-¿Dónde está Violeta?
Esas fueron las aterradoras palabras con las que Vlad Sarkov, de catorce años, despertó a su madre una aciaga noche de otoño.
Su oscura silueta, a los pies de la cama, se acercó. Anya se llevó una mano al pecho, la otra buscó a tientas a su esposo en la oscuridad. Estaba sola.
-Fui a su habitación, pero hay alguien más ahí -agregó Vlad.
La mujer encendió su lámpara y, al ver al niño, deseó no haberlo hecho. El rostro de su hijo era espantoso. Tenía los ojos desorbitados y toda la cordura parecía haber desaparecido de ellos. Quiso llamar a la policía.
-Vlad... querido, debiste tener una pesadilla... ¿De qué Violeta hablas?
Él se llevó una mano a la cabeza.
-Pues... ¡De Violeta!... La única que existe... ¡Tú sabes quién es!
-Querido, no hay ninguna Violeta, yo no conozco a ninguna. Puedes preguntarle a quien quieras en la casa y obtendrás la misma respuesta.
-Pero recuerdo su risa... ¡Y la vi! ¡La vi en la pérgola! Pero cuando fui a buscarla ya no estaba.
Anya suspiró.
-Fue sólo un sueño, Vlad ¿Puedes describir cómo era ella?
-Era... era joven... eso creo... era importante.
La mujer dejó la cama y acompañó a su hijo hasta su habitación. Del botiquín tomó unas píldoras.
-Sabes que cuando no las tomas tienes pesadillas, Vlad. No dejes de tomarlas.
-Pero me adormecen... necesito pensar con claridad.
-Para eso debes descansar y no podrás lograrlo sin tus píldoras.
Él se las tomó y se metió a la cama. Allí su madre lo arropó. Permaneció junto a él, acariciándole la cabeza. La enorme herida que tenía en un costado apenas y comenzaba a sanar, pero había otras también y esas seguían abiertas.
-Se sentía tan real... su sonrisa... la oía como oigo tu voz -decía él, con los desorbitados ojos fijos en el cielo.
-Así son los sueños, Vlad, algunos parecen reales, pero no son más que eso, sueños.
No recuerdos, no ecos en su cerebro conmocionado por la pérdida, sólo sueños.
-Extraño a Maximov...
Los ojos de Anya se humedecieron.
-Lo sé, Vlad. Tú amabas a tu hermano.
-Desearía... desearía poder soñar con él.
El muchacho por fin se durmió y Anya permaneció a su lado. Ahora era ella la que no podría dormir.
-Sé que lo amabas, Vlad y que no querías lastimarlo, pero lo hiciste... Espero que jamás lo recuerdes.
〜✿〜
-¿Cómo te fue en el examen, Vlad?
-Calificación máxima. Sabes que soy un genio, Rose, no sé para qué preguntas.
Ella hizo un mohín y acabó riendo. Las clases de ambos habían terminado y fueron a sentarse a los pastos detrás del edificio de economía. Había allí unos álamos que daban buena sombra y a esas horas no había mucha gente.
Rose descansaba entre los brazos de Vlad, que tenía la espalda apoyada en el tronco.
-A mí maestro le gustó mucho el ensayo que escribí. Dijo que se lo había enviado a unos colegas en Londres y a ellos también les gustó.
-¡Eso es genial, Rose! Ya sabía yo que todo lo que hacen tus manos es sensacional -le susurró al oído.
Ella tragó saliva.
-Me animó a que postulara para la beca de intercambio. Él me recomendará con los del comité, pero no estoy segura.
-¿Bromeas? Una vez me dijiste que ir a estudiar a Inglaterra era tu sueño.
-Eso fue antes de que nos volviéramos novios. Si gano la beca, me iría el próximo semestre... no quiero estar lejos de ti.
Él la hizo volverse para mirarla a los ojos.
-No puedes dejar de lado tus sueños por un hombre, aunque sea uno tan fantástico como yo. Además, soy Vlad Sarkov, Rose y tengo un jet privado. ¿Crees que un montón de agua o tierra podría separarnos?
-¿Irás a visitarme?
-Claro que iré, mi amor. Es más, empezaré a investigar sobre los cursos de administración que imparten, así podría irme contigo.
La sonrisa de Rose no tuvo límites y lo besó con devoción.
-¿Y tu familia no se opondrá?
-¿Por qué lo harían? Estudio lo que ellos desean. Mi formación académica se enriquecerá mucho más si tomo cursos en una universidad inglesa. Podría incluso montar una filial de empresas Sarkov allá, si es que decidimos quedarnos a vivir. ¿No te gusta la idea?
-¡Me encanta, Vlad!
Ella volvió a besarlo bajo las sombras de las hojas que danzaban por sus cuerpos. En instantes como aquel, Vlad sentía que nada le faltaba.
