El aire en el Aeropuerto Internacional Sheremétievo de Moscú era gélido, denso, cargado con el olor metálico de la humedad invernal y el inevitable humo de los motores a reacción. A pesar de los treinta y dos años de edad, los diez de exilio y la gruesa capa de lana y cachemira que la cubría, Sofia Volkov sintió el frío hasta los huesos, un frío que era menos climático y más emocional.
El reloj en su muñeca marcaba las 2:00 p.m. hora de Moscú, pero el cielo ya había adquirido el color ceniza de un anochecer prematuro.
Sofia no había pisado suelo ruso en una década. Su regreso no era una peregrinación sentimental; era una obligación profesional y una necesidad personal disfrazada de auditoría corporativa. Había pasado los últimos diez años construyendo una reputación intachable en la consultora de Londres, Sterling & Finch, especializada en análisis forense de riesgo. La Iron Lady de las finanzas. Ahora, Sterling & Finch había ganado la oferta para una auditoría de emergencia en el mayor y más turbio conglomerado industrial de Rusia: Titan Steel.
Y allí estaba ella, en el corazón del imperio que la había expulsado.
Su primer contacto fue en la terminal VIP. Un hombre vestido de negro riguroso la esperaba junto a un Bentley Mulsanne blindado. No era un conductor; era una pared de músculo, con una mirada fría que denotaba entrenamiento militar.
-Señorita Volkov -saludó el hombre, su voz era un gruñido bajo en ruso perfecto-. Mi nombre es Dimitri. La llevaré directamente a la sede de Titan Steel.
Sofia asintió, su rostro profesional no revelaba la taquicardia que la golpeaba. Su acento ruso, pulido por años de uso en la élite londinense, se deslizó suavemente.
-Gracias, Dimitri. Mis maletas son las de la etiqueta plateada.
El coche se deslizó por las avenidas amplias y nevadas de Moscú, pasando bajo el omnipresente manto de la propaganda soviética y el ostentoso nuevo capitalismo. Sofía observó la ciudad, sintiendo una dolorosa disonancia. La ciudad era grandiosa, pero bajo su superficie de lujo, ella sabía que la moralidad se descomponía.
El motivo de su visita era la muerte. El patriarca de Titan Steel, Ivan Kirov, había sido asesinado dos semanas antes en circunstancias que los periódicos occidentales calificaron de "ajuste de cuentas de la vieja guardia". Esto había desatado una crisis de liquidez y una guerra de sucesión violenta dentro del conglomerado, que era esencialmente un estado dentro del estado ruso.
Sterling & Finch había sido contratada para proporcionar una evaluación de riesgo antes de que los bancos occidentales se retiraran por completo.
Dimitri rompió el silencio, su voz baja. -Su reunión es con el señor Kirov.
-¿El director financiero? -preguntó Sofía.
-No. Con Alexander Kirov. El heredero.
Sofía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Sabía el nombre. Alexander Kirov. El hijo menor, el más brutal. El que nunca aparecía en las revistas de negocios, pero cuyo nombre se susurraba en los círculos de inteligencia financiera con la misma reverencia que el peligro. Él era la razón por la que Titan Steel seguía de pie.
-Pensé que la auditoría sería dirigida por la junta de transición -dijo Sofía, manteniendo su tono neutral.
-Alexander Kirov es la junta -respondió Dimitri, sin mirarla.
El coche se detuvo frente a un edificio que no era un rascacielos de cristal y acero, sino una fortaleza baja y masiva de granito oscuro, ubicada discretamente en una calle lateral cerca del Kremlin. Parecía más una sede de inteligencia que una oficina corporativa.
La Sala de Interrogatorios
Al entrar en la sede de Titan Steel, Sofía fue conducida por pasillos silenciosos y lujosos, vigilados por cámaras y guardias de seguridad que parecían modelados a imagen de Dimitri. No había recepcionistas sonrientes ni arte moderno; el lugar exudaba poder sin esfuerzo y la ausencia total de alegría.
La llevaron a una sala de conferencias pequeña y austera, dominada por una mesa de caoba maciza. Había una jarra de agua cristalina y dos vasos. Nada más.
Sofía tomó asiento en la cabecera, desplegando su portátil y sus notas. Se permitió un momento para recuperar el aliento. Su trabajo era limpiar el caos, encontrar la verdad y presentarla sin adornos. Era una profesional; su pasado no importaba.
