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El infierno en su mirada, el cielo en su beso

El infierno en su mirada, el cielo en su beso

Autor: : XingheCP
Género: Moderno
Gabriela descubrió que su novio había estado engañándola y la describía como una tonta superficial, así que comenzó a tener aventuras imprudentes para olvidar su dolor. Una noche sofocante y sin luz, se metió en la cama con un desconocido y se escabulló al amanecer, convencida de que había caído ante un famoso mujeriego. Rezó para no volver a verlo jamás. Sin embargo, el hombre entre esas sábanas era en realidad Wesley, el decisivo e imperturbable CEO que firmaba sus cheques de pago. Asumiendo que su corazón estaba en otro lugar, Wesley regresó a la oficina envuelto en una aparente calma, pero cada sonrisa cortés ocultaba una oscura oleada de celos posesivos.

Capítulo 1 Una aventura de una noche

Antes del amanecer, Gabriela Haynes salió tambaleándose de la habitación 1205 del hotel, con el cabello enredado y el labial corrido, aferrando sus zapatos con los dedos entumecidos.

Su mundo se había venido abajo justo antes del retiro corporativo de la empresa, cuando descubrió a su novio en la cama con otra mujer. Esa misma noche, el desamor y un par de tequilas la llevaron a tomar el pasillo equivocado y entrar en la habitación incorrecta.

Apenas cruzó el umbral, vio a un hombre dentro. Intentó retroceder, pero las piernas le fallaron y cayó directamente en sus brazos.

El otro se tensó, sorprendido. Por un instante, solo se escuchó un murmullo ahogado antes de que él le tomara el rostro con suavidad y la besara.

Ella intentó apartarlo, pero mientras los labios del varón recorrían su mandíbula y el corazón de él retumbaba bajo sus palmas, el alcohol y la tristeza terminaron por nublarle el juicio. Se abandonó a su calidez, sintiendo cómo la fuerza de voluntad se le escapaba.

Para cuando él la sujetó con firmeza por la cintura y la penetró, ya todo estaba fuera de control.

...

Cuando todo terminó, el arrepentimiento la golpeó como una ola. Salió sigilosamente de la habitación, con los nervios a flor de piel.

Al mirar hacia atrás, vio la placa brillante en la puerta y se dio cuenta, con un sobresalto, de que había pasado la noche en la habitación de Brenden Saunders. Él era el director de su departamento.

Un suspiro de alivio se escapó de los labios de Gabriela.

Brenden tenía fama de mujeriego; su lista de exnovias podría llenar una guía telefónica. Una aventura de una noche con él no significaría nada. Probablemente ni siquiera la recordaría. Después de todo, la habitación había estado a oscuras y él apenas pudo verle el rostro.

Decidió olvidar el episodio y actuar como si nada hubiera pasado entre ellos.

Para borrar cualquier rastro de intimidad, regresó a su habitación y tomó una larga ducha. Luego, se puso un suéter de cuello alto para ocultar los chupetones que tenía en la piel.

Apenas terminó de vestirse, Aubrey Holt, su siempre dramática compañera de trabajo, comenzó a golpear la puerta con insistencia. "¡Gabriela! ¡Abre! ¡Pasó algo grande! ¡Tienes que apurarte!".

El pulso de la aludida se aceleró. Un mal presentimiento se instaló en su estómago.

¿Acaso ya se había corrido la voz sobre lo ocurrido con Brenden? Aún no había amanecido.

Él ocupaba un alto cargo en Grupo Apex, mientras que ella era una simple pasante, atrapada en un enredo que jamás buscó.

Si alguien descubría lo que había pasado entre ellos, al hombre no le quitaría el sueño; ya tenía fama de mujeriego y de dejar un rastro de rumores a su paso. Pero para ella, las consecuencias serían devastadoras. ¿Una pasante que se atrevía a involucrarse con un alto ejecutivo? Su carrera terminaría antes de haber empezado.

Con manos temblorosas, abrió la puerta, apenas una rendija.

Aubrey irrumpió en la habitación, casi saltando de la emoción, sin notar la palidez de Gabriela ni su postura rígida y cohibida.

