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El infierno de Robert Cameron

El infierno de Robert Cameron

Autor: : Nadian
Género: Romance
Robert Cameron, un rico hacendado de Durness , gana en un torneo de póker las propiedades del noble Raphael Clark. Este abrumado por la culpa y sin nada con lo que mantener a su familia, se quita la vida, dejando desamparadas a sus dos hijas junto a su mujer. El mismo día del funeral, el ganador pide ejecutar las escrituras o recibir a cambio el dinero equivalente a su deuda, obligando a la viuda a tomar una pronta decisión. Robert conocerá a Madisson, la hija menor de los Clark, y le propondrá un trato distinto a su madre: casarse con su hija a cambio de devolverle las escrituras. Tras la decisión, descubrirá un tormentoso secreto sobre su prometida: ella ama a un joven militar con quien intentará escapar. A pesar de todo, truncará sus planes y, tras las dificultades, la arrastrará a su hacienda en contra de su voluntad. ¿Conseguirá doblegar la voluntad de Madisson? O, por el contrario, ¿vivirá un matrimonio con un oscuro secreto que amenazará con salir a la luz cuando ya sea demasiado tarde?

Capítulo 1 La boda

1

La boda se celebró el veintisiete de noviembre de 1899, en la iglesia St. Mary's, una de las más importantes del municipio de Inverness.

La novia, engalanada con un vestido victoriano de cuello subido, bordado de encaje, grandes mangas y lazos de satén, lucía espectacular. El velo de tul, recogido por una tiara de flores, abrazaba su espalda; y en sus manos enguantadas portaba un ramo de flores en forma de cascada.

Robert Cameron, el novio, vestía con sobriedad. Traje de tres piezas color gris antracita, camisa blanca perfectamente almidonada y, alrededor del cuello, llevaba enrollada una corbata de seda, color azul plateado que finalizaba con un lazo grande sobre el pecho.

Un coro rociero comenzó la ceremonia, entonando la canción popular Amapola. La ceremonia se ofició con sobriedad. Robert pasó las arras a las manos de ella y, con voz entrecortada por la emoción, le prometió:

-Recibe estas arras, son prenda del cuidado que tendré de que no falte lo necesario en nuestro hogar, de que te amaré y respetaré, todos los días de mi vida.

-Recibe estas arras, prometo cuidarte, amarte y respetarte, todos los días de mi vida -declaró Madisson Clark, mientras dejaba caer las monedas en las palmas de él.

Cuando el sacerdote les declaró esposos, él le retiró el velo de la cara y se acercó a la boca de su recién estrenada esposa. La besó con castidad en los labios, absteniéndose a profundizar dentro de aquella deliciosa boca que tenía sabor a cerezas de mayo. Los asistentes rompieron en aplausos y, minutos después, salieron de la iglesia convertidos en marido y mujer.

El banquete se celebró en el jardín de la mansión de los Clark. Los invitados disfrutaron de manjares exquisitos y el vino se sirvió en abundancia. Entre risas y aplausos, la flor y nata de Inverness brindaba y deseaba toda la felicidad del mundo a la joven pareja.

Madisson se comportaba de manera educada y atenta con todo el mundo, sin embargo, su cara no resplandecía y a su mirada carecía de entusiasmo e ilusión. En más de una ocasión, a Robert le pareció ver sus ojos entristecidos, como si el hecho de casarse le hubiese provocado un inmenso dolor. Decidió ser paciente y enamorarla poco a poco, en las semanas que iban a permanecer en la ciudad de Inverness.

-¿Te apetece bailar? -le preguntó, al advertir que los músicos interpretaban una bonita canción y algunas parejas habían comenzado a danzar en la pista improvisada para ello.

-Claro -aceptó mostrándole una sonrisa de cortesía, desprovista de cualquier deje de alegría.

Robert le tendió la mano y, mientras avanzaban por la pista, sintió las miradas admirativas de los allí presentes. Formaban una pareja envidiable, a ojos ajenos lo tenían todo: belleza, fortuna, dinero y suerte.

