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El pecado de la santa.

El pecado de la santa.

Autor: : B.Jeremy
Género: Romance
Alessandro salió de su finca acompañado de sus hijos, la mayor y el menor entraron en aquel convento uno a cada lado de su padre, como si fuera una versión apocalíptica de la biblia, uno a su derecha y el otro a su izquierda, estaban sedientos de sangre, de venganza. - Alto. - la voz de su madre los detuvo, sus pasos eran inconfundibles para ella, frente a los Santoro estaban los tres encargados del convento, un cura y dos monjas, rezando en silencio. - ¿Quién fue? - se limitó a preguntar Alessandro. - Ninguno, ella aun es virgen. - dijo Victoria respirando pesadamente. - NO me jodas madre. - Giovanni no era el único aséptico que allí se encontraba. - Lo acaba de confirmar el médico. - se limitó a responder Victoria mientras el doctor de confianza de la familia asentía con la cabeza, jamás les mentiría, ni por Dios lo haría. - ¿Entonces? - Estefanía temblaba al lado de su padre, la mayor siempre cuido de sus hermanos, los amaba. - No sabemos que paso, pero por lo que pude averiguar de las personas RESPONSABLES de cuidar a mi hija. - comenzó a decir la matriarca, dejando en claro a quienes hacia responsables. - Hace dos meses alguien irrumpió en el convento, encontraron desmayadas a varias novicias, entre ellas Alejandra, las reviso un médico y no encontró nada fuera de lo normal, al llegar la policía solo constataron que faltaba un poco de dinero, por lo que asumieron que fue un simple robó y que habían drogado a las jóvenes con una bomba de humo que encontraron en el lugar. - Eso no explica una mierda. - dijo Alessandro mientras pensaba a cuál de los tres torturaría primero. - Señor Santoro, creo que a la señorita Alejandra le realizaron una inseminación intrauterina, ya que de todas fue la única que dijo tener un dolor abdominal al despertar y luego pequeños cólicos. - ¿Qué mierda quiere decir eso? - pregunto el patriarca. - Que, a nuestra hija, alguien la está usando como incubadora, carga un bebé que no es suyo. Las lágrimas de Santoro comenzaron a caer al momento que vio el rostro de su santa hija aparecer, aquella que por 4 años no había visto por ser cautiva por voluntad propia, su rostro que siempre brillo estaba cubierto de dolor y tristeza, mientras la furia crecía en los corazones de sus hermanos. Eran las 16 horas en Sicilia Italia, el sol brillaba en lo alto del cielo, cuando todo quedo cubierto por las sombras, y los Santoro juraron que nadie volvería a ver la luz hasta que la SANTA HIJA DE LA SOMBRA, volviera a sonreír.

Capítulo 1 El principio.

20 años habían pasado del día que Victoria Zabet había contraído matrimonio con Alessandro Santoro mejor conocido como LA SOMBRA ITALIANA, convirtiéndose así en la señora Santoro, una mujer de conducta intachable, alguien que todo el mundo respetaba al igual que su esposo, atrás habían quedado los chismes, comentarios o rumores de que aquella mujer era la Reina de la sombras o que manejaba la mafia Siciliana, para todo el mundo esta pareja no tenía punto de comparación con el resto de la familia Zabet, con el Clan Neizan o los tíos de la mujer que eran conocidos asesinos, sin embargo nada habí

a cambiado, Alessandro Santoro jamás había dejado de ser LA SOMBRA ITALIANA y a su lado su esposa era quien Reinaba, ahora todo aquello recaería en la mayor de sus hijas Estefanía, que con 27 años se preparaba día a día para tomar el lugar de su padre, manejaría la mafia al igual que su progenitor, desde las sombras, nadie debía conocer quién era en realidad y hasta la fecha lo habían conseguido.

Para todos Estefanía Santoro era una mujer culta, servicial, honrada, igual que su hermano menor Giovanni de 18 años, el cual acababa de terminar sus estudios y ahora se tomaría uno o dos años para estar seguro de que era lo que quería estudiar, no debían preocuparse por ellos, a decir verdad, nadie se preocupaba o acosaban, eran "normales". La única de la familia que causaba preocupación en su familia y era el foco de todo reportero era Alejandra Santoro, la mujer de 20 años poseía una belleza única, pero no era eso lo que llamaba la atención, lo que nadie entendía y que en su familia causaba discusiones era su vocación.

