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El hechizo de tu sangre

El hechizo de tu sangre

Autor: : Valeria Caraballo
Género: Romance
Camila, habiendo sufrido una gran decepción y decide aceptar un trabajo al otro lado del país. Ella no se da cuenta de que pasan cosas raras hasta que todo se vuelve demasiado evidente... ***** "Suspiró agobiada y se sentó en un rincón, con miedo de que haya alguna rata. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? Siempre le molestaron las historias donde la protagonista se ponía en peligro a sí misma de una manera estúpida; le parecía que eso hacía quedar muy mal a las mujeres, y ella "¡como una tonta!" terminó haciendo lo mismo." NOVELA COMPLETA + EXTRAS ISBN 978-987-88-1179-6 © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra en ninguna forma ni por ningún medio o procedimiento sin el permiso previo, y por escrito, del editor y sus autores. Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723

Capítulo 1 La llegada

Camila - En algún lugar de la Patagonia

El viaje era interminable, tendría que haber viajado en avión. Como era algo insegura y venía de un ataque de pánico tras otro, prefirió ir por tierra, aunque tuviera que hacer varias paradas y trasbordos. Debería haberse puesto el saco de mujer adulta y tomar un vuelo, en vez de este viaje eterno, se reprendía a sí misma.

Hacía horas que iba por una ruta sinuosa, donde parecía no haber nada; no sabía ni siquiera en qué provincia estaba. Había intentado mirar Google maps, pero perdía la señal lejos de las ciudades.

Decidió ponerse los auriculares con alguna meditación de las que se había descargado, muy concienzudamente, antes de emprender el viaje para tratar de relajarse. Después de todo, ya había hecho el último trasbordo y la estarían esperando en la estación.

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Gaspard - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Le había llevado más de un año dejar este lugar como quería. Había comprado una gran tierra, en la que se encontraba una antigua base militar abandonada; la había hecho refaccionar y la puso en funcionamiento como recepción, comedor y algunas instalaciones para los turistas.

Por detrás, había construido un edificio de tres pisos que, al estar en la ladera de una montaña, la primer planta se situaba a la altura del techo de la construcción original, quedando todo conectado por un ascensor. En éste se alojarían los empleados y habría un par de oficinas.

Por debajo del lugar, había ya desde antes dos subsuelos, bastante macabros ambos, pero los había reparado y actualizado. El primero, como instalaciones de servicio: cocinas, lavanderas y otros, y el más profundo, para habitar él mismo y sus "niños", como llamaba a sus acompañantes, a quienes había integrado a su vida casi un siglo atrás; sus nombres eran Raphael y Alba.

Al día de hoy, se habían terminado las construcciones de las cabañas, y el complejo se podía considerar listo. La página web estaba online, tomando ya reservaciones, y su empresa figuraba en todas las páginas de empleos turísticos; todo perfectamente organizado.

Ahora se encontraba en su oficina del primer piso, imprimiendo las hojas de vida de los postulantes, para trabajar en el lugar. Necesitaba cubrir muchos puestos y sus requerimientos para el personal eran bastante particulares.

Volvió la mirada a la ficha que había seleccionado para la dirección del complejo, pertenecía a una muchacha no tan joven pero recién recibida de licenciada en turismo; aunque no tenía experiencia, contaba con muy buenas calificaciones y referencias; además, estaba dispuesta a viajar. Y lo mejor: sus análisis de sangre eran muy buenos.

La chica era de apellido Mayoraz. Al investigar su linaje, pudo rastrear sus ancestros hasta Hérémence y Vex, el lugar del que él mismo provenía.

Un golpe en la puerta distrajo sus pensamientos.

- Gaspard - se oyó luego.

Se puso de pie y rodeando el escritorio fue a abrir.

- Raphael ¿Estás listo? - el hombre tenía el aspecto de un joven de unos 25 años; era alto, musculoso, rubio y su corte de cabello era muy moderno.

- Sí, dejaré a Alba en el pueblo, de ida - comunicó.

- ¿Qué? - Gaspard frunció el ceño. - De ninguna manera.

- Bueno, díselo tú. Sabes que a mí no me obedece.

- Lo haré.

Cerrando la puerta tras de sí, salieron a un vestíbulo en el cual se encontraban unos asientos a la derecha y un escritorio a la izquierda. Más adelante, la escalera y el ascensor.

Descendieron por las escaleras, que desembocaban en la lujosa recepción del complejo. Caminaron un poco más atravesando el lobby y al salir, el frío del lugar golpeó su cuerpo.

Aunque era un día de sol radiante, este no alcanzaba a calentar el viento que soplaba. Delante de sí estaba estacionada una camioneta grande gris, y Alba se encontraba dentro de ella, vestida de una manera que Gaspard siempre reprobaba. Aunque hiciera frío sus faldas eran muy cortas, pero ella decía que así era la moda de esta época; él no lo podía entender.

Acercándose, abrió la puerta del conductor.

- Baja de ahí, no vas a ninguna parte - su voz era inflexible.

Ella lo miró enojada, pero no pudo más que obedecer, saliendo del vehículo por el lado del acompañante y cerrando con estrépito.

- Eres tan injusto - recriminó.

- Nos pondrás en un lío, ya habíamos hablado al respecto.

- Sólo quería comprar algunas cosas...

- Siempre dices lo mismo y terminas haciendo otras cosas - replicó.

La joven, de cabello lacio y oscuro, sólo le lanzó una mirada ofendida y se volvió a meter al complejo, sin responder.

Raphael, que se había quedado unos pasos por detrás, sonreía.

Gaspard extendió hacia él un papel, donde estaba impreso el currículum de la chica con su foto.

- Ella es - el muchacho lo tomó y miró con detenimiento. - Viene en bus, detrás están las paradas y los horarios.

- Vale – respondió.

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Camila - En algún lugar de la Patagonia.

Ya casi terminaba la meditación cuando Camila sintió que alguien tocaba su hombro. Era uno de los choferes.

- ¿Sí? - preguntó quitándose los auriculares.

- ¿Vos sos Camila?

- Sí.

- Es tu parada, te tenés que bajar.

- Gracias - tomó sus cosas y se paró dándose cuenta de que estaba un poco entumecida por las horas que había pasado sentada.

Era la única que se bajaba, y ya sus valijas estaban fuera del portaequipaje del colectivo.

Hacía un frío terrible y el viento helado parecía que la iba a llevar. Era un pueblo chico, muy chico, pensó. Se suponía que iba a haber alguien esperándola, pero el colectivo arrancó y ella se quedó ahí sola. Ni siquiera en una terminal. Era una estación de servicio.

Arrastró su valija hasta el drugstore y pidió la llave del baño para arreglarse un poco mientras esperaba. Una vez que hubo terminado salió y, después de devolver la llave, una cuatro por cuatro paró dentro de la estación frente al shop.

Se bajó un chico rubio, lindo y alto, que le llamó la atención; parecía un modelo. Pero la ropa que tenía... era de gaucho, si no hubiera tenido tan lindo cuerpo, seguro que se hubiera visto ridículo, pero...

- ¿Señorita Mayoraz? - Abrió los ojos grandes cuando se dio cuenta que le hablaba pronunciando su apellido en otro idioma.

- Sí - respondió, sintiendo que la cara le ardía.

