Pensé que al haberme casado mi vida sería feliz. Mi hogar, o lo que se suponía debía ser mi hogar, era un desastre. Mi madre siempre me culpaba por haberle arruinado su infancia. Cuando ella tenía dieciséis años quedó embarazada de mí; mi padre la dejó sola y fueron mis abuelos quienes la ayudaron. Al año de yo nacer, a ella le exigieron trabajar para mantenernos a ambas. Desde entonces, yo no sé lo que es sentir el cariño de una madre.
Recién cumplí diecinueve años y, junto a mi novio, hemos decidido casarnos. Durante los dos años que llevamos de noviazgo, él ha sido muy atento, nunca intentó nada conmigo, siempre me respetó, y eso me daba la seguridad de querer seguir con él.
El día de nuestra boda todo fue perfecto. Viajamos a Alemania; yo sería la traductora, pues mis abuelos me inculcaron desde pequeña aprender cuatro idiomas y tenía el sueño de conocer el país. Nos hospedaríamos en un resort. El lugar nos pareció romántico, y yo estaba nerviosa, consciente de lo que se aproximaba.
Andrés salió por vino para darme tiempo y poder relajarme antes de disfrutar el momento. Me puse un babydoll que mi amiga Sara me sugirió que usara. Pensé que solo tardaría unos cinco minutos en llegar, pero se hicieron diez, quince y no regresaba. "Quizás le pasó algo", pensé. Me puse la bata y salí a buscarlo, pero al pasar por una de las habitaciones, la puerta estaba casi cerrada. Quizás la empujaron y no se aseguraron de que cerrara. Escuché su voz.
No sabía si abrir; quizás era alguien más y yo sería una imprudente. Pero nuevamente escuché su voz en forma de gemidos. Estaba asustada, no sabía qué pasaba y, con toda la fuerza que tenía, abrí la puerta.
Mi vida se hizo pedazos en ese momento. Una camarera estaba sobre mi esposo, ambos estaban desnudos. Ella se movía frenéticamente, mientras él le lamía sus pechos. Eran más grandes que los míos; quizás solo operándome podría igualarlos.
-¡¡¡Andrés!!! -exclamé con enojo.
A la chica no le importó que yo hubiera llegado, seguía en lo suyo.
-Du wirst das nicht ruinieren, geh weg von hier, niemand braucht dich. (No arruinarás esto, vete de aquí que nadie te necesita) -dijo ella, manteniendo el ritmo.
Andrés no entendía lo que dijo, pero no hizo intento de detenerse.
No pude más. Regresé a mi habitación, me puse solamente un vestido y alisté mi maleta rápido. No iba a permitir que me humillaran más. Antes de que él regresara, yo ya estaba en la recepción del resort, pidiendo que me llevaran a la ciudad más cercana. No entendían qué pasaba y no daría explicaciones.
Prepararon el auto y me llevaron a un pueblo, pero no quería que me encontraran fácilmente, así que tomé un bus y me fui a otra ciudad, lo más lejos posible.
Las llamadas de parte de Andrés no paraban, luego enviaba mensajes, pero no quería leerlos. Lo último que hice fue llamar al abogado y pedirle que no procesara el matrimonio, ya que mi supuesto esposo me fue infiel. Terminé apagando mi teléfono.
Ya no sabía en qué ciudad estaba, solo quería estar lejos, no quería regresar. Encontré un hostal, pagué en efectivo para que no se viera el cargo en la tarjeta y el nombre del comercio. Me encerré en mi cuarto y comencé a llorar. Lloré hasta el cansancio.
Al despertar era de madrugada, las tres de la mañana. Salí a tomar un poco de aire. Las calles estaban solitarias. Lo único vivo que se veía era un bar. Al entrar, estaba a media capacidad y todos tranquilos. Me senté en la barra y pedí una cerveza. Siendo sincera, no tomaba más que vino o alguna que otra bebida suave. La cerveza me pareció amarga, pero no importó. Pedí otra y otra. Cuando vi, llevaba cuatro. Busqué mi cartera para pagar, pero la había dejado en el hostal. El cantinero solo veía mi rostro y no decía nada.
