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El extraño bosque de Lubru

El extraño bosque de Lubru

Autor: : Ema gris
Género: Fantasía
En el bosque de Lubru, donde los susurros parecen tener vida, una antigua maldición espera ser despertada. Cuando varios niños desaparecen sin dejar rastro, Nil y Martí emprenden una búsqueda desesperada que los arrastrará al corazón de un misterio que desdibuja los límites entre lo real y lo sobrenatural. Allí, entre tormentas, símbolos grabados en piedra y el acecho del temible Skoll, descubrirán que la oscuridad no siempre se esconde entre los árboles, sino también en el alma de quienes más amamos.

Capítulo 1 Prólogo

En lo profundo de un bosque donde los gritos se mezclan con el crujir de las hojas, se dice que habita una maldición.

Pocos se atreven a cruzar sus límites, y quienes lo hacen aseguran sentir una presencia invisible a su alrededor. Silbidos a lo lejos. Susurros al oído. Sombras que se desvanecen al girar la mirada.

Algunos cuentan que quienes pisan ese suelo maldito adquieren un poder inexplicable.

Otros, en cambio, afirman que ningún don puede romper el hechizo lanzado por la criatura que reina allí: una mujer de fuerza ancestral, sin piedad, cuyo aspecto cambia entre el día y la noche.

El bosque la alimenta, y cada luna la vuelve más poderosa.

Nadie ha osado enfrentarse a ella... hasta ahora.

Un grupo de aventureros está dispuesto a intentarlo.

Y Edward Fenton, el único que conoce la verdad, ha decidido convertir su secreto en un juego mortal para sus nietos.

Se dice que el bosque de Lubru está vivo.

Que sus raíces guardan los secretos de una hechicera olvidada, y que quienes se atreven a cruzarlo no regresan siendo los mismos... si regresan.

Tras la misteriosa desaparición de sus hijos, Nil y Martí emprenden una búsqueda contrarreloj a través de tormentas, cuevas y señales que parecen hablarles desde el pasado.

Guiados por un amor que supera el miedo, y perseguidos por Skoll -una criatura nacida del odio y la magia prohibida-, descubrirán que hay fuerzas mucho más antiguas y crueles que la muerte misma.

Mientras los niños intentan sobrevivir entre sombras y engaños, los adultos deberán enfrentar sus propios demonios y decidir hasta dónde están dispuestos a llegar por salvarlos.

Capítulo 2 El bosque de Genestaza

Genestaza era un pequeño pueblo donde muchos misterios esperaban ser resueltos.

Sus habitantes estaban convencidos de que algo más habitaba allí, además de los lugareños. Algunos cazadores, que pasaban noches enteras internados en el bosque, aseguraban haber visto a un hombre transformarse en lobo.

Una noche, consumidos por el terror de sentirse perseguidos por aquel ser temible, se ocultaron desesperadamente para no ser descubiertos. Juraban haber visto figuras extrañas moverse entre los árboles, presencias tímidas, quizás invisibles, que parecían no querer ser vistas.

Los rumores crecieron, y tanto los cazadores como los niños curiosos que se atrevían a entrar en el bosque contaban versiones similares.

Las leyendas abundaban en la comunidad, aunque algunos escépticos insistían en que todo era solo un rumor.

Durante el mes de junio -un mes caluroso y de intensas lluvias donde la vegetación crecía alta y salvaje-, Nil Antezana se preparaba para ir al campo, como cada mañana.

Pero esa vez su viaje se retrasó: el paso hacia el otro lado del bosque estaba bloqueado por la crecida del río.

Nil y su familia eran muy queridos, aunque los vecinos los consideraban un tanto misteriosos.

Tenía tres hijos: Ander, Gael y Jon.

Los dos mayores eran trigueños, como su padre; el más pequeño, Jon, era rubio como el sol e idéntico a su madre, Sarah.

También vivía con ellos Boomer, un husky siberiano descendiente de lobos.

Gael sospechaba incluso que su mascota era un híbrido, mitad perro, mitad bestia salvaje.

Hacia el norte, colinas abajo, vivían los Troncoso, sus vecinos y grandes amigos: Martí y Amanda, junto con sus hijas Triana y Gadea.

Las niñas eran pelirrojas, de cabello largo y rizado, tan parecidas que muchos las confundían con mellizas, aunque solo las separaba un año de edad.

Su padre les había regalado dos caballos, y solían cabalgar al atardecer.

Desde las montañas, los caminos, la vegetación y el cielo cobraban un color dorado que hacía del paisaje un lugar verdaderamente mágico.

Nil y Martí se habían hecho inseparables desde que se conocieron.

Cuando Nil llegó a Genestaza buscando trabajo, Martí lo recomendó con el señor Bill Fenton, dueño del campo.

