La mesa cojeaba. Kael dobló una servilleta y la metió debajo de la pata. Solucionado.
Se acomodó la camisa. Le quedaba justa; era la misma que usó para una boda hace tres años. Se sentía raro sin el uniforme de trabajo, ese mono azul con el logo de Industrias Dório que usaba todos los días para limpiar pisos. Pero hoy cumplían dos años. Había que hacer el esfuerzo.
Sabrina entró diez minutos tarde. Se veía increíble con ese vestido rojo, demasiado para un sitio como este. Kael se levantó para saludarla, pero ella le puso la mejilla. Mal comienzo.
-Hay mucho tráfico -dijo ella, tirando el bolso en la silla-. ¿En serio, Kael? ¿Al Donati?
-La comida es buena y lo puedo pagar -respondió él, sentándose-. Feliz aniversario.
La cena fue incómoda. Kael intentaba hablar de sus estudios nocturnos, de que le iba bien en contabilidad. Ella solo miraba el móvil, haciendo scroll en Instagram sin prestar atención.
Cuando terminaron de comer, Kael sacó la cajita del bolsillo.
-Tengo algo para ti.
La puso sobre la mesa. Sabrina dejó el teléfono y miró la caja con cara de cansancio. La abrió sin ganas. Vio la cadena de plata con la estrella.
-Es plata -dijo Kael rápido-. Me gasté lo de las horas extra de este mes.
Sabrina cerró la caja de golpe.
-No puedo aceptar esto.
-¿No te gusta?
-No es el collar, Kael. Es todo. -Hizo un gesto señalando el restaurante barato y a él-. Tengo veintiséis años. Mis amigas están viajando y comprometiéndose. Yo estoy aquí cenando pasta barata.
-Estoy estudiando para ascender. Solo dame tiempo.
-No tienes tiempo. Ni dinero. -Se cruzó de brazos-. Tristan Vane me invitó a la gala de la empresa la semana que viene.
Kael soltó una risa seca.
-¿Vane? ¿El vicepresidente? Ese tipo es un imbécil. Tiró un café al suelo ayer solo para verme limpiarlo. Solo quiere acostarse contigo, Sabrina.
-Al menos él es alguien -replicó ella, fría-. Tú no eres nadie, Kael. Eres el conserje. Limpias la basura de la gente con la que yo quiero estar. Eres invisible.
Kael se quedó helado. Eso dolió más que cualquier insulto.
-¿Invisible?
-Eres buen chico, pero con amor no se paga el alquiler. Me cansé de esperar. -Sabrina agarró su bolso y se levantó-. Quédate el collar. Véndelo y paga tu renta.
Se fue sin mirar atrás.
Kael se quedó ahí sentado. La gente de las otras mesas miraba, pero a él le daba igual. Pagó la cuenta con todo el efectivo que tenía. Se quedó a cero. Literalmente sin un peso para el autobús.
Salió a la calle. Empezó a llover. Perfecto.
Empezó a caminar los cinco kilómetros hasta su casa. Con la ropa mojada y los zapatos encharcados, se detuvo un momento a mirar el horizonte.
Ahí estaba. La torre de Industrias Dório. Enorme, brillante, burlándose de él. En el piso 40, Tristan Vane estaría bebiendo algo caro, probablemente riéndose.
Kael metió la mano en el bolsillo, apretó la cajita del collar y miró el edificio.
-Invisible... -repitió en voz baja.
La tristeza se le pasó rápido. Ahora solo sentía rabia. Una rabia fría.
-Está bien. Si soy invisible, no me verán venir.
Siguió caminando bajo la lluvia. Mañana volvería a limpiar esos pisos, pero ya no iba a bajar la cabeza. Iba a empezar a planear cómo quedarse con todo el edificio.
El lunes empezó con olor a amoníaco. Era el mismo olor de siempre, pero esa mañana a Kael se le revolvía el estómago. Llevaba dos horas puliendo el suelo de mármol del vestíbulo de Industrias Dório. La máquina zumbaba, monótona, hipnotizante.
A las 8:45 a.m., el ascensor ejecutivo se abrió. Kael tensó los músculos de la espalda. Sabía quién venía sin necesidad de mirar. Los zapatos italianos sonaban diferente contra el suelo.
Tristan Vane caminaba rápido, hablando por teléfono. Llevaba un traje gris que costaba más de lo que Kael ganaría en cinco años. Detrás de él, tropezando con sus propios tacones, iba una asistente nueva, cargada de carpetas.