-El lunes empezaré a darte clases de inglés. Vas a dejar a los del comité con la boca abierta, Rose.
El lunes, Vlad llegó al árbol que habían hecho su refugio cargando unos libros que había comprado para las clases. Ya era tarde y ella no estaba. En su lugar, junto al tronco, había una maceta. Los libros se le cayeron, Vlad se arrodilló a contemplar la dulce flor que se agitaba con la brisa.
-Violeta -susurró, aferrándose la cabeza.
Así estuvo unos segundos, eso tardó su cabeza en vaciarse por completo, mientras oía las llantas derrapando y la risa que habitaba en sus sueños. Se puso de pie y se fue, sin saber qué hacía allí.
Se despertó en una clínica una semana después. Lo habían encontrado vagando en un muelle. Su pálida piel estaba quemada por el sol. También estaba desnutrido y algo deshidratado.
Poco a poco su cabeza empezó a llenarse al ver a su madre y a su padre. Había perdido su teléfono, pero pronto le dieron otro. Recuperó sus contactos y llamó a Rose. Ella no contestó. Tampoco lo hizo al día siguiente.
No la halló en la universidad. Había muchas Rose inscritas, pero no recordaba su apellido ni lo que ella estudiaba. Recordaba el árbol y la esperó allí. La esperó bajo todos los árboles pues no sabía cuál era el correcto. Ella jamás volvió. Tanta era su desesperación por encontrarla que fue a hablar con su madre.
-Querido, tú nunca has tenido una novia.
-¿Me estás jodiendo, madre? ¡Rose es real!
-Entonces dime cómo es. Descríbela para ayudarte a encontrarla.
Vlad se aferró la cabeza, gritando. No había un rostro, apenas un sentimiento con un vago nombre, nada más.
-¿Otra vez dejaste de tomar las píldoras, Vlad? Sabes que tienes pesadillas sin ellas.
Ninguna píldora podría ayudarlo cuando las pesadillas las tenía estando despierto. En vano buscó en la universidad algún estudiante que corroborará su historia. Jamás lo hallaría porque ni siquiera había vuelto a la misma universidad. Sus padres lo habían cambiado, sospechando que algo allí le había provocado la crisis, quizás, la tal Rose que él mencionaba y de la que ya no quedaba rastro alguno.
No sabían que, la verdadera causa, se había cambiado de universidad junto con Vlad.
Él no se convencía, no podía. Fingió volver a tomar las píldoras, y fingió que podía dormir y que ya no tenía pesadillas. Empezó a fingir que no tenía jaqueca y que creía en todas las mentiras de sus padres. Empezó a fingir que todo estaba bien y que nada le habían arrebatado ni siquiera la cordura.
Parado junto a la ventana de su habitación, veía las pequeñas gotas de lluvia estrellándose contra el cristal. Había llovido la noche anterior al accidente y la carretera estaba húmeda. Su hermano era un excelente conductor, él lo sabía bien. Y Violeta estaba en el asiento trasero, él también lo sabía. Estaba tan seguro de eso como de que sobre su pecho se había apoyado Rose, y de que la amaba como amaba a Violeta. Y no eran sueños.
Sin embargo, empezó a fingir que ellas jamás habían existido, con la certeza de que, algún día, descubriría quién se las había arrebatado, dejándolo solo y atrapado en un infierno. Tal vez, algún día, incluso él lograría salir.
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Si llegaron hasta aquí, es porque no lograron escapar de la prisión, amaron a Sam y se dejaron envolver por Vlad y su familia. Es a ellos a quienes conoceremos ahora, para luego continuar con la historia de amor de Vlad y su cervatillo.
Y aquí comienza nuestro descenso al infierno
¿Quieren arder?
¿Quieren ver al demonio como nunca antes lo han visto?
Adelante, están en su casa, pasen y condénense...
*Aclaración: igual que en la novela anterior, los eventos del pasado estarán escritos entre asteriscos.
-El año pasado, los índices de rentabilidad de las inversiones en el mercado extranjero superaron al promedio del último trienio en cinco puntos porcentuales, con un error de 0,0002. La capacidad de inversión, respecto a las cifras nacionales, ha ido al alza y se estima que para...
Sentado a la cabeza de la mesa de directivos, Vlad Sarkov parecía ser el más atento a lo que el relator de la junta decía. Llevaban allí dos horas, que no era nada comparado con otras reuniones que habían tenido. Se soltó el primer botón de la camisa y aflojó un poco la corbata. Tal vez algo iba mal con el aire acondicionado.
Elisa le dejó un vaso con agua. Estaba fría y refrescante, justo lo que él necesitaba. A veces creía que la mujer le leía la mente.
-Haré que revisen el aire acondicionado -le susurró ella, volviendo a su puesto en la esquina.
