En la familia Karme hay una regla fundamental que se sigue desde el primer mandato: una vez empiece la guerra por el trono, todos los hijos del alfa deben morir y solo el que tenga la fuerza necesaria para matar a su sangre será el vencedor en un conflicto que se da en el palacio.
Tanto las princesas como los príncipes son educados para ser los siguientes gobernantes; aquel palacio de blanca estructura con lingotes de oro como ventanas y rejas estaba teñido en sangre, en años de historia que dictaban un certamen de dolor.
Por lo que las demás manadas los empezaron a ver como Los demonios en la tierra.
Nysa Karme, la princesa ilegítima, y Gray Karme eran los únicos hijos del alfa Carter II. Siendo reconocido por su padre, sería Gray quien llevaría la corona y su medio hermana debía conformarse con un esposo.
Aunque fueron más grandes las ganas de vengarse de la princesa, que provocó que la nación se polarizara y tuviera que escoger dos bandos.
Llegando finalmente a un ganador.
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-Pero miren quien es -en frente de una celda, Nysa observa a su hermano mayor con desprecio
Se agacho a la altura del hombre sin brazos y vendaje podrido.
-Amo ver a mis víctimas caer -sonrió
Tenía los ojos desorbitados, el cabello desordenado cubriendo parte de su rostro, la oscura cabellera de los Lunnette al igual que los ojos plateados es una característica que representa a la Familia Real
Aunque el cabello de su víctima ahora era tan oscuro como su sombra y estuviera muriendo lentamente, ella no sintió una pizca de lástima, sonreía con admiración al ver cómo su hermano padecía.
-Veo que te puedes mantener, ¿listo para morir mañana?
-No... no... voy a morir -declaró -mi alma te seguirá -su voz era tan débil, que le causó gracia verlo como un día había estado
-No, mi madre no te soltará...
Observó a uno de sus guardias de reojo.
-Avisa a la manada que mañana, el Alfa será ejecutado en la plaza principal.
-Sí, su majestad -se llevó la mano al pecho mostrando su lealtad -nos vemos mañana hermanito
Nysa se levantó del suelo, caminó hasta la salida de su mazmorra atravesando varios pasillos de piedra, su consejero la seguía por la espalda.
Su mirada se mantenía fija en la alfombra roja que pisaba, quien laveía caminar se inclinaba.
Su mirada fuerte traía a sus espectadores ilusión.
Nysa no se dejaría caer nuevamente, si estaba ahí, en la cima, era por ella.
Una vez abandonada, jamás volvería a ser rechazada.
-Eros -nombró -quiero que organice el harén del alfa, hágalo adecuado para mí.
Él la observó sorprendido
-¿Quiere deshacerse del harén?
-No seas tonto, lo quiero para mis concubinos, tú incluido -sonrió
-Podremos darla a una casa de bajo rango. Su madrastra le agarra la cintura, bajando las manos por la cadera.
La habitación exhibía a una mujer desnuda con cabello rubio ondulado que penetra en su mirada la puerta de madera negra que guarda sus más íntimas pesadillas.
Tras cumplir la edad adecuada para casarse, la familia real había tomado la decisión de que aquella princesa, por sus orígenes, debía casarse con un lord de bajo nivel.
La reina acarició su cabello y la tomó de las mejillas, observando sus ojos con desdén.
-Sabrás de antemano que Lord Iván desea su tercera camada, y cada una está conformada por cinco cachorros. Por lo que no es de extrañar que le des cinco hijos a la dinastía Karme y a la dinastía de los egipcios. Escoge buenos nombres.
Nysa bajó la mirada con incertidumbre tras el nombre.
-¿Qué tipo de noble dice ser egipcio y tener un hombre tan común como Iván?
La reina se detuvo en seco en su pecho; con las manos en sus pezones, pellizcó la punta de ambos. Su queja se vio reflejada en un pequeño grito que se vivió agobiado por una cachetada.
-Agradece que mínimo te quieren como esposa; si fuera por mí, le habría ordenado a tu hermano que te asesinara.
Nysa, con la esclerótica brillando por la presidencia de unas lágrimas, calló, apretando sus labios, para no permitir que la viesen llorar; sobre su cuerpo, sus damas dejaron caer una bata de seda translúcida.