El chico sonrió.

- Espero no haberla hecho esperar demasiado - tenía un acento como extranjero.

- No, recién llego.

Él puso sus valijas en la parte de atrás y le abrió la puerta. Le costó un poco subir, porque la camioneta era alta. Al sentarse, vio que en el medio de los dos asientos estaba su currículum.

El chico subió al vehículo y lo puso en marcha.

- Mi nombre es Raphael - se presentó con una sonrisa.

- Encantada - dijo también sonriendo.

- Vas a tener que comprarte ropa más abrigada.

Cuando él dijo estas palabras Camila notó que el chico no tenía campera, le pareció raro, pero a la vez, "era un pibe joven".

- Si, lo pensé.

- De todas maneras, tendrás tiempo. Pues la temporada comienza en dos semanas.

- Qué bueno.

- Sí - volvió a sonreír.

Finalmente, el muchacho se concentró en el camino y ella en el paisaje de montañas nevadas que, sin dudas, era hermoso.

- Ya llegamos - dijo él en el momento en que atravesaban una puerta como una tranquera.

Después de eso, pasó una hora hasta que, por fin, la camioneta se detuvo en el complejo turístico.

Las fotos que había visto no le hacían justicia; por la fachada se notaba que era un edificio antiguo; con techo a dos aguas, de tejas, y ventanas de madera: precioso. Por detrás, se veía una construcción de varios pisos, con un estilo similar, pero mucho más reciente.

- Qué lugar más lindo - dijo sin pensar.

- Sí, Gaspard quiso que se pareciera a su tierra - respondió el chico con ese acento particular que parecía un poco español, pero mezclado con algo más.

Le hizo un gesto de invitación para que avanzara y él llevó sus valijas. Al entrar estaba calentito y no se veía a nadie. El lugar era un poco oscuro, pero seguramente era porque aún no empezaba la temporada.

- Por el ascensor - le indicó.

El ascensor estaba en diagonal, un poco a la izquierda frente a la puerta de entrada.

Al subir, él tocó el botón del tercer piso, que era el más alto "Al altillo castigada" pensó, recordando un libro que había leído recientemente.

Al llegar, se sintió cualquier cosa menos castigada: Salieron del pequeño cubículo a un espacio muy amplio, que se extendía hacia la derecha, era como un living muy grande, con sillones y un mueble modular tapizados de terciopelo marrón y algunos detalles en color naranja y verde. Tenía también unas ventanas enormes que dejaban una vista espectacular de las montañas, y cortinas del techo al piso.

- Te van a traer algo de comer más tarde. Mañana empieza tu rutina, por lo que te recomendaría descansar - decía el muchacho mientras se retiraba.

El lugar tenía el piso de una madera oscura, también las ventanas y las puertas eran del mismo material.

A su izquierda había una habitación a la cual se accedía por un pasillo; era un dormitorio inmenso, con más ventanales; el lugar era soñado. Había un placard enorme y antiguo, y el baño, contaba con todas las comodidades que se pudiera desear.

No supo si le trajeron o no de comer, porque se tiró en la cama pensando en acomodar su ropa antes de bañarse, pero se quedó dormida.

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Xander - Atlántico Norte.

- ¿Has visto las noticias hoy? - preguntó Bardu.

- No. Imagino que ha de ser importante para que me interrumpas mientras me alimento. - Xander se encontraba en su recámara, semi reclinado en el mueble modular, junto a la ventana, con una pierna sobre el asiento y la otra en el piso, y entre ellas, una voluptuosa rubia recostada sobre su pecho.

- Ataques extraños en la Patagonia Argentina...

- En la... - se interrumpió sintiéndose disgustado. Apartó a la chica de sí y le hizo un gesto para que se retirara. - Es territorio de Gaspard, él debería ocuparse.

- Es la segunda vez en seis meses, no parece que se esté ocupando.

Xander frunció el ceño ante el comentario de Bardu, le molestaba admitir que tenía razón; lo peor era que Gaspard ni siquiera se había molestado en informarle, como ordenaba el protocolo en estas situaciones.

- Puede ser una coincidencia, esperaremos a ver si vuelve a ocurrir - respondió evasivamente.

- Así será.

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Gaspard - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Al bajar la escalera, luego de terminar de ultimar detalles con la empresa de contrataciones, encontró que la muchacha se encontraba allí, como si recién saliera del ascensor.

- Buenos días - habló haciéndola girar hacia él. Ella parecía sorprendida.

- Buenos días - respondió dubitativa. - Perdón por haberme despertado tan tarde - se disculpó.

- No hay cuidado - sonrió.

- Aquí tengo mi cv - dijo extendiendo el papel hacia él.

- No es necesario - contestó levantando la mano, indicando que se detuviera. - Estarás a prueba tres meses, si no rompes ninguna regla quedarás permanente.

La joven retrajo la mano con el currículum y asintió con la cabeza.

Gaspard aún se encontraba en la escalera y ella lo miraba hacia arriba. Sus ojos castaños eran grandes, y aunque parecía querer disimular, él notaba su nerviosismo.

- Te mostraré el lugar - descendió y la guio hacia su derecha, un par de pasos pasando el ascensor y Camila lo siguió por detrás. - Este es el comedor...

Comenzó un recorrido por el lugar, mientras la chica lo acompañaba en silencio. Ella le recordaba mucho a Anne Marie, en especial sus ojos. Este recuerdo lo hizo ensombrecer sus pensamientos y seguramente, también su semblante, ya que al salir del lugar Camila se veía mucho más ansiosa que al iniciar su recorrido.

- Y... ¿cuáles son las reglas? - Preguntó ella cuando salían del edificio para dirigirse a las cabañas.

- El cliente siempre tiene razón - dijo con una sonrisa abriéndole la puerta de la camioneta que Raphael había dejado estacionada en la puerta. - No iniciar, ni incitar, ni propiciar ninguna relación sentimental; ni con clientes, ni entre empleados. Y nadie puede bajar al segundo subsuelo.

Dio marcha al vehículo y comenzaron a avanzar por sinuosos caminos, adentrándose en el bosque que tapizaba las hermosas montañas.

- ¡Qué hermoso! - comentó Camila.

- Sí, ¿verdad?

- Sí, pero un poco inaccesible. Creo que me voy a perder...

- No tendrás que venir hasta aquí, y si es necesario, te traerá Raphael - la interrumpió al notar la preocupación de ella que sonrió aliviada.

Se detuvieron luego de unos 15 minutos de conducir. La cabaña se encontraba como en un claro, era de troncos muy bien asentada. Le indicó el camino hacia el interior. Era un lugar muy confortable, con todas las estancias de una casa normal, una cocina y un comedor, un baño y dos dormitorios, los cuales podían alojar hasta cinco personas.

- ¿Todas las cabañas son así?

- Sí, hay 10 de estas, y dos residencias para turistas VIP. Que están más arriba.

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Camila - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Cuando volvieron del recorrido por las cabañas, el sol ya estaba por esconderse. El hombre la acompañó hasta el ascensor y le dijo que enseguida le subían la cena.

Ella no se había dado cuenta de que estaba muerta de hambre.