Bill era un anciano de voz gruesa, siempre apoyado en su bastón. Amable a primera vista, aunque algo en su mirada hacía pensar que ocultaba secretos.

De joven, Bill había tenido una vida dura. Con los años se volvió extraño, silencioso.

Algunos vecinos decían haberlo visto en noches de luna llena, caminando hacia el bosque a altas horas de la madrugada. Nadie sabía por qué.

A veces, Nil y Martí llevaban a sus hijos al campo. Mientras las niñas montaban sus caballos, los niños escuchaban fascinados las historias del viejo Bill.

Él contaba que, cuando era niño, su padre lo llevaba a recoger leña en pleno invierno... y que allí, en el corazón del bosque, lo vio transformarse en lobo.

Ese hombre lobo era Edward Fenton, su propio padre.

Los niños quedaban maravillados. El viejo Bill narraba sus anécdotas entre carcajadas que terminaban siempre en una tos seca.

Aquellas historias se convirtieron en su obsesión.

Al día siguiente, los niños decidieron descubrir la verdad.

Ander y Gael acordaron encontrarse con Triana y Gadea cerca de una vieja estación de tren abandonada, devorada por las malezas. Era el punto perfecto para su encuentro secreto.

Sabían que, si sus padres lo descubrían, estarían en graves problemas. Pero la curiosidad fue más fuerte.

Tomaron sus sombreros -el sol de junio era implacable- y Boomer, fiel como siempre, los siguió sin dudar.

Mientras tanto, las hermanas Troncoso escapaban por la puerta trasera de su casa, procurando no hacer ruido.

Después de un largo recorrido, llegaron al punto acordado. Ander fue el primero en hablar:

-¿Alguien tiene dudas de seguir? -preguntó-. Es peligroso. En el pueblo dicen que nadie sale vivo del bosque... y los pocos que lo logran terminan en un manicomio.

-Gracias por el dato, Ander -respondió Gael, con tono desafiante-. Ahora sí que estamos más tranquilos. Pero iremos igual.

-¿Y si todo es un invento del viejo Bill? -dudó Triana-. ¿Y si no hay nada?

-Eso es justo lo que queremos descubrir -dijo Gael, decidido.

-Recuerden lo que contó Bill sobre lo peligroso que puede ser entrar allí -susurró Gadea.

Triana la miró molesta. -Voy a ir, Gadea. Ya tendré tiempo de arrepentirme después.

Y así fue.

Caminaron largo rato sobre las vías oxidadas, hasta que el sol se ocultó tras las nubes.

El aire se volvió pesado, húmedo, como si el bosque los estuviera observando.

Boomer avanzaba delante, con el pelaje erizado.

Llegaron al Reguero del Chagonin, uno de los lugares más misteriosos de Genestaza.

Los senderos se perdían entre la maleza; por momentos, parecía imposible avanzar.

Siguieron bajando hasta alcanzar la aldea semidesierta de Noceda, cerca del río.

Varios kilómetros después, una cueva se abrió frente a ellos.

Boomer comenzó a ladrar sin descanso.

Los niños, agotados y nerviosos, se sentaron sobre unas rocas a beber agua y comer algo antes de continuar su travesía.

Lo que no sabían...

era que el bosque acababa de reconocer sus pasos.

Capítulo 3 La tormenta y la cueva

¡De repente!, a lo lejos comenzaron a oírse zumbidos.

Cuando estaban por regresar, los chicos se alarmaron, pero pronto se dieron cuenta de que solo eran truenos que provenían de enormes nubes formándose en el horizonte.

¡Se avecinaba una gran tormenta!

La única opción que les quedaba era entrar en la cueva si no querían exponerse a semejante tempestad.

Cuando creyeron que ya habían llegado lo suficiente, algo los impulsó a seguir adentrándose más y más.

Triana no quería avanzar.

Se negaba a entrar; tenía un mal presentimiento.

Pero su hermana insistía, sabiendo que afuera el viento comenzaba a soplar con furia.

Gael, por su parte, no lograba calmar a Boomer, que estaba totalmente alterado.

¡De pronto! una fuerte explosión los hizo saltar del susto:

¡un rayo había caído!, y no fue el único.

Varios más comenzaron a golpear la tierra.

Las tormentas de aquel verano eran intensas, y en el pueblo ya estaban acostumbrados; por eso, muchas casas tenían sótanos para refugiarse.

Triana se sentía incómoda, arrepentida de haber ido. Pensaba en sus padres, en el castigo que les esperaba.

Debía alimentar a los caballos, mientras su hermana ayudaba en casa.

Gadea, desesperada, le gritaba a Triana que corriera hacia la cueva, pero ella seguía en shock.

Entonces la tomó de los brazos y la sacudió con fuerza para hacerla reaccionar.

-¡Hay que correr, urgente, hacia la cueva! -gritó con desesperación.

