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El hijo del Magnate

El hijo del Magnate

Autor: : Celina González
Género: Romance
Mateo Lester, un magnate de 47 años, es un hombre implacable en los negocios y exigente en su entorno. Durante un viaje a Brasil, vive un efímero romance con una mujer. Josabet, una joven aeromoza de 30 años. se traslada a Nueva York al ser contratada por una empresa para un puesto en las aerolíneas de la empresa Lester. Cuando Josabet es presentada ante Mateo como la nueva aeromoza de su jet privado. Ambos se reconocen de inmediato, pero Josabet fingir no hacerlo y todo por un secreto que oculta. Todo cambia en la celebración del aniversario de la empresa, donde Josabet decide llevar a su hijo, dispuesta a enfrentar las consecuencias. La abuela de Mateo, al verlo, queda impactada por su increíble parecido con los difuntos padres de Mateo. La duda queda sembrada y, a partir de ese momento, Mateo comienza a investigar el pasado de Josabet, descubriendo secretos que podrían cambiar su vida para siempre. Sin embargo, una amenaza inesperada surge cuando Natalie, la exnovia de Mateo, una mujer manipuladora y obsesionada con él, descubre la existencia de josabet y su hijo. Consumida por los celos, decide hacerles la vida imposible, dispuesta a cualquier cosa para sacarlos de su camino.

Capítulo 1 Capitulo 1

La brisa tibia de Río de Janeiro se filtraba entre las palmeras, cargada con el aroma a mar y la dulzura de la caipirinha recién servida. Las luces del hotel Copacabana Palace iluminaban el elegante bar al aire libre, donde la música brasileña sonaba en un ritmo cadencioso, envolviendo el ambiente en un halo de sensualidad.

Mateo Lester, con su porte impecable y su mirada afilada, se sentó en la barra de caoba pulida, removiendo distraídamente el whisky ámbar en su vaso de cristal tallado. El hielo tintineaba suavemente, un sonido que se mezclaba con el murmullo de las conversaciones y la música de bossa nova que llenaba el ambiente. Era un hombre acostumbrado a tenerlo todo bajo control, a manejar su vida con la precisión de un relojero, pero esa noche, por alguna razón, sentía una extraña inquietud, una sensación de que podía darse el lujo de disfrutar un poco. El viaje a Brasil era solo una breve pausa entre reuniones y negocios, una distracción momentánea antes de volver al ritmo acelerado de Nueva York, a la rutina de su vida perfectamente estructurada.

Pero su amigo lo había obligado a cambiar un poco su look y así nadie lo reconocia como el empresario más influyente, dándose la oportunidad de ser un hombre común y corriente, deseando disfrutar de una noche.

-Vamos, Mateo, no seas aburrido -le habló su amigo Adrián, con una sonrisa pícara y un brillo en los ojos-. Hay muchas mujeres hermosas aquí, y tú solo quieres volver a tu habitación.

-Soy un hombre muy ocupado, no necesito una mujer que me distraiga -replicó Mateo con su seriedad habitual, su voz grave y segura.

-La distracción de una mujer es lo mejor que pueda haber en este mundo -aseguró Adrián, con una sonrisa que revelaba su experiencia en asuntos del corazón.

Mateo se llevó el vaso de whisky a la boca, sintiendo el líquido quemar su garganta con una sensación placentera. El aroma a malta y roble llenaba sus fosas nasales, recordándole los bares de lujo de Manhattan. Fue entonces cuando la vio.

Una mujer hermosa que estaba de pie cerca de la terraza, la brisa marina jugando entre su cabello dorado, creando un halo de luz a su alrededor. Vestía un vestido color esmeralda que resaltaba el tono cálido de su piel, un diseño que irradiaba elegancia y sensualidad. Sostenía una copa de vino tinto entre sus dedos, observando la vista de la playa con una expresión nostálgica, como si estuviera perdida en sus pensamientos. La luz de la luna reflejaba en sus ojos oscuros, haciéndolos brillar con una intensidad misteriosa.

Mateo sintió un escalofrío recorrer su espalda, una sensación extraña que lo hizo apartar la mirada de su vaso. La imagen de esa hermosura se grabó en su mente, una visión que lo cautivó al instante. Sintió una punzada de curiosidad, un deseo irrefrenable de acercarse y descubrir qué secretos escondía esa mujer enigmática. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla, el murmullo de las conversaciones a su alrededor, todo se volvió distante, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante.

