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El imperio Secreto de la Mafia

El imperio Secreto de la Mafia

Autor: : Paula Tekila
Género: Romance
Paulah, una fotógrafa de talento, viaja a Italia para grabar la toma de posesión de un político de renombre. En el camino, un accidente la deja herida y perdida en un denso bosque. Cuando despierta, se encuentra en Culla del Crimine, un pueblo misterioso y aislado que no aparece en ningún mapa. Gobernado por el enigmático Benicio Mendelerr, un mafioso tan peligroso como fascinante, el pueblo alberga oscuros secretos. Ahora Paulah debe descubrir cómo escapar, mientras se ve arrastrada a un mundo de poder, intriga y seducción.

Capítulo 1 Llegada

Soy Paulah, fotógrafo, y siempre he querido conquistar el mundo a través de mi profesión. Tal vez eso habría ocurrido de no ser por la confusión que se produjo en la última boda en la que trabajé hace unos años. Una serie de malentendidos me arrebataron la oportunidad de organizar eventos aún mayores.

El padre de la novia decidió acercarse a mí de una forma poco invitadora y acabé abofeteándole, lo que provocó que me echaran del lugar de celebración y que al día siguiente saliera en las noticias, lo que puso fin a mi perfil profesional. Esto me llevó a pasar mucho tiempo trabajando en trabajos menores y sin atreverme a trabajar en eventos más grandes.

Lo importante es que ahora estoy aquí, en una hermosa carretera por Italia, es la gran oportunidad que estaba esperando para callar las bocas de todos los que dudaban de mi potencial.

Mi ex novio nunca me habría permitido dar un paso tan grande, siempre me prefirió a su lado y sin mayores ambiciones. Ahora que ya no tengo ningún tipo de relación, es hora de pensar en mi vida aquí, lejos de todo.

Miro por la ventanilla del coche y veo paisajes preciosos, pueblos tan elegantes como los cuadros y las películas.

- ¿Quiere que cierre las ventanillas? ¡Qué frío hace! - preguntó pensativo el conductor.

- No hace falta, ¡quiero contemplar todos los paisajes!

Más adelante había una curva sinuosa, un destello de luz blanca se apoderó de mi visión y luego todo se oscureció.

Cuando desperté, me palpitaba la cabeza y me dolía todo el cuerpo. Intenté moverme, pero todo parecía girar a mi alrededor. Y cuando miré hacia abajo, una gota de sangre de mi frente goteaba sobre el asiento del coche.

- ¿Te encuentras bien? - pregunté, mirando hacia el asiento delantero y sin ver ninguna señal del conductor.

Sólo me di cuenta de la magnitud de la tragedia cuando conseguí abrir la puerta arrugada y salir del coche, y entonces vi el cuerpo del taxista, que había sido arrojado muy lejos.

Me estremecí por todo el cuerpo, pero intenté mantener la calma y me acerqué a él, tocándole para tantear cualquier señal de vida.

- Maldita sea, ¡está muerto!

Volví al coche, intentando respirar hondo para mantener la calma. Rebusqué entre los restos hasta que encontré mi bolso entre ellos, entonces saqué mi teléfono móvil e intenté encontrar algún tipo de señal, pero no había forma de hacerlo en aquellos bosques.

Siempre he sabido que los taxis tienen canales de radio para hablar entre ellos, así que intenté toquetear el equipo y el fuerte olor a gasolina me asustó. La radio estaba estropeada, no conseguía señal.

Las piernas me flaqueaban y me sentía desorientado. Arrodillado en el suelo, seguía intentando hacer funcionar el m*ld*t* teléfono móvil y estoy a muchos kilómetros de la ciudad más cercana.

- ¡Funciona, por favor!

- ¿Quién es usted? - una voz femenina me hizo girarme.

- Necesito ayuda, hemos tenido un accidente.

La mujer permaneció seria mientras me miraba, hasta que me di cuenta de que iba armada y apuntó su revólver en mi dirección.

- No le dispares, ¡maldita sea! - dijo un hombre que venía por detrás.

- ¡Esa zorra sabe demasiado!

- Benicio te arrancará los ojos si tomas una decisión sin su aprobación...

Los dos se miraron, chocando y pensando en mi vida y para ella no valía absolutamente nada.

- ¡Que se joda! Ni siquiera sabrá que ella existe. - replicó ella, simplemente alisándose el pelo rojo y mirando en mi dirección.

Aquella mujer estaba decidida a dispararme, pero el hombre la desarmó con un rápido movimiento.

- ¡En absoluto, Elisa! ¡Te llevaremos hasta él!

Con la pistola apuntando en mi dirección, los dos me hicieron caminar por el bosque. Estaba muy cansada y todavía dolorida por el accidente. Me sorprendí a mí misma mirando hacia atrás y estaba segura de que no sabría volver al coche por mi cuenta en una posible huida.

*p*n*s me atrevía a mirarles a los ojos, parecían vampiros salidos de una película. Gente fría, sin emoción ni empatía.

- Lo juro por Dios, no me importa quiénes sean, ¡sólo necesito un teléfono!

