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El placer de lo prohibido

El placer de lo prohibido

Autor: : Eva Gutierrez
Género: Adulto Joven
-Padre nuestro que estás en los cielos... -comenzó a recitar el sacerdote. Los movimientos del vibrador parecían sincronizarse con las palabras de la oración. Mi respiración se volvió entrecortada, y sentí cómo un orgasmo comenzaba a construirse en mi interior. -Santificado sea tu nombre... -continuaba la oración. Samuel me miró, y pude ver en sus ojos que sabía exactamente lo que estaba pasando. Aumentó aún más la intensidad, y las vibraciones se volvieron casi insoportables. -Venga a nosotros tu reino... Sentí que estaba al borde del orgasmo. Me iba a correr allí, en la iglesia, en medio de una oración y rodeada de gente extremadamente religiosa con ese juguete sexual controlado por mi tío. Era algo tan perverso y tan prohibido que solo aumentaba mi excitación... *** Alma siempre ha sido una niña buena, justo como sus padres la han educado. Siempre ha ido a la iglesia, ha cumplido con todos sus deberes y nunca se ha desviado ni un poco del camino recto. El problema comienza cuando su tío, Samuel, se muda temporalmente con ella y con su familia. Alma descubre que detrás de la fachada de religioso ejemplar se esconde un hombre perverso y encantador a partes iguales, un hombre que comienza a mostrarle un camino que definitivamente no los llevará al cielo a ninguno de los dos. O al menos no al cielo en el que sus padres creen. A veces incluso las niñas buenas tienen fantasías oscuras, solo hace falta que alguien les dé un pequeño empujón para cumplirlas...

Capítulo 1 Una chica buena

Mi prioridad siempre había sido ser una niña buena. Ir a la iglesia, orar todos los días, sacar solo sobresalientes en la escuela, nada de novios ni contenidos mundanos...

Así me habían educado mis padres, y así fui hasta que cumplí los dieciséis. Fue en ese entonces cuando descubrí que había un mundo más allá de la burbuja en la que siempre había vivido. Un mundo también de dominio y sumisión, pero no precisamente religiosa.

Un mundo que, si bien no te prometía un cielo después de la muerte, te ofrecía algo mucho mejor: conocer el mismísimo paraíso aquí en la tierra.

Todo comenzó una tarde mientras hacía las tareas en la casa de mi mejor amiga, Miriam. Ella era mi única amiga fuera de la iglesia, pero mis padres me permitían relacionarme con ella porque conocían a los suyos y sabían que tenían una reputación perfecta.

El teléfono de Miriam se iluminó sobre la mesa mientras ella estaba en el baño. No quise mirar, de verdad que no, pero la imagen que apareció en la pantalla captó mi atención de inmediato. Ahí estaba, frente a mis ojos, algo que nunca había visto antes: un hombre arrodillado, con las manos atadas a la espalda, mientras una mujer lo sujetaba del pelo.

-Dios mío -susurré, incapaz de apartar la mirada.

¿Cómo era que ella veía ese tipo de cosas? ¿De dónde las había sacado?

Era algo que gritaba pecado por todos lados, y mi corazón estaba latiendo tan fuerte que temí que Miriam pudiera escucharlo desde el baño.

La imagen mostraba al hombre con expresión de éxtasis mientras la mujer le halaba el cabello, obligándolo a mirarla. Había algo hipnotizante en esa imagen, en la forma en que él se sometía de manera voluntaria.

La puerta del baño se abrió de repente y dejé caer el teléfono sobre la mesa como si el simple hecho de tocarlo quemara.

-¿Ya terminaste los ejercicios de matemáticas? -me preguntó Miriam y volvió a sentarse junto a mí.

-Ya casi -respondí con la voz más aguda de lo normal, aunque traté de disimular lo mejor que pude-. Me faltan dos problemas nada más.

