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El espejo de doble cara

El espejo de doble cara

Autor: : S. Mejia
Género: Romance
En el frío y despiadado mundo corporativo de Madrid, Elena de la Vega es intocable. Directora implacable, gélida y perfecta, ha construido su carrera destruyendo a hombres como Julián, su rival más directo. Para Julián, ella es una máquina sin sentimientos que acaba de arruinar su última oportunidad de ascenso. Pero toda armadura tiene una grieta. Tras meses de obsesión y vigilancia, Julián descubre el secreto que Elena oculta bajo sus trajes de seda y su mirada de acero: una vez a la semana, la mujer más poderosa de la oficina se arrodilla en la oscuridad del Club Obsidian, entregando su voluntad a manos extrañas para escapar del peso de su propia perfección. Desde las sombras de una cabina privada, separado solo por un cristal de doble cara, Julián se convierte en el espectador silencioso de su rendición. Ahora, él posee la verdad que podría destruirla. Pero en este juego de espejos y poder, la línea entre el odio y la obsesión es peligrosamente delgada. Julián cree que tiene el control, pero observar a Elena romperse podría ser el principio de su propia perdición.

Capítulo 1 El Sabor del Polvo

El café de la sala de juntas sabía a ceniza y a desesperación. Julián dejó la taza de porcelana sobre la mesa de caoba, teniendo cuidado de no hacer ruido, aunque en ese momento el estrépito de un disparo no habría distraído a los hombres que lo rodeaban. Todos miraban a Elena. Siempre miraban a Elena.

Ella estaba de pie frente a la pantalla gigante, señalando con un puntero láser las debilidades del informe de Julián. No gritaba. No necesitaba hacerlo. Su voz tenía esa cadencia monótona, casi aburrida, que resultaba mucho más humillante que cualquier insulto.

-En resumen -dijo ella, apagando el puntero con un clic seco que a Julián le pareció el martilleo de un arma-, el departamento de logística ha basado sus proyecciones en un optimismo que raya en la negligencia. Julián ha ignorado los costos operativos de la última huelga en el puerto de Valencia. Su "proyecto estrella" es, en realidad, un agujero negro financiero.

Julián sintió que el calor le subía por el cuello, una mancha roja que sabía que era visible sobre el blanco inmaculado de su camisa. Se fijó en los dedos de Elena mientras ella cerraba su carpeta. Eran dedos largos, de uñas cortas y perfectamente limadas, sin rastro de esmalte. Se fijó en cómo se ajustaba las gafas de montura negra, un gesto que hacía cuando sabía que había ganado.

-¿Algo que añadir, Julián? -preguntó el CEO, un hombre que medía el valor de las personas solo en dividendos.

Julián abrió la boca, pero las palabras se le quedaron atascadas en una garganta que se sentía llena de arena. Miró a Elena. Ella le devolvió la mirada con una frialdad absoluta, una superioridad que no dejaba espacio para la réplica. En sus ojos no había odio, lo cual era peor; había indiferencia. Él era un obstáculo que acababa de ser removido del camino.

-No -logró decir Julián-. Los números de la licenciada son... correctos.

La reunión se disolvió en un murmullo de sillas arrastrándose y palmadas en la espalda. Elena no se acercó a felicitarse. Simplemente recogió su portátil y salió de la sala sin mirar atrás. Julián se quedó sentado, mirando la marca circular que su taza de café había dejado en la mesa. Tenía ganas de vomitar, pero sobre todo, tenía ganas de romper algo. Preferiblemente algo que le perteneciera a ella.

A las siete de la tarde, la oficina era un mausoleo de luces fluorescentes y aire acondicionado zumbante. Julián estaba en su despacho, a oscuras, viendo cómo la lluvia de noviembre empañaba los rascacielos de Madrid. Se sentía pequeño, un engranaje desgastado que estaba a punto de ser sustituido.

