Héctor Alarcón llevaba cinco años practicando el arte de la invisibilidad. A sus cincuenta y cinco años, no había gozado de tanta paz desde su juventud.
Quince años después de la muerte de su esposa, y cinco años después de ceder las riendas de su vasto imperio financiero a su hijo, Daniel, su vida se había reducido a una rutina de una simplicidad monacal: despertar temprano, pintar en su estudio privado, y almorzar en el mismo rincón apartado del restaurante Le Brise, un lugar lo suficientemente elegante para asegurar la calidad y lo suficientemente discreto para ahuyentar a los cazadores de fortunas y a los antiguos socios de Wall Street.
Ese día, la luz de otoño se filtraba por el ventanal, tiñendo de oro pálido la punta de su lápiz. Estaba absorto, esbozando los pliegues de la cortina con una concentración que pocos imaginaban en el hombre que una vez había manejado el flujo de efectivo de medio continente. Vestía una camisa de lino azul cielo, desabrochada en el cuello, con una pequeña mancha de ocre en el codo, el uniforme casual que había adoptado para su retiro. No parecía un hombre cuyo valor neto superaba la capacidad de cálculo de la mayoría de los presentes. Parecía, simplemente, un viudo con buen gusto que había encontrado un hobby tardío. Y esa, precisamente, era su identidad más preciada.
Había pedido un café, pero no lo había tocado. Su alma, sin embargo, estaba tocada por una sensación menos agradable: el tedio. Su último proyecto de abstracción estaba estancado. Su calma era perfecta, inmaculada, y en cierto modo, sofocante. La paz, pensó, era la forma más lenta de la muerte. Estaba a punto de rendirse a la perfección del boceto cuando una sombra se cernió sobre su mesa, densa y cargada de prisa, como un frente frío en un día soleado.
Una mujer joven, vestida con un traje de pantalón de lana gris tan impecable que parecía recién salido de una pasarela, se detuvo abruptamente frente a él. Tenía el cabello recogido en un moño estricto, ojos grandes y ansiosos que barrían la sala con una intensidad nerviosa, y un maletín de cuero italiano que sostenía como si fuera un escudo. Su rostro era hermoso, sí, pero marcado por la tensión crónica, el tipo de tensión que solo da el poder o el miedo a perderlo.
Clara Montero, de treinta y cuatro años, no parecía ver a Héctor, el hombre, sino a un obstáculo, o peor aún, a una solución.
-¿Roberto?- preguntó Clara, con la voz baja y rápida, casi como un susurro conspirativo.
Héctor levantó la mirada, dejando el lápiz a un lado. La luz del sol atrapó un destello de diversión en sus ojos grises. Reconoció el patrón de inmediato: la eficiencia brutal que sacrifica los modales por el tiempo. La había practicado durante treinta años.
-Adelante- dijo Héctor, inclinando levemente la cabeza, invitándola a continuar con esa extraña ópera que acababa de comenzar.
Clara no perdió el ritmo. Asumió el "adelante" como una confirmación y deslizó la carpeta que llevaba sobre el borde de la mesa de Héctor. El movimiento fue brusco, el sonido fue un recordatorio de que ese lugar, para ella, no era un oasis, sino un punto de encuentro logístico.
-Bien. No tenemos tiempo, así que seré concisa- continuó Clara. Su respiración era superficial. -Mi asistente le explicó la situación general. La cláusula legal es innegociable. Necesito un marido legal inmediatamente. El acuerdo es puramente transaccional.
Héctor observó cómo el sol jugaba en su impecable gemelo de plata. Esperaba el siguiente punto, fascinado por la audacia.
-El contrato prenupcial garantiza mi total independencia financiera. Usted no tiene derechos sobre mis activos ni yo sobre los suyos- explicó Clara con un tono que sugería que él, "Roberto", no tenía activos significativos de todos modos. -Mi familia solo necesita la formalidad. El matrimonio es de fachada, de un año, con una opción de salida si mis objetivos se cumplen antes.