Miriam tomó su teléfono y lo revisó rápidamente. Su rostro no mostró ninguna reacción especial. Luego guardó el aparato en su bolsillo y volvió a concentrarse en los libros.

-Alma, ¿te pasa algo? -me preguntó-. Estás muy colorada.

-Es que tengo calor, eso es todo.

Pero no lo era, definitivamente no.

Durante el resto de la tarde, no pude concentrarme. Mi mente volvía una y otra vez a esa imagen. ¿Por qué alguien querría someterse así? Y lo más perturbador: ¿por qué me había excitado tanto verlo?

Cuando llegué a mi casa, saludé a mis padres brevemente y me encerré en mi habitación con la excusa de tener mucho por estudiar. Me senté en la cama, todavía algo inquieta. Entre mis piernas sentía un calor y una humedad que conocía, pero que siempre había ignorado, como me habían enseñado.

Eso era pecado, y el pecado estaba rotundamente prohibido para alguien como yo.

Comencé a rezar en voz baja, intentando alejar los pensamientos impuros. Pero la imagen volvía: el hombre de rodillas, la mujer dominante, las expresiones de placer de los dos.

Me acosté en la cama y cerré los ojos. Mi mano, casi con voluntad propia, se deslizó bajo la cintura de mi falda. Me detuve y lo dudé por un momento.

«Eso es pecaminoso», me dije. Pero la verdad es que mi cuerpo pedía otra cosa.

Lentamente, me quité la falda y me metí bajo las sábanas. Con los ojos cerrados, dejé que mis dedos rozaran el borde de mis bragas. Nunca antes me había tocado así, de manera intencionada. Había sentido cosas, por supuesto, pero siempre las había reprimido de inmediato.

Mi respiración se volvió irregular cuando mis dedos encontraron la humedad a través de la tela. Presioné suavemente y un escalofrío recorrió mi cuerpo.

-Dios... -susurré, mordiendo mi labio inferior.

Me quité las bragas bajo las sábanas y volví a tocarme, esta vez directamente. La sensación fue tan intensa que tuve que taparme la boca con la otra mano para no hacer ruido. Si mis padres llegaban a imaginarse siquiera lo que estaba haciendo me encerrarían en un convento de por vida.

Mis dedos se movieron en círculos, explorando. Descubrí un punto que me hacía estremecerme y me concentré en él. La imagen del hombre sometido volvió a mi mente, pero ahora yo estaba en el lugar de la mujer. Y él... él tenía un rostro borroso que mi mente no se atrevía a definir.

Mi cuerpo entero se tensó mientras aumentaba el ritmo de mis movimientos. No sabía exactamente qué buscaba, pero mi instinto me guiaba. La presión en mi bajo vientre crecía y crecía sin parar. Mordí mi almohada para no hacer ruido mientras mi cadera se movía de manera involuntaria.

Y entonces ocurrió: una oleada de placer me recorrió desde la punta de los pies hasta la cabeza. Mi cuerpo se convulsionó y tuve que morderme la mano para no gritar. Fue tan intenso que por un momento olvidé dónde estaba y hasta quién era.

¿Era ese acaso el placer del que todos los mundanos se pasaban la vida hablando? ¿Era eso lo que durante toda mi vida me habían enseñado que era malo y perverso? ¿Cómo podía ser tan terrible algo que se sentía tan bien?

Cuando la sensación pasó, me quedé quieta, aún jadeando en silencio. El sudor cubría mi frente y mis muslos temblaban. Nunca había sentido algo así.

Y entonces vino la culpa, como una avalancha.

-Perdón, Dios mío -susurré, sintiendo las lágrimas brotar-. Perdóname.

Salté de la cama y me arrodillé junto a ella. Tomé el rosario que guardaba en mi mesita de noche y comencé a rezar.

-Dios te salve, María, llena eres de gracia... -recité con fervor, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.