-Eres tan hermosa -la cumplimentó al oído en medio de una cabriola. Madisson sonrió con timidez y siguió rodando, inundando los sentidos de Robert con su perfume de azaleas. Robert había albergado dudas con respecto a ese matrimonio, pero estrechar entre sus brazos a aquel ángel, sentir su respiración suave en su cuello, notar las curvas de su cuerpo..., lo llenaban de dicha. No había sido un error, en absoluto; sino, una suerte increíble que la vida la hubiese puesto en su camino. Le sujetó su esbelta cintura con una sola mano y, acercándola un poco hacia su cuerpo, le susurró-: Estoy muy feliz de que seas mi esposa. ¿Y tú? ¿Cómo te sientes?

En este instante la música cesó y Madisson despegó las manos de sus hombros, sin contestarle. Hizo el ademán de regresar a su sitio cuando Robert la detuvo, atrapándole la mano.

-¿Madisson? -se aproximó un poco más a ella, tanto que sus caras quedaron separadas por apenas unos centímetros-. No me has contestado. Soy consciente de tu timidez, pero ya estamos casados, deberías animarte. No soy la clase de hombre que aprecie una mujer callada y sin personalidad. En mi presencia eres libre de opinar, de mostrarme tus deseos.

-Yo... no sé... eres muy directo y eso me perturba -contestó visiblemente alterada-. Dame tiempo para acostumbrarme a mi condición de mujer casada. A... -titubeó- ti.

Robert sonrió complacido, domar aquel candor y transformar los deseos reprimidos de su esposa en pasión, iba a ser todo un desafío. Y un jugador experimentado como él, amaba los desafíos más que cualquier cosa. Poseía un sexto sentido para detectar los anhelos ocultos de las mujeres y notaba que Madisson se tensaba cada vez que la tocaba. Cuando él respiraba muy cerca de su cuello, ella contenía la respiración. Estaba completamente seguro de que sería una amante apasionada y entregada, en cuanto consiguiera soltar las barreras impuestas por su educación. Y Robert disfrutaría mucho derribándolas.

-Por supuesto, mi encantadora esposa -le sonrió con dulzura mientras acercaba sus labios a su frente y depositaba un beso afectuoso en ella-. Seré paciente y esperaré. Perdona mi entusiasmo, a veces... me dejo llevar por mis sentimientos y descuido tu falta de experiencia. Vamos a sentarnos, te ves algo pálida.

Mientras tomaban el postre, una deliciosa tarta de chocolate con nata montada y crema de avellanas, Anet, la hermana mayor de Madisson, se acercó a ella y le habló bajito al oído. La novia palideció, se sirvió con su mano temblorosa un vaso de agua y bebió un trago largo. Después se puso de pie, alisando con las manos los laterales de su voluminoso vestido.

-Si me disculpas -se dirigió a su marido-, he recibido una visita y he de atenderla. En unos momentos estaré de vuelta.

-Una visita... ¿en plena boda? -se sorprendió él-. Si se trata de una amiga tuya, invítala al banquete.

Madisson asintió pensativa y se alejó con paso decidido, dejando a Robert con una extraña sensación en el pecho de que algo iba mal. Al quedarse solo, llenó su copa de vino y la vació de un trago. Se sirvió otra y se levantó para saludar a unos amigos. Intentó no pensar demasiado en la desaparición de su recién estrenada esposa y entabló conversación con la gente. No obstante, por mucho que pretendió entretenerse, sus pensamientos regresaban con insistencia a ella.

¿Dónde pudo haber ido? ¿Y por qué tardaba tanto?

Abrió la tapa del reloj que ella le regaló el día de su pedida y admiró su rostro sonriente impreso en el interior. Deslizó el dedo índice sobre él mientras una sonrisa florecía en sus labios. La misma se borró de su rostro cuando comprobó que habían pasado más de veinte minutos desde que ella se marchó. Decidió que era mucho tiempo y comenzó a caminar en dirección hacia la casa. Necesitaba saber quién era la misteriosa visita que había alejado a su esposa de él. Rodeó el jardín y se adentró en la casa. En el pasillo se encontró con unas sirvientas que ofrecían bandejas repletas de aperitivos, en un incesante ir y venir. Paró a una al azar y le preguntó por el paradero de Madisson.

No, nadie la había visto dentro de la casa, ni sabía nada de la misteriosa visita. La inquietud inicial se trasformó en preocupación en toda regla.

