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El imperio de las mentiras

El imperio de las mentiras

Autor: : S. Mejia
Género: Romance
Dante Blackwood no es un hombre; es una máquina diseñada para devorar corporaciones. Cuando una cláusula testamentaria amenaza con arrebatarle el control total de su imperio, necesita una solución rápida, desechable y, sobre todo, obediente: una esposa por contrato. Siena Rojas es la candidata perfecta. Ahogada en deudas, desesperada y dispuesta a firmar un acuerdo draconiano que le prohíbe hacer preguntas. O al menos, eso es lo que ella le ha hecho creer a él. Detrás de la fachada de la esposa sumisa y vulnerable, Siena esconde una mente tan afilada como la de su nuevo marido y un odio forjado a fuego. Su objetivo no es el dinero de Dante, sino los secretos guardados en los cimientos de su compañía, la misma que destruyó a su familia años atrás. El plan es simple: infiltrarse, reunir las pruebas y destruirlo desde adentro. Pero en el ajedrez letal que Dante y Siena comienzan a jugar a puerta cerrada, los límites entre el odio y una atracción oscura y visceral comienzan a desdibujarse. Cuando el depredador se enamora de su presa, y la presa descubre que disfruta el juego de dominación... el imperio entero amenaza con arder.

Capítulo 1 La Trampa de Blackwood

El espejo del baño público del vestíbulo le devolvió la imagen de una mujer al borde del abismo. Siena se ajustó el cuello de la blusa de poliéster barato y alisó la falda de un traje sastre azul marino que había comprado en una tienda de segunda mano. Le quedaba un poco holgado, acentuando la delgadez de quien sobrevive a base de café negro, horas de insomnio y pura ansiedad. Todo en ella gritaba desesperación. Todo en ella era una mentira meticulosamente construida.

Salió del baño y se enfrentó a la inmensidad del vestíbulo de Industrias Blackwood. El suelo de mármol negro reflejaba la luz fría de los candelabros modernos, creando un ambiente estéril y despiadado. No era simplemente un edificio; era un mausoleo erigido sobre las ruinas de hombres como su padre. Siena apretó la correa de su bolso gastado, asegurándose de que el ligero temblor de sus manos fuera visible. Había pasado los últimos cinco años orquestando su propia ruina financiera: medio millón en deudas médicas falsificadas, notificaciones de desalojo meticulosamente documentadas, un historial crediticio masacrado sin piedad. Había moldeado su identidad hasta convertirse en el cebo perfecto para el depredador que acechaba en la cima de aquella torre de cristal.

Tras anunciarse en la recepción, bajo la mirada despectiva de los guardias de seguridad, fue escoltada en silencio hacia el ascensor privado. Ochenta y cinco pisos de ascenso ininterrumpido. El zumbido silencioso de la maquinaria le oprimió los oídos, pero su mente estaba clara, afilada como el hielo. Estaba a punto de entrar en la jaula del hombre que controlaba los hilos de media economía nacional y que, según sus evidencias, había firmado la sentencia de muerte de su familia.

Las puertas se abrieron con un susurro, revelando una antesala de proporciones intimidantes y diseño minimalista. Un asistente de traje inmaculado, sin mediar palabra, abrió las dobles puertas de caoba maciza que daban al sanctum sanctorum.

-Pase, señorita Rojas. El señor Blackwood la espera.

Siena cruzó el umbral y contuvo el aliento. La temperatura de la habitación parecía varios grados más baja que en el pasillo, un frío calculado y opresivo. El despacho era inmenso, flanqueado por ventanales del suelo al techo que ofrecían una vista panorámica de la ciudad a sus pies, reduciendo el mundo exterior a un simple tablero de juego. No había adornos personales, ni fotografías, ni un solo indicio de calidez humana. Solo líneas rectas, acero pulido, cuero oscuro y cristal inmaculado.

Detrás de un escritorio que parecía esculpido en un bloque sólido de obsidiana, estaba Dante Blackwood.

