Meraki estaba lejos de escuchar aquella información sumida en un sueño profundo. Ni el mundo cayéndose la habría sacado de allí... hasta que una vibración sorda rompió la quietud. El teléfono sobre la mesita de noche titiló con insistencia.
Medio dormida, con la voz aún rasposa, respondió:
- ¿Diga...?
Al otro lado de la línea, la voz de una enfermera cargada de burocracia y prisa soltó:
- Lamentamos su pérdida. A las 3:30 de la mañana falleció la paciente Naomi Hayes... sobredosis confirmada...
Pero Meraki no escuchó más allá de esas primeras palabras: "lamentamos su pérdida, murió la paciente Naomi". Como si una explosión hubiera estallado dentro de su pecho, se quedó paralizada. Las manos le temblaban descontroladas mientras un grito crudo, áspero, nacido desde lo más hondo de sus entrañas, desgarró el silencio del apartamento.
Kalon, que se encontraba en su habitación, acababa de apagar las noticias. Llevaba casi media hora debatiendo mentalmente cómo hacerle una habitación más acogedora a Meraki. Pero ese grito... ese maldito grito le puso los pelos de punta. Salió disparado sin pensarlo.
Allí estaba ella. En el suelo, hecha un ovillo, gritando al cielo con desesperación.
- ¿Por qué ella? ¿Por qué mi madre? ¿Por qué me la quitaste? - chillaba rota, como si el universo debiera rendirle explicaciones.
Kalon no sabía ni por dónde empezar. Nunca la había visto así. Jamás. Esa vulnerabilidad desnuda lo desarmó. La abrazó. No supo qué otra cosa hacer. Simplemente la envolvió entre sus brazos como si eso bastara para sostenerla, pero era como abrazar a una figura hecha de humo. Ella se deshacía entre sus dedos.
- ¿Qué voy a hacer ahora? No tengo a nadie... esto no puede estar pasándome... dime que es una pesadilla, por favor, dime que es una jodida pesadilla - susurraba Meraki, con la voz quebrada mientras sus lágrimas empapaban la camisa de Kalon.
Él apretó el abrazo. Sentía que si la soltaba, ella se iría con el viento.
Horas más tarde - Hospital
Kalon no se separó de ella ni un segundo. Meraki, con una urgencia desgarradora, corrió hasta la morgue, las piernas temblorosas, el cuerpo a medio funcionar. Le pidieron que identificara el cuerpo. Con manos temblorosas y la garganta reseca, levantó la sábana.
Y allí estaba. Su madre. Pálida como la luna invernal, labios azulados, las mejillas hundidas. Ese rostro... ese maldito rostro que la había arropado toda la vida, ahora estaba inmóvil. Silencioso. Frío.
Algo se rompió en Meraki en ese instante. Como si su alma hubiese estallado en mil fragmentos que jamás podrían volver a unirse. Las lágrimas brotaban, sí... pero ella ya no sentía nada. Ni frío. Ni calor. Ni siquiera dolor.
Cayó.
Kalon la atrapó antes de que tocara el suelo, la levantó en brazos y la llevó directo a emergencias, el corazón en la garganta. Nunca se había sentido tan inútil. Ni siquiera cuando perdió a su madre. Esto... esto era diferente.
Más tarde...
Cuando Meraki abrió los ojos, Kalon sintió alivio, pero sólo duró un instante. Porque esa chispa que la caracterizaba... esa pequeña luz que siempre habitaba en sus pupilas, se había ido. Vacía. Esa era la palabra. Estaba allí, pero no realmente. No decía nada. No lo miraba. Sólo respiraba porque el cuerpo lo exigía.
Una enfermera entró al cuarto, preguntando por los arreglos del cuerpo. Kalon intentó hablar con Meraki, pero fue como hablar con una fotografía.
Se encargó de todo.
Organizó un funeral digno. Rápido, pero limpio. Nadie fue. Nadie. Solo Meraki, con un vestido negro, la mirada perdida, aferrándose al ataúd como si pudiera quedarse con los restos de su madre un momento más.
Kalon, al fondo, sintiéndose como el más grande imbécil del universo. ¿Cómo no lo vio venir? ¿Cómo no pudo evitar que ella cayera así?
Días después...