-No se preocupe en pagar, yo la invito -dijo un hombre que estaba a varios asientos de mí.
-He olvidado la cartera en el hotel. Si gusta, podemos ir y yo le reembolso.
-De ser así, entonces déjeme invitarla a otra más. Veo que la necesita.
-Mi día ha sido una locura...
-No quiero que siga teniendo un mal día, disfrute la cerveza. ¿Puedo acercarme? -preguntó él, esperando mi aprobación.
-Claro, no creo que pueda empeorar más. Salud -respondí. Chocamos nuestras jarras y me tomé el resto de la cerveza sin detenerme.
Él pagó y salimos del local. Mi cabeza ya daba muchas vueltas, pero de alguna manera me sentía segura con él. Le dije dónde me hospedaba. Al estar allí lo invité a entrar mientras buscaba la billetera, me sentía... caliente. Era la rabia de la traición cociéndose en mis venas, la necesidad de reemplazar el dolor con algo, lo que fuera.
Cuando por fin encontré la billetera, saqué unos billetes y se los di.
-Gracias por haberme ayudado, espero sea suficiente -dije, sintiendo el impulso peligroso de acortar la distancia.
-Fue un placer ayudarle, espero pueda descansar y olvidar su pena.
Esas palabras hicieron clic en mí. Él se quedó en el umbral, su presencia era una masa sólida de calma en medio de mi huracán. Me acerqué a él, mis piernas temblando. Me alcé sobre las puntas de mis pies y, con una audacia que nunca había conocido, presioné mi boca contra la suya.
No era un beso tierno; era una demanda explosiva, una mezcla de frustración y curiosidad. Sentí el olor a malta de la cerveza y el aroma amaderado de su cuello.
Él tardó un segundo en responder. Luego, su boca se abrió bajo la mía, profunda y posesiva. Me sujetó por la cintura, atrayéndome con firmeza. Pude sentir la dureza de su cuerpo, y la urgencia me quemó.
Jadeé contra su boca. Me empujó suavemente hacia el interior de la habitación, cerrando la puerta con el pie.
-Yo... -comenzó.
-No. No digas nada. Solo... Hazme sentir algo que no sea dolor -susurré, agarrando el cuello de su camisa de lino y tirando. El botón superior se desprendió con un pequeño y satisfactorio chasquido.
La rabia me impulsaba. Lo que había visto esa noche me había destrozado la fe, pero había encendido una necesidad. Sentía que si no tomaba el control de mi cuerpo ahora, de la experiencia que se me había negado, me ahogaría en el recuerdo de Andrés.
Él tomó el control, empujándome contra la pared áspera. Sus manos viajaron bajo mi vestido, encontrando el calor de mis muslos. El vestido cayó al suelo.
-Alto -dije de repente, mi voz temblando.
Él se detuvo, con la respiración pesada. Sus ojos eran oscuros, llenos de deseo, pero su expresión era de espera.
-Necesito que sepas algo... no soy como esa chica. Soy virgen. Me casé pensando que... esto sería con él.
Él no se echó atrás. Me sujetó el rostro con ambas manos.
-Gracias por decírmelo. -Su voz era un gruñido grave en alemán que me hizo estremecer-. Eres mucho más que esa chica. Eres real.
Me levantó en peso y me colocó sobre el borde de la cómoda de madera. La frialdad de la superficie contrastaba con el fuego entre nosotros. Ahora, la atención de él se centró en el babydoll de seda transparente que Sara me había sugerido. Él deslizó los tirantes lentamente por mis hombros.
El babydoll se deslizó por mi piel, revelando mi torso. La tela transparente cayó sobre la oscura piel de mis pezones, ahora rígidos y levantados. Mis pechos eran modestos, pálidos y vírgenes al contacto de su mirada, y por un momento sentí la vergüenza de compararme con la camarera. Pero él no miraba con juicio. Miraba con una intensidad hambrienta.
Su mirada era una caricia mientras estudiaba mi cuerpo. Yo era delgada, de cintura estrecha y caderas suaves. Mi piel era