Robert subió a la planta superior y entró en la habitación de ella. Admiró, pensativo, el inmenso ramo de rosas blancas que descansaba sobre la mesita de noche. Él lo había encargado para ella. Deseaba sorprenderla, y unas rosas blancas serían una apuesta segura para la noche de su boda. No se consideraba un hombre romántico, ni solía perder el tiempo con detalles insignificantes, sin embargo, se esforzó en crear un espacio adecuado para su primera noche con ella, puesto que su mujer carecía de experiencia.

Su primera noche. El simple pensamiento hizo que su cuerpo se tensase, excitado.

Sonrió pensando que faltaban pocas horas para que las fantasías que lo rondaban desde que decidió casarse con ella, se hicieran realidad. Madisson sería suya. Apreció una subida brusca de calor en su vientre cuando se imaginó a sí mismo haciéndole el amor.

Primero, le enmarcaría el rostro entre sus manos y abriría con delicadeza su boca, besándole primero el labio de abajo, después el de arriba. Exploraría cada centímetro de ella, saboreándola. Incitándola. Abriendo para ella las puertas de la pasión. Después, descendería lentamente hacia su delicado cuello recorriendo con su boca la línea de sus hombros, mordería su piel suave, arrancándole suspiro tras suspiro. Jadeo tras jadeo. Y, justo entonces, en el momento justo de excitación, buscaría sus senos. ¿Cómo serían los pechos de Natalia? ¿Redondos y pequeños?, ¿grandes y turgentes? o ¿pesados y deliciosos? Desde que la conoció, aquella duda lo atormentaba y, hasta ese momento, los conservadores vestidos de ella, cerrados hasta el cuello, no le dieron ni una sola pista al respecto. Acalorado, Robert dejó de fantasear con las curvas y los pechos de Madisson y bajó al salón principal. Allí, encontró a Victoria Clark, su suegra, quien repartía órdenes entre las criadas, preocupada por el bienestar de los invitados. Victoria, lo miró desconcertada en cuanto lo vio aparecer.

-Robert, ¿qué hace aquí? Debería estar con los invitados... Es todavía temprano para retirarse.

-Estoy buscando a Madisson, nadie sabe decirme dónde está.

-Sí os vi bailar hace un momento -se extrañó.

-Fue hace más de media hora. Se marchó a atender a una visita y no ha regresado desde entonces. Estoy preocupado. -Unas sombras oscuras se asomaron lentamente en el bronce de sus ojos-. ¿Usted sabe algo?

-No, nada. ¿Una visita? -La sorpresa cruzó el rostro de la mujer-. Nadie me ha comentado nada. Preguntaré a las criadas, en la casa no la he visto.

-Fue Anet la que vino a avisarla. Y no hay ni rastro de ninguna de las dos.

¿Anet? -Victoria suspiró-. Ya sabes como es ella...su mente va y viene, a saber donde se haya llevado a su hermana. No te preocupes, en un abrir y cerrar de ojos las encontraré.

Cinco minutos más tarde, suegra y yerno buscaban con preocupación a la novia.

Nadie parecía haberla visto. ¿Dónde pudo haber ido una mujer que acababa de casarse?

Capítulo 2 El primer amor de Madisson

Inverness, 6 meses antes

Madisson Clark detuvo con un gesto el frenesí de su amiga Maggy.

-No deberíamos entretenernos. Hemos acudido a la verbena para repartir limonada fresca y bizcocho en honor a la Virgen del Rosario, patrona de la ciudad, no para que nos lean el futuro.

-Solo será un momento. Vamos, ¡me muero de curiosidad! -Maggy aleteó sus pestañas doradas en una actitud implorante-. Mi prima Valerie estuvo el otro día, ¿y qué crees? Madame Neen le dijo que este mismo año le pedirán matrimonio. ¿A que es increíble?

-¿Qué tiene de increíble? Tu prima tiene veinte años, es de lo más normal que se case pronto. No sé... -dudó Madisson, aun cuando en su fuero interno hormigueaba la curiosidad-. Mi padre dice que estas mujeres son unas charlatanas. Nos cuentan lo que queremos oír para sacarnos unas cuantas monedas.