No levantó la vista de los documentos que revisaba. Era un maestro en el uso del silencio como arma de intimidación. Siena se detuvo en el centro de la alfombra gris, obligándose a bajar los hombros en una postura de sumisión y absoluta vulnerabilidad. Lo observó de reojo, grabando cada detalle en su memoria. Mandíbula tensa, cabello oscuro peinado con una precisión milimétrica, un traje gris carbón que gritaba poder absoluto y dinero antiguo. Había una violencia latente en su quietud, la postura contenida de un lobo evaluando a la presa antes del salto definitivo.

El clic seco de su pluma estilográfica al cerrarse resonó como un disparo en la enorme oficina. Dante levantó la mirada.

Sus ojos eran gélidos, de un gris tormenta que diseccionaba todo a su paso. Recorrieron a Siena desde los zapatos desgastados hasta el cabello recogido en un moño estricto y aburrido. Ella sintió el impacto físico de esa mirada, fría y calculadora, sopesando su valor comercial, buscando sus fracturas psicológicas. Por una fracción de segundo, la intensidad pura de su presencia estuvo a punto de hacerla flaquear. El monstruo corporativo era mucho más imponente y letal en persona.

-Siéntese -ordenó. Su voz era profunda, un barítono sin inflexiones que no admitía réplica ni demora.

Siena obedeció, sentándose al borde de la silla de cuero frente a él, manteniendo las manos entrelazadas sobre su regazo con un nerviosismo ensayado.

-Siena Rojas -comenzó Dante, deslizando una delgada carpeta hacia el centro del escritorio impecable-. Veintiocho años. Trabajos administrativos esporádicos. Sin familia conocida. Sin pareja. Y, según mi equipo de inteligencia privada, con una deuda combinada que supera el medio millón de dólares. Su prestamista principal ejecutará el embargo de sus pocos bienes este mismo viernes.

Siena abrió los ojos, fingiendo un pánico absoluto y vergonzoso. Tragó saliva, asegurándose de que el sonido fuera audible en el silencio mortal del despacho.

-Yo... no entiendo qué tiene que ver mi situación financiera privada con el puesto de asistente ejecutiva, señor Blackwood.

Una sonrisa áspera y carente de humor curvó apenas la comisura de los labios de Dante. Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre el escritorio, invadiendo el espacio entre ambos con una dominación aplastante que le robó el aire a la habitación.

-No hay ningún puesto de asistente ejecutiva, señorita Rojas. Eso fue un filtro. Un anuncio diseñado con parámetros muy específicos para atraer un perfil muy específico. Usted no está aquí para organizar mi agenda ni responder mis llamadas.

Siena retrocedió un centímetro en la silla, aferrando su bolso contra el pecho como si fuera un escudo inútil.

-¿Entonces para qué me hizo venir?

-Para comprarla -respondió él, con la misma frialdad y naturalidad con la que hablaría de adquirir acciones de una compañía en quiebra-. Necesito una fachada impecable. Una esposa manejable, desesperada y dispuesta a obedecer mis reglas sin hacer preguntas, a cambio de su salvación financiera inmediata. Mi junta directiva exige estabilidad, y usted, señorita Rojas, es la presa perfecta que ha caído en mi red.

El silencio que siguió fue denso, asfixiante, cargado de una tensión eléctrica. Siena lo miró con los ojos muy abiertos, proyectando el terror incontrolable de una mujer acorralada sin salida.

Pero por dentro, en lo más profundo de su mente calculadora, sonrió.

La trampa había funcionado a la perfección. Él había mordido el anzuelo. Y Dante Blackwood, en toda su arrogancia y genio corporativo, aún no tenía idea de quién había cazado a quién.

Capítulo 2 El contrato de obsidiana

-Para comprarla.

Las dos palabras quedaron suspendidas en el aire helado del enorme despacho, pesadas y contundentes como bloques de plomo. Siena parpadeó, dejando que una mezcla perfectamente calculada de indignación y pánico se reflejara en sus ojos oscuros. Sus dedos se aferraron al asa de su bolso gastado con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos. No era necesario fingir el latido acelerado de su corazón; la adrenalina pura de estar por fin frente a la pieza clave de su venganza era muy real.

-Creo que me he equivocado de lugar -murmuró Siena. Su voz temblaba ligeramente mientras hacía el ademán de levantarse de la pesada silla de cuero-. Yo vine por una entrevista de trabajo, señor Blackwood. No soy una mercancía. Si me disculpa...