Triana finalmente despertó de su parálisis y, al mirar hacia el cielo, lo vio:

una enorme masa giraba en varias direcciones. ¡Era un tornado!

No había más opción.

Corrieron todos juntos hacia la cueva y, una vez dentro, la oscuridad los envolvió por completo.

Gadea buscó entre sus cosas una linterna -recordaba haber guardado varias cosas antes de salir-.

Era la más precavida del grupo, siempre lista para cualquier situación.

-¡Perfecto! -exclamó al encontrarla.

Encendió la linterna y comenzaron a avanzar hacia el interior.

Gadea alumbraba a su alrededor; no sabían con qué podrían encontrarse.

Mientras caminaban juntos, notaron algo extraño.

En las paredes había marcas... dibujos, símbolos tallados, imposibles de distinguir con claridad.

-¿Qué será eso? -susurró Triana.

-¿Y quién podría haberlo hecho? -agregó Gael.

Recordaron entonces una de las historias del viejo Bill Fenton:

decía que alguien solía dejar mensajes extraños grabados en las cuevas del bosque.

Hablaba de un hombre que había sido maldecido, transformado en un lobo horripilante por una mujer que él había rechazado.

Esa maldición lo condenó para siempre a vagar entre las sombras.

No sabían si creerle al viejo Bill, pero algo dentro de ellos les decía que estaban a punto de averiguarlo.

Mientras tanto, en el otro extremo de la aldea, Amanda y Martí ya habían notado la ausencia de sus hijas.

Amanda salió al establo y vio los caballos sueltos.

-¿Por qué no los guardaron? -preguntó a Martí.

-Pensé que Triana lo haría -respondió él, confundido.

Al no encontrarlas, comprendieron que algo tramaban.

Amanda, desesperada, corrió hacia la casa de los Antezana.

Nil y Sarah estaban en la misma situación: sus hijos también habían desaparecido.

Para empeorar todo, uno de los caballos había escapado por el temporal.

El pequeño Jon fue quien alertó a sus padres; había escuchado parte del plan de sus hermanos.

-Escuché que hablaban de... una cueva en el bosque -dijo con inocencia.

Nil palideció.

Martí lo notó de inmediato.

-¿Sabés dónde están los chicos? ¿Qué cueva es esa? -preguntó preocupado.

-Te lo explicaré en el camino -respondió Nil con urgencia-. ¡Debemos ir ahora!

Tomaron el único caballo disponible y partieron rumbo al bosque, con el miedo como único compañero.

A medida que avanzaban, los aullidos de los lobos resonaban entre los árboles.

-Nil... ¿es cierta la historia del hombre lobo? -preguntó Martí.

-Es larga de contar, pero no ahora. Lo importante es encontrarlos antes de que sea demasiado tarde -respondió Nil, acelerando el paso.

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🌑 El encuentro

Mientras tanto, dentro de la cueva, los chicos seguían avanzando.

El tornado ya había pasado, pero el eco del viento aún retumbaba en los pasadizos.

De pronto, algo cruzó frente a ellos.

Un ser horripilante, de mirada salvaje y movimientos veloces, pasó tan rápido que apenas pudieron distinguirlo.

-¿Ander, viste lo mismo que yo? -susurró Gadea, aterrada.

-Tranquila... todos lo vimos, ¿verdad? -dijo Ander.

Todos asintieron, mudos.

No necesitaban más linterna: un rayo de luz entraba desde una grieta en la roca.

Ander pensó que quizá había otra salida y decidió subir.

Gadea sacó una cuerda de su mochila.

Los demás la miraron sorprendidos.

-Papá siempre dice que hay que estar preparados para todo -explicó, sonriendo nerviosa-. Y bueno... parece que tenía razón.

Gael trepó por la cuerda, pero voces y murmullos comenzaron a escucharse desde lo profundo.

Triana gritó.

Gael perdió el equilibrio y cayó.

Sin embargo, volvió a intentarlo, decidido.

Logró introducirse en un túnel angosto que parecía conducir a la superficie.

-¡Suban! -gritó desde arriba.

Caminaron a gatas por el pasadizo hasta ver una luz al final.

Finalmente, salieron de la cueva.

El tornado había pasado, dejando tras de sí un paisaje devastado.

De repente, algo se movió entre los árboles.

-¡Miren allí! -exclamó Ander-. ¡Tenemos que seguirlo!

Corrieron tras aquella sombra que se escurría entre la hierba alta...

hasta llegar a un lugar que ninguno reconoció.

Aunque conocían casi todo el bosque, ese sitio era distinto, desconocido, extraño.

Sintieron que habían cruzado a otra dimensión.

El sol se ocultaba lentamente.

La noche caía cálida y silenciosa.

Y en medio de esa soledad...

alguien los observaba.

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