Pero al mirar por la ventana, hacia el cielo de Moscú, el recuerdo de su padre la golpeó. Un hombre de integridad que fue destruido por la corrupción que imperaba en esos mismos edificios. Si había una oportunidad de vengarse, o al menos de limpiar el nombre de su linaje Volkov, era aquí.
La puerta se abrió sin un golpe.
Alexander Kirov entró en la habitación.
Él no se disculpó por el retraso. No ofreció un saludo. Simplemente llenó el espacio con una presencia física tan arrolladora que Sofía sintió que el aire se volvía escaso.
Alexander no se parecía en nada a los CEO que ella trataba en Londres. No era un hombre de trajes de diseñador delgados y gafas de moda. Era grande, ancho de hombros, vestido con un traje de lana oscura que parecía hecho de armadura. Su cabello era negro como la noche, cortado con precisión militar. Sus ojos, de un gris casi transparente, eran fríos, profundos y parecían leer cada miedo y cada pensamiento que ella intentaba ocultar. Su rostro, marcado por una mandíbula dura y una cicatriz fina justo sobre la ceja izquierda, no invitaba a la confianza.
Se movía con la calma lenta y deliberada de un hombre que nunca ha tenido que apresurarse. Caminó hasta el otro extremo de la mesa y se sentó, manteniendo la mayor distancia posible entre ellos.
-Señorita Volkov -dijo Alexander, su voz era un barítono bajo y rasposo en ruso-. Mi padre apenas lleva dos semanas en el ataúd. Y usted está aquí con un maletín lleno de preguntas. Esto no me parece una señal de respeto.
Sofía levantó la barbilla. Mantuvo un contacto visual firme, negándose a ser intimidada por su presencia.
-Señor Kirov, mi firma fue contratada por sus socios bancarios occidentales. Ellos necesitan saber si su conglomerado es estable. Mi trabajo es proporcionar una evaluación objetiva. Esto no es personal.
-Todo es personal en Moscú, Señorita Volkov. Y en Titan Steel, más.
Alexander inclinó la cabeza ligeramente. Sus ojos recorrieron su rostro con una lentitud deliberada.
-Diez años. ¿Es ese el tiempo que le tomó al apellido Volkov pensar que podían regresar a esta ciudad?
El golpe fue certero. Sofía sintió un pinchazo de calor en el cuello. Alexander no solo sabía quién era; conocía su historia, el exilio de su padre, la mancha en su nombre.
-Mi trabajo es independiente de mi pasado familiar, Señor Kirov.
-Su apellido es un pasivo, no un activo en mi ciudad. Pero entiendo la ironía. Su padre fue un chivo expiatorio de la corrupción en el sector energético. Y ahora usted, la hija, auditará el mayor símbolo de esa misma corrupción. Es poético.
Sofía cerró su portátil, el sonido fue un chasquido agudo en la sala silenciosa.
-Si no está dispuesto a colaborar de manera transparente, podemos dar por terminada esta reunión ahora mismo. Mi informe se basará en su falta de cooperación, y le aseguro que la salida de capital será masiva.
Alexander se reclinó en su silla, una sombra de sonrisa cruzando su rostro. Un gesto que era más una mueca.
-Me gusta su fuego, Señorita Volkov. Pero usted vino aquí buscando justicia y yo vine a buscar supervivencia. Son dos cosas incompatibles.
Alexander se inclinó sobre la mesa, su tono bajando a un susurro conspirativo.
-Sé por qué está aquí. No es por los bancos. Es por su padre. Usted cree que el archivo que limpiará su nombre está enterrado en algún lugar de esta ciudad. Y yo sé exactamente dónde está enterrado.
El corazón de Sofía se aceleró. Era la verdad que nadie se atrevía a tocar, el motor secreto de su regreso.
-¿Qué quiere, Alexander?
-No me llame por mi nombre. No somos amigos. Quiero un trato. Su firma auditará lo que yo quiero que audite. Su informe final dirá que Titan Steel es una fortaleza de solvencia ética. Y a cambio... yo le daré el archivo que reescribirá la historia de su familia. El archivo que enterró a su padre.
Alexander la miró fijamente, con sus ojos como dos témpanos de hielo.
-Usted usa la justicia como un arma, Señorita Volkov. Yo la uso como una divisa. ¿Acepta mi precio?