Recé diez Avemarías y cinco Padrenuestros, pidiendo perdón por mi debilidad. Mis rodillas me dolían de tenerlas tanto tiempo apoyadas contra el suelo duro, pero acepté el dolor como parte de mi penitencia.

Cuando terminé de rezar, me senté en el borde de la cama. Mis manos todavía temblaban y la culpa seguía ahí, en extremo pesada. Pero bajo esa culpa había algo más: una chispa de excitación al recordar lo que había sentido.

Me acosté y me cubrí completamente con las sábanas, como si pudiera esconderme de mis propios pensamientos. Cerré los ojos, decidida a dormir y olvidar. Pero mientras el sueño me vencía, una parte de mí ya sabía que iba a querer sentir eso otra vez.

Y que no había nada que pudiera hacer para evitar volver a caer en la tentación...

Capítulo 2 Fantasías en la ducha

Tres días después de esa primera vez, no podía pensar en otra cosa. Había rezado cada noche, había pedido perdón incansablemente, pero mi cuerpo no olvidaba. Durante las clases, en la iglesia, incluso en la mesa con mis padres, mi mente volvía a esa sensación.

Necesitaba más. Mucho más.

El viernes por la tarde, mis padres salieron a visitar a unos amigos, así que me quedé sola en casa.

-Volveremos en tres horas, Alma -me dijo mi madre desde la puerta-. No le abras a nadie.

-Sí, mamá -respondí como la chica disciplinada que siempre había sido.

Sin embargo, apenas escuché el auto alejarse sentí un hormigueo en el estómago. La casa estaba vacía. Tenía tiempo a solas. Era la oportunidad perfecta...

Fui al baño y cerré la puerta con seguro. Mi corazón latía muy rápido, como si estuviera haciendo algo prohibido. Y, bueno, en realidad sí lo estaba haciendo.

Me miré en el espejo. Mi rostro parecía el mismo de siempre: la misma chica obediente de siempre. Pero algo había cambiado dentro de mí.

Abrí la ducha y ajusté la temperatura. Me desnudé lentamente, dejando la ropa doblada sobre el inodoro. Era la primera vez que me veía desnuda con estos nuevos ojos, consciente de mi cuerpo como una fuente de placer.

Me metí bajo el agua y dejé que corriera por mi piel. Cerré los ojos. El agua caliente bajaba por mi pecho, por mi estómago, entre mis piernas, y se sentía muy bien.

Recordé entonces algo que había escuchado una vez en los vestidores del instituto, algo que una chica mayor que yo le había dicho a otra en voz baja: «La ducha puede ser tu mejor amiga».

Con curiosidad, ajusté la presión del agua y me coloqué de manera que el chorro cayera directamente sobre mi coñito. La sensación fue inmediata y me hizo gemir.

-Dios... -susurré, apoyándome en la pared.

El placer era diferente al que había sentido con mis dedos. Más difuso, pero constante. Moví mis caderas, buscando el ángulo perfecto. Cuando lo encontré, mis rodillas casi cedieron.

Pero quería más. Necesitaba más.

Mi mirada se posó en mi cepillo de dientes sobre el lavabo. Era uno sencillo, con un mango de plástico redondeado. Lo tomé con las manos temblorosas.

-¿Realmente voy a hacer esto? -me pregunté en voz alta, sin saber muy bien de qué lado oculto de mi mente estaba sacando esas ideas.

La respuesta era sí. Sí que iba a hacerlo.

Lo llevé conmigo bajo la ducha y lo mojé bien. Con una mano me separé los labios vaginales y con la otra acerqué el mango del cepillo. El contacto frío me hizo estremecer.

Nunca había introducido nada en mi cuerpo. Ni siquiera mis propios dedos. La idea me asustaba y me excitaba a partes iguales.

Presioné suavemente, sintiendo una leve resistencia. Respiré hondo y empujé un poco más. El mango entró apenas un centímetro, pero fue suficiente para hacerme soltar un gemido.

