Estaba a punto de casarme con Holden Dalton, quien era el heredero de un vasto imperio inmobiliario.
Durante tres años, el mundo fue testigo de nuestro romance de ensueño y de cuento de hadas: la pobre estudiante de arte que había logrado conquistar el corazón de un príncipe. Pero en la víspera de nuestra boda, descubrí la verdad: toda nuestra relación había sido una mentira; un cruel "experimento social" de tres años que él orquestó para humillarme y así entretener a su amor de infancia, Estella.
La verdad salió a la luz a raíz de un accidente de auto que reveló mi embarazo de tres meses. Con el corazón destrozado, ingresé sola a una clínica y dejé atrás a nuestro bebé en una fría mesa de operaciones, pero mi dolor solo era parte de su diversión. Luego simularon un secuestro, y Holden eligió "salvar" a Estella sin dudarlo, dejando que yo cayera de un acantilado sobre una bolsa de aire, mientras sus amigos reían.
En una gala benéfica para un centro de arte en el que yo había puesto mi alma, él le dio públicamente todo el crédito a esa mujer, señalándome como fraude.
El escándalo resultante hizo que mi mentor muriera de un infarto. Ellos simplemente enviaron a su funeral un pastel de "condolencias" que decía en su alegre cobertura: "¡Lamentamos tu pérdida! ¡Otra víctima de la broma!". Estaba firmada por ambos.
En ese momento la última parte de mi corazón se transformó en piedra. Entonces me alejé de la tumba, tomé mi teléfono con manos temblorosas e hice una llamada.
"Gael, perdí la apuesta. Estoy lista para irme", alcancé a decir con voz entrecortada.
Capítulo 1
La élite de Nueva York estaba vibrando ante la noticia del casamiento de Holden Dalton, heredero del imperio inmobiliario Dalton. Sin embargo, la alta sociedad de la ciudad, que debía estar celebrando, estaba en shock debido a que su prometida no era parte de ella.
Se trataba de Kenia Hayes, una estudiante de arte proveniente de un barrio duro de Brooklyn.
Holden había exhibido su amor por ella durante tres años, siendo capaz de cruzar el mundo en un jet privado solo para consolarla cuando extrañaba su hogar. Además, le compró para su cumpleaños una isla privada de varios millones de dólares. Incluso canceló un trato de mil millones de dólares solo porque el hijo de la otra parte hizo un comentario grosero acerca del origen de Kenia.
Todos los veían como parte de un cuento de hadas moderno donde la chica pobre lograba conquistar el corazón de un príncipe.
Pensaban que estaban ante la historia de amor perfecta, pero en la víspera de la boda más esperada de la década, Kenia Hayes preparó tres regalos para su amado prometido.
Su primer regalo era el vestido de novia, que había estado diseñando durante tres años, poniendo cada gramo de su amor y talento en la seda y el encaje. Después de envolverlo cuidadosamente, se lo envió a Estella Duncan, el amor de infancia de su novio.
Su segundo regalo era para la abuela de él, la matriarca de la familia Dalton, Annabella Blake. Se trataba de un acuerdo para dar fin al compromiso, que la joven firmó sin dudar.
Su tercer regalo era el más personal. Ingresó sola a una clínica privada y se acostó en una fría mesa para salir una hora después, dejando atrás un embarazo de tres meses que apenas acababa de desarrollar un latido.
Su historia de amor había sido una mentira. Incluso su vida durante los últimos tres años, había sido una mentira.
Todo era simplemente un juego, un cruel "experimento social" que Holden había iniciado para humillarla, con la finalidad de entretener a Estella.
Mientras la anestesia desaparecía lentamente, la voz del médico resonaba en sus oídos como un zumbido distante y confuso. "El procedimiento fue exitoso. Debe descansar y cuidarse. Evite el agua fría y levantar objetos pesados".
Kenia sentía un dolor sordo en su abdomen inferior, un vacío hueco que no tenía nada que ver con la cirugía.