-Quiero que investigues quién será tu futuro esposo para que no vuelvas a cometer tales insolencias.
-S-sí, su majestad -un sollozo se escapó de sus labios.
-Y no llores, detesto oírte. -Se dio la vuelta; el vestido que se ajustaba a su torso dejaba ver una parte del grosor de su cuerpo, cuya falda baja en una grande y esponjosa; los diamantes incrustados le dan vida a su riqueza.
Detrás de ella, dos de sus damas la siguen vestidas con un vestido blanco victoriano; sus cabezas son adornadas por tiaras de plata y, al igual que la reina, tienen una contextura gruesa.
Las damas de la princesa tienen prohibido verla, por lo que sus ojos están cubiertos por vendas traslúcidas, las cuales mantienen sus ojos cerrados -se cree que la mirada de un esclavo podría transformar una hermosa flor en algo profano-. Solo una ignora la regla y es la nana de la princesa.
La principal ayudante de su alteza y una de las mujeres más importantes de su crianza.
Ella era el reflejo del comportamiento de la princesa. La mujer se acerca a ella, bajándola del podio; con ayuda de su fuerza e inclinándose con respeto, da dos pasos hacia atrás.
-Le recuerdo su clase de las tres y la reunión con su padre a las seis. -Su nana, aún con la cabeza gacha, resalta en el brillo de un tocado dorado sobre su cabello; tiene las manos a la altura de su cadera.
-Gracias por recordármelo.
Junto a sus damas, recorrió los pasillos de aquel palacio. Como princesa ilegítima, su padre, el Alfa Carter II, escogió a su único hijo varón como Alfa de Klar; de esa manera, le habría dado fin a la tradición impuesta por La Luna sobre su familia.
Los Karme habían posicionado su puesto como una de las familias más viejas del mundo, siguiendo así por más de tres milenios. La maldición que la Luna implantó sobre ellos fue la de la tenacidad.
Cada hijo debía pelear por su derecho al trono y, de no hacerlo, sufriría una muerte lenta desde muy joven.
Carter, tras negarse a los designios, comprendió que la voluntad de la Luna dependía de cada portador del trono, por lo que la desobediencia ante una vieja leyenda y la prosperidad de un reino nunca cobró factura sobre él o su generación, por lo que se llamó a sí mismo: Carter, el dios en la tierra.
Nysa, la única princesa de los Karme, estaba siendo educada para convertirse en esposa, solo que nunca imaginó que aquel hombre que decía ser egipcio y tener nombre común... Tendría la edad de su padre.
Tras entrar a los aposentos de su alteza. Las paredes de su habitación, blancas en base pero pintadas con diseños ostentosos, combinaban con los muebles donde las repisas cargaban muñecas blancas hechas de porcelana como otras de algodón o lana. La araña de su habitación se iluminaba con la llama de las hadas -criaturas cuya energía se debe a la luz solar-; a su alrededor, se dibujan en oro las constelaciones de cada uno de los creadores del mundo.
Los colores eran la imagen de su alma; describían su inocencia y pureza.
Fue dirigida al baño y desvestida cerca de la bañera; sobre el agua recaen pétalos de rosa, tulipanes, espuma, lociones y las mejores cremas en un estante blanco.
El agua perfumada se extiende entre cortinas de humo, ocultando como puede con su niebla el cuerpo de la princesa; su nana permanece a su lado, con una esponja en mano. Restregando su piel.
-Las cicatrices están sanando como deberían. ¿Hace cuánto no te pega?
-Hace un mes, es mi mejor puntaje -comentó aburrida.
-Es un avance, su alteza, significa que se ha educado de manera correcta.
-Nana, dime una cosa. -Apartó su brazo de su agarre, volviéndolo a la tina blanca, observó la espuma y algunos pétalos flotantes. -¿Perder la virginidad duele?
-¿Pero qué cosas dices? -metió su mano en el agua, sacando el brazo de la princesa y entregando con fuerza-. Eso no se pregunta, menos una dama.
-Pero ¿qué tiene de malo que una dama pregunte lo que tiene que saber? -La mujer frenó el frote de la esponja sobre su piel en seco.
Dirigió su mirada hacia ella en un gesto donde su ceño fruncido, el entrecejo arrugado y los ojos abiertos por completo le indicaron que no debía hablar.
