Capítulo 1
Mi jefe es un maldito gruñón
-¡Carajo! -exclamé al despertarme de repente y ver que eran casi las ocho de la mañana.
«¡Mi jefe me va a matar!».
Como pude, salí corriendo de mi cama y busqué mi uniforme con desespero. Me coloqué las primeras medias veladas que alcancé a agarrar entre mis manos y bajé lo más rápido posible hacia la sala de mi casa.
Mamá estaba sentada sobre las piernas de mi padre, pero terminó levantándose cuando logré entrar en su campo de visión. Dio un par de pasos detrás de mí al verme buscar con desespero las llaves de mi coche, las cuales no encontraba.
-¡Papá! ¿Podrías llevarme a la compañía, por favor? -rogué al entender que no podía perder ni un segundo más-. ¡Es mi primer día en el departamento de presidencia! ¡Mi jefe me va a matar si llego tan siquiera un minuto tarde, por favor! -confesé, y ajusté el broche de mi zapato, mientras que Paul se colocaba su americana sin decir nada y se despedía de su amada esposa con un cálido beso en sus labios.
Vivía en una modesta residencia en Los Ángeles, lugar en donde nací y crecí casi toda mi vida. Era una asistente encargada de ayudar a los directivos de Go Space, la empresa de tecnología más importante en Estados Unidos, a organizar mejor su tiempo y de esta manera todo funcionara a la perfección. Antes estaba en la división de gerencia, ayudando en todo lo posible al señor Mclaren. Sin embargo, por mi excelente labor luego de cuatro años dentro de las instalaciones y por mi estupendo empeño había sido promovida a presidencia.
«¡Joder!».
Es que ni siquiera me lo podía creer todavía. Era la chica más joven en la historia de la empresa en ser ascendida a un cargo tan importante como lo era ser la mano derecha y los ojos del vicepresidente. Mi corazón latía con tanto entusiasmo al comprender el enorme paso que daba en mi carrera. Quería hacerlo bien, así que apuré a papá para que pisara el acelerador y así no llegar tarde en mi primer día.
-¡Por Dios, Emilia! ¡Hasta aquí puedo escuchar el tamboreo de tu corazón!
Y es que Paul no mentía. Tenía tantos nervios al pensar que, si algo salía mal hoy, no solo decepcionaría a todas las personas que creyeron en mí, como papá, mamá, mi novio Negan, que amaba y adoraba con toda mi alma, sino también a mí misma.
Respiré profundo cuando el coche parqueó a las afueras de la compañía. Como pude, me despedí de mi progenitor y corrí rápido hacia la entrada de mi nueva aventura. No obstante, la mirada de un grupo de chicas me obligó a bajar un poco la velocidad de mis piernas, y comprendí todo al ver las estúpidas medias amarillas que agarré a toda prisa, sin percatarme de lo espantosas que se veían con mi nuevo uniforme.
Jadeé y pensé que quizá un poco de color no estaría mal. Todas siempre estábamos vestidas de negro, ¿qué problema habría si era un poco diferente? De verdad quería darme ánimos, pero los ojos juzgadores de la gerente de Recursos Humanos de Go Space me hicieron dudar hasta de mi propia existencia.
-Un minuto tarde -expresó, y marcó algo en su iPad-. ¿Tienes hepatitis? -me cuestionó con un tono burlón y despectivo.
La pequeña silueta de la mujer entre sus treinta delante de mí me hizo preguntarme todo lo que tuvo que haber hecho para llegar hasta esa talla. Quité mis ojos de ella en cuanto se dio cuenta de mi mirada imprudente.
-Soy talla cero, si eso te preguntas -murmuró, y me señaló un pequeño escritorio de cristal fundido, ubicado fuera de la oficina del vicepresidente-. El señor Elijah llega hoy de Italia. Como lo sabrás, la familia está atravesando un duro duelo por la muerte del señor Alexander Russo, el fundador de esta compañía.
Asentí e incliné la cabeza en señal de respeto.
-¿En qué debo ayudar hoy entonces?
-Antonio, el hermano menor del señor Walker, está aquí para una junta importante con los inversionistas. Por ahora llévale un poco de café a él y a su cuñada.
Apreté los parpados, porque ya conocía a Carlotta, la prometida de mi futuro jefe. Era una mujer supersangrona, de curvas pronunciadas y ojos juzgadores, nacida en cuna de oro, y ya con eso se creía la dueña del mundo. Y ni hablar de su profunda obsesión por Elijah. Las malas lenguas decían que había intentado embarazarse cientos de veces de él, pero, por cuestiones desconocidas, jamás podía.