- Si aún quieres disfrutar de los últimos minutos de tu vida, ¡mantén la boca cerrada! - replicó la mujer.

Llegamos a un lugar lejano, cada paso que daba parecía alejarme más y más de la realidad.

Por fin salimos del bosque y llegamos a algo construido por el hombre, había algunas casas antiguas y puertas de hierro forjado, lo que demostraba aún más que aquel lugar escondido en medio del bosque parecía existir desde hacía muchos años. Oscuro, lejos de todo lo que hubiera podido imaginar y, de hecho, extrañamente escondido.

- Elisa, llevaré a la mujer con Benicio.

- No, ¡la he encontrado yo! - replicó ella.

- Aún está enfadado por lo de la mercancía incautada. Apártate de su vista un rato y deja de insinuarte a él. ¿No se cansa del rechazo?

Ella pareció acceder a su petición... Quizá me avergüence de lo que he oído, no sé quién es ese Benicio... lo único que sé es que mucha gente parece temerle.

Entramos en una de las casas adosadas, con su decoración provinciana y su lujoso mobiliario. En la pared, la imponente figura de un Chacal y dos guardias de seguridad me miraban con curiosidad.

El hombre que me conducía hablaba en otro idioma con los demás, no parecía ser italiano. Cuando uno de ellos entró en la habitación, asintieron con la cabeza y me llevaron al interior, donde le vi sentado en una hermosa silla.

- Habla portugués, señor.

- ¿Quién es usted y qué hace aquí? - preguntó el apuesto, enigmático e imponente hombre vestido de negro.

- ¡Me llamo Paulah, soy fotógrafo y estaba en el país para cubrir la boda de un concejal! Gobernador, en realidad... ¡Algo así! - Las palabras no me ayudaban, nerviosismo, miedo y cansancio se mezclaban en mi interior.

- Pareces muy confundido para ser alguien que está aquí por negocios. - preguntó el jefe, entrelazando los dedos sobre la mesa.

- Acabo de tener un accidente de coche, ¿querías que estuviera sonriendo?

- ¡Eres muy petulante! ¿Sabes con quién estás hablando?

- No lo sé, me trajeron contra mi voluntad a punta de pistola. Dígame, señor, ¿quién es?

Mi respuesta hizo que el tal Benicio se levantara de la silla como un rayo, vino a mi lado y pude sentir el calor de sus palabras.

- No me creo ni un fragmento de tu historia, ¡nos hemos pasado toda una vida ocultando este lugar para que alguien lo encuentre y lo revele al mundo! - se volvió entonces hacia el otro hombre. - ¿Ha encontrado la cámara de ese fotógrafo?

- No, señor, pero no miente cuando dice que tuvo un accidente. ¡El coche estaba hecho pedazos y había el cadáver de un hombre fuera!

- Realmente eres inocente, querida, tenemos innumerables enemigos y todos son lo suficientemente astutos como para fingir una situación. ¡Matadla!

Mientras intentaba procesar todo lo que estaba ocurriendo, Benicio me observaba con una mirada curiosa, como si estuviera estudiando cada una de mis reacciones y considerando su decisión final.

- Sí, señor. - respondió el otro hombre.

Me quedé de piedra; mi palabra no valía absolutamente nada para aquella gente.

- ¡Un momento! - tartamudeó Benicio, arreglándose la corbata-. - Llévenla a la mansión, pero antes quiero interrogarla.

Se llevaron mi teléfono móvil, era inútil sin señal, pero al menos lo tenía.

No sé en qué lío me he metido esta vez, pero no ha hecho más que empeorar por momentos Caminamos de nuevo, esta vez hasta el centro de aquella ciudad... Definitivamente puedo llamarla ciudad porque era enorme, allí había al menos cincuenta casas y una de ellas destacaba por su belleza y grandeza. Sin duda pertenecía a Benicio...

- ¡Encárgate de ello, Medelerr necesita respuestas!

El hombre que me llevaba abrió paso, más esbirros y ahora me llevaron al interior de la casa a una de las habitaciones donde me encerraron.

Viejos muebles de madera, todos muy bien conservados, con un aspecto vintage que parecía haber sido elegido por una mujer clásica. No estaba allí para admirar la belleza, necesitaba encontrar una forma de escapar antes de que aquel hombre llevara a cabo su decisión de quitarme la vida.

Para mi sorpresa, había una gran ventana en la habitación. Fuera, pude ver cómo muchos hombres paseaban por la zona, todos ellos portando armas, niños jugando como si el lugar fuera un pueblo más detenido en el tiempo.

Así que no había miedo por su parte ante una posible huida, todos estaban allí con el mismo propósito... ¿Pero cuál era?

La gran cama a mi lado parecía pedir a gritos mi cuerpo, cansado y dolorido. Lo necesitaba más que nunca y ni siquiera pude lavarme antes.

- ¡No podía huir con tantos ahí fuera!

Tendría que estar recuperada para intentar cualquier cosa, así que acabé tumbada en aquella enorme cama blanca y manchándome de sangre.

