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El pecado de Afrodita (Ceo, amor, pasión, erótico, millonario CEO)

El pecado de Afrodita (Ceo, amor, pasión, erótico, millonario CEO)

Autor: : Florencia Tom
Género: Romance
Alma Grey decide morir. Ya no soporta el grave y espantoso abuso laboral por parte del dueño del bar donde trabaja. La vida la ha golpeado duro hasta que conoce al enigmático y prestigioso James Voelk, un hombre que pone su mundo patas para arriba, luego de detener su intento de suicidio cuando la ve desde la ventana. Este logra salvarla de su intento de suicidio, pero ¿la ha salvado por completo?

Capítulo 1 Uno

CAPÍTULO 1.

Quiero contarte lo que sucede si la hija de la belleza se enamora por equivocación de alguien que no debe...

Cuando era una bebé, había sido abandonada en un orfanato ubicado en Seattle. A los dieciocho años me dejaron a mi suerte, sin antes otorgarme un apartamento con un año de renta pago. Luego de eso, debía sobrevivir por mi misma. Sin estudios universitarios. Sin nada ni nadie. Abandonada a mi suerte y con cierto desapego del Estado.

Conseguí el puesto de mesera en un bar una tarde de verano, cuando le pedi de rodillas al dueño que me diera empleo, y tuve el descaro de arrodillarme ante sus pies para poder obtener un sí de su horrible y asquerosa boca de anciano decrepito. El dueño, llamado Garicia no me agradaba, era un hombre bajito, sin cabello y cascarrabias que se había aprovechado de mi necesidad para arrojarme las horas extras con pocos centavos de paga. Agradecía que me haya contratado, pero eso no le daba el derecho a insultarme cada vez que hacía algo mal en el trabajo.

Estaba destinada al fracaso, a morirme de hambre y saber que nada mejoraría porque le había puesto esperanzas a mi vida y eso no me había servido para nada.

Aquel día tenía planificado todo, mi carta de suicidio y donde me colgaría, sobre unas tuberías resistentes con un cinturón alrededor de mi cuello.

Sentía cierta melancolía por lo que estaba pensando, pero estaba segura de llevarlo a cabo porque cuando me proponía algo, lo hacía. Y sí, me propuse atentar contra mi vida aquella tarde. Mientras que mi autoestima bajaba, el señor Garicia se encargaba de pisotearla cuando estaba en el suelo, con sus asquerosos zapatos oscuros y que a veces pisaban excremento que no se encargaba de limpiar, permitiendo que este se secara con rapidez sobre su suela.

Entonces, volviendo a mi desastroso presente, aquella noche el bar estaba repleto de gente, bebiendo en sus mesas y algunos comiendo, disfrutando de buena música.

Y pensar que aquella sería la última en la que estaria con vida.

-...cuatro cervezas extra grandes con papas del mismo tamaña. -me dijo aquel señor de cabello rubio despampanante y que no paraba de masticar su chicle de una manera tan ruidosa que me molestaba.

-Anotado. -le indiqué, mientras ponía un punto final en su pedido.

El mismo punto final que quería poner a mi vida.

Cuando estaba a punto de marcharme a la barra, el señor tuvo el descaro de tomarme de la muñeca, obligándome a que me volviera hacia él.

-¿Se encuentra bien? Estás pálida-me dijo, mirándome con una gran lastima muy poco disimulada.

¿Cómo podía responder eso a una desconocido? Me zafe de su agarre con cierta sonrisa tensa muy poco disimulada.

-Sí, no se preocupe. Sólo son las horas excesivas de trabajo aplastándome como un carro-me reí con brevedad para ponerle un poco de comedia a mi vida.

-¿Cuándo fue la última vez que ingeriste algo? -insistió.

-Hoy a las siete de la mañana.

-¡Por todos los cielos! ¿Estuviste todo el día sin comer? ¿Es que aquí no te pagan lo suficiente? -se escandalizó su amigo, que estaba sentado junto a ella.

Los otros dos hombres que los acompañaban escuchaban atentamente la conversación más incómoda de mi vida.

-Si digo mi sueldo pueden que me echen, señor. -me disculpé, sintiendo mis mejillas acaloradas.

Una mano enorme se posó sobre mi hombro y me sobresalté al sentir la presencia del señor Garicia, quien se había unido descaradamente a la charla. Me aparté para que me soltara.

-¿Sucede algo con la mesera, señores? ¿Les ha molestado su servicio? -les preguntó él, con cierto tono de voz que era digno de mi humillación.

-¿Usted le permite comer a sus empleados en sus horas libres? -le preguntó el hombre, quien se había levantado de su asiento para hacerle frente a la situación.

El hombre, cuyo cabello era oscuro, llevaba un tapado gris que le llegaba a las rodillas y parecía rodar los cuarenta años, se posicionó frente a Garicia, quien parecía una hormiga ante la presencia de aquel señor tan alto y grande.

Vi como Garicia tragaba saliva de una manera nerviosa y me echaba breve miradas fulminantes. Apoyé mi frente sobre mi mano, suplicando que todo aquello no significara "estás despedida".

Aunque...en un par de horas me suicidaría así que estaba muerta en vida de cierta forma.

-Nuestros empleados tienen dos horas libres para comer lo que se les antoje. Este ámbito de trabajo es muy sano, así que no se preocupe por el bienestar de nuestros empleados que están en las mejores condiciones. -soltó Garicia, con una sonrisa estúpidamente falsa y una tranquilidad fingida.

-Mentiroso.

Los cuatro hombres y Garicia se volvieron hacía mí cuando mi mente me había traicionado y había soltado esa palabra de una manera inconsciente. Tragué saliva con fuerza y no sabía dónde meterme. Aunque, aquella noche iba a suicidarme y no tenía nada más que perder.

-¡Esas horas no existen, estamos siendo explotados laboralmente por él! -me animé a gritar frente a todos y aquel lugar se había vuelto silencioso donde antes había un ruido insoportable de gente hablando- ¡No podemos comer, no nos da una hora libre para descansar y si protestamos corres el riesgo de que seas despedido!¡Tampoco nos permite ir al baño en horario laboral! ¿Saben la última vez que he cagado?¡Sólo lo hago por las noches, cuando llego a casa porque no nos permite hacer nada!

Sentí la mirada furiosa, acalorada y que pedía ayuda sobre mí y que provenía de mi estúpido jefe. Yo retrocedí unos cuantos pasos hacia atrás, viendo como la mayoría de los clientes se marchaban del sitio y otros empleados comenzaban a insultarlo como si tuvieran ganas de hacerlo hace tiempo.

Desaté por detrás de mi nuca mi delantal rojo que tenía el logo del local y también el nudo del mismo que rodeaba mi cintura. Lo lancé al suelo y lo pisoteé, sin dejar de mirar a mi jefe que parecía tener la intención de ahorcarme en cualquier momento.

-Gracias por nada. -escupí, yendo a la caja registradora y sacando un par de billetes, llevándome la paga del mes sin intención de hacer un conteo ante sus ojos.