-Si cruza esa puerta, señorita Rojas, mañana por la mañana no tendrá dónde dormir.

La voz de Dante no se elevó ni un solo decibelio, pero golpeó como un látigo invisible en la habitación.

Siena se detuvo a medio camino, paralizada. Volvió a mirarlo. Dante ni siquiera se había inmutado. Seguía recostado en su sillón de diseño, observándola con la misma fascinación clínica que un científico dedicaría a un espécimen bajo el microscopio.

-Siéntese -repitió él, con un tono un poco más suave, pero infinitamente más peligroso-. La indignación moral es un lujo exclusivo para quienes pueden permitírselo. Usted, lamentablemente, tiene un saldo negativo en esa cuenta.

Lentamente, como si sus piernas ya no le respondieran, Siena volvió a dejarse caer en el asiento.

Dante abrió la delgada carpeta que descansaba sobre la superficie impecable de su escritorio. Sacó una hoja de papel y la deslizó hacia ella con un dedo largo y elegante. Era una copia exacta de su último aviso de desalojo. Luego deslizó otra: una factura médica con un sello rojo que dictaba "ACCIÓN INMINENTE". Y otra más: un aviso de demanda judicial de una implacable agencia de cobros.

-Quinientos treinta y dos mil dólares, para ser exactos -recitó Dante, sin necesidad de mirar los papeles-. Una deuda médica abrumadora por un tratamiento experimental que no funcionó, tarjetas de crédito al límite absoluto, préstamos estudiantiles con intereses usurarios. Su cuenta bancaria tiene exactamente treinta y cuatro dólares con quince centavos. El viernes a las cinco de la tarde, los cobradores no solo se llevarán las escasas posesiones que le quedan, sino que embargarán por ley cualquier salario futuro que pueda generar en su vida. Está ahogada, Siena. Y yo soy el único salvavidas a la vista.

Siena bajó la cabeza, dejando que su cabello oscuro cayera como una cortina para ocultar sus ojos. Por dentro, estaba profundamente impresionada. Camila, su contacto informático, había creado un rastro financiero falso tan hermético y convincente que incluso el equipo de inteligencia corporativa del imperio Blackwood se lo había tragado por completo. Habían visto exactamente lo que ella quería que vieran: una presa herida, sangrando desesperada en el agua.

-¿Por qué yo? -preguntó ella, levantando el rostro lentamente. Dejó que una lágrima solitaria, producto de su meticulosa técnica, se deslizara por su mejilla-. Hay cientos de mujeres en esta ciudad que matarían por estar en esta silla. Mujeres de su estatus. Modelos. Herederas.

Dante soltó una risa corta, áspera y totalmente carente de humor.

-Precisamente por eso. Las herederas tienen familias entrometidas, conexiones corporativas y ambiciones propias. Las modelos buscan fama y portadas de revistas. Traen consigo demasiada atención, demasiado ruido, y lo que es peor: hacen demasiadas preguntas. -Dante se inclinó hacia adelante, entrelazando las manos sobre el escritorio de obsidiana-. Yo no busco una compañera de vida. Busco una transacción limpia. Un negocio.

Abrió el cajón superior de su escritorio y sacó un documento grueso, encuadernado en cuero negro con el emblema de Industrias Blackwood repujado en oro. Lo colocó justo en el centro de la mesa, un abismo literal entre los dos.

-Hay una cláusula arcaica e irritante en el testamento de mi abuelo -explicó Dante, su tono volviéndose estrictamente profesional y aburrido-. Una condición legalmente blindada que estipula que no puedo acceder al control fiduciario total de las acciones de la compañía hasta que demuestre "estabilidad familiar". En resumen: necesito una esposa. Mi junta directiva está nerviosa por los recientes ataques de la prensa hacia mi estilo de vida, y mis rivales, incluido mi querido tío Julian, están esperando cualquier excusa mediática para destituirme.

Siena miró el documento como si estuviera a punto de explotar.

-Este contrato -continuó Dante, golpeando el cuero con el nudillo- establece los términos innegociables de nuestro matrimonio. Durará exactamente tres años. Ni un día más, ni un día menos.

-¿Tres años? -Siena fingió que le faltaba el aire.