No sé exactamente cuánto tiempo pasó, pero cuando abrí los ojos ya había llegado la oscuridad de la noche. Fui al baño e intenté lavarme las heridas lo mejor que pude...

Hasta que oí la llave que abría la puerta del dormitorio y era él, Benicio Mendelerr.

- ¡Se te ve bien instalado en tus aposentos!

- Gracias por darme un último descanso... - entró en la habitación y cerró la puerta.

- Si me dices la verdad sobre quién te envió a espiar a Culla del Crimine, ¡quizá te perdone la vida!

- ¿Quién lo sabe? - pregunté.

- No seas estúpido. Si realmente quisiera matarte, ya lo habría hecho. Sólo dime, ¿quién es tu líder?

- ¡No tengo líder! Lo he dicho todo, soy un pésimo fotógrafo brasileño... ¡He tenido un día infernal y sólo quiero irme!

- ¡Ese es el problema, no deberías haber visto nada de lo que viste!

- Tú me trajiste aquí, no me importa quién eres o lo que haces. ¡Déjame donde me encontraste y seguiré adelante como si este día nunca hubiera ocurrido!

- ¡Imposible!

- ¿Así que realmente vas a matarme? Dime algo definitivo. - pregunté, mirándole a los ojos castaños.

- Si intentas escapar o informar a alguien de tu paradero, ¡te juro que pedirás la muerte!

Volvió a encerrarme en la habitación y pensé en gritarle e insultarle con todos los nombres que se me ocurrían. Si está tan seguro de su poder, ¿por qué me tiene encerrada así?

Pasaron las horas, alguien volvió a abrir la puerta y esta vez era una mujer. Llevaba toallas y algo de ropa, *p*n*s me miró y las dejó sobre el mueble.

- ¡Señora! Espere...

Se fue sin mirar atrás, ya no siento nada y tengo miedo a cada segundo. Dijo que si quisiera matarme, ya lo habría hecho, pero no sé si debo creer en la piedad de un hombre al que todos temen.

Me duché, había toallas blancas y era una habitación doble. ¿Qué clase de cosas esconde esta gente? Crímenes, muertes...

- ¡Nunca saldré de aquí! Sólo muertos.

Las lágrimas se escaparon de mis ojos, ahora me daba cuenta de todo. Mientras lloro desesperada bajo la ducha, oigo caer algo fuera, salgo envuelta en la toalla que encontré y veo la puerta entreabierta y encuentro una bandeja llena de comida sobre la cama.

- La puerta...

Esa palabra resuena cinco veces en mi mente, salgo corriendo sin pensar en nada más. Siento unos brazos fuertes que me aprietan contra la pared y un aliento cálido cerca de mi boca... Me aprieta con fuerza.

- Sin trucos, lo dije antes y lo repito: ¡está en mis manos! Nada de intentar escapar.

- Suéltame. - Le empujo y enderezo la toalla que estaba a punto de caer.

Antes de irse, me da las llaves de la habitación... Entro y me encierro. Oigo parte de la conversación de abajo y me dan aún más ganas de comer.

- ¿Está ella aquí?

- Hice que la trajeran, ¿vas a cuestionar eso?

- Eres el capo Benicio, ¡pero aún tenemos un código que cumplir!

Conversaciones y más conversaciones, dejo de oír con claridad y hasta me acuesto y pongo la oreja en el suelo...

- ¡Yo tampoco tengo mujer! - Oigo a uno de ellos.

¡Y no oigo absolutamente nada más!

Capítulo 2 El destino en las cartas

Paulah

Dejé pasar la velada, esa noche no me darían ninguna respuesta que necesitaba. Bebieron después de la conversación que escuché parcialmente, el sonido de las copas chocando parecía que habían decidido algo sobre mí. Estoy cansada, intentaré dormir un poco o a la mañana siguiente estaré aún peor de lo que estoy. Me puse una de las ropas que había traído aquella mujer, un vestido elegante...

Esperé a que pasaran más horas, me levanté y recorrí la casa buscando una salida. Las puertas principales de la casa estaban cerradas con candados y contraseñas, y pasé por delante de la habitación que creía que le pertenecía. Todo estaba en silencio y me di cuenta de que no había rastro de ninguna mujer en su vida.

Sólo me queda saber si esto es o no una desventaja para mí.

Vuelvo a mi habitación y cierro la puerta con llave, para dormir un poco... Me despierto con los ladridos de los perros en el patio.

La puerta de la habitación se abre, la mujer tenía una copia de la llave.

Observo a la mujer doblar la ropa en silencio, vacilante. Parecía tan incómoda como yo me sentía en aquel lugar.

- Gracias... por la ropa», murmuré, intentando romper el hielo.

Levantó la vista brevemente, pero no dijo nada, volvió a organizar la ropa con manos temblorosas y claramente deseosa de salir de allí.

- ¿Llevas... mucho tiempo trabajando aquí? - aventuré, intentando un enfoque diferente.

Tragó saliva, dudó, pero respondió en voz baja: - Eso es lo que hago.