Ya había pasado antes; por lo general, aquello que ella definía como relación sexual convenía con todo menos la satisfacción de la mujer, pues había escuchado a algunas de las lonas conversar acerca de que sus esposos no las satisfacían.
Buscando otros métodos sexuales, como masturbarse.
-Como ya es costumbre en Klar, me temo que tu estadía en este palacio debe derivar de unas semanas, por lo que tendrás tiempo de seguir los consejos de la reina.
-Tiene la edad de mi padre.
-Y es un gran candidato político, si sabes a qué me refiero.
«Por la cantidad de hijos que tiene, se dice que los ha casado con familias adineradas, por lo que tampoco es un lord de clase baja como se piensa»
-Sí, sí sé.
-Perfecto, ahora solo tenemos que... -Las palabras de su nana quedaron, se cortaron.
Su mente estaba saturando todos aquellos comentarios que salían de la boca de la mujer; observó el agua turbia, pensando en aquel que debía desposar.
Si bien sabía que aquel día llegaría, esperaba casarse con un príncipe de otra nación, y no con un hombre mayor.
Más allá de su desdichada infancia y su mal nacida sangre, lo menos que podría esperar era la muerte.
-Querida, por favor, levántate -pidió la mujer.
Al elevarse, su cuerpo escurre el agua, alejando las flores; con ayuda de la mujer, bajó de la tina de mármol blanco; sus pies se posan en un tapete rosa claro acolchado, donde el agua que pasa por su cuero es secada por una toalla seca.
Su nana limpia cada extremo de su piel; pasando con la yema de su dedo, un pequeño toque le certifica que su piel está lista para las cremas.
«Siempre que tiene la oportunidad hace esto».
Entre tarareos se dirige a un estante en el cual guarda todas sus cremas, escogiendo dos, una con olor a coco y otra rosada que olía a fresas.
Al igual que su habitación, todos sus vestidos estaban inundados por los colores blanco y rosa.
Lo que la hacía ver a los ojos inocentes de las personas como un ángel encarnado. En los siguientes minutos fue vestida y arreglada para recibir aquellas clases que marcaban sus muñecas.
Por las cicatrices, se acostumbra a lucir vestidos con mangas largas que cubrieran sus imperfecciones; llamadas así por su hermano, madrastra e incluso su padre.
Ella, como cada jueves a las tres de la tarde, esperaba a su maestro sentada con las manos en los muslos, la mirada firme en dirección a una ventana. El reluciente sol solo abrigó sus ganas de volver a salir.
Los pendientes largos en sus oídos atrajeron con su paso un rayo débil de luz, el cual se reflejó en su brillo.
El tapiz verde sobre la pared, como la alfombra roja sobre el suelo de la entrada, le dieron la bienvenida al maestro privado de la princesa, cuyas manos cargaban una inexplicable cantidad de libros gruesos.
Los dejo a un lado del mapa de la manada, sobre una mesa de roble rojo tallada a mano; el estruendo y el desorden se reflejaron en su vestir -una túnica blanca con bordado sueco negro-; organizo su atuendo al igual que su joyería. Dirigiendo su cuerpo pocos minutos después a la princesa.
-Buen día, su alteza, ¿cómo se encuentra el día de hoy? -hizo una reverencia.
-Muy bien y con gran emoción por aprender -confesó.
-Me alegra mucho que lo mencione; últimamente la veo más concentrada.
-Gracias -la frialdad fue notoria.
El maestro asiente con la cabeza, vuelve a los libros, dejando uno sobre el escritorio, abriéndolo sobre la mitad, en el cual recae un mapa.
-Asumo que leyó por completo el libro que le dejé, así que, ¿podría decirme qué región es esta? -indicó.
-Claro, es el imperio de Otrack.
-Correcto, ¿y podrías decirme qué es lo que hace tan famoso a este imperio?
-Las masacres del regente contra sus familiares, la demencia de los nacidos en el imperio y los secuestros a mujeres de la nación.
Él negó con la cabeza.
-Brazo -dijo.
Ella cerró los ojos, extendió su brazo recogiendo la manga de su vestido, dejando a la vista sus cicatrices.
A los hijos de los nobles no los podían reprender de esa manera, pero ella no correspondía a esa norma; solo era la hija del alfa, mas no de la reina.
Tras efectuar el golpe, un sonido en seco. retumbó en la habitación.