Salí del bar, en plena noche, con mi bolso oscuro colgado en mi hombro y con ganas inmenzas de llorar. Aquella situación al principio parecía manejable, pero la cara Garicia seguía merodeándome por la cabeza. Su cara roja, incluso su calva cabeza y sus dientes apretados al igual que sus puños, mudo, pero con tanta cara de amenaza hacía mí que seguro tendría pesadillas...esperen, aquella noche era la última.

No habría pesadillas, no habría dolor alguno si hacía lo que tenía en mente ya hace meses. Aquella noche me suicidaría, y no me cansaba de repetírmelo como si algo en mí me recordara cuál era mi destino.

Ya podía ver el nombre en mi tumba, y algunos familiares lejanos, quizás algunos compañeros de la escuela. Creo que toda mi vida se trató de juntar invitados para mi funeral.

Llegué a la parada de autobús y las ocho y punto se marcó en mi teléfono móvil. Me senté sobre un pequeño asiento frio, oscuro y miré a ambos lados de la calle, observando lo que sería la última visión que tendría de aquella enorme ciudad.

Era interesante ver como una parte de Seattle era preciosa en todos los sentidos, las luces extravagantes, la gente siempre animada, el ruido de los autos pasar. Todo era atrapante, pero no le daba sentido a mi vida.

No podía disfrutar del lujo que algunos tenían permitido, no podía adquirir algún sentido que me convenciera en quedarme en la tierra.

Lo que tenía pensado hacer era morirme, lo tenía planificado y de cierta forma me sentía orgullosa de haber organizado ese aspecto de mi miserable vida, por más grotesco que sonará eso, era cierto.

El autobús llegó y me subí a él, el chófer me saludó, amigable a través de su gorra y con una sonrisa, tenía aspecto asiático. Le devolví la sonrisa débil. Me senté en el primer asiento que vi y me dije a mí misma que mirara por última vez la ciudad, porque sabía que después de aquella noche, no recordaría nada y mi mente caería en un sueño profundo, de esos de los que nunca despiertas y está la desesperación en saber si hay vida después de la muerte.

Eso sería algo estúpido, no quería una vida por algo me iba a suicidar, duh.

El apartamento en el que vivía tenía cinco pisos y era uno de los más vulnerables que había en la lejanía del gran centro. Llegué y acaricié a varios gatos que merodeaban por allí. Si fuera por mí los hubiera adoptado ya hace tiempo, pero apenas podía darme comida a mí misma. No quería condenar a un gato a mi suerte.

Subí las escaleras, con el cuerpo cansado y con tantas ganas de comer que quizás, mordería a cualquier vecino para acallar a mi estómago.

Con un suspiro, adentré en la cerradura la llave de mi apartamento que tenía como número un siete dorado y mal gastado por los años. Ingresé y prendí las luces. Hogar, dulce hogar.

El apartamento no era bonito, tenía las paredes llenas de mohín y despintadas, con la pintura vieja despegándose de la misma. Había un televisor que solo tenía canales de aire y un sofá bonito, pero súper incómodo, imposible dormir allí.

Algunos muebles habían venido con el apartamento, y no tuve la suerte en ningún momento de cambiarlos. No tenía dinero, mierda.

Dejé mi bolsa encima de la mesa y fui a la nevera, buscando algo para comer. Si me iba a morir quería que sea con el estómago lleno y el corazón contento. Así que me di el lujo de pedir comida, y no tardé en tener una caja de pizza sobre la mesa y una Coca Cola en botella.

Buen provecho, futura muerta.

La última cena había estado riquísima, una delicia sacada de la caja registradora de mi ex empleo y tenía ganas de comer frente a Garicia para demostrarle que estaba comiendo en horas de trabajo. Vete a la mierda, Garicia.

Ordené toda la casa, con cierta melancolía y tuve la intensión de dejar todo impecable (aunque todo fuese un asco) para que cuando me encontrarán muerta, la casa estuviera en condiciones.

Arreglé mi cama, lavé los platos sucios, barrí el suelo y finalmente me di una ducha. Depilé mis axilas, y toda la parte del cuerpo que tuviera un vello que me molestará.

Si iba a morir, también quería que sea depilada y con la piel suave.

Salí con una toalla rodeándome el cuerpo y largué un largo suspiro al ver qué ya tenía preparado el cinto sobre el colchón de la cama. Me puse una ropa bastante cómoda y traje un banquillo a la habitación en el cual subiría para poder atar el cinto sobre uno de los caños gruesos que había en el techo. Un caño bastante molesto ya que no sabía con exactitud qué es lo que transportaba.

Todas las noches lo miraba y me preguntaba si resistiría mi peso el día en el que colgará. Y aquella noche lo estaba por comprobar.

Averiguando si tenía algo más que hacer en aquel mundo que no me había dado nada, así que decidí subirme aquel banco (que rogaba que no se rompiera) y me obligué a mí misma observar el anochecer por última vez. La luz de la luna me brindaba aquella caricia que nunca nadie me había dado y con un nudo en la garganta quise echarme a llorar.

Supongo que así finalizaba la corta vida de una joven llamada Alma Grey.

Rodeé con el cinturón mi cuello, sintiendo el cuero incómodo sobre mi piel. Dios, que difícil era todo aquello. Cerré los ojos y con un último suspiro, pateé el banco y al instante me colgué, sintiendo como empezaba a cortarme la respiración y el cinturón empezaba a rasparme el cuello.

Algo en mi quería desesperadamente salvarme y las arcadas desesperadas, mis manos sudorosas tratando de sacarme el cinturón, fueron una lucha desesperada. Quizás el cuerpo humano quería sobrevivir, pero mi alma no.

Antes de que pudiera perder por completo la conciencia, escuché que alguien pateó la puerta de la entrada con tal escándalo que abrí los ojos de par en par, observando mis pies descalzos que eran sacudidos por mí misma.

-¡Mierda!

El cinturón me hizo girar el cuerpo y cuando estaba a punto de ser arrastrada por la muerte misma, un hombre que no pude ni siquiera ver, pero si escuchar. Me levantó en el aire y me sacó con desesperación el cinturón del cuello, con dedos nerviosos acariciándolo.

Me desmayé por falta de oxígeno.

Capítulo 2 Dos

CAPÍTULO 2.

Mis sentidos comenzaron, de cierta manera, a activarse. El choque de utensilios, algo cocinándose en su propio jugo y el ruido del agua correr de la canilla me hizo poner en estado de alerta. Mis manos entumecidas y el cuello ardiéndome de una manera tan intensa que me hicieron pensar al instante que yo no estaba muerta.

Mis ojos se abrieron con lentitud y comencé a escuchar extraños pasos por la casa, ruidos provenientes de la cocina.

Había alguien en la casa.

Me obligué a levantarme, aunque a la fatiga le importaba un bledo que hubiese un asesino serial. Tomé un paraguas cerrado que estaba en la esquina de mi habitación. Mis ojos cayeron sobre el techo en donde el cinto seguía colgado, demostrando mi fracaso.

Me había dado cuenta que había amanecido y no me tomé la molestia en averiguar qué hora era.

Con el paraguas en mi mano para apuñalar con la punta a cualquiera, abrí la puerta despacio y la muy hija de perra me delató por la falta de aceite en los tornillos de la misma, soltando un rechinido tan horrible que quise patearla por ser tan traicionera en aquella situación.