Mateo se descubrió observándola sin proponérselo. Había algo en su postura, en la manera en que sus labios se curvaban ligeramente, como si guardara un secreto, que le pareció intrigante.

Su amigo Adrián se dio cuenta de lo embelesado que estaba Mateo y sonrió con picardía, sabiendo que su amigo ya no necesitaría su compañía. Se despidió con un gesto discreto, dejándolo solo con sus pensamientos. Mateo no aguantó la curiosidad que lo carcomía y se acercó a ella, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.

-¿Disfrutando la vista? -preguntó Mateo, acercándose con la seguridad que lo caracterizaba, su voz grave y seductora.

Ella giró lentamente el rostro hacia él, sus ojos color miel reflejando la luz dorada del bar, brillando con una intensidad misteriosa. Lo recorrió con la mirada, evaluándolo con una mezcla de curiosidad y cautela, antes de responder.

-Es difícil no hacerlo. Brasil tiene algo... único -dijo ella, su voz suave y melodiosa, con un ligero acento que Mateo no pudo identificar de inmediato, un toque exótico que añadió un velo de misterio a su encanto.

-Sí. Aunque, a veces, la belleza de un lugar no está solo en el paisaje -comentó Mateo, sosteniéndole la mirada con un matiz de desafío en sus palabras, intentando descifrar los secretos que se escondían tras sus ojos.

Ella sonrió, un destello de diversión en sus ojos, como si hubiera aceptado el reto.

-¿Es esa una línea ensayada, señor...? -preguntó la mujer, con una ceja arqueada y una sonrisa juguetona.

-Mateo. -respondió él, extendiendo su mano hacia ella.

-Josabet. Y no, no me convencen las frases ensayadas -dijo ella, ignorando su mano y tomando un sorbo de su vino tinto, el aroma a frutos rojos llenando el aire. Su mirada fija en él, como si lo estuviera midiendo, evaluando su sinceridad.

Mateo rió bajo, un sonido que resonó en el ambiente íntimo del bar.

-No suelo necesitar líneas ensayadas, Josabet -aseguró, con una sonrisa pícara.

-Eso lo imagino -respondió ella, arqueando una ceja, con un tono que denotaba escepticismo-. Se nota que es usted un hombre acostumbrado a conseguir lo que quiere.

-¿Y eso es algo malo? -preguntó Mateo, con una sonrisa desafiante, sintiendo la tensión entre ellos crecer a cada segundo. El sonido de la música de bossa nova, el murmullo de las conversaciones a su alrededor, todo se desvaneció, dejando solo el sonido de sus voces, el intercambio de miradas intensas.

Josabet inclinó levemente la cabeza, como si considerara su respuesta.

-Depende de lo que quiera.

Hubo un instante de silencio cargado de electricidad entre ellos. La música se filtraba entre las risas y conversaciones alrededor, pero en ese momento, solo existían ellos dos.

-Un baile -dijo Mateo de repente-. Quiero un baile contigo.

Josabet lo miró con escepticismo y, tras una pausa calculada, extendió la mano.

-Solo un baile.

Él tomó su mano con firmeza y la guió hacia la pista, donde el ritmo lento de una samba sensual los envolvió. Mateo deslizó una mano a su espalda, sintiendo el calor de su piel bajo la tela delgada del vestido. Josabet apoyó la otra en su hombro, con una sonrisa que parecía un desafío silencioso.

Se movieron con una sincronización sorprendente, como si sus cuerpos se conocieran de antes. La respiración de ella era suave contra su cuello, el aroma a jazmín de su perfume envolviéndolo. Mateo bajó la mirada y encontró los labios de Josabet entreabiertos, tan cerca que casi podía saborearlos.

-Eres una mujer peligrosa -murmuró Mateo, con la voz más baja, más grave.

-¿Por qué dices eso? -susurró ella, sin apartar la mirada de sus ojos.

-Porque haces que quiera olvidar que este es solo un viaje.

El ritmo de la samba disminuyó y el tiempo pareció detenerse en el momento en que los labios de Mateo rozaron los de ella, apenas un roce, pero suficiente para encender un fuego que ninguno de los dos esperaba.

Josabet exhaló suavemente y se separó, aún con su mano en la de él.