Alejandra Santoro tenía solo 6 años cuando dijo que quería servir a Dios, nadie le tomo peso a sus palabras, aun así, su madre la llevo cada domingo a misa. Con 12 años dijo que ella jamás se casaría, solo le serviría a Dios y Santoro comenzó a preocuparse, no tenía nada en contra de la religión en sí, pero no estaba dispuesto a aceptar que su hija llevara una vida privada de lujos y comodidades, por un absurdo, como él lo llamaba, pero si la joven tenía algo en claro era lo que deseaba, en la mente de la joven Alejandra Dios era todo poderoso, él era el creador del mundo, el universo, todo era posible mediante él y ella solo le pedía una cosa, Alejandra haría todo con tal de que Dios le cumpliera lo que pedía, lo único que siempre deseo fue que su madre pudiera ver, quería que disfrutara de los colores vivos del viñedo, que viera el rostro de cada uno de sus hijos y que dejara de imaginar cómo serían las cosas, si Dios le cumplía eso, ella gustosa entregaría su vida entera a servirle, pero había un problema, la vida y lo que sus padres hacían, para Alejandra la ceguera de su madre tenía un motivo, castigo.

- Por favor padre todo poderoso, perdona sus ofensas, déjame guiarlos.

Horas y horas Alessandro la veía rezar, de rodillas y sin decir queja alguna, culpándolo a él o a la familia de su madre por su ceguera, cientos de horas donde su madre le explicaba que ella jamás podría ver con sus ojos, pero que aun así no los necesitaba, la joven no creía que Vicky era feliz y que ella si los veía, mejor que nadie, no necesitaba sus ojos. Pero Alejandra siguió con su vocación, ingresando a un convento a los 16 años, no solo los periodistas enloquecieron con aquello, Alessandro también, fue tanto el enojo que sintió que dejo de hablar con Alejandra, no soportaba la idea de que a partir de ese momento dependiera de Madres superioras y curas si él podía o no, ver a su hija, no podía creer que su hija estuviera limpiando pisos, ventanas y recibiendo ordenes de personas que para Santoro no eran nada, ya que Dios no está en un templo o iglesia, pero no importo nada de lo que hiciera, su hija no cambio de opinión y él dejo de verla o así sea hablarle, así pasaron los años, hasta que la joven cumplió 20 años, estaba a punto de dejar de ser novicia y tomar sus votos perpetuos mientras Alessandro estaba rayando la locura.

- ¿No iras al convento? - pregunto Fabrizzio ingresando en el despacho del mafioso.

- Jamás me verán derrotado, ni siquiera Dios. - dijo de forma fría el italiano.

- Alessandro ¿acaso no le temes ni a Dios?

- ¿Cómo no temerle? Si gracias a él he perdido a la niña de mis ojos, amo a mis hijos y eso hasta Dios lo sabe, pero ¿Por qué tenía que arrebatarme precisamente a mi niña? ¿No le basto conque tuviera un alma tan limpia que incluso yo ordene que jamás se involucrara en nada de toda esta mierda? ¿Por qué también la aparto de mi lado?

Importancia, era lo que este hombre sentía, no ver con la libertad que él quisiera a su hija, era como si estuviera detenida en alguna prisión, era una cautiva por voluntad.

- ¡Quiero a todos los hombres en ese puto convento, ahora! - los gritos furiosos de Estefanía se oyeron por toda la finca.

- Hija ¿qué sucede? - pregunto preocupado Santoro, saliendo de la oficina seguido por Fabrizzio, Estefanía no perdía el control de esa forma.

- ¡Matare a todos yo mismo, y nadie me detendrá! - nadie había visto tan enojado a Giovanni como lo estaba en ese momento, sus ojos cafés con motas verdes brillaban clamando la muerte de alguien.

- ¡¿Qué mierda susede?! - a Alessandro la paciencia se le había terminado.

- Puedes estar feliz padre, Alejandra no tomara sus votos. - dijo Estefanía mientras cargaba su arma.

- ¿Por qué? - respondió sorprendido y cayendo en cuenta que sus hijos debían estar acompañando a Victoria y Alejandra en aquel lugar, donde ahora se dirigían con todos los hombres de la organización y por supuesto todos armados.

- Porque Alejandra está embarazada y yo no creo en las vírgenes. - termino de decir con enfado la morena que era tan letal como su padre.

- ¿Abusaron de mi niña?