Salí al pasillo y cuando llegué a la entrada de la cocina, había un hombre de espaldas a mí, cocinando en la sartén. Tenía una sudadera con capucha oscura apretada a su cuerpo, haciendo que sus músculos se aferraran a ella. Era enorme. Incluso tenía unos pantalones de algodón grises, que le daban un aspecto demasiado cómodo.

¿Cómo se suponía que podría pelear contra ese hombre tan gigante?

-¡¿Quién demonios eres y qué haces en mi cocina?!-grité con fuerza.

Con mi paraguas en posición de darle un golpe en la nuca. El hombre se dio la vuelta, dejandomé ver su inmaculada belleza.

Hijo de la gran...era precioso.

-Oye, tranquila. No he venido a hacerte daño-soltó, levantando las manos en son de paz y en una de ellas tenía una espátula negra.

Una espátula que no era mía.

Lo miré de arriba abajo, observándolo atentamente y sin salir de mi estado de alerta. Alto, cabello pelirrojo oscuro, y unos ojos color caramelo fascinante, que tenían su propio brillo. Labios finos, nariz chata y con cara de susto por atraparlo.

-¡Me estaba por quitar la vida y tú arruinaste todo! -carraspeé, recordando que por culpa de él no estaba muerta.

-Te vi desde el otro lado del edificio. Mi ventana daba exactamente a la tuya ¿Qué suponías que hiciera? ¿Ver cómo te colgabas y dejarte morir? Dios, no.

Me fulminó con la mirada mientras les daba vuelta a las tiras de tocino.

-Ahora si me disculpas, debes comer algo. Estás delgada, y cuando dormías te rugía el estómago. Si no comes morirás, pero de hambre.

Parpadeé un par de veces, estupefacta.

-No sólo invades mi maldita privacidad, sino que, te tomas la molestia de cocinar algo que no estaba en mi heladera y que nunca podría comer por el maldito salario que tengo. Vete.

-No. No voy a permitir que te suicides y que yo cargue la culpa de no poder salvarte.

-¡Eres un...!¡Tú no vas a decidir si voy a morir o no! No sabes por todo lo que estoy...

Mi estómago rugiendo interrumpió mis palabras de una forma tan brusca e inesperada qué ambos nos miramos y desee que me tragara la tierra.

-Come y luego suicídate si quieres-carraspeó aquel hombre que parecía estar cada vez más cerca de los ventisiete o treinta años de edad.

No podía calcularlo con exactitud.

Dirigí la mirada hacia la puerta y grité un rotundo ¡No! Al ver qué la cerradura se encontraba destrozada por la patada que él mismo había pegado anoche.

-¡Me destrozaste la puerta! -chillé, al borde de las lágrimas-No tengo dinero para repararla, ahora por tu culpa me echarán del edificio.

Las ganas de llorar que tenía en aquel momento eran inmensas.

-Oh sí, porque creo que una mejor opción hubiera sido tocar y decir: vecina, veo que se está por suicidar ¿puedo detenerla? -pone los ojos en blanco mientras servía de forma calmada los tocinos y los huevos sobre mis platos de plástico barato-. Siéntate.

Debía admitir que era la primera vez que veía a un hombre tan apuesto, en mi casa y haciéndome el desayuno. De mala gana y sintiendo que aquella batalla la había ganado el hambre, me senté de mala manera en la silla, mientras aquel desconocido se encargaba de colocarme el desayuno frente a mis narices. Él se sentó frente a mí, y no tardó en empezar a desayunar, en silencio.

-¿Cómo es tu nombre? -me preguntó, llevándose el vaso del jugo de naranja a los labios y mirándome, curioso.

-Alma Grey.

Otra persona a la cual invitar a mi funeral, genial. Más personas para que aquel entierro no se sienta tan absurdamente vacío.

Él no podía protegerme por siempre, tarde o temprano se marcharía de la casa y así podría llevar a cabo mi final.

-Nunca había oído un nombre como el tuyo. Interesante.

Voz gruesa y calma, todo lo que una chica desearía escuchar en un susurro mientras te follan.

Asentí, sin darle demasiado importancia a su comentario positivo. Le daba interés a algo ordinario como mi maldito nombre. Seguro era psicólogo.

No tardé en empezar a desayunar y devorarme todo lo que él había hecho por una imbécil como yo. Estaba tan hambrienta.

Disfrutando de mí desayuno, se escapó de lo más profundo de mi garganta un gemido tan intenso que el hombre levantó la mirada con los ojos bien abiertos y sorprendido. Tragando su desayuno a la fuerza.

-Lo siento-me disculpé, sintiendo como mis mejillas se sentían acaloradas.

-¿Hace cuánto que no comes, Alma? -me preguntó, entre sorprendido y a la vez con un rostro que irradiaba lástima dirigida a mí.

No respondo. No es asunto suyo

Masculla soltando la servilleta de papel sobre la mesa y frotandosé la frente, consternado.

-No puedes pasar tanto tiempo sin comer. Ahora entiendo por qué estás tan delgada, tus brazos están delgadísimos y tienes unas ojeras horribles.

-Eso es asunto mío. No te he echado sólo por el simple hecho de que estoy comiendo-murmuré, preguntándome a mí misma por qué él seguía en la casa-. Al menos dime tu nombre. Interrumpes mí suicidio y me preparas el desayuno como si nada hubiera pasado, creo que merezco saberlo.

Sonrió a través de su servilleta, mientras se limpiaba las migas de pan en la comisura de sus labios.

-Me llamo James . Un gusto haberte salvado, Alma Grey.

Puso la mano frente a mí, con la intención de esperar a ser estrechada. Le correspondo el saludo, dudosa por tanta generosidad.

-No te pedí ser salvada.

-Hubieras cerrado las cortinas.

-¿Disculpa?

-Si querías suicidarte sin llamar la atención de los vecinos hubieras cerrado las cortinas.

-Detalle importante que se me ha escapado-carraspeé.

No encontraba fallas en su lógica. Debía admitir que el cabron tenía razón.

-¿Por qué querías suicidarte?

Casi me ahogo con un pedazo de tocino. No esperaba que me preguntara eso.

-No voy a responder a eso.

-Bueno, cómo no vas a responder, me veo obligado a tenerte vigilada para que no vuelvas a atentar contra tu vida-apretó los labios y se encogió de hombros.

Aquella situación se me estaba saliendo de las manos, terminé mi desayuno en silencio y llevé los trastes al lavadero mientras aún él seguía desayunando como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Me apoyé contra el lavabo, me crucé de brazos y lo miré con mala cara.

-Tu cara no me va a sacar de la casa-soltó, con aire distraído y sin mirarme, mientras continuaba comiendo.

-Debería, o creo que la policía sí lo hará.

-No si me encargo de llamar a personas que sean especialistas en suicidio y decidan internarte.

-No tienes pruebas de que eso me ha ocurrido.

-Tu cuello rojo y marcado es prueba suficiente. -contratacó, señalando con un gesto mi cuello.

Tragué saliva, dándome por vencida. Solté un suspiro, pensando qué hacer con ese tal James que había aparecido en mi vida cuando menos me lo esperaba.

Como respuesta, el hombre me sonrió y tomó un último vaso de jugo antes de llevar los trastes sucios al lavabo. Tuve que apartarme antes de que nuestros brazos rosaran.