"¡Apúrate! Tienes que venir conmigo. ¿Adivina quién está aquí? ¡El hombre más codiciado de la empresa! ¡El señor Moss de verdad se apareció aquí!".

Ah, era solo eso; su secreto seguía a salvo, por ahora.

Mientras Aubrey parloteaba sin parar, los nervios de Gabriela comenzaron a calmarse. La siguió hasta el bullicioso bufé del hotel.

Wesley Moss, el enigmático director ejecutivo de la empresa, solo se había cruzado con Gabriela una vez, durante su entrevista. Aun así, resultaba imposible olvidarlo: peligrosamente atractivo, el tipo de hombre que podía dominar una habitación sin decir una sola palabra.

Wesley había levantado la empresa desde cero, convirtiéndola en un gigante de la industria en apenas siete años.

Durante la entrevista, él apenas había esbozado una sonrisa y mantuvo un semblante totalmente profesional, pero Gabriela quedó cautivada al instante. En secreto, lo había nombrado su amor platónico e inalcanzable.

Ahora estaba allí, de pie junto a la ventana, con una postura perfectamente erguida. Irradiaba una elegancia natural y una autoridad silenciosa que lo hacían imposible de ignorar, atrayendo las miradas de todos en el salón.

Se veía tan impecable y seguro de sí mismo que Gabriela se sintió completamente hipnotizada.

La mayoría de las mujeres en el salón buscaban un asiento cerca de él, cuchicheando entre ellas y lanzándole miradas tímidas.

"¡El señor Moss es guapísimo!".

"¡Acabo de darme cuenta! ¡Tiene un chupetón en el cuello! ¿Quién habrá sido la afortunada de anoche?".

La palabra "chupetón", que llegó desde la mesa de al lado, resonó en sus oídos y provocó que Gabriela, instintivamente, se subiera más el cuello del suéter. La emoción de ver a Wesley se desvaneció de golpe, reemplazada por el recuerdo de su imprudencia de la noche anterior.

Mientras tanto, Aubrey casi vibraba de emoción, ansiosa por averiguar la historia detrás de esa marca, pero Gabriela apenas tenía energía para prestarle atención.

Justo en ese momento, Brenden entró con su habitual aire de superioridad y se sentó justo frente a Wesley.

"Y bien, ¿dormiste bien?", preguntó el primero con una sonrisa burlona.

El otro se tomó su tiempo para desayunar, con las comisuras de los labios contrayéndose con diversión apenas disimulada. Su mirada recorrió el salón, pero se detuvo un instante en Gabriela, y sus ojos brillaron con silenciosa picardía.

"Nada mal", respondió, mientras una sonrisa arrogante se dibujaba en su rostro.

Gabriela sintió su mirada clavada en ella. Avergonzada, se encorvó sobre el plato y se cubrió el rostro con una mano, deseando fundirse con la multitud y desaparecer.

Brenden refunfuñó, bajando la voz a un susurro casi teatral: "¡Me quitaste la habitación! Seguro que dormiste como un rey, mientras yo deambulaba por los pasillos buscando dónde meterme. ¿No tienes un poco de compasión?".

Con todo el personal de Grupo Apex alojado en el hotel, no quedaban habitaciones libres. La llegada de último minuto de Wesley al retiro corporativo significó que Brenden, como simple director de departamento, no tuvo más opción que cederle la mejor suite.

Wesley expresó con displicencia: "Me aseguraré de que te den un aumento más tarde".

El humor de Brenden cambió al instante y una expresión alegre le iluminó el rostro.

Capítulo 2 Dejaste algo atrás

La mesa de Gabriela se encontraba lejos de la de Wesley, así que no tenía idea de la conversación que ellos sostenían en voz baja al otro lado del salón. Ignoraba por completo que el hombre con quien se había encontrado la noche anterior en la habitación 1205 no era Brenden, sino Wesley.

Al ver a Brenden gesticular mientras conversaba animadamente con Wesley, Gabriela sintió que los nervios se le hacían trizas.