-Tal vez sea mejor que recuerdes que es solo un viaje -dijo con una media sonrisa antes de soltarlo y desaparecer entre la multitud.

Mateo la vio alejarse, sintiendo una extraña sensación en el pecho.

Él no solía sentirse así.

Y eso solo lo hacía querer volver a verla.

La noche avanzaba lentamente, pero Mateo no podía apartar su mente de Josabet. De vuelta en su suite, el eco de su risa y el calor de su cercanía seguían grabados en su piel. No era un hombre de distracciones, pero ella... ella representaba algo diferente. ¿Un reto? ¿Un misterio? No estaba seguro, pero lo que sí sabía era que la quería volver a ver.

Josabet, por su parte, se recostó en la cama de su habitación, mirando el techo con una sonrisa enigmática.

No podía dejar de pensar en ese beso tan corto y adictivo, haciéndola caer en un dilema, entre querer verlo y conocer más de él o simplemente huir antes que fuera demasiado tarde.

^^^^^^

A la mañana siguiente, el destino decidió jugar su carta, como un maestro titiritero que movía los hilos de sus vidas. Mientras Josabet caminaba por la playa temprano, disfrutando del sonido de las olas rompiendo contra la orilla, una sinfonía relajante que acariciaba sus oídos, escuchó una voz detrás de ella, una voz grave y familiar que hizo que su corazón se acelerara.

-No esperaba encontrarte aquí tan temprano -dijo Mateo, su voz resonando en el aire matutino.

Se giró y ahí estaba Mateo, con una camisa blanca arremangada, el cuello desabrochado, y los primeros rayos del sol dorando su piel, resaltando sus rasgos afilados y su mirada penetrante. La brisa marina revolvía su cabello oscuro, dándole un aire desenfadado que contrastaba con su elegancia habitual.

-¿Acaso me estás siguiendo, Mateo? -preguntó Josabet, con una ceja arqueada, sintiendo una mezcla de sorpresa y emoción.

-Digamos que el destino parece estar de mi lado -respondió Mateo, sonriendo con esa confianza innata que la había cautivado desde el primer momento-. ¿Te invito a un café?

Josabet miró el horizonte, fingiendo dudar, sintiendo la arena fría bajo sus pies descalzos. El aroma a sal y a café recién hecho flotaba en el aire, creando una atmósfera acogedora. Pero en el fondo, sabía que la atracción entre ellos estaba lejos de apagarse, que la chispa que había nacido no tenía intención de apagarse.

-Solo un café -finalmente aceptó con una sonrisa juguetona, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.

Y con esa simple decisión, el juego entre la razón y el deseo estaba oficialmente en marcha, una partida donde el amor y la pasión eran los principales jugadores. Caminaron juntos hacia un pequeño café cercano, el sonido de sus pasos mezclándose con el murmullo de las olas. Josabet sintió la mirada de Mateo sobre ella, una mirada que la hacía sentir especial, deseada. El sol brillaba en lo alto, anunciando un nuevo día, un nuevo comienzo.

Capítulo 2 Capitulo 2

Los días en Río de Janeiro transcurrían con la cadencia hipnótica de la samba y el murmullo constante del mar, una sinfonía sensual que envolvía a Mateo y Josabet en un torbellino de emociones. Parecían estar atrapados en un juego donde la atracción era el tablero y cada mirada, cada palabra, un movimiento calculado, una danza de seducción que los mantenía en vilo.

El café que compartieron esa mañana en una pequeña cafetería frente a la playa fue solo el inicio, un preludio de lo que vendría. El aroma a café recién hecho se mezclaba con la brisa salina, creando una atmósfera embriagadora. Conversaron sobre trivialidades, sobre viajes, sobre la belleza de Brasil, pero había algo en sus ojos que hablaba un idioma más profundo, un lenguaje de deseo y misterio.

-Eres una mujer difícil de leer, Josabet -comentó Mateo, observándola mientras revolvía su espresso, sus ojos fijos en los de ella.

-¿Y eso te molesta? -respondió ella con una media sonrisa, llevando su taza a los labios, sus ojos desafiantes.

-Al contrario -él inclinó la cabeza ligeramente, una sonrisa pícara jugando en sus labios-. Me fascina.

Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario, el tiempo detenido en ese intercambio de miradas, antes de desviar la vista hacia el océano, su mirada perdida en el horizonte. El aire salado revolvía su cabello dorado, creando un halo de luz a su alrededor, y Mateo tuvo que recordarse que no estaba acostumbrado a sentirse así, tan cautivado, tan vulnerable.