Algo en su tono me hizo insistir. - Pareces... tan incómodo como yo. No tienes por qué tenerme miedo.

Ella miró rápidamente a la puerta, luego a mí, y susurró: - No hables así. Puede oírte.

La tensión en la habitación era muy grande, pero necesitaba entender.

- Por favor, ayúdame a entender. ¿Por qué estoy aquí? ¿Quién es Benicio para ti?

Al oír el nombre, se tensó visiblemente, bajando la mirada.

- Él... él lo es todo para mi familia. Sin él, no tendríamos nada.

Había algo más, algo que no estaba diciendo.

- ¿Y qué pedía él a cambio? ¿Algo que la hace temer incluso mirarlo?

- Benicio no es peligroso para aquellos en los que puede confiar. Sigue sus órdenes y estarás bien.

Di un paso más cerca, intentando no asustarla.

- Sólo quiero salir de aquí. Si sabes algo... lo que sea...

Ella vaciló, mirando de nuevo a la puerta, y luego susurró con voz temblorosa:

- ¿Tenías un marido ahí fuera?

Su pregunta me sorprendió.

- No, ¿por qué la pregunta?

Antes de que pudiera decir nada más, se dio la vuelta rápidamente, sonriendo, como si se le acabara el tiempo.

- Espera, no tienes que hacer esto tú sola -le supliqué, con la voz casi quebrada-. - Puedo ayudar con la limpieza...

- Descansa, ¡hoy necesitas descansar! - respondió, y se fue.

- ¿Descansada para qué? Un lugar infernal.

Tiene miedo, o es una cómplice más y no empatiza conmigo. Hago mi higiene y salgo de la habitación un rato después... No me trajeron comida y parecían querer que saliera de mi escondite.

El comedor estaba preparado, había un buen desayuno.

- Siéntese, le serviremos. - Dijo la camarera.

- ¿Y... él?

- El señor Benicio ya se ha ido.

Respiro aliviada, consigo beberme una taza de café que me quema en la garganta. Salgo de casa, por primera vez la veo mejor... Los niños que corren por la calle de fuera me miran como si fuera un animal enjaulado en un zoo.

- Hola», me acerco a ellos, intentando forzar una sonrisa.

- No podemos hablar con ella, aún no es de los nuestros...

- Espera, quiero ser tu amiga... ¿Puedes hablar conmigo?

Los dos huyen al ser llamados por una mujer, la misma que me trajo aquí. Me mira con más odio que la primera vez y se acerca a mí.

- No sientas que perteneces a este lugar sólo porque ese imbécil te ha puesto bajo su techo. ¡Benicio acabará decidiendo acabar con tu vida! ¡Y yo apretaré el gatillo!

- ¿Qué he hecho para que me odies así?

Ella no contestó, con el mismo desprecio en los ojos... Se alejó.

- Vuelva adentro, no puede salir de los confines de la casa -dijo uno de los hombres, que seguramente había sido asignado para vigilar mis pasos.

En este lugar no pasan las horas, así que aproveché que el dueño de la casa no estaba. Una de las criadas estaba limpiando su habitación, sacó unas sábanas y dejó la puerta abierta. Sin pensarlo, entré y empecé a mirar a mi alrededor en busca de pistas sobre el pasado de aquel hombre y cualquier cosa que pudiera ayudarme a entender la situación.

La cama era enorme, estaba ordenada y la habitación era aún más bonita que la otra. Sobre un sillón yacía una camisa negra, seguramente la última que se había puesto... Me di cuenta por el mismo aroma amaderado que olí cuando me retuvo la noche anterior, olí su perfume y lo devolví al mismo lugar mientras miraba hacia la puerta por miedo a ser descubierta.

Había un portátil sobre la cama, entreabierto, y me apresuré a comprobar si estaba en alguna página en particular. Estaba bloqueado con contraseña, y no sé por qué pensé que cometería un error tan chapucero como dejármelo accesible.

- ¡Él no sería tan idiota! Ni yo tampoco...

El cajón de al lado parecía estar abierto y dentro había algo que me llamó la atención. Un libro de tapas negras con el nombre: Culla del Crimine y varios nombres, apellidos y fechas de nacimiento. El polvo casi me hizo estornudar, así que lo devolví al mismo sitio. Al ir a hacerlo, una foto que había dentro cayó sobre mi pie derecho y la recogí.

Benicio estaba en ella, parecía mucho más joven y a su lado había una hermosa mujer rubia. Sin duda era su mujer, pero ¿dónde está ahora? ¿La mató él mismo porque había descubierto algo? Devolví la foto a su sitio y salí corriendo de allí, casi chocando con una mujer que había llegado y se dirigía hacia la habitación que yo ocupaba.

- Eres Paulah, nos encargaremos de tu belleza para esta noche tan especial. - Dijo ella.

Entramos en la habitación, ella puso dos vestidos de fiesta sobre la cama y me miró.

- ¡Pruébatelos! - me dijo.

- ¿Puedes decirme para qué?

- ¿Te gusta el póquer? - preguntó, bajando la cremallera del vestido dorado y entregándomelo.