-¡Ah! -me tapé la boca, aunque sabía que estaba sola en la casa.

Era una sensación extraña, como si estuviera invadiendo mi propio cuerpo. No dolía, pero tampoco era completamente placentero. Era algo... nuevo para mí.

Moví el cepillo lentamente, entrando y saliendo apenas un par de centímetros. Con cada movimiento, mi cuerpo se acostumbraba más. El placer comenzó a crecer.

En mi mente apareció de pronto una imagen: alguien diciéndome qué hacer. No era nadie concreto, solo una presencia, una voz.

«Más profundo», imaginé que me ordenaba. Y obedecí, introduciendo el mango un poco más.

-Oh, Dios... -gemí, sintiendo cómo tocaba un punto dentro de mí que me hizo ver estrellas.

«Sigue -me ordenó la voz en mi fantasía-. No pares».

El agua seguía cayendo sobre mi cuerpo mientras movía el cepillo con más confianza. La voz en mi mente se volvió más clara y también más autoritaria. Decidí que era una voz de hombre. De un hombre que sabía exactamente lo que quería de mí. Y yo solo quería complacerlo.

«Más rápido», ordenó mi fantasía, y aceleré el ritmo.

El placer crecía y crecía. Mi otra mano encontró el punto sensible entre mis pliegues, mi clítoris, y comenzó a frotarlo al ritmo de las embestidas del cepillo.

-Por favor... -supliqué, aunque no sabía a quién.

«Aún no -me dijo la voz imaginaria-. Todavía no puedes terminar».

Hice que mis movimientos fueran más lentos, obedeciendo a mi propia fantasía. El control que ejercía sobre mí, incluso siendo imaginario, me excitaba aún más.

-Por favor -repetí, esta vez más fuerte-. Lo necesito... Lo necesito mucho...

«Ahora -me ordenó la voz-. Ahora puedes».

Y, como si mi cuerpo esperara ese permiso, el orgasmo me atravesó con una fuerza que me hizo caer de rodillas en la ducha. El cepillo cayó al suelo mientras mi cuerpo se convulsionaba de placer.

Me quedé bajo el agua un rato, jadeando. Las piernas me temblaban tanto que no podía levantarme. Finalmente, el agua comenzó a enfriarse y me obligué a ponerme de pie.

Me sequé y me vestí en silencio, pensando en lo que acababa de hacer. Peor aún, en lo que acababa de imaginar.

Recogí el cepillo y lo lavé muy bien. Lo miré un largo rato antes de devolverlo a su sitio, nunca volvería a verlo de la misma manera.

Me senté en el borde de la bañera, aún débil por la intensidad de lo que había sentido. Esta vez no vino la culpa inmediata como la primera vez. Estaba más bien confundida por la fantasía que había creado.

¿Por qué había imaginado a alguien dándome órdenes? ¿Por qué la idea de obedecer me excitaba tanto?

Salí del baño y me fui a mi habitación. Me acosté en la cama, mirando al techo. Mi cuerpo se sentía diferente, como si hubiera descubierto una nueva parte de mí misma.

Y sabía que no iba a parar, que esto era solo el principio.

Lo que no sabía era que esa voz imaginaria pronto encontraría un rostro real. Y que ese rostro cambiaría mi vida para siempre...

Capítulo 3 La voz de Samuel

Me enteré de la noticia durante el desayuno: el hermano de mi padre vendría a quedarse unos días con nosotros.

-Tu tío Samuel llegará esta misma tarde -me dijo papá con una sonrisa extraña.

Nunca lo había conocido, solo había visto algunas fotos viejas. Era una especie de figura misteriosa en la familia, alguien que viajaba mucho por trabajo y raramente visitaba. No sabía entonces cómo su llegada cambiaría todo.

Mamá se pasó el día limpiando la casa, preparando la habitación de invitados y cocinando platos especiales. Yo la ayudé a regañadientes, distraída por mis propios pensamientos que seguían volviendo al baño, al cepillo y a todas esas nuevas sensaciones.