Qué eficiente asistente era, qué sospechosa le parecía a veces, tan imperturbable y perfecta, tan aburrida.
Miró por el gran ventanal de un costado. Las nubes cubrían el cielo, arremolinándose en la negrura a lo lejos. Debía estar muy fresco afuera.
En cuanto la reunión terminó, salió del edificio.
-Señor Sarkov, ¿necesita algo? Yo lo haré por usted -le dijo uno de los guardias en la entrada, bloqueándole el paso.
-Necesito respirar ¿Lo harás por mí también?
El hombre, apenado, se hizo a un lado.
Tanta eficiencia a veces era inaguantable.
Vlad no se equivocó. La brisa fría del exterior fue recibida con gusto por todo su acalorado cuerpo. Se estaba quemando, tal vez le daría gripe. Y sí, llovería. Olía la humedad del aire y el cielo sobre su cabeza se volvía cada vez más negro y tempestuoso.
-¿Eso es un pato? -se preguntó.
En el frontis de empresas Sarkov se habían construido unas fuentes, que bien podían ser lagunas, espejos de agua. Eran dos, a cada lado del camino de acceso. En el del lado este, un pequeño bulto nadaba en el agua.
Su teléfono vibró.
Markus: amo Vlad ¿dónde está?
Eso decía el texto. Si iba hacia arriba, todos los mensajes eran iguales. Su niñero, eso era el portentoso hombre.
Vlad: respirando. Déjame en paz por un momento.
Ahora había algo importante que hacer, tenía que averiguar si, en medio de una mega ciudad tan bulliciosa y carente de espacios naturales como en la que vivía, era posible que hubiese llegado un pato a nadar afuera de su empresa.
Fue hasta el supuesto pato y se agachó. El teléfono se le deslizó del bolsillo con facilidad y acabó sumergido en el agua mientras el bulto, que efectivamente era un pato, se alejaba, espantado. El animalito no alzó el vuelo, permaneció allí, pese al ruido, al aire contaminado y a las moles de acero que se erigían donde una vez hubo sólo árboles, él seguía allí y si el pato podía, cómo no iba a hacerlo él, que era Vlad Sarkov y tenía tanto por descubrir antes de abandonarlo todo y huir a donde nadie pudiera encontrarlo nunca.
Cogió el teléfono arruinado y se levantó, todavía era temprano y tenía mucho que hacer, él... ¿Qué era lo que tenía que hacer? ¿Hacia dónde iba? Estuvo unos segundos intentando encontrar las respuestas en una cabeza que parecía haberse quedado en blanco de la nada. Miró para todos lados. No había nadie cerca salvo un pato. Una fina llovizna comenzó a caer y él no era un pato, de eso estaba seguro. Eso era lo único que sabía con certeza y no quería mojarse. Avanzó hasta el paradero de buses que había en la otra esquina, botó el teléfono descompuesto y subió al primero que pasó.
Desde aquel incidente transcurrieron tres semanas hasta que Markus logró hallarlo. Estaba al otro lado del país, trabajando en un barco camaronero.
-No quiero volver a comer algo que nade o tenga más de cuatro patas -dijo Vlad, reclinado en el asiento trasero del auto que conducía Markus.
Acababan de aterrizar en el aeródromo de la mansión Sarkov luego de pasar una semana en la clínica. Allí había logrado poner más o menos en orden sus ideas.
-En la mansión le darán lo que usted quiera, amo Vlad.
Lo que quería era dejar de pensar. Tenía en la cabeza un montón de escombros con los que debía construir un pasado, un presente, un futuro y una identidad, eso era agotador.
Entre la monotonía del verde jardín que se extendía por la ventana vio a lo lejos un niño corriendo. Markus le había dicho que el único niño en la casa era su hermano Ingen, debía ser él.
El niño no estaba solo.
-Markus ¿Quién es la mujer que está con mi hermano? ¿La conozco?
-No. Debe ser la maestra particular -supuso el chofer, intentando distinguirla a la distancia-. El joven amo Ingen ha dejado de ir a la escuela.
Lo habían sacado de la escuela. Aislado, atrapado en esa casa llena de criminales dementes, así acabaría también su hermano, convertido en uno igual o peor, presionado como el magma de un volcán ardiente, consumiéndose a sí mismo. No, él no lo permitiría.
-Muchas cosas han pasado desde que me fui. Es tiempo de corregirlas -aseguró, llegando por fin a su casa.
-¡Querido! ¿Qué tal tu viaje? -preguntó su madre al recibirlo.
Viaje. Por supuesto, estar perdido en la inmensidad del océano, trabajando en la asfixiante bodega de un barco camaronero como un esclavo, junto a una decena de inmigrantes chinos ilegales, eran unas vacaciones soñadas, si hasta había disfrutado de la bella vista en alta mar. Qué manera tan atroz de esconder la realidad y fingir que todo iba bien. Ese debía ser un rasgo de familia
-Bien, como siempre -dijo él, esquivando el abrazo que ella quería darle.