- No mucho...

- Es una tradición aquí, una bella dama atrae una fiesta y una importante partida de póquer.

- ¿Haces una fiesta en mi honor? ¿Es eso?

- No puedo decir más, no es parte de mi trabajo. ¡Le haremos maquillaje y un peinado s*xy!

Salir de aquí no sería mala idea, una fiesta con muchas distracciones me ayudaría a alejarme de este lugar. No puedo seguir viviendo en esta incertidumbre, lejos de aquí no me importarían las respuestas.

Elegí el vestido, actué como ella esperaba que lo hiciera y colaboré con todo el circo. Durante el día, ella me preparó, me vestí como nunca y me miré al espejo, diciéndome que esta era mi fantasía de escape.

- ¡Estás preciosa! ¿De verdad te gusta?

- Me encanta. - respondí emocionada.

La misteriosa criada entró, me vio vestida y me dijo:

- ¡Benicio te está esperando para ir juntos!

Bajé las escaleras y me estaba esperando. Llevaba traje, el pelo peinado con gomina y parecía un villano.

- ¿Nos vamos? - me dijo.

Miré fuera, el coche ya nos estaba esperando y había demasiados guardias de seguridad como para salir corriendo de allí. Nos metimos en el coche y estuvimos dando vueltas durante unos quince minutos hasta que llegamos a un vestíbulo que parecía gigantesco. Había montones de coches, estaba abarrotado y todos los habitantes de la ciudad debían de estar allí... Incluso los niños que había visto antes y la chica me saludaron.

Benicio me puso un vaso lleno de vino en la mano y se paseó entre los invitados a la fiesta, charlando e interactuando con todos los que encontraba. Bebí un sorbo y devolví la copa a la primera bandeja que me encontré, dando vueltas y mirando hacia fuera como si quisiera volar...

- ¡Es la hora del juego! - dijo uno de los hombres, atrayendo la atención de absolutamente todos los presentes en la fiesta, que parecían haber estado esperando este momento.

Benicio, el hombre que me llevó allí, y un anciano que parecía alcohólico... Lo que me intrigaba era que todos miraban en mi dirección.

- ¿Por qué me miran a mí? - pregunté ansioso.

- ¡Están jugando para ganarte! - replicó un niño en medio del pasillo.

- ¿Qué clase de juego es ése? Esto es ridíc*l*. Creía que éste era un pueblo respetable.

- ¡Lo es! - replicó Benicio, acomodándose en su silla y esperando las cartas.

- Si apostar a una mujer a las cartas es normal para ti, ¡entonces deberías revisar tus virtudes!

- No apostamos sólo por una noche, ¡apostamos por el futuro! Si quieres vivir, acepta las condiciones que te imponemos. ¡Ya te lo he dicho! - añadió.

- ¿Matrimonio? ¿Estás en la Edad Media? ¡Vale! Dame las cartas, ¡yo también quiero jugar! - Todos me miraron sorprendidos cuando me senté a la mesa con ellos. - Vamos y si gano, ¡quiero mi libertad!

- Dale las cartas, Benicio, ¿crees que una mujer puede ganarnos en una sola partida de póquer? - se mofó el viejo.

Nunca imaginé que me encontraría en esta situación. Sentada a la mesa, con la mirada de tres hombres fija en mí, pero no por el juego en sí. Lo que estaba en juego no eran fichas, dinero o prestigio. Lo que estaba en juego era yo.

El anciano de mi izquierda se enderezó su maltrecho sombrero, parecía incómodo, pero no lo suficiente como para levantarse de la mesa. Al otro lado estaba el hombre más joven, de sonrisa arrogante, como si ya hubiera ganado antes incluso de que se hubieran repartido las cartas. Y luego estaba Benicio y su expresión de liderazgo. Estaba frente a mí, con las manos apoyadas en la mesa y los ojos fijos en los míos. No necesitó hablar para dejar claro quién estaba al mando.

Se repartieron las cartas. Tomé las mías con manos temblorosas, intentando ocultar mi nerviosismo. Un rey de picas y un diez de corazones. No era un mal comienzo, pero no bastaba para tranquilizarme.

El viejo miró sus cartas e hizo una pequeña apuesta, como si no quisiera comprometerse. El joven rió suavemente y subió la apuesta, empujando las fichas hacia el centro de la mesa.

Benicio le siguió sin vacilar, introduciendo sus fichas con una calma que parecía ensayada. ¿Y yo? No tenía elección.

- Voy», respondí, intentando parecer firme, pero casi me falló la voz.

El flop se reveló: un as de corazones, un diez de picas y un siete de diamantes. Una pareja para mí, pero nada que me garantizara una ventaja.

El viejo dudó, murmuró algo antes de pasar su turno. El joven, con una sonrisa libertina, apostó alto.

- «Subo», dijo Benicio, empujando un montón de fichas al centro, y mi corazón se aceleró.

Mi turno. Respiré hondo y seguí la apuesta, sintiendo los ojos de Benicio clavados en mí.