-¿Tienes empleo? ¿amigos? ¿Familia a la cual llamar en caso de que yo no pueda quedarme contigo?

-No es necesario que te preocupes por mí. No lo necesito.

No iba a darle información personal a un extraño.

-Un acto suicida es el acto más enorme de ayuda. Créeme, me necesitas. Perdón, quise decir, necesitas de alguien y creo que haberte visto por la ventana ayer a la noche no fue casualidad.

-Maldición ¿ahora dirás qué fue el destino o alguna estupidez como esa?

-Creo en todo lo que vea, y lo que vi ayer fue la casualidad, no el destino.

Me quedó mirando un instante, como si intentara de descifrar qué estaría pasando por mi cabeza.

-¿De dónde has salido, James ?

Sonrió nuevamente y se mordió el labio inferior.

-Dime tú de dónde saliste, señorita Grey.

James se ocupó de limpiar mi hogar, tender mi cama y sacar el cinturón de la cañería para que no intentara suicidarme otra vez. Tuvo el descaro de esconder los cuchillos y todo lo que atentara contra mi vida. Apenas me dirigía la palabra, ya que la mayoría de las veces tenía el celular pegado a la oreja, hablando con alguien sobre negocios y futuras inversiones. Me sorprendió mucho que una persona como él, que aparentaba ser tan fresco y tan peculiar, pareciera ser importante, ya que la mayoría de las veces sonaba autoritaria, frio, distante.

Como si tuviera la obligación de dar órdenes a otras personas. Parecía trabajar por teléfono.

Mientras yo permanecía acostada en la cama, mirando por la ventana el cielo azul que ofrecía el día, James merodeaba por la casa, parloteando con otra persona detrás del celular. No sabía por qué seguía aquí ¿acaso no tenía otra cosa mejor que hacer que estar limpiando mi casa y procurando que coma?

Al rato, tocó la puerta y le permití el paso.

-Te he preparado un baño caliente. He venido por un par de toallas para ti y ropa para cuando salgas de la ducha. -me dijo, desde la puerta.

-¿Ya te he dicho que esto no es necesario? Estoy bien.

-No estás bien, no seas negadora con tu estado de ánimo.

-Me sentiría mejor si te marcharas de mi casa.

James se echó a reír como si hubiera contado un chiste. Un chiste que no parecía haber soltado. Fue directo hacia la única cajonera que tenía en la habitación y comenzó a revisarla. Cuando vi que llegó al cajón de mi ropa interior y tomó una braga color piel, chillé.

-¡Hey, no toques eso!

Me levanté de un salto de la cama y le saqué de un tirón la prenda, descolocada por ser tan confianzudo.

-No es algo que no haya visto antes. Es más, creo que le he visto la misma braga a una chica con la que me acosté hace tres días atrás -sonrió, sin importarle a mi perplejidad.

-Así que vas por ahí, recordando el color de las bragas que van pasando por tu vida. Que interesante resultaste ser, James .

-Puedo ser más interesante de lo que crees.

-Dime que no deje entrar a mi casa a un pervertido -temí.

-Para nada. No pretendo acosar a un ciervo asustado.

-¿Ciervo asustado?

Volvió a sacarme la braga de la mano, tomó un par de toallas y escogió la ropa que creyó adecuada que usara. Ropa cómoda gracias a Dios, me sacó de la habitación hasta dejarme en el cuarto de baño.

-Date una ducha, relájate, y cuando salgas una deliciosa comida te estará esperando con ansias. Mis manos son tan mágicas que te sorpresa lo que puedo hacer con ellas -me promete, agitándolas en el aire.

No me permite protestar, me vi obligada a meterme a la tina, comenzando a enjabonarme el cuerpo con gran pesar. Seguía teniendo un enorme malestar en el pecho, de esos que me decían que si seguía viviendo la estaría pasando peor.

Si no hubiera sido por mi vecino, la policía estaría intentado ingresar a la casa o quizás pasarían días cuando decidan ver qué ocurre que no he salido del apartamento y por qué hay un olor a putrefacción que invadía todo el pasillo del edificio y se intensificaba cuando se pasaba por mi puerta.

Me hubiese gustado estar muerta, pero estaba disfrutando de la compañía de una persona cuya intención era ayudarme. No sabía exactamente qué ocurriría si él se marchaba luego, si volvería a tener pensamientos negativos dominando mi mente.

Con el agua llegándome por la mitad de los pechos, atraje mis piernas hacia ellos y me abracé las piernas, dejando caer mi mentón en las rodillas.

No quería depender de nadie, ese era mi punto. Si lo hacía, estaba sentenciada al fracaso, al cual siempre había estado destinada.

-Alma ¿todo marcha bien?

La pregunta de James detrás de la puerta me sobresaltó, dándome cuenta de que ya había estado demasiado tiempo en la tina.

-Sí, ya salgo. No te preocupes.

Me lavé el cabello, lo enjuagué y salí, envolviéndome en las toallas que James había seleccionado para mí. Me miré al espejo, tratando de entender qué haría con mi vida si no tenía trabajo, estabilidad económica y un sueño al cual perseguir, ya que tampoco tenía motivaciones. Me sentía perdida.

Sequé mi cabello corto con la toalla, cada mechón blanco que había en él. Había nacido con el cabello tan rubio que parecía tener canas, un par de veces me había dado el gusto de poder oscurecerlo para no parecer calva. El cabello me llegaba un poco por arriba de los hombros y estaba tan pálida que daba escalofríos.

Que hermoso era estar muerta en vida.

Me puse un pantalón de algodón gris, la braga y una remera de tiras en los hombros oscura, tratando de evadir el sostén a toda costa. Pretendía estar cómoda.

Observé mi reflejo por última vez antes de salir al pasillo y las palabras "todo estará bien", vinieron a mi mente. El peor sentimiento era no saber si continuar o rendirse.

James había pensado en todo, carne horneada con papas rebajadas y fritas, con una ensalada de tomate y lechuga.

-¿En qué momento de la mañana fuiste a comprar todo esto? -fue lo primero que le pregunté al ver lo que había preparado -. No tengo dinero como para devolverte todo lo que gastaste.

Él se encontraba colocando los cubiertos a cada costado de los platos y levantó la vista, al verme entrar.

-Cuando dormías. Aproveché ese instante para comprar todo lo que sea necesario. No pretendo que me devuelvas el dinero, has de cuenta que te he sacado a comer.

-¿Eso sería una cita? Interesante.

Sirvió dos copas de vino y dejó la botella sobre la mesa mientras me sentaba, observando todo lo que estaba haciendo por mí.

Otra vez nos quedamos frente a frente y comíamos en silencio. Cada tanto le echaba un breve vistazo y lo encontraba mirándome, pero cuando nuestras miradas se encontraban, la evadiamos al instante.

-¿Cuántos años tienes? -me atreví a preguntarle.

-Treinta años.

Abrí los ojos, sorprendida.

-Pareces más joven.

-Gracia. La vida siempre pasa volando, un día tienes veintisiete, éxito y chicas y a los pocos años estás buscando algo significado para seguir viviendo. A veces, jugar a ser una persona fuerte ya no resulta algo divertido -soltó sin más, jugueteando con la comida con el tenedor -¿Cuántos años tienes, Alma?