Ella podía escuchar los latidos de su propio corazón. La aterraba que la reconocieran, pero le preocupaba todavía más que Brenden, el conocido coqueto de la empresa, dijera algo inoportuno frente a Wesley. No pudo concentrarse en todo el día, con la mente atrapada en un torbellino de ansiedad.

Milagrosamente, la jornada transcurrió y el retiro corporativo concluyó sin ningún contratiempo.

Cuando el autobús de la empresa llegó para recogerlos, Gabriela se quedó rezagada, con los músculos aún resentidos por la intensidad de la noche anterior. Con movimientos rígidos, fue la última en subir.

Aubrey la vio y le hizo una seña con la mano. "¡Gabriela, por aquí!".

De repente, un silencio denso se apoderó del autobús. La voz de Wesley, cargada de impaciencia, rompió la quietud. "¿No puede sentarse en otro lugar?".

Gabriela se quedó helada en medio del pasillo, completamente sobresaltada. ¿Por qué estaba Wesley en el autobús? ¿Ese tono cortante iba dirigido a ella? ¿Estaba molesto porque retrasaba a los demás?

Después de todo, era solo una pasante. Al director general no podía importarle dónde se sentara.

Miró rápidamente hacia el frente del autobús. Una mujer muy atractiva intentaba sentarse junto a Wesley, con el rostro encendido por la esperanza. Él le sostuvo la mirada con frialdad y luego señaló el pasillo central con la barbilla, un gesto inequívoco para que se marchara.

Gabriela dejó escapar un suspiro de alivio al comprender que las palabras del hombre no habían sido para ella.

La mujer retrocedió y, murmurando una disculpa, se acomodó con torpeza junto a Aubrey, ocupando el asiento que Gabriela pensaba tomar.

Con el ceño fruncido, Aubrey protestó: "Ese asiento es para mi amiga".

Visiblemente irritada, la mujer la fulminó con la mirada. "¿Cómo? ¿Acaso el asiento tiene grabado su nombre? Este es el autobús de la empresa; ¿desde cuándo tiene ella un lugar reservado?".

Aubrey tensó la mandíbula, con una furia evidente en su mirada.

Solo quedaba un asiento libre: justo al lado de Wesley. Por un instante, Gabriela consideró bajarse del autobús y gastar sus ahorros en un taxi para volver a casa.

Pero la mirada de él, dura y fulminante, la clavó en su sitio. "¿Y bien? ¿Piensas sentarte o no?".

Gabriela se quedó de una pieza, completamente desconcertada.

¿De verdad se estaba molestando solo porque ella había dudado un instante?

Bajo la mirada de todos, algunos disimulando a duras penas la envidia y otros lanzándole miradas de compasión, finalmente tomó asiento junto a Wesley. Su corazón le latía con fuerza en el pecho.

Reinó un silencio tenso, hasta que él se inclinó hacia ella y preguntó: "¿De verdad parezco tan intimidante?".

Gabriela asintió para sus adentros, pero jamás se atrevería a admitirlo en voz alta.

Aunque en secreto lo admirara profundamente, en ese momento, el rostro de Wesley, con sus facciones angulosas, irradiaba una autoridad implacable.

Si decía lo que realmente pensaba, lo más probable era que se quedara sin trabajo antes de que terminara la semana.

En su lugar, esbozó su sonrisa más radiante y aduladora y le sostuvo la mirada inescrutable. "Para nada, señor Moss. En realidad, es un honor estar sentada a su lado".

La postura del otro se relajó, aunque solo fuera un poco. Se reclinó en el asiento, cerró los ojos y proyectó una frialdad tan intensa que parecía capaz de congelar el aire a su alrededor.

Paralizada por la ansiedad, Gabriela intentaba no moverse.

Decididamente, la suerte no estaba de su lado.

Hacía poco había descubierto que su novio la engañaba y, para colmo, había perdido la virginidad en una noche de borrachera. Ahora, para rematar, regresaba a casa sentada junto al mismísimo director general, tan tensa como la cuerda de un violín, contando los minutos para que el viaje terminara de una vez.