Después del café, caminaron por la orilla, sus pies hundiéndose en la arena tibia, la sensación reconfortante bajo sus pies. A veces sus manos se rozaban, pequeñas descargas de electricidad que ninguno de los dos mencionaba, pero que ambos sentían con intensidad. Estaban ahí. Presentes. Innegables.

Josabet intentó convencerse de que Mateo no era más que un pasatiempo fugaz, un capricho de sus vacaciones. Un hombre atractivo y encantador, sí, pero como tantos otros que había conocido en su vida que buscaban jugar y ya. Sin embargo, cada vez que él la miraba con esa intensidad abrasadora, sus ojos oscuros penetrando su alma, su cuerpo le recordaba que se estaba mintiendo, que algo más profundo se estaba gestando entre ellos.

Por la tarde, se encontraron nuevamente en la piscina del hotel, el agua cristalina reflejando el cielo azul. Josabet vestía un bikini negro de líneas elegantes, resaltando sus curvas con sensualidad, y Mateo, con su porte impecable incluso en traje de baño, se permitió admirarla sin disimulo, sus ojos recorriendo cada centímetro de su piel.

-Deberías tener más cuidado con cómo miras a una mujer, Mateo -dijo ella mientras se acomodaba en una tumbona, su voz un murmullo juguetón.

-¿Y cómo la estoy mirando? -preguntó él con un atisbo de diversión en la voz, sus ojos fijos en los de ella.

-Como si ya supieras cómo termina esto -respondió ella, con una sonrisa enigmática.

Mateo soltó una breve risa, inclinándose hacia ella, su aliento rozando su piel.

-Digamos que me gusta anticiparme al final de las historias -susurró, su voz ronca y seductora.

Josabet lo miró de reojo, con la sombra de una sonrisa en sus labios, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.

-Tal vez esta historia no termine como esperas -advirtió, su voz un desafío.

El juego había comenzado, y ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.

El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados. La brisa marina se había vuelto más fresca, llevando consigo el aroma a sal y a flores exóticas que crecían en los jardines del hotel. Mateo y Josabet permanecieron junto a la piscina, disfrutando de la tranquilidad del atardecer.

-Me gusta este lugar -comentó Josabet, observando cómo las luces de la ciudad comenzaban a encenderse a lo lejos.

-A mí también -respondió Mateo, su mirada fija en ella-. Pero contigo, es aún mejor.

Josabet sonrió, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo ante la intensidad de su mirada, una mezcla de deseo y nerviosismo que la hizo estremecer. Se levantó de la tumbona, sintiendo la suavidad de la tela contra su piel, y se acercó a la orilla de la piscina, mojando sus pies en el agua fresca. La sensación del agua fría contra su piel caliente la hizo suspirar de alivio. Mateo la siguió, observando cómo las gotas de agua resbalaban por su piel, brillando a la luz del atardecer.

-¿Sabes? -dijo Mateo, acercándose aún más, su voz un susurro que se mezclaba con el sonido del agua-. Me gustaría conocerte mejor.

Josabet lo miró con curiosidad, sus ojos oscuros brillando con intriga.

-¿Y cómo planeas hacerlo? -preguntó, con una sonrisa juguetona.

Mateo se acercó y le dio un beso suave en los labios, un roce fugaz que dejó a Josabet con ganas de más. El sabor de sus labios, dulce y salado a la vez, la hizo cerrar los ojos por un instante.

-Empezando por una cena -susurró, su aliento rozando su piel, enviando un escalofrío por su espalda-. ¿Qué te parece si cenamos en el restaurante del hotel?

Josabet dudó por un instante, sintiendo la tentación de ceder a sus deseos. La mirada de Mateo, llena de calidez y deseo, la convenció de que no podía resistirse.

-Dejémoslo en manos del destino -respondió, con una sonrisa enigmática, sintiendo que el juego de seducción entre ellos se intensificaba.

Mateo sonrió, josabet no le estaba dejando las cosas fáciles, aun así, sentia que toda ella valía la pena. Cada esfuerzo por lograr algo de ella, le gustaba.

La noche en Río de Janeiro vibraba con la promesa de encuentros furtivos y deseos inconfesables. El aire era una mezcla embriagadora de sal, música y perfume. Desde la terraza del hotel Copacabana Palace, la vista del océano se extendía en una inmensidad oscura, reflejando la luna en su superficie ondulante.