-Diecinueve años.

No fui la única en que se sorprendió por los números mencionados. Él me miró como si yo le hubiera dicho algo peor que mi edad.

-No pensé que fueras tan pequeña -se remueve en su asiento, incomodo.

-Soy mayor de edad, no soy pequeña. No te preocupes.

-Ahora comprendo por qué creías que era un degenerado. Siento mucho si te estoy incomodando estando aquí, mi intención es ayudarte. -aclaró rápidamente.

Apoyé mi mano en la suya por encima de la mesa. Él se llevó la sorpresa de aquel contacto físico y me miró, dejándolo quieto un instante.

-Hiciste en pocas horas algo que nunca nadie había hecho por mí-le dije, con tanta sinceridad que se me quebró la voz. Retiré mi mano y me llevé la comida a la boca, saboreando con gran disfrute-Déjame decirte que esto está delicioso, James.

Él se relajó y me sonrió, volviendo a tomar sus cubiertos para retomar su comida.

Entonces, su teléfono sonó nuevamente, se trataba de un mensaje de texto. Se toma su momento en leer el mensaje y guarda nuevamente el celular.

Tragó saliva antes de que quiera darme una explicación que claramente yo no pedí.

-¿Cuánto dinero puedo ofrecerte para que seas sólo por esta noche, mi chica de compañía?

Capítulo 3 Tres

CAPÍTULO 3.

Estupefacta. No sabía exactamente qué decir, qué responder y qué pensar sobre dicha propuesta que no sabía dónde iba. Y más si provenía de un desconocido.

-¿Chica de compañía? -repito en un susurro.

Incluso decirlo sonaba absurdo. El rostro de James se descompuso, echándose hacia atrás inmediatamente con la propuesta.

-Mierda, lo siento ¿sabes qué? Mejor olvídalo, no debí proponértelo.

Al principio creí que fingía arrepentimiento, pero estaba siendo más sincero de lo que pensé.

-Si hay dinero de por medio puedo hacer lo que quieras. Puedo ser lo que desees -insistí, sin ningún tipo de gracia en mi voz.

James me miró a los ojos, rendido. Lanzó un largo suspiro y dijo:

-Puede que creas que una escort o dama de compañía es lo mismo que una prostituta, la verdad es que no. Por favor no pienses eso. Es "una acompañante remunerada", es decir una persona que acompaña al cliente a diferentes eventos o salidas sin que necesariamente haya sexo...

Levanté la mano con la intención de que parara la explicación. Asentí pausadamente, mirándolo con atención.

-¿Quieres que sea tu acompañante? ¿Y vas a pagarme por ello, James?

-Sólo por esta noche. Habrá una fiesta importante organizada por mis padres, entre amigos de ellos y los míos, creo. No sé muy bien de qué se trata.

-¿Estás seguro que quieres llevar a una chica con poca autoestima y pensamientos negativos que puede intentar suicidarse nuevamente? -le pregunté, tratando de comprender por qué me quería a mí.

-Es por eso que pensé en ti para poder llevarte. Podré mantenerte vigilada, podrás salir a despejarte un poco, ventilar tu mente de tus problemas y recibirás dinero por este enorme favor, Alma.

-Si te sirve para obtener la calma, utilizaré parte del dinero para ir a un psicólogo. Te haré un favor a ti y me harás un favor a mí.

Su rostro se llena de sorpresa y se inclinó sobre la mesa, tomando mis manos.

-Estoy admirado. Es un gran paso lo que acabas de decir, Alma. Voy a conseguirte al mejor psicólogo de la ciudad, y yo me ocuparé de costearlo, te ayudaran los mejores profesionales.

Su entusiasmo era contagioso. Me di cuenta tarde de que mis ojos se habían llenado de lágrimas, borroneándome la vista.

-Hey, no llores por favor. -me dijo él rápidamente, con la voz rota, arrastrando la silla a mi lado y con la intención de abrazarme.

James pasó su brazo por mi hombro, con la intención de abrazarme. Me resultó tan cálido tenerlo a mi lado, era extraño sentir el contacto de un hombre tan gentil y amigable cómo él y de cierta manera, se sentía bien. James era reconfortante. Me vi sacudida por las lágrimas y la sensación de vacío en mi pecho volvió a resurgir, aunque el alivio por paz mental estaba a la vuelta de la esquina.

-No tenía dinero para pagarme un psicólogo y buscar ayuda-confesé en un susurro, partida en dos.

-No estás sola y no volverás a estarlo, Alma. Eres y serás mi amiga, yo estoy aquí para sacarte de la oscuridad, saldremos adelante juntos. Es una promesa que no voy a romper.

Jamás me sentí tan acompañada como ahora, pero era muy tímida como para confesárselo.

Me ocupé de lavar las cosas que él había ensuciado para cocinar. Yo no podría costear nunca las ollas, los cubiertos y las copas que él había utilizado para prepararme algo de comer. Había utensilios que no eran míos y que claramente los había traído de su apartamento.

Seguro asusté a James con mi nostalgia y pensaba que estaba tratando con una loca. No quería aterrarlo con lo que me estaba sucediendo por dentro, no tenía la intención de que pensara mal de mí.

James había sido muy agradable conmigo, no pretendía alejarlo.

-Haremos lo siguiente-me propone él, posándose a mi lado mientras lavaba los platos-. Esta noche se trata de una fiesta muy especial, habrá personas muy importantes e incluso inversionistas interesados en las acciones de mis padres. Habrá comida gratis y bebidas por donde mires. Riquísimo. Alma, tendremos que ir de la forma más presentables posibles, pero tú debes destacar.

-Haré lo mejor posible para que te sientas orgulloso de mí. Compraré un atuendo para la ocasión. Tengo algo de dinero de mi ex empleo, me tomé la molestia de sacarlo yo misma de la caja registradora-confesé, recordando la cara de Garicia al verme agarrar los billetes que me correspondían.

-¿Ese es el motivo por el cual querías suicidarte? -se escandalizó James, atónito-¿Por perder tu empleo? Alma puedo conseguirte uno si quieres...

Lo observo un instante, con mi corazón roto. Su rostro está lleno de preocupación.

-No, tengo problemas más profundos que ese. Renunciar a mi ex empleo fue la mejor opción que tuve. Es un bar que se encuentra a un autobús de aquí. Mi jefe tenía la costumbre de humillarte, acosarme y explotarme laboralmente. Decidí renunciar, y ahora tendré que buscar uno ya que, querer suicidarme, no ha funcionado-apreté los labios, algo enfadada con la situación de rescate.

Percibí de reojo que él ponía mala cara cuando se lo conté, incluso percibí como sus puños se apretaban e intentaba ocultar su enojo hacía Garicia.

Era hermoso y tierno saber que podíamos detestar a una persona en común.

-Creo que hiciste muy bien en marcharte de un lugar donde no te respetaban.

-A veces hay que irse de ciertos lugares para lograr sanar.

Enjuagué el último plato y él lo secó con un trapo, guardándolo en una bolsa de papel en donde lo había traído junto las demás cosas de cocina.