Vane pasó justo por donde Kael acababa de pasar la máquina. Dejó huellas negras sobre lo mojado.
-...sí, compra las acciones antes del mediodía. No me importa si es legal o no, solo hazlo -decía Vane al teléfono. Se detuvo un segundo, miró su zapato y luego miró a Kael con asco-. Oye, tú. Cuidado con el agua. Casi me mato.
Kael apretó el mango de la pulidora.
-Está señalizado, señor Vane -dijo, señalando el cartel amarillo de "Piso Mojado".
Vane soltó una risa corta, sin alegría.
-No me contestes. Solo limpia mis huellas. Y hazlo rápido, tengo inversores llegando en diez minutos.
Vane siguió caminando hacia los torniquetes de seguridad. Kael se quedó mirando su espalda. La rabia de la noche anterior seguía ahí, fría y dura en su pecho. Tuvo ganas de empujar la máquina contra sus tobillos, pero se contuvo. Necesitaba el dinero. Todavía necesitaba comer.
-Imbécil -murmuró alguien cerca.
Kael giró la cabeza. Era Elara Vance, la chica nueva de Archivo. Llevaba una caja llena de documentos viejos y tenía el pelo recogido con un lápiz.
-Cuidado, te puede escuchar -dijo Kael, bajando la voz.
-Que escuche. Es un tirano -Elara se ajustó las gafas-. ¿Estás bien, Kael? Tienes mala cara. Peor de lo normal, quiero decir.
-Noche larga. Problemas de dinero. Lo de siempre.
Elara rebuscó en su bolsillo y sacó una barrita de granola aplastada.
-Toma. Robada de la sala de reuniones del piso 10. Dicen que es orgánica.
Kael sonrió por primera vez en veinticuatro horas. Aceptó la barrita.
-Gracias, Elara. De verdad.
-No te dejes pisar, Kael. Algún día alguien se dará cuenta de lo que vales.
Ella siguió su camino hacia los ascensores de servicio. Kael guardó la barrita en el bolsillo del mono. Algún día, pensó con amargura.
A las 10:00 a.m., su radio sonó con estática.
-Roz, preséntese en la oficina 404. Inmediatamente.
Kael sintió un sudor frío. La 404 no era Recursos Humanos. Tampoco era Mantenimiento. Era el piso legal. Seguro que Vane se había quejado. Seguro que lo iban a despedir por "insolencia".
Se lavó las manos, se quitó el mono sucio para quedarse con su ropa de calle (que no estaba mucho mejor) y subió.
El piso 4 se sentía diferente. La moqueta era más gruesa, el aire acondicionado más silencioso. Una recepcionista que no lo miró a la cara le señaló una puerta de madera maciza al final del pasillo.
Kael tocó.
-Adelante.
Entró. La oficina era enorme, con vistas a toda la ciudad. Detrás de un escritorio de caoba estaba un hombre mayor, de unos sesenta años, calvo y con una mirada afilada como un bisturí. Kael reconoció el nombre en la placa del escritorio: Arthur Roth, Asesor Legal Jefe.
-Siéntese, Sr. Roz -dijo Roth sin levantar la vista de unos papeles.
Kael se sentó en el borde de la silla de cuero. Se sentía fuera de lugar, como un niño en la oficina del director.
-Si es por lo del suelo mojado con el Sr. Vane, estaba señalizado -empezó Kael-. No creo que sea motivo de despido...
Roth levantó la mano para callarlo. Se quitó las gafas y lo miró fijamente durante un largo minuto. Era una mirada analítica, incómoda.
-Nadie lo va a despedir, Kaelen. Al menos, no hoy.
Roth abrió un cajón y sacó una carpeta azul. La deslizó sobre el escritorio hacia Kael.
-¿Conoce usted al fundador de esta empresa? ¿Augustus Dório?
-El señor del cuadro del vestíbulo. Murió la semana pasada. Todo el mundo lo sabe.
-Lo que no sabe todo el mundo -dijo Roth con calma- es que Augustus Dório tuvo una relación breve hace veintinueve años con una camarera llamada María Roz. Su madre.
Kael se quedó paralizado. El ruido del aire acondicionado pareció desaparecer.
-No hable de mi madre. Ella murió hace cinco años. Mi padre nos abandonó antes de que yo naciera. Nunca supe su nombre.