Cuando bajó, pasado ya el mediodía, se quedó sorprendida al ver al dueño del lugar, su nombre era Gaspard Genolet, y si la había conmocionado lo lindo que era Raphael, Gaspard era mejor por mucho. Se había sentido un poco incómoda y nerviosa al principio, ya que después de su reciente ruptura, su autoestima estaba más que pisoteada, y estar frente a un hombre así, la hacía sentir muy insegura, era alto, muy muy blanco, de cabello oscuro y ojos azules, tenía una sonrisa seductora y su cuerpo era perfecto.

Entró en el dormitorio y se puso a acomodar su ropa en el ropero. Al día siguiente empezaría a trabajar, o mejor dicho, empezaría a aprender sus funciones, porque los empleados llegaban el lunes, para tener ellos también una semana para aprender lo que debía y no debía hacerse.

Las reglas le habían parecido bastante lógicas y sencillas, a excepción de la última "Nadie puede bajar al segundo subsuelo". Eso era raro, pero debería ser bastante fácil de cumplir, ya que el ascensor no bajaba hasta allí, por lo que nadie podía terminar en ese lugar por error.

Un golpe en la puerta la distrajo de sus pensamientos.

Al abrir, encontró una chica joven, de unos quince o dieciséis años, que traía una bandeja.

- Hola, ¿cómo estás? Soy Lola - dijo.

- Yo me llamo Camila - respondió abriendo la puerta de par en par para dejarla pasar.

La chica caminó hasta los pies de la cama, donde había una mesa alta pero chiquita, con una silla. Y dejó ahí la bandeja.

- Si necesitás algo me llamás - dijo señalando el teléfono que había al lado de la cama y ella no había visto hasta ese momento. - Solamente tenés que apretar el número diecinueve y te comunicás con la cocina.

- Bueno, gracias - le respondió amable. - ¿Hace mucho que trabajás acá?

- Sí, bah, más o menos... como un año.

- Ah, bastante - se sorprendió. - ¿Y qué tal el trabajo, es bueno?

- Los jefes son buenos y pagan bien, pero... - dudó un poco - a veces pasan cosas raras... dicen que es porque acá hacían cosas en la época del proceso... ojalá te quedes.

- Espero que sí, estoy a prueba tres meses.

- Sí, yo también estuve así, pero es fácil seguir las reglas y viste que el dueño es buena onda.

- Sí, eso parece.

- Bueno, te dejo porque tengo que seguir.

- Dale, gracias.

Cuando Lola se fue, Camila se acercó a ver qué era lo que le había traído de comer: un bifecito de pollo, una ensalada grande de lechuga, tomate, zanahoria y huevo, una cazuelita con legumbres varias, unas masitas de semillas que parecían caseras...

"Esto es mucho" pensó, pero al final se lo terminó comiendo todo. Después se bañó y se acostó a leer.

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Lola - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Estando ya en la cocina, se puso a leer algunos apuntes de geografía, mientras se tomaba unos matecitos.

Rafa y Gaspard, entraron en ese momento. Los dos eran lindos tipos, pero Rafa... la volvía loca. Estaba muy enamorada y creía que él correspondía a sus sentimientos, ya que no sólo pasaban mucho tiempo juntos, sino que le daba muestras de su afecto.

- ¿Cómo la notaste? - Preguntó el dueño del lugar dirigiéndose a ella. - ¿Te parece que se habrá dado cuenta de algo?

- No creo - respondió Lola tratando de concentrarse, - yo igual le di a entender que pasaban cosas, pero no le dio importancia.

- A mí me parece un poco lela - acotó Raphael.

Ella le sonrió con una mirada lánguida, a lo que él respondió de la misma manera.

- Bueno - continuó Gaspard, - trata de introducirle el tema de manera sutil, a ver si podemos confiar en ella como para que se quede trabajando aquí.

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Camila - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

A la mañana, apenas habían terminado de vestirse, cuando golpearon a la puerta.

Al abrir, una mujer de unos cuarenta y tantos años, estaba ahí. Era bajita y tenía un trajecito que acentuaba prominentes curvas.

- Buen día - saludó Camila.

- Buenos días - respondió la mujer con una sonrisa que no mostraba los dientes, y caminando muy rápido hacia el interior de la habitación. - A ver, nena - dijo desenrollando un centímetro que tenía en una mano y poniendo en la mesita alta una libretita con un birome. - Vení, tengo que tomarte las medidas para tu uniforme.

Su voz sonaba un poco impaciente; a Camila no le cayó bien, ni siquiera se había presentado.

Le tomó muchas medidas desde el cuello hasta los pies, también le preguntó cuánto calzaba, si usaba bufanda o cuello, si prefería guantes o mitones, incluso si usaba la copa o tampones o toallitas comerciales. Cuando terminó, había llenado cuatro hojas de la libretita y se fue diciendo:

- Pasado mañana vengo para la primera prueba.

"Ni chau. ¡Qué antipática!" pensó.

En el momento en que la mujer salía taconeando con sus diminutos pies, entraba Lola con el desayuno. Ahora con la luz del día podía apreciarla mejor, su cabello era castaño, igual que el de Camila, pero lacio como de planchita, su piel era aceitunada y tenía los ojos verdes y una sonrisa jovial que la hacía verse re linda.

- ¡Buenos días! - saludó la chica alargando la palabra "días" en un cantito muy argentino, mientras cambiaba la bandeja que traía por la de la noche anterior.

- Hola, ¿cómo estás? - preguntó Camila con cordialidad.

- Bien, ¿y vos?

- Bien, me quedé dormida otra vez - se excusó.

- No te preocupes, acá, con el frío, nadie se levanta temprano - comentó. - Ni el jefe.

- Bueno mejor, pero me resulta raro, yo nunca duermo tanto.

- Debe ser el aire de acá, vos sos de una ciudad grande, ¿no?

- Más o menos, de Paraná. ¿Y vos?

- Yo nací acá, ahora estoy haciendo la universidad online, estoy estudiando turismo.

- ¡Qué bueno! ¿Cuántos años tenés? - Preguntó aprovechando la conversación, ya que de día, la chica parecía más joven que de noche.

- Tengo diecinueve - respondió sonriendo. - Ya sé que parezco de menos, todos me lo dicen, pero terminé la secundaria antes de empezar a trabajar acá. Mis viejos querían que siga estudiando pero como acá me tomaban con la condición de que me prepare en turismo, aceptaron.

- ¿En serio? - dijo sorprendida, ella no creía que en ningún lugar te tomaran con la condición de seguir estudiando. - ¡Qué copado!

- Sí, vas a ver que cuando te acostumbres a estar acá, no te vas a querer ir más - decía con una sonrisa alegre, dirigiéndose a la puerta. - Va a venir Marta a ordenarte y limpiar, ella llega después del mediodía.

- Bueno, dale, nos vemos después.

- Dale, chau.

Lola salió y Camila se dirigió al desayuno, una rareza: reconoció las mismas masitas de semillas caseras de la noche, eran ricas. Además, un puré de palta, más medio tomate y medio huevo duro. También una manzana verde, y un café que humeaba un aroma riquísimo.

Comió rápido porque estaba retrasada, pero pensando en prepararse unos mates más tarde, cuando tuviera un rato libre. Desayunar sin mate era inaceptable para una entrerriana.

Cuando llegó a la recepción, en la planta baja, el dueño del complejo estaba despidiendo a la modista que iba saliendo del lugar escoltada por Raphael.