-Yo me ocuparé del vestido y te compraré unos zapatos fogozos-me dijo, entusiasmado y hasta creí que me estaba imaginando en aquella mente tan divertida.

-¿Puedes permitirte eso, James?

-Alma, el dinero para mí es lo de menos. No te preocupes. No sabes el enorme favor que me estás haciendo.

-Me alegra saber que sirvo para algo.

Me levantó el mentón con uno de sus dedos y me obligó a mirarlo. Se me corta la respiración. El roce de su piel me hizo estremecer de cierta forma que mis piernas se vuelven gelatina. Nuestros ojos se encontraron de una manera tan cálida e íntima.

-Tú eres más importante de lo que crees y muy valiosa. -me dice, con su voz tan suave y gruesa que me hacía sentir pequeña.

Sus palabras hicieron florecer una sonrisa en mis labios.

-Ten cuidado con lo que dices. Puedo creérmelo.

-De verdad, voy a demostrarte que eres valiosa y sensacional, Alma-me aseguró con un guiño de ojo y tomando sus cosas-. Iré a trabajar, compraré ese vestido y esos zapatos que tan bien te quedarán esta noche -Sonrió, tomando lo que le pertenecía para marcharse y se paró en seco cuando llegó a la puerta, poniendo mala cara-. También me ocuparé de arreglar esta puerta-añadió, disgustado.

-¡Deja de preocuparte por mí y vete a trabajar!

Me sonríe con complicidad y antes de que él cerrará torpemente la puerta que claramente no cerraba, le grité:

-¡Espera! -él se detuvo, extrañado y esperando a que dijera algo-. Gracias por todo lo que estás haciendo por mí.

-Gracias a ti por dejarme salvarte, amiga. Pasaré a las ocho por ti.

Sentí cierta satisfacción al poder lograr hacer un amigo. Era bonito tener uno.

Se hicieron las ocho y punto. Alguien tocó a la puerta. Tuve que retirar la silla que estaba pegada a la puerta para que esta no se abriera debido a que James le había roto la cerradura y esta se abría sola.

Abrió los brazos de par en par, para que pudiera contemplar su vestimenta y con un par de bolsas en sus manos. Eso me hace reír.

No lo reconocí. James llevaba el cabello pelirrojo arreglado, con un pequeño hopo en la frente con gel y a los costados lo tenía bien corto. Se había cortado el cabello y le quedaba genial. Sus ojos amarillentos irradiaban entusiasmo, tenía puesto un esmoquin oscuro ajustado al cuerpo, haciendo lucir su cuerpo atlético, alto y brazos musculosos. Era todo un muñeco mi nuevo amigo. Lo que más me fascinaba era su rostro salpicado de pecas.

Sentí pena al instante al darme cuenta que no estaba tan arreglada como él, sino que tenía la misma ropa puesta que llevaba hoy a la mañana.

-Tú tan perfecto y yo sin arreglarme. Siento mucho que me encuentres así.

-Eres belleza por naturaleza, Alma. Si eres fascinante sin maquillaje o ropa elegante, puedo asegurar que verte con la ropa que te he traído será una experiencia única, amiga mía.

-Hablas de una manera tan hermosa y extraña. Creo que empiezo a sospechar que no naciste aquí, James. -le dije, permitiéndole el paso a mi horrible hogar.

Claramente él no encajaba en el mismo mundo que yo.

-Nací en España y me mudé a Seattle junto con mi familia a los trece años. Así que aprendí hablar de manera no tan fluida aquí. Me queda mucho, mucho por aprender.

-¡Wow, España! Que hermoso lo que me cuentas.

-Más hermoso es lo que te traje para esta noche, bella Alma -dejó las bolsas con diferentes logotipos encima de la mesa pequeña de la cocina y me miró, con una enorme sonrisa.

-¿Cuánto dinero gastaste, James? -le pregunté, hundiendo mi rostro en mis manos ya que reconocía las marcas de las bolsas y sabía que cada cosa podría costar una fortuna.

-¿Puedes dejar de pensar en el monto de cada cosa que consigo para ti? Relájate, amiga.

Me reí al escuchar otra vez la palabra "amiga" de su boca. Quizás lo hacía para no hacerme sentir sola, para hacerme sentir acompañada.

-Te daré privacidad para que puedas cambiarte, maquillarte y hacer de ti una diosa-me dio las bolsas que torpemente tomé y las pegué contra mi pecho, con los ojos bien abiertos-, muero por verte con eso puesto.

Había intensidad en sus ojos, cierta curiosidad que me hacía sentir extraña. James era muy apuesto e intrigante.

-Haré lo posible para no decepcionarte. -susurré, y me marché a mi habitación con tanta curiosidad por saber qué había elegido para mí.

Cerré la puerta y dejé las bolsas sobre el colchón. Apreté los labios, preguntandomé cuál abriría primero. Abrí la bolsa en la cual encontré un precioso vestido que me dejó en shock. Dios, aquello era demasiado.

Se trataba de un vestido color rosa pastel, con un estilo corazón que sostenían los pechos y de tiras muy finas del mismo color que se lucían en los hombros. El vestido era tan largo que seguro me llegaban a los pies, quizás con la intención de cubrir los zapatos. Era tan hermoso y tan sencillo que era una mezcla perfecta de elegancia.

Dejé cuidadosamente el vestido sobre la cama y me dediqué a abrir la bolsa que contenía la caja de zapatos más hermosa del mundo. Incluso la caja era hermosa, no podía imaginarme el contenido.

Lo que imaginaba, zapatos rojos fuego con una tira que podría ayudar a mantenerlos en mis pies y no caer. Agradecí con todo mi corazón que no se tratara de unos zapatos de taco aguja, ya que no sabía caminar con ellos.

Las otras bolsas contenían aretes colgantes color plata, collares para elegir y puro maquillaje, como sombras de ojos, mascarillas para las pestañas, labiales, delineadores...tantas cosas que me sobrepasaron.

James tocó la puerta, haciendo que me sobresaltara porque estaba demasiado cautivada con todo lo que me había obsequiado.

-Me preocupa que estés demasiado callada, da señales de vida por favor -mierda, sonaba preocupado.

-No me he suicidado, James.

-¿Me dejas pasar?

-Sí.

Abrió la puerta despacio e ingresó, con una sonrisa y con sus manos metidas en sus pantalones carísimos.

-¿Y? ¿Qué te ha parecido todo? -me preguntó-. Espero que te haya gustado.

-Te pasaste, todo esto es...mucho para mí -confesé, haciendo un gesto con la mano apuntando hacia las bolsas y la magnitud que tenía todo aquello para mí.

-Bueno, hoy serás una dama de compañia. De eso se trata este "trabajo", obtener obsequios permanecer a mi lado-dijo, inquiriendo esa palabra con comillas imaginarias realizadas con sus dedos -. He llamado a uno de los mejores psicólogos de la ciudad, el señor Williams. Tienes cita el viernes, estamos a miércoles. La idea es que el jueves descanses, esta noche puede ser que llegue a su fin muy tarde. Yo pasaré a recogerte con mi chofer para llevarte.

-Espera ¿tienes chofer? Dios mío-me escandalicé-. Gracias por localizar a un psicólogo, James y pagarlo. Jamás me cansaré de agradecértelo.