Sofía se quedó en silencio. El aire frío de Moscú se había infiltrado en la sala. Estaba de vuelta en el juego. Y el hombre que la desafiaba era el más peligroso que había conocido jamás. Su ética estaba a punto de colisionar con su venganza.
Sofía salió de la sala de conferencias con la cabeza palpitante, pero con una claridad helada en la mente. Había aceptado el trato de Alexander Kirov. La oportunidad de limpiar el nombre de su padre era demasiado valiosa, demasiado irrenunciable, para permitir que la moralidad se interpusiera en el camino.
Alexander no la acompañó. Simplemente dio una orden a Dimitri, el guardia, con un movimiento de cabeza.
-Dimitri la llevará a su alojamiento. Mañana comienza la auditoría. No tolere errores, Señorita Volkov.
El alojamiento de Sofía no era un hotel. Era un apartamento de lujo en el piso ático de un complejo residencial, propiedad de Titan Steel. El diseño era nórdico, minimalista y frío, con enormes ventanales que ofrecían una vista impresionante de las luces de la ciudad que se encendían bajo el cielo oscuro.
Al entrar, Sofía sintió una vez más la mano invisible del control de Alexander. El apartamento era una jaula de oro.
Apenas había desempacado sus portátiles y cifrado sus comunicaciones cuando sonó el videófono encriptado de la sala de estar. Era Alexander. Su rostro llenaba la pantalla con una nitidez perturbadora.
-Espero que el alojamiento sea de su agrado, Señorita Volkov.
-Es excesivo, Señor Kirov. Prefiero un hotel.
-Usted está aquí bajo mi supervisión. Un hotel implicaría la interferencia de la prensa, los socios curiosos y la inevitable vigilancia del FSB. Aquí, solo la vigilamos nosotros.
-Su confianza es abrumadora -replicó Sofía con sarcasmo.
-La confianza es un lujo que no puedo permitirme. Ahora, al asunto central. Mañana le daré acceso total a los servidores contables de Titan Steel, pero hay una condición adicional que se aplica a nuestro "acuerdo".
Sofía se tensó. -¿Qué condición?
-Usted es un pasivo de seguridad. Es extranjera, tiene un apellido marcado por el escándalo y está investigando el corazón de mi empresa. Los ataques contra Titan Steel no son solo financieros; a menudo son personales. Necesito asegurarme de que usted no sea un punto débil que pueda ser explotado por mis enemigos.
Alexander hizo una pausa, y su mirada se volvió más intensa, más íntima.
-A partir de ahora, y durante la duración de la auditoría, usted cenará conmigo cada noche.
La propuesta la tomó por sorpresa. -¿Una cena? ¿Para discutir los balances?
-No. Para establecer su coartada. Usted es mi invitada especial en Moscú. La prensa y la sociedad deben ver que usted no es una auditora independiente, sino alguien bajo la protección directa de la familia Kirov. En nuestro mundo, la protección se demuestra con proximidad. Si usted cena conmigo, si la ven a mi lado, nadie se atreverá a tocarla.
-Esto es ridículo. Esto es una demostración de fuerza innecesaria.
-No es ridículo. Es supervivencia. Y hay otra razón, Sofía. -Alexander usó su nombre de pila por primera vez, un movimiento deliberado de dominio-. Necesito entenderla. Necesito saber si la sed de venganza es lo único que la impulsa. Y la mejor manera de desarmar a un enemigo es compartir una mesa.
Sofía apretó la mandíbula. Esto era un intento de control total, de forzar una intimidad que socavaría su profesionalismo. Pero él tenía razón: si sus rivales pensaban que ella era la amante o la aliada de Alexander Kirov, nadie se atrevería a atacarla o a buscar información.
-Acepto -dijo Sofía con voz fría-. Pero que quede claro, Señor Kirov. Esto es una farsa. Y yo solo estoy interesada en el archivo.
-Perfecto. La limusina la recogerá a las 8:00 p.m. Y le sugiero que se vista adecuadamente. Esta noche, usted no es una auditora. Es mi invitada.
La Tensión en el Metropol
A las 8:00 p.m., Sofía estaba lista. Había elegido un vestido de seda negra de corte sencillo, elegante pero sin ostentación. Su armadura profesional.
