña en su propia casa; el espacio se encontraba repleto de siete años de recuerdos, pero ahora todos estaban manchados.
Brett le envió un mensaje breve esa misma mañana: "Tengo que asistir a una conferencia en Chicago. Regreso mañana. Compórtate durante mi ausencia".
La chica respondió con un par de palabras: "Está bien". Era más fácil ser cortante que pelear.
Ya había enviado por correo electrónico su renuncia al departamento de recursos humanos de la empresa, pero no hubo ninguna respuesta. Sin embargo, esto no la sorprendió, después de todo, su novio ejercía un control absoluto sobre toda la organización.
Mientras empacaba, descubrió que toda su vida cabía en una maleta grande y una bolsa de mano. Planos arquitectónicos, algunos libros que apreciaba mucho y ropa eran los artículos que más se destacaban; el resto eran cosas comunes y corrientes, objetos que pertenecían a una vida que ya no reconocía.
De repente, se escuchó el sonido de una llave girando en la cerradura de la puerta; era la asistente de Brett, una joven llamada Chloe que le era más leal a su jefe que a la empresa.
"Elaine", la saludó la asistente con un tono profesional y frío. "Brett te necesita. Ven conmigo".
Los ojos de Chloe de inmediato se fijaron en la maleta a medio empacar en el suelo. "¿Planeas ir a algún lado?".
Antes de que Elaine pudiera responder, la asistente la sujetó del brazo; la chica ni siquiera se resistió, por lo que fue sacada del apartamento y llevada a un auto negro que esperaba al lado de la acera.
El auto avanzó por las calles hasta llegar a un rascacielos reluciente que se encontraba en las orillas de Central Park; ambas ingresaron y luego tomaron un ascensor privado que las llevó directamente al penthouse en el último piso.
Cuando las puertas se abrieron, las recibió un espacio amplio y vacío; enormes ventanales ofrecían una vista espectacular de la ciudad. Se trataba del proyecto con el que Brett había estado tan obsesionado el último año.
Chloe la llevó a un dormitorio donde esperaban un perchero con ropa de diseñador y una maquillista. "Prepárala", ordenó la asistente antes de retirarse.
Una hora después, Elaine estaba ataviada con un elegante vestido de seda y su rostro cubierto de maquillaje; se sentía como una muñeca, hueca y manipulada.
Brett apareció con una sonrisa triunfal adornando su cara; se colocó detrás de su novia y la atrajo para envolverla con ambos brazos. "¡Mira, Lainey! ¡El futuro que nos espera!".
La chica miró su reflejo en la ventana, perdida en sus propios pensamientos; de repente recordó a Kelsey, quien estaba acostado en una sala estéril, equipada con una ventana donde solo podía apreciarse un muro de ladrillos.
"¿Dónde está el reloj que te regalé?". La voz de Brett llegó en un murmullo, con su aliento acariciando la oreja de Elaine. Él de inmediato se percató de la ausencia del artículo mencionado, el cual tendría que estar en su muñeca. "No me digas que lo perdiste".
Brett ignoró el silencio de su novia y continuó: "Este es el acto final. Hablo de la fiesta de esta noche. Organicé para Daniella una fiesta para celebrar el lanzamiento del proyecto. Se realizará aquí mismo. Frente a todos, le haré creer que lo hice solo por ella".
El hombre la giró, mirándola con unos ojos que brillaban con un fervor intenso. "Y luego, cuando se encuentre en la cúspide de su gloria, voy a despedirla, exponiéndola como el fraude que es. Será perfecto".
Luego habló sobre su futuro, sobre los hijos que tendrían y crecerían en este palacio vacío; incluso mencionó a Kelsey, expresando sus intenciones de internarlo en un hospital donde lo atenderían los mejores médicos.
Sus palabras se sintieron como agujas que atravesaron el corazón de Elaine; sabía que su hermano ni siquiera podía abrir los ojos y que jamás podría contemplar el paisaje que ofrecía este lugar.
Recordó la última vez que él visitó su antiguo apartamento, antes de que cayera gravemente enfermo; se sentó en su pequeño balcón, mirando la franja que dividía al cielo y los edificios. Entonces, le dijo a Brett: "¡Eres el mejor cuñado del mundo!".
Brett le prometió que algún día lo llevaría a vivir a un lugar con una vista impresionante, idéntica a la que ofrecía este penthouse.
Tristemente, ese sueño estaba muerto, desvaneciéndose en el momento que Brett prefirió su juego por encima de la vida de su cuñado.
"Yo...", comenzó Elaine, con las palabras atorándose en su garganta.
Antes de que pudiera terminar, las puertas del ascensor se abrieron de golpe; Daniella Chen irrumpió, exhibiendo una expresión furiosa. "¡¿Así que esta es tu supuesta reunión de negocios?!".
Brett se quedó helado mientras su sonrisa confiada se esfumaba; lucía genuinamente sorprendido.
Daniella continuó su diatriba con unos que ardían salvajemente: "¿Pensaste que podías engañarme? ¿Crees que soy estúpida?".
Sacó de su bolso las llaves del auto de la empresa y se las arrojó al hombre; el metal chocó inofensivamente cuando cayeron sobre el suelo de mármol.
Luego se volvió hacia Elaine, arrancó la placa de vicepresidenta de su chaqueta y la arrojó directamente hacia su rostro.
La esquina afilada logró cortar la mejilla de la chica, provocando que una sola gota de sangre brotara y recorriera su piel dramáticamente.