-Su nombre era Augustus Dório.
-Eso es mentira -Kael se levantó, enfadado-. Si mi padre era un multimillonario, ¿por qué mi madre murió trabajando doble turno para pagar sus medicinas? ¿Por qué yo limpio los baños de su edificio?
-Porque Augustus era un hombre complicado. Paranoico. Creía que el dinero arruinaba a la gente -Roth sacó un papel de la carpeta-. Hace un año, cuando le diagnosticaron el cáncer terminal, me pidió que lo investigara a usted. Hemos hecho pruebas de ADN con las muestras médicas que la empresa pide anualmente a los empleados. Es positivo, Kael. Eres su hijo.
Kael miró el papel. Un 99.9% de coincidencia. Se dejó caer en la silla, aturdido.
-¿Y qué? -preguntó Kael con la voz ronca-. ¿Quiere darme un cheque para que me calle? ¿Para que no manche el apellido Dório?
Roth sonrió levemente. No era una sonrisa amable.
-Al contrario. Augustus cambió su testamento tres días antes de morir. Desheredó a sus sobrinos. Sacó a la junta directiva del control mayoritario.
Roth se inclinó hacia delante.
-Te lo dejó a ti, Kael. El 51% de las acciones. Los edificios, las patentes, las cuentas en Suiza. Todo. Eres el dueño de Industrias Dório.
Kael soltó una carcajada nerviosa. Miró alrededor esperando ver una cámara oculta.
-Esto es una broma. Vane me envió aquí para reírse, ¿verdad?
-No es una broma. Pero hay una condición. Una cláusula de hierro.
Roth giró el documento hacia Kael y señaló el párrafo final, marcado en rojo.
-Augustus no quería entregar su imperio a alguien que no lo entendiera. Odiaba a los ejecutivos que nunca habían trabajado de verdad. Así que estipuló esto: La Prueba de los 90 Días.
-¿Qué prueba?
-Para reclamar la herencia, debes seguir trabajando como conserje durante tres meses más. Nadie puede saber quién eres. Ni tus compañeros, ni la prensa, y sobre todo, ni Tristan Vane.
-¿Por qué?
-Porque la empresa está podrida por dentro, Kael. Vane y otros directivos están robando, vendiendo secretos, recortando seguridad. Si entras hoy como CEO, te comerán vivo. No sabes cómo funciona el juego. Necesitas ver quién es leal y quién es un traidor. Necesitas aprender desde abajo mientras yo te entreno en secreto por las noches.
Kael leyó el papel. Las letras bailaban ante sus ojos.
"Si el heredero revela su identidad, renuncia o es despedido por causa justificada antes de los 90 días, las acciones pasarán a la beneficencia y él no recibirá nada".
-¿Y si me niego? -preguntó Kael.
-Sales por esa puerta, sigues con tu vida, y Tristan Vane será nombrado CEO el próximo mes. Probablemente despedirá a la mitad de la plantilla, incluida esa chica de Archivo con la que hablabas, y desmantelará la empresa para venderla por partes.
Kael pensó en Sabrina. "Eres invisible". Pensó en Vane pisando lo fregado. Pensó en Elara y su barrita de granola. Pensó en su madre muriendo en un hospital público porque no tenían seguro privado.
Miró a Roth.
-¿Tengo que limpiar los baños del hombre que me está robando?
-Tienes que limpiar los baños de tu edificio mientras observas cómo te roba, para que cuando asumas el mando, sepas exactamente dónde enterrarlo legalmente.
Kael sintió un escalofrío. No era miedo. Era adrenalina.
Agarró el bolígrafo barato que Roth le ofrecía. Pesaba más de lo que parecía.
-Noventa días -dijo Kael.
-Noventa días -confirmó Roth-. A partir de ahora, Kael, eres un espía en tu propia casa. Bienvenido a la gerencia.
Kael firmó. El trazo fue firme.
-Una cosa más -dijo Kael, soltando el bolígrafo-. Necesito un adelanto. En efectivo. Pequeño, que no levante sospechas.
-¿Para qué?
Kael se levantó y se alisó la ropa arrugada.
-Tengo que comprarme un traje. Y tengo que aprender a usarlo.
Roth asintió y abrió un cajón de la caja fuerte. Sacó un sobre grueso.
-Empieza tu turno, Kael. No llegues tarde a limpiar el piso 5.