Su teléfono vibró en la mesa de noche con un mensaje de Holden. "Cariño, ¿sigues enojada? Estella acaba de regresar, y debo pasar algo de tiempo con ella. Regresaré a casa en un par de días. Te amo".
Una sonrisa de amargura y resignación se dibujó en los labios de la joven. Él no tenía idea, pues no había estado en casa en semanas. El hombre no sabía que ella lo había visto con Estella la noche anterior, besándose en el jardín de su ático, así que no supo que ella se sintió tan devastada que caminó directamente en busca de un taxi.
Él no tenía idea de que un accidente de tráfico había revelado su embarazo, así como tampoco sabía que ella acababa de poner fin a todo.
Entonces escribió una respuesta alegre y sencilla. "Está bien, no te preocupes por mí. ¡Diviértete!".
Presionó enviar, mientras la mentira dejaba un sabor amargo a cenizas en su boca, y sentía una lágrima escapar, trazando un camino frío por su mejilla.
La secó rápidamente, decidiendo no llorar por él nunca más, no después de lo que había escuchado.
Después del accidente de auto, el médico le había dicho que estaba embarazada, y por un momento había sentido una oleada de esperanza: un bebé. Quizás un bebé haría que, finalmente, Holden se enfrentara a su familia, y a Estella. Quizás lograría que su amor fuera real.
Pero luego regresó al ático con el cuerpo dolorido, y el corazón lleno de una esperanza frágil. Entonces los escuchó. Holden y Estella reían en la sala de estar.
"¿No es divertidísimo? Piensa en la expresión que pondrá cuando me elijas", dijo la mujer, destilando veneno.
"Por supuesto que te iba a elegir a ti, Stella. No era más que una broma, la número noventa y ocho", respondió él, con la misma voz que usaba para susurrar "te amo" a Kenia cada noche.
Estaban hablando de un secuestro falso. Eso era otro de sus juegos retorcidos.
La esperanza de Kenia se rompió en un millón de pedazos diminutos, como un cristal frágil. Se dio cuenta de que la única manera de finalizar el juego era abandonar completamente el tablero. No podía traer al bebé a este mundo de mentiras y crueldad. Merecía algo mejor.
Ella también merecía algo mejor, así que hizo sus citas: el abogado, y también la clínica.
Ahora, ya estaba hecho.
Se vistió con lentitud, y cada movimiento le recordaba su pérdida con dolor. Al salir de la clínica al frío aire de New York se sintió extrañamente ligera, a pesar del vacío en su interior.
Cuando regresó al ático lujoso que Holden llamaba su hogar, una criada derramó deliberadamente un cubo de agua fría en el suelo, frente a ella.
"Oh, lo siento mucho, señorita Hayes, no la vi". La voz de la criada estaba cargada de burla, mientras el resto del personal se reía por lo bajo.
La joven no reaccionó. Se limitó a caminar a través del charco, mientras el agua helada se filtraba en sus zapatos. Sintió un calambre agudo en el estómago, pero su expresión seguía siendo indiferente.
Se aferró a su vientre plano al sentirse inundada por una nueva ola de dolor, pero logró reprimirla.
El mayordomo principal, el señor Thompson, se acercó con una sonrisa falsa. "Señorita Hayes, volvió. El señor Dalton ha estado tan preocupado".
"¿Dónde está él?", preguntó Kenia, con voz monótona.
El hombre se rio. "Señorita Hayes, usted ha estado con el señor Dalton durante tres años. ¿No tiene idea de dónde está? Está con la señorita Duncan, por supuesto. Ella es la verdadera señora de esta casa".
Mientras se dirigía a su habitación, podía escuchar los murmullos de los miembros del personal, quienes apostaban sobre cuánto tiempo se quedaría, ahora que la "verdadera" prometida había regresado.
La consideraban una vividora que nunca se iría, pero estaban equivocados. Ella iba a desaparecer de sus vidas para siempre.
Fue a su habitación para empacar su pequeña maleta, pues no había mucho que llevar. Antes de Holden, su vida había sido sencilla.
Sin embargo, al abrir su cajón, vio que su pasaporte e identificación habían desaparecido. Asustada, buscó por todas partes, ya que no podía irse sin ellos. Estaba atrapada.