Mateo se encontraba en el bar del hotel, removiendo el whisky en su vaso con la mirada perdida. Cada conversación con josabet era un juego que lo mantenía al borde de la rendición. Cada gesto, cada palabra de ella, tenía una intensidad que lo sacudía de una forma que no lograba comprender del todo.

Su mirada la buscaba con desespero, deseando más que nunca que el destino jugará a su favor. No estaba preparado para no verla más.

-¿Y bien? -La voz de Adrián, su amigo y socio, lo sacó de sus pensamientos.

Mateo levantó la vista y encontró la expresión divertida de Adrián al otro lado de la mesa. Llevaba una copa de vino en la mano y lo observaba con curiosidad.

-¿Y bien qué? -Mateo arqueó una ceja, fingiendo indiferencia.

-No me engañes, te conozco demasiado bien -Adrián sonrió, inclinándose ligeramente hacia él-. Desde que viste a esa mujer, has estado diferente. Y tengo el presentimiento de que cierta mujer rubia tiene algo que ver con eso.

Mateo soltó una risa baja, tomando un sorbo de su whisky.

-Josabet... -murmuró su nombre como si fuera un hechizo, un enigma que aún no lograba descifrar.

Adrián apoyó el codo sobre la mesa y lo miró con expectativa.

-Así que tiene nombre. Cuéntame.

Mateo suspiró, pasando una mano por su cabello. Se sentía extraño, como si al hablar de ella estuviera entregando una parte de sí mismo que prefería mantener resguardada.

-No sé qué es, Adrián. He conocido a muchas mujeres, mujeres hermosas, inteligentes, interesantes... pero Josabet... -Se quedó en silencio unos segundos, buscando las palabras adecuadas-. Ella tiene algo que me desarma.

Adrián alzó una ceja, divertido.

-¿Mateo Lester, desarmado por una mujer? Esto sí es interesante.

Mateo rió entre dientes, pero la intensidad en su mirada no desapareció.

-No me malinterpretes. No es solo atracción. Sí, es hermosa. Sí, me enciende como pocas lo han hecho. Pero hay algo más. Hay algo en la forma en que me mira, en cómo desafía cada palabra que digo, en cómo parece no estar impresionada por nada.

Adrián lo observó con atención, sopesando sus palabras.

-Tal vez porque ella no es como las demás o no sabe quién eres.

-Exacto -Mateo asintió, su mirada volviendo a perderse en la distancia-. No es una mujer que se deje conquistar fácilmente. No es de las que caen con una cena lujosa o un cumplido bien dicho. Es como si me viera más allá de todo eso.

Adrián tomó un sorbo de su vino, estudiando a su amigo con una mezcla de diversión y curiosidad.

-¿Y qué piensas hacer al respecto?

Mateo soltó un suspiro y dejó su vaso sobre la mesa.

-No lo sé. Lo único que tengo claro es que quiero saber más de ella. No es solo deseo. Es... curiosidad. Una necesidad absurda de entender qué es lo que me tiene tan jodidamente atrapado.

Adrián sonrió de lado.

-Eso, mi amigo, se llama peligro.

Mateo rió suavemente.

-Tal vez. Pero es un peligro que quiero correr.

El bar estaba lleno, el aire saturado de humo de cigarrillo y el aroma a licores exóticos. El bullicio de las conversaciones, el tintineo de las copas, el ritmo vibrante de la música latina... todo se mezclaba en un zumbido constante. Pero para Mateo, el bullicio era un ruido lejano, una cortina de fondo que no lograba penetrar su concentración. Solo podía pensar en ella. En Josabet. En su risa, una melodía contagiosa que resonaba en sus oídos. En la manera en que sus ojos brillaban con picardía cuando desafiaba sus palabras, un destello de inteligencia y sensualidad que lo cautivaba. En la electricidad que flotaba entre ellos cada vez que estaban cerca, una chispa que amenazaba con encender un fuego incontrolable.

Adrián lo miró con una expresión que mezclaba sorpresa y diversión, sus ojos escrutando a su amigo con curiosidad.

-Nunca pensé verte así, Lester -comentó Adrián, con una sonrisa burlona-. Siempre has sido el hombre que lo tiene todo bajo control, el maestro de la precisión y la estrategia. Y ahora estás aquí, con la cabeza hecha un lío por una mujer.