Encendió su teléfono. Tenía un mensaje guardado desde hacía tres días, una dirección en el barrio de Malasaña y una palabra clave: Obsidian.

Había gastado casi diez mil euros en un investigador privado para conseguir esa información. Había sido un proceso sucio: seguirla, sobornar a su chofer, revisar facturas de tarjetas de crédito que ella creía haber borrado. Durante meses, Julián se había obsesionado con la perfección de Elena, con esa fachada de mujer biónica que nunca cometía errores. Se negaba a creer que alguien pudiera ser tan frío sin tener una válvula de escape.

Y la encontró. Una vez a la semana, Elena desaparecía durante tres horas. No iba a un gimnasio, no iba a cenar con amigos. Bajaba a un sótano que olía a sudor y a cuero, donde pagaba para que alguien le recordara que su voluntad no valía nada.

-Hoy es el día, Elena -susurró Julián para sí mismo.

Se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa y se frotó la cara con fuerza. Le dolían los ojos del cansancio. Al mirarse en el cristal de la ventana, ya no vio al ejecutivo derrotado. Vio a un hombre que estaba a punto de entrar en el santuario de su enemiga. No iba a enfrentarse a ella con hojas de cálculo; iba a devorar su secreto con los ojos.

El Club Obsidian no tenía un cartel luminoso. Era una puerta metálica, rayada por el vandalismo, en un callejón que olía a basura mojada y orina. Julián pagó al taxista y bajó, sintiendo que la lluvia le calaba el abrigo. Sus zapatos de piel italiana se hundieron en un charco de agua sucia. No le importó.

Al llamar, una pequeña mirilla se abrió. Julián dijo la palabra y la puerta cedió con un gemido de bisagras oxidadas.

Dentro, el ambiente cambió. El asco del callejón desapareció para dejar paso a un olor denso a incienso, cera de velas y algo más... un rastro metálico, como el de la sangre o el hierro. El vestíbulo era pequeño, con paredes forradas de terciopelo rojo oscuro que parecía absorber el sonido.

-Cabina 404 -dijo el hombre de la recepción, un tipo musculoso con el cuello tatuado que ni siquiera le pidió el nombre-. La sesión empieza en cinco minutos. Recuerde las reglas: nada de fotos, nada de ruido, el cristal es sagrado. Si toca el cristal, está fuera.

Julián asintió, con la boca seca. Caminó por el pasillo, siguiendo las pequeñas luces led del suelo. El club era un laberinto de habitaciones privadas. Podía oír sonidos amortiguados: el chasquido de un látigo, un jadeo rítmico, el murmullo de una voz ordenando algo. Su corazón golpeaba sus costillas con una violencia que le dificultaba caminar.

Entró en la 404. Era un cubículo del tamaño de un probador de ropa. Había una silla de madera vieja, una pequeña repisa con un cenicero y la pared de cristal oscuro frente a él. Al sentarse, notó que el asiento estaba frío. Julián se obligó a calmarse. Sacó un pañuelo y se limpió el sudor de la frente.

Apretó el botón que activaba el sonido de la cabina y el zumbido de los altavoces llenó el espacio. Luego, pulsó el interruptor que aclaraba el cristal.

Al principio, solo vio sombras. Pero luego, la luz roja de la suite se intensificó. Elena estaba allí.

Ya no llevaba el traje gris de la reunión. Estaba de espaldas, quitándose una bata de seda negra. Julián se pegó al cristal tanto que su aliento empezó a empañarlo. No podía apartar los ojos de su piel pálida, marcada por las tiras de su lencería. Vio cómo ella se soltaba el pelo, ese moño perfecto que lo había torturado durante la tarde, y dejaba que cayera sobre sus hombros.

