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El precio del amor

El precio del amor

Autor: : S. Mejia
Género: Romance
Camila Duarte es una exitosa y respetada empresaria, conocida por su inteligencia, belleza y poder. Casada con Nicolás Vega, un hombre encantador y ambicioso, parece tenerlo todo: una vida perfecta y un matrimonio sólido. Sin embargo, Camila pronto descubre que Nicolás no la ama; está enamorado de Sofía, una joven de clase baja con quien mantiene una relación secreta. Aunque Camila lo sabe, prefiere cerrar los ojos, convencida de que su estatus y control sobre él son suficientes para mantenerlo a su lado. Pero todo cambia cuando descubre que Sofía está esperando un hijo de Nicolás y que él, durante todo el tiempo, ha evitado cualquier acercamiento con Camila. Desbordada por la humillación y el dolor, Camila decide que ya no se conformará con su lugar en la sombra. Usando su astucia y poder, traza un plan para recuperar el control de su vida y vengarse de su marido y su amante, sabiendo que, al hacerlo, tendrá que arriesgar todo lo que ha construido. La verdadera batalla comenzará cuando Camila decida si busca el amor verdadero o si el poder será su única victoria.

Capítulo 1 El Espejismo de la Perfección

La mañana en la mansión Duarte-Vega amaneció en calma, como siempre. Las luces del sol se filtraban suavemente a través de las cortinas de seda, iluminando los muebles elegantes y las paredes adornadas con cuadros de arte moderno. Camila Duarte se encontraba en su cocina, vestida con una bata de seda negra que resaltaba su figura impecable. El aroma del café recién hecho llenaba el aire, un pequeño lujo diario que la mantenía conectada con la realidad, lejos de las complicaciones del mundo empresarial.

Se acercó a la isla de mármol donde su asistente personal, Claudia, ya había colocado una carpeta con los informes de la jornada. Sin embargo, antes de poder siquiera echar un vistazo a los papeles, la puerta principal se abrió.

"Buenos días, amor", dijo Nicolás Vega, su esposo, entrando con una sonrisa relajada. Sus ojos brillaban, pero esa chispa en su mirada no era para ella. Camila lo observó con una ligera sonrisa, mientras notaba la forma en que él no la miraba directamente, como si estuviera preocupado por algo más.

"Buenos días", respondió Camila, sin que su tono mostrara ninguna sospecha, aunque en el fondo comenzaba a sentir una extraña incomodidad. Nicolás dejó sus cosas en el pasillo y se acercó a la mesa para besarla en la mejilla. El roce de sus labios fríos le pareció extraño, como si su beso fuera una formalidad y no el acto de amor que alguna vez había sido.

Se sentó a la mesa y comenzó a hojear el periódico, mientras Camila trataba de concentrarse en los informes de la empresa. La dinámica de su matrimonio siempre había sido de respeto mutuo, pero en ese momento, algo dentro de ella comenzaba a cambiar. Los pequeños detalles que antes le parecían irrelevantes ahora cobraban un peso significativo: las tardes en las que él llegaba tarde, las llamadas a horas extrañas, las excusas que nunca llegaban a convencerla por completo.

"¿Tienes alguna reunión hoy?" preguntó Camila, tratando de sonar natural.

"Sí, un par", respondió Nicolás sin mirarla, sumido en el periódico. "Pero nada que no se pueda resolver rápidamente."

Camila no dijo nada más, pero su mente empezó a darle vueltas a esas palabras. El "nada que no se pueda resolver rápidamente" sonaba como una respuesta ensayada, como si hubiera sido repetida muchas veces antes, y eso le provocaba una ligera molestia que no podía ignorar.

"¿Y Sofía?" preguntó de repente, sin pensarlo demasiado. Su tono sonaba casual, pero la pregunta estaba cargada de una carga emocional que ni ella misma reconocía.

Nicolás levantó la vista del periódico, pero sus ojos ya no tenían la calidez que Camila solía ver en ellos. Por un segundo, esa chispa en su mirada desapareció. "¿Qué tiene Sofía que ver con esto?", preguntó, como si la mención de su nombre lo sorprendiera.

"Solo quería saber cómo está", respondió Camila, tratando de disimular su creciente inquietud. En su mente, ya sabía que Sofía era alguien importante para Nicolás, alguien más cercana de lo que debería ser.

"Está bien", respondió él, desviando nuevamente la mirada hacia el periódico. "Una chica joven, ya sabes cómo es. No tienes que preocuparte."

Las palabras de Nicolás eran frías, pero Camila no se dejó engañar. Sintió una punzada en el estómago. Sofía... La joven asistente de su marido, una chica encantadora y sonriente, siempre tan dispuesta a ayudar en todo. No era la primera vez que se sentía incómoda con su presencia. Pero nunca había tenido pruebas de nada más allá de esa incomodidad.