En cuanto ella pisó la acera al bajar del autobús, llenó sus pulmones con el fresco aire matutino. Por un breve y dichoso instante, la vida pareció mil veces más brillante ahora que Wesley estaba fuera de su vista.

Aubrey se le acercó, rebosante de curiosidad. "Dime, ¿cómo fue en realidad sentarse junto al señor Moss?".

Gabriela respondió con el rostro impasible: "Como una niña traviesa a la que atrapan con las manos en la masa".

Parpadeando y confundida, su compañera insistió. "¿Por qué?".

La otra soltó un suspiro teatral. "¡Porque no me atrevía a mover ni un centímetro!".

Una expresión de pura compasión cruzó el rostro de Aubrey. Sin decir más, se alejó a toda prisa, lanzándole una mirada tan afligida que resultaba casi cómica, como si acabara de presenciar una tragedia.

Gabriela frunció el ceño, tentada a llamarla, pero algo en su celular captó su atención: una nueva solicitud de amistad en WhatsApp de un contacto con un nombre extraño, una combinación de letras al azar. Pensando que era spam, la rechazó sin darle más importancia.

Casi al instante, la misma solicitud apareció de nuevo. Esta vez, venía acompañada de un mensaje: "Dejaste algo atrás".

La joven hizo memoria, intentando recordar si de verdad había olvidado algo. Hasta donde sabía, no le faltaba nada.

Estuvo a punto de ignorar el mensaje, pero entonces un destello de pánico la atravesó.

¿Y si había olvidado algo en la habitación de hotel de Brenden la noche anterior?

Se le encogió el estómago. ¡Sería un desastre!

¿Era posible que esa solicitud de amistad fuera de Brenden?

Con los nervios de punta, aceptó y escribió: "¿Qué quiere?".

Pasaron casi diez minutos antes de que llegara una respuesta. "Darte una buena lección, pequeña traviesa".

El corazón de Gabriela dio un vuelco.

¿Acaso Brenden la había oído desahogarse sobre Wesley? Eso explicaría por qué Aubrey se había marchado tan deprisa.

Pero lo que realmente la inquietaba era el tono: no parecía el de Brenden, sino más bien el del propio Wesley.

Eso no podía ser, ¿verdad?

Se pasó los dedos por el cabello y rio entre dientes, burlándose de su propia paranoia. Era evidente que estaba siendo ridícula.

Sin pensarlo más, tecleó un mensaje rápido. "Señor Saunders, sobre lo de anoche... todo fue un error. ¿Podríamos simplemente olvidarlo?".

En cuanto lo envió, la invadió la angustia. Sonaba demasiado directa. Presa del pánico, borró el mensaje y lo intentó de nuevo. "Señor Saunders, ¿cuándo le vendría bien que pase a recoger mis cosas?".

Mientras tanto, en la elegante oficina del director general, Wesley estaba sentado tras su imponente escritorio. Apretó la mandíbula al leer el mensaje de Gabriela. Presionó cada tecla con fría deliberación. "¿De verdad pensaste que soy Brenden?".

Ella casi podía sentir la tensión en el silencio, imaginando que él apretaba los dientes al otro lado de la línea. Se le hizo un nudo en el estómago mientras respondía: "¿No lo es?".

La pantalla permaneció obstinadamente en blanco. No hubo respuesta.

Su silencio solo reforzó la sospecha de Gabriela: tenía que ser Brenden, jugando con ella de la forma más cruel.

Qué ironía. Si alguien tenía derecho a enfadarse, sin duda era ella.

En estas situaciones, siempre era la mujer la que acababa pagando el precio.

Si tuviera una pizca de valor, estaría contraatacando, persiguiéndolo sin piedad. ¿Perder el trabajo? ¡¿Y qué?!

Pero en el fondo, no era tan valiente.

Gabriela se obligó a tragarse el orgullo y, con los dedos temblando, escribió: "Señor Saunders, ¿cuándo tendría tiempo? Necesito recoger mis cosas".

La respuesta fue helada y tajante. "Solo espera".