-Sí, señora. -Dejé mi bolsa sobre el escritorio y caminé hacía la cafetería de la empresa para preparar dos expresos cargados y empezar, de esta forma, mi primer día en presidencia.
Para mi buena suerte, mi jefe no estaba aquí.
Fue muy fácil utilizar la máquina para hacer cafés, así que en menos de diez minutos ya iba de camino hacia las oficinas del hermano del vicepresidente. Caminar con la bandeja en las manos fue un poco más complicado, más cuando, a mitad de camino, me percaté de que había dejado los endulzantes sobre el buró de la cocina. No tenía de otra: debía dejar las tazas junto al señor Antonio y devolverme una vez más a buscar lo que se había quedado.
Me era casi imposible llamar a la puerta, ya que los cafés estaban a nada de caer al piso. Era eso o provocar una tragedia peor.
-Mierda... -fue lo primero que escuché cuando logré entrar al silencioso lugar.
Un olor que no podía describir con mis propias palabras estaba impregnado en la estancia.
Aunque al principio no comprendía del todo, mis ojos me obligaron a hacerlo.
Antonio y Carlotta.
Ellos tenían sexo sobre la silla del señor Walker.
Ambos lo engañaban.
-¡¿No sabes tocar, hija de puta?! -gritó primero él, y se quitó de encima de su propia cuñada. Mi mandíbula se tensó porque me parecía horrible lo que hacía-. ¿Qué estás viendo, zorra? -masculló, y ahora tiró algo sobre mis pies.
-Lo siento -me excusé, y dejé la bandeja con las tazas calientes sobre una pequeña mesa decorativa-, no pensé que... -Me cubrí las manos al percatarme de que casi tiraba todo por la borda.
La pelinegra se acomodó el sostén para luego agarrarme de la muñeca con fuerza.
-¿No pensaste qué? -Mi mandíbula se tensó al sentir un horrible dolor en todo mi brazo-. ¿Que me estoy cogiendo al hermano de mi futuro marido? -Me soltó con tanta brusquedad que me fue casi imposible no dar un par de pasos hacia atrás-. ¿Qué vas a hacer? ¡Te dije que no quería que me follaras el culo aquí!
Antonio dejó el escritorio para ahora sostener a su amante de las caderas. Ambos se besaron descaradamente delante de mí.
-Todos los empleados de esta maldita compañía firman un acuerdo de confidencialidad.
Carajo.
«¡El contrato!».
Mordí mi labio inferior y dirigí mi mirada hacia el suelo. Detrás de mí lograba escuchar el murmullo entre ambos traidores. Era cierto. Por mi tipo de contrato, tenía rotundamente prohibido hablar de ciertas cosas privadas de mis jefes, y, para mi desgracia, este imbécil también lo era.
-Sabes lo que te podría suceder si hablas de más, ¿cierto?
Asentí.
El pago por rompimiento de tus deberes era algo temido entre todas las asistentes de Go Space. No solo la suma de dinero que nos tocaba pagar a la compañía era absurda, sino también podrías irte a prisión si las cosas pasaban a mayor escala.
-Qué bueno que seas una chica tan eficaz. -Las manos suaves del hermano de mi jefe se deslizaron por mi brazo izquierdo.
-¿Necesitan algo más? -Agarré de nuevo la bandeja de cafés.
-Sí -expresó Carlotta-. Tráenos más condones.
Mordí mi mejilla interna porque odiaba lo descarada que era. Delante de todos profesaba su profundo y lunático amor por el hijo mayor de la familia Walker, mientras que, por detrás, se dejaba follar de su cuñado.
Apenas me alejé un par de pasos volví a respirar. Todo a mi alrededor se escuchaba tranquilo. Mi cabeza estaba hecha un lío. Por una parte, lo que acababa de ver estaba mal, y lo mejor sería contarle todo al señor Walker, pero, por otro lado, él no me conocía, y quizá Antonio me acusaría de mentirosa y todo acabaría muy mal para mí.
Alguien dejó caer algo sobre mi escritorio.