-Durante ese tiempo, usted se mudará a mi residencia principal. Ocupará el ala oeste, yo el ala este. Tendremos habitaciones separadas. Será presentada a la sociedad como mi esposa. Asistirá a eventos benéficos, galas corporativas y cenas de negocios. Sonreirá, será educada, vestirá la ropa que mi equipo de imagen seleccione para usted y, sobre todo, será dócil. No emitirá opiniones públicas sobre mi empresa. No se inmiscuirá en mis asuntos privados. Y, por supuesto, la infidelidad está estrictamente prohibida por obvios motivos de imagen. Seremos la pareja perfecta para las cámaras. A puerta cerrada, seremos dos extraños que cumplen un acuerdo.

Siena tragó saliva de forma sonora, procesando las supuestas "condiciones" que, en realidad, le daban el acceso libre y directo que había estado buscando durante media década. Vivir en su casa. Ser intocable. Moverse por sus pasillos sin levantar sospechas. Era un escenario mucho mejor de lo que había planeado.

-¿Y a cambio? -preguntó, logrando que su voz sonara un poco más firme.

Dante asintió, una ligera chispa de aprobación brillando en sus ojos grises, como si agradeciera que finalmente estuvieran hablando en el idioma que él dominaba a la perfección: el del dinero.

-A cambio, en el instante en que su firma esté en este papel, mis abogados liquidarán la totalidad de sus deudas. Los quinientos treinta y dos mil dólares desaparecerán antes de que usted salga de este edificio. Recibirá una asignación mensual de cincuenta mil dólares, libres de impuestos, para sus gastos personales de los que no tendrá que rendir cuentas. Su vida dejará de ser una lucha miserable por la supervivencia y se convertirá en un lujo absoluto. Y cuando terminen los tres años, tras firmar los papeles del divorcio, se marchará con una liquidación de cinco millones de dólares y un acuerdo de confidencialidad inquebrantable. Nunca más tendrá que preocuparse por sobrevivir.

El silencio volvió a adueñarse del despacho, pero esta vez no era asfixiante, sino eléctrico. Dante sacó una pesada pluma estilográfica del bolsillo interior de su chaqueta a medida y la colocó con cuidado milimétrico junto al contrato.

-No voy a engañarla, señorita Rojas. Una vez que firme, su vida ya no le pertenece. Será mía durante treinta y seis meses. Yo dictaré dónde va, con quién habla y qué imagen proyecta frente al mundo. Si rompe los términos de confidencialidad, hace preguntas que no le corresponden, o arruina mi imagen pública, la destruiré con la misma rapidez y eficiencia con la que estoy a punto de salvarla. -Los ojos de Dante se clavaron en los de ella, implacables, buscando cualquier rastro de duda-. Tiene exactamente dos minutos para decidir si prefiere la calle o mi jaula de oro.

Siena bajó la mirada hacia el pesado documento negro. La pluma metálica reflejaba la luz fría de la ciudad. Cinco millones. Cincuenta mil al mes. Deudas borradas. El mundo entero vería la salvadora caridad de un magnate hacia una mujer rota.

Pero ella solo veía la llave maestra del reino que planeaba reducir a cenizas desde sus mismos cimientos.

Su padre había muerto mendigando clemencia, una oportunidad que los Blackwood le arrebataron con una firma. Ahora, el rey indiscutible de ese mismo imperio le exigía, a su manera retorcida y tiránica, que entrara por la puerta principal de su vida.

Levantó la mano derecha y tomó la pluma. Sintió un ligero temblor en los dedos, pero esta vez no era miedo. Era pura anticipación. Era el veneno de la venganza por fin en movimiento.

-¿Dónde firmo? -preguntó, manteniendo la voz como un susurro derrotado.

Dante sonrió. Fue una sonrisa depredadora, fría y absolutamente satisfecha.

-En la última página -indicó él, señalando el espacio punteado con elegancia-. Bienvenida a la familia, Siena.

Siena deslizó la pluma sobre el papel y trazó su nombre. El juego acababa de comenzar.

Capítulo 3 Cálculo frío

El rasgueo de la pluma estilográfica sobre el grueso papel de algodón sonó increíblemente alto en el silencio del despacho. Al trazar la última letra de su nombre, Siena dejó caer el instrumento metálico sobre el escritorio, como si de repente quemara.