Antes de que pudiera decir algo más, el teléfono de Nicolás comenzó a sonar. Miró el identificador de llamadas, su expresión se endureció por un momento antes de contestar rápidamente. "Sí, claro, ya voy para allá", dijo, su tono impersonal.

Camila observó en silencio mientras él se levantaba rápidamente, colgando el teléfono sin más explicación. "Voy a tener que salir, tenemos una reunión urgente. ¿Nos vemos luego?" le dijo con una sonrisa que no tocaba sus ojos.

"Claro", respondió Camila con una sonrisa que apenas alcanzó a ser cordial.

Al verlo salir de la casa, un nudo se formó en su estómago. No podía explicar por qué, pero sentía que algo no estaba bien. Tal vez era la forma en que él se había ido tan rápidamente, o tal vez la manera en que había evitado cualquier conversación profunda. Algo había cambiado, y ella lo sabía. Lo había sentido en el aire, en cada palabra, en cada gesto.

Cerró la puerta y se quedó allí, mirando el vacío que había dejado Nicolás. En su mente, las preguntas se acumulaban. ¿Por qué se comportaba así? ¿Qué había cambiado entre ellos? ¿Qué estaba sucediendo con Sofía?

No lo sabía, pero estaba a punto de descubrirlo.

Capítulo 2 Sofía, la Joven Amante

Sofía caminaba por las calles empedradas de su barrio con paso ligero, el sonido de sus tacones resonando en el silencio de la mañana. La ciudad, aunque llena de vida, parecía ajena a su mundo. Las calles estrechas, las casas viejas con puertas de madera que crujían, y los niños jugando en la esquina formaban un paisaje que Sofía había aprendido a amar, aunque sabía que no era el lugar para soñar en grande.

A sus 24 años, Sofía ya había experimentado más de lo que cualquier joven debería. Hija única de una madre soltera, había crecido con el peso de las dificultades, pero nunca había dejado que eso la definiera. Su madre, Marta, trabajaba largas horas como costurera, mientras Sofía estudiaba y trataba de salir adelante con pequeños trabajos en la cafetería local.

Sin embargo, nada la había preparado para lo que iba a suceder.

Esa tarde, como tantas otras, Sofía caminaba hacia el café donde trabajaba, cuando vio el coche de Nicolás estacionado frente a la puerta. Un Mercedes de última gama, que contrastaba con el resto de los autos viejos del vecindario. Camila nunca sabría que ese coche había sido la señal, el símbolo de que todo había comenzado.

Al entrar, Sofía vio a Nicolás sentado en una mesa apartada, un café de la tarde en su mano. Sus ojos la encontraron al instante, y una pequeña sonrisa curvó sus labios.

-¿Hola, Sofía? -saludó Nicolás, como si todo fuera normal.

-Hola, Nicolás -respondió ella, su voz suave, pero con un tono que ocultaba una mezcla de nervios y emoción. Llevaba días sin verlo, y la idea de que él pudiera estar observándola todo el tiempo la inquietaba.

-Te esperaba -dijo él, mirando su reloj con indiferencia. Estaba tan acostumbrado a controlar su tiempo que no parecía notarlo.

Sofía se sentó frente a él, a pesar de las voces en su cabeza que le decían que todo esto era peligroso, que nada bueno podría salir de este tipo de relación. Pero cuando sus ojos se encontraron, cuando él le sonrió, todas esas voces callaron. Todo lo demás desapareció.

-¿Qué pasa? -preguntó Sofía, tratando de mantener la calma. Su corazón latía rápido, y no estaba segura de si era por la emoción o el miedo.

-Nada -respondió Nicolás, recargando su brazo en la mesa y acercándose a ella-. Solo quería verte. No he tenido tiempo con todo el trabajo y los compromisos de la vida.

Sofía no respondió de inmediato. Sus dedos jugueteaban con la taza de café, intentando que su mano no temblara.

-Sé que tienes una vida ocupada -dijo, mirándolo a los ojos-. Y tú, eres... un hombre importante. Pero eso no cambia el hecho de que esta situación me está preocupando.

Nicolás sonrió, la misma sonrisa que Sofía había aprendido a reconocer como su señal de que todo estaba bajo control, como si nada fuera tan grave.

-Sofía, no tienes que preocuparte. Nadie sabe nada. Esto es entre tú y yo -dijo él, acercándose más a ella. Sofía notó el perfume caro que él usaba, un detalle que siempre le daba una sensación extraña, como si el mundo de él fuera demasiado diferente al suyo.