-Una princesa jamás cierra los ojos; la pueden atacar por la espalda.
-Pero me dolió...
-El dolor es parte de la vida, su alteza. Aprenda a vivir con él -recomendó su maestro.
Sus ojos ardieron, tenía ganas de llorar, pero si lo demostraba, el castigo sería peor.
-Continuemos, y espero que esta vez no se equivoque. -Le dio la espalda a la princesa, observando la ventana. -Diríjase a la página ciento cuarenta y lea el primer párrafo en lenguaje antiguo.
Busco la página indicada, elevo una mano al cielo recitando el primer párrafo de su libro como se lo había indicado su maestro; su brazo temblaba por los golpes, pero debía soportarlos.
Al final se equivocó, y los errores deben ser corregidos. De lo contrario, jamás aprendería de ellos. Recibiendo otros dos golpes en la muñeca con una regla de hierro.
Sus clases terminaron tan pronto se anunció el atardecer, por lo que aquella cita con su padre era de las pocas veces que el alfa compartía una cena con su familia.
Carter II bebía una copa de vino sin dejar de ver a su bastardo.
Entre todos, el cabello de Nysa resalta con el sol; la veía como un error del cual no se pudo deshacer, aunque sí podía arreglar.
-Sabes que era una princesa bastarda, ¿verdad, Nysa? -bajó la copa, dejándola a un lado del plato.
Ella se detuvo en seco.
-Encontrarte marido fue complicado, ¿lo entiendes? -con cuchillo y tenedor cortar el filete que tenía en frente.
La reina interrumpe.
-Pensé en varios candidatos, pero ninguna casa de buen nombre se quiso casar contigo -mintió.
Carter levantó la mirada a su esposa con una sonrisa.
-Ves, tu madrastra te quiere. -La ironía en su voz ya la distinguía.
-Por supuesto, te quiero... lejos de mi vista.
Todos en la mesa ríen, menos Nysa, quien baja la mirada. No era la primera vez que se metían con su físico o su sangre.
-Tu humor está tan muerto como tu madre -declara su hermanastro.
«Mi madre»
Su mal comentario no le permitió levantar la cabeza; estaba aburrida, cansada de todos ellos, de sus comentarios de mal gusto.
Las comidas eran mejores a solas, en su preferencia en su habitación; sin embargo, se puede considerar un acto de mal gusto, una falta invaluable de respeto.
-Su majestad, ¿no cree que deberíamos invitar a Lord Iván al palacio? -La reina levantó la mirada a su esposo.
-No, no puedo asimilar que el único que aceptó a mi bastardo haya sido un noble de bajo rango.
-¿Qué esperaba, majestad? ¿Un príncipe? -Gray tomó la copa de vino y la bebió, luego la dejó en su lugar-. Deberíamos agradecer que al menos un hombre desea desposar a un plebeyo.
Carter observó a su hijo con el ceño fruncido.
-¿Te pedí que hablaras? -inquirió.
-No, señor.
-Perfecto, no lo hagas. -Su mirada se posó en su hija-. Nysa, come -ordenó.
-Sí, su majestad.
Volvieron a retomar la cena, encargándose de que el silencio fuera interrumpido por el movimiento de los cubiertos.
Solo así ella se concentró en otra cosa que no fuera su maldita familia.
«Debería deshonrarlos. Debería humillarlos ante la corte».
Mantuvo la compostura durante la cena; quería seguir así, mantenerse firme ante los malos comentarios.
Ya estaba acostumbrada a sus palabras; llegaban a ser tan repetitivas que nunca pensaban en algo nuevo.
El salón comedor, uno de los sitios más populares del palacio por tener varios encuentros sexuales encima, había manchado en más de una ocasión el mantel blanco con la sangre de las concubinas vírgenes de su padre.
Aún le parecía increíble que aquel alfa le permitiera comer a su familia en lo que ella llamaba cámara del concubinato.
No se podría imaginar una vida peor a esa, por lo que, una vez terminó la cena y las hadas que decoraban su habitación rosa se apagaran con dos aplausos para anunciar su descenso al sueño. Nysa se dirigió con una libreta a la ventana de su cuarto.
La luna, reluciente en su esplendor, fue testigo de las palabras de la princesa.
-Mi única plegaria para ti es que me permitas morir después de sentir el calor de un hombre y la humillación de una familia.