Gaspard se dio vuelta y la saludó amablemente.

- Espero hayas descansado bien - él tenía también ese acento raro entre español y quién sabe qué.

- Sí, gracias - respondió. - Perdón la hora, no sé por qué estoy durmiendo así.

- Es por el estrés de un viaje tan largo, seguro. ¿Ya desayunaste?

- Sí.

Él se había acercado a ella y, tocando delicadamente su brazo, le indicó que se dirigieran a la escalera. Ella sintió que le subía el calor a la cara, cuando el hombre la tocó.

Fueron al primer piso, donde estaban las oficinas. Al llegar, aparecían en un vestíbulo. Inmediatamente a la izquierda del ascensor estaba la que sería su oficina; y a la derecha, hacia donde se extendía el pequeño hall, había un escritorio para la secretaria. Junto a este, estaba la oficina de Gaspard, hacia donde se dirigieron.

El lugar estaba totalmente alfombrado de un color marrón oscuro, los muebles eran pesados y antiguos de madera, el escritorio enorme que estaba frente a la puerta, tenía por encima un vidrio grueso, y allí estaba una notebook encendida, un cuaderno, una agenda, y una pila como de quince centímetros de papeles.

- Siéntate por favor, Camila.

Ella se sentó. La silla era más bien un sillón muy acolchado y con ruedas, reclinable, tapizado en una cuerina de muy buena calidad.

- Toma las hojas de vida - dijo indicando la alta pila de papeles, - lo primero que debes ver es la experiencia y lo segundo los estudios, si esos requisitos están bien me los dejas aquí y los otros los descartas.

Ella asintió con la cabeza y comenzó a trabajar.

Le costó bastante concentrarse, porque, aunque él trabajaba en la computadora, a veces le daba la impresión de que estaba mirándola, pero cuando levantaba la cabeza de los papeles veía que no era así. "Fantasías" pensó, era por las ganas que tendría de que un hombre así se fijara en ella; seguro que le hacía olvidar todo lo que le había sucedido con su ex.

Pasaron varias horas, en las que ella, de vez en cuando, le hacía una consulta sobre algún currículum, pero fuera de eso no tuvieron otra conversación.

- ¿No tienes hambre? - preguntó él en un momento.

- Sí - respondió Camila, pensando que podían descansar para comer y ahí iba a aprovechar a prepararse unos matecitos. Pero no fue así. Gaspard llamó a la cocina para que le trajeran el almuerzo.

Al ratito llegó Lola con una bandeja y la puso en un costado del escritorio, retirándose rápido con una sonrisa.

- Come tranquila, yo voy a buscar mi celular que lo dejé abajo - dijo él y se fue.

El almuerzo se parecía a la cena, comió rápido pensando que en cualquier momento podía volver Gaspard y le daba vergüenza que la viera comiendo. Sin embargo, terminó de comer y todavía pasaron diez minutos más hasta que él volvió, Lola venía caminando atrás de él, muy silenciosa retiró la bandeja y salió.

- ¿Estás lista?

- Sí, gracias.

Eran las 4 de la tarde y todavía le quedaba la mitad de la montaña de papeles que revisar. Pensaba que iba a tener que trabajar varias horas más, pero no fue así, dos horas después, él le dijo que ya había terminado su horario y que podía retirarse, aunque le faltaban muchos currículums por ver.

Subió a su piso y fue al baño súper urgida después de un montón de horas de aguantar. Encontró que todo estaba limpio y ordenado. Seguramente había estado Marta, a quien todavía no conocía.

Después buscó el mate y llamó a la cocina para ver si le calentaban agua. Lola, le dijo que sí, pero que si quería bajar, ella justo estaba preparando mate. Así que aceptó encantada.

En la cocina, que estaba en el primer subsuelo, había varias pibas jóvenes parecidas a Lola que trabajaban ahí, y dos señoras de más de cincuenta años, que eran las cocineras, todas muy amables.

Más tarde, hablando a solas con la chica con la que había empezado a establecer cierta amistad, le había contado que la mayoría del personal era contratado sólo por tres meses; que era muy poca la gente que quedaba en planta permanente, lo que la hizo pensar que tal vez no iba a resultar tan fácil quedar allí.

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Alba - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Después de casi dos semanas, había podido por fin escabullirse un rato de la constante vigilancia de Gaspard. Estaba harta de él y su manía sobreprotectora, como si Raphael y ella, Alba, siguieran siendo niños.

Ella sola sabía cuidarse perfectamente bien, pero él no parecía percatarse de eso. Para todo tenía una regla, incluso la alimentación era estricta. Esto último era lo que más furia le causaba, porque le gustaba disfrutar de los placeres de la vida. Así ni siquiera la comida se saboreaba bien, aunque su "padre" se la pasaba diciendo que la calidad se notaba en el sabor. Pero para Alba esto no era así, de ninguna manera.

"No vayas al pueblo... no te vistas así... no juegues con fuego..." Los sermones de Gaspard resonaban en su cabeza. Y para completar el cúmulo de cosas que la incomodaban, esas dos... Lola y Camila, habían aparecido para robarle el lugar entre sus hombres.

Ya había bajado el sol, se deslizó por detrás del complejo internándose en el bosque. Después de recorrer unos cientos de metros, divisó unas jóvenes arropadas con los típicos trajes que les alquilaban para el frío, que se alejaban de su cabaña para explorar la zona, era una conducta muy común de los turistas.

Sus pies iban levantando la nieve reseca como un polvo, había viento y comenzaba una nevisca que pronto fue como una niebla a su alrededor.

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Camila - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

El día que vino la modista a probarle el uniforme, traía varios uniformes en realidad, y cuando los vio, sintió que quería renunciar ¡Eran trajes de paisana! Horrible. Si ya se sentía mal respecto de sí misma, con esa ropa todo empeoraba. Cuando se vio en un espejo, mientras la mujer le hacía los ajustes finales, le pareció que se veía con un montón de kilos de más.

"¡Parezco un tanque de guerra!", pensó odiándose a sí misma. Un sentimiento que tenía muy seguido desde lo de Iván y Andrea.

Quiso hablar al respecto con el dueño del lugar, pero él la ignoró diciendo: "¿No viste la web? Aquí ofrecemos una experiencia campestre".

El resto de los días pasaron así, más o menos iguales, la relación con Gaspard era buena pero distante, como correspondía a una empleada con su jefe. En cambio con Lola, la amistad parecía una posibilidad a futuro, ya que conversaban cada vez que se veían y ya habían intercambiado redes sociales y mates.

El lunes, martes y miércoles de la semana siguiente, llegaron casi cuarenta empleados nuevos. También volvió la modista, que se quedó en una de las cabañas con dos asistentes a los que tuvo que acompañar para que tomen las medidas de todos y controlar que no faltara nadie.

Además, le tocó enseñar los movimientos del lugar, a los recién llegados. Gaspard debía considerar que ella estaba preparada para hacerse cargo ya que ni apareció.

Esos días terminó muy cansada. Pero una vez que agarró el ritmo, el trabajo se le hizo muy fluido y agradable.

Para el viernes, comenzaron a llegar los uniformes y el sábado se registró el primer contingente.