- Estoy fuera. - El viejo suspiró, tirando sus cartas sobre la mesa.

Sólo quedábamos nosotros tres. El joven, quizá intentando demostrar algo, anunció «all-in», lanzando todas sus fichas al centro.

Benicio sonrió y dijo - Voy.

De nuevo mi turno. Miré mis fichas y luego mis cartas. Sabía que no tenía ninguna posibilidad contra Benicio, pero algo dentro de mí me impedía rendirme. Tal vez fuera orgullo o desesperación.

- All-in -dije, empujando el resto de las fichas hacia el centro.

Aparecieron las últimas cartas: un rey de corazones y un dos de picas. Me dio un vuelco el corazón. Dos pares. Rey y diez.

El joven tiró sus cartas sobre la mesa. Sólo tenía una pareja. Mi mirada se dirigió a Benicio. Con calma, dio la vuelta a sus cartas: un as y un diez. Dos pares también, pero más altos que los míos.

- Mejor suerte la próxima vez -dijo Benicio, recogiendo las patatas. Pero sus ojos estaban fijos en mí, y la sonrisa de sus labios era diferente. No era sólo victoria. Era posesión.

El libro que había encontrado en su cajón estaba allí, en manos de uno de los ancianos que habían estado siguiéndolo todo desde lejos. Querían que ambos lo firmáramos, era un matrimonio...

- Yo, yo...

- No avergüences a Benicio delante de todos. - dijo Elisa, mi primera atormentadora.

- No me encuentro bien... - Me eché un farol.

- ¡Fírmalo! - gritó Benicio.

No tenía elección, tenía que firmar aquel estúpido libro y mis fuerzas casi se habían agotado. Propusieron un brindis nada más firmar, ¡estamos casados! Al oír varias peticiones de beso, Benicio se acercó y me lancé a sus brazos, desmayada. Me estrechó entre sus brazos, cesaron los ruidos y abrí los ojos disimuladamente.

Me llevó a un lugar más tranquilo de la fiesta y oí su voz pidiendo agua.

- ¿Paula? ¿Me oyes? - preguntó.

Benicio me puso el vaso en la mano, ¡una decisión equivocada! Cuando mis ojos divisaron una puerta abierta, no lo dudé... Le golpeé en la cabeza con el vaso y salí corriendo al son de sus maldiciones:

- ¡B*st*rd*! ¡H*j* d* p*t*!

Capítulo 3 Entre el diablo y el ángel

Paulah

La música de la fiesta seguía sonando a todo volumen, las luces de los coches reflejándose en los charcos de agua esparcidos por el asfalto. Las risas habían sido sustituidas por gritos y pasos apresurados. Ya vienen. Venían todos.

Eché a correr.

Los zapatos de tacón que llevaba antes del alboroto los tiré por el camino. Ahora, mis pies descalzos golpeaban el frío suelo y deseé poder gritar y pedir ayuda. El vestido, antes impecable, estaba ahora roto, sucio de tierra y sudor.

- ¡Ahí! ¡Se fue por ahí! - oí gritar a una voz masculina.

El sonido del metal de las armas que llevaban me hizo acelerar el paso. Me dolía el pecho y sentía que me faltaba el aire, pero el miedo era más fuerte que el cansancio.

Doblé la esquina y tropecé con un cubo de basura caído. El ruido sonó como una explosión en aquella noche silenciosa, y supe que acababa de delatar mi posición.

Las luces de los faroles barrieron la calle y oí pasos rápidos que se acercaban. No lo pensé, corrí hacia el callejón más cercano. Era estrecho, estrecho y el olor era insoportable, pero al menos me escondería temporalmente.

El bosque. Tenía que llegar al bosque.

El sonido de las voces se hizo más fuerte. Algunos estaban nerviosos, otros reían como si fuera un juego. Para ellos, tal vez lo era. Para mí, era la vida o la muerte.

Salí del callejón y corrí en la dirección donde sabía que empezaban los árboles. El cielo estaba oscuro, pero podía ver el contorno de las copas de los árboles a lo lejos.

De repente, el sonido de un disparo. Todo mi cuerpo se congeló durante un segundo antes de empezar a correr de nuevo. No miré atrás. No podía mirar atrás.

- ¡No dejes que se escape! - gritó una mujer, era Elisa.

Pero cuando por fin vi la línea de árboles, algo dentro de mí se iluminó. Era mi única oportunidad. Me adentré en la oscuridad del bosque, sintiendo cómo las ramas me arañaban la piel y las hojas se aferraban a mi pelo suelto. El sonido de las voces se hizo más distante, pero aún podía oír los zapatos aplastando hojas secas. Todavía me seguían.

La oscuridad era total y tropecé varias veces, pero seguí adelante. El suelo era irregular, lleno de raíces y piedras, pero aquel bosque era mi única protección.

- Si Benicio me encuentra, será el fin.

Me temblaban las piernas, pero no podía detenerme. No mientras aún hubiera una oportunidad, por pequeña que fuera...

Fue entonces cuando sucedió.