Como era natural en la época, las mujeres vírgenes eran valoradas y subastadas a las cortes para precipitar un valor digno para ellas, pero Nysa sabía que a ella no la habían escogido, tampoco la habían subastado.
La regalaron a un hombre que la quería solo por título y descendencia.
Más allá de la humillación que significaba perder la virginidad delante del ojo público, en Klar, se asociaba a la mujer como impura y se llevaba a la hoguera o a la guillotina.
Si no pasaba a la historia como reina, lo haría como una princesa impura.
Hay un príncipe que no para de imaginar, sueña algún día el trono alcanzar, con valentía levanta un arma de hierro decapitado así, al lobo qué gobierna en su momento.
No hay razón para no frenar su plan, mucho menos arruinarlo más que su propia mano.
En esa casa se esconde un animal sediento de sangre, que sin importar sus atributos desea alcanzar lo antes posible en trono qué una vez le negaron.
Está en el sótano explorando su magia, revuelve un caldero color carmesí con fuerte olor.
En sus manos, parte del pelaje lobuno de su padre, una garra de su madre, y colmillo de la más pequeña de la familia.
El primogénito de su majestad, el alfa. Prepara con gran esmero su pasión sin ninguna interrupción.
Levanta la voz en un conjuro ancestral. Iluminando así su propio talismán.
-Larga vida al rey -pronunciaron sus labios al obtener un veneno mortal
***
Nysa lee debajo de un árbol, mientras el viento reposa sobre la manada.
El cielo anaranjado indica con su calor que pronto el atardecer se enfriará, y su Luna la observará.
Esperaba ese ansiado momento donde solo al dormir podría olvidar sus penas, aunque tardará en hacerlo.
Paso hoja por hoja, estaba tan encantada con la obra que no dudo un solo momento para finalizarla.
La historia de aquella Alfa que una vez reinó la envolvieron en un mundo de historias, de fascinación y alucinación total.
Estaba intrigada por las cosas que había hecho, y encantada de cómo fue apoyada por quienes no tenían nada.
Al concentrarse en su lectura, sus sentidos se apagaron ignorando de esa manera todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
Incluyendo las maldades de su madrastra, la mujer derramó una cubeta de agua sucia con excremento de animal y orina sobre ella.
Su olor quedó impregnado en su piel, el agua alcanzó el libro mojándolo, arruinando una pequeña pizca de su felicidad.
Nysa levantó la cabeza con temor al notar a la reina enojada.
-Tómenla -ordenó a dos de sus damas
Las mujeres hicieron caso, presionando contra el tronco.
-¡Su majestad, por favor! ¡Piedad! -reconocía la fuerza del actuar de las mujeres
-Bajen su vestido hasta su trasero, y desnúdenlo -ordenó
-¡NO SE LO PIDO! ¡NO SÉ QUE HICE, PERO NO LO VOLVERÉ A HACER! -suplico mientras bajan sus prendas
Una de las damas con su garra, rasgó su ropa interior, su trasero al descubierto fue el primero de recibir un latigazo de parte de la reina.
Seguido sus piernas, y por último su espalda, no había patrón exacto para distribuir el látigo, si su piel no se rompía, no deseaba nada.
Quería verle sangrar, que se arrepintiera de todo lo que una vez le hizo por su sangre.
Sus súplicas ya no eran suficiente para frenarla, deseaba asesinarla, era un estorbo insufrible qué debió morir junto a su madre.
La razón de su ira era clara, su marido había actuado en su contra al no haberla apoyado en una decisión.
Bajo su ira, no se dio cuenta que por un momento dejó de quejarse.
Solo seguía lastimando cada vez más su cuerpo hasta por una vez en su insufrible vida sintiera lo que ella sentía cada vez que su marido la rechazaba por otra mujer.
Rechazaba sus ideales por una estúpida niñita insufrible que no sabía nada de la vida que le habían otorgado.
-¡Su majestad! -freno una de sus damas
La tomó de las manos alzando el látigo.
-¡Qué te pasa! -exclamó
-¡Ya no se mueve! ¡La princesa ya no se mueve!
Al verla, su cuerpo reposaba sobre el agua sucia ahora mezclada con su sangre.
la otra dama temblaba con temor al ver el cuerpo inerte de la princesa, su pupila estaba dilatada.
