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El hermoso premio del señor de la guerra

El hermoso premio del señor de la guerra

Autor: : Burnard Gilles
Género: Moderno
Keylin dedicó tres años a cuidar a su esposo después de un terrible accidente. Pero una vez que él se recuperó, la abandonó y trajo de regreso a su primer amor del extranjero. Devastada, Keylin decidió divorciarse mientras la gente se burlaba de ella por ser descartada. Luego se reinventó, convirtiéndose en una doctora muy solicitada, una campeona de carrera y una diseñadora arquitectónica de renombre internacional. Aun así, los traidores se burlaban con desdén, creyendo que Keylin nunca encontraría al amor verdadero. Pero entonces el tío de su exesposo, un poderoso líder militar, regresó con su ejército para proponerle matrimonio a ella...

Capítulo 1 Divorcio y reparto de bienes

"Hmm... Landen...".

La voz sensual que provenía de detrás de la puerta, bien cerrada, dejó la mano de Keylin Barnett suspendida en el aire.

Un escalofrío le recorrió la espalda. El frío se le metió por las yemas de los dedos y le caló hasta los huesos, como si la hubieran bañado en agua helada.

Durante sus años de matrimonio, ella y su esposo, Landen Barnett, nunca habían tenido intimidad.

Pero ahora, al oír la voz que salía de la habitación, comprendió perfectamente lo que estaba pasando.

Se le cortó la respiración y la incredulidad le oprimió el pecho. Landen... él no... no, no podía ser.

Cuando se casaron, Landen le había confesado que sufría una dolencia que le impedía tener relaciones íntimas. Por eso, se negaba a creer que fuera él quien estaba dentro.

Keylin se llevó una mano temblorosa a la sien, desesperada por convencerse de lo contrario. Pero cuando se oyeron profundos gemidos masculinos, la frágil esperanza a la que se aferraba se hizo añicos al instante.

Esa voz era la suya. La conocía demasiado bien.

Le temblaron las piernas y tuvo que apoyarse en la fría pared para no caer. Las lágrimas le anegaron los ojos y empezaron a caer sin control mientras se tapaba la boca con una mano para ahogar un sollozo que amenazaba con escapársele.

Hacía tres años, Landen había sufrido un accidente de auto que lo dejó en coma. Durante los dos largos años que siguieron, Keylin se dedicó a cuidarlo con una devoción inquebrantable, haciendo oídos sordos a las burlas y miradas despectivas de los demás. Lo hizo solo porque él la había salvado una vez, cuando fue ella quien tuvo un accidente.

Aparentemente, se había limitado a cuidarlo, pero en secreto lo había tratado con sus excepcionales conocimientos médicos, logrando arrancarlo de las garras de la muerte. Aún recordaba el día en que despertó, el calor de su mano al tomar la de ella, el peso de su promesa de casarse y amarla para siempre.

Ese día estaba grabado a fuego en su corazón, igual que el amor que creía que compartían.

Lo había sacrificado todo por él, entregándose en cuerpo y alma para ser una esposa devota. Y, sin embargo, ¿qué había recibido a cambio?

Keylin se apretó el pecho, con la respiración agitada y superficial, como si un cuchillo le estuviera desgarrando el corazón. Todo su sacrificio, todo lo que había hecho por él, parecía ahora una broma de mal gusto.

Se dio la vuelta, dispuesta a huir de aquella pesadilla, pero se quedó clavada en el sitio al oír las palabras que llegaban desde el otro lado de la puerta.

"Landen, hoy es tu aniversario de bodas con Keylin", murmuró la mujer, con la voz teñida de falsa preocupación. "Seguro que está en casa sentada, esperándote como la esposa abnegada que es. ¿No está... mal que estés aquí conmigo en vez de con ella? ¿Qué pasará si se entera...?".

"No te preocupes, Claire. Ya te lo dije, en mi corazón solo hay sitio para ti. En cuanto a Keylin, es solo un sustituto. ¡Jamás la he tocado!".