Justo en ese instante, madame Neen salió de su pequeña carpa y les sonrió con gentileza. Aprehendió la muñeca de Madisson y, sin pedir permiso, le abrió la palma de la mano. Comenzó a recorrer las líneas impresas en la misma, dibujando algunas señas sobre ellas.

-Tu nombre empieza con la letra M -afirmó segura de si misma. Madisson palideció y sus grandes ojos oscuros se abrieron como platos. Si la médium sabía aquello sin conocerla de nada, podía saberlo todo sobre ella. Madame Neen comenzó a rodearle la base del pulgar con una uña afilada y algo amarilla-. ¿Todavía crees que soy una gárrula? Por cuatro pesetas, sabrás tu futuro.

-Yo... lo siento -murmuró la joven, apurada-. Dígame lo que ve, por favor.

Madame Neen cerró los párpados e hizo una larga inspiración.

-Serás una mujer acomodada, tu destino es un hombre poderoso, de mucho carácter. Vivirás en el campo, percibo el perfil de una gran y hermosa hacienda, veo flores, niños y animales pesados.

-No me gusta el campo -señaló Madisson con el ceó fruncido-. Jamás dejaría la ciudad.

-La línea del amor se divide en dos -continuó la vidente, haciendo caso omiso a la inconformidad de Madisson con su primera valoración.

-¿Y eso qué significa? -preguntó Maggy, impaciente, ya que la feria se estaba animando y debían terminar cuanto antes si no querían ser vistas.

-Dos hombres te amarán -respondió madame Neen en voz baja. Soltó la mano de Madisson y la miró con seriedad a los ojos-. Habrá señales equivocadas y muchas lágrimas. La felicidad estará a la vista, pero el velo que tapará tus ojos te impedirá verla. Ahora dame el dinero.

Madisson rebuscó en el bolso que llevaba atado a la cintura y, sacando un puñado de monedas, se las entregó sin contarlas. Las palabras de la vidente la habían trastornado, notaba un hormigueo en las plantas de los pies como si le hubiesen entrado brasas ardidas en los zapatos. Neen se ocupó del futuro de Maggy, a quien predijo que se casaría en menos de tres meses, para el júbilo de esta, que no veía la hora de vivir todas las cosas maravillosas que la vidente le predijo. Después, la madame se retiró en su carpa dejando a Madisson con la palabra en la boca. Si quería saber más, debía pagar. Y ya no tenía dinero.

Se despidieron de la vidente y acudieron al puesto de beneficencia donde les esperaban sus amigas. Comenzaron a repartir galletas y limonada entre los asistentes y dejaron de pensar en las adivinanzas de Neen.

De pronto, observaron acercarse a un grupo de militares muy apuestos. Las jóvenes empezaron a cuchichear, preguntándose si tendrían novias o estarían solteros. Cuando el grupo de los soldados formó una fila frente al puesto de limonada de las jóvenes, estas se emocionaron, derramándola por el suelo. Fue el turno de los militares para comentar sobre la belleza y la torpeza de las seguidoras de la Virgen.

Uno de ellos llamó la atención de Madisson. La mayoría de los hombres de su círculo social eran mayores, jamás había visto a un joven tan atractivo. Ni unos ojos tan azules. Ni una sonrisa tan seductora. Cuando se dirigió a ella, unos labios firmes y bien formados desvelaron una dentadura uniforme y blanca. Ella, presa de un embobamiento repentino, sujetaba entre sus dedos el vaso vacío, sin dejar de mirarlo, perdida en aquellos mares azules como el cielo de abril. Era como si el tiempo se hubiera detenido.

-¡Señorita! -le habló con un timbre de voz profundo y atrayente-. ¿Me sirve un refresco, por favor?

Madisson se sobresaltó y notó cómo el vaso de cristal se le escurría entre los dedos. Sin poder remediarlo, observó que abandonaba su mano y, tras caerse al suelo de madera, se hizo añicos.

Ante aquello, sus mejillas se incendiaron y las lágrimas empañaron su vista, listas para humillarla delante del apuesto militar.

Sus amigas se agruparon a su alrededor, preocupadas, y Madisson perdió de vista al militar. Entre todas la reconfortaron y le vendaron la pequeña herida que sangraba en su dedo meñique. Como ya no podía servir limonada, abandonó su deber y se sentó bajo la sombra de un árbol centenario. Detrás de ella, esperaba paciente, Alma, su criada.