El salón y su decoración cobraron vida en la mente de Vlad, tal y como Markus le había dicho. Recuperaría los recuerdos de base, así los llamaba él, pero los que perdió tras el accidente, esos quizás nunca volverían, por mucho que los ansiara.
Vlad recorrió toda la casa, comparando cada detalle con la imagen mental que se iba dibujando en la bruma tras sus ojos. Todo era como debía ser, eso le dio algo de tranquilidad.
A la hora de la cena, sin necesidad de preguntar, supo exactamente dónde debía sentarse. Como nadie lo vio con extrañeza confirmó que había acertado y se sintió muy bien consigo mismo, pese a que su expresión nada delatara.
La alegría le duró hasta que la sirvienta reveló el plato fuerte de la noche. Allí, en medio de la mesa y con una algarabía innecesaria, habían unas cuantas langostas. Las numerosas patas retorcidas le dieron escalofríos y esos ojillos negros que parecían estar mirándolo le revolvieron el estómago. Cerró los suyos unos instantes. La agria pestilencia que reinaba en la bodega del barco camaronero inundó su nariz, como si siguiera allí, con las ropas sudadas y manchadas con los fluidos de las criaturas que descuartizaba. No importaba cuántas veces se hubiera duchado al salir de allí, esos miasmas marinos lo perseguían y ahora habían vuelto por él.
Bebió un sorbo de su vino y usó el talento familiar.
-¿Cómo es eso de que dejaste de ir a la escuela? -cuestionó Vlad a su hermano menor.
No importaban las razones que le dieran, el niño volvería a clases, a un ambiente social normal y lejos de criminales. En la escuela estaría a salvo.
La madre no lo dejó responder.
-No se llevaba bien con sus compañeros -dijo ella-. ¿Te ha gustado la langosta? Las trajimos del mediterráneo especialmente para ti.
Vlad carraspeó para pasarse la carne que, a regañadientes, se obligaba a tragar. Fue allí cuando comenzó a comprobar la sutil malicia de la mujer, sin dudas un mero ápice de su perversidad natural. Aquella sonrisita tenebrosa que disfrazaba de dulzura era un vestigio de su goce, de la fascinación que sentía al atormentarlo. Ella sabía perfectamente las condiciones en que lo habían encontrado, prácticamente sepultado en toneladas de camarones y una que otra langosta. Ella sabía muy bien cómo meter el dedo en la llaga.
-La maestra es muy competente e Ingen se lleva bien con ella -agregó la mujer como última instancia para seguir reteniendo al pequeño en casa cuando notó que la excusa del supuesto bullying que sufría el niño no le bastaba.
Claro que era competente, así lo mantenía tranquilo, así lo convencía de que era correcto abandonar la escuela, así el mismo niño defendía su derecho a ser un prisionero.
-No me importa, madre. El mundo es duro e Ingen debe hacerse fuerte. ¿Qué es esa mierda que tienes pegada en la frente? Quítatela.
El niño corrió lejos, cubriendo la estrellita. No podía ser de otro modo, no para sobrevivir en aquella familia donde la felicidad era un bien tan escaso y sujeto a tantas restricciones.
〜✿〜
Luego de dormir apenas unas cuantas horas, Vlad enfrentó un nuevo día tomando posición de su despacho. No iría al trabajo, no sin antes estar seguro de quién se suponía que era él en tal cargo. Markus le había dado algunos detalles, pero no era suficiente.
-¿Cuántos empleados extranjeros tenemos en la empresa? -le preguntó a su madre durante el desayuno.
-Querido, yo... no tengo la menor idea, creo que hay un secretario alemán.
-Quiero la cifra exacta y también los archivos históricos sobre sueldos, vacaciones y beneficios de los que gozan nuestros empleados. ¿Con quién debo hablar para conseguirlos?
-Tu padre archiva documentos antiguos en su despacho, puedo buscarlos... ¿Para qué los necesitas?
-Acabo de ver que empresas Sarkov ocupa el sexto lugar entre los mejores lugares para trabajar. Antes de que termine el año quiero que estemos en el puesto número uno. La inclusión de personal extranjero es un punto importante.
La expresión de sorpresa de la mujer se tornó en una de alegría. Su hijo había regresado y parecía con más entusiasmo que nunca, tan intenso, tan avocado a su trabajo. Era un orgullo, pese a todo. Esperaba que, esta vez, todo fuera bien hasta su siguiente crisis.
-Iré de inmediato a buscar esos documentos. Pediré que revisen en la empresa también.
-Agrega las estadísticas de empleados discapacitados.
-Claro, claro, querido.