Santoro jamás sintió tanto odio en su vida, su cuerpo sintió como su sangre comenzó a hervir, su niña, aquella que se había sometido a un cautiverio autoimpuesto, a la que hacía 4 años no veía ni le hablaba, porque en su corazón de padre su niña lo estaba abandonando, alguien se había atrevido a tocarla.

- A no ser que el espíritu santo la visitara, así es, pero te juro que lo pagaran. - dijo apretando los dientes el menor de la familia, aquel que era tranquilo como un lago, pero que cuando se enojaba se levantaba como un tsunami arrasando todo a su paso. Giovanni tenía la sangre y los medios para cumplir lo que prometía.

- Quien sea que se atrevió a tocar a mi santa hija, lo pagara.

Alessandro salió de su finca acompañado de sus hijos, la mayor y el menor entraron en aquel convento uno a cada lado de su padre, como si fuera una versión apocalíptica de la biblia, uno a su derecha y el otro a su izquierda, estaban sedientos de sangre, de venganza.

- Alto. - la voz de su madre los detuvo, sus pasos eran inconfundibles para ella, frente a los Santoro estaban los tres encargados del convento, un cura y dos monjas, rezando en silencio.

- ¿Quién fue? - se limitó a preguntar Alessandro.

- Ninguno, ella aun es virgen. - dijo Victoria respirando pesadamente.

- NO me jodas madre. - Giovanni no era el único aséptico que allí se encontraba.

- Lo acaba de confirmar el médico. - se limitó a responder Victoria mientras el doctor de confianza de la familia asentía con la cabeza, jamás les mentiría, ni por Dios lo haría.

- ¿Entonces? - Estefanía temblaba al lado de su padre, la mayor siempre cuido de sus hermanos, los amaba.

- No sabemos que paso, pero por lo que pude averiguar de las personas RESPONSABLES de cuidar a mi hija. - comenzó a decir la matriarca, dejando en claro a quienes hacia responsables.

- Hace dos meses alguien irrumpió en el convento, encontraron desmayadas a varias novicias, entre ellas Alejandra, las reviso un médico y no encontró nada fuera de lo normal, al llegar la policía solo constataron que faltaba un poco de dinero, por lo que asumieron que fue un simple robó y que habían drogado a las jóvenes con una bomba de humo que encontraron en el lugar.

- Eso no explica una mierda. - dijo Alessandro mientras pensaba a cuál de los tres torturaría primero.

- Señor Santoro, creo que a la señorita Alejandra le realizaron una inseminación intrauterina, ya que de todas fue la única que dijo tener un dolor abdominal al despertar y luego pequeños cólicos.

- ¿Qué mierda quiere decir eso? - pregunto el patriarca.

- Que, a nuestra hija, alguien la está usando como incubadora, carga un bebé que no es suyo.

Las lágrimas de Santoro comenzaron a caer al momento que vio el rostro de su santa hija aparecer, aquella que por 4 años no había visto por ser cautiva por voluntad propia, su rostro que siempre brillo estaba cubierto de dolor y tristeza, mientras la furia crecía en los corazones de sus hermanos.

Eran las 16 horas en Sicilia Italia, el sol brillaba en lo alto del cielo, cuando todo quedo cubierto por las sombras, y los Santoro juraron que nadie volvería a ver la luz hasta que la SANTA HIJA DE LA SOMBRA, volviera a sonreír.

Capítulo 2 Dios.

La hermana María caminaba apresurada por los largos y fríos pasillos del convento, solo faltaba unas horas para que las novicias tomaron sus votos perpetuos, y así dedicar toda su vida a servir a Dios, pero no era eso lo que la preocupaba y le hacía poner su vida en manos de Dios.

- Madre superiora. - la mujer de casi 70 años levantó sus ojos y observo con reproche a la hermana que acababa de irrumpir en su oficina sin siquiera golpear.

- Hermana María, ¿Qué ejemplo cree estar impartiendo con ese comportamiento? - dijo con toda seriedad.

- Lo siento mucho Madre superiora, pero esto requiere de su atención. - dijo aun agitada ingresando en el despacho sin ser invitada. Extendió un sobre y la Madre superiora lo tomo aun mirándola con reproche por su comportamiento.

Luego de un minuto que para la hermana María pareció eterno, la madre superiora se dejó caer en el sillón, su cara estaba pálida, mientras sus manos temblaban. ¿Cómo podrían enfrentar esto? ¿Cómo podrían salir vivos de lo que se avecinaba?