Momentos después, una sombra alargada ocultó los rayos del sol que brillaba desde lo alto del cielo. Madisson aclaró la vista y admiró al apuesto militar que se había parado ante ella.

-Señorita, permítame que me presente, soy el sargento Scott Nicholson. Disculpe que haga yo mismo los honores, pero carecemos de amigos en común y estoy inquieto por su herida. Se ha hecho daño por mi culpa.

Madisson agradeció mentalmente a la Virgen el hecho de estar sentada. Con toda la fuerza de voluntad de la que disponía, le ofreció su mano y, cuando sus dedos gráciles tomaron contacto con la piel áspera del militar, sintió una corriente eléctrica recorrerle todo el brazo.

-Madisson Clark, encantada de conocerlo y, por supuesto, disculpas aceptadas. -Arqueó sus labios dando la oportunidad a su boca generosa de convertirse en una amplia y seductora sonrisa.

Él, animado por sus palabras, giró sobre sí mismo y agarró con facilidad una silla vacía.

-¿Le puedo ofrecer compañía? -preguntó con galantería.

-Sí, por favor -aceptó de inmediato, abrumada por verlo sentado tan cerca.

Los colores invadieron de nuevo su rostro y un nudo incómodo se alojó en su garganta. Cuando él prendió de nuevo su mano vendada, sintió un poderoso aleteo en la boca de su estómago.

-Su mano es tan delicada como un colibrí en su nido. Y su belleza es arrebatadora.

-Gracias, es usted muy agradable -inquirió, cohibida, con las mejillas abrasadas. En cuanto advirtió la mirada asombrada de su doncella tomó consciencia de la situación y retiró la mano. Estaba cometiendo una locura, la mayor de su existencia hasta la fecha. Había permitido a un desconocido sostenerle la mano entre las suyas en una especie de intimidad, totalmente fuera de lugar.

A lo lejos, una fila de militares se aproximaba. Sergio se levantó y, mientras le tomaba la muñeca con delicadeza y depositaba un beso suave sobre ella, se despidió con afectividad:

-Me tengo que ir, el deber me llama.

-Claro, por supuesto -se apresuró en disculparlo.

-¿La puedo volver a ver? -preguntó con voz entrecortada-. El próximo domingo en la plaza, mi división y yo haremos una parada militar. Por si...

-¡Me encantaría! -lo interrumpió, ansiosa y, ante la sonrisa satisfecha de él, recordó los buenos modales de una señorita y se despidió-: Hasta el próximo domingo.

Aquella fue, sin duda, la semana más larga de sus diecisiete años de vida. Los minutos avanzaban a ritmo de caracol, y las manillas del reloj parecían estancadas. Durante el día, Madisson no tenía paciencia para entretenerse con nada y, por la noche, dormía mal y se despertaba empapada de sudor. Soñaba despierta con volver a verlo. Todos sus pensamientos se redujeron a una sola persona: él.

Finalmente, el ansiado domingo llegó y Madisson pudo respirar de nuevo con normalidad. Se atavió con uno de sus mejores vestidos, color verde esmeralda, compuesto por una falda amplia de seda repartida en varias capas que se sujetaba a su cintura con un corsé apretado. El corpiño tenía un escote redondo y, de las mangas tres cuartos, colgaban sendos lazos plateados de seda. Se peinó a la última moda, enrollando varias trenzas alrededor de su melena suelta. Se pellizcó con fuerza los labios hasta dejarlos del mismo color que las cerezas maduras y perfumó sus muñecas con esencia de azaleas. Enguantó sus manos y sujetó sobre su hombro delicado una sombrilla plateada, a juego con los lazos decorativos de su vestido. Con la criada pegada a su espalda, acudió a la plaza.

Allí se respiraba aire festivo. Las canciones alegres interpretadas por una orquesta contratada para animar el desfile arrancaron los sinceros aplausos de los asistentes. En ese estado de euforia general, varias decenas de militares hicieron su aparición. Vestidos con sus mejores galas, pisaban el suelo con firmeza al ritmo de los tambores. Entre ellos se hallaba Scott, quien no despegaba la vista de Madisson.