La mujer fue rauda al despacho. Pidió ayuda a unos empleados y empezó la búsqueda entre los archivos. Era inevitable recordar aquella ocasión en que su desmemoriado hijo había ido a parar a una comunidad de hippies. Pese a los meses que le había tomado dejar la marihuana, el hombre había adquirido una conciencia ecológica que lo hizo implementar una serie de medidas para volver a la empresa en una sostenible. Aquello les había valido el reconocimiento de numerosos medios, tanto nacionales como extranjeros y las utilidades no habían hecho más que crecer. Ciertamente su hijo tenía un talento natural para los negocios. A veces pensaba que la fuga disociativa era una bendición, pues no sólo lo volvía un mejor empresario, también una mejor persona.
Una vez solo en su despacho, Vlad dejó a un lado los documentos de la empresa y destinó sus energías a revisar en detalle la carpeta azul de la que le había hablado Markus. Allí estaba, con todas esas personas que debía recordar, con todos sus secretos. Hoja tras hoja iba aumentando su desconfianza hacia todo el mundo, hoja tras hoja su ánimo se iba tornando más oscuro.
Las mujeres desaparecidas, la seductora niñera que le había robado. En su vida reinaba un caos mucho peor de lo que imaginaba. Por instantes, deseó volver a la pacífica vida en la asfixiante y segura bodega llena de camarones.
Unos pasos en el pasillo lo sacaron de su ensoñación. Sin comprender cómo, aquellos recuerdos de su estadía en alta mar se sintieron lejanos y supo que los perdería pronto. Eran de otra vida, una que ya no existía.
-Adelante -dijo, ocultando la carpeta azul bajo otras de la empresa.
Miró el tablero numérico a su espalda y tecleó la combinación de la cerradura, Markus se la había enseñado.
-Permiso, su madre le envía esto -dijo una mujer.
-¡Alto! -le gritó.
Qué descaro. Pedía permiso, pero ni siquiera esperaba a que se lo dieran para entrar a su despacho, a su fortaleza, a su bodega de... de lo que fuera. Y le hablaba con total confianza ¿Acaso se conocían? Eso lo dudaba, ella no estaba en su carpeta.
-¿Cómo te atreves a entrar? -increpó, viendo a la mujer detenida a mitad de dar un paso, tambaleando para no caer. -Y encima tienes la osadía de mirarme a los ojos ¿Eres nueva o estúpida?
Así debía hablarle, que supiera de inmediato con quién estaba tratando. De seguro con la niñera criminal había sido amable. No cometería el mismo error dos veces. Eso era bastante difícil considerando su condición de amnésico, pero lo intentaría.
La mujer lo seguía mirando con unos ojos verdes y enormes. Inmediatamente los ciervos vinieron a su cabeza, ellos lo miraban con la misma curiosidad que ella, sin saber si era seguro acercarse o si vivirían lo suficiente para contarlo. Quiso salir corriendo a buscar esos ciervos.
-Deja la carpeta en el mueble junto a la puerta y lárgate -ordenó, volviendo la vista a la pantalla del computador frente a él.
Así ella lo hizo, sin protestar y sin dejar de mirarlo también. Era bastante indisciplinada.
-Una cosa más -indicó Vlad cuando Samantha estaba por cruzar la puerta-. Estás despedida.
Listo. Así se ahorraría cualquier problema en el futuro. Él deseaba que su empresa fuera reconocida como el mejor lugar para trabajar, no su casa. Tal vez debía involucrarse más en las contrataciones que se hacían allí. Empezó a buscar la carpeta de empleados de la mansión en su computador.
La descarada mujer, lejos de irse como haría cualquier ser humano racional y decente, volvió sobre sus pasos y se paró frente al escritorio.
Él alzó la cabeza, con expresión de desinterés. No le iba a dar más importancia de la que merecía.
-Yo no soy una sirvienta. Su madre me pidió que le trajera la carpeta como un favor.
Ciertamente ella no usaba uniforme como las demás mujeres que servían en la mansión. Vestía como una pueblerina, demasiado simple como para engañarlo. Ella ocultaba algo.
-¿Ah sí? ¿Entonces quién eres?
-Soy la maestra de Ingen -dijo ella, como si tal cargo le confiriera algún tipo de inmunidad al despido, algún súper poder o trato privilegiado.
Esa era mayor razón para hacerla desaparecer. La idea le resultó perturbadora. Supuso que, poco a poco, el apellido Sarkov empezaba a relucir en él.
-Perfecto -repuso, volviendo a mirar su computador-. También estás despedida.
La mujer salió sin decir palabra. Ahora Ingen regresaría a la escuela y él no tendría que volver a ver esos ojos de cervatillo nunca más, sólo en sus recuerdos, duraran lo que duraran.
Vlad se miró disimuladamente la mano. Sin importar lo claro que había sido al despedir a la mujer, ella insistía en regresar. Esta vez por un finiquito pese al pago que le habían dado por adelantado.