Era el momento. La pieza final de la audición.

Dejó que sus hombros cayeran hacia adelante, colapsando sobre sí misma. Un temblor violento y perfectamente orquestado se apoderó de sus manos, extendiéndose por sus brazos hasta llegar a su pecho. Siena bajó la cabeza, ocultando el rostro entre las palmas, y liberó un sollozo roto, ahogado, el sonido exacto de un animal que acaba de darse cuenta de que la trampa de acero se ha cerrado sobre su pata.

-Dios mío... ¿qué he hecho? -murmuró, su voz rasgada por una desesperación que habría conmovido a cualquier ser humano normal.

Pero Dante Blackwood no era un ser humano normal. Era un depredador en la cúspide de la cadena alimenticia, y el sonido de la claudicación absoluta era música para sus oídos.

Siena forzó su respiración para que se volviera errática, hiperventilando levemente. Las lágrimas que acudieron a sus ojos eran reales; no de tristeza por el contrato, sino extraídas del pozo profundo del duelo por su padre. Usó ese dolor crudo y antiguo para alimentar la farsa del presente. Cuando levantó el rostro, con las mejillas húmedas y los ojos oscuros muy abiertos por el supuesto pánico, parecía la imagen misma del arrepentimiento tardío.

Dante la observó con una fascinación clínica. No se movió de su asiento de inmediato. Dejó que ella se ahogara en su propia angustia durante unos largos y tortuosos segundos, estableciendo firmemente quién tenía el control. El silencio era su herramienta favorita para desmantelar la psique de sus oponentes.

Finalmente, se puso de pie. Su imponente figura bloqueó la luz que entraba por el ventanal a sus espaldas, sumergiendo a Siena en su sombra. Rodeó el escritorio de obsidiana con pasos lentos y deliberados, como un felino acercándose a una presa ya neutralizada.

Se detuvo a su lado. El aroma de su colonia, una mezcla fría de vetiver, cedro y algo metálico, envolvió a Siena, asfixiante y caro.

Dante levantó una mano y, con un solo dedo, apartó un mechón de cabello oscuro que se había pegado a la mejilla húmeda de la mujer. El contraste entre el calor de su piel y la frialdad de su gesto la hizo estremecerse de verdad.

-Lo que ha hecho, Siena, es sobrevivir -dijo él, con una voz baja y aterciopelada que rozaba la amenaza-. Ha vendido su libertad a cambio de su futuro. Es el trato más justo que firmará en su vida. Séquese esas lágrimas. Las esposas de los Blackwood no lloran en público, y ciertamente no se lamentan por decisiones que ya están tomadas.

Dante sacó un pañuelo de lino inmaculado del bolsillo de su chaqueta y lo dejó caer sobre el regazo de ella. Era una orden disfrazada de cortesía.

Siena tomó el pañuelo con manos temblorosas y se secó el rostro, asintiendo mecánicamente, con la mirada clavada en los zapatos italianos de él.

-Yo... lo siento -susurró, interpretando a la perfección a la mujer rota que busca desesperadamente complacer a su nuevo amo para no empeorar las cosas-. Es solo... abrumador.

-Se acostumbrará -sentenció él, regresando a su lado del escritorio. Su tono de voz volvió a ser estrictamente profesional, cerrando cualquier brecha emocional que pudiera haberse abierto-. Mi asistente, el señor Thorne, la está esperando afuera. Le entregará un teléfono con una línea segura, una tarjeta negra sin límite para cualquier gasto inmediato que necesite cubrir hoy, y las instrucciones de seguridad.

Dante recogió el contrato firmado, deslizándolo dentro de una carpeta de cuero que cerró con un clic definitivo.

-Mañana a las ocho de la mañana en punto, un vehículo estará esperándola en su apartamento. Traiga solo lo estrictamente necesario, lo que tenga un valor sentimental real. El resto de su guardarropa y sus pertenencias serán incinerados y reemplazados por mi equipo de imagen. ¿Me ha entendido?

-Sí, señor Blackwood.

-Dante -la corrigió él, y por primera vez, sus fríos ojos grises se clavaron en los de ella con una intensidad posesiva-. Frente al resto del mundo, e incluso aquí adentro, soy su prometido. Será mejor que empiece a practicar.