Alessandro Santoro al igual que su padre y el padre de su padre era el líder de la mafia Siciliana, conocido en el bajo mundo como LA SOMBRA ITALIANA, nadie conocía quien era realmente el mafioso, nunca mostraba su rostro, ya que todos sus negocios los llevaba a cargo su mano derecha, Fabrizzio, así durante años la familia Santoro paso desapercibida, como simples empresarios, honestos y respetados, pero en el convento sabían muy bien quien era realmente la SOMBRA, la familia Santoro los ayudaba económicamente desde sus inicios y era eso mismo lo que ahora le hacía rezar a esta mujer.

- ¿Cómo explicaremos esto? - dijo en un susurro cargado de pánico.

- ¿Nosotros? ¿O ella? - la hermana María no manejaba tanta información como la madre superiora, siempre creyó que Alejandra era una niña rica y nada más.

- ¿Qué esta insinuando tu boca? ¿Acaso tu corazón y alma no te deja ver con claridad? - la madre superiora conocía a Alejandra desde que era una bebé, ella jamás dudaría de la joven.

- Pero Madre superiora, ¿acaso no está claro lo que esa muchacha hizo?

- Hermana María, nunca debe olvidar que somos sirvientes de Dios, no juzgamos y mucho menos hablamos de cosas que no sabemos.

- Entonces estamos ante un milagro. - el tono irónico de la hermana María no le gusto, pero ya tendría tiempo para hacerla recapacitar y que encontrara nuevamente el camino correcto.

- Solo digo que Alejandra Santoro no solo tiene vocación, ella tiene un alma tan pura como para ser consagrada como santa, sea lo que sea que está pasando... solo Dios nos puede ayudar.

La madre superiora ya no perdió más tiempo en hablan con aquella mujer, que por algún motivo siempre había sentido cierto desprecio por la joven Santoro y en donde más de una vez no solo había puesto en prueba su fe, también había abusado de su cargo, algo que la Madre superiora desconocía al igual que el cura encargado de aquel monasterio.

Luego de estar enfrascado en una larga conversación con el cura responsable de aquel lugar, llegaron a la conclusión que por más que quisieran que todo fuera un milagro no era así, decidieron llamar al médico que siempre se encargó de la familia Santoro, no permitirían que nadie más se enterara de lo que sucedía.

- Doctor, estos estudios pertenecen a Alejandra Santoro, los hacemos rutinariamente antes de que tomen sus votos perpetuos, como podrá observar... está embarazada. - el doctor los observo como quien ve dos cadáveres que aún no se terminan de enfriar.

- Saben que debo informar de esto al señor Santoro ¿verdad? - este hombre no arriesgaría su vida ni la de su familia por un cura y una monja.

- No es necesario, nosotros le informaremos, solo... necesitamos saber cómo es posible, la fe y vocación de Alejandra, hace muchos años que no veía nada igual, si alguien la lastimo... debo saber la verdad antes de morir. - el cura reflejaba pesar, miedo y decepción, no quería creer que bajo su cargo alguien hubiera mancillado la inocencia de aquella joven que era apenas una adolescente cuando llego al convento, no quería creer que en la casa de Dios la maldad se hubiera filtrado.

Como medida preventiva suspendieron todo lo previsto para ese día sin mayores explicaciones, todos fueron avisados, menos la familia Santoro.

Mientras tanto el doctor como la madre superiora trataban de hacerle entender a Alejandra que aquello no era un milagro, solo la maldad del hombre.

- ¿Cómo puede ser malo traer una vida al mundo? - pregunto la joven aun de rodilla observando al cristo crucificado que colgaba de la pared, buscando una respuesta en aquella imagen, más que en la voz del doctor.

- No lo es, lo malo es que alguien te está usando, la mínima rotura que tienes en la membrana del himen me indica que por allí ingreso una aguja, aun eres virgen y cuando sucedió el asalto al convento no estabas en tus días fértiles, por lo que todo me indica que se te fue colocado un óvulo ya fecundado, ¿entiendes que ese feto no tiene tu ADN, solo eres una incubadora y eso es lo malo, hay muchas mujeres que trabajan de eso, pero no tenían por qué obligarte a ti a pasar algo así. - el doctor de la familia no solo era consciente del infierno que se desataría, también sentía una gran pena por la joven, él la había atendido desde que tenía un mes de vida, conocía su corazón, sabía que era una santa.