Héctor sonrió por dentro. ¡Qué maravilla! Una crisis existencial convertida en un plan de negocios de tres puntos.
-A cambio de su cooperación, usted mantendrá su perfil bajo y recibirá un anticipo de diez mil dólares hoy, en efectivo o transferencia, y un salario mensual fijo de cuatro mil dólares- Clara ni siquiera parpadeó al pronunciar la cifra. Para ella, era el coste de un trámite. Para Héctor, la tarifa por su tiempo era una absoluta, deliciosa burla. -Debe estar presente en los eventos sociales que yo designe, y solo responderá a las preguntas sobre nuestra 'historia de amor' que yo le provea. Una vez que sea oficial, recibirá su primera transferencia. Mi abogado nos espera a veinte minutos. ¿Vamos?
Clara ya estaba dando media vuelta, esperando la obediencia silenciosa del hombre que había aceptado un pago por vender su nombre.
Fue ese gesto-el girarse, asumiendo la sumisión-lo que incitó a Héctor. Había pasado décadas mandando, dirigiendo y negociando; la idea de ser un accesorio pagado lo encendió.
-Permítame detenerla ahí- dijo Héctor, con una voz profunda que cortó la tensión en el aire. Su tono no era de debate, sino de autoridad indiscutible.
Clara se detuvo en seco, visiblemente molesta. El tiempo era su enemigo y cualquier retraso era una ofensa personal. -No tenemos tiempo para más detalles, señor. ¿Acepta o no? Las condiciones no cambiarán.
Héctor se puso de pie lentamente, revelando su estatura. Se ajustó el puño de lino con el gemelo de plata. -No. No acepto.
El alivio y la frustración se mezclaron en el rostro de Clara. Estaba a punto de emitir una disculpa fría y de llamar a su asistente para la "Opción B," cuando Héctor continuó.
-Lo siento, señorita- dijo él, con una sonrisa ligera y genuina. -No soy Roberto.
El shock la paralizó. Clara entrecerró los ojos y finalmente vio a Héctor por primera vez: la camisa cara, el aire de confianza que nada tenía que ver con la necesidad. El hombre en su radar era un pintor de poca monta, no esta figura tranquila y dominante.
-Dios mío- murmuró Clara, sintiéndose mortificada. -Mis más sinceras disculpas. Mi asistente me dio una descripción vaga y asumí que...
-No asuma- le interrumpió Héctor suavemente. -Nunca asuma en un negocio, o en la vida. Es un error costoso. Sin embargo...
Clara lo miró fijamente. Se estaba yendo, pero la curiosidad la retenía.
-...sin embargo, usted me ha dado una idea fascinante- Los ojos de Héctor se posaron en la carpeta. -Veo el nivel de estrés que maneja, el calibre de la presión que la obliga a contratar a un extraño. Y a mí, francamente, me vendría bien un proyecto. Un poco de caos organizado para sacarme de mi aburrimiento existencial como pintor.
Clara se recompuso, su mente profesional volviendo a tomar el control. -¿Un proyecto? ¿Está sugiriendo...?
-Estoy sugiriendo que, aunque no soy Roberto, y tengo la certeza de que mi tiempo libre es inestimablemente más valioso que su salario mensual, acepto su propuesta de matrimonio.
Clara parpadeó. -¿Usted? Pero, ¿quién es usted?
-Mi nombre es Héctor Alarcón. Soy un viudo que se dedica a la pintura. Tengo cincuenta y cinco años. Y tengo demasiado tiempo libre- explicó, sin mentir, pero escondiendo el 99% de la verdad. -Sus preguntas son precisas, su acuerdo es limpio, y su desesperación es la más interesante que he visto en años. Lo tomaré.
Clara hizo un cálculo mental rápido. Estaba contra el reloj. Este hombre era inusual, pero estaba bien vestido, era inteligente y no parecía un psicópata. Lo mejor de todo: ya estaba allí.