Kael salió de la oficina. Al cerrar la puerta, el silencio del pasillo ejecutivo lo envolvió. Caminó hacia el ascensor. Cuando las puertas de metal pulido se cerraron, vio su reflejo. Seguía pareciendo el mismo tipo cansado y pobre de ayer. Pero en el bolsillo, junto a la barrita de granola, tenía el poder para destruirlos a todos.
Solo tenía que aguantar tres meses de basura sin romperle la cara a nadie.
El ascensor bajó. Kael miró los números descender: 3, 2, 1, Sótano.
Sonrió.
-Que empiece el juego.
Dos semanas. Eso fue lo que tardó Kael en entender que el cansancio podía doler físicamente.
Su vida se había partido en dos mitades imposibles. De siete de la mañana a cuatro de la tarde, era el conserje. Empujaba el carrito, fregaba inodoros y aguantaba que los ejecutivos lo miraran como si fuera parte del mobiliario.
De seis de la tarde a la medianoche, era el alumno.
El despacho de Arthur Roth se había convertido en su segunda casa. O más bien, en su campo de entrenamiento.
-Estás leyendo mal el balance -dijo Roth, golpeando la mesa con un bolígrafo-. Mira la columna de gastos operativos. ¿Qué ves?
Kael se frotó los ojos. Le ardían por el cloro y la falta de sueño. Miró los números en la hoja de cálculo.
-Gastos de "Consultoría Externa". Tres millones el último trimestre.
-Exacto. ¿Y quién es la consultora?
-"Delta Solutions".
-¿Y sabes quién es el dueño de Delta Solutions? -Roth le lanzó una carpeta-. La cuñada de Tristan Vane.
Kael abrió la carpeta. Ahí estaba. Un esquema simple pero efectivo. Vane contrataba a la empresa de su familia para hacer estudios que no servían para nada, y Industrias Dório pagaba la factura.
-Es un robo -dijo Kael.
-Es un desfalco legalizado -corrigió Roth-. Y es solo la punta del iceberg. Vane está preparando algo grande para la Junta de Accionistas del mes que viene. Necesitamos saber qué es.
-¿Cómo? No tengo acceso a sus archivos digitales.
Roth sonrió.
-No necesitas contraseñas, Kael. Eres el conserje. Tienes la llave maestra física de cada puerta del edificio. Y, lo más importante, tienes acceso a lo único que los ejecutivos arrogantes como Vane nunca protegen: su basura.
Al día siguiente, Kael entró en la oficina de Vane a la hora del almuerzo. El despacho estaba vacío. Olía a colonia cara y a ego.
Kael cerró la puerta con el pestillo y sacó una bolsa de basura nueva. Empezó a vaciar la papelera de debajo del escritorio de caoba. Papeles de envoltorios de sándwiches caros, vasos de café de Starbucks, y... papel triturado.
Vane no era estúpido, usaba una trituradora. Pero era vago. Había una hoja arrugada que no había pasado por la máquina. Solo estaba hecha una bola, como si la hubieran descartado con frustración.
Kael la alisó sobre el escritorio. Tenía el sello de "BORRADOR CONFIDENCIAL".
El título era: "Proyecto Icarus: Reestructuración de Costos".
Kael leyó rápido. Su corazón empezó a latir con fuerza contra sus costillas. No era solo un robo. Era una masacre. El plan consistía en cerrar el departamento de Archivos Físicos y digitalizar todo subcontratando a una empresa en la India.
Eso significaba despedir a cuarenta personas.
Kael bajó la vista hasta la lista de empleados afectados. Sus ojos buscaron un nombre. Ahí estaba, en la tercera línea: Vance, Elara.
Escuchó voces en el pasillo. La risa de Vane.
Kael arrugó el papel, se lo metió en el bolsillo del mono y volvió a ponerse a fregar el suelo frenéticamente.
La puerta se abrió. Tristan Vane entró, pero no venía solo. Sabrina iba con él.
Kael se quedó congelado en la esquina, con la fregona en la mano.
-...y por eso te digo que el próximo mes será nuestro -decía Vane, aflojándose la corbata-. Cuando la junta apruebe Icarus, mis bonos se duplicarán. Podremos hacer ese viaje a Bali del que hablabas.
Sabrina se sentó en el borde del escritorio, cruzando las piernas. Llevaba el collar de plata que Kael le había regalado en su aniversario. No, espera. No era el de Kael. Era uno de oro blanco, mucho más grueso.