No fue fácil explicar todo aquello, ni a Alejandra, ni a su madre, mucho menos al resto de la familia, aun se encontraban en el convento cuando Alejandra salió de la pequeña oficina donde se encontraba, escuchando todo, necesitaba ver el rostro de su padre, lo había extrañado, cuatro años sin un abrazo de su parte, sin una palabra, ella lo amaba, pero sentía que su sacrificio debía ser grande para que Dios escuchara sus plegarias y su madre recuperara la vista, fue por eso que nunca pidió por él, pero la verdad es que lo había extrañado demasiado.

- Papá. - llamo con una suave voz mientras sus lágrimas caían

- Mi santa hija. - respondió el hombre de cincuenta años pero que poseía un cuerpo envidiable por cualquier joven.

- No tienes nada que temer, el doctor Richard se ocupara de quitar eso de tu vientre y te juro que no descansare hasta dar con quien te quiso utilizar. - tanto Victoria como Alejandra se tensaron al oírlo, pero para Estefanía y Giovanni era lo más sensato.

- Alessandro. - lo llamo su esposa, que a pesar de ser ciega poseía un brillo único en sus ojos que no disminuía con los años, Vicky le quiso advertir, ella conocía a sus hijos, pero Alejandra hablo antes.

- No me quitaran a mi hijo. - dijo mientras limpiaba sus lágrimas y miraba desafiante a su padre.

- ¿Qué? - Alessandro no era el único que la miraba con horror, sus hermanos también lo hacían.

- Te juro ante Dios, que nadie me quitara a mi hijo.

El infierno mismo se abría a los pies de los Santoro y eso... hasta Dios lo sabía.

Capítulo 3 El comienzo.

- Simón, no... por favor, ya... no puedo más... detente.

- Eres mi puta y hago contigo lo que quiera, que no se te olvide. - respondió el joven mientras dejaba un fuerte azote en la nalga de su compañera.

Simón Rossi arremetía sin descanso y con total brutalidad el cuerpo de una rubia despampanante, que parecía más una muñeca que una persona de carne y hueso, el cuerpo blanquecino de la joven estaba adornado de cardenales, no solo por lo violento del acto sexual, a este joven se le daba muy bien perder la paciencia, y no poseía respeto alguno por las mujeres, ninguna de sus novias duraba más de un mes con él, Alondra la rubia que ahora gritaba de placer y dolor por igual medida debajo de él, era la única que había batido récord, llevaban dos meses al lado de LA BESTIA, como lo conocían al joven, pero eso estaba a punto de terminar, una vez que descargo su semilla por el cuerpo de la joven, como queriéndola marcar una vez más.

- Toma tu ropa y vete. - dijo el joven mientras caminaba hacia el baño aun agitado.

- ¿Qué? creí que iríamos con los chicos... - la rubia comenzó a vestirse apresuradamente, no quería tentar su suerte.

- Alondra tú no puedes creer nada, es más, no tienes permitido si quiera pensar, ¿te queda claro?

- Ya me cansé Simón, soy tu novia, no puedes tratarme como a las demás. - en tiempo récord Simón atravesó la habitación y del bofetón que le dio la lanzo al piso de mármol frio.

- Yo no tengo novias, tú eres una puta más como las otras y si no te gusta sabes que hacer.

Alondra salió corriendo de aquella habitación, mientras su labio sangraba, no era la primera vez que la golpeaba y sabía que no sería la última.

La finca se había convertido en un caos, Alessandro no podía creer lo que Alejandra quería hacer, para él era algo inaceptable y no tardó mucho en mostrar su lado oscuro.

- ¡No estoy dispuesto a aceptar esta mierda! esto es todo culpa tuya Victoria, siempre siendo tan permisiva, alentando las locuras de cada uno de tus hijos. - Alessandro rara vez se enojaba con su esposa, aún más raro era el hecho de que jamás le había reprochado algo, menos la forma de criar a sus hijos.

- ¡No le hables a mamá de esa forma! Al menos ella nos cuidó y nos enseñó lo que es el amor en cambio tu... siempre encerrado en este despacho, ¡viviendo entre las sombras! - Estefanía era muy consiente que su padre había matado a Fabiola, su verdadera madre, y a pesar de saber que jamás atentaría contra la vida de Victoria, no estaba dispuesta a correr algún riesgo.

- Este despacho pronto será ocupado por ti y solo entonces entenderás lo que es estar en mi lugar. - respondió furioso el mayor.