Nysa no movía ningún músculo, y el olor de su cuerpo no les permitía diferenciar si estaba viva.
Trago en seco con temor.
-Vamos, ¡déjenla aquí y vámonos! -ordenó
Como sus palabras lo dictan, ellas partieron dejando a Nysa en medio de excremento, y sangre.
En medio de su dolor, Nysa cerró finalmente los ojos.
Su cuerpo fue rodeado por la brisa, y arropado por la próxima Luna, en el palacio no se hizo ninguna mención de la princesa.
Su falta durante la cena no fue la gran cosa, mientras moría en el jardín.
Consciente de algunos hechos, sonrió con debilidad al ver la oscuridad de la noche, y su Luna abrirle paso a su bella morada.
«Llegaré pronto mamá» susurró
La muerte hace acto de presencia en el lugar como una esfera blanca con alas.
Bajo hasta su cuerpo abriendo su boca.
-Ahhh -un sonido mudo se escapa de sus labios
Su alma es succionada por la criatura, el jugo de su vida desprende su cuerpo sabiendo que pronto morirá sin remedio, sin consuelo, y sola.
Su sonrisa no desaparece, su ser pronto es elevado para que toda su alma sea consumida con la ayudante de la muerte.
la criatura cerró su boca luego de haber bebido completamente de la princesa dejando su cuerpo sin brillo donde lo encontró.
Con la marca de sus colmillos impregnada en su cuello.
Al darse la vuelta, lista para irse fue atravesada con el filo de una daga negra por una entidad envuelta en telas oscuras.
La criatura no tuvo tiempo de reaccionar desapareciendo en forma de cristal.
En ella, la llama de una vida blanca trata de escapar.
Observó el cuerpo moribundo de la niña, sonrió dejando ver sus colmillos y con símbolo en el cristal hecho con la misma arma, tomó a la pequeña entre sus brazos quebró el cristal dándosela en pequeñas cantidades hasta que el cuerpo de la princesa comenzó a masticar cada uno de los cristales.
Sus ojos pronto se tornaron de vida al igual que su corazón, quien con desespero bombeo sangre.
-Por... fa...vor... -pidió con la poca fuerza que tenía
No reconoció su rostro, pero admiraba el hermoso color qué la hostilidad de la oscuridad le permitía ver, la plata escarlata vibrando en el vacío, con ayuda de un calor escarnecedor.
La fuerza de su debilidad abrazando su pequeño cuerpo.
Con sus colmillos mordió su dedo anular hasta arrancarlo, su extremidad cayó cerca del pecho manchando su vestido con sangre ajena.
Lo tomó rodeando la sangre qué se desprende de él sobre sus labios, como si se tratara de un chupete succiona la sangre, él se adentra en la boca de la chica con su extremidad obligándola a masticar.
Levantando con ella el hambre de un lobo adulto.
Olfateó el olor a sangre de su salvador tomando su mano con rapidez mordiéndola hasta hacerla sangrar.
Él no se limitó a ayudarla, mucho menos se quejó.
La imagen de un alma desesperada, y suya a punto de ser comida lo llenó de satisfacción al saber que encontró en ella a su sucesor.
-¿Tienes hambre pequeña? -susurró sobando su cabeza -quien diría que intentaron asesinar a la princesa... ¿Quieres un poco más? -inquirió
Ella no respondió, solo gruñía mientras bebía su sangre con desesperación.
Su mano pronto se llenó de marcas cautelosas, él al ver el brillo que manaba de la pequeña, sonrió, se recostó con cuidado sin incomodar al cachorro.
En cuestión de segundos, la princesa se acostó en el pecho del hombre, devorando cada parte de él con gran apetito.
Él observó la luna, sus ojos cansados se fueron apagando, hasta que al final, logró acariciar la cabeza de la pequeña una última vez.
Todo su cuerpo fue consumido por un lobo salvaje, que se dirigió en cuatro patas al castillo con sangre en la cara y marcas en todo el cuerpo.
Sus ojos eran tan claros como el agua, el único roce azul que una vez le perteneció solo gobernó en la profundidad de su pupila.
Envuelta en sangre, excremento, orina, y tierra, alarmó a todo un castillo con su aspecto.