-Aceptado, Héctor- dijo Clara, volviendo a su tono de CEO. -Pero quiero que quede claro: cualquier intento de inmiscuirse en mis negocios o de violar las cláusulas de no injerencia anulará el acuerdo y no recibirá ni un centavo más.
Héctor sonrió ampliamente, una sonrisa que rara vez había usado desde su jubilación. Era la sonrisa de un hombre que acaba de ganar una mano con un par de sietes. -Perfecto. Y para que el trato sea limpio y, más importante, entretenido para mí, exijo que me pague el salario acordado.
-¿De verdad necesita el dinero?- preguntó Clara con un toque de condescendencia, asumiendo que el excéntrico viudo estaba en apuros.
-Necesitar es una palabra fuerte- respondió Héctor, tomando la carpeta y firmando un papel con el bolígrafo de Clara. -Pero quiero el pago. Quiero que la transacción sea clara. Es el precio de mi cooperación. Ahora, si su abogado nos espera, no hagamos esperar a la ley.
Clara Montero lo miró. Su confusión no se había disipado, pero el tiempo se agotaba. Asumió que Héctor era un viudo extraño, quizás un poco snob, que había perdido dinero en el mercado y ahora tenía que recurrir a la vergüenza por un ingreso extra. La idea le causó un leve sentimiento de superioridad que la tranquilizó. Él necesitaba el dinero; ella necesitaba el estatus. Un trato justo.
-Vamos, Héctor- dijo Clara, y por primera vez, hubo un atisbo de alivio en su voz.
Héctor la siguió, dejando el boceto incompleto en la mesa. Mientras salían del restaurante, la mente de Clara ya estaba en la oficina legal y en las transferencias bancarias. La mente de Héctor, sin embargo, estaba calculando la jugada:
El riesgo: Cero. Su fortuna estaba en fideicomisos intocables.
El beneficio: Máximo. Una distracción intensa, un experimento social, y una mujer fascinante que lo trataba con la condescendencia de un empleado, el mejor disfraz que podría haber imaginado.
Se acababa de casar con una mujer a la que le había mentido sobre todo, excepto sobre su nombre. Y ella, la mujer de negocios, se había casado con un hombre que la superaba en valor monetario por cien a uno, creyendo que le estaba haciendo un favor.
El juego había comenzado. Y por fin, Héctor no estaba aburrido.
El viaje de veinte minutos a la oficina legal de Clara Montero fue un estudio en contrastes. El aire acondicionado del Lexus negro de Clara era tan frío como el silencio que llenaba el habitáculo. Clara había ordenado a su conductor, un hombre llamado Ricardo tan discreto que parecía una extensión del asiento, que se dirigiera a las oficinas de Sterling & Roth, el bufete que manejaba los asuntos de su familia.
Clara iba sentada en el asiento trasero, la carpeta del acuerdo matrimonial sobre su regazo. Su rostro, antes marcado por el pánico, ahora mostraba una concentración clínica. Había resuelto un problema. Sin embargo, la extraña calma de Héctor Alarcón la irritaba.
Héctor, sentado a su lado, había regresado a su cuaderno. En lugar de dibujar los pliegues de la cortina del restaurante, ahora estaba esbozando el perfil tenso de Clara. Capturó la ligera franja en su frente y la forma en que sus dedos se aferraban a su maletín. Era un retrato de la angustia financiera de la élite.
-¿No le molesta el silencio, Héctor?- preguntó Clara, sin girar la cabeza. Su voz era plana, profesional.
Héctor no levantó la vista del boceto. -En absoluto, Clara. Es un lujo. En mis días de... en mi época de trabajo, el silencio era un bien tan escaso como la honestidad. Aprovéchelo.
-Mi silencio no es un lujo, es una eficiencia. No tengo tiempo para conversaciones triviales con...