Capítulo 2 A prueba

Gaspard - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Era el atardecer, el momento del día en que comenzaba a sentirse más activo, aunque en algunas oportunidades subía durante el día para mostrarse con los empleados o hacer algún trabajo con Cami, en general trabajaba por las noches.

Los contingentes estaban regresando de sus recorridos para la cena. Los podía ver y oír desde allí.

Las ventanas de su despacho le daban una vista amplia, tanto de la entrada del complejo, como de la lejanía donde podía divisar un lago entre las montañas. El paisaje aquí era muy parecido a su tierra natal, lo que le provocaba un poco de melancolía y recuerdos del pasado.

La directora de su establecimiento, Camila, era muy parecida a su querida Anne Marie; tenía los mismos ojos, aunque su personalidad era muy diferente, pero quién sabe si Anne Marie hubiera vivido hasta alcanzar los veintinueve años; hubiera cambiado su audacia juvenil por una tranquilidad adulta.

Camila era responsable, seria y madura, muy capaz y proactiva en lo que se refería al trabajo. Lo hacía muy bien, manejaba perfectamente a los turistas en el caso de tener que hacerlo. Pero en lo personal era bastante tímida e introvertida, hasta temerosa se diría. En su puesto como Directora se desempeñaba con soltura. ¿Podría ser ella una encarnación de Anne Marie? Después de todo pertenecían a la misma familia.

En el pasado, cuando era religioso, jamás se habría planteado esto, pero luego de la guerra y de que su condición lo dejara fuera de cualquier culto cristiano, había empezado un camino diferente y en él aprendió otras cosas que le permitieron entender la vida de una forma mucho más profunda y mucho más allá de lo que en su juventud hubiera imaginado.

Estos pensamientos fueron opacados por otra preocupación que rondaba su cabeza: los ataques de "puma" que se repetían cada mes o mes y medio. Aunque fingía que era algo perfectamente natural, en el fondo intuía que algo malo pasaba dentro de su círculo cercano. Debería haberlo informado a Xander, sabía que se estaba saltando los protocolos; como también sabía que una vez que su superior se enterara de que sucedían estas cosas y además que incumplía las leyes, tendría un castigo. Pero, aunque todos los días se proponía llamar a Xander, por algún motivo terminaba retrasándolo, quizá esperaba que el asunto se resolviera solo, y dilataba lo inevitable por aquella intuición que lo atormentaba.

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Camila - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Hacía ya casi dos meses que había llegado al complejo Vex-Argentina, se sentía a gusto, el trabajo era bueno, ya le habían pagado su primer sueldo y conseguía cumplir las reglas con facilidad.

El lugar estaba siempre lleno de gente, por lo que también había podido "olvidar" su mal de amores, pues estaba siempre ocupada.

Esta semana, además habían tenido que poner carteles por todo el predio referido a los pumas, ya que, aunque nadie había visto ninguno se habían registrado algunos ataques, incluso decían que habían encontrado una chica muerta, pero sólo eran rumores.

Hoy había nevado muchísimo, lo que había generado, no sólo que las actividades se interrumpieran, sino que también que algunos empleados hubieran tenido que salir para atender a los turistas que no podían desplazarse de sus cabañas.

Al estar ociosa, se dio cuenta de que, aunque parecía haber pasado el tiempo, sus heridas no cerraban todavía, en su cabeza seguían rondando los recuerdos de lo que había sucedido:

"Iván, Andrea y Camila se habían conocido en la secundaria, habían estudiado juntos hasta la universidad, Iván y Camila se pusieron de novios antes de quinto año, cuando tenían dieciséis años. Andrea, por su parte, se puso de novia como a los veinte con Alberto, con quien convivió bastante tiempo.

Terminaron la secundaria y ella tuvo que conseguir un trabajo para ayudar a su abuela y poder pagarse todo lo de la universidad, porque su abuela sólo tenía una pensión, ya que era viuda y nunca había trabajado. Esto hizo que no pudiera terminar la carrera en los años que estaba previsto y se le alargara un poco más.

Cuando tenían veinticinco, la abuela de Camila, Elisa, murió; era quien la había criado, ya que sus padres murieron cuando Cami tenía cuatro años en un accidente automovilístico. Al perder a su abuela, la chica se aferró a su novio y también a su mejor amiga, que eran los afectos más cercanos que tenía.

Después de superar ese golpe tan duro, todo marchaba bien y la ilusión de formar una familia con Iván la llenaba de fuerza, ya que estaban proyectando casarse. Él se había recibido de Licenciado en Turismo un año antes del fallecimiento de la abuela Elisa y había empezado a trabajar en un hotel de una cadena internacional. Camila, en ese momento, trabajaba en una tienda de ropa en la Peatonal San Martín en Paraná. Ya estaban por cumplir veintinueve, los dos tenían trabajo y muchos planes, no necesitaban alquilar porque Cami había heredado la casa de su abuela, hasta que...

...Un día, afortunado o desafortunado, estaba por cerrar el local que atendía, cuando apareció Soledad; ella también había terminado la secundaria junto con todos ellos, pero después se dejaron de ver, aunque esporádicamente la encontraban en algún pub:

- Recién los vi a Iván y Andrea acá cerca.

- ¿Ah sí? - preguntó Camila sin sospechar nada.

- Me alegra que por fin lo dejaras, todos pensábamos que no te ibas a dar cuenta nunca - la chica se estaba midiendo ropa en el probador, por lo que no pudo ver la cara de Camila mientras la escuchaba. - Me acuerdo en la última fiesta de la escuela, que se besaron cuando vos estabas de espalda, yo no podía creerlo, después siempre disimularon, pero bueno ahora andaban bien abrazaditos, la verdad que se merecen el uno al otro, dos mierdas son..."

En ese momento las lágrimas se le escaparon y volvió a la realidad. Lo peor era que Gaspard estaba ahí, preguntándole si estaba bien, "¿En qué momento había entrado en su oficina?" se preguntó. Era silencioso como un fantasma, de repente, simplemente aparecía.

Agarró unos pañuelitos que había sobre el escritorio y se los llevó a la cara poniéndose de pie de un salto para darle la espalda. "¡Qué vergüenza!" resonaba en su cabeza.

- Sí - habló con voz quebrada, tragando fuerte para pasar el nudo que se le había hecho en la garganta. - Disculpá, no te oí entrar.

Él ya había avanzado y rodeado el escritorio para pasarle la mano por los hombros. Era muy alto.

- No parece que estés bien...

- No... no pasa nada, fue un lapsus - se excusó. - Estaba... recordando cosas.

- Si quieres hablar...

- No, gracias, de verdad estoy bien - dijo alejándose y ya mirándolo de frente. Con toda su fuerza de voluntad había logrado rearmarse.

- Por qué no te tomás el resto del día - ofreció Gaspard.

- No, gracias - intentó sonreír. - Estoy bien.

- ¿Estás segura?

- Sí. ¿Qué necesitabas?

- Te quería invitar a almorzar, como no hay nadie, y es poco el trabajo...

Camila lo miró dubitativa. Él, seguramente había venido por algo del trabajo, pero quería consolarla y por eso le estaba haciendo esta propuesta; de todas maneras, era verdad que no había nada que hacer, así que, para distraerse de sus negros pensamientos, decidió aceptar.