-¿No te da miedo? -preguntó Sofía, en un susurro. La verdad era que tenía miedo, pero no solo por ser descubiertos. Temía que Nicolás, tan encantador y misterioso, no fuera lo que parecía.

-¿Miedo? -repitió Nicolás, con una risa suave que sonaba a una burla amistosa-. ¿A qué le tendría miedo un hombre como yo? Todo está bajo control, Sofía. No tienes que preocuparte.

Sofía no podía evitar sentirse atrapada. Por dentro, sabía que todo esto era un juego peligroso, que estaba jugando con fuego, pero se encontraba incapaz de detenerse. Cuando él la miraba de esa manera, con esa seguridad y atractivo que solo él sabía proyectar, todo lo demás se desvanecía.

-No me importa lo que los demás piensen -continuó él-. Solo me importa que estés aquí conmigo ahora. Esto es lo que quiero.

Sofía asintió lentamente, su mente confundida por la mezcla de emociones que sentía. Parte de ella sentía que había encontrado algo que valía la pena, algo que la sacaba de la rutina diaria de su vida en clase baja, una vida llena de sacrificios y carencias. Pero también sabía que esta relación no era solo un escape. Nicolás era mucho más que eso.

-Pero, ¿y Camila? -preguntó ella, sorprendida por la pregunta que había dejado escapar. Sabía que su relación con Nicolás no era solo complicada para ella, sino también para él.

Nicolás se quedó en silencio por un momento, su expresión cambiando levemente. No era la primera vez que Sofía planteaba ese tema, pero cada vez que lo hacía, él parecía incómodo.

-Camila es... Camila es mi esposa. Y eso no va a cambiar. Tú y yo... -hizo una pausa, buscando las palabras-, lo que tenemos es algo que no tiene nada que ver con lo que pasa en casa. Ella no sabe nada de esto, y quiero que siga siendo así. No quiero complicaciones.

Sofía lo miró fijamente, sintiendo una punzada de dolor en su pecho. Sabía que estaba siendo usada, pero algo en su interior seguía aferrándose a la ilusión de que las cosas podían ser diferentes. Nicolás le había prometido que todo quedaría entre ellos, que nada cambiaría.

Pero lo que Sofía no sabía era que esta promesa no solo le traería complicaciones a su vida, sino también a su corazón.

-¿Y qué pasará después? -preguntó Sofía, más para ella misma que para él. Su voz era baja, casi como si no quisiera escuchar la respuesta.

-No lo sé -respondió Nicolás, su mirada vacía por un segundo. Luego, recobró su compostura y sonrió-. Solo sé que quiero estar contigo, Sofía. Nada más importa.

Sofía asintió lentamente, su corazón aún latiendo con fuerza. Algo dentro de ella sabía que todo esto terminaría de alguna manera. Pero por ahora, estaba atrapada en esa mentira hermosa, esa mentira que le había dado la ilusión de pertenecer a un mundo distinto.

A un mundo donde ella no era solo Sofía de barrio, sino la amante de Nicolás Vega.

Capítulo 3 La Primera Sospecha

Camila estaba en su oficina, rodeada de papeles, informes financieros y correos electrónicos que requerían su atención. La mansión Duarte-Vega nunca se había sentido tan vacía. Era como si, a pesar de su vida exitosa y su carrera floreciente, algo estuviera faltando. El sonido del teclado era lo único que rompía el silencio, hasta que un mensaje de texto apareció en su teléfono.

Nicolás: "Te veo más tarde, tengo que quedarme en la oficina hasta tarde."

Era la tercera vez en la misma semana que Nicolás le enviaba un mensaje similar. La sorpresa ya no estaba presente en la respuesta de Camila. Solo un leve malestar que no sabía cómo describir. ¿Por qué tantas horas extrañas en el trabajo? ¿Por qué tantas veces sin avisarle, sin decirle qué lo mantenía ocupado?

Decidió ignorarlo por el momento, pero algo dentro de ella le decía que no debía dejarlo pasar. La última vez que él le había enviado un mensaje de texto similar, había llegado a casa pasadas las 10 de la noche, demasiado cansado para cenar, pero con una actitud extraña, como si estuviera evitando mirarla.

Esa misma tarde, mientras revisaba las estadísticas de ventas, algo la distrajo. Un sonido provenía del vestíbulo, una llamada telefónica que Nicolás había dejado descolgada. Camila se levantó de su silla, sin pensarlo. Se acercó al teléfono y vio que había un mensaje reciente de un número desconocido.

No lo pensó demasiado. El mensaje decía:

"Nos vemos mañana, 8 pm. Necesito verte."