La voz de Landen era suave, casi tierna, pero sus palabras fueron un puñal, frías y despiadadas.

Keylin no pudo soportarlo más. La traición le quemaba en el pecho y, con manos temblorosas, abrió la puerta de un golpe.

"Landen, ¿qué he hecho mal? ¿Por qué me has engañado?".

El repentino exabrupto dejó a Landen paralizado.

Se apresuró a tomar un abrigo para cubrirse y tapar a la mujer que tenía al lado. Frunció el ceño al mirar a Keylin, con un gesto de visible irritación. "¿Qué haces aquí? ¿No te dije que esperaras en la Mansión Barnett?".

Keylin sintió que las rodillas le flaqueaban. Su indiferencia fue como una bofetada.

¿Así que era eso? ¿Ya ni siquiera iba a disimular?

Esbozó una sonrisa amarga mientras las lágrimas, incontrolables, volvían a nublarle la vista. "Si no hubiera venido, ¿cuánto tiempo más pensabas seguir mintiéndome?".

Landen no respondió. El silencio entre ellos era asfixiante, y su evidente molestia le arrebató la poca compostura que le quedaba.

La mujer a su lado rompió el silencio, con voz temblorosa. "No culpes a Landen. La culpa es mía. Si tienes que culpar a alguien, cúlpame a mí".

La mirada de Keylin se posó en ella. Había algo en su rostro que le resultaba familiar.

Ah, claro. Era Claire Helena, la amiga de la infancia de Landen.

Keylin había visto una foto suya en el escritorio de Landen poco después de casarse. Después, la foto desapareció, y ella, ingenua, supuso que él la había olvidado.

Pero ahora, al mirar a la mujer que la había reemplazado, se dio cuenta de lo tonta que había sido.

Keylin ignoró a Claire y clavó la mirada en Landen. Su voz sonó ronca, apenas un susurro. "Si no querías estar conmigo, podrías haberlo dicho. ¿Por qué hacer esto... por qué en nuestro aniversario?".

La burla de Landen fue cortante. "¡Bah, como quieras!". Su tono estaba cargado de desprecio. "Dejemos las cosas claras de una vez. Quiero el divorcio. El lugar de la señora Barnett siempre debió ser de Claire".

Al encontrarse con su fría mirada, Keylin sintió que el corazón se le retorcía de dolor, pero su voz sonó inquietantemente serena. "De acuerdo, divorciémonos. Pero quiero la mitad de los bienes conyugales. Ni un centavo menos".

La expresión de Landen se crispó y Claire se quedó casi boquiabierta. Intercambiaron una mirada de asombro, con la incredulidad pintada en sus rostros.

¿Keylin, la huérfana sin un centavo, se atrevía a exigir la mitad de la fortuna de los Barnett?

¡Qué disparate!

Claire se recompuso rápidamente, bajó la mirada y adoptó un tono de falsa compasión. "Keylin, ¿no es un poco injusto? Landen es quien ha estado al frente del negocio familiar mientras tú te quedabas en casa disfrutando de la vida. Los Barnett te lo han dado todo, ¿cómo puedes ser tan codiciosa e ingrata? Por favor, no te enfrentes a toda la familia Barnett".

Keylin esbozó una sonrisa burlona, con una mirada afilada e implacable. "Una robamaridos no tiene derecho a darme lecciones de justicia. Y que quede claro: no estoy pidiendo permiso, es una exigencia. Y créeme, si esto sale a la luz, no será mi reputación la que acabe por los suelos".

Sus palabras cayeron como un latigazo, silenciando a la pareja al instante. Sin dedicarles una segunda mirada, se dio la vuelta y salió de la villa a grandes zancadas.

El aire fresco de la noche la golpeó en la cara al salir. Sacó el teléfono y sus dedos se detuvieron sobre la pantalla. Tras una breve vacilación, marcó un número que llevaba años sin pulsar.

Le respondieron casi de inmediato, y la voz al otro lado sonó cargada de una emoción apenas contenida. "¿Keylin? ¿De verdad eres tú? ¡Por fin te acuerdas de mí!".