-Soy Anya. Trabajo como la secretaria del señor Walker. -Me extendió una lata de refresco, el cual recibí sonriente porque era la primera persona en este lugar que me trataba con calidez-. Me gustan tus medias amarillas -no pude evitar soltar una pequeña carcajada junto con ella-, aunque mañana trata de usar unas que vayan acorde al uniforme.
-Soy Emilia James. Antes estaba en...
-Ventas. Todos aquí hablan de ti.
-¿En serio?
Eso me asustó un poco.
-Sí, todas estuvieron hablando de ti desde ayer. -Hizo una pausa antes de continuar-. Jamás una chica tan joven ha sido asistente de presidencia. ¿No te da miedo?
-¿Miedo?
-¡Sí! Del señor Walker.
Mis cejas se elevaron.
-¿Por qué tendría que tenerle miedo?
-Bueno, verás... por algo le llaman tirano.
Un escalofrió recorrió mi espina dorsal.
-¿Por qué?
-¡Señorita James!
Me levanté de inmediato al escuchar el grito que provenía de la oficina en donde se quedaba el señor Antonio Walker. Las secretarias y asistentes me miraron tras salir corriendo de mi escritorio.
-He escuchado cosas buenas de ti. -Usó un tono de voz burlón-. Espero que no arruines tu excelente currículo por tonterías.
«Tonterías».
Engañar a su hermano era una tontería para él.
-Solo estoy aquí para hacer mi trabajo, señor.
-Qué bueno que sepas cuál es tu lugar en la cadena alimenticia de este mundo.
Mi mandíbula se tensó. Odiaba a este tipo de millonarios que se creían con el derecho de humillar a otros solo por el hecho de tener dinero.
-Eres basura. Solo eso.
Inhalé aire. No podía dejarme ganar de él.
-¿Qué necesita de mí?
-Ve al aeropuerto por mi hermano.
-Pensé que iría su prometida.
Los ojos fulminantes de Antonio Walker penetraron los míos.
-Mi hermano está de mal genio. Las cosas salieron mal en París. Y papá sigue presionándolo para que deje embarazada a Carlotta, pero a este paso creo que el bebé terminará siendo mío.
«Maldito loco».
-¿Dónde debo llevar al señor?
-A su apartamento en Broadway. Su chofer está de licencia, así que tienes que manejar tú.
«¡Carajo!».
-No traje mi coche, señor.
Él se burló.
-De todos modos, mi hermano no se subiría a tu Mazda familiar.
«Estúpido».
Antonio dejó sobre el borde del escritorio las llaves de un Maserati Ghibli, que ni siquiera habían llegado al país, pero Elijah ya era dueño de uno. Asentí y las agarré para después sostener mi bolsa y dirigirme lo más deprisa posible al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. Según Rita, el señor Walker llegaría a la ciudad en quince minutos, así que, si no llegaba a tiempo, mi vida laboral estaría perdida.
Por fortuna, solo tardé cinco minutos en llegar al lugar de espera. Corrí a pasos agigantados en busca de la sala de abordaje y respiré al darme cuenta de que por ahora todo iba bien. Miré mi reloj de pulsera. Era casi mediodía. Mi estomago empezaba a sonar por el hambre. No desayuné bien, y a este paso tampoco iba a almorzar.
De repente, los pasajeros comenzaron a bajar del avión, pero por ningún lado veía a mi jefe. ¡Y es que no lo conocía! Trabajaba en Go Space desde hacía cuatro años, pero jamás me topé con el vicepresidente, ya que él se hizo cargo de la sucursal italiana, y ahora que todo resultó mal allá estaría de vuelta en Estados Unidos.
Agarré mi teléfono y busqué su nombre en Google.
«¡Vaya!».
Los resultados me impresionaron demasiado.
El señor Elijah era un hombre inglés de treinta y seis años, de cabellos dorados, ojos azulados y una figura jodidamente envidiable. Su mandíbula marcada y sus facciones masculinas lo hacían lucir demasiado sensual y misterioso.
-Límpiate las babas, niña -expresó una voz tosca y profunda detrás de mí.
Me sentí morir al percatarme de quién se trataba.
-Señor Walker... -susurré, y guardé mi móvil con rapidez.
-¿Por qué me enviaron a una payasa? -Miró con asco mis medias amarillas-. No me digas que trabajas para mi empresa.
«Maldito».
-Desde hace cuatro años, señor.
-Camina lejos de mí. -Mi jefe me empujó a un costado del camino-. Me das una mala imagen.
-Sí, señor.