-...su marido a sueldo. Lo entiendo. Pero en este momento somos socios en una transacción muy poco convencional. Y los socios, a veces, necesitan medir las debilidades del otro.
Clara finalmente se giró hacia él, su irritación palpable. -¿Y cuál es mi debilidad, según su boceto?
Héctor cerró el cuaderno con un chasquido. -Usted está asustada. Y subestima a la gente. Aceptó mi propuesta sin ver mi identificación, sin saber quién soy, solo porque el tiempo se acaba. Eso no es eficiencia, es desesperación.
El golpe fue directo. Clara sintió el calor en sus mejillas, una sensación que rara vez experimentaba.
-Mi asistente verificó su perfil público. Es un pintor. Viudo. Vive modestamente. Lo que yo asumo es suficiente para la formalidad, y lo que usted me ha costado hoy es considerable. El acuerdo prenupcial es la única protección que necesito.
-En ese caso, la invito a que, al menos, revise mi nombre completo antes de que sea oficial. Para que duerma tranquila.
Clara lo ignoró, volviendo su mirada a la calle, pero el comentario había sembrado una semilla de duda.
Al llegar a Sterling & Roth, fueron recibidos por el abogado principal de Clara, el señor Vargas, un hombre delgado y ansioso que conocía la gravedad de la presión familiar.
-Señorita Montero, me alegra que haya llegado. Y usted debe ser...- Vargas se detuvo, esperando la presentación de "Roberto".
-Él es Héctor Alarcón. Mi prometido- dijo Clara con un aire de finalidad. -Procedamos con el prenupcial.
El señor Vargas, confundido por el cambio de nombre de última hora, solo asintió con cautela.
El acuerdo prenupcial era un documento de cincuenta páginas, denso y cruel. Detallaba con precisión quirúrgica que Héctor no obtendría nada: ni propiedades, ni acciones, ni acceso a cuentas. Su única compensación era el "salario" mensual por sus servicios como marido de fachada.
Héctor tomó el documento con la calma de un hombre que solía firmar acuerdos de adquisición mil veces más complejos. Clara esperaba que él lo hojeara sin entender o que se ofendiera. En cambio, Héctor se tomó su tiempo, leyendo línea por línea.
-Vargas -dijo Héctor de repente, sin levantar la vista. -¿Puede aclarar la Cláusula 4.B? La definición de 'injerencia' es demasiado vaga. ¿Un consejo de negocios no solicitado se consideraría una violación?
Clara se tensó. El señor Vargas, un abogado acostumbrado a la sumisión, tartamudeó. -Bueno, señor... Alarcón. La cláusula está ahí para proteger a la señorita Montero de cualquier intento de control o manipulación de sus activos.
-Lo entiendo, pero si mi 'salario' implica que mi tiempo es valioso, y veo que la señorita Montero está a punto de cometer un error corporativo evidente, ¿un comentario casual no puede considerarse parte del servicio de consultoría matrimonial que me está pagando?
-No- cortó Clara. -La injerencia es cualquier acción que vaya más allá de mi guion. Punto.
Héctor le sonrió. -Bien. Entonces propongo una enmienda: una cláusula de no injerencia recíproca. Yo no me inmiscuiré en sus negocios si usted no se inmiscuye en mis actividades de pintura. No quiero que me pregunte sobre mis lienzos, mis técnicas o el precio de mis materiales.
Clara lo miró sorprendida. Había pensado que ese era su punto de control sobre su "empleado". Aceptó a regañadientes.
La firma fue rápida. Cuando terminó, Clara deslizó una tablet hacia Héctor.
-Bien, ahora el asunto del salario. El anticipo ya está en su cuenta de cheques. Pero necesito que me confirme el número de cuenta donde desea que se haga la transferencia mensual. Y por favor, una cuenta sencilla. No quiero problemas con transferencias bancarias internacionales.
Héctor la miró. Ella le estaba pidiendo los datos bancarios del ex-CEO multimillonario de la ciudad, asumiendo que el número sería el de una cuenta con unos pocos cientos de dólares.