- Sí, la verdad, me gustaría - esta vez su sonrisa fue mucho más real.

El hombre agarró el teléfono y marcó el número diecinueve:

- Lola, ¿podrías bajar el almuerzo para mí y para Camila al segundo subsuelo? - Él se mantuvo oyendo en el teléfono y luego dijo: - Sí, para mí también.

Cortó y él la guio por las escaleras mientras le hablaba del clima que se esperaba para los próximos días. A lo mejor era un intento más de distraerla, y funcionó, porque en esos minutos que bajaban hasta el segundo subsuelo, ella logró recomponerse. Se suponía que nadie podía bajar hasta allí, pero eso excluía a quienes fueran acompañados por Gaspard o Raphael.

Al terminar de bajar las escaleras, se encontró en una especie de sala de recreo, tenía estantes llenos de libros en una pared, unos sofás y divanes que se veían muy cómodos y una mesa de pool.

- ¡Qué copado! - dijo.

Él sonrió, pero no respondió nada y le pidió que lo siguiera hacia la derecha, donde había una puerta de madera grande. Él la tocó y ésta hizo un ruidito como si se activara una cerradura electrónica; la verdad que no entendió cómo la abrió, pero ingresaron. El lugar tenía una distribución parecida a la de su piso, pero mucho más amplio. Era un salón largo con un living comedor grande y del lado izquierdo había dos puertas.

- ¿Puedo pasar al baño? - preguntó, pensando que se le debía haber corrido el maquillaje

- Claro - dijo señalando la primera entrada a la izquierda.

El baño era soñado, todo de mármol negro, con detalles dorados, además era enorme, y estaba dividido en tres habitaciones, una con una especie de jacuzzi ovalado, otra con una ducha, el inodoro y el bidet, y a la entrada había un vañitory doble y muebles con toallas y batas.

El maquillaje no se había corrido, igual no tenía demasiado, ya que, las empleadas debían verse naturales, pues el lema era "una experiencia campestre". Además de eso, también tenían un convenio con quién sabe qué organismo ambiental, por lo que todo debía ser ecológico, orgánico y natural.

El aire del lugar tenía el perfume de Gaspard, y contrariamente a lo que pensaba que iba a ser denso estar tan abajo, no era así. Al mirar hacia arriba, pudo ver accesos de ventilación.

Salió y vio que la comida estaba en la mesa.

- Ya el almuerzo está servido. - dijo alejando una silla de la mesa, a modo de invitación.

Caminó hacia él, cruzando por una sala de estar y se sentó.

- Gracias.

- No hemos tenido oportunidad de hablar desde que llegaste. ¿Te estás adaptando bien?

- Sí, es entretenido - Ella esperó a que él empezara a comer para agarrar los cubiertos.

El almuerzo constaba de una variedad de verduras frescas con predominio de la zanahoria y un filete grande de salmón. Se había acostumbrado a esta dieta; aunque al principio le costó no comerse de vez en cuando un plato de tallarines, acá no consumían harina de trigo; Gaspard decía que eso no era sano. También tomaba mucho menos mate que en Entre Ríos, aunque siempre compartía algunos con Lola. Y también había empezado a adelgazar, seguramente por el cambio de alimentación y el trajín del trabajo.

- Me alegra que te guste, sólo te queda un mes a prueba y vas muy bien.

- Es que son reglas muy fáciles de seguir, y el trabajo, es para lo que yo estudié.

- Sí, pero, ¿es lo que te gusta hacer?

- Bueno es lo que estudié - repitió confundida.

- Y si no tuvieras que trabajar, ¿estarías haciendo esto?

- Si no tuviera que trabajar no trabajaría supongo.

- ¿Y qué te gusta hacer cuando no trabajas?

- Leer, ver pelis o series, sacar fotos... ¿y a vos?

- Leer sin duda, pero también me gusta viajar.

Ella sonrió.

- Sería lindo viajar - dijo, y después curiosa preguntó: - ¿Por qué estás acá abajo, con lo hermoso que es el paisaje?

- Tengo oídos sensibles y aquí hay suficiente silencio para descansar bien - explicó. - Además, así no se oyen los gritos de placer de mis amantes - agregó mirándola con picardía a lo que ella se sonrojó violentamente.

- Pero si nunca... - comenzó a decir recordando que no había visto a nadie visitarlo, y a su vez, al mirarlo, imágenes fantasiosas de su cuerpo desnudo vinieron a su mente; pero al ver que él sonreía, se dio cuenta de que era una broma. - Estás haciendo un chiste - dijo sintiéndose más relajada.

- ¿Por qué tu legajo dice que no tienes familia? - preguntó él.

- Bueno, yo soy huérfana, mis papás murieron en un accidente de auto cuando yo tenía cuatro años y me crio mi única abuela, que también murió.

- ¿O sea que, ni primos, ni tíos, ni nada?

- No, mi papa no tenía familia y mi mamá era hija única.

- ¿Y dejaste amigos en tu ciudad?

- Algunos pocos - respondió evitando mirar sus ojos, que parecían sondearla hasta las entrañas.

- ¿Te hablas con ellos?

- A veces, por las redes sociales. ¿Vos tenés familia?

- Muy poca y lejana. Raphael y Alba son más cercanos a mí que mi propia familia.

- ¿Y cómo los conociste?

- Es una historia larga, que te aburriría en este momento. Y dime, ¿sabes algo de tus ancestros?

- Una vez intenté entrar a esas páginas para hacer el árbol genealógico, pero me resultó muy engorroso porque casi no conozco datos de mis antecesores.

- Mayoraz es un apellido suizo - declaró Gaspard.

- No lo sabía, no me veo suiza, ellos son rubios, ¿no?

- Algunos...

En ese momento, el celular de Gaspard, que había dejado en medio de la mesa, sonó. Se leía "recepción".

- ¿Sí? - respondió.

"Perdón que moleste, estuve llamando a la dirección y también al celular de Cami, pero no atiende. Parece que algunos de la cabaña cinco, salieron con la tormenta y se perdieron." Oyó ella incomodándose por no haber traído su celular. El de él, aunque no estaba en altavoz tenía muy buen sonido.

- Está bien, ya Camila va para allá.

- Perdón... - empezó a decir.

- No ha sido nada, yo te traje sin darte tiempo a pensar. Llama al 911, si no lo hicieron ya. Y después vemos que hacemos.

- Ok - respondió y salió rápido a ocuparse.

Cuando llegó a la escalera, casi se cae por las polleras largas, para bajar haciéndose la princesa detrás de Gaspard, había estado bien, pero subir a las apuradas con esta ropa, era otra cosa. Se levantó el ruedo con las manos y corrió hasta el primer subsuelo y ahí, subió al ascensor.

Cuando llegó a la recepción, no tuvo que hacer nada porque los extraviados aparecieron sin saber cómo se habían perdido, ni cómo habían llegado. No era la primera vez que esto pasaba.

Algunos de los empleados más conspiranoicos, decían que seguramente había cerca alguna base extraterrestre y que abducían a los turistas, otros decían que Gaspard lo sabía y que era un reptiliano camuflado. Pero la verdad para Camila, era que simplemente se perdían con la nieve y daban vueltas hasta que hallaban el camino de regreso.