-¿Y qué pasará con la gente del sótano? -preguntó ella, aunque su tono no sonaba preocupado, solo curioso.
-Daños colaterales, nena. Es grasa que hay que cortar. Nadie va a extrañar a un par de bibliotecarios polvorientos.
Vane se giró y vio a Kael. Su sonrisa desapareció.
-¿Otra vez tú? ¿No tienes otro sitio que limpiar?
Kael apretó el palo de la fregona hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Tenía la prueba de su corrupción en el bolsillo. Podía sacarla, tirarla sobre la mesa y gritarles que estaban acabados. Podía decirles que él era el dueño de ese escritorio.
Pero recordó las palabras de Roth. Noventa días. Si te descubren, pierdes.
-Solo terminaba, señor Vane -dijo Kael. Su voz salió ronca, pero controlada.
-Pues termina fuera. Y llévate esa basura -Vane señaló la papelera vacía-. Huele a pobre aquí dentro.
Sabrina ni siquiera miró a Kael. Tenía los ojos fijos en Vane, como si fuera el sol.
Kael asintió, tomó su carrito y salió. Cerró la puerta detrás de él y escuchó cómo volvían a reírse.
Bajó al sótano, al Archivo. Necesitaba aire, aunque allí abajo el aire siempre estaba viciado.
Encontró a Elara sentada en el suelo, rodeada de cajas viejas. Estaba comiendo un yogur.
-Hola, fantasma -dijo ella al verlo-. Tienes cara de haber visto un asesinato.
-Algo así -Kael se sentó en una caja frente a ella-. ¿Qué haces?
-Organizando la sección de patentes de los años 90. Es un desastre. Pero tengo una idea genial para indexarlo todo. Si logro presentárselo al jefe de operaciones la semana que viene, tal vez me den un puesto fijo.
Kael sintió un nudo en la garganta. Tocó el papel arrugado en su bolsillo. Elara no sabía que la semana que viene su puesto ni siquiera existiría. Vane iba a despedirla antes de que pudiera presentar nada.
-Elara... -empezó Kael. Quería advertirle. Quería decirle: Vete, busca otro trabajo, este lugar se hunde.
Pero no podía. Si le decía que sabía sobre el Proyecto Icarus, tendría que explicar cómo lo sabía. Y Elara era honesta, demasiado honesta. Si se enteraba de algo ilegal, haría ruido. Y si hacía ruido, Vane iría a por ella... y descubriría a Kael.
-¿Qué pasa? -preguntó ella, con la cuchara del yogur a medio camino.
Kael tragó saliva.
-Nada. Solo... asegúrate de tener una copia de seguridad de tu trabajo. En tu casa. Fuera de los servidores de la empresa.
-Siempre lo hago. Soy paranoica, ¿recuerdas?
-Bien. Hazlo hoy.
Kael se levantó. No podía advertirla directamente, pero tampoco iba a dejar que Vane ganara. Tenía información. Tenía acceso. Y tenía a Roth.
Si Vane quería jugar sucio con despidos masivos para inflar sus bonos, Kael iba a tener que jugar más sucio.
Subió al cuarto de limpieza, cerró la puerta y sacó su teléfono barato. Marcó el número de Roth.
-¿Qué pasa? -contestó el abogado al primer tono.
-Tengo el nombre del proyecto. "Icarus". Y sé cuándo lo van a presentar.
-Bien hecho. Lo usaremos en la Junta dentro de un mes.
-No -dijo Kael, mirando el papel arrugado-. No puedo esperar un mes. Va a despedir a cuarenta personas la semana que viene. Tenemos que sabotearlo antes.
-Kael, escucha. Tu objetivo es sobrevivir los noventa días, no salvar a los empleados. No eres un sindicato.
-Soy el dueño -cortó Kael. Su voz sonó diferente esta vez. Más grave. Más peligrosa-. Y no voy a empezar mi reinado sobre un cementerio. Necesito que me enseñes cómo filtrar un documento a la prensa sin dejar rastro digital.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, se escuchó un leve suspiro que podría haber sido de aprobación.
-Ven a mi oficina a las diez. Trae el papel. Y Kael...
-¿Sí?
-Espero que hayas limpiado bien tus huellas dactilares de esa papelera.
Kael colgó. Miró sus manos, rojas y ásperas por el trabajo duro.
-No te preocupes -murmuró-. La basura es lo mío.