El brusco rechazo dejó a la chica tambaleándose, totalmente perdida.

¿Esperar? ¿Pero cuánto tiempo?

Con el retiro corporativo finalizado, todos se habían ido por el resto del día. El autobús los había dejado en la oficina y sus compañeros ya no estaban.

Ni siquiera Aubrey estaba a la vista. Gabriela se encontró sola en el vestíbulo, cuyo silencio y vacío no hacían más que magnificar su ansiedad.

¿Cuánto tiempo se suponía que debía quedarse allí, esperando a un hombre que claramente no tenía intención de facilitarle las cosas?

Capítulo 3 Un hombre difícil

La noche cayó sobre la ciudad, tiñéndola de sombras profundas.

Gabriela se inclinaba sobre el celular, y la pálida luz de la pantalla se reflejaba en su tenso rostro. Brenden no le había dado noticias sobre sus pertenencias y tampoco se había molestado en responder a sus frenéticos mensajes.

Un temor helado le recorrió el cuerpo. ¿Qué estaba esperando exactamente? ¿Acaso pretendía acorralarla para acostarse de nuevo con ella?

Tras el imprudente y confuso encuentro de la noche anterior, ¿aún no estaba satisfecho?

Quería marcharse, pero la ansiedad la paralizaba.

Al fin y al cabo, Grupo Apex era una empresa influyente y se consideraba afortunada de haber conseguido una pasantía aquí. Hacer enojar a Brenden, su jefe, equivalía a tirar su futuro por la borda.

Sola y con los nervios de punta, Gabriela repasaba mentalmente fragmentos del protocolo de la empresa que apenas recordaba.

Probó todos los trucos que conocía para tranquilizarse; incluso intentó calmar los frenéticos latidos de su corazón.

Al final, la realidad se impuso. Su futuro en Grupo Apex pendía de un hilo, y era Brenden quien lo sostenía.

Peor aún, la noche anterior, ebria e imprudente, había sido ella misma quien tropezó y cayó en sus brazos. ¿Y si quisiera denunciarlo? ¿Quién la apoyaría?

Cuando el reloj de la pared marcó las nueve, Gabriela se había sumido en una resignación inerte. Finalmente, el golpeteo firme de unas suelas de cuero resonó sobre el suelo pulido, un sonido que en el silencio pareció una advertencia.

"Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? ¿Quién anda por ahí a estas horas?". La voz despreocupada de Brenden, fría y pausada, rompió el silencio del vestíbulo e hizo que Gabriela se tensara.

Ella se puso de pie de inmediato, esforzándose por mantener la compostura. "Señor Saunders, por fin está aquí".

Él arqueó una ceja y preguntó: "¿En serio me estabas esperando?".

Como si no lo supiera.

Gabriela reprimió su irritación y buscaba una respuesta cortés, pero Brenden la interrumpió con un tono cortante: "¿Y qué murmurabas hace un momento?".

Se había fijado en la joven desde el primer día, principalmente por sus rasgos llamativos. Parecía dulce y delicada, la personificación de la belleza apacible, pero en realidad era fría y distante, completamente inmune a sus encantos habituales.

¿Por qué no se había ido a casa después del evento de la empresa? ¿Qué seguía haciendo en la oficina?

"Estaba recitando el protocolo de la empresa", soltó ella con la mandíbula apretada, y al instante deseó no haberlo dicho.

Aunque Brenden solía tratar bien a sus empleados, ¿y si acababa de ganarse su antipatía?

Mientras buscaba la forma de arreglarlo, una risa grave resonó en el pasillo. Gabriela se giró y vio a Wesley. Alto e increíblemente sereno, observaba la escena. Su presencia llenaba el lugar.

Sus facciones, casi cinceladas, proyectaban sombras marcadas bajo las luces. Ni la sonrisa más arrogante podía opacar su atractivo; un rostro como el suyo era magnético, sin importar la expresión.

A la chica se le desbocó el corazón. Su sola presencia bastaba para opacar a cualquier otro hombre que hubiera conocido.