Elena se acercó al espejo, a su ventana. Estaba tan cerca que Julián podía ver las pequeñas pecas en su espalda, una imperfección que la hacía dolorosamente real. Ella no lo veía a él, pero se miraba a sí misma con una expresión de fatiga absoluta. Julián notó que ella temblaba. No era un temblor de frío; era la anticipación de alguien que necesita ser rota para poder seguir funcionando.

-Sé que me estás mirando -pareció decir el gesto de su mandíbula.

Entonces, la puerta de la suite se abrió y un hombre entró. No era un modelo, era un tipo rudo, de manos grandes y movimientos lentos. Marcus. Él caminó hacia ella y, sin mediar palabra, le agarró el mentón con una mano, obligándola a levantar la cabeza.

Julián sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna. Ver a la mujer que controlaba millones de euros siendo tratada como un objeto, viendo cómo sus ojos se cerraban ante el contacto brusco de Marcus, le provocó una satisfacción oscura. Era un secreto tan pesado que casi no podía respirar.

-De rodillas -dijo la voz de Marcus a través de los altavoces, seca y carente de afecto.

Elena no vaciló. Sus rodillas golpearon el suelo con un sonido real, crudo. En ese momento, Julián supo que ya no había vuelta atrás. Ya no eran solo enemigos corporativos. Ahora, él era el dueño de su verdad más sucia, y ella era la presa que, sin saberlo, se estaba desnudando ante su depredador.

Se reclinó en la silla, con las manos apretando los reposabrazos. La función acababa de empezar, y el precio de la entrada había valido cada maldito céntimo.

Capítulo 2 El Cristal Sagrado

El silencio dentro de la cabina 404 era tan denso que Julián podía oír el roce de su propia camisa contra su piel. Fuera, en la suite roja, la realidad se había suspendido. Elena de la Vega, la mujer que esa misma tarde lo había reducido a cenizas con un comentario sobre "aritmética", estaba ahora a menos de dos metros de él, separada solo por una lámina de vidrio reforzado que ella creía que era un espejo.

Julián se inclinó hacia adelante. Sus dedos rozaron el borde de la pequeña repisa de madera. Estaba sudando. No era un sudor de deseo, o al menos eso se decía a sí mismo; era el sudor del cazador que finalmente ve a su presa en la trampa.

-Mírame -ordenó Marcus.

La voz del Dominante salió por los altavoces de la cabina con una nitidez aterradora. Julián vio cómo los hombros de Elena se tensaban. Ella estaba de rodillas, con las manos apoyadas en sus muslos. El contraste era brutal: sus rodillas, acostumbradas a las alfombras de lana de los hoteles de lujo, ahora presionaban el suelo de goma fría del club.

Elena levantó la cabeza. Sus ojos, generalmente afilados como cuchillos, estaban desenfocados, empañados por una mezcla de terror y alivio. Julián nunca la había visto así. Sin sus gafas, sin su postura defensiva, parecía diez años más joven y mil veces más vulnerable.

-¿Qué eres aquí, Elena? -preguntó Marcus, rodeándola como un lobo.

Ella tragó saliva. Julián vio el movimiento de su garganta, el pequeño salto de su pulso en la base del cuello.

-Nada -susurró ella. Su voz, siempre tan proyectada en las juntas, era apenas un hilo-. Aquí no soy nada.

-Más alto.

-Aquí no soy nada -repitió ella, esta vez con una nota de desesperación.

Julián sintió una punzada de triunfo eléctrico. "No eres nada", repitió en su mente. Mañana, en la oficina, ella volvería a sentarse en su trono de cuero, daría órdenes, humillaría a los subordinados y decidiría el destino de miles de euros. Pero Julián sabría que esa mujer era una mentira. La verdad era esta: la mujer arrodillada que suplicaba que le quitaran el peso de su propia existencia.

Marcus se detuvo detrás de ella. Sacó una venda de satén negro de su cinturón. Julián contuvo el aliento. Cuando Marcus cubrió los ojos de Elena, ella dejó escapar un suspiro entrecortado. Ahora estaba completamente a merced de lo que no podía ver. No sabía que Marcus estaba ahí, pero tampoco sabía que Julián estaba justo enfrente, devorando su degradación con una intensidad que rozaba la locura.