-Estefanía, no interfieras hija, por favor, déjame hablar a solas con tu padre. - el tono de su madre reflejaba enfado y aunque la morena sabía que ella podía defenderse más que bien sola, no dejaría nada librado a la suerte, al igual que Giovanni, por ese motivo ninguno de los dos se movió de su lugar.

- No me interesa lo que tengas para decir, Alejandra se realizara un aborto y si no es viable tampoco me importara que le realicen una cesárea, ¡quiero a ese feto fuera de su cuerpo para poder dar con los responsables!... - Santoro estaba segado por la ira, en ese momento no recordó todo y cada uno de los consejos que su esposa Victoria le dio a lo largo de los 20 años que llevaban juntos, hablaba sin pensar y sin medir lo que decía, estaba cavando su propia tumba.

- ¡Quiero el divorcio, mientras lo tramitas me iré con MIS HIJOS! - Victoria no solo interrumpió su monologo, también fue la causante de que el mundo del mafioso se detuviera en un segundo, dejándolo sin habla. Mientras Alejandra quien estaba del otro lado de la puerta escuchando la discusión, salió corriendo al viñedo, con su corazón aún más roto de lo que lo tenía.

- Espera, de que rayos hablas. - dijo Alessandro cuándo pudo reaccionar tomando su mano antes que esta emprendiera el camino a la salida.

- Crees que soy la culpable de todos esto, como también crees que crie mal a MIS hijos por el solo hecho que les enseñe a razonar y a dejarse llevar por lo que su corazón les dice, estás hablando idiotez tras idiotez, queriendo decidir sobre el cuerpo de tu hija, NUESTRA HIJA, la cual te recuerdo que fue concebida porque tú me violaste, y por la cual estuve dispuesta a hacer todo para protegerla. - La mano de Santoro libero el brazo de Victoria como si estuviera tocando fuego, jamás en todos los años que llevaban juntos ella le había recriminado aquello, y eso le produjo el mayor dolor que en sus cincuenta años pudo soportar, se tambaleo hasta encontrar el escritorio de madrea de roble que le sirvió de apoyo para no caer.

- Yo...creí...no es lo mismo. -termino de hablar entre balbuceos mientras agachaba la cabeza con vergüenza por lo que hizo en el pasado, contra su esposa siempre estaría en desventaja, contra ella nunca podría hacer o decir nada.

- Lo es, aunque no lo creas, es lo mismo, no importa si la violaron o si es virgen, a Alejandra solo le importa el bebé, una vida y así como ella lo elegirá sobre nosotros, si la obligas, yo... elijo a mis hijos sobre ti o sobre el mismo mundo si es necesario, adiós, Alessandro Santoro, es una lástima que aun teniendo ojos no veas que ellos ya no son niños a los que les puedas decir que hacer y qué no.

- No puedes dejarme, no puedes abandonarme Vicky. - Antes que la rubia diera un paso Santoro ya la tenía envuelta entre sus brazos, que seguían siendo tan fornidos como hace 20 años atrás.

- Mi corazón siempre estará contigo, ese lo cautivaste el día que te presentaste. - respondió con voz temblorosa y es que esta mujer jamás dejaría de amar a su esposo.

- Querrás decir el día que te secuestre, mi pequeña gatita, perdona las estupideces que acabo de decir, yo... creo que nunca seré un buen padre, solo... no soporto ver a nuestros hijos sufrir. - explico aun agitado ante la idea de poder perder a su esposa y llevando una de las pequeñas manos a su rostro, para que de esta forma ella pudiera ver como sufría ante la idea de perderla.

- Cada uno tiene batallas por luchar, y no nos corresponde pelear por ellos, solo podemos mantenernos a su lado y asegurarles que sea lo que sea que suceda en su vida podrán contar con nosotros. A si lo hicieron mis padres conmigo y mis hermanos, entiende que es su vida, no la nuestra.

Al fin Estefanía y Giovanni pudieron relajarse a pesar de que no les gusto saber aquel dato tan importante, como que su hermana fue concebida gracias a que su padre violo a su madre, ya tendrían tiempo después para enfrentar a su padre por su falta, por ahora dejaron a sus padres limar asperezas, sabían que mientras más fuerte fuera la discusión más tiempo seria el que se encerrarían en su alcoba o bajarían al sótano, ninguno de los tres jamás quiso saber que había en aquel lugar, sabían perfectamente que fuera lo que fuera serian ellos los que quedarían traumados si llegaban a entrar en aquella habitación.