Mi pie se hundió en algo duro y afilado, y un grito se me escapó antes de que pudiera detenerlo. El dolor era enorme, irradiaba por mi pierna, como si algo me estuviera desgarrando la carne. Miré hacia abajo, jadeé y vi el trozo de madera que me había atravesado la planta del pie y había salido por el otro lado.

- No... no... - gemí, intentando comprender lo que estaba pasando.

Intenté moverme, pero el dolor era insoportable. Todo mi cuerpo empezó a temblar y las lágrimas corrían por mi rostro mientras luchaba por liberarme. El tocón estaba atascado, como si el propio bosque conspirara para retenerme allí y entregarme a Benicio.

En un momento dado, sentí que me iba a desmayar del dolor mientras la sangre fluía profusamente.

Me agarré la pierna con ambas manos y empecé a tirar, ignorando las espinas que me arañaban la piel. El dolor era tan intenso que sentía náuseas, pero no podía rendirme.

- Vamos, vamos, demonios... - susurré para mis adentros, mordiéndome el labio para no gritar.

- ¡Benicio! La hemos encontrado. - dijo uno de los hombres que le seguían.

Las pistolas apuntaban en mi dirección y se acercó directamente, al ver mi situación. Todavía le corría sangre por la cara del golpe que le había dado, y ahora yo sangraba el triple-.

- ¡Adelante! ¡Dispárame una vez! - supliqué y cerré los ojos.

Ningún sonido, el dolor seguía extrañamente igual. Hasta que sentí que sus manos rodeaban mi cintura y apoyaba parte de mi peso en ellas.

- Tira de su pierna - ordenó Benicio.

No tenía fuerzas para gritar y casi me desmayo. Benicio me sentó en el suelo y me hizo un torniquete con su propia corbata. La sangre se detuvo un poco y de repente me levantó en el aire y me echó sobre su hombro como si no pesara nada. Mi cabeza se balanceó hacia abajo y la vista que tuve fue del suelo del bosque, alejándose cada vez más rápido mientras él caminaba con pasos firmes.

Seguido por los demás.

- ¿Te la llevas de vuelta? ¿Te has vuelto loco? - preguntó Elisa.

Benicio no se detuvo a contestarle cuando llegamos a la casa...

- No más juegos por esta noche, ¡vete a casa! ¡Envía a Elton para que se ocupe de ella!

El olor a sudor y sangre se mezclaba con su perfume, una combinación que me producía náuseas. Cada paso que daba hacía que mi cuerpo se balanceara, y la sangre de mi pie magullado goteaba por toda la casa hasta que se acercó la criada.

Con un cuidado sorprendente para alguien tan brutal, Benicio me llevó a la cama. La pierna me palpitaba de dolor y no pude contener el gemido que escapó de mis labios.

- No te muevas. - Su voz era firme, pero no tan dura como antes. Acomodó mi cuerpo en la cama, apartando la tela desgarrada de mi vestido para examinar la herida de mi pie.

Intenté moverme, pero me sujetó el tobillo con firmeza. - No te muevas. Se pondrá peor.

Antes de que pudiera decir nada, la puerta se abrió de repente y un hombre entró corriendo. Llevaba un maletín negro, que reconocí inmediatamente como un maletín de médico.

- Está aquí. - dijo Benicio, sin mirarme siquiera. - Encárgate rápido.

El hombre de pelo gris y gafas colocó el maletín sobre la mesa junto a la cama. Se abrió con un chasquido, revelando una hilera de instrumentos médicos.

- ¿Ha perdido mucha sangre? - preguntó el hombre mientras se ponía guantes de látex.

- No lo sé. Haga lo que tenga que hacer. - Benicio se cruzó de brazos y se hizo a un lado, observando cada movimiento.

El médico se acercó y me miró con expresión neutra, casi demasiado profesional para la situación.

- Esto va a doler un poco. - advirtió antes de empezar a limpiar la herida.

El dolor era como fuego atravesándome el pie, y me retorcí, pero Benicio me puso una mano firme en el hombro, manteniéndome en mi sitio.

- Te he dicho que no te muevas. - dijo Benicio.

Después de la limpieza, la anestesia y unos puntos...

- Mantén la herida limpia, no te pares en ese pie durante unos días y estarás bien. ¡Te he recetado analgésicos y otro para prevenir cualquier infección! - dijo el médico, entregándole a Benicio la receta. - Ahora déjeme revisarle la cabeza.

- Estoy bien, doctor, ¡hará falta mucho más que eso para detenerme!

La respuesta fue para mí, aparte de tanta frialdad... Entendió la situación como un desafío a sus órdenes.

Los dos se fueron un momento, entró la criada.

- ¿Te ha disparado? - preguntó ella.

- Todavía no. - respondí con prontitud.

- No sé por qué, pero me gustas. No luches contra la situación.

- Sólo quiero irme a casa...

- Benicio te salvó la vida, ¡dos veces! - dijo, antes de que pudiera discutirlo-.

- Haga comprar los medicamentos de esta receta en cuanto amanezca. - dijo, entregándole el papel y la mujer se marchó.