Mateo pasó la lengua por sus labios, saboreando los restos de whisky, el sabor amargo y ahumado acariciando su paladar. Sintió el calor del alcohol recorrer su garganta, quemando con una sensación placentera.

-¿Sabes qué es lo peor? -preguntó Mateo, con una sonrisa irónica.

-Sorpréndeme -respondió Adrián, con una ceja levantada.

-Que me gusta sentirme así -admitió Mateo, con una sinceridad que sorprendió incluso a sí mismo.

Adrián soltó una carcajada, negando con la cabeza, su mirada llena de incredulidad.

-Hermano, estás perdido -dijo Adrián, con un tono entre divertido y preocupado.

Mateo sonrió, una sonrisa que reflejaba la confusión y la emoción que lo embargaban. En el fondo, supo que Adrián tenía razón. Porque esa noche, mientras el whisky quemaba en su garganta y la brisa nocturna acariciaba su piel, se dio cuenta de que Josabet no era solo una distracción pasajera, un juego de seducción más en su vida. Era el principio de algo que no estaba seguro de cómo terminaría, un camino desconocido que lo atraía con una fuerza irresistible. Sintió un nudo en el estómago, una mezcla de miedo y excitación ante la incertidumbre del futuro. Pero también sintió una sensación de libertad, como si se hubiera liberado de las cadenas que lo ataban a su vida ordenada y predecible.

Capítulo 3 Capitulo 3

La tensión entre ellos se volvió casi insoportable, como un hilo tensado al máximo, a punto de romperse. Josabet lo evitó el resto del día, dedicándose a explorar la ciudad por su cuenta, buscando refugio en las calles bulliciosas y los paisajes vibrantes de Río de Janeiro. Ese sería su último día en la ciudad, y debía disfrutar sus vacaciones, alejándose de la mirada penetrante de Mateo.

Caminó por la playa de Copacabana, sintiendo la arena cálida bajo sus pies descalzos, el sonido de las olas rompiendo en la orilla como un mantra relajante. Se perdió entre los puestos de artesanía, admirando los colores vivos y las formas intrincadas de los objetos. Visitó el Cristo Redentor, sintiendo la inmensidad de la ciudad a sus pies, la sensación de libertad que la embriagaba.

Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por distraerse, la imagen de Mateo persistía en su mente, su sonrisa pícara, sus ojos oscuros llenos de misterio. Cada rincón de la ciudad parecía recordarle su presencia, como si Río de Janeiro estuviera impregnado de su esencia.

Cuando el sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas, Josabet regresó al hotel. Se sentía agotada, pero también aliviada. Había logrado pasar el día sin cruzarse con Mateo, aunque la sensación de su mirada siguiéndola a distancia no la abandonó.

Siendo ya hora de disfrutar de la noche, decidió lucir uno de los vestidos que había comprado, un diseño elegante y sensual que resaltaba sus curvas. Se maquilló con cuidado, realzando la belleza natural de su rostro. Se miró en el espejo, sintiéndose segura y radiante.

Salió de su habitación, dispuesta a disfrutar de su última noche en Río de Janeiro. Caminó por los pasillos del hotel, sintiendo la mirada de admiración de algunos huéspedes. Llegó al bar, un lugar elegante y sofisticado, con música suave y luces tenues. Se sentó en la barra, pidiendo un cóctel exótico.

Mientras disfrutaba de su bebida, observó a las personas a su alrededor, parejas bailando al ritmo de la música, grupos de amigos riendo y conversando. Se sintió sola, pero también independiente. Había aprendido a disfrutar de su propia compañía, a encontrar la felicidad en los pequeños placeres de la vida.

De repente, sintió una mirada intensa sobre ella. Se giró lentamente, encontrándose con los ojos oscuros de Mateo, que la observaban desde una mesa cercana. Su corazón dio un vuelco, sintiendo una mezcla de sorpresa y emoción.

Mateo se acercó sin perder tiempo, su mirada fija en Josabet, como si temiera que ella pudiera desvanecerse en el aire. No la dejaría escapar por nada del mundo, la atracción entre ellos era demasiado intensa para ignorarla.

-Si sigues huyendo así, voy a pensar que tienes miedo de lo que pueda pasar entre nosotros -dijo Mateo, acercándose con su whisky en mano, el aroma a malta llenando el aire.