-Iré primero al baño. Hoy tendré una cita con mi prometida.
Bajé la cabeza, intentando ocultar mi enorme sonrisa. Ya comprendía por qué le habían colocado el cuerno a este imbécil arrogante.
Saqué mi móvil una vez más cuando aquel sujeto gruñón se perdió en mi campo de visión. Negan me envió un mensaje de texto diciéndome que me esperaba en casa de mis padres para ir a cenar con su madre. No pude evitar suspirar. Tenía dos años de relación con Negan Griffin, un médico cirujano que conocí luego de un accidente automovilístico en donde me vi involucrada hacía un par de años.
Aunque las cosas iban bien entre nosotros, no podía decir lo mismo de mi relación con su madre. En pocas palabras, ella me odiaba.
Te deseo, Emilia.
Fue el siguiente mensaje que me llegó al teléfono.
Mordí mi labio antes de responder.
Ya hemos hablado sobre esto, amor,
quiero llegar virgen al matrimonio
Lo sé, lo siento, solo es que...
Te necesito, quiero estar dentro de ti...
Presioné el botón de audio en mi chat con él:
-Hablemos más tarde. Ahora estoy con el gruñón de mi jefe. ¿Recuerdas al señor Collins, el sujeto que mordía las manzanas en el manzano de tus padres en Michigan y luego las dejaba en las canastas del producido, y solía insultarnos cada vez que le pedíamos que no lo hiciera? -Hice una pausa-. Bueno, mi jefe es mucho peor que ese viejo apestoso. Se nota que es un maldito dolor en el culo.
-Así que soy un maldito dolor en el culo.
¡El señor Walker escuchaba todo detrás de mí!
«¡Mierda!».
Capítulo 2
Hueles a café barato
Estaba a punto de ser asesinada por el sujeto inglés y con traje de diseñador de lujo delante de mí. Los enormes ojos azules del señor Walker se abrieron con tanta exageración que presentí que en cualquier momento iba a explotar. Ambos dirigimos nuestras miradas hacia mi teléfono, que, por mandado del diablo, empezó a reproducir el audio que le envié a mi novio por WhatsApp.
-Hablemos más tarde. Ahora estoy con el gruñón de mi jefe. ¿Recuerdas al señor Collins, el sujeto que mordía las manzanas en el manzano de tus padres en Michigan y luego las dejaba en las canastas del producido, y solía insultarnos cada vez que le pedíamos que no lo hiciera...? Bueno, mi jefe es mucho peor que ese viejo apestoso. Se nota que es un maldito dolor en el culo.
Apreté los párpados y fruncí los labios cuando un grupo de mujeres coreanas que pasaban justo a nuestro lado escucharon cada una de mis declaraciones. El castaño llevó sus dedos índice y pulgar hacia el puente de su nariz para, acto seguido, soltar una extensa ráfaga de aire entre sus labios. Bien, estaba molesto, tan molesto que debería alejarme cincuenta mil metros.
-Señor... -empecé a decir. Sin embargo, Elijah me señaló con su mano derecha para que me callara.
-No. -Estaba más que segura de que iba a llamar a Recursos Humanos para despedirme-. Nombre y apellido.
Mordí mi labio inferior. No había trabajado tanto para llegar hasta donde estaba hoy como para terminar siendo despedida en mi primer día como asistente de presidencia. Tenía que hacer algo ahora mismo. Debía pensar en algo que me ayudara a salir de este embrollo en el que me metí por mi estúpida lengua y la chismosería que siempre me ganaba.
-Déjeme explicarle, señor Walker. Verá, no estaba hablando de usted. -Mis ojos se cerraron por el miedo que todo mi cuerpo sentía ahora mismo. Entretanto, las palabras salían sin parar de mi boca como solía hacerlo cada vez que estaba nerviosa-. No lo conozco, aunque tengo que admitir que sí tiene cara de culo. Es más, me dijeron que era demasiado gruñón, y aunque al principio no quise creerlo, al verlo hoy lo confirmé. Como sabrá, no me importa que me grite. ¿Podría...? -Al abrir mis ojos, mi jefe ya se estaba marchando.
Agarré sus maletas, las cuales había dejado en la mitad del pasillo, y salí corriendo detrás de él como alma que lleva el diablo. Un paso de Elijah Walker era como tres míos, así que debía darme prisa antes de que toda esta situación se tornara mucho peor.