Cuando los actos militares finalizaron, Scott la buscó entre la multitud y la invitó a sentarse en un banco apartado, flanqueado por un castaño milenario. Madisson rebuscó unas monedas en su bolso de mano y se las ofreció a la criada para que se alejara de ella y comprara un refresco.

Debajo de aquel árbol, Scott le declaró su amor. Él también había pasado la semana más larga de su vida, contando los minutos y los segundos, igual que ella. Él también había perdido el sueño mientras esperaba ansioso el momento de volver a verla.

Ese soleado domingo de mayo, Madisson Clark y Scott Nicholson comenzaron su noviazgo en secreto, pero firmemente convencidos de que, muy pronto, lo gritarían a los cuatro vientos.

Capítulo 3 La confesión de Madisson

Inverness

Raphael Clark caminaba con paso apresurado en dirección hacia su casa. Sus ojos recorrieron el valle franqueado por dos grandes colinas en el que se situaba Inverness, su ciudad. Hacía mucho calor, por lo que quitó su sombrero de ala ancha y se atusó el pelo. Con el dorso de la mano se limpió el sudor que comenzó a escurrirse por la frente.

Se paró delante de su casa, una majestuosa mansión de tres plantas situada en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. La fachada de acceso, revestida de ladrillo tallado, estaba dividida en dos cuerpos, con una altura igual a la del resto del edificio. Abrió la puerta y le dio la bienvenida la brisa fresca que recorría el jardín central. Los arbustos de lilo común desprendían un entrañable olor a almizcle y miel y elegantes tallos de rosas se erguían esplendorosos entre las plantas de hoja verde, repartiendo alrededor una deliciosa fragancia. Alzó la vista y observó que las dos plantas de arcos sostenidas por columnas de mármol que rodeaban el jardín estaban solitarias. Se sentó agradecido en un banco guarecido por la sombra y comenzó a abanicarse con un viejo periódico que encontró sobre la mesa. Más sosegado, se agachó y sacó de su bolso de piel de vacuno unos papeles envejecidos por el tiempo. Se trataba de las escrituras de la única finca que aún conservaba; la salvación de su familia. La propiedad estaba en ruinas, apenas quedaban unos pocos mozos trabajando en ella. Ahí se criaban vacas, ovejas, gallinas y gansos, pero a Raphael no le quedaba dinero para mantener aquello. Sus malas gestiones unidas a su vicio de jugar al póquer, mermaron sus pertenencias y el dinero heredado de sus antepasados.

La heredad era su última carta para encauzar la situación, y Raphael se la jugaría esa misma tarde. En la ciudad había aparecido un adinerado caballero, dispuesto a organizar un torneo de póquer en el que se jugaba grandiosas sumas de dinero. No tenía efectivo, sin embargo, el noble aceptaba sustitutivos al dinero, como escrituras de propiedades, heredades o tierras.

-Don Raphael, ¿le apetece tomar una limonada?

Una sirvienta, que apareció de la nada, le alteró. Guardó las escrituras en su bolso y negó enérgico con la cabeza. Lo que él necesitaba era una buena jarra de vino, pero su delicado corazón le negaba ese capricho tan ansiado. Además, Victoria, su esposa, se pondría furiosa.

-Me gustaría que me trajeras un vaso de vino, llévamelo a la biblioteca. -Se levantó de la silla con gesto cansado y, mirando fijamente a la joven sirvienta, la advirtió-: ¡Que no te vea la señora Victoria!

Subió con dificultad los peldaños de la escalera, mientras sentía el sol calentándole la nuca. Accedió a la biblioteca, dejó la carpeta sobre su escritorio y se acomodó en su sillón favorito. Escuchó golpes en la puerta y pensando que sería la criada, la invitó a pasar.

Su hija menor, Madisson, apareció en su campo visual. La niña de sus ojos, su más preciado tesoro. Alta y esbelta llevaba su largo vestido de muselina con elegancia. A sus diecisiete años era considerada como una de las muchachas más bellas de la ciudad.

-Padre, ¿está muy ocupado? -Madisson entornó sus grandes ojos oscuros, rodeados por densas y largas pestañas.

-Para ti nunca estoy ocupado. Ven, mi querida niña, siéntate aquí a mi lado.

Madisson recogió los pliegues de su amplio vestido color verde esmeralda y se sentó de forma recatada en la silla. Dejó las manos descansar en su regazo, como aprendió que hacía una niña de su condición.