Ella lo miró sin inmutarse, aunque su pulso se aceleró ante la cercanía de su cuerpo, sintiendo la calidez de su aliento en su piel. El vestido que llevaba, un diseño de seda que se ajustaba a sus curvas, se sentía como una segunda piel, dándole una confianza renovada.

-Yo no huyo, Mateo. Solo administro bien mi tiempo -respondió Josabet, su voz un murmullo suave pero firme.

-Entonces dime cuándo te viene bien para que cene contigo esta noche -insistió Mateo, su mirada penetrante.

Josabet rió suavemente, un sonido melodioso que resonó en el ambiente.

-Qué seguro estás de que diré que sí -comentó, con una sonrisa juguetona.

-No suelo hacer invitaciones sin una respuesta asegurada -replicó Mateo, con una sonrisa pícara, sus ojos brillando con seguridad.

Ella lo observó un instante, evaluando sus intenciones, sintiendo la tensión entre ellos crecer. La música suave del bar se mezclaba con el murmullo de las conversaciones, creando una atmósfera íntima y seductora. Contra toda lógica, se escuchó a sí misma respondiendo:

-Me cambio y vamos.

Mateo sonrió, satisfecho, como si hubiera ganado una apuesta. La seguridad en su mirada hizo que Josabet se preguntara si había tomado la decisión correcta, pero la emoción que sentía la impulsaba a seguir adelante.

La cena

El restaurante elegido por Mateo era una joya escondida en el corazón de Río, un oasis de elegancia y sofisticación con vistas panorámicas al mar. La suave brisa marina se filtraba por las ventanas abiertas, llevando consigo el aroma a sal y a flores exóticas. La iluminación tenue, creada por velas y lámparas de diseño, realzaba la intimidad del lugar, creando un ambiente mágico y seductor. Josabet llegó de inmediato, envuelta en un vestido rojo de seda que delineaba cada curva de su cuerpo, un diseño que irradiaba sensualidad y confianza. El color carmesí contrastaba con su piel dorada, haciéndola brillar con una luz propia.

Cuando Mateo la vio, sintió un golpe en el pecho, una punzada de admiración y deseo que lo dejó sin aliento. Se puso de pie para recibirla, acercándose con gracia y besando su mano con suavidad, un gesto caballeroso que hizo que Josabet sintiera un escalofrío recorrer su espalda.

-Estás deslumbrante -susurró Mateo, su voz ronca y seductora.

-¿Siempre eres tan encantador o solo cuando quieres algo? -preguntó Josabet, con una sonrisa juguetona, sus ojos brillando con picardía.

Mateo sonrió, una sonrisa que revelaba la sinceridad de sus palabras.

-Esta noche, solo quiero disfrutar de tu compañía -respondió, su mirada fija en ella, transmitiendo una calidez que hizo que Josabet se sintiera especial.

La cena transcurrió entre copas de vino tinto, el sabor intenso y afrutado acariciando sus paladares, y conversaciones que oscilaban entre lo ligero y lo profundamente personal. Mateo le contó solo un poco de su vida, de los negocios que dirigía con precisión milimétrica, de la pasión que sentía por su trabajo. Josabet habló de sus viajes a muchos lugares, de su amor por la fotografía, de la libertad que encontraba en no atarse a ningún lugar, de la emoción que sentía al descubrir nuevos mundos.

Pero en cada palabra, en cada pausa cargada de tensión, había un subtexto más fuerte, un lenguaje de deseo y misterio que los envolvía en una atmósfera de seducción. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla, la música suave del restaurante, el murmullo de las conversaciones a su alrededor, todo se fusionaba en una sinfonía sensual que intensificaba la conexión entre ellos.

Cuando el postre llegó, un delicado soufflé de chocolate con frambuesas frescas, Josabet sintió el calor del vino y de la presencia de Mateo recorriendo su piel, como una corriente eléctrica que la hacía vibrar.

-No dejas de mirarme -susurró ella, jugueteando con la copa entre sus dedos, sus ojos fijos en los de él.

-Me gusta lo que veo -admitió él sin reservas, su mirada recorriendo cada centímetro de su rostro, deteniéndose en sus labios carnosos.

Josabet sintió un escalofrío recorrer su espalda, una mezcla de emoción y nerviosismo que la hizo estremecer. La tensión entre ellos se intensificó, como un hilo tensado al máximo, a punto de romperse.