Cuando por fin pude alcanzarlo, mis hombros subían y bajaban con rapidez por la falta de aire en mi cuerpo. Mi peinado ahora estaba destruido, mientras que mi uniforme se hallaba desencajado.
-Señor...
-Cállate. Ya vi que no eres buena con las palabras. -Observó su teléfono-. Llévame a mi apartamento en Broadway. -Se colocó a un costado de su coche.
Miré lo bonito que estaba el cielo a mediodía en Los Ángeles. De repente, alguien aplaudió sobre mi cara, obligándome a brincar sobre mis propios pies.
-¿Qué estás esperando, novata?
«¿Novata? ¡¿A quién está llamando novata?!».
-Tengo cuatro años en la compañía, señor.
-Tenías -confesó desafiante-. Deja de perder el tiempo y ábreme la puerta de mi coche. -Señaló despectivamente su Rolex.
-¿Quieres que te abra la puerta? -pregunté incrédula ante todo esto.
-¿Para qué crees que te pago?
-Necesito saber algo. -Tiré sus maletas a un lado.
Elijah entreabrió los labios ante mi acción.
-¿Qué, niñita? -Me aniquiló con la mirada.
Bufé y miré hacia un costado.
«¡Este hombre es increíblemente arrogante!».
-¿También tengo que ayudarte a ir al baño? -Me crucé de brazos.
-¿Perdona?
Asentí con velocidad.
-Con eso de que no eres capaz de ni siquiera abrir una puerta pensé que quizá tus manos eran débiles... o eras re-tra-sa-do. -Las últimas palabras las arrastré tanto que casi me escupí al ver las facciones de su cara-. ¿Eres o no eres? Porque con esa cara creo que lo eres -mascullé, y le abrí la puerta trasera del coche.
-¿Qué cosa?
Mordí mi labio inferior. Estaba a nada de explotar en carcajadas.
-Retrasado.
Elijah arrugó la cara, molesto.
-¡Estás despedida!
Acomodé el espejo retrovisor para poder mirarlo cuando me subí a su coche. No iba a permitir que me siguiera hablando de esta manera.
-Usted no puede hacer eso -casi lo reté.
-¿Cómo dices? -se ofendió-. ¡Por supuesto que sí puedo! ¡Soy tu maldito jefe!
Formé una boquita de pato con mis labios mientras negaba.
-Tu papá me contrató -ataqué-, no tú.
-Pero ¡yo soy el jefe!
Mis oídos dolieron con su grito.
La forma erguida de su espalda, el reloj costoso en su muñeca derecha, los zapatos de suela roja que usaba y aquel olor de Clive Christian's que desprendía de todo su cuerpo me hacían darme cuenta de que su padre lo mimó toda la vida. Hasta ahora, Elijah Walker no tuvo que mover ni un solo músculo para obtener todo lo que quiso. Era solo un nepobaby que nació en cuna de oro. Al igual que la bruja de su prometida, cree que el resto del mundo le pertenece solo por el simple hecho de portar el apellido que tiene.
Ridículos y estúpidos.
-Meh. Error, es tu padre. -Me reí y encendí el vehículo.
-Soy el vicepresidente, puedo despedirte.
-Otro error. Tu padre es el presidente, y si él me contrató, tu poder no sirve de mucho aquí.
-¡Insolente!
-Suelen decírmelo a veces. Entonces, ¿a tu casa o a la mía? Es que ya es hora de almorzar, y no he comido na...
-Cállate, y conduce hacia mi apartamento, ¡rápido!
Ahora entendía por qué Carlotta se lo dejó meter de otro.
-¿Puedo poner a BTS?
-¿A quién?
-A...
Me interrumpió: -¡¿A quién le importa?! ¡Solo conduce!
Intentaba manejar lo más despacio posible. A esta hora el tránsito en Los Ángeles se volvía demasiado pesado, así que prefería tomármelo con calma. Observé la hora en mi teléfono. Eran casi las cinco de la tarde, por lo que todo andaba bien por ahora.
Manos sobre el volante y mirada al frente. No necesitaba más que esto.
El clima era demasiado agradable hoy. Atravesábamos el verano. Para esta época, las fuertes temperaturas te obligaban a trasportarte a la playa o a ir a esos resorts lujosos en donde podías pasar un día entero en las piscinas, pretendiendo ser rica. Al menos algo bueno me pasaba entre tanta desgracia.