Ordenó que les prepararan algo caliente y buscó a Raphael para que los llevara de nuevo a su cabaña, pero él no estaba por ninguna parte. Pasaron 15 minutos, hasta que por fin atendió el celular y dijo que se había quedado dormido, por lo que en un rato apareció desde el ascensor.

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Gaspard - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Con la mano todavía en el teléfono, la preocupación comenzó a crecer en su interior.

Xander le había hablado para pedirle informes sobre los extraños sucesos de la zona. Xander Ackerkrivy, era conocido entre los suyos por ser uno de los tres líderes más poderosos del mundo y a Gaspard le tocaba responder ante él.

Aunque se conocían desde hacía tiempo, no tenían una relación cercana y se consideraba no sólo algo extraño sino también peligroso, recibir un llamado suyo.

Le había dado un mes para resolver los sucesos bajo advertencia de venir a ocuparse él mismo del asunto, dejando entrever que pensaba que tal vez, Alba o Raphael estuvieran involucrados, lo cual no era algo descabellado, pero prefería no pensar al respecto.

Por otro lado, la amenaza de su presencia en Vex Argentina, le inquietaba, ya que sus métodos para resolver estos temas no eran del agrado de Gaspard, y Xander, como la mayoría de los que eran tan antiguos como él, se atenían a las antiguas reglas de manera inconmovible.

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Camila - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Gaspard le había dicho que cuando tuviera tiempo vaya a su oficina para ver los cv de postulantes para la siguiente temporada. Así que, a la hora de la siesta, que tuvo un rato libre, se dirigió a su oficina.

Algo que parecía una amenaza en un cerrado francés, se filtró por la puerta que estaba entreabierta. Era la voz grave de Gaspard y sonaba dura y fría. Ella no pudo entender lo que decía, aunque sí reconoció el idioma, ya que lo hablaba básicamente para poder comunicarse con los turistas.

Asustada, quiso retroceder, pero Alba salía veloz y aparentemente enojada, y detrás de ella Raphael.

- Buenas tardes - los saludó y haciéndose la que no pasaba nada, caminó entre los dos y entró en el despacho del dueño del lugar: - Permiso - dijo suavemente.

Él levantó la mirada; estaba de pie con las manos apoyadas en el escritorio, como si se sintiera exasperado, un mechón de pelo le caía sobre el rostro. Sus ojos parecía que ardían.

- Pasa por favor - dijo mientras se acomodaba el cabello.

- Si querés puedo volver en otro momento.

- No es necesario.

- La verdad...

- ¿Oíste lo que hablábamos?

- No, yo apenas venía llegando cuando ellos salían... no...

- Está bien, siéntate y trabajemos, por favor.

Ella se sentó y él le alcanzó unos cv que tomó de la impresora que se encontraba a su derecha, debajo de la enorme ventana que había tras su escritorio.

Eran más o menos veinte, Licenciados, con buenos títulos y más experiencia que ella.

- ¿Esto para cuándo es?

- Para la temporada de verano, quiero contratar un jefe de personal, no quiero que tú te sigas ocupando de eso. Esto crece y es momento de delegar. También quisiera una empresa que se ocupe de la limpieza de las cabañas, y algunas de las instalaciones de aquí. Estaba por imprimir algunas referencias, y quiero tercerizar algunas cosas.

- Ok...

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Gaspard - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

Al observar a Camila dormir, Gaspard se preguntaba si podría ella reemplazar a Anne Marie. Cuando la hizo venir, luego de ver su foto y saber su ascendencia, pensaba que sería como recuperar su amor perdido, pero pronto las dudas lo asaltaron, ya que, aunque en aspecto era muy parecida, por dentro era alguien totalmente diferente.

Le gustaba y se sentía muy atraído, en especial cuando ella le dirigía su mirada transparente. Pero no tenía certeza de que pudiese enamorarse.

Los años de desesperanza que había vivido, luego de aquella terrible pérdida, hacía tiempo que habían comenzado a diluirse, y la llegada de Alba y Raphael lograron cambiar su forma de vivir y de ver las cosas.

Desde que ellos estaban en su vida, comenzó a autodisciplinarse, a estudiar, aprender y seguir el ejemplo de los que habían pasado por esto antes que él. De ser un malviviente vagabundo, se convirtió en el empresario Gaspard Jean Genolet Dumarc, se decidió a recuperar las tierras en las que había crecido, el lugar que debería haber pertenecido a Anne Marie y su descendencia, y apenas tuvo oportunidad, así lo hizo.

Ahora, siguiendo las líneas de sangre de la familia de su amada, se trasladó a Argentina y encontró, tal vez por suerte o tal vez por destino, a Camila.

Pero ella... apocada y tímida, lejos estaba de lo que él esperaba encontrar.

Capítulo 3 La marca

Camila - Complejo Vex, Prov. de Santa Cruz, Argentina.

El mes pasó rápido y los empleados temporales se fueron. Ese mismo día firmó su contrato permanente en el lugar. Estaba contenta, había logrado conseguir un trabajo espectacular, que le gustaba, donde la gente era buena y además le permitía ahorrar.

De todas maneras, tenía todavía en venta la casa de su abuela que, en un impulso, después de una gran pelea con Andrea e Iván, había puesto en una inmobiliaria para que se ocupen de ella. Cuando tuviera esa plata se iba a comprar un departamento chico y lo otro lo iba a invertir en algo que le permitiera no morirse de hambre si llegaba a perder el trabajo. Lo cual esperaba no sucediera, porque le gustaba estar ahí.

A tres meses de dejarlo todo, parecía que hubiera pasado una eternidad. Ya podía recordar lo que le había sucedido sin llorar y si en algún momento se sentía mal, como por arte de magia aparecía Gaspard, para socorrerla.

Estas últimas semanas, no sabía si era porque hablaban tanto de "las cosas raras que pasaban", que había empezado a tener sueños intensos. Parecían recuerdos de otras vidas, como si fuera ella otras personas.

A veces se despertaba sobresaltada, sintiendo que alguien la miraba, pero no había nadie; otras veces le parecía que un murciélago golpeaba su ventana, pero tampoco era nada; claro que con el viento descomunal que había ahí la mayor parte del tiempo, parecía que las ventanas iban a explotar, era lógico que sintiera que algo quería entrar.

Esto hacía que se levantara un poco tarde, más seguido de lo que le gustaría; pero mientras cumpliera sus horas, a Gaspard eso no le importaba. Al recordar lo dura que sonaba su voz el día que él reprendiera a Alba y a Raphael, le parecía como si no fuera la misma persona. Porque con ella siempre se mostraba muy indulgente y amable.

Cuando él empezó a ver cvs de personas con sus mismos títulos y más capacitadas, había tenido miedo de tener que irse al terminar el contrato, pero no fue así. Tal como dijo, ella no rompió las reglas y él la dejó en planta permanente.

Era la temporada baja, así que había mucho menos trabajo. Se encontraba en su dormitorio cuando el teléfono fijo sonó; era Lola preguntando si quería unos mates. Como eran las cinco de la tarde, aceptó y bajó a la cocina.

Ahora que el lugar estaba vacío podía apreciarlo bien: era un salón enorme, con cocinas, mesadas, hornos, freidoras y otros artefactos colocados en todo el derredor y en el centro dos mesas grandes con algunas sillas y bancos.