"Sí", respondió ella con voz serena. "Estoy a las afueras de la villa privada de Landen. ¿Puedes venir a buscarme? Te envío la ubicación".

"¡Por supuesto! Llego enseguida".

En diez minutos, el rugido de varios motores rompió la quietud de la calle, y una comitiva de autos de lujo se detuvo frente a ella.

El auto que iba en cabeza paró con suavidad y el conductor se bajó. Al reconocer aquel rostro familiar, Keylin sintió una profunda ironía.

Durante años, había enterrado su verdadero yo, viviendo en la sombra para apoyar a un hombre que no la merecía.

¡Qué ridículo!

Pero ahora, el velo había caído, y no era demasiado tarde para recuperar las riendas de su vida.

"Keylin", dijo Sebastián Gisela, su subordinado, acercándose con voz preocupada. "¿Qué ha pasado? ¿Por qué lloras?".

Se acercó deprisa y, al ver las marcas de las lágrimas en su rostro, abrió los ojos como platos, sorprendido.

¿Alguien tan inquebrantable como Keylin... llorando?

El rostro de Keylin permaneció impasible. Se secó los últimos rastros de lágrimas con el dorso de la mano y dijo con calma: "No es nada. Solo he decidido divorciarme de esa escoria".

"¿Divorciarte?". Sebastián se quedó de piedra; la palabra lo golpeó como un rayo. Tardó un instante en asimilarlo antes de que una amplia sonrisa se dibujara en su rostro, seguida de una sonora carcajada. "¡Es fantástico, Keylin! ¡Por fin has abierto los ojos! ¡Me alegro de que vuelvas a ser tú!".

Capítulo 2 ¡Tú eres la otra aquí!

Media hora más tarde, en la casa de las afueras.

Sebastián puso sobre la mesa un plato humeante de espaguetis, con la voz cargada de frustración: "¡Ese desgraciado de Landen! ¡Si no fuera porque lo has estado tratando todos estos años, ya estaría muerto! Pero en lugar de mostrar gratitud, te fue infiel. Es un...".

"Basta", interrumpió Keylin, con un tono tranquilo pero firme. Se masajeó las sienes con evidente agotamiento. "No quiero hablar más de él".

Sebastián se suavizó al ver su cansancio, y su enojo se transformó en preocupación. "Está bien, está bien. Cambiemos de tema". Hizo una pausa antes de añadir con una chispa de interés: "Por cierto, durante los tres años que estuviste alejada de la medicina, la gente se volvió loca tratando de localizarte para recibir tratamiento. Ahora que te has divorciado de Landen, ¿piensas volver a ejercer?".

Keylin se reclinó hacia atrás, con aire pensativo, y tras un momento respondió: "Corre la voz. Es hora de que la famosa curandera, Garceta, regrese".

El rostro de Sebastián se iluminó de emoción, y su voz casi se le quebró al exclamar: "¡Al fin! ¡Es la mejor noticia que he escuchado en años!".

No pudo evitar sonreír ante la ironía de la situación. El Grupo Barnett llevaba un tiempo buscando desesperadamente información sobre Garceta, ansiosos por contar con sus habilidades.

Y, sin embargo, Landen, casado con ella durante tres años, había sido demasiado ciego para darse cuenta de quién era realmente su esposa.

***

A la mañana siguiente, Keylin dormía profundamente cuando el estridente timbre de su celular la sacó bruscamente de sus sueños. Somnolienta y desorientada, buscó el teléfono a tientas y presionó el botón de contestar con un suspiro.

Al otro lado, la voz aguda y chillona de la madre de Landen, Kathy Barnett, retumbó en el auricular. "¡Mocosa ingrata, ¿dónde te has metido?! ¡Regresa ahora mismo y ponte a hacer los quehaceres!".

En el pasado, Keylin habría pedido disculpas instintivamente, dócil y sumisa ante la ira de Kathy. Pero hoy las cosas eran diferentes.