Debía soportarlo. Solo debía aguantar lo más que pudiera, ya que lo menos que deseaba era arruinar mi currículo por un tipejo idiota como lo era mi engreído jefe.
-Necesito que agendes para mañana a primera hora una reunión con los nuevos inversionistas de la India -declaró, y miró su iPad-. También envíale flores a mi prometida. Mañana es nuestro aniversario... ¡Carajo!
Me sorprendió un poco.
-¡¿Qué sucede?! -Empujé con mi pie el acelerador.
-Maneja rápido. Mi cita con Carlotta... -Contempló su teléfono y maldijo-. Mi chef acaba de cancelar. Tú, bicho -mis manos apretaron el volante al oírlo dirigirse a mí tan despectivamente-, ¿sabes cocinar?
-¿Qué? ¿Por qué? -Lo miré una vez más por el espejo. Un tipo en una camioneta blanca se me atravesó al frente, así que necesitaba pasarlo lo más rápido posible y así evitar el siguiente semáforo en rojo.
-Necesito que cocines comida italiana para mi prometida y para mí esta noche.
-¡No voy a hacer eso!
-No es una solicitud, es una orden, señorita James.
-¡Soy una asistente, no una cocinera! -respondí sin quitarle la mirada por el retrovisor.
-¡Eres un jodido grano en el culo! Si no vas a cocinar, entonces lárgate de mi empresa.
-¡Que no es tu empresa, señor gruñón!
Los gritos por parte y parte llenaron el estrecho lugar.
-¿Cómo me acabas de llamar?
-¡Gruñón! ¡Gruñón! -me mofé de él, hasta que mi mandíbula comenzó a dolerme.
-¡Mira hacia el frente!
-¡No me grites! ¿Por qué me tienes que gritar? -Giré mi cabeza hacia él.
-¡Mierda! ¡Emilia, mira hacia el frente! ¡Carajo!
Y lo siguiente que sentí fue un fuerte golpe.
Acababa de estrellar un coche de ciento seis mil dólares, y lo peor era que la frente de mi jefe sangraba.
«¡Alguien que me mate ya!».
Al menos no tuve que cocinar hoy.
Capítulo 3
No mereces a mi hijo
«¡Rayos! ¡Rayos! ¡Rayos!».
Me agarré con firmeza del volante antes de ver mi realidad. El carro delante de nosotros tenía la cochera destruida. Entretanto, la delantera del vehículo que manejaba terminó prácticamente irreconocible. Mis manos viajaron hacia mi rostro, pero mi entrecejo terminó arrugado al observar con detenimiento a través del espejo retrovisor la herida que me provoqué en mi labio inferior.
Intenté moverme, pero el dolor sobre toda mi columna me impidió hacerlo por mucho tiempo. Necesitaba buscar mi teléfono y llamar a emergencias, antes de que toda esta situación comenzara a salirse de control, cuando la verdadera realidad golpeó con rudeza mi cara.
«¡Mi jefe! ¡Mi estúpido y arrogante jefe!».
Giré mi torso en su dirección. El señor Walker se encontraba adormecido por el terrible golpe que se propinó por mi culpa. Sus manos temblorosas viajaron hacia su frente, la cual estaba llena de sangre. Mis manos cubrieron mis labios al ver cómo su camisa de diseñador terminó arruinada por aquel líquido carmesí que salía de su cuerpo sin detenerse.
Mis manos empujaron la puerta a un costado de mí y mis tacones me hicieron tropezar un par de veces. Todo empeoró cuando las personas comenzaron a darse cuenta de quién se trataba. Un Maserati como este solo lo tenían dos personas en el país, y uno de ellos era el vicepresidente de la compañía de tecnología Go Space. Los flashes de los teléfonos a mi alrededor empezaron a molestarme un poco.
Todos querían captar la noticia del momento. Elijah Walker, el magnate más popular de toda la nación, se vio envuelto en un accidente de tránsito por culpa de su estúpida asistente.
¡Me quería morir! Mis manos temblorosas abrieron la puerta trasera, mientras que mi jefe aún estaba mareado por la conmoción.
-¡Que alguien llame a emergencias! -exclamé al ver que lo único que hacían era sacarnos fotos y videos para sus malditas redes sociales-. ¡Mierda! -escupí al notar que mi teléfono había caído al piso.