Camila sentía una presión en el pecho. ¿Quién podría estar enviando esos mensajes a Nicolás? Decidió no responder de inmediato. Pero la semilla de la duda ya estaba plantada en su mente.

Esa noche, cuando Nicolás llegó a casa, la casa ya estaba en silencio, salvo por el murmullo de la televisión que Camila había dejado encendida para mantener la apariencia de normalidad. La puerta principal se abrió con un suave crujido. Nicolás entró, pero no fue el saludo cálido y cariñoso que Camila esperaba.

-Hola -dijo él, descolgándose el saco de la chaqueta, evitando mirarla a los ojos.

-Hola -respondió Camila, sin levantarse de la silla. Estaba concentrada en su trabajo, o al menos eso quería que él pensara.

-¿Todo bien? -preguntó Nicolás, su tono neutral pero con algo de cansancio.

-Todo bien, ¿y tú? -dijo Camila, manteniendo la mirada fija en la pantalla de su laptop.

-Cansado -respondió él, pasando de largo y caminando hacia la cocina-. Un día largo. Ya sabes, los negocios...

Camila observó su figura desde su asiento. Algo en su forma de moverse, esa ligera incomodidad al entrar, no se le escapaba. Nicolás nunca había sido así de distante, incluso cuando se encontraba agotado por el trabajo. Algo había cambiado, pero ella no sabía qué exactamente.

A pesar de todo, Camila decidió no mencionar nada sobre el mensaje. No quería parecer paranoica. Pero algo dentro de ella la estaba consumiendo.

-¿Nos vemos después de cenar? -preguntó Nicolás mientras sacaba una botella de vino del refrigerador.

-Claro -respondió ella, sin dejar de escribir. Pero sus palabras eran vacías, no eran las de antes. Ese vacío crecía lentamente entre ellos.

En la mesa, durante la cena, Camila intentó iniciar una conversación ligera. Hablar sobre los proyectos de su empresa, de lo que había hecho ese día. Sin embargo, Nicolás no parecía tan interesado. Sus respuestas eran monosílabos, y sus ojos nunca se encontraban con los de ella.

-¿Qué pasa, Nicolás? -preguntó finalmente Camila, incapaz de seguir con la farsa-. Estás raro. Ya no hablas como antes.

Nicolás levantó la vista por un instante, su rostro tomando una expresión que Camila no pudo descifrar.

-Nada, solo estoy cansado, Camila. Estoy trabajando mucho, ¿no lo ves? -respondió él, con un tono que rozaba la defensiva.

Camila no dijo nada más, pero sus manos, apretadas sobre el tenedor, empezaron a temblar. La respuesta le sonó demasiado automática. Había algo que no encajaba.

El silencio invadió la mesa por varios minutos. Nicolás terminó su plato rápidamente y se levantó de la mesa, como si quisiera escapar de la conversación. Camila observó cómo se retiraba hacia el salón, quitándose los zapatos y apagando la televisión.

Poco después, escuchó el sonido de su teléfono móvil desde la mesa de entrada. Un sonido suave, casi imperceptible, pero suficiente para que Camila se detuviera en seco. Su intuición le decía que debía mirar, y aunque dudó, se levantó y se acercó al teléfono.

Nicolás estaba en el salón, sentado en el sofá, mirando al vacío, mientras Camila miraba el mensaje de texto que había recibido. Esta vez, el mensaje decía:

"¿Nos vemos esta noche? Tengo algo que quiero mostrarte. Necesito hablar contigo, urgente."

El número seguía siendo desconocido.

Las dudas de Camila se multiplicaron, y por un momento, el aire en la habitación se volvió denso. Sintió que la sangre le subía a la cabeza, pero no podía dejar que su rabia se apoderara de ella. No aún.

Se giró lentamente y vio a Nicolás mirando la televisión, aparentemente ajeno a lo que había sucedido. Pero en el fondo, Camila sabía que no podía seguir ignorando lo que su instinto le estaba gritando.

Decidió hablar, a pesar del miedo y la incertidumbre que la invadían.

-Nicolás -dijo, manteniendo la voz firme-. ¿Qué está pasando con nosotros? No te reconozco. No sé qué está sucediendo, pero algo no está bien.

Él no la miró inmediatamente. Sólo pasó su mano por el cabello, dejando que el silencio hablara por él.

-Lo que pasa es que estoy... cansado, Camila. Hay cosas que no entiendo, cosas que... no quiero hablar ahora.

Camila no respondió. Sus palabras eran un susurro en su mente, y la rabia comenzó a acumularse en su pecho. En ese momento, sabía que algo estaba cambiando, que Nicolás no era el hombre que había conocido. Y ella no podía seguir ignorándolo.

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