Marcus tomó una cuerda fina, de un color crudo que resaltaba contra la piel de Elena. Empezó a atar sus muñecas detrás de la espalda. Los movimientos de Marcus eran técnicos, carentes de cualquier emoción, lo que hacía que la escena fuera más cruda para Julián. Para Marcus era un trabajo, un servicio pagado; para Julián, era una profanación necesaria.

-¿Te duele la espalda, Elena? -preguntó Marcus mientras apretaba el nudo.

-Un poco -admitió ella.

-Es el peso de tus secretos. Aquí te los vamos a quitar todos. Uno por uno.

Julián cerró los ojos un segundo, abrumado por la ironía. Él era el secreto más grande que ella tenía en ese momento, y ni siquiera lo sospechaba. Se preguntó qué pasaría si golpeara el cristal. Si gritara su nombre. Si Elena supiera que el hombre al que llamó "incompetente" estaba viendo cómo Marcus le marcaba los brazos con la soga.

Esa idea lo excitaba y lo aterraba por igual. El poder no estaba en decírselo; el poder estaba en saberlo.

Marcus sacó un pequeño látigo de tiras de cuero flexible, un flogger. El sonido del cuero golpeando el aire antes del contacto fue como un disparo en la cabina silenciosa. Julián vio cómo Elena encogía los hombros, preparándose para el impacto. Sus labios estaban entreabiertos, su respiración se había vuelto errática.

Zas.

El primer golpe fue ligero, un aviso sobre sus omóplatos. La piel de Elena se erizó instantáneamente. Julián se pegó más al vidrio, sintiendo el calor de su propio aliento empañar la superficie. Lo limpió rápidamente con la manga; no quería perderse ni un milisegundo.

Zas.

El segundo fue más fuerte. Una línea rosada empezó a dibujarse en la espalda de ella. Elena soltó un quejido agudo que los altavoces reprodujeron con una fidelidad dolorosa. Fue un sonido que Julián nunca olvidaría. No era el grito de alguien que sufre, sino el de alguien que se está rompiendo bajo una presión que ella misma ha buscado.

-¿Quieres que pare? -preguntó Marcus, bajando el látigo.

Elena negó con la cabeza frenéticamente. Las lágrimas empezaban a resbalar por debajo de la venda.

-No. Por favor. Más.

Julián se sintió mareado. Esa "Elena" era la antítesis de todo lo que él odiaba de ella. La mujer que pedía "más" dolor era la misma que le había negado un presupuesto por un margen del 2%. Era absurdo. Era poético. Era la venganza perfecta.

Sin embargo, a medida que la sesión avanzaba, algo empezó a cambiar dentro de Julián. La rabia inicial, el deseo de verla humillada, empezó a transformarse en algo más oscuro y complicado. Ya no era solo odio. Era una fascinación morbosa, una conexión que no debería existir. Al observar sus debilidades de forma tan íntima, Julián sintió que la conocía mejor que nadie en el mundo. Mejor que sus amantes, mejor que su familia, mejor que ella misma.

Marcus la obligó a ponerse de pie, todavía vendada y atada. La llevó hacia el centro de la habitación, justo debajo de la luz roja. La piel de Elena brillaba por el sudor.

-Mañana volverás a ser la reina -dijo Marcus al oído de ella-. Volverás a despreciar a los débiles. Pero esta noche, Elena, eres solo un cuerpo que recibe lo que yo decida darte.

Julián apretó los puños. "Yo debería estar ahí", pensó de repente. El pensamiento lo golpeó como un mazazo. No quería que Marcus la tocara. Quería ser él quien le pusiera la venda, quien le marcara la piel, quien escuchara sus secretos. El voyeurismo, que antes le parecía suficiente, ahora se sentía como una condena. Estaba en una jaula de cristal, condenado a mirar pero nunca a tocar, a saberlo todo pero a no poder reclamar nada.