La limusina la llevó al Hotel Metropol, un ícono de la opulencia zarista y soviética. El restaurante era un santuario de terciopelo y oro. Sofía sabía que cada persona en esa sala era alguien, y cada par de ojos estaba clavado en Alexander Kirov. Y ahora, en ella.
Alexander ya estaba sentado en la mesa más discreta, pero estratégicamente visible. Se levantó cuando ella llegó, un gesto de cortesía antigua que contrastaba con su brutalidad.
-Llegas tarde -observó él, su mirada recorriendo su vestido con una lentitud que la hizo sentir desnuda bajo la tela.
-Tuve que cifrar mi portátil, Señor Kirov. La seguridad es prioritaria.
Alexander no respondió. En su lugar, tomó la mano de Sofía, un toque rápido y firme que envió una punzada de alarma a su sistema.
-Siéntate, Sofía.
Durante la cena, Alexander no habló de balances ni de finanzas. Habló de literatura rusa, de la historia de Moscú, del exilio y del precio de la ambición. Era un conversador fascinante, erudito y profundamente oscuro. Sofía se encontró cautivada a pesar de su resistencia. Él estaba revelando un lado de sí mismo que era una distracción deliberada, un intento de bajar su guardia.
-¿Por qué te fuiste a Londres, Sofía? -preguntó Alexander, cortando un trozo de carne con precisión quirúrgica.
-Por las oportunidades -mintió ella.
-Mentira. Te fuiste porque tu padre te obligó a elegir la seguridad sobre la venganza. Elegiste la comodidad de un trabajo de analista en lugar de luchar en el barro por su nombre. Eres brillante, pero eres una cobarde.
El ataque fue tan inesperado y certero que Sofía sintió que le faltaba el aire.
-No tienes derecho a juzgar mis decisiones.
-En mi mesa, tengo todos los derechos. Yo no huí. Yo me quedé aquí, en el infierno que mi padre creó, y lo hice mío. Lo hice porque la supervivencia de mi apellido es más importante que mi moral. Tú no regresaste por justicia, Sofía. Regresaste porque el dinero y la seguridad no te dieron lo que realmente querías: un nombre.
La cena terminó con esa verdad cruda pendiendo entre ellos. Cuando salieron, el frío de la calle los golpeó.
-Mañana a las 8:00 a.m. en la oficina -dijo Alexander, abriendo la puerta de su limusina.
Sofía asintió, entrando. Antes de que pudiera cerrar la puerta, Alexander se inclinó, su rostro peligrosamente cerca del de ella.
-Una última cosa. Si quieres que los demás crean que esto es más que negocios, necesitas actuar.
Alexander tomó el rostro de Sofía entre sus manos grandes y frías, y la besó.
No fue un beso tierno. Fue un acto de posesión pura, un golpe de fuerza. Su boca era dura, exigente, y el beso fue breve pero intenso, diseñado para ser un shock y una advertencia.
Cuando se separó, Sofía se quedó sin aliento.
-Si alguien nos ve -murmuró Alexander, su aliento frío sobre sus labios-, debe creer que eres mía. Mañana, auditora. Piensa en el precio.
La puerta se cerró. Sofía se tocó los labios, sintiendo el ardor del contacto de Alexander. Él no solo quería su silencio. Quería su sumisión. Y con ese beso, había iniciado la guerra íntima que ella sabía que no podría ganar fácilmente.
La mañana amaneció gris y helada, prometiendo nieve que nunca llegaba. Sofía llegó a la sede de Titan Steel a las 8:00 a.m. en punto. No usó la limusina; tomó un taxi. Necesitaba esa breve ilusión de autonomía, esa diminuta burbuja de control en una ciudad donde Alexander Kirov parecía dictar hasta el movimiento del aire.
Su primera acción al llegar a la oficina asignada fue borrar el recuerdo del beso. El contacto de Alexander la noche anterior había sido una descarga eléctrica, breve pero potente, y ella no podía permitirse la distracción. Ella era una profesional; el beso era una herramienta de control territorial.
La oficina que le habían asignado era una suite de cristal y acero con vistas al río Moscova, pero se sentía más como una sala de interrogatorios de lujo. Su equipo de auditoría (tres analistas de Sterling & Finch que la miraban con cautela, conscientes del riesgo que asumían al pisar Titan Steel) ya estaba trabajando, sus portátiles encendidos, sus caras reflejando la tensión.