-Mateo... -susurró Josabet, su voz apenas audible, sintiendo la tensión entre ellos crecer a cada segundo.

Pero él ya había acortado la distancia, su mano rozando la suya sobre la mesa, un contacto que envió un escalofrío por su espalda. Sus dedos se entrelazaron, un gesto íntimo que selló el pacto entre ellos.

-Dime que no quieres esto -dijo en voz baja, su aliento rozando su piel, sus ojos oscuros fijos en los de ella-. Dímelo, y me iré ahora mismo.

Josabet tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Su razón le decía que esto era un error, que debía alejarse, que estaba jugando con fuego. Pero su cuerpo tenía otras ideas, una necesidad irrefrenable de sentirlo cerca, de entregarse a la pasión que ardía entre ellos.

-No te lo diré -susurró, su voz temblando ligeramente, pero llena de convicción.

Mateo no necesitó más. Se inclinó y la besó. Un roce suave al inicio, como si estuviera probando su sabor, como si quisiera asegurarse de que ella estaba dispuesta. Pero cuando ella respondió, cuando sus labios se abrieron bajo los de él, el beso se convirtió en algo más urgente, más profundo, una explosión de deseo que los consumió por completo.

El sabor del vino tinto se mezcló con el de sus labios, creando una sensación embriagadora. El aroma a chocolate y frambuesas del postre se intensificó, creando una atmósfera aún más seductora. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla, la música suave del restaurante, todo se desvaneció, dejando solo el sonido de sus respiraciones agitadas.

Cuando se separaron, ambos respiraban agitadamente, sus ojos brillando con pasión. Josabet sintió un torbellino de emociones en su interior, una mezcla de deseo, nerviosismo y excitación.

-Vámonos de aquí -murmuró Mateo contra su piel, su voz ronca y seductora.

Josabet asintió sin una palabra, sintiendo que no podía resistirse a la intensidad de sus sentimientos. Se levantó de la silla, sintiendo la mirada de Mateo siguiéndola, y caminó hacia la salida del restaurante, con la certeza de que estaba a punto de vivir una noche inolvidable.

El hotel

La suite era un espacio de lujo y sombras doradas, un refugio de intimidad donde el tiempo parecía detenerse. El suave murmullo del mar, filtrándose por las ventanas abiertas, creaba una atmósfera relajante y sensual. Apenas la puerta se cerró tras ellos, Mateo la empujó suavemente contra la pared, atrapándola entre su cuerpo y la madera, sus ojos oscuros brillando con deseo.

-Dime que aún puedo detenerme -susurró contra sus labios, su aliento cálido rozando su piel, enviando un escalofrío por su espalda.

Josabet enredó los dedos en su cabello, tirando de él con suavidad, sintiendo la textura sedosa entre sus dedos. La necesidad de sentirlo cerca, de entregarse a la pasión que ardía entre ellos, era demasiado intensa para resistirse. Sus bocas se encontraron de nuevo en un beso desesperado, un intercambio de deseo y necesidad que los dejó sin aliento.

No hubo más palabras, solo caricias que exploraban cada centímetro de su piel, piel contra piel, susurros entrecortados que se mezclaban con el sonido del mar tras la ventana. El aroma a su perfume, una fragancia exótica y seductora, llenaba el aire, intensificando la atmósfera de sensualidad.

Mateo la llevó hasta la cama con una reverencia silenciosa, como si supiera que esa noche sería un punto de no retorno, un momento decisivo en su historia. La suavidad de las sábanas de seda contra su piel, la penumbra que envolvía la habitación, todo contribuía a crear un ambiente íntimo y mágico.

Y cuando sus cuerpos se encontraron en la penumbra, cuando sus nombres escaparon en jadeos suaves, ambos entendieron que, por más que intentaran negarlo, eso ya no era solo un juego. Era algo más. Algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar, una conexión profunda y misteriosa que los había atrapado en su red.

El silencio que siguió fue cargado de emociones no expresadas, de preguntas sin respuesta. Josabet se acurrucó en los brazos de Mateo, sintiendo la calidez de su cuerpo junto al suyo, y cerró los ojos, intentando descifrar el significado de lo que acababa de suceder. La brisa marina, filtrándose por la ventana, acarició sus rostros, llevándose consigo los secretos de la noche.

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