Y sin que él lo esperara, solté algunos maquillajes que tenía en mis manos sobre el colchón y lo abracé, rodeándolo con mis brazos alrededor de su cuello, haciendo puntas de pie y hundiendo mi rostro en su pecho.

Eso lo tomó por sorpresa, lo supe porque su cuerpo se había vuelto tenso, pero no tardó en corresponderme el abrazo. Haciéndome sentir sus enormes manos sobre mi pequeña espalda y apoyó íntimamente su mentón sobre mi hombro, quedándonos así un instante.

Un abrazo podía ser tan reconfortante en los momentos difíciles. Es como si el mismísimo Olimpo me hubiese enviado un hombro en el cual llorar.

-Cámbiate, y sorpréndeme con tu belleza, señorita Grey-me soltó como si fuese frágil y con una última sonrisa se marchó de la habitación.

Listo, había terminado de prepararme y sólo había tardado una hora y media. Me había dejado el cabello suelto, ya que lo tenía liso, lamentablemente sin movimiento como tanto me gustaba pero que nunca tuve.

Mirándome al espejo todo que tenía colgado en la pared de mi habitación y que había encontrado en la calle, me observé a mí misma, intentando reconocerme. Mi rostro, maquillado, destacando con simpleza y el vestido que dejaba al descubierto el escote de mis senos. No me reconocí, buscaba a Alma y no la hallaba.

La noche quería asomarse en la ciudad y me hacía verla desde mi ventana. Seguro a mi cuerpo le estarían haciendo pericias y toqueteándolo, muerto, si me hubiese suicidado.

Tomé mi bolso de mano, que contenía mi celular y las llaves del apartamento, y algunos maquillajes por si necesitaba retocar mi rostro.

-Dios mío.

Fueron las palabras provenientes de los labios de James. Que sonó más parecido un murmuro que florece de sus pensamientos. Me miró de arriba abajo, haciéndome sentir que toda ternura proveniente de su rostro había desaparecido, suplantándolo lo que parecía el deseo de un hombre. No debía olvidarme que James tenía treinta y cinco años, era demasiado mayor para una chica de diecinueve.

Aunque, a decir verdad, parecía más joven de lo que gritaba su edad.

-Me has dejado sin habla y eso me resulta imposible, ya que soy muy charlatan-soltó, con aire admirado.

-Lo que me has regalado me ha vuelto guapa, James.

Tomó mi mano y me hizo dar una vuelta, dicho acto me hizo ruborizar.

-Trataré de sacar a flote tu belleza lo que más pueda. Me declaro un gran admirador tuyo, amiga mía-me dijo, cuando nuestros rostros quedaron finalmente frente a frente.

-¿Realmente crees que soy bonita?

Como respuesta, me dio un casto beso en la frente. Dicho gesto me tomó por sorpresa.

-Que se congelé el inframundo si miento-me susurró al oído, provocándome un fuerte escalofrío que recorría inmediatamente mi cuerpo. Le sonreí como respuesta-. Estamos listos ¿no?

Inframundo...

Esa palabra me deja pensando más de lo esperado. Regreso a la realidad, pestañeando con rapidez.

-Más que listos, amigo mío.

Cuando llegamos a la entrada de mi edificio, me paré en seco y él me miró, con el entrecejo fruncido.

-Sabes que estoy depositando toda mi confianza en ti ¿verdad?- le pregunto, algo temerosa-. Literalmente me estoy marchando con un desconocido, a una fiesta rodeada de gente que no conozco. Tampoco sé si realmente vamos a una fiesta y no a un callejón.

Siempre llevaba una navaja conmigo a todos lados, en caso de que necesitará defenderme de algún imbécil que decidiera acosarme. Sociedad patriarcal que no hace nada por defender a una mujer.

-Te juro que no pretendo ponerte en una situación arriesgada, Alma. Puedes confiar en mí, prometo no defraudarte. Aunque suene extraño, te estoy llevando a conocer a mi familia. Nunca les he presentado a nadie.

Una confesión inesperada. Arqueé una ceja.

-¿En serio crees que voy a tragarme eso, James?

Se llevó una mano al pecho y levantó el mentón, con una agradable sonrisa.

-Trágatelo porque es verdad. No suelo llevar a mujeres a la casa de mis padres.

Posó una mano en mí espalda y ambos salimos del edificio. Una camioneta negra nos estaba esperando fuera, con la luz de la luna ya iluminándonos. El clima era agradablemente cálido.

-¿Y por qué llevas a una chica de compañia a la casa de tus padres?

James abrió la puerta trasera del coche, ayudándome a subir. Por lo que pude ver, alguien se encargaba de manejarlo y no él.

-Te lo explicaré en unos minutos.

En cuanto me metí, cerró la puerta. Unos minutos a solas dentro del auto me hicieron pensar que aquella oferta de ser una chica de compañía era muy tentadora. El oscuro coche me hizo sentir algo incómoda, y no paraba de respirar aquel olor a cuero.

James rodea el coche y sube, ya que primero le dijo algo al chófer que no pude oír. Cerró la puerta y me miró, volviendo a poner su atención en mí.

-Aunque te suene loco, tanto mi padre como mi madre tienen a su chica y chico de compañía. Ambos manifestaron que se aman, pero a veces necesitan salir con otras personas, conocer gente nueva. Los dos me han dicho que tener un acompañante cada uno los ha ayudado como pareja. Así que, esta noche se hará una reunión especial para conocerlos.

No sabía si tomar eso como una relación sana o algo más terrorífico.

-¿Y tus padres te obligan a llevar a una acompañante?

Se le endureció el gesto y apartó la mirada. El coche arrancó y se puso en marcha.

-Mi padre insistió tanto en este tema que me ha vuelto loco. Es horrible recibir llamadas telefónicas de tus padres a las tres de la mañana y que te comenten todo el tiempo lo fantástico que es tener una relación así-soltó, en seco.

-¿No puedes simplemente ignorarlos y ya?

-No, es por eso que esta noche te haré pasar por una; para que crean que realmente tengo este tipo de relación.

-Me resulta extraño que recurras a mí y no a tus conocidas.

Me miró de hito en hito, cómo si hubiera dicho algo fuera de lugar.

-¿Y qué se peguen a mi cómo chicle? Si yo les digo que es sólo por una noche, continuarán insistiendo en querer ser una por el resto de sus vidas. Son capaz de arruinarme monetariamente, cuando te metes en un círculo así, debes saber en quién confiar. Cualquiera puede ofrecerte ser tu acompañante y quizás, su intención es explotarte sexualmente.

Entonces era más arriesgado de lo que pensaba.

-Pero eso no explica por qué a mí.

-Favor por favor.

-Eso ya me ha quedado en claro -rodé los ojos -. Pero eso no te asegura nada. Quizás puedo ser el peor chicle que se te puede pegar por el resto de tu vida.

Me fulminó con la mirada.

-Espero que estés bromeando.

Me eché a reír, pero me di cuenta que aquel comentario no le había hecho gracia. Público difícil el de aquella noche, señores.

-No quiero tu dinero, James ¡No soy esa clase de persona, lo acepto sólo porque lo tomo cómo un trabajo! Favor por favor-exclamé al instante, cruzándome de brazos.