-No se preocupe por el tipo de cuenta, Clara. Solo transfiera. Le aseguro que el banco la manejará- dijo Héctor, anotando en el teclado el número de cuenta de su fideicomiso personal para "gastos misceláneos", un número que, si Clara hubiera sido más cuidadosa, habría reconocido como perteneciente a la institución bancaria más exclusiva del país.
Clara tecleó la información, satisfecha. -Perfecto. El matrimonio es oficial. Su salario comenzará el primer día del próximo mes.
-Fantástico. ¿Y ahora?- preguntó Héctor, levantando una ceja.
-Ahora, nos dirigimos a su casa- dijo Clara con frialdad. -El contrato estipula que debemos mantener una residencia común para fines de documentación. Mi chofer lo llevará a su casa para recoger sus pertenencias y las traeremos a mi casa. Tenemos una suite de invitados que puede usar.
Héctor la miró. -¿Mi casa? Asume que mi casa es... transportable.
-Asumo que un pintor a tiempo completo no necesita una propiedad masiva. Unos cuantos caballetes y cajas de pinturas. Ricardo lo ayudará.
Héctor sonrió, una sonrisa tensa. Su "casa" no era transportable. Su "casa" era una mansión frente al mar con un ala entera dedicada a la pintura, valorada en decenas de millones, y custodiada por un personal que pensaba que el regreso de su jefe era una señal de que el retiro había terminado.
-Muy bien, Clara. Vamos a mi casa. Será... educativo.
Héctor siguió a Clara hasta el coche, sabiendo que el error de Clara sobre su estatus estaba a punto de costarle una gran dosis de humildad, la primera de muchas que vendrían. La raya de diálogo se había firmado. Ahora venía la puesta en escena.
El silencio en el Lexus negro se había vuelto denso, más parecido a una armadura que a una simple ausencia de ruido. Ricardo, el conductor, manejaba con su habitual precisión, pero incluso él parecía notar la inusual carga eléctrica entre los dos asientos traseros. Clara Montero, con su elegante traje gris, miraba por la ventanilla, ya no absorta en el paisaje de la ciudad que pasaba, sino en los cálculos mentales que le aseguraban que, a pesar de la extraña negociación, ella mantenía el control.
Héctor Alarcón no estaba dibujando. Sostenía el cuaderno cerrado sobre sus rodillas, sus manos grandes y firmes descansando sobre la tapa. Sus ojos grises, agudos y un tanto distantes, observaban a Clara. Era un estudio en la anticipación. Sabía que en menos de veinte minutos, la frágil realidad que Clara había construido sobre él se iba a desmoronar.
-Espero que su casa no esté muy lejos, Héctor- dijo Clara, rompiendo el silencio con una nota de impaciencia. -Necesitamos que Ricardo regrese a la oficina antes de las tres. El tráfico es horrible a esta hora.
-No se preocupe por el tiempo de Ricardo -respondió Héctor. Su voz era tranquila, casi perezosa. -Le pagará las horas extra, ¿no es así? Es solo justo, dada la urgencia de su situación.
Clara frunció el ceño. -Por supuesto que le pagaré. Es que... no me gusta la ineficiencia. Y asumo que no tendrá muchas pertenencias. Unos caballetes, una caja de pinceles, quizás dos maletas de ropa. ¿Me equivoco?
Héctor giró la cabeza para mirar a Clara, dejando que su sonrisa se desplegara lentamente. Era una sonrisa que ella no sabía interpretar: no era de burla, sino de absoluta, tranquila certeza.
-Usted asume demasiado, Clara. Pero no se preocupe por la logística. Yo me encargo de mi inventario. Simplemente dele a Ricardo la dirección.