Meraki ya no hablaba. No comía. No reaccionaba. Sólo se quedaba en la cama, mirando el techo. A veces gritaba de madrugada, pidiendo a Dios que la llevara también. Kalon intentó todo: flores, cambiarle la habitación, dejarle notas, música... nada funcionaba. Sólo recibía una sonrisa apagada, sin alma.
Las semanas pasaban, y Meraki ya no era Meraki. Era un espectro.
Dos Semanas después.
En el otro extremo de la ciudad – Victory World Fashion
La empresa de Kalon vivía su mayor apogeo. El desfile fue un éxito rotundo. La estrategia de marketing con su "esposa" había surtido efecto, incluso si muchos la habían tachado de inmoral. Pero el escándalo vendía. Y Victory World estaba en boca de todos.
Celebridades, diseñadores, modelos de renombre... todos querían una pieza del pastel. Lisa no se retiró, y eso catapultó la reputación de la empresa. Kalon sonreía por compromiso. Recibía felicitaciones. Brindaba. Pero en realidad... su mente no estaba allí. Sólo pensaba en Meraki. ¿Estaría dormida? ¿Habría comido? ¿Seguía respirando?
Una presión extraña se le anclaba en el pecho, como si algo terrible estuviera por suceder.
Desde la distancia, Evans lo observaba. Su primo estaba en la cima, sí... pero había una sombra sobre él.
De pronto, una voz entre el bullicio lo congeló.
La reconoció al instante.
Se acercó sigilosamente entre la multitud. Su padre. Estaba de espaldas, hablando por teléfono.
- El trabajo está hecho - dijo con esa voz gélida y controlada, la de un hombre que no conocía la culpa.
Del otro lado, un psicópata. Literalmente.
- Sí, señor. No dejé rastro - respondió, ansioso, con una emoción turbia en el tono.
Evans sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
- Lo que sea tu pago, lo tendrás. Mujeres, las que quieras - soltó su padre, como si estuviera ofreciendo juguetes, no seres humanos.
Evans se llevó la mano a la boca. El estómago se le revolvió. El sudor frío ya le empapaba la camisa.
- Sólo quiero una. Su nombre es... - el otro tipo jadeaba - ...Meraki.
Evans retrocedió.
No, no puede ser...
- Hecho - dijo su padre, antes de colgar.
Evans salió corriendo. El pulso desbocado. La cabeza retumbando con preguntas. Si esto salía a la luz, la familia Arledge estaría acabada. Kalon, él... todos. Y Meraki estaba en el centro de todo.
Entonces, el móvil vibró en su bolsillo. Era él.
- ¿Diga...? - dijo, tragando saliva.
- Necesito que alejes a esa mujer de Kalon cuanto antes. Y me la traigas a mí - soltó su padre, sin un ápice de emoción.
Evans palideció.
¿Qué demonios quería hacerle a Meraki?
- Yo... yo me encargaré. Lo haré. La sacaré de su vida. - dijo rápido, como para evitar que el bastardo se acercara a ella.
Pero su padre añadió algo más.
- No la quiero muerta. La necesito con vida.
Y colgó.
Evans apretó el teléfono con fuerza. La ira hervía en su interior, pero también un miedo aterrador.
¿Por qué ahora? ¿Por qué Meraki?
Antes no le importaba lo que pasara con ella. Pero ahora la quería viva. Había algo más. Algo oculto. Y Evans lo sentía en los huesos: debía descubrirlo antes de que fuera demasiado tarde.
Kalon Arledge, único hijo de Arthur Arledge y heredero de *Victory World Fashion*, la industria de entretenimiento y moda más influyente del Reino Unido y en ascenso al llegar a un nivel mundial, ingresó al comedor de la mansión familiar con su característico porte imponente.
-¡Miren quién llegó! -exclamó su primo Evans con una sonrisa burlona mientras aplaudía-. El gran heredero de *Victory World Fashion*, el futuro rey de la moda y el espectáculo.
Kalon ni siquiera pestañeó. Sin perder su tono severo, respondió:
-Se nota que tienes demasiado tiempo libre, Evans. Creo que no te he dado suficiente trabajo.
La sonrisa de Evans se desvaneció de inmediato. El abuelo, Arnold Arledge, que observaba la escena con serenidad, dejó escapar una leve sonrisa ante la reacción del muchacho.
-Tranquilo, Kalon, Evans solo está bromeando -intervino el anciano con su voz rasposa.
-La vida no es un juego, primito -replicó Kalon con frialdad.