Esa noche, la fiebre se apoderó de ella, provocando que se agitara en la enorme cama, con el cuerpo dolorido y la mente llena de pesadillas.
En algún momento después de la medianoche, la despertaron voces fuera de su puerta. Eran Holden y Estella.
"Holden, cariño, ¿estás seguro de que deberíamos hacer esto? Ella acaba de tener ese pequeño accidente", comentó la mujer con una voz dulce, pero venenosa.
"Es la próxima broma, Estella. Ya todo está preparado. Será la mejor hasta ahora", respondió él, con voz baja e íntima. "No te preocupes, ella es fuerte".
Kenia sintió que se le helaba la sangre al escuchar que estaban planeando algo más: otra humillación.
Tenía que irse, ahora.
A la mañana siguiente, Kenia sentía un frío que no tenía nada que ver con su fiebre. Recordaba las palabras que había dicho Holden la noche anterior, y la crueldad casual en su voz mientras planeaba la próxima "broma" con Estella.
Caminó hacia el estudio de él, un lugar donde normalmente era bienvenida, y encontró la puerta entreabierta.
Escuchó sus voces de nuevo: "¿Estás seguro de que es una buena idea, Holden? Un secuestro falso es demasiado", comentó Estella.
"Es perfecto", respondió él, con naturalidad. "Tendremos a dos personas atadas y yo estaré en una video llamada, teniendo que elegir a quién salvar. Será la prueba definitiva de mi amor por ti, querida".
Kenia sintió que se detenía su corazón.
"¿Pero qué pasaría si se asusta? ¿Y si se lastima de verdad?", preguntó la mujer, con un tono de preocupación falsa en su voz.
"No te preocupes, ya todo está preparado, y habrá una bolsa de aire. Es nuestra broma número noventa y ocho. Tenemos que hacerla memorable, antes del gran final".
El gran final. La boda, donde planeaban revelar todo y reírse a costa de ella.
"¿Y qué pasará si empiezas a sentir pena por ella?", lo presionó Estella.
Luego hubo una pausa, y Kenia contuvo la respiración.
"¿Sentir pena por Kenia?", dijo Holden, con una risa fría y vacía. "Nunca. Esto siempre se trató de ti, Estella. Siempre fue por ti".
"Oh, Holden", murmuró ella, satisfecha. "Yo sabía que todavía me amabas más".
Desde la puerta, Kenia retrocedió tambaleante, con el cuerpo entumecido, sintiendo que no podía respirar. Cada palabra amorosa, cada toque tierno de los últimos tres años había sido mentira, una simple actuación.
Regresó a su habitación y colapsó sobre la cama, temblorosa.
Pocas horas después, su teléfono sonó. Era Holden. "Hola, cariño, lamento lo de anoche. Te extraño", le dijo con calidez falsa en su voz. "Escucha, necesito que me hagas un favor".
Le pidió que entregara un documento en una villa lejana, situada junto a un acantilado, indicándole que era urgente, por un negocio. Además, le dijo que fuera sola, y que no le contara a nadie.
"Y Kenia, ponte ese vestido blanco que tanto me gusta", añadió.
Ella supo que se trataba de una trampa; el inicio de esa broma cruel. Sin embargo, su pasaporte y su identificación todavía estaban desaparecidos. Él los tenía, y la tenía a ella bajo su control.
"Te devolveré tu pasaporte y tu identificación justo después de que hallas entregado el documento", agregó, como si hubiese leído su mente.
Ella no tenía elección. "Está bien", susurró.
El viaje fue largo. Su fiebre empeoraba y le dolía el cuerpo. Cuando finalmente llegó a la villa, el sol se estaba poniendo, proyectando sombras largas y siniestras.
Cuando intentó tocar el timbre, dos hombres enmascarados la sujetaron desde atrás para arrastrarla adentro, atarla a una silla, y ponerle una bolsa en la cabeza.
Cuando le quitaron la bolsa, pudo ver a Estella atada a una silla, frente a ella. La mujer lloraba, y su maquillaje se había corrido. Su actuación era convincente.