De pronto, Marcus se detuvo. Miró directamente hacia el cristal de la cabina 404. Julián se quedó petrificado, olvidando que para Marcus el cristal también era un espejo. Pero Marcus sonrió levemente, una sonrisa de profesional que sabe que el espectador está disfrutando.

Marcus tomó el extremo de la cuerda que unía las muñecas de Elena y le dio un tirón, obligándola a arquear la espalda.

-Diles adiós a tus sombras, Elena -dijo Marcus.

Él desató la venda. Elena parpadeó, deslumbrada por la luz roja. Durante un segundo eterno, sus ojos se fijaron directamente en el lugar donde Julián estaba sentado. Sus pupilas estaban dilatadas, su mirada perdida. Julián dejó de respirar. Sabía que ella no podía verlo, pero la intensidad de su mirada lo hizo sentir desnudo.

Ella se miró en el espejo -en Julián- y por primera vez, él no vio a la ejecutiva ni a la sumisa. Vio a una mujer perdida en un laberinto que ella misma había construido.

La sesión terminó poco después. Marcus le puso la bata de seda y le dio un vaso de agua. Elena bebió en silencio, recuperando poco a poco su compostura. Julián vio cómo, con cada segundo que pasaba, la máscara de hierro se volvía a ensamblar sobre su rostro. Se recogió el pelo. Se puso las gafas. Se ajustó la bata.

En menos de cinco minutos, la sumisa había desaparecido. La directora de logística de de la Vega Corp estaba de vuelta.

Julián apagó el sonido y el cristal volvió a oscurecerse. Se quedó en las sombras de la cabina, escuchando el eco de su propia respiración agitada. Elena saldría por la puerta principal en unos instantes, subiría a su coche y volvería a su ático de lujo. Mañana, a las nueve de la mañana, lo vería en el ascensor y posiblemente ni siquiera le daría los buenos días.

Pero algo había cambiado para siempre. Julián se levantó, sintiendo que el suelo bajo sus pies ya no era firme. Tenía el poder de destruirla con una sola palabra, con una sola foto, con un solo susurro en la oficina. Pero mientras salía del club Obsidian hacia la lluvia de Madrid, se dio cuenta de que ya no quería destruirla.

Quería poseer el secreto. Quería volver a esa cabina. O mejor aún, quería que el cristal desapareciera.

Sacó su teléfono y buscó el número personal de Elena en la agenda de la empresa. No la llamó. Solo se quedó mirando el nombre en la pantalla mientras caminaba hacia su coche. La intriga ya no era qué ocultaba ella, sino qué iba a hacer él con ese conocimiento.

Porque mañana, en la oficina, la aritmética de Elena ya no le daría los mismos resultados.

Capítulo 3 El Juego de las Máscaras

La luz del sol que entraba por los ventanales de la oficina era blanca, quirúrgica y cruel. Julián no había dormido más de tres horas. Cada vez que cerraba los ojos, la retina le devolvía el negativo de la espalda de Elena, marcada por líneas rosadas, y el eco de su voz suplicando por algo que no fuera "aritmética".

Eran las 8:55 de la mañana. Julián estaba en el área común de la planta ejecutiva, de pie frente a la cafetera automática. El zumbido de la máquina parecía un taladro en su cabeza. Tenía el pulso acelerado, pero por fuera, su rostro era una máscara de neutralidad estudiada. Había elegido su mejor traje azul marino y se había afeitado con una precisión casi obsesiva.

Entonces, el ascensor se abrió.