-Amargado- murmuró Evans, fingiendo molestia.
Kalon le dirigió una mirada penetrante e irritada, pero antes de que la discusión escalara, el abuelo intervino con autoridad.
-Basta de pelear. ¿Cómo van las cosas en la industria?
-Bien, abuelo. La audiencia ha aumentado. Después de la fuerte caída que tuvimos, finalmente estamos viendo buenos resultados -respondió Kalon con seriedad.
-Sin embargo, la junta no me toma completamente en serio porque aún no soy el dueño oficial. Sigues siendo el CEO, y mientras eso no cambie... -Se detuvo porque su abuelo lo interrumpió antes de que terminara la frase.
-No estás listo 'declaró Arnold con voz firme.
Kalon apretó los puños.
-Pero *Victory World Fashion* está en tendencia en el 70% del mundo, abuelo. Todas las marcas y academias más prestigiosas quieren trabajar con nosotros. Yo la levanté después de la crisis de hace tres años, y ¿aún crees que no estoy listo? -preguntó con evidente frustración.
Arnold dejó los cubiertos sobre la mesa y lo miró fijamente.
-Tu padre también estaba listo. Y ahora está en una silla de ruedas. ¿Quieres que ese sea tu destino? - con voz calmada pero con un filo cortante
Las palabras de su abuelo fueron como dagas directas al corazón.
-No soy mi padre -susurró, derrotado.
La tensión en la habitación se volvió insoportable. Evans, que había estado en silencio hasta ese momento, vio la oportunidad de sacar a su primo de ahí.
-Primo, tienes una reunión ahora mismo. Como tu asistente, es mi deber mantenerte a tiempo -dijo rápidamente.
Sin esperar respuesta, se puso de pie. Kalon lo miró de reojo, pero entendió la señal y decidió seguirle el juego.
Cuando salieron de la mansión, Evans suspiró aliviado y sonrió con satisfacción.
-El abuelo sabe que me inventé esa reunión -comentó con humor mientras sostenía con su mano el hombro de su primo.
Kalon le apartó la mano del hombro con un gesto brusco y se alejó en silencio hacia su auto.
*"Siempre seré la sombra de mi padre"*, pensó.
Evans lo observó con preocupación. Sabía que detrás de la fachada fría y calculadora de Kalon había un hombre que solo quería corregir los errores de su padre. Ser la imagen de la familia Arledge no era fácil.
-¡Vamos, primito! No me dejes atrás -gritó Evans, intentando aliviar la tensión.
-Y se dice gracias y pues un placer
kalon viró sus ojos, y sin quitar la mirada del frente vio su **Bentley Batur**, un deportivo sencillo en comparación con su colección. Juntos se dirigieron a la empresa. En pocas semanas tendrían un desfile de nuevas tendencias, y Kalon estaba a punto de cerrar un contrato con Lisa, la estrella de "BAOz. Si lograba llevarla a la gala, *Victory World Fashion* alcanzaría un éxito rotundo.
Evans lo miró concentrado y suspiró.
-Necesitas divertirte, primito.
-No todos perdemos el tiempo -replicó Kalon, tajante.
-Vamos, relájate. Te llevaré a un lugar que nunca antes has visto -dijo Evans con entusiasmo.
-No, gracias. No iré a ningún lado contigo -rechazó sin siquiera mirarlo.
Pero Evans insistió.
-Vamos, no tengas miedo. Yo te protegeré si es necesario.
Kalon apretó el volante, molesto. Con una risa irónica, respondió:
-¿Protegerme tú? No me hagas reír. Abandonar es tu especialidad.
Evans quedó impactado por la respuesta, pero tenía razón abandonar era su especialidad. Sus labios se entreabrieron para responder, pero no encontró palabras. Finalmente, murmuró avergonzado:
-Solo quería que te relajaras...
-No es necesario -cortó Kalon con su habitual voz fría.
El silencio se instaló en el vehículo hasta que llegaron a la empresa. Una vez dentro, la tensión se hizo evidente: los empleados se pusieron en movimiento de inmediato, fingiendo estar ocupados.
Kalon observó con indiferencia. Sabía perfectamente que, hacía solo cinco minutos, la mayoría de ellos estaban perdiendo el tiempo.
Una secretaria, apurada, se acercó con un café, pero en su prisa tropezó y lo derramó antes de entregárselo.