Colocaron una computadora portátil frente a ellas y la pantalla cobró vida, mostrando el rostro apuesto y preocupado de Holden.
"¡Holden! ¡Ayúdanos!", gritó Estella.
Uno de los enmascarados habló con la voz distorsionada electrónicamente: "Holden Dalton. Solo puedes salvar a una. Tu prometida o tu pequeña artista. Escoge".
El rostro de Holden era una máscara de angustia, mirando de Estella a Kenia.
Por un loco segundo, el corazón de Kenia latió con una pizca de esperanza. ¿Acaso la iba a elegir a ella? Después de tres años, ¿significaba algo para él?
"Elijo a Estella", dijo Holden, sin rastro de duda. "Pagaré lo que sea; solo déjela ir".
Luego miró a Kenia, con los ojos llenos de una falsa compasión. "Lo siento mucho, Kenia, en verdad lo siento".
Dicho esto, colgó.
La última chispa de esperanza en la joven se había extinguido para siempre.
Entonces los hombres desataron a Estella y se la llevaron, dejando a Kenia sola en la habitación oscura.
Luego regresaron por ella y la arrastraron hacia una gran ventana con vista al acantilado.
"Él no te eligió", susurró uno de ellos. "Ahora pagarás el precio".
La empujaron hacia el borde de la ventana, donde el viento agitaba su cabello alrededor de su rostro. Abajo, solo había oscuridad, y el sonido de las olas rompiendo.
"Por favor", susurró ella, sin saber a quién le estaba suplicando.
Después, instintivamente, dijo su nombre: "¡Holden!". Pero enseguida se detuvo.
¿Por qué llamaba al hombre que acababa de condenarla a muerte? Sentía que su corazón estaba siendo arrancado del pecho.
"Danos el documento, o caerás", dijo el hombre.
Ella apretó el documento contra su pecho. Era el último favor que él le había pedido que hiciera, e incluso ahora, alguna parte rota de ella quería seguir siendo leal.
De repente, el hombre la soltó y ella perdió el equilibrio, inclinando su cuerpo sobre el borde. Mientras caía, la invadió una extraña sensación de paz.
Esto era todo, el fin del dolor.
Cerró los ojos, esperando el impacto, pero nunca llegó porque cayó rebotando sobre algo suave: una bolsa de aire.
Las risas estallaron a su alrededor y los hombres se quitaron las máscaras. Eran amigos de Holden. Estella estaba allí, mirándola, con una sonrisa burlona y triunfante en su rostro.
"¿En verdad pensaste que él te iba a escoger?", se burló uno de ellos. "Todo fue una broma, idiota".
"Realmente creyó que él la amaba", dijo otro, riéndose. "Incluso gritó su nombre antes de caer".
La joven yacía sobre la bolsa de aire, mirando la burla en sus rostros, mientras el mundo giraba a su alrededor. La humillación había sido un golpe físico, peor que cualquier caída.
Esa era la broma número noventa y ocho. Un juego que jugaron con su vida, con su corazón, y ella había caído completamente en él.
Estella se acercó, con sus tacones resonando sobre el pavimento, y recogió el documento que había caído junto a Kenia.
"Gracias por traer esto, Kenia", dijo, con una dulzura que estaba lejos de ser auténtica. "Es la escritura de una villa en Francia, un pequeño regalo de bodas que me hace Holden".
Este apareció, acercándose a Estella y rodeándola con su brazo, mientras su rostro reflejaba preocupación.
"¿Estás bien, querida? ¿Te asustaron?", preguntó, ignorando por completo a Kenia, quien seguía en el suelo.
"Estoy bien, Holden, solo me asusté un poco", respondió Estella, recostándose en él.
El hombre la besó en la frente. "Vamos a llevarte a casa y haré que mi médico te revise".
Entonces la condujo lejos, sin siquiera mirar a Kenia. Sus amigos los siguieron, todavía riéndose.
La dejaron sola en la oscuridad, con el frío penetrando en sus huesos.