Ella había entrado a hurtadillas, casi como si sintiera asco de tocar el impecable piso de su despacho, casi como si estuviera entrando a la guarida de un lobo feroz. Ese rol de víctima no le serviría de nada. Era una mentirosa, muy probablemente una estafadora, que ni siquiera se atrevía a mirarlo a los ojos. Sin embargo, al verse descubierta en sus tretas, sacaba a relucir su verdadera naturaleza perversa: le había tocado la mano para arrebatarle el teléfono e impedirle llamar a la policía.
Un escalofrío recorrió a Vlad de pies a cabeza y reprimió el impulso de correr a lavarse la mano, de llamar a Markus para que se llevara a la atrevida y de encerrarse en algún lugar pequeño y oscuro. Desconocía la naturaleza de su sentir, pero lo inquietaba. Deseó ser dueño de sus recuerdos para poder comprenderse a sí mismo.
Ni modo, habría que improvisar.
Empezó a ordenar los papeles y carpetas desparramadas sobre el escritorio, pensando. Tal vez debía entregarle el dinero del finiquito de una buena vez para ya no volver a verla.
-Ya le dije que no quiero quedarme con su dinero, sólo le pido que me deje pagárselo con trabajo, por favor.
O, tal vez, podía intentar descubrir cuáles eran sus verdaderas intenciones.
-De acuerdo -dijo por fin Vlad, con mirada inescrutable y Samantha sonrió aliviada-. Pero Ingen volverá a la escuela el lunes, así que tendrás que trabajar para mí.
A los enemigos había que tenerlos cerca, así recordaba haber leído en alguna parte.
-¿Necesita ayuda con las tablas de multiplicar? -Se atrevió a bromear ella.
Ja. Ahí estaba. La asustadiza chiquilla de antes, la "víctima" de su hostilidad, ahora se atrevía a burlarse de él. De seguro ya creía que lo tenía en la palma de la mano, que con su cara bonita lo había convencido de no despedirla. Ya se encargaría él de darle una lección.
-No serás mi maestra -aclaró Vlad, con una sonrisa torcida-, serás mi sirvienta.
Ella enmudeció. Ciertamente había trabajado en muchos lugares y haciendo una infinidad de tareas, pero sirvienta nunca había sido. Había trabajado como mesera en un café y le daban muy buenas propinas. Ella lo atribuía a su sonrisa. Siempre le sonreía a los clientes, transmitiéndoles sus buenas vibras, así lo decía su madre y al patán de Vlad Sarkov parecía hacerle falta una tonelada de buenas vibras. Sí, ser sirvienta no debía ser muy diferente de servir café y limpiar. Además, con todas las sirvientas que había en la mansión, las tareas que tendría no serían muchas.
-Trato hecho -dijo, extendiéndole la mano.
La recogió en cuanto vio la cara de perro con que la miró su nuevo jefe. Si ya le tenía bronca, no lo haría enfadar más de la cuenta. Se puso de pie para retirarse.
-Empezarás mañana. Tendrás el mismo horario de las demás sirvientas. Habla con... -Buscó en el archivo de empleados-, con Lina, ella te dará un uniforme.
-Sí, jefe -le dijo ella, sonriendo.
¿Qué significaba ese gesto? ¿Se burlaba nuevamente de él? ¿Celebraba por haber conseguido exactamente lo que quería? No le gustaba para nada.
La sonrisa de Samantha se volvió más amplia, él necesitaba muchas buenas vibras.
-Lárgate.
Ella salió corriendo.
Una vez solo, Vlad buscó en los cajones de su escritorio. Del primero sacó un frasco con alcohol gel. Se limpió la mano mancillada por la rudeza de la mujer y suspiró. Ya limpio, el aroma del alcohol lo distrajo. Era agradable, lo hizo sentir extrañamente relajado. Se puso un poco más.
Tomó su teléfono para guardar el número de su nueva sirvienta. Lo guardó bajo el nombre de "Samantha". Se quedó viéndolo, no muy conforme. ¿Qué era una Samantha? Cuando volviera a olvidar, leer ese nombre no le diría nada. Necesitaba algo más explícito.
"Nueva sirvienta".
No. Demasiado corriente. Debía escoger un nombre actual, bien ubicado en el espacio tiempo. Y en este espacio y en este tiempo, lo que él pensaba de la mujer es que era una desvergonzada delincuente.
"Sirvienta aprovechada".
Le envió un mensaje.
En su habitación, Samantha guardaba sus libros y el material de las clases de Ingen. Eso ya era parte del pasado. Tal vez podría seguir ayudándolo en sus ratos libres.
El teléfono en su bolsillo vibró.
Desconocido: como sirvienta, tu lugar es en la cocina. No te quiero en la biblioteca ni en el jardín o cerca de Ingen.