Elena de la Vega salió de la cabina como si fuera la dueña del aire que todos respiraban. Llevaba un traje sastre de color crema, zapatos de salón beige y su maletín de cuero italiano. Caminaba con esa zancada firme y rítmica que Julián antes detestaba. Hoy, sin embargo, sus ojos se fueron directos a sus tobillos. Ayer, esos mismos tobillos estaban rodeados por una cuerda de cáñamo. Hoy, estaban envueltos en seda de alta costura.

Ella se detuvo a pocos metros de él para revisar algo en su teléfono. Julián la observó en silencio. La transformación era perfecta. No había rastro de las lágrimas, del sudor o de la sumisión. Elena levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los de él.

-Buenos días, Julián -dijo ella. Su voz era el mismo carámbano de hielo de siempre. Ni una grieta. Ni un titubeo.

-Buenos días, Elena -respondió él, sosteniéndole la mirada más tiempo de lo que dictaba el protocolo-. Pareces... descansada.

Elena frunció ligeramente el ceño. Fue un movimiento casi imperceptible, pero Julián lo detectó. Ella no estaba acostumbrada a que él le hablara con esa seguridad, y mucho menos con ese tono de familiaridad implícita.

-He dormido bien, gracias -respondió ella con frialdad-. Espero que el informe de traspaso que te pedí ayer esté listo. Lo necesito antes de la reunión de las diez.

-Está en tu mesa. Aunque -Julián dio un paso hacia ella, invadiendo ligeramente su espacio personal- me tomé la libertad de añadir algunas notas sobre "riesgos ocultos". Creo que ayer no fuimos del todo conscientes de lo que ocurre bajo la superficie.

Elena lo miró fijamente. Por un segundo, Julián creyó ver una sombra de duda en sus pupilas. ¿Podía ella oler el club en él? ¿Podía sentir que él había estado en la 404? No, era imposible. El cristal era unidireccional, las reglas de Obsidian eran estrictas. Para ella, él seguía siendo el rival incompetente al que había humillado.

-Revisaré esas "superficies" cuando tenga tiempo -sentenció ella, dándose la vuelta para ir a su despacho.

Julián sonrió para sus adentros. La adrenalina era mejor que el café.

La reunión de las diez se celebró en la misma sala que la del día anterior. El ambiente era tenso. El CEO estaba presente, evaluando el presupuesto del próximo trimestre. Elena dirigía la sesión, moviéndose con la seguridad de una depredadora.

-Por lo tanto -concluía Elena, señalando una gráfica en la pantalla-, los recortes en el departamento de Julián son necesarios para mantener el margen de beneficio. Es una decisión puramente estructural.

Todos los presentes asintieron. Julián, que normalmente habría saltado a defender su territorio con argumentos técnicos que ella destrozaría, se limitó a reclinar su silla. Se llevó el bolígrafo a los labios y la observó.

Se fijó en cómo ella movía la mano izquierda para pasar la diapositiva. Al estirarse, el puño de su blusa se deslizó un par de centímetros hacia arriba. Julián lo vio: una mancha violácea apenas visible, una sombra de color uva justo en la cara interna de la muñeca. La marca de la cuerda de Marcus.

Un calor abrasador recorrió el cuerpo de Julián. El secreto no era solo una idea en su cabeza; era una huella física que ella llevaba a la sala de juntas.

-¿Tienes algo que objetar, Julián? -preguntó el CEO, extrañado por su silencio-. Pareces muy distraído hoy.

Julián se enderezó lentamente. La mesa estaba en silencio. Elena lo miraba con desprecio, esperando que él empezara a tartamudear una defensa débil que ella pudiera aplastar.

-En absoluto -dijo Julián, con una voz clara y profunda que hizo que Elena parpadeara-. Estoy de acuerdo con Elena. A veces, para que un sistema funcione, es necesario que alguien ceda el control totalmente. Hay una cierta belleza en la rendición, ¿no crees, Elena?

El silencio que siguió a esas palabras fue tan espeso que se podría haber cortado con un cuchillo. Los demás directivos se miraron entre sí, confundidos por el giro filosófico de Julián. Pero Elena... Elena se quedó petrificada.