Clara, sintiéndose nuevamente frustrada por la calma impenetrable de él, tomó su teléfono y envió la ubicación al conductor. El nombre del barrio, Cumbres del Océano, resonó en la cabina. Era una de las zonas residenciales más exclusivas y privadas de la costa, un lugar donde las propiedades se vendían en el rango de ocho cifras y la seguridad era tan estricta que la privacidad era, de hecho, un bien inestimable.
Clara no conectó los puntos. Su mente estaba tan programada para pensar en Héctor como un viudo modesto que asumió que él vivía en alguna villa alquilada o en un apartamento bien ubicado, pero no en el tipo de lugar que su nombre implicaba.
El Lexus abandonó las calles congestionadas de la ciudad y tomó la autopista costera. La arquitectura empezó a cambiar. Las estructuras comerciales fueron reemplazadas por muros de piedra y grandes setos verdes que prometían secretos y aislamiento.
-¿Vive muy cerca de la costa, Héctor?- preguntó Clara, intentando sonar casual, pero la duda comenzaba a corroer sus nervios.
-Lo suficiente para escuchar las olas cuando pinto por las mañanas. La luz en esa zona es excepcional -respondió Héctor.
-Ya veo. Pues, con esa luz, quizás sus cuadros...- Clara se detuvo, midiendo sus palabras con precaución. -Quizás sus cuadros empiecen a venderse mejor pronto. Podría dejar de necesitar el... salario.
Héctor no respondió. Simplemente se dedicó a observar la tensión en su perfil. Clara había tropezado intencionalmente en la palabra "salario", un arma que ella usaba para recordarle su posición subordinada. La condescendencia era tan evidente que Héctor tuvo que esforzarse para no reír.
Diez minutos más tarde, Ricardo tomó una salida privada, pasando junto a una caseta de guardia de seguridad que parecía una fortaleza en miniatura.
-Señorita Montero, ¿está segura de esta dirección?- preguntó Ricardo, un hombre de pocas palabras que ahora se sentía obligado a intervenir. -Esta es la calle de acceso a la Finca Lira. Solo residentes.
Clara se enderezó. El nombre de la finca era familiar. Sabía que era una propiedad legendaria, construida por un magnate tecnológico a principios de los 2000. -¿Sí, Ricardo, estoy segura. Es una calle privada. Solo conduzca.
El coche avanzó lentamente. Los muros de las propiedades eran altos, pero incluso a través de los setos, se vislumbraban techos de teja españoles y jardines inmensos. Clara sacó su teléfono, buscando el nombre "Héctor Alarcón" en el motor de búsqueda, añadiendo las palabras "Finca Lira". No encontró nada que vinculara al pintor viudo con la propiedad.
Finalmente, llegaron a una reja monumental de hierro forjado, flanqueada por pilares de piedra de seis metros de altura. Un intercomunicador dorado brillaba bajo el sol. No era una "casa" de pintor, era una residencia.
-Aquí es, Señor Alarcón -dijo Ricardo, ahora con una nota de alarma mal disimulada.
Clara miró a Héctor. -Héctor, supongo que su casa está detrás de... otra casa. Esta es la entrada a un complejo, ¿verdad?
Héctor extendió el brazo y presionó un botón en el intercomunicador. El sonido de su voz era tranquilo, habitual.
-Soy Héctor. Que abran las puertas.
Una voz de seguridad, inmediata y respetuosa, respondió: -Señor Alarcón. Bienvenido de vuelta. Abriendo las puertas, señor.
Las puertas de hierro se abrieron lentamente, revelando un camino de entrada empedrado que se perdía entre palmeras perfectamente podadas. Era un camino de al menos trescientos metros.
Clara Montero sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La palidez invadió su rostro. El control que había mantenido durante todo el día se hizo añicos.
-Héctor, ¿quién vive aquí?- preguntó Clara, la voz apenas un susurro.
-Yo vivo aquí, Clara- respondió él, sin rastro de arrogancia, solo un hecho simple. -Bienvenida a mi casa. O, como usted lo llamó, el lugar donde guardo mis caballetes.