-Alma, pon la mesa con la vajilla que era de tu abuela -me ordenó mamá-. Tu tío es un hombre muy respetado y debemos recibirlo con lo mejor.

-¿En qué trabaja exactamente? -pregunté mientras sacaba los platos.

-En asuntos de la iglesia -me respondió ella vagamente-. Es un hombre muy devoto.

El timbre sonó a las siete en punto. Papá corrió a abrir la puerta mientras mamá me apresuraba a ponerme recta y sonreír. Escuché voces masculinas, pasos, y entonces él entró al comedor.

Lo primero que noté fueron sus ojos: eran oscuros y penetrantes. Me miraron directamente, como si pudieran ver a través de mí.

Samuel Santiago era alto y de hombros anchos, y tenía el pelo negro como mi padre. Llevaba una camisa blanca impecable y unos pantalones negros. Una pequeña cruz de plata brillaba en su cuello.

Y algo más llamó mucho mi atención sin que pudiera evitarlo: mi tío, Samuel, a pesar de que ya tenía cuarenta años era un hombre muy atractivo. Demasiado, en realidad.

-Así que esta es Alma -dijo él con una voz profunda y calmada.

No fue una pregunta, sino una afirmación. Como si me conociera de toda la vida.

-Sí, es mi hija -respondió papá, orgulloso-. Acaba de cumplir dieciséis años.

Samuel se acercó y tomó mi mano. Su contacto me provocó un escalofrío que intenté disimular lo mejor que pude.

-El orgullo de la familia Santiago, me han dicho -me dijo y sonrió levemente-. La primera que irá a la universidad.

-Si Dios quiere -respondí automáticamente, bajando la mirada.

-Dios siempre quiere lo mejor para sus hijas obedientes -me contestó él, y hubo algo en su tono que me hizo alzar la vista, pero él se centró en mis padres.

Unos minutos después nos sentamos a la mesa. La conversación giraba en torno a la iglesia, a la comunidad y a viejos conocidos. Mis padres hablaban animadamente, pero yo apenas podía concentrarme. Sentía la mirada de Samuel sobre mí cuando nadie prestaba atención.

-¿Y tienes novio, Alma? -me preguntó de repente, interrumpiendo la conversación.

Mis padres se rieron.

-¡Por supuesto que no! -exclamó mi madre-. Alma es una buena chica. Se concentra en sus estudios y en nada más.

Samuel me miró fijamente.

-Las buenas chicas también tienen deseos -dijo él con voz suave.

Mi padre cambió de tema rápidamente, pero yo ya había enrojecido hasta las orejas. ¿Cómo lo sabía? ¿Acaso podía leer mi mente?

Después de la cena, Samuel pidió hablar conmigo a solas y mis padres accedieron sin dudar, confiando plenamente en él. Nos sentamos en el pequeño estudio de mi padre.

-Tu padre me dice que eres muy devota -comenzó.

-Intento serlo -le respondí sin mirarlo directamente.

Él se acercó un poco más, tanto que pude oler su perfume.

-¿Rezas todas las noches, Alma? -me preguntó.

-Sí, tío.

-¿Incluso después de pecar?

Mi corazón se detuvo por un instante. Sus ojos parecían saberlo todo.

-Yo... yo, sí, tío -murmuré.

-Bien -me dijo, y su voz cambió sutilmente, haciéndose más baja, más íntima-. La oración es importante, pero también lo es la honestidad con uno mismo. Con nuestros... impulsos, digamos.

Puso su mano sobre la mía. Fue un toque ligero, casi paternal, pero que causó que todo mi cuerpo se estremeciera.

-Si necesitas hablar de cualquier cosa, aquí estoy -me susurró-. A veces es mejor confiar en alguien que te entiende y que no te juzga.

Asentí, incapaz de hablar.