-El panorama es peor de lo que esperábamos, Sofía -susurró Mark, su analista principal, un hombre que parecía haber envejecido cinco años en las últimas doce horas.
-Detalles, Mark.
-La contabilidad es un desastre. Los balances se han falsificado con tanta maestría que no es fraude; es arte. Hay tres libros de cuentas paralelos: uno para los bancos occidentales (limpio), otro para el Kremlin (limpio con sobrevaloración de activos) y el tercero... el verdadero. Ese tercero está encriptado en un servidor local y no tenemos la clave.
Sofía asintió. Esto confirmaba lo que Alexander le había insinuado: la "caja negra" era digital.
-Necesitamos la clave de ese servidor. Pero por ahora, trabajemos con lo que tenemos. Busquen las anomalías en el flujo de efectivo, no en los balances. Los activos de Titan Steel son masivos: minería, transporte, fundición. Es imposible camuflar los movimientos de ese volumen de materia prima sin dejar rastro.
Apenas habían comenzado a establecer su protocolo de trabajo cuando la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso.
Alexander Kirov entró en la sala, vestido con un traje de cashmere tan oscuro que parecía absorber la luz. Se detuvo en el umbral, con una presencia imponente.
-Continúen trabajando -ordenó Alexander al equipo de Sofía en ruso, su tono era tranquilo, pero su autoridad era absoluta.
Sofía se puso de pie, su corazón latiendo con fuerza ante la intrusión.
-Señor Kirov, esta es una auditoría externa. Necesito privacidad para mi equipo.
-Esta es mi empresa, Señorita Volkov. Y mi seguridad es mi prioridad.
Alexander ignoró su protesta. Caminó hasta el escritorio de Sofía, que era una inmensa tabla de granito pulido, y se apoyó con los puños sobre la superficie, inclinándose hacia ella.
-He tomado la libertad de establecer mi despacho temporalmente en la sala contigua -dijo él-. Desde allí, tengo visibilidad constante de su equipo. Es por su protección. Y por la mía.
-Es vigilancia -replicó Sofía, manteniendo su tono bajo y firme.
-Llámelo como quiera. Pero si alguno de sus analistas intenta descargar un solo archivo sin mi permiso explícito, mi equipo de seguridad lo considerará una amenaza de sabotaje. Y le aseguro, Señorita Volkov, que mis guardias no son tan educados como Dimitri.
Alexander deslizó un pendrive cifrado sobre el escritorio.
-Aquí tiene las credenciales de acceso al servidor. Es la contabilidad que quiero que auditen. Es el libro limpio. No perderá el tiempo.
Sofía no tocó el pendrive. -¿Y el archivo que prometió? ¿La clave de la "caja negra"?
-El archivo que limpia el nombre de su padre no es una recompensa por el trabajo, Sofía. Es una recompensa por la confianza. Y usted aún no se ha ganado la mía.
Alexander se enderezó. Sus ojos grises la miraron con una intensidad desarmante.
-Recuerde la cena de esta noche, Sofía. 8:00 p.m. Y esta vez, no será en un restaurante público. Será en mi residencia. Le enviaré la dirección.
Con esa orden, Alexander se retiró a la sala contigua, cerrando la puerta sin hacer ruido, pero dejando tras de sí un vacío cargado de amenaza.
La Batalla por la Confianza
La jornada de trabajo fue un ejercicio de contención. Sofía se sentó en su escritorio, sintiendo la mirada de Alexander a través de la pared. Sabía que él podía estar escuchando cada palabra, vigilando cada movimiento del ratón en su portátil.
Su equipo luchaba con la contabilidad falsa que Alexander les había proporcionado. Era una obra maestra de ingeniería financiera; los números cuadraban, las proyecciones eran optimistas. Pero Sofía, entrenada para buscar la verdad detrás de la fachada, se centró en la geolocalización.
Titan Steel operaba una red masiva de fundiciones en Siberia, cerca del Ártico. Los costos de transporte de la materia prima (mineral de hierro y carbón) eran astronómicos. Sofía empezó a rastrear los costos de combustible y logística, comparándolos con los precios globales y la eficiencia declarada por la empresa.
Encontró la anomalía: una de las subsidiarias de transporte, Polaris Logistics, mostraba costos de operación inexplicablemente bajos para mover cantidades masivas de mineral en condiciones climáticas extremas. Era el punto débil, el lugar donde el dinero real se desviaba.