Ella dio un respingo al ver el mensaje y miró para todas partes. Nadie la espiaba, eso era seguro, pero sintió como si alguien hubiera penetrado en su cabeza y leyera sus pensamientos. Tal vez su jefe tuviera poderes telepáticos. La idea le hizo gracia. El hombre era un amargado, sólo eso. No debía darle más importancia de la que se merecía.
Guardó el número como "Vlad Sarkov".
Se quedó mirando la pantalla, no muy convencida. No era muy respetuoso tutear a su jefe, aunque él no lo supiera.
Lo cambió por "Señor Sarkov".
Daba la impresión que se trataba de un viejo, cuando el hombre debía tener apenas unos cuantos años más que ella.
Un nuevo mensaje le llegó.
Señor Sarkov: ¿Leíste el mensaje o tienes problemas de comprensión lectora? Si no respondes, no sabré si entendiste. Haz bien tu trabajo.
¡Qué humor de perros que tenía! Y ella había leído el mensaje con su voz profunda y tono autoritario. Le daban escalofríos y eso que ni siquiera lo tenía cerca. No, no podía permitir que ese hombre la alterara de ese modo, no podía empezar a temerle.
Le cambió el nombre y le respondió.
Sirvienta aprovechada: el mensaje ha sido leído y comprendido. Actuaré en concordancia.
Al ver el mensaje, Vlad sonrió. Sí, había sido una buena elección de nombre. Esa mujer no lo engañaría, todo lo contrario, lo mantendría alerta cada vez que le escribiera.
Jefe idiota: más te vale o enfrentarás las consecuencias.
Sam exhaló y sonrió. No importaba lo que él escribiera, ya sabía que no debía tomárselo personal, el tipo debía tener sus propios problemas para ser como era, no era asunto suyo y ya no le daría miedo.
Todo estaría bien.
〜✿〜
Habían pasado diez minutos desde que Vlad le pidiera un café a su nueva sirvienta. Usualmente esperaba en promedio cinco, eso lo recordaba bien. Cinco minutos bastaban para preparar un buen café y a él le gustaba negro y bien cargado, nada del otro mundo, nada que requiriera más tiempo, a menos que se le añadieran ingredientes extra como parte de un plan maligno.
Mientras esperaba por su café y revisaba algunos documentos en su computador, el cerebro de queso de Vlad ideaba todo tipo de conjeturas descabelladas, cada una más retorcida que la anterior, que sólo se detuvieron cuando ella por fin llegó.
-Quince minutos tarde -se quejó él-. Cinco minutos es lo máximo que esperaré por un café, de lo contrario, no lo traigas.
Ella se apresuró a dejarle el café sobre el escritorio. La mala presentación le causó sorpresa: la taza estaba chueca y el líquido salpicado sobre el platillo. Si intentaba drogarlo o envenenarlo, ciertamente se habría esforzado en llevarle algo apetecible. Y las burdas excusas para justificar su torpeza no hacían más que hacerla ver más torpe aún.
¿Estaría actuando?
No, ese sonrojo en las mejillas no podía actuarse. Al menos debía reconocer que el uniforme le quedaba bastante bien. Ella era mucho más alta que el resto de sirvientas por lo que el atuendo le quedaba algo corto y ajustado. Parecía un disfraz sucio y se quedó contemplándola sin pudor alguno.
Ella, nerviosa, retorcía entre sus manos el impecable delantal blanco atado a su cintura, tan suave y encantador, con ese encaje en el borde. Tal era la concentración de Vlad en aquella apreciación que le pareció estar sintiendo la prenda entre sus dedos, como si ellos recordaran algo que su mente ya no. Se le hizo extrañamente apetecible y cercano.
El hombre se recompuso y probó el café. Lo escupió en el acto, sin llegar a tragarlo y cogió el teléfono para llamar a la policía. La mujer ocultaba su perversidad bajo una apariencia torpe, pero ya no lo engañaría. Ese café era lo más asqueroso que recordaba haber probado en su vida.
Ella frustró la llamada una vez más, rozándole las manos.
-Le pusiste veneno, admítelo.
-¡Claro que no! -se defendió ella, sin dar crédito a las acusaciones de su jefe.
Para demostrarle que el café no tenía nada malo, ella misma tomó un sorbo. Y la cara de asco que puso estuvo a punto de arrancarle a Vlad una sonrisa. De acuerdo, tal vez no quería envenenarlo, pero de seguro le causaría una diarrea espantosa. Ella salió para prepararle otro.
Vlad guardó unos documentos en su maletín. Era su primer día de trabajo post crisis y no sabía con lo que se iba a encontrar. Había estado memorizando los nombres y rostros de sus empleados en la empresa y también un plano del edificio para saber dónde estaba su oficina. No quería preguntar por la ubicación de nada. Después de llevar tres años trabajando allí, eso sería muy humillante.