Evité mirarle, Benicio parecía hacer lo mismo.

- Mírame a mí. Si vuelves a intentarlo, te juro...

- Dime, Benicio, ¿por qué todo esto?

- Ya estamos casados. Tú perteneces aquí, ¡hace años que protegemos nuestra forma de vida! Esta no es una ciudad ordinaria. Cada persona, cada cara que viste en la fiesta, es parte de algo más grande.

- ¿Qué forma de vida? No sé nada... ¡Lo juro por Dios!

- Somos una ciudad entera de gángsters. Hombres, mujeres, familias enteras, todos unidos por un pacto que se firmó hace muchas décadas. Nadie entra aquí sin ser visto. ¡Y nadie sale de aquí contando historias!

Tragué con fuerza, sintiendo que la sangre se me helaba en las venas, pero él continuó, sin dar lugar a interrupciones.

- Nuestro secreto es lo que nos mantiene vivos. Lo que nos mantiene en el poder. Si el mundo exterior descubre que existimos, todo lo que hemos construido se desmoronará. Yo soy el líder, capo... - Se señaló a sí mismo, con la mirada clavada en mí. - No dejaré que eso ocurra.

- Así que...

- Bajo nuestro regimiento, si algún intruso entra en nuestras instalaciones... ¡Debe morir! ¡Pero encontré la forma de controlarla convirtiéndola en una de nosotros mediante el matrimonio!

Ahora entendía lo que había dicho la criada, si Benicio o cualquiera de esos hombres compitieran por mí en las cartas... ¡Yo ya estaría muerta!

- Así que Paulah, tienes dos opciones. O aprendes a vivir con ello... o desapareces como todos los que intentaron desenmascararnos.

- I...

- No tienes un pasado allá afuera.

- ¿Cómo sabes eso? ¡Estás mintiendo! - Grité.

- Sólo tienes una hermana llamada Lucía, con la que no hablas desde hace ocho años. Una última aventura que terminó hace tiempo... Amistades poco sólidas y una carrera mediocre.

- ¡Buscaste en mi vida! Estúpido...

- ¡Ya basta, descansa un poco! - dijo en voz baja y salió de la habitación.

No pude decir nada más, las lágrimas se sucedían una tras otra. Sin duda Benicio me odiaba y yo sólo pensaba en que nunca podría irme. Tenía razón, mi vida fuera era un fracaso total y él lo sabía...

La anestesia me dio sueño y, a pesar de todo lo que mi mente necesitaba procesar, me dormí.

- ¡Buenos días! - Oí la voz de una niña que me despertó. Era la niña que había visto ayer en la calle y en la fiesta.

- Buenos días...

- ¿Todavía te duele el pie? - me preguntó sentándose a un lado de la cama.

- No mucho. Ayer me lo curó el médico. ¿Cómo te llamas?

- Sara, el tuyo es Paulah.

- Sí. Tus padres... ¿Viven aquí?

- Yo nací aquí, Benicio es mi tío. Pero... ¿por qué intentabas irte?

- Olvídalo Sara, olvídalo.

Benicio entró en la habitación de repente, nunca llama a la puerta.

- Traerán la medicina en unas horas. Veo que has conocido...

- ¡Me gustó, tío!

- Me alegro. Ahora déjanos un momento a solas, Sara.

- Sí, tío. - Contestó ella, dándole un beso en la mejilla y marchándose.

- Todos tenemos algo valioso que perder, ¿verdad?

- ¿Cree que haría daño a un niño, señor Mendelerr? ¡Ustedes son los malos aquí! - Tragó en seco. - ¿Cómo está tu cabeza?

- Mejor que tu pie.

- Entonces sobreviviremos...

Llamaron a Benicio desde fuera de la habitación. Dudó un momento, echándome una última mirada antes de salir. En cuanto se cerró la puerta, solté un suspiro que ni siquiera me di cuenta de que estaba conteniendo.

No sé cómo descifrar a este hombre. A veces parece el mismísimo diablo, con esa mirada fría, como si pudiera aplastar a cualquiera con una simple orden. Su presencia me sofoca, me hace sentir pequeña, impotente.

Luego... hay momentos como ahora. Momentos en los que actúa con cuidado, como cuando me metió en la cama o envió al médico a cuidarme. Por mucho que quisiera odiarlo por completo, hay algo en él que me confunde.

Esta dualidad me vuelve loca. No sé si debo temerle más de lo que ya le temo o si, de alguna manera insana, puedo confiar en él.

Intento levantarme de la cama aunque sé que no debo, camino sobre mi único pie bueno, miro por la ventana y lo veo hablando con Elisa. Siento que una ola me atraviesa la garganta...

- Esta mujer me quiere muerto. ¡Acabará convenciéndole!

De repente, ella lo besa y yo me cubro los labios con la mano derecha... Como si quisiera cubrir los suyos y protegerle de ella. Benicio se gira hacia la ventana y yo esquivo rápidamente para que no me vea, olvidando de paso mi pie herido.

- ¡M**rd*! Espero que no me hayan visto.

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