-Sí... Dante.

Él asintió, despidiéndola con un simple gesto de la mano. La audiencia había terminado.

Siena se puso de pie torpemente, agarrando su bolso gastado como si fuera un chaleco salvavidas. Caminó hacia la salida de roble macizo con pasos vacilantes, manteniendo la cabeza baja y los hombros encogidos. Al salir al pasillo, el asistente Thorne le entregó un sobre sellado con una mirada de absoluta indiferencia, ignorando por completo sus ojos enrojecidos.

El viaje de descenso en el ascensor privado fue un ejercicio de contención brutal. Siena mantuvo la mirada fija en los números digitales que disminuían, obligándose a seguir temblando ligeramente, consciente de que probablemente había cámaras ocultas en el techo del cubículo de caoba.

Cruzó el enorme y gélido vestíbulo de mármol con prisa y torpeza, tropezando ligeramente cerca de las puertas giratorias para el deleite silencioso de los guardias de seguridad. Salió a la calle y el estruendo de la ciudad la golpeó de inmediato: bocinas, sirenas, el olor a asfalto húmedo y comida callejera.

Caminó tres manzanas completas, cruzando avenidas a toda prisa, sin mirar atrás. Se adentró en una estación de metro abarrotada de gente, dejándose tragar por la multitud anónima que se apresuraba en la hora pico. Bajó las escaleras hasta los andenes subterráneos, donde el aire estaba viciado y el ruido de los trenes enmascaraba cualquier otro sonido.

Se detuvo frente a una máquina expendedora de billetes rota, en un rincón mal iluminado y fuera del alcance de las cámaras de seguridad del recinto.

Allí, en la semioscuridad del metro, la magia desapareció.

El temblor de sus manos se detuvo en seco, como si alguien hubiera apagado un interruptor. Sus hombros encorvados se enderezaron lentamente, estirando la columna hasta adoptar una postura letal y orgullosa. Siena respiró hondo, un suspiro largo y controladísimo que no tenía nada que ver con el pánico y todo que ver con la pura, fría y calculada victoria.

Sacó el pañuelo de lino inmaculado de Dante de su bolsillo. Aún conservaba el aroma a vetiver y poder. Lo arrugó sin piedad dentro de su puño, sintiendo una sonrisa oscura, casi salvaje, curvar sus labios.

El monstruo se había tragado el anzuelo entero. Dante Blackwood, el hombre que presumía de leer el alma y los balances financieros de todos los que lo rodeaban, acababa de abrirle la puerta principal de su fortaleza a la arquitecta de su destrucción. Él se creía el domador; no tenía idea de que acababa de meter al lobo en su propia jaula.

Con la mano izquierda, rebuscó en el fondo falso de su bolso y extrajo un teléfono móvil grueso, un modelo descartable y encriptado que Camila le había proporcionado la noche anterior. Lo encendió. La pantalla brilló débilmente en la penumbra de la estación.

Escribió un mensaje de texto rápido a un número no registrado:

«Contrato firmado. Nivel 1 completado. El rey me acaba de dar las llaves del castillo.»

Apenas tres segundos después, la pantalla se iluminó con la respuesta de Camila:

«Revisando los registros de deudas. Las acaban de liquidar todas en una sola transferencia masiva hace dos minutos. Eres oficialmente intocable. Bienvenida a la guerra, Siena.»

Siena apagó el teléfono, lo guardó, y sacó del sobre que le dio Thorne la tarjeta negra brillante y el teléfono seguro de la empresa. Sopesó el plástico de la tarjeta entre sus dedos. Cincuenta mil dólares al mes. Acceso ilimitado.

Su padre había muerto en un hospital público por no poder pagar un tratamiento, mientras Dante Blackwood construía su imperio sobre los huesos de su ingenio.

Siena miró hacia el techo de la estación, imaginando que podía ver a través del cemento y el acero, directamente hasta el piso ochenta y cinco de la torre Blackwood.

-Compraste a la mujer equivocada, Dante -susurró al vacío de la estación-. Disfruta tu falso control mientras dure.

Con paso firme y la mente afilada como un bisturí, Siena se dirigió hacia el andén. Era hora de hacer las maletas; el infierno la estaba esperando a las ocho en punto de la mañana.

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