Cuando se levantó para volver con mis padres, sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo. Fue algo rápido, casi imperceptible, pero lo sentí justo como si me hubiera tocado con sus manos.

Esa noche no pude dormir. Su voz, su mirada, su presencia autoritaria... todo daba vueltas en mi cabeza sin parar. La fantasía que había creado en la ducha ahora tenía un rostro. Y eso me aterraba y me excitaba a partes iguales.

Pasada la medianoche, cuando todos en la casa dormían, me levanté silenciosamente. Fui a la cocina en busca de un vaso de agua. Sin embargo, al abrir el refrigerador vi un pepino grande y firme. Lo miré un largo rato, mordiéndome el labio.

Lo tomé con rapidez y volví a mi habitación, cerrando la puerta con cuidado. Me quité la ropa bajo las sábanas y acaricié el pepino frío. Era mucho más grande que el mango del cepillo.

Recé en un susurro, sabiendo que lo que iba a hacer era un pecado aún mayor que los que ya había cometido.

Pero no podía detenerme. En realidad, no quería detenerme.

Separé mis piernas y pasé el pepino por los pliegues de mi coñito, humedeciéndolo. Cerré los ojos e imaginé las manos de Samuel, sus ojos oscuros mirándome y su voz grave dándome órdenes.

«Despacio -imaginé que me decía-. No tengas prisa».

Introduje la puntica del pepino lentamente, sintiendo cómo me abría y cómo me llenaba más de lo que nunca había experimentado, aunque era solo una porción diminuta del enorme pepino.

-Oh, Dios... -gemí, tapándome la boca con una mano.

«Más adentro», me ordenó la voz de Samuel en mi mente.

Empujé un poco más, sintiendo una mezcla de dolor y placer que me hizo arquear la espalda. Pero no podía seguirlo metiendo, no entraba en mi apretado coñito virgen.

En mi fantasía, mi tío me sujetaba por las muñecas y me inmovilizaba.

«Eres una buena chica -me decía-. Una buena chica que quiere ser mala».

Comencé a mover el pepino, sacando y metiendo la punta cada vez más rápido en mi entradita, mientras mi otra mano frotaba mi clítoris, el punto sensible que ya había descubierto. La combinación era explosiva.

En mi fantasía, Samuel estaba sobre mí, susurrando oraciones mezcladas con obscenidades en mi oído, diciéndome que me sometiera, que lo obedeciera y que fuera suya.

-Por favor -rogué en voz baja-. Por favor...

«Córrete para mí -me ordenó su voz-. Ahora».

El orgasmo me golpeó con una fuerza que me hizo morder la almohada para no gritar. Mi cuerpo se sacudió violentamente mientras mi mente repetía su nombre: Samuel, Samuel, Samuel.

Cuando todo pasó, me quedé tendida en la cama, jadeando, con el pepino aún entre mis piernas. Lentamente, lo retiré y me quedé mirándolo, estaba empapado con mis fluidos.

La vergüenza llegó de golpe. Había fantaseado con mi tío, con el hermano de mi padre, con un hombre de Dios.

Me levanté temblorosa y fui al baño, asegurándome de no hacer ruido. Lavé el pepino y lo envolví en papel higiénico antes de tirarlo al fondo del bote de basura.

Volví a la cama y recé, suplicando perdón, pero las palabras sonaban huecas. No me arrepentía en lo absoluto. Quería más.

Seguía siendo virgen, ya que el enorme pepino no había entrado en mi coñito, no realmente. Y la simple idea de que en algún momento un miembro masculino igual de grande sí entraría, volvía a hacer que me mojara.

Me dormí finalmente, agotada, con una última imagen en mi mente: Samuel mirándome a través de la mesa, como si supiera exactamente lo que yo haría esa noche. Como si lo hubiera planeado todo.

¿Y si lo sabía? ¿Y si podía leer mis pensamientos más oscuros?

El sueño me venció antes de encontrar una respuesta.

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