Estiré mi mano, buscando la forma de alcanzarlo, pero luego de un par de intentos mis ojos se abrieron al ver cómo una mano masculina lo agarró entre sus dedos para luego hacérmelo llegar. Mi corazón golpeó con fuerza al darme cuenta de que conocía a esa persona.
-¿Negan?
¡Era mi novio!
-¡Necesitamos darle primeros auxilios! ¡Despejen el área!
Mi sensual y amado novio estaba aquí para ayudarme. ¡Sentí como si Dios me soplara en mi preciosa cara! Mi bebé agarró a mi jefe gruñón y lo colocó cuidadosamente sobre el pavimento de la avenida principal. Entretanto, colocó su cabeza en una posición en donde el aire pudiera llegar hasta sus pulmones y sacó su teléfono del bolsillo de su americana para luego decir:
-Habla el doctor Negan Griffin. Estoy llevando a un paciente con contusión severa en la cabeza, provocada por accidente de tránsito. Edad promedio de treinta y medio... -Sus ojos color aceituna me observaron con aquel brillo que solía usar para mirarme.
Lo amaba, y estaba perdidamente enamorada de él.
Unas luces de colores, me hicieron percatarme de que la ambulancia que nos llevaría hacia PIH Health Good Samaritan Hospital ya estaba aquí. Por ahora todo estaba bajo control, así que necesitaba llamar a su familia y enviar el reporte a su seguro. Al entrar después de la camilla en el vehículo en donde seriamos trasportados, el olor a medicamentos me mareó un poco.
-¿Qué sucedió, cariño? -indagó mi novio después de canalizar a mi jefe-. Tengo que avisarle a mamá que no podremos ir a cenar con ella hoy.
-¿Por qué? -solté para luego escuchar a mi jefe quejarse del dolor.
-Ahora él es mi paciente, cariño. Necesito curarlo y darle de alta. ¿Te comunicaste con su familia?
Asentí.
-No sé qué sucedió. Todo pasó tan rápido. Yo... -Mi mentón comenzó a temblar, mientras que mi corazón latía con fuerza.
Si algo le llegaba a suceder al vicepresidente de la compañía para la cual trabajaba, no solo perdería mi puesto como asistente, sino también podría terminar en la cárcel y con una deuda millonaria.
Me sentía ansiosa. No sabía cómo iba a resultar todo esto, pero, como lo pintaban ya en los medios de comunicación, la culpable de todo esto fui yo, y de seguro sería despedida muy pronto. No tardamos mucho tiempo en llegar al hospital. Apenas la ambulancia parqueó media docena de doctores y enfermeras salieron a auxiliar a mi jefe.
¿Qué tanto poder tenía Elijah Walker que hizo mover al mundo con esto?
Negan tocó mi espalda baja, obligándome a volver a la realidad.
-Ya puedes salir de allí, amor-murmuró, y extendió su mano hacia mí.
Como pude, respiré profundo, dispuesta a enfrentar las consecuencias de mis actos. Por lo pronto, tenía que hablar con el señor Henry Walker, el padre de Elijah, y comunicarle que todo lo que sucedió fue mi error.
Mi novio me agarró de la mano con fuerza para así llevarme hacia la sala, en donde ya se esperaban los familiares de mi jefe.
-¿Cómo está él? -pregunté cuando pasamos a la sala de emergencias.
-No es nada grave, solo estaba mareado por el golpe. Las enfermeras ya le están aplicando medicamentos vía intravenosa. No te asustes, cariño, todo saldrá bien.
De un momento a otro, todo se volvió tan confuso para mí. Alguien tiró del cuello de la camisa de mi uniforme y me propinó un golpe tan fuerte en la cara que todo comenzó a verse borroso.
-¡¿Qué carajos?! -gritó Negan, e intentó separar a Carlotta de mi lado, la cual tenía intenciones de volver a pegarme.
-¡Maldita, perra! -siseó enfurecida-. ¿Querías matarlo? ¿Sabes lo que te pasará ahora, zorra? -volvió a amenazar, y ahora lanzó su bolso Chanel contra mi pecho-. ¡Eres una puta arrogante! ¡Sabía desde el primer instante en que te vi que serías un dolor de cabeza!
El señor Henry apartó a su nuera de encima de mí.
-¡Esto es un hospital! -entonó Negan como médico-. ¡Si no se pueden comportar, llamaré a seguridad!
La loca de Carlotta bufó casi entre risas.
-¿Y quién eres tú? ¿Quién eres? ¡Muerto de hambre!