Se incorporó lentamente, y vio su pasaporte y su identificación en el suelo. Él había cumplido su promesa, aunque con la mayor crueldad posible.
Los recogió y sacó su teléfono para buscar entre sus contactos un número que no había marcado en mucho tiempo, y que había obtenido después de una apuesta hacía seis meses.
El teléfono sonó una vez, y contestó una voz profunda y calmada. "Gael Simpson".
Las lágrimas corrían por el rostro de la joven. "Gael", alcanzó a decir. "Perdí la apuesta, y estoy lista para irme".
"Arreglaré lo del visado", respondió él con una voz cálida y firme. "Te recogeré en una semana". Luego agregó, con un toque de sonrisa en su voz: "Sabía que llamarías".
Después que ella colgó, apareció la secretaria de Holden, una mujer llamada Sarah, quien la ayudó a levantarse, con el rostro lleno de compasión.
"El señor Dalton me pidió que la llevara a casa, señorita Hayes", dijo con suavidad. Luego le entregó un pastelito caliente, de una panadería conocida. Era el favorito de la joven.
La visión de ese pequeño símbolo de un amor que nunca fue real, la quebró, haciendo brotar las lágrimas que había estado conteniendo, calientes y rápidas.
El estrés, la caída y el frío finalmente le pasaron factura. Kenia se desmayó y su fiebre subió. Tras unas horas, la mujer despertó en una cama de hospital.
Holden estaba sentado a su lado, pelando cuidadosamente una manzana, luciendo como el prometido perfecto y atento. "Estás despierta", dijo con suavidad, y tomó su mano. "Me asustaste. ¿Por qué no me contaste que estabas enferma?".
Kenia miró su rostro, el rostro apuesto que había amado tanto. Recordó todas las veces que él había cuidado de ella y todas sus grandes demostraciones. Incluso llegó a pensar que él era su ángel guardián, pero ahora sabía que era su demonio personal.
"El incidente de esta mañana está en todas las noticias", dijo, con seriedad en su voz. "No le comentes nada a la prensa, yo me encargaré".
Ella notó un destello de algo en sus ojos, como si ocultara alguna cosa.
Cuando él salió a hablar con el médico, ella tomó su teléfono.
Los titulares eran brutales. "La prometida de Holden Dalton estuvo en un falso secuestro". Sin embargo, los artículos no eran sobre ella, sino acerca de Estella. Los medios pintaban a esta última como la víctima de una cruel broma, y a ella como la celosa y desequilibrada otra mujer que podría haberla orquestado.
Entonces la vio. Era una publicación de la cuenta oficial de Holden.
"Estella es la mujer más importante en mi vida. No voy a dejar que nadie le haga daño. Las bromas han llegado demasiado lejos; siempre la voy a proteger".
Más abajo, Estella había respondido: "Algunas personas harían cualquier cosa por conseguir atención. Es tan patético".
Los comentarios eran un torrente de odio, totalmente dirigido a Kenia. "Vividora". "Psicópata". "Deja a Holden y Estella en paz".
Él la había echado a los lobos para hacer parecer a Estella como una santa. La estaba utilizando una última vez.
Holden regresó a la habitación, con una sonrisa gentil en su rostro. "El doctor dijo que lo único que necesitas es descansar", dijo. "¿Qué ibas a decirme, allá en la villa, antes de... caer?".
Él seguía jugando el juego.
"Nada", dijo la joven, con una voz vacía.
Entonces sonó el teléfono de él. Era Estella. Se volteó para contestar, hablando en un susurro confidencial. "Iré enseguida, querida".
Luego colgó y se dirigió a Kenia. "Quédate aquí y mejórate. La gala benéfica para tu centro de arte es en tres días. Haré que un auto te recoja". Entonces salió de la habitación sin mirar atrás.
Kenia miró la manzana que él había pelado, cortándola incluso en pequeñas formas de estrella, tal como a ella le gustaba.
Entonces recordó que era alérgica a las manzanas. Era Estella a quien le encantaban.
Incluso en este pequeño gesto íntimo, las había confundido. O quizás nunca la había visto realmente.