Sin embargo, su novio ni siquiera se tomó la molestia de mirarla y tampoco corrió a su lado para socorrerla; sus ojos todo el tiempo permanecieron fijos en Daniella.
Elaine vio en su expresión la misma lástima desgarradora, la misma ternura afligida que solía darle solo a ella; la vio de la misma manera cuando murió su madre y también el día en que detectaron la enfermedad de Kelsey.
Ahora, esa mirada le pertenecía a otra mujer, la misma que acababa de agredirla.
Al ver la reacción del hombre, Daniella dejó escapar un sollozo ahogado, con su ira disolviéndose hasta convertirse en una dramática exhibición de dolor. "Jamás creí que serías capaz de hacerme algo así". Se tambaleó de manera exagerada a la vez que se llevaba una mano al pecho.
Brett corrió a su lado, atrapándola antes de que pudiera caer. "Daniella, no es lo que piensas".
Ella lo empujó débilmente. "¡No me toques!".
Elaine intentó hablar para explicar que fue Chloe quien la trajo aquí, que no fue idea suya. "Yo no...".
"¡Cállate!", espetó su novio, atravesándola con unos ojos que emitían una frialdad que nunca antes había presenciado. "¡Solo mantente al margen de esto!".
El cuerpo del hombre estaba rígido, su mente completamente consumida por la mujer que lloraba frente a él.
Elaine se quedó paralizada, con una gota de sangre en la mejilla y su corazón congelándose.
Brett persiguió a Daniella, su voz convirtiéndose en un murmullo desesperado mientras la seguía hacia el ascensor; las puertas se cerraron, dejando a Elaine sola en el penthouse amplio y lujoso.
La maquillista llegó rápidamente con un pañuelo. "¡Señorita Mccray, está sangrando!".
Elaine le hizo un gesto con la mano para apartarla; luego caminó hacia el ventanal y tocó su mejilla, tiñendo sus dedos de rojo.
Sacó su celular, cuya pantalla seguía rota, pero al menos funcionaba; abrió su correo electrónico y envió su carta de renuncia directamente al correo personal de Brett.
En el asunto solo escribió una palabra: "Renuncia". El resto contenía un mensaje igual de contundente: "Renuncio".
Menos de un minuto después, apareció una notificación donde indicaba que acababan de leer el correo. Luego llegó otro mensaje automatizado de Recursos Humanos; su renuncia acababa de ser procesada, siendo hoy el último día en que se presentaría a trabajar en su empresa.
Seguramente Brett lo aprobó todo desde su celular, mientras se encontraba en el ascensor; fue increíble la facilidad con la que él la dejó ir.
La chica se quitó el vestido de seda, dejándolo tirado en el suelo, y volvió a ponerse su ropa sencilla.
Cuando terminó, fue a su oficina para empacar las últimas pertenencias que se llevaría consigo.
Aunque era sábado, el piso del departamento de diseño bullía de actividad; en el instante que entró, escuchó a los empleados cotilleando en voz baja a su alrededor.
"¡Es ella! La mujer a la que Brett abandonó".
"Escuché que Daniella se convertirá en la nueva vicepresidenta y ocupará la oficina de Elaine".
Elaine recordó todas las veces que ayudó a su novio, trabajado incontables noches para terminar sus propuestas, sacrificando sus propios proyectos por el bien de su sueño compartido; al final, todo su esfuerzo no significó nada.
Ignorando las miradas despectivas, la chica avanzó hacia su escritorio solo para descubrir que ya habían retirado su placa de identificación.
Mientras empacaba la última caja, abrió Instagram y lo primero que vio fue una nueva publicación de Daniella.
Era una foto donde aparecía su mano entrelazada con la de Brett. En la descripción decía: "Él dijo que lo nuestro comenzó como un juego, pero su corazón siempre supo la verdad".
En la muñeca de Brett podía apreciarse claramente un reloj Patek Philippe.
La mitad de sus colegas le dieron "me gusta" a su publicación; incluso Brett hizo lo mismo.
Por alguna razón, Elaine sintió una extraña calma; ya no quedaba esperanza que pudiera ser aplastada, permaneciendo solamente la fría y dura verdad.
Elaine llevó su caja al apartamento, el cual ahora se encontraba totalmente vacío. Se sentó en el suelo y comió un vaso de ramen instantáneo; Brett siempre decía que era "comida para pobres" y tiraba cualquier envase que llegara a encontrar en su alacena.
Cuando cayó la noche, se escuchó el sonido de alguien abriendo la puerta. Brett entró, envuelto en el hedor de whisky costoso y una sonrisa adornando su rostro; obviamente logró reconciliarse con Daniella.
Él tropezó con la maleta que estaba junto a la puerta, el pasaporte y el boleto de avión de Elaine salieron volando del interior.
Cuando el hombre los recogió, su sonrisa se convirtió en una mueca burlona que hizo más evidente su estado de ebriedad. "¿Planeas ir a Londres? ¿De verdad vas a huir solo por una discusión insignificante?".
La chica no respondió y simplemente siguió comiendo su ramen.
Brett se acercó y derribó la comida que ella tenía en las manos, provocando que el caldo caliente salpicara sus pantalones de mezclilla.
"Ya te había dicho que esto solo es un juego", dijo él, arrastrando ligeramente las palabras. "Necesitaba calmarla. Dame un mes. Es todo lo que necesito para encontrar una nueva manera de arruinarla. Te lo prometo".
Elaine lo miró con un rostro impasible antes de responder con una voz firme y clara: "Brett, lo nuestro ya terminó...".