Mientras Alessandro y Victoria se reconciliaban, Giovanni trataba de pensar cómo ayudar a su hermana, como sería su vida ahora, no habían hablado mucho, la joven solo se había encerrado en su antigua habitación, o eso creían, estaba tan inverso en sus pensamientos que se había olvidado de que había quedado en reunirse con sus revoltosos amigos.

Sin embargo, Alejandra no estaba en su habitación, ella caminaba por los viñedos, esos que la habían visto crecer y se planteaba casi lo mismo que su hermano, mientras las lágrimas caían por su rostro.

- ¿Qué voy a hacer? Dios ¿Acaso esta es tu misión para mí? ¿Seré la responsable de que el matrimonio de mis padres termine? Solo sirvo para causar problemas.

Eran demasiadas las preguntas que la joven tenía en mente, todavía debía ir al hospital para realizarse un verdadero chequeo, saber de cuánto tiempo estaba embarazada, todo en su vida se había torcido, pero de algo estaba segura, ella tendría a ese bebé y lo cuidaría, sabía que no llevaba su sangre, pero también sabia una gran verdad.

- Todos somos hijos de Dios. - dijo en voz alta una vez más, hablando con ella misma, pero ahora no estaba sola.

- Yo no, me da más ilusión pensar que soy hijo del diablo. - la voz de un hombre irrumpió en el viñedo y la hizo girar, para encontrarse con un joven alto de cabello color miel al igual que sus ojos, vestido de negro con un aire de peligro a su alrededor.

- Lucifer también es hijo de Dios, solo que se revelo contra su padre y fue desterrado. - respondió con toda seriedad mientras limpiaba sus lágrimas.

- Una loca religiosa - una risa sarcástica salió de sus labios- No creí que Giovanni tuviera amigas como tú. - el joven la mira de arriba abajo, tenía una estatura media, un rostro hermoso no podía negarlo, su cabello estaba corto demasiado para su gusto, era un corte casi varonil, llevaba un vestido largo y un saco de lana fino estaba más que claro que ocultaba su cuerpo, pero por sus delgados dedos y rostro podía saber que era delgada.

- Dime ¿por qué lloras belleza? - pregunto con verdadera curiosidad, sus ojos de color negro y motas verdes llamaban su atención, eran raros, como los de Giovanni.

- ¿Eres amigo de Giovanni? - respondió con otra pregunta, hacia 4 años que solo veía a su hermano los domingos y apenas por una hora, desconocía casi al completo como era o con quien se relacionaba.

- Soy su mejor amigo Simón y ¿tu? No te ves como alguna de sus amigas. - Simón reparo que el rostro de la joven se la hacía conocido, pero no recordaba de dónde, mientras dio una vuelta a su alrededor, como quien mira una hermosa escultura y la aprecia de todos sus lados.

- Alejandra Santoro. - se presentó y el joven retrocedió dos pasos mirándola con confusión.

- ¡Que broma más patética! bien Giovanni, sal de donde estés, no te creí capas de bromear con tu hermana. - Alejandra no entendía que sucedía, mientras su acompañante miraba a los lados en búsqueda de Giovanni.

- No es una broma, soy la hermana de Giovanni. - repitió con calma, mientras pensaba que el nombre del joven era el mismo que el del primer papa, San pedro.

- Claro, ¿se supone que eres un fantasma? Porque hasta donde se Alejandra Santoro murió hace 4 años. - Alejandra sintió que las piernas le temblaban, estuvo a punto de caer de no ser por los brazos de Simón que ahora la sostenían, mientras sus ojos se llenaron de lágrimas.

- ¿Quién te dijo eso? - la voz le salió rota, trataba de reponerse, ella había elegido el camino a servir al prójimo, sabía que renunciaría a su familia, pero saber que alguien dijo que ella estaba muerta le dolió, su familia la rechazaba.

- Giovanni ¿quién más? ¿Te encuentras bien? - Simón no era una persona servicial, pero la joven entre sus brazos se sentía frágil, algo de ella lo inquietaba.

- No, pero no debes preocuparte, Dios me dará la fortaleza que necesito, ¿podrías soltarme? - el dolor de que su hermano menor dijera que ella estaba murta se vio sustituido por una pequeña incomodidad por la cercanía del joven, ella jamás se había acercado tanto a un hombre, solo a los de su familia.