Brenden soltó un bufido, divertido ante la evidente fascinación que ella sentía por Wesley.

Tenía que reconocer el encanto inigualable de su primo. Incluso Gabriela, la belleza más distante de la empresa, perdía la compostura ante él.

Ese sonido burlón la devolvió a la realidad.

Era Wesley, el hombre que firmaba sus cheques, su obsesión prohibida. Y ahí estaba ella, mirándolo embobada como una adolescente. ¿Acaso tenía un deseo suicida?

Gabriela se obligó a concentrarse en su objetivo: recuperar sus cosas de manos de Brenden. Volvió a centrar su atención en él. "Señor Saunders, sobre lo de anoche...".

Antes de que pudiera añadir una palabra más, la voz de Wesley cortó la tensión. "Brenden, ve por el auto".

Wesley siempre tenía su propio chófer, pero Brenden supo que era mejor no discutir. Asintió con rigidez y se marchó sin una sola queja.

Ahora Gabriela estaba atrapada en el silencioso vestíbulo con Wesley, con el corazón latiéndole tan fuerte que apenas podía respirar. ¿Qué se suponía que debía hacer?

El rostro del varón era indescifrable, pero su mirada gélida la hizo preguntarse si habría notado algo entre ella y Brenden.

Afuera, este último llegó con el auto justo cuando su celular vibró. Al ver que era su novia, se despidió de Wesley con un gesto alegre y se marchó a toda prisa, ansioso por empezar su noche.

El otro no le prestó atención. Se deslizó en el asiento del conductor y cerró la puerta con un gesto definitivo.

Por un instante, Gabriela exhaló, inundada de alivio. Quizá ahora podría escapar.

La presencia de Wesley era tan intensa que apenas se atrevía a respirar a su lado.

Pero antes de que pudiera moverse, la ventanilla del carro bajó. Esos ojos, oscuros y escrutadores, se posaron en ella. "¿Cómo piensas volver a casa?".

Tratando de sonar casual, Gabriela respondió: "Oh, tomaré el autobús, señor Moss".

Él frunció el ceño. "Sube".

Una ola de pánico la invadió. La idea de que el director general la llevara a casa era impensable. Sacudió la cabeza rápidamente, levantando las manos en un gesto de rechazo. "No, de verdad, no se moleste. Puedo tomar el autobús, en serio".

Wesley le lanzó una mirada tan indescifrable que un escalofrío le recorrió la espalda.

Casi sin aliento, ella abrió con cuidado la puerta trasera del auto. La distancia era seguridad, y en ese momento necesitaba toda la que pudiera conseguir.

Antes de que pudiera acomodarse, la voz del otro, fría y afilada, cortó el silencio. "¿Acaso parezco un taxista?".

Aunque su tono era superficialmente cortés, la dureza subyacente hizo que a Gabriela se le encogiera el corazón. Avergonzada, cerró la puerta trasera y se deslizó en el asiento del copiloto, abrochándose el cinturón con manos temblorosas.

Permaneció en completo silencio durante todo el trayecto. El rostro de Wesley se mantuvo gélido, con la mandíbula tensa y los labios apretados en una línea severa.

Gabriela apretaba su bolso con tal fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Los dedos le temblaban sin control.

Tras las interacciones de ese día, comprendió que él era, sencillamente, un hombre difícil, con un humor tan impredecible como una tormenta.

En ese mismo instante tomó una decisión: de ahora en adelante, mantendría su distancia.

Cuando se detuvieron en un semáforo en rojo, Wesley pareció a punto de decir algo, pero tras un momento de vacilación, se limitó a mirar al frente en silencio.

Incluso después de que ella se bajó del auto, él conservaba esa misma expresión de frío desdén.

A Gabriela se le oprimió el pecho, una mezcla de frustración y un agudo sentimiento de injusticia.

Ella no había hecho nada malo. No le había pedido que la llevara; entonces, ¿por qué se mostraba tan molesto?

Pero el desánimo se disipó y dio paso a la irritación cuando, en ese preciso instante, vio a su exnovio, Dustin Owen, de pie junto a la entrada de su edificio.

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