Sofía escribió una nota cifrada a Mark: "Enfócate en Polaris. Necesito detalles sobre el propietario final y los contratos de seguro marítimo."
Mientras enviaba el mensaje, la puerta de la sala se abrió de nuevo. No era Alexander. Era Dimitri.
-Señorita Volkov, el Señor Kirov requiere que tome un descanso. Le ha enviado un café.
Dimitri dejó una taza de porcelana blanca con un café humeante en su escritorio, junto a un plato con un pequeño blini de salmón.
-Gracias, Dimitri -dijo Sofía, manteniendo su voz neutra.
En cuanto Dimitri se retiró, Sofía tomó el café y lo tiró directamente por el desagüe. Sabía que Alexander no la envenenaría con algo obvio, pero la idea de consumir cualquier cosa que él le ofreciera, incluso un simple café, era inaceptable.
La Cita en la Guarida
A las 8:00 p.m., Sofía se encontraba de nuevo en la limusina, esta vez dirigiéndose a la residencia de Alexander, una finca amurallada en la Barvikha, la zona de las mansiones de la élite rusa.
La casa era una mezcla de brutalismo soviético y lujo occidental: hormigón, vidrio y seguridad perimetral.
Alexander la recibió en el inmenor vestíbulo. Se había quitado el traje de negocios y llevaba un suéter de cashmere gris oscuro sobre un pantalón de lana. Lucía más relajado, pero de ninguna manera menos dominante.
-Me alegra que viniera, Sofía. Estábamos a punto de servir.
La llevó a un comedor formal, iluminado por un candelabro de cristal que parecía un glaciar. En la mesa, solo dos lugares.
La cena fue un desfile silencioso de platos rusos tradicionales, servidos por un mayordomo invisible. El silencio era casi tan difícil de soportar como la intrusión.
-¿Encontró algo interesante en el servidor hoy? -preguntó Alexander, rompiendo el silencio.
-La contabilidad es, como dije, impecable, Señor Kirov. Sus números son... un milagro de eficiencia.
-En efecto. Y los milagros requieren fe, no escepticismo.
Sofía tomó un sorbo de vino tinto. -Mis analistas están enfocados en la logística. Polaris Logistics parece operar con una eficiencia que desafía la física y la economía de los combustibles.
Alexander sonrió, su mirada fija en su rostro. -Usted es muy aguda, Sofía. O tal vez, muy predecible. Es exactamente allí donde sus antecesores siempre miraban.
-¿Y qué encontraban?
-Frío. Solo frío y contratos blindados.
Alexander se reclinó y la observó. -La cena no es solo una farsa, Sofía. Es una prueba. Usted está en mi casa, en mi mesa. Estoy esperando a ver cuándo su ética le exige que se levante y me denuncie por la forma en que conseguí mis activos.
-Mi ética exige que termine mi trabajo.
-Su corazón exige venganza. Yo le daré la venganza. Pero a mi precio.
Alexander se levantó de repente, rompiendo la formalidad de la cena. Caminó hacia el centro de la sala y se detuvo bajo el candelabro.
-Venga aquí, Sofía.
Sofía dudó. Era una orden clara, un nuevo acto de dominio.
-No tengo que obedecer sus órdenes fuera de las oficina, Señor Kirov.
-Sí, tiene. Si yo soy su coartada, si yo soy su escudo, usted debe estar a mi lado. O la ilusión se rompe. Y en mi mundo, romper la ilusión es fatal.
Sofía suspiró y se puso de pie, caminando hacia él. Cuando estuvo cerca, Alexander no la tocó. Simplemente la rodeó con su aura de poder.
-El frío de Moscú es agotador, Sofía. Pero el invierno nos enseña a ser duros. Le sugiero que se fortalezca. La auditoría será larga. Y si quiere el archivo de su padre, tendrá que aprender a operar en mi oscuridad.
Alexander la llevó de regreso a la limusina. Esta vez no la besó, pero el roce de su mano en su cintura al guiarla fue una amenaza más potente que cualquier contacto físico.
Sofía regresó al apartamento de lujo, sintiendo el aislamiento y la presión de Alexander. Sabía que si quería encontrar la verdad sobre Polaris y obtener el archivo de su padre, tendría que jugar el juego de Alexander. Un juego que se libraba en las sombras y que le costaría cada pedazo de su preciada ética.