-Ya, lo sé, lo entiendo. Pero no puedes negarme que ser una acompañante de muchos hombres no es algo tentador.

-Sí, lo es -admití, sacando una pelusa imaginaria en el vestido con mis torpes dedos.

Me miró fijamente a los ojos, llenos de frialdad y tomó mi mano que había posado recientemente encima del asiento del auto.

-Alma, si esta noche uno de los señores o señoras te ofrecen este tipo de relación. No aceptes, tú no sabes quiénes son y qué quieren de ti. Prefiero ser yo el que te escoja un buen candidato que cumpla tus términos y no el de ellos. Esto no es una broma.

Su voz distante y seca me había hecho entender que hablaba muy en serio, me hizo estremecer.

-No haré nada que te haga enfadar -le susurré.

Asintió y volvió la vista hacia la ventana. Yo lo imité. Era gracioso pensar que, aunque ambos estuviéramos merodeando en nuestros pensamientos, nuestras manos continuaban uno encima de la otra.

Decidí mandarle un mensaje de texto a Carl, mi vecino, para ver si todo marchaba bien en mi apartamento. Debido a la fuerte patada que James lanzó contra ella para ingresar, la puerta parecía giratoria así que no tuve más remedio a qué alguien vigilara el apartamento hasta que yo regresará y así, podría contratar a alguien que arreglará la cerradura.

Cuando me di cuenta, el coche aparcó frente un portón alto y oscuro, que hacía la unión entre dos muros de ligustrina. Las luces de la calle iluminaban su camino, haciéndome comprender que el terreno era inmenso y se perdía en algún punto de la calle.

Luego de un momento, el portón se abrió de par en par y el auto accedió con lentitud. No pude ver demasiado detalles sobre el gigantesco jardín delantero ya que, el vidrio del coche estaba polarizo.

Me sentía algo nerviosa, tímida y no sabía exactamente dónde me estaba metiendo. El auto aparcó junto a otros que ya se encontraban estacionados.

-Permíteme, te ayudaré a bajar-me dijo James, tan atento como siempre.

Abrió la puerta, rodeó el coche y abrió la mía, mientras yo tomaba mi bolso, en silencio.

-Demasiado callada. Seguro sigues sin confiar en mí, ciervito.

-El termino ciervito comienza a irritarme.

-Me alegra saber que te afecto en algo y que aún no saliste corriendo. -se río, ofreciéndome su brazo para sujetarme de él.

Le sonreí y ambos comenzamos a caminar en dirección a la enorme e inmaculada mansión que tenía frente a mis ojos. Tuve que impedir que mi boca se abriera para disimular lo impresionante que era. Las luces ahora iluminaban el jardín, el camino de piedras blancas que llegaban hasta las escaleras de la entrada de incontables escalones blancos (toda la casa era de ese tono) y había tantas ventanas que perdí la cuenta al instante.

Vi cómo James desbloqueaba su celular y le mandaba un mensaje a alguien. Aparté la mirada al instante, no quería que pensara que me gustaba meter la nariz dónde no correspondía.

-Les estoy avisando a mis padres que abran la puerta antes de llegar a ella, ya que son algo mayores y podrían tardar en abrirnos. -me explicó sin que le preguntara.

-De acuerdo.

Cuando llegamos a la puerta, me miró de arriba a bajo y me sonrió, con los ojos chispeantes.

-Estás tan hermosa-me dijo y yo sentí cosquillas en el estómago.

-Todo por ti, amigo.

Sus ojos viajaron a mis labios y luego subieron a los míos nuevamente. Mis mejillas se ruborizaron y aparté la mirada de la intensidad de la suya. Parecía que estaba por decir algo, pero la puerta se abrió.

Una mujer de cabello canoso y largo, con un precioso collar que destacaba más que ella, se hizo presenten. Una sonrisa se expandió en su rostro apenas vio al hombre que tenía en frente.

-¡Hola James!-lo saludó ella, abrazándolo y él permanecía tenso en su lugar, con sus labios apretándose y mirándome mientras se encogía de hombros-. Me alegra verte, hijo.

La mujer puso su atención en mí y su rostro pasó de ser alegría a extrañeza.

-Ella es Alma Grey, amiga mía, madre.

La mujer me saludó con dos escasos besos en cada mejilla, sin decir una palabra.

-Ella es...-le dijo en voz baja a él, como si yo no la escuchará.

-Ella es lo que querían que trajera esta noche. Veo que tu rostro no demuestra entusiasmo, mamá.

-Un gusto conocerla. -le dije a la madre de James, tratando de salvar aquella situación tan incómoda y confusa que se había instalado entre los tres.

La mujer me miró de arriba abajo, como si fuera basura pura. Mierda. Quería darle una bofetada por ser tan arrogante. Mi ánimo y mis expectativas empezaron a bajar.

-La idea de esta noche era conocer el futuro gasto monetario de nuestro hijo. Por lo menos conseguiste a una joven con rostro de muñeca y cuerpo de universitaria-espetó ella, con cierto recelo.

James se puso a la defensiva al instante.

-¡Mamá, por todos los cielos! -exclamó, consternado-. Tú y papá querían conocerla. Te la presento y la miras de una forma tan asquerosa que me ofende.

Quería que me tragara la tierra. Sino me pagarán por ello, ya me hubiera marchado con la dignidad entre mis brazos.

-Qué más da. Pasen-carraspeó ella, permitiéndonos el paso.

-Por favor, no huyas. Es sólo por esta noche-me susurró James tan bajito que apenas logré oírlo.

-Deberás aumentarme el sueldo-bromeé.

Tomó mi mano y evadió una sonrisa, ocultándolo detrás de su otro puño.

Aquella sería la noche más larga de mi vida.

La casa de los padres de James era tan elegante que me recordé a mí misma que estaba presentable para la ocasión y no con la ropa de telas desgastadas que tenía hace pocas horas en el apartamento. Candelabros hermosos, pisos inmaculados y encerados, personas vestidas con tanta elegancia que brillaban por sí solas, con copas en sus manos y risas seguramente falsas, invadían el lugar.

James saludaba a su paso a cada una, con un gesto de cabeza y levantando su mano, manteniendo la distancia.

-Cualquiera de las personas de la fiesta tiene dinero suficiente como para ofrecerte ser una chica de compañía. Es imposible no admitir que algunas personas de aquí me dan asco-me comentó James, mientras íbamos a algún sitio.

-¿Tanto miedo tienes de perderme? -le dije, con gracia en mi voz.

-Mi miedo es que recibas una oferta tan tentadora que te ponga en peligro-soltó, serio.

-No soy estúpida, James-le respondí con el mismo tono de voz-. De toda las persona que están aquí, confío únicamente en ti.

-Ven, te presentaré a mi padre.

Nos acercamos a un señor de traje oscuro, algo regordete y de baja estatura, que estaba de espalda a nosotros, hablaba animadamente con otras personas.

-¿Papá?

Las piernas comenzaron a temblarme, sintiendo como estas se volvían gelatina, la respiración se volvió una gran dificultar y el mundo se había caído sobre mis pies. El hombre se dio la vuelta y un escalofrío recorrió mi cuerpo. El padre de James era Garicia, el dueño del bar.

¿Qué demonios hacía allí?

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