Kalon la miró con desdén.
-Ese era mi café -su voz gélida cortó el aire como una navaja-. Debería despedirte por no poder hacer tu único trabajo.
La joven asistente se disculpó de inmediato, con la mirada baja y las manos temblorosas. A su alrededor, los demás empleados intercambiaron miradas de compasión, pero ninguno se atrevió a intervenir. Todos sabían que, detrás de su impecable imagen pública de caballero, **Kalon era un tirano con las mujeres en su empresa**.
-Arrodíllate en aquella esquina y quédate allí hasta que yo decida que puedes levantarte -ordenó con una frialdad que heló la sangre de todos los presentes.
La joven, humillada, obedeció sin rechistar. El rubor de la vergüenza ardía en sus mejillas, pero, inexplicablemente, un escalofrío recorrió su cuerpo ante aquella exhibición de poder. Kalon, al verla someterse, esbozó una sonrisa de satisfacción.
**Para él, las mujeres no eran más que herramientas... y, eventualmente, estorbos.**
A lo largo de los años, había aprendido que la mayoría solo buscaba dinero y alguien que les resolviera la vida. Cuantas más mujeres conocía, más crecía su desprecio por ellas. Sin embargo, aquel rencor permanecía cuidadosamente oculto. Revelarlo sería un suicidio empresarial; **su imagen de hombre sofisticado y encantador le aseguraba el favor del mercado femenino.**
Por supuesto, Kalon no creía que *todas* las mujeres fueran iguales. Había un pequeño porcentaje que sí merecía su respeto: **las de su clase.** Elegancia, educación y distinción... esa era la combinación perfecta.
# En la empresa...
La jornada transcurría con intensidad: reuniones estratégicas, negociaciones con diseñadores de renombre y contratos con influencers clave. Con el **desfile anual** acercándose, cada decisión era crucial.
Pero había un factor que elevaba aún más la presión: **la posible participación de Lisa de BAOz*
Si lograban cerrar ese acuerdo, **Victory World Fashion** no solo consolidaría su dominio en el mundo de la moda, sino que se convertiría en la marca número uno a nivel global. El momento decisivo estaba cerca... y Kalon no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie se interpusiera en su camino.
Bip... bip... bip
Sonó el teléfono desconcentrado a kalon de la pila de documentos por revisar, sin más decidió contestar
-Señor Arledge, su padre ha intentado quitarse la vida de nuevo.
Era la tercera vez esa semana. No debería sorprenderle, pero no podía evitar que la noticia lo afectara.
La ira lo envolvió. No podía permitir que ese hombre siguiera alterando su vida, pero, al mismo tiempo, era su padre. Frustrado, supo que necesitaba un escape.
Cerró los ojos y recordó las palabras de Evans: *"Necesitas relajarte."*
Suspiró con fastidio, pero tomó una decisión.
Con pasos firmes, atravesó la puerta y se dirigió al escritorio de su primo.
-Vamos a relajarnos -dijo sin rodeos.
Evans lo miró sorprendido.
-¿Hablas en serio?
-No lo repetiré.
Evans reaccionó de inmediato. Agarró sus cosas y corrió tras él, emocionado.
Cuando llegaron al auto, Kalon se dispuso a subir, pero Evans le arrebató las llaves.
-No, primito. Esta noche conduzco yo -dijo con una sonrisa divertida.
Kalon frunció el ceño, pero no protestó. Algo en su interior le decía que esa noche marcaría un antes y un después en su vida.
Lo que no sabía era que, en aquel lugar al que Evans lo llevaría, encontraría el mayor desafío de su existencia.
El sudor en su frente y su agitada respiración eran prueba de que había estado corriendo. Su cabello se pegaba a su piel húmeda, y gotas resbalaban por sus patillas mientras se detenía frente al guardia de seguridad del hospital.
-Permiso... para pasar -logró decir entrecortadamente, intentando recuperar el aliento.
El guardia la miró con preocupación y de inmediato la reconoció.
-Meraki, ¿estás bien? Hija, si sigues corriendo así, ya no será solo tu madre quien esté hospitalizada -dijo con un tono paternal, frunciendo el ceño.
-No se preocupe, estoy bien -respondió ella, llevándose una mano al pecho, tratando de controlar su respiración.
El hombre la observó por unos segundos, y al notar que se había calmado, le permitió el paso. Como siempre, le entregó una mascarilla y le deseó buena suerte.