-¡Carlotta, basta! -Una vez más, su suegro intentó detenerla, pero era casi imposible.
Sin embargo, el hombre a mi lado agachó la cabeza para, acto seguido, caminar y quedar a una distancia cercana de Carlotta.
-Soy el dueño de este hospital -respondió, dejando toda la sala en silencio-. Soy el dueño de todo el lugar. Y ella, a quien acabas de gritarle y llamarle zorra -mis manos cubrieron mis labios-, es mi novia.
-¿Qué?
-Así que le pido respeto por mi futura esposa. Y agradezca que no interpongo una demanda contra usted por agresión. -Negan me escondió detrás de él-. El accidente se debió por la imprudencia de un conductor ebrio. Mi novia perdió el control de los frenos al no poder detenerse a tiempo, y de esta manera terminó chocando.
La heredera Grimes se cruzó de brazos, molesta. Quizá jamás se imaginó que un hombre como él estuviese conmigo, por lo tanto, sentía que tenía demasiada suerte de tenerlo a mi lado.
Cuando el susto pasó, pude volver a casa. Como todavía era temprano, Negan y yo decidimos no cancelarle a su madre e ir a la cena que postergábamos desde hacía mucho tiempo. Yo no era moneda de oro ante los ojos de Freya. Aunque en algunas ocasiones me dolía todas las cosas que me decía, al final debía entender que él y yo nos amábamos de verdad.
Luego de cambiarme de atuendo, salí de mi residencia y agarré un taxi en la avenida principal hacia Malibú, el vecindario donde vivía la familia Griffin. Negan era el hijo único de una familia prestigiosa de médicos cirujanos. Su madre lo crio sola después del fallecimiento de su padre antes de que él naciera, aunque siempre tuvo una figura paterna gracias a su abuelo Albert y sus tíos.
Me tomó aproximadamente cuarenta minutos llegar a la casa de mi amado novio. El taxista me cobró un par de billetes. Caminé hacia la enorme reja que me separaba del amor de mi vida. Mi teléfono comenzó a sonar, así que lo revisé para luego enterarme de que a Elijah le habían dado el alta y mañana deseaba hablar conmigo a primera hora.
«Me van a despedir», fue lo primero que se me atravesó por la cabeza, pero ahora mismo no deseaba pensar mucho sobre esto.
Debía sobrevivir esta noche para mañana ser asesinada por el gilipollas de mi jefe, si es que mi suegra dejaba algo de mí hoy.
Las empleadas de la casa me recibieron con modestia. Una de ellas me guio hacia una enorme sala lujosa, que Freya decoró a su gusto hacía poco, mientras que cada paso que daba me dolía mucho más.
Deseaba irme de aquí. Quería huir lo más lejos posible. Me sentía demasiado cansada para continuar. No obstante, aquel pelinegro de enormes ojos verdes bajaba de las escaleras que daban al segundo piso. Su mirada se iluminó apenas logré entrar en su campo de visión. Sus labios buscaron los míos, pero nos vimos interrumpidos cuando su madre carraspeó la garganta, así que nos separamos.
-Espero que tu novia sepa comportarse a la altura hoy, ya que por su clase social dudo mucho que tenga buenos modales.
-¡Mamá!
«Ya empezó».
-Tengo un invitado muy importante, Negan, que quiere invertir en nuestro hospital. No me hagas arrepentirme de que tu novia esté aquí con nosotros. -La señora me miró con asco-. ¿Qué es lo que llevas puesto?
Me miré. Era un vestido que me hizo mi mamá.
-Esto es...
La mujer me cortó las palabras con las manos. Quería gritarle en su cara lo perra y desgraciada que era, y que me valía una mierda todo el dinero que tenía, pero no podía arruinar mi relación con Negan por culpa de esa bruja.
-No me importa de dónde lo sacaste. Es horrible.
Mi novio apretó mi mano.
-Me sabré comportar, señora.
-Mi aceptación a tu relación con mi único hijo depende de cómo te veas esta noche. Si lo arruinas, prefiero morirme antes de verte casada con mi Negan.
Mordí mi labio inferior.
-Lo haré bien, señora -solté ingenua antes de ver quién era su maravilloso invitado.
Al parecer, romperse la cabeza no fue suficiente.
«¡Mi maldito jefe está aquí!».
Y, por la forma en que me miraba, había escuchado todo.
Esto iba a terminar mal, muy mal.