-Padre, siempre me ha enseñado que las personas valen por sí misma y no por su ascendencia o linaje.

-Cierto, un buen linaje apunta hacia una persona valiosa, pero no es una norma general. A lo largo de los tiempos hemos encontrado hombres valientes que provenían de la clase baja y nobles muy estirados que resultaron ser unos cobardes -le contestó, escrutándola con la mirada-. ¿Por qué me lo preguntas?

Madisson inclinó la cabeza y contempló cómo se retorcían sus manos. Su padre se acercó a ella, le alzó el mentón mirándola fijamente a los ojos.

-Siempre nos lo hemos contado todo. ¿Qué te preocupa, mi niña querida?

-¡Ay, padre, no sé como decirle eso!¡Estoy enamorada! -se sinceró. Ante el semblante atónito de su progenitor, sus mejillas se encendieron y un resplandor intenso iluminó sus ojos-. Se llama Scott, es militar y no tiene fortuna.

Raphael palideció. Durante años compartió la pasión por la lectura con Madisson. Padre e hija admiraban por igual los ideales de los héroes literarios. Habían abogado por la justicia, la bondad y la igualdad de los seres humanos. Aquello había estado bien mientras ella era una niña y no se enfrentaba al mundo propiamente dicho; escucharla ahora poner en práctica unos ideales tan lejanos lo aterró.

-¡Padre, diga algo, se lo ruego! -le suplicó a punto de comenzar a llorar-. Scott es un caballero, es justo, es noble y... ¡muy apuesto!

«Aparte, de no tener donde caerse muerto», reflexionó Raphael con el corazón encogido. Se esforzó y esgrimió una sonrisa tensa, al tiempo que le atusaba el pelo con delicadeza.

-Estoy seguro de que tu elección es la adecuada; no obstante, tendré que conocerlo para saber si es digno de ti. Acuérdate que la perfección exterior no lo es todo.

Madisson se abalanzó hacia su cuello y le abrazó. Apoyó la cabeza en su pech, agradecida.

-Gracias, padre, es todo lo que le pido. Conocerlo, por ahora. Los dos somos conscientes de que su condición de soldado es un punto desfavorable en nuestro futuro.

¿Futuro?

Raphael palideció. ¿Cómo podría tener «la luz de sus ojos» futuro con un vulgar soldado? Madisson interpretó su desconcierto como una invitación a seguir y desveló ilusionada los planes que rondaban por su cabeza.

-En unas semanas se alistará voluntario con la esperanza de conseguir logros y ascender. A su regreso, podríamos tomarnos el matrimonio en serio.

La palabra «matrimonio» retumbó en los oídos de su padre. Había estado tan enfrascado en sus asuntos que no se percató de que su niña se había convertido en una mujer. Una mujer hermosa, con un futuro prometedor por delante pero impetuosa e idealista. Se le encogió el corazón al pensar que su deseo era del todo imposible. La situación financiera de los Clark pasaba por su peor momento. ¡Necesitaba ganar el torneo de póquer esa tarde!

La entrada de la criada dio la conversación por terminada. Tras ver la jarra de vino, Madisson le regañó con la mirada, pero se abstuvo de recriminárselo.

-Por el momento, mantendremos esta conversación en secreto. No le digas nada a tu madre -le rogó.

Ella asintió sonriente y salió de la biblioteca.

En cuanto se quedó solo, Raphael se sirvió una copa de vino y, antes de tomarlo, admiró su intenso color carmesí. Inspiró su olor frutal, una mezcla de grosella, cerezas y ciruelas y lo acabó de un trago. Las preocupaciones se multiplicaron dentro de su cabeza, por lo que intentó aliviarse con otra copa. Levemente mareado, se sentó para descansar en su sillón favorito y cerró los ojos. Medio adormilado pensó que se llevaría también las escrituras de la mansión al torneo de póquer de aquella tarde. Se lo jugaría todo.

Con unas buenas ganancias podría enderechar su mala situación económica y dejar a su hija elegir su futuro.

«¿Y si lo pierdes todo?», se empeñó una vocecita a empañarle la serenidad recién adquirida. Ante aquella frustrante interrogación se quedó dormido.

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