Respondió con frialdad, con la voz desprovista de emoción: "Landen y yo hemos decidido divorciarnos. Ya no tengo ninguna obligación de hacer nada por tu familia".

"¡¿Qué?! ¡¿Divorcio?!". El tono agudo de Kathy resonó con fuerza, seguido de una carcajada burlona como si acabara de escuchar una broma absurda. "¡Seguro que es solo una decisión tuya! Keylin, ¡no olvides tu lugar! ¡No tienes derecho a hacerme berrinches! ¡Regresa aquí en media hora o tiraré todas tus cosas a la calle!".

Kathy colgó de forma tajante.

Keylin se quedó inmóvil un momento, apretando los labios en una fina línea.

Luego, con una calma deliberada, se levantó de la cama y se vistió. Aún tenía algunos objetos importantes en su habitación de aquella casa. Parecía el día perfecto para recuperarlos y cortar, de una vez por todas, los lazos con la familia Barnett.

Un taxi la dejó en la mansión de los Barnett. Apenas Keylin entró, una voz estridente la saludó desde la sala de estar. "¡Vaya, vaya, mira quién se atreve a mostrar la cara! ¿No viniste a casa en toda la noche? ¡Seguro que estuviste haciendo algo turbio!".

La mirada de Keylin se posó en el sofá, donde Kathy y su hija Verena Barnett estaban sentadas una al lado de la otra, vestidas con elegancia, pero irradiando la arrogancia mezquina de dos arpías.

La expresión de Keylin se endureció al encontrarse con la mirada desdeñosa de ambas. "Oh, sí, bastante turbio", respondió con un tono mordaz. "Después de todo, sorprendí a Landen engañándome con Claire, nada más y nada menos que en nuestro aniversario de bodas, justo frente a mis ojos. Si esto sale a la luz, ¡la reputación de la Familia Barnett quedará por los suelos!".

"¡¿Qué?! ¡¿Claire ha vuelto?!". Kathy abrió los ojos con sorpresa, pero su asombro se convirtió rápidamente en una mueca de desdén. "Bueno, ¿qué más podías esperar? Siempre has sido una inútil. Llevas tres años en esta familia y ni siquiera un indicio de embarazo. ¿Creías que Landen se quedaría de brazos cruzados y dejaría que el linaje familiar se extinguiera?".

Verena intervino con veneno en la voz: "¡Exacto! Si no hubiera sido por el accidente de Landen y el último deseo de la abuela, ¿de verdad crees que una huérfana como tú habría tenido la oportunidad de casarse con la Familia Barnett? ¡Tu origen y tus talentos son risibles comparados con los de Claire! Una mujer estéril como tú merece que Landen la ignore".

Keylin casi se echó a reír a carcajadas ante la desfachatez de madre e hija. La audacia de sus palabras la enfureció y la divirtió a partes iguales.

Sin decir una palabra, metió la mano en su bolso y sacó un viejo informe médico que Landen le había entregado años atrás. Con un rápido giro de muñeca, lo lanzó sobre el regazo de Verena. "Landen nunca tuvo intimidad conmigo, ni una sola vez. ¡No puedo tener un hijo yo sola!".

Verena, que estaba lista para lanzar más insultos, se quedó helada cuando su mirada cayó sobre el informe. Abrió los ojos de par en par y palideció al ver la palabra "impotente" en negrita mirándola fijamente. "¿Cómo... cómo es esto posible?".

Sus manos temblaban mientras sostenía el papel, con una incredulidad evidente.

Kathy, al ver el informe, levantó una ceja. Pero estaba más compuesta que su hija, y su expresión vaciló brevemente antes de recuperar rápidamente el control.

"Bueno, si Landen puede tener intimidad con Claire, eso demuestra claramente que no tiene nada de malo", declaró Kathy con voz aguda. "Fue tu fracaso lo que lo llevó a mentir sobre su impotencia en lugar de siquiera tocarte".