Meraki caminó con familiaridad por los pasillos del hospital, como si fuera su segundo hogar. Subió las escaleras hasta el segundo piso, tomó el pasillo de la derecha y se detuvo frente a la habitación doscientos dos. Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que estuvo en casa con su madre. Ya no lo recordaba. Apesar de que no fuera tanto tiempo así se sentía.
Tomó aire, giró la manilla y entró. La imagen que encontró dentro le oprimió el pecho, como cada día. Su madre, postrada en aquella cama, era una sombra de la mujer que había sido. Su piel antes radiante ahora parecía marchita, su cuerpo delgado, su rostro apagado, como una flor perdiendo su vida. Pero, para Meraki, seguía siendo la mujer más hermosa del mundo.
Dos lágrimas silenciosas recorrieron sus mejillas. No podía contenerlas más.
-No llores -dijo su madre con voz rasposa, apenas audible.
-¡Mamá! Te desperté, perdóname. ¿Cómo te sientes? -preguntó, acercándose rápidamente.
La mujer la miró con tristeza. Si tan solo fuera más fuerte, su pequeña estrella no tendría que pasar por todo esto.
-Ayúdame -susurró, haciendo ademán de levantarse.
-No inventes, mamá -saltó a ayudarla. Con una mano en su espalda y la otra en su hombro, la incorporó con cuidado.
-Todo estará bien -susurró su madre, rozando su oído.
Meraki no pudo evitarlo. Se aferró a ella, abrazándola con fuerza, llenando su rostro de besos.
-Claro que todo estará bien.
Como cada tarde, pasaron el tiempo juntas, hablando de todo y de nada. Se aferraban a esos momentos, aunque fueran cortos
-Meraki, y la universidad... ¿sigues siendo la mejor de la clase? -preguntó su madre, con esa voz que cada día se hacía más débil.
Meraki sintió un nudo en el estómago. No podía decirle la verdad. No podía confesarle que había dejado de estudiar para trabajar en dos empleos, que apenas dormía, que su vida se reducía a cuidar de ella y pagar las facturas.
-Excelente, la mejor como siempre -mintió, forzando una sonrisa.
Su madre la miró con orgullo y sonrió mientras comía unas frutas que Meraki le había picado. No podía decirle que su vida social era inexistente, que solo trabajaba y trabajaba. Decírselo haría que su madre se sintiera culpable, y eso era lo último que quería.
Se sentó a su lado y su madre arqueó una ceja con picardía.
-No te daré frutas -dijo, fingiendo un puchero.
-¡Pichirre! -exclamó Meraki, inflando los cachetes.
Ambas rieron. A pesar de todo, a pesar de la enfermedad y la angustia, todavía podían reír.
El tiempo de visita terminó demasiado rápido. Meraki besó a su madre y salió de la habitación. Al cerrar la puerta, la realidad la golpeó de nuevo como un muro de concreto. Bajó hasta la salida, se despidió del guardia y se dirigió a casa.
Allí, apenas tuvo tiempo de cambiarse antes de salir a trabajar. En las noches era mesera en un restaurante de seis a doce, y luego corría al bar donde trabajaba como bartender de una a seis de la mañana. Había hecho de todo: auxiliar de enfermería, ayudante de panadería, de cocina, de carpintería... cualquier trabajo que le diera un mejor sueldo para pagar las facturas médicas de su madre.
Antes de salir, tomó un portarretrato con una foto de ambas.
-No podemos cambiar el pasado, mamá... pero te prometo que tendremos un futuro juntas -susurró.
**El Encuentro**
-¡Meraki, dos cócteles para la mesa dos!
-¡Voy! -respondió, agotada.
Apenas eran las diez de la noche y ya sentía que su cuerpo iba a colapsar. Tomó la bandeja con los pedidos y se dirigió a la mesa. Sin embargo, de repente, la visión se le nubló.
-Estoy mareada... -pensó, tambaleándose.
Intentó seguir avanzando, pero su equilibrio falló. De pronto, todo se volvió negro y lo siguiente que sintió fue un golpe seco contra el suelo. El sonido de copas y bandejas rompiéndose resonó en el restaurante.
-¡Perdón! -logró decir, incorporándose rápidamente.
Cuando levantó la vista, su corazón dio un vuelco.