Había hablado con Elisa, su asistente. "Yo le ayudaré en lo que necesite", le había dicho amablemente ella, como si él fuera algún retrasado, un inválido. No soportaba la condescendencia. Si la mujer seguía tratándolo así, la despediría en el acto.
La sirvienta volvió. De soslayo Vlad la veía servir todo con absoluta pulcritud y a paso de caracol. Ella no conocía el valor del tiempo. Mientras más se tardara en una tarea, menos cosas haría, así funcionaba la mente de los pueblerinos. Y ella parecía moverse a cámara lenta ¿Lo haría a propósito para molestarlo? Prefirió ignorarla. Terminó de guardar los documentos y revisar unos correos.
-Señor -llamó ella tímidamente.
Él siguió ignorándola.
-Su café ya está listo.
-Son las nueve y cuarto. No tomo café después de las nueve.
Así aprendería la importancia de la eficiencia y valoraría el tiempo.
La pacífica expresión de Vlad contrastaba con la furia que ella emanaba. Volvió a meter todo en la bandeja, desprovista de toda la delicadeza anterior. El café salpicó las galletas e hizo un desastre. Sin mencionar la cara de maniaca homicida que tenía. Ahí es donde mostraba su verdadero ser. Las personas enojadas no podían fingir.
Y se desquitaba jaloneando el delantalito.
Cuando estaba por dejar el cuarto, Vlad, sin estar muy seguro de la razón, dejó el escritorio y la aferró de la cintura, en un monstruoso déjà vu que le agitó el corazón.
En el camino hasta su oído, él inhaló el aroma de su cabello, tan natural y desprovisto de fragancias artificiales. Ella no usaba perfume y tampoco seguiría usando el delantalito. En cuanto se lo arrancó, ella volvió a salir corriendo, mucho más asustada que antes.
Si era una estafadora, era realmente inexperta. Si trabajaba para su madre, ciertamente la había engañado. Mientras miraba el delantal entre sus dedos, Vlad pensó que sería divertido descubrir la verdad.
Sam seguía corriendo cuando llegó al pie de la escalera. En el pasillo casi chocó con Anya. La señora retrocedió al verla, aferrándose el pecho.
-Dónde... ¿Dónde está tu delantal? -le preguntó.
*La niña, sin alzar la mirada, le contestó:
-Lo perdí, señora.
-Haz que te den uno nuevo, pero se te descontará de la paga.
Violeta asintió y siguió su camino. El episodio se repitió varias veces, la muchacha era realmente desordenada o eso había creído ella. Era en realidad una mentirosa. Todos los delantales perdidos habían sido hallados en la habitación de Vlad luego del accidente. Coleccionarlos parecía ser una extraña afición de la que ella era cómplice.
Lo mismo pasó con Ardelia, otra mentirosa, y Anya no toleraba a las mentirosas, menos a las que pululaban por su casa.*
-Su hijo me lo quitó, señora. No sé el motivo.
La respuesta la sorprendió.
-Entiendo, sigue con tu trabajo, querida.
-¿Es necesario que pida otro? Si me lo quitó es porque no quiere que lo use y yo no quiero hacerlo enfadar.
-Eso está muy bien, Samantha. La tranquilidad de Vlad es lo primordial, espero que no se te olvide.
-No señora.
Anya la vio alejarse, esperando que no se convirtiera en una nueva obsesión de su hijo. Al menos no era una mentirosa.
〜✿〜
Sentado en la amplia mesa de directivos, Vlad inhaló profundamente. Había más de veinte personas allí, todos altos ejecutivos, todos expertos en sus áreas, todos mirándolo como si algo le pasara.
Quería salir corriendo. Quería subir a un auto y conducir lo más lejos que pudiera, pero era imposible. Había mucho que hacer antes, muchos misterios que descubrir y criminales que encarcelar. Debía ser fuerte y continuar.
Sin que nadie lo viera, metió la mano en su bolsillo. Allí guardaba el delantalito blanco, con su encaje encantador. Era tan suave como suponía. Esa seductora textura lo llevó a la seguridad de su despacho con cerradura eléctrica, al enorme poder que sentía sentado tras su escritorio, a lo firme que se oían sus palabras en aquel lugar... a las rojas mejillas de Samantha y el dulce aroma de su cabello, a los ojos verdes de cervatillo encandilado por una fuerza superior.
Su corazón se tranquilizó ante aquellos pensamientos y estuvo listo.
-Martínez, hazme un resumen de las acciones de tu división durante la semana -pidió Vlad.
-Sí, señor. Aquí le tengo un informe detallado. Como podrá ver, el trato con HTC...
La reunión dio inicio y ya nadie volvió a mirar extraño a Vlad. Él por fin había regresado.