Su mano, la que sostenía el mando de la pantalla, tembló ligeramente. Fue un segundo, nada más. Pero fue suficiente. Ella sabía que esa frase no era casual. "Ceder el control", "belleza en la rendición". Palabras que pertenecían al sótano de Malasaña, no al piso cincuenta de un rascacielos.

-No entiendo a qué te refieres con esa terminología, Julián -respondió ella. Su voz era firme, pero sus ojos estaban llenos de una alerta roja, una alarma que gritaba peligro.

-Me refiero a la eficiencia, por supuesto -continuó él, disfrutando de cada sílaba-. A veces hay que dejar que otros tomen las riendas para ver dónde están los verdaderos límites. Pero no te preocupes, Elena. Sé guardar muy bien la información confidencial.

El CEO dio por terminada la reunión poco después, pero el daño -o el triunfo- ya estaba hecho. Los directivos salieron de la sala, dejando a Julián y a Elena solos. Ella se acercó a él antes de que pudiera levantarse. Sus rostros estaban a escasos centímetros. El olor a perfume cítrico de ella se mezclaba con la tensión eléctrica del momento.

-¿Qué crees que estás haciendo? -susurró ella. Sus ojos ardían de rabia, pero también de algo que se parecía mucho al pánico.

-Solo mi trabajo, licenciada -respondió Julián, levantándose con calma-. Revisando los riesgos ocultos.

-Si vuelves a soltar una de tus estupideces poéticas en una reunión, me encargaré personalmente de que no encuentres trabajo ni barriendo calles.

-¿Y qué harás, Elena? ¿Me vas a castigar? -Julián bajó la voz hasta convertirla en un murmullo que solo ella podía oír-. ¿O vas a dejar que alguien más lo haga por ti?

Elena retrocedió como si le hubiera dado una bofetada. Su rostro palideció hasta volverse del color de su traje. Abrió la boca para decir algo, pero no salieron palabras. Por primera vez en la historia de de la Vega Corp, Elena de la Vega estaba sin respuesta.

Julián recogió sus papeles y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y la miró por encima del hombro.

-Por cierto, la próxima vez deberías usar un poco más de corrector en las muñecas. La luz de esta sala es... poco compasiva con los secretos.

Julián salió de la sala y caminó por el pasillo sintiéndose como un dios. Había cruzado la línea. Ya no era solo un observador; ahora era un participante activo en su doble vida. Pero mientras entraba en su despacho, una duda empezó a corroerlo. Había mostrado sus cartas demasiado pronto. Elena era una mujer peligrosa y, ahora que sabía que él sabía, no se quedaría de brazos cruzados.

Se sentó en su silla y encendió el ordenador. Tenía un correo electrónico nuevo. No tenía asunto. El remitente era una dirección encriptada que él reconoció de inmediato: el servicio de mensajería del Club Obsidian.

Abrió el mensaje. Solo había un archivo adjunto. Una foto.

Julián sintió que se le helaba la sangre. No era una foto de Elena. Era una foto de él mismo, entrando al club la noche anterior, tomada desde una cámara de seguridad oculta en el callejón. Debajo de la foto, una sola frase en letra negrita:

"El cristal tiene dos caras, Julián. Y alguien más estaba mirando."

Julián se levantó de la silla, el corazón golpeándole el pecho como un tambor. Miró a través del cristal de su despacho hacia la oficina de Elena. Ella estaba allí, sentada tras su mesa, mirándolo fijamente a través del vidrio. No estaba enfadada. No estaba asustada.

Estaba sonriendo. Una sonrisa lenta, cruel y absolutamente triunfante.

Julián comprendió entonces que el juego no había terminado. Solo acababa de subir de nivel. Y en este nuevo tablero, él ya no sabía quién era el cazador y quién la presa.

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