Frente a ella, manchado de cócteles, estaba el hombre más impresionante que había visto en su vida. Alto, de complexión fuerte, cabello lacio y oscuro, con gotas de agua escurriendo por su rostro hasta su mandíbula cincelada. Pero lo que realmente la atrapó fueron sus ojos: grises, penetrantes y... furiosos.
-¿Qué demonios te pasa? -espetó con voz grave y fría.
Su tono la irritó al instante.
-Te pedí disculpas, ¿o no escuchaste? -respondió desafiante.
Él la miró con desdén.
-Por eso odio los restaurantes de tercera -murmuró entre dientes.
Su arrogancia la hizo hervir de rabia. Sin embargo, antes de que pudiera responder, sintió un fuerte tirón en su cabello.
-¡Meraki! -exclamó la encargada, obligándola a bajar la cabeza en señal de disculpa-. Perdóneme, señor. Esta ignorante no sabe con quién está tratando. Por favor, disculpe.
Meraki sintió una furia ciega.
El hombre suspiró con fastidio
la encargada apenada tomo una servilleta
-Ni se te ocurra tocar mi camisa con esa baratija -dijo con desprecio-. Con lo que cuesta, podría comprar dos restaurantes mejores que este.
La encargada sonrió nerviosamente.
-Por supuesto, señor. Permítanos ofrecerle lo mejor de la casa como compensación.
Él la ignoró y, en cambio, clavó sus ojos fríos en Meraki.
-Quiero que se disculpe como es debido. De rodillas.
El silencio en el restaurante fue inmediato. Todos dejaron de hablar.
Meraki levantó la cabeza de golpe. ¿Había escuchado bien? ¿Ese imbécil quería que se arrodillara?
-Sueña -espetó con rabia, sosteniéndole la mirada sin miedo.
Su desprecio le daba náuseas.
De repente, una carcajada resonó en el ambiente. Una risa aguda y descontrolada.
-Eres increíble, Kalon -dijo una voz divertida-. Creo que esta vez no será como siempre, primito.
Meraki se giró. Un hombre de sonrisa burlona y una apariencia igual de arrogante que atractiva observaba la escena con evidente diversión. Por lo visto, Dios no había escatimado en belleza con estos hombres.
La encargada, visiblemente alterada, la tomó del brazo con desesperación.
-¡Arrodíllate! No voy a perder mi restaurante por tu ignorancia -susurró entre dientes, intentando no hacer aún más escándalo.
Meraki sintió que la sangre le hervía. ¿Arrodillarse? ¿Dónde quedaba su dignidad?
-No -respondió con firmeza, clavando su mirada en Kalon, aquel hombre insoportable que la observaba con altanería.
-Si no lo haces, estás despedida.
Las palabras de la encargada la golpearon como un balde de agua fría.
-¿Qué? -exclamó, incrédula.
Era una de las mejores empleadas del restaurante, siempre puntual, eficiente, dedicada. Y ahora la estaban echando por negarse a humillarse frente a un hombre que claramente disfrutaba haciéndola sentir inferior.
Estuvo a punto de mandar todo al diablo, de alzar la voz y defenderse, pero entonces, en su mente apareció la imagen de su madre. Postrada en una cama, frágil y dependiente de los costosos tratamientos que Meraki apenas podía costear.
No. No podía perder este empleo. No ahora.
Su estómago se revolvió con repulsión mientras desviaba la mirada hacia Kalon. Él seguía allí, erguido, imponente, con esa expresión de superioridad que hacía que le hirviera la sangre.
Inspiró profundamente, tragándose su orgullo como si fuera veneno.
Sin apartar los ojos de los suyos, comenzó a inclinarse lentamente. Primero una rodilla. Luego la otra.
El aire a su alrededor pareció volverse denso, cargado de tensión.
-Lo siento, señor -pronunció con voz firme, tajante, llena de odio.
Pudo ver cómo sus palabras lo sorprendieron por un instante. Su rostro permaneció inmutable, pero algo en su mirada cambió. Hubo un destello efímero, una chispa de asombro... ¿o era satisfacción? Tal vez incluso algo más oscuro.
-No estoy seguro de si ganaste, Kalon -intervino el hombre de la sonrisa burlona, con un tono de diversión mal disimulada-. Pero esto... definitivamente es interesante.
Kalon no respondió de inmediato. Simplemente la observó, con aquella mirada sexy e intensa que la hacía sentir atrapada.