Los gritos, y el olor pronto llegó a su padre, quien estaba dispuesto a atacar a la bestia con un arma letal, una espada curvada de doble filo.
Al verla relucir entre las paredes del palacio, sucia, pero con el cabello brillando en un tímpano blanco.
Él reconoció su sangre de inmediato, tenso el ceño por la impresión de ver a su hija recorrer los pasillos como un protegido de la Luna.
Licántropos con la posibilidad de aumentar su poder cada luna llena, y por el color de cabello de Nysa... ella debía tener los dones de un Alfa de primer nivel.
La oye gruñir, la baba que sale de su boca es tan espesa que tarda en caer, sus ojos lo reflejan como el agua cristalina del estanque más puro que existe.
Aunque las intenciones del lobo no sean las mismas, con agilidad se lanza a él con garras extendidas y dientes visibles.
La frena con la espada, sus garras chocan con el metal, logrando rayar parte del arma.
De ella salen chispas por el choque de ambos metales, sus colmillos se entierran en la espada cortando su boca.
Por el dolor se retuerce apartándose de él en cuatro patas, la sangre qué derrama se convierte en vapor por la recuperación de sus tejidos.
Es ágil, aunque tonta.
-Nysa... quédate quieta, amor mío -pidió su padre bajando la espada
Ella gruñe.
Lo reconoce, sabe quién es, y por esa misma razón sabe el dolor que le causó, no hay nada de ignorarlo, no se puede porque sabe lo que le hizo.
Cada humillación sin precepto revive su sufrimiento, su lobo desea con esmero la sangre del alfa.
Luego de tenerla, iría por la reina, y el príncipe heredero.
-Voy... a... verte... sufrir... -pronunció con dificultad
En un nuevo ataque su padre empuña su arma, dispuesto a acabar con su vida.
Nysa no quiere morir, no lo hará, y por eso decidió enfrentarse al alfa de su Manada.
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-¡ERES UNA DESCONSIDERADA! ¡UNA MUSTIA MUERTA DE HAMBRE! ¡UNA MAL AGRADECIDA! -decía la reina sin parar
Cada azote era recibido por sus débiles labios quienes eran forrados por un bozal.
Desnuda, y amarrada a un pilar, era castigada cruelmente por la esposa de su padre nuevamente.
Estaba encerrada en la peor mazmorra de todas, la más profunda, y llena de cadáveres en estado de putrefacción.
A su alrededor habíamos elementos de tortura, solo podía sentir su sangre bajar por sus piernas hasta tocar el suelo.
Estaba cansada de recibir golpes, no sabía por qué estaba ahí, desconocía las razones de un castigo tan cruel para alguien que ya ha sufrido bastantes maltratos.
No lo soportaba.
Después del latigazo número 35, la reina bajo el látigo con lágrimas en los ojos por lo que aquel monstruo le había hecho a su marido.
Aunque no era suficiente....
-Treme el hierro
-¿La desea caliente su majestad? -inquirió su ayudante
-Sí, quiero que el hierro resplandezca en colores rojos y anaranjados -recomendó
-Como ordene, su majestad
Él tomó un hierro con las iniciales de la familia Karme Lunnette.
La calentó hasta que tomará el color deseado por la reina.
La distancia era considerable, y decidió esperar hasta que el mismo hierro le suplicaba salir de una ardiente fosa de fuego.
Al estar listo le entregó el hierro a la reina, con frialdad observó su nalga derecha.
-Bienvenida a la familia Karme Lunnette. Esclava
Fue condenada como un adulto a la tortura perpetua, no importaba si era una protegida ahora.
El odio que le tenían fue mayor que su propia religión,
La detestaba a muerte, y aún más cuando sin problema dejó al Alfa en un estado crítico, donde su propia salud corría riesgo.
Postrado en una cama, con vendaje en la espalda, en el ojo, padeciendo sus últimas plegarias, su hijo mayor aprovechó la debilidad de su padre.
Caminando por los pasillos del palacio, no dejó de pensar en la batalla que presenció a escondidas.
Su hermana era un demonio fúnebre que no merecía morir. Solo ser entendida.
«Desconozco como una mugrienta logró ser la protegida de la luna, pero no sucederá otra vez, no me interesa matar al jueguen de mamá cuando se puede regenerar sin problema, tengo intereses más grandes, además... desperdiciaría el poder de un esclavo»