- No, no te soltare, aun estas pálida y ya conozco a las idiotas como tú que creen en un Dios que jamás existió más que en las mentes de las personas débiles, no pierdas tu tiempo buscando una ayuda que jamás llegara, te llevare a la casa, no sé quién eres, pero si estas en esta finca es porque conoces a los Santoro. - Alejandra no entendía el enfado del joven, pero no pudo decir nada más, ya que la tomo en brazos y comenzó a caminar con ella como si fuera una niña pequeña, Alejandra estaba muda de los nervios, se planteaba si eso estaba bien o si se podía considerar un pecado.

- ¿Qué mierda le hiciste a mi hermanita? - Estefanía estaba a punto de salir cuando se cruzó con los jóvenes.

- ¡¿Tu hermana?!

- Si Simón, mi hermana y sácale tus asquerosas manos de encima, ¿Ale estas bien? ¿Acaso LA BESTIA te hizo algo? - preocupación pura era lo que salía de sus labios, la morena conocía a Simón, sabía muy bien quien era y lo que hacía, Simón era un perverso sádico de allí su apodo LA BESTIA.

- Solo me ayudo, estaba caminando y no me sentí muy bien. - Trato de sonar indiferente mientras el joven la coloco de pie, pero sus ojos rojos la delataban, estaba sufriendo.

- Ale, mentir es pecado y lo sabes. - Estefanía, tenía 7 años cuando Victoria Zabet llego a su vida y la adopto como hija, la crio con amor y cariño, pero esta mujer tenía más de su padre que de cualquiera a su alrededor y no tenía escrúpulos si debía manipular a las personas de su entorno para conseguir lo que quería, en este caso, la verdad del malestar de su hermana.

- Giovanni dijo que estaba muerta. - termino por responder con el rostro aún más pálido y sus ojos conteniendo las lágrimas.

- ¡GIOVANNI! - la morena pocas veces gritaba, pero cuando lo hacia todos temblaban, después de todo ella tomaría el lugar de su padre dirigiendo la mafia siciliana.

- ¿Qué hice? - dijo el mencionado apareciendo de inmediato con un sándwich en la mano.

- ¿Le dijiste al idiota que Alejandra estaba muerta? - Estefanía apunto a Simón y este lo miro enfadado, ¿Cómo era capaz de jugar con algo así? Se preguntaba a la vez que deseaba golpear a la morena por llamarlo de esa forma, pero sabía que su jefe lo mataría si hiciera eso.

- No, claro que no. - su hermano camino hasta estar al lado de Ale, quien lo veía con dolor y pena, entonces la abrazo.

- Jamás diría algo así, eres mi hermana favorita, tu no gritas como está loca. - dijo colocando un beso en la cabeza de Ale.

- ¿Como que no? me dijiste que tu hermana se fue con Dios, que era una santa. - Simón quería golpear a su amigo, si Estefanía le decía a Dante algo de todo esto, él era hombre muerto.

- ¡Porque se fue a un convento, era una novicia idiota!

Simón recordaba la conversación que había tenido con su amigo, cuando Giovanni era apenas un niño de 14 años. Simón que en ese entonces tenía 18 años llego junto con su jefe Dante, quien estaba en plan de enamorar a Estefanía, mientras ellos hablaban él se dedicó a recorrer el viñedo y fue allí que encontró a Giovanni, estaba solo llorando, gritándole a Dios porque le hacía esto, entonces él le pregunto qué le sucedía y allí Giovanni le dijo que Dios se había llevado a su hermana Alejandra que ahora era una santa, luego de ese día se hicieron amigos y ya no pregunto por Alejandra.

Las risas no tardaron en llenar el lugar, mientras Alejandra tomaba noción de como su decisión había lastimado a su familia y también a ella misma, ya que fueron muchos los días que lloro sola en el cuarto del convento porque extrañaba a su familia.

¿Acaso este fue tu plan padre? ¿Tu misericordia actuó en mí para que regresara a casa? ¿Sabías que mi entrega no era absoluta?

Mientras Alejandra dejaba vagar su mete, Simón también lo hacía, pero tratando de recordar donde había visto a esa joven.

- ¿Entonces estabas en el convento? - pregunto mientras la futura esposa de su jefe salía de la finca y quedaba solo con Giovanni y Alejandra.

- Si desde los 16 años, ayer tomaría mis votos perpetuos... pero ya no pude.

- ¿Por qué?

- Tendré un bebé. - respondió sin miedo o vergüenza.

La respuesta de Alejandra lo dejo sin habla, en ese momento no necesito mayores explicaciones, en ese momento lo supo, recordó de donde conocía a la joven y entendió que este era el comienzo de todos sus problemas.

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