Ricardo, el conductor, detuvo el Lexus frente a la casa. No era una casa. Era una mansión de estilo mediterráneo, con una piscina infinita que se fusionaba con el océano en el horizonte. Un edificio que destilaba una riqueza tan incalculable que hacía que la propia casa de Clara pareciera un bungalow.
Clara se quedó sin habla. El hombre que ella creía que estaba en apuros financieros, al que le pagaba cuatro mil dólares al mes como una limosna, era el dueño de esa propiedad.
Héctor abrió su puerta y salió. Un hombre uniformado, con la eficiencia de un mayordomo europeo, se acercó al coche.
-Señor Alarcón, es un placer tenerlo de vuelta. ¿Desea que preparemos algo en la biblioteca?
-Gracias, James. Solo necesitamos que Ricardo y mi... esposa -Héctor pausó un instante, saboreando la palabra- me esperen. Necesito empacar solo lo esencial.
El mayordomo, James, se dirigió a Clara con una cortesía impecable, pero sus ojos tenían la familiaridad que da la servidumbre de toda la vida. -Señora Montero, por favor, salgan del vehículo. Pueden tomar asiento en la terraza. ¿Desean algo? ¿Un té helado?
Clara apenas pudo asentir. Salió del coche, sintiéndose pequeña y ridícula en su traje de diseño. El aire en ese lugar era más fresco, más limpio, y el sonido del mar era un recordatorio constante de la magnitud de la propiedad.
-Héctor- siseó Clara, obligándolo a detenerse antes de entrar por las puertas dobles de caoba. -Usted... ¿cuánto cuesta esta casa?
-No lo sé con exactitud -dijo él, despreocupado. -Nunca la he puesto en el mercado. Pero es grande. ¿Ves el ala oeste? Eso es solo mi estudio de pintura, mi galería y un pequeño gimnasio.
-Pero, ¿por qué? ¿Por qué aceptó mi... mi salario?
-Ya se lo dije, Clara. Por el juego- Héctor le dirigió una mirada penetrante. -Usted me llamó "Roberto", un viudo humilde que necesitaba el dinero, y yo decidí aceptar ese papel. Era su precio por tenerme en su vida. No me inmiscuiré en su vida, pero le aseguro que mi vida tampoco es el asunto de nadie.
Héctor entró en la casa. Clara se quedó en la terraza, mirando al océano, sintiendo el peso de la mentira que ahora pendía sobre ella. Ricardo, el chofer, se acercó a ella.
-Señorita Montero, he trabajado para usted tres años. Nunca supe que el señor Alarcón fuera el dueño de... esto.
-Yo tampoco, Ricardo. Yo tampoco- murmuró Clara, su voz apenas audible. Había contratado a un viudo a sueldo para evitar un desastre familiar, y ahora, había desatado una crisis de identidad monumental.
Quince minutos más tarde, Héctor regresó. No llevaba ni maletas ni grandes cajas. Solo un estuche de cuero de viaje que parecía de una marca de lujo discreta, y dos lienzos pequeños, uno de ellos era el boceto de Clara que había hecho en el restaurante.
-Todo listo, Clara- dijo Héctor, volviendo a su tono tranquilo. -Le dije que solo serían unos cuantos caballetes y cajas de pinturas. Estoy listo para la suite de invitados en su bungalow.
La burla sutil no le pasó inadvertida. Clara tragó saliva, dándose cuenta de que el juego había cambiado. Ella era la que estaba en desventaja, y su marido de contrato, el hombre al que le pagaba un salario, era el que tenía todo el poder. Había creído contratar a un peón, y en su lugar, había invitado a un rey a su tablero.
-Vamos -dijo Clara, su voz ahora tensa por el reconocimiento. El viaje de vuelta prometía ser mucho más incómodo que el de ida. El precio del lienzo, o más bien, el precio de la mentira, acababa de ser cotizado en el mercado de bienes raíces de lujo.