Lola se había peinado con una cola de caballo bien alta, lo que acentuaba su aspecto juvenil, estaba más o menos en el centro del lugar cargando un termo con una pava (tetera) enorme. Se acercó y ella le hizo una sonrisa tratando de no distraerse de su tarea, el mate estaba preparado al lado de unas fotocopias anilladas y abiertas al medio, así que se puso en un banco alto junto a la chica.

- ¿Cómo estás? - preguntó Camila.

- Bien, estudiando para rendir unas unidades de historia.

Cuando Lola se acercó, pudo ver en su cuello unas marcas raras moradas, como dos puntitos; no era lastimado pero estaba oscuro.

- ¿Qué tenés en el cuello?

- ¿Esto? - Preguntó tocándose. - Es de Rafa - lo dijo con una sonrisa.

- Ah - para ella eso no se veía como un chupón, pero podía ser.

- Me alegra que te quedes, así puedo tener una amiga, si no viste que acá todos vienen y se van.

- ¿Y Alba?

- ¿Alba? No, si esa mujer no se quiere ni ella... - dijo hablando bajito como en secreto.

La verdad era que Alba, no se relacionaba mucho con nadie, no hacía ninguna tarea allí como Gaspard o Raphael y cuando se dejaba ver era para que Raphael la llevara a algún lugar... Ahora no estaban ninguno de ellos, porque iban hasta Gobernador Gregores a buscar un turista vip.

- Sí, me parece que no...

- Shhh - le hizo seña como si alguien las escuchara. - ¿Mejor me ayudas con esta materia?

- Dale.

- Lo leí casi todo - dijo pasándole el apunte - vos anda preguntandomé y yo te digo...

Pasaron así la tarde e incluso cenaron juntas. Se había acostumbrado a estas mateadas, al aire fresco de las montañas, y también a los trajes de paisana.

Estando allí, ni siquiera se había tenido que comprar ropa, con excepción de una campera negra, larga y gruesa con capucha que era para cuando tenía que salir en el invierno, pero salía muy poco.

Al día siguiente supo que el nuevo residente del complejo era un árabe petrolero que había venido con sus consortes, con su propio guía turístico y su traductor, así que, la única asistencia que necesitaba de ellos era el alojamiento y la comida.

Se presentó en la mañana queriendo ver a Gaspard, quien no estaba disponible en ese momento. Por lo que la nueva recepcionista la llamó para que se ocupara del asunto.

El tipo hablaba sólo árabe y no hacía caso al traductor. Intentaba hablar directamente con ella, que a su vez trataba hacerle entender que no podía ver al dueño del complejo ahora; hablando en un perfecto inglés, a lo que el traductor, luego de ser silenciado por el jeque dos veces, ya no tradujo más.

Después de un rato de intentar hacerlo comprender infructuosamente, el tipo dijo:

- Vos es muy bonita.

Sorprendida, no supo que responder por un momento, pero enseguida se recompuso.

- Es muy amable, pero no puede ver al señor Genolet ahora.

- Venir vos conmigo, yo pago oro - le ofreció.

- No, yo no puedo...

- Sí puede - dijo y la agarró de la muñeca.

- ¡No!... - se quiso zafar, pero no podía.

Para su fortuna en ese momento, la voz de Gaspard hizo que el hombre la soltara inmediatamente. Él apareció por la escalera, detrás de ella.

- Aquí estoy, perdón la demora, puedes retirarte Cami - le dijo y luego siguió hablando con el árabe en su idioma.

Ante esto, ella no lo pensó dos veces, y se apuró a meterse en el ascensor.

Fue un momento horrible, no entendía como hacía Gaspard para aparecer en el momento justo. Era como si supiera siempre que a ella le pasaba algo.

Se metió a su oficina pensando en eso, pero sus pensamientos la retrajeron al pasado. ¿Por qué Iván no se dio cuenta de lo que a ella le pasaba cuando terminaron? La puso en esa situación de mierda de tener que decirle que ya sabía todo lo que pasaba entre él y Andre. Lo peor es que ni siquiera intentó negarlo, ni le preguntó cómo se enteró, sólo dijo "no queríamos lastimarte". Seguramente en el fondo estaba aliviado y quería que todo saliera a la luz de una vez, estar tantos años escondiendo algo así, no debía ser fácil, "pero bueno, que se jodan, yo soy la víctima", se dijo.

Golpearon a la puerta, no alcanzó a responder porque Gaspard entraba ya.

- La próxima vez que pase una situación así, me llamas aunque yo haya dicho que no me molesten. ¿Está bien? - Parecía un poco enojado. Y la miraba con el ceño fruncido como si la estudiase. Incluso con cara de culo le parecía lindo.

- Sí, perdón. No fui capaz de manejar la situación; la verdad es que me acobardé.

- Cualquier mujer se acobardaría en esa situación - dijo ya con la voz más suave. - Los árabes son unos abusadores.

- Eso parece.

- Me voy abajo, ahora sí, no quiero ser molestado, a menos que ocurra otro incidente, dejaré mi celular encendido.

Ella asintió mientras él salía de la oficina.

A la noche, Lola fue a verla para preguntarle lo que había pasado, porque todos hablaban de que el árabe la había querido llevar.

- Me agarró de la muñeca no más, pero justo llegó Gaspard.

- Sí, él siempre está pendiente de vos - le dijo con una sonrisa que insinuaba que algo pasaba.

- No, fue una casualidad no más.

- No creo, cada vez que te pasa algo él siempre está, además te trata diferente que a todos y vos y yo somos las únicas permanentes, ¿no te parece que eso es por algo?

- ¿Y por qué puede ser?

- Para mí, vos le gustás.

- ¡Qué le voy a gustar! No lleno el target para que me dé bola un tipo así - dijo, pero sonrió al pensar en la idea, y se tiró en la cama sintiendo una insipiente fantasía emerger en su mente.

- ¿No te diste cuenta que en tu dormitorio y en tu oficina siempre hay flores frescas? - le recalcó Lola.

- Si, pero... hay en todos lados...

- No, no hay en todos lados, fijate - le dijo antes de irse.

Ella miró en la mesita alta un jarrón con rosas anaranjadas, y había otro igual en su livingcito, al salir del ascensor, y en la oficina también, tal como había dicho Lola. Estaba tan acostumbrada a verlas que no se había dado cuenta ni que las cambiaban antes de que se marchitaran, ni tampoco que en el resto de las estancias del lugar no había flores.

Esto alejó de su mente todo su horrible pasado y la llevó a un futuro que le parecía imposible, pero con el que no podía evitar fantasear.

Desde ese día le costaba no mirar a Gaspard como algo más que su jefe. Él era súper correcto, un caballero en todo, nunca traspasaba la relación de empleador y empleada, pero estaba al pendiente de ella siempre, y tal como le había dicho Lola, aparecía cada vez que lo necesitaba, pero ¿cómo lo hacía? Una vez, en secreto, la chica le había dicho "ellos oyen todo", no había entendido, pero insinuaba que tanto Gaspard, como Alba y Raphael, las oían en todo momento.

Había empezado a tener sueños sexuales con él, lo veía entrar por la ventana, desnudo, y meterse a su cama. A la mañana, luego de tener esos sueños, le costaba no sonrojarse en su presencia.

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