"¿Ah, sí?". Los labios de Keylin se curvaron en una sonrisa fría, y sus ojos brillaron con un destello de burla. "¿Has olvidado quién se quedó al lado de Landen, estabilizando el caos en el Grupo Barnett cuando él tuvo su accidente y Claire huyó al extranjero?".

Kathy apretó la mandíbula con fuerza y clavó su mirada en Keylin. Por un momento, se quedó sin habla, pero pronto su expresión se endureció. "¡No creas que no sé que planeaste todo esto! ¡Tenías la mira puesta en casarte con la Familia Barnett desde el principio! No eres diferente a Claire, ¡ambas son unas codiciosas que solo quieren nuestra riqueza!".

Verena, que siempre había sentido una gran afinidad por Claire, se tensó al oír la comparación de su madre.

Se apresuró a defenderla. "¡Mamá, no metas a Claire en el mismo saco que esta mujer! Ella se fue al extranjero para buscar médicos para Landen, no porque estuviera huyendo. ¡No se parece en nada a Keylin!".

Volviéndose hacia Keylin con una mirada de superioridad moral, Verena escupió: "Si no te hubieras entrometido y casado con Landen, ¡Claire no se habría sentido tan desconsolada ni se habría quedado en el extranjero todos estos años! Ha vuelto porque todavía se preocupa por él. Keylin, estás en deuda con Claire. ¡Tú eres la otra aquí!".

Keylin soltó una risa tranquila, sacudiendo la cabeza como si finalmente hubiera llegado al límite de su paciencia. Sin decir una palabra más, metió la mano en su bolso, sacó la petición de divorcio y la mostró frente a las dos mujeres. "¿Ven esto?", dijo con frialdad, su tono destilando firmeza. "Estoy decidida a divorciarme de él. Hagan que Landen se prepare también para ir al juzgado conmigo. Entonces, él será libre, y esa pareja de desvergonzados podrá hacer lo que quiera".

Sin molestarse en seguir discutiendo, Keylin giró sobre sus talones y se dirigió escaleras arriba, dejando atrás al dúo atónito.

Capítulo 3 La faceta inesperada de Keylin

Hasta que Keylin terminó de empacar y salió por la puerta, Kathy y Verena se quedaron paralizadas, con expresiones de incredulidad. Fijaron la mirada en la demanda de divorcio que estaba sobre la mesa.

"¿De verdad se va a divorciar de Landen?", murmuró Verena, recelosa. Agarró la demanda de divorcio para examinarla y su rostro se contrajo de rabia. "¡Ah! ¡Justo como lo pensé! ¡Solo le interesa el dinero! ¡Mira esto... quiere la mitad de los bienes de la Familia Barnett! ¡Qué descarada!".

El sonido de la puerta principal abriéndose rompió el silencio atónito. Landen entró, con una expresión cansada pero compuesta.

Kathy y Verena reaccionaron de inmediato, abalanzándose sobre él.

"¡Landen, tienes que poner fin a esta tontería!", gritó Kathy, con la voz cargada de indignación. "¡Esa mujer ha dejado seca a la Familia Barnett y ahora exige todavía más! ¡Está usando este divorcio para sacarnos dinero!".

"¡Sí, y eso no es todo!", añadió Verena, con la voz temblorosa por la rabia. "¡Nos faltó el respeto a mamá y a mí, lanzándonos la petición de divorcio y actuando de forma completamente inapropiada! ¡Deberíamos exponerla públicamente y que todo el mundo sepa que no es más que una vergüenza! Una vez que todos la rechacen, ¡no tendrá más remedio que volver arrastrándose a nosotros!".

Landen frunció aún más el ceño, entrecerrando los ojos mientras asimilaba sus palabras. "No", dijo con firmeza, en un tono que no admitía réplica.

El Grupo Barnett se encontraba en un momento crucial, y acababa de ser reconocido como una de las cien empresas más grandes del mundo. Con el apoyo de Rodger Barnett, el actual patriarca de la familia y un hombre de inmensa influencia global en los círculos militares y financieros, su futuro podría alcanzar alturas sin precedentes. En un momento como este, cualquier escándalo podría ser desastroso.

Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró en su bolsillo. Landen lo sacó y, mientras respondía, un brillo de irritación asomó a sus ojos.

Pero en cuestión de segundos, su expresión cambió. Su irritación se transformó en urgencia y su voz subió de tono.

"¿Qué acabas de decir? ¿Encontraste una pista sobre Garceta?", preguntó, con los ojos brillando de interés. "Sigan investigando. ¡Cueste lo que cueste, necesito contar con su ayuda!".

***

Eran las diez de la noche en el Bar Radiante.

"¡Por el regreso triunfal de Keylin!".

Sebastián alzó su copa, con una sonrisa amplia y desinhibida mientras disfrutaba del animado ambiente. Su alegría era evidente para todos, sin disimulo e infecciosa.

Los hombres de Sebastián, sentados a su alrededor, siguieron su ejemplo con entusiasmo, levantando sus copas y vitoreando con fuerza.

"¡Bienvenida, Keylin!".

"¡Keylin, eres increíble! En cuanto se corrió la voz, la gente se apresuró a buscar información sobre la legendaria sanadora: ¡Garceta!".

"¡Exacto! ¡Escuché que el Grupo Barnett incluso ofreció un millón de dólares! ¿Te imaginas la cara que pondría Landen si supiera quién eres en realidad?".

Al mencionar el nombre de Landen, la expresión de Keylin se tornó gélida de inmediato.

Sebastián notó el cambio al instante y se apresuró a cambiar de tema. "¿Un millón? Eso es una miseria. Alguien más subió la oferta: ¡quince millones solo para localizarte! Y escucha bien, ¡ofrecieron setenta millones si aceptabas el caso!".

Keylin removió su bebida con pereza antes de tomar un sorbo, con una actitud serena y distante.

No respondió. Cualquiera que estuviera dispuesto a pagar tanto sin duda tenía una condición complicada, enredada en una red de poder e influencias. Acababa de reaparecer y no estaba interesada en involucrarse en algo tan demandante por el momento.

Al notar su silencio, Sebastián cambió sabiamente de tema y redirigió la conversación hacia temas más ligeros con el grupo.

Keylin permaneció callada, dando sorbos a su copa, sumida en sus pensamientos.

Pero su animado grupo pronto llamó la atención y, al poco tiempo, extraños comenzaron a acercarse, ansiosos por unirse a la conversación.

Las interrupciones le crisparon los nervios. Con un suspiro frustrado, se inclinó hacia Sebastián y le tiró de la manga. "Vamos a bailar".

Keylin salió a la pista de baile, con movimientos fluidos y seguros. Después de años de sofocante represión dentro de la Familia Barnett, esa noche no quería más que disfrutar de su libertad.

Mientras el ritmo trepidante de la música rock llenaba el aire, se soltó, moviéndose con una gracia y una fuerza que parecían innatas. El mundo que la rodeaba se difuminó hasta que no quedó nada más que la música y el movimiento.

Poco a poco, los demás bailarines se detuvieron, cautivados por la presencia magnética que irradiaba.

Bajo las luces parpadeantes, su vestido negro se ajustaba a su figura, resaltando su belleza. Cada paso, cada giro era hipnótico, una mezcla de fuerza y elegancia que dejaba a la multitud cautivada.

"¿Esa es... Keylin?".

En la entrada del bar, Landen se quedó congelado. Su voz, apenas audible por encima de la música, estaba cargada de incredulidad, y su mirada, clavada en la radiante figura que ocupaba el centro de la pista de baile.

Había llevado a Verena y a unos amigos para celebrar el regreso de Claire del extranjero, sin imaginar jamás que se encontraría con Keylin en un lugar como este.

¿La Keylin, normalmente tan aburrida y corriente, tenía un lado tan inesperadamente cautivador?

Claire, aferrada al brazo de Landen, sintió cómo los músculos de este se tensaban en el momento en que sus ojos se posaron en Keylin. Sus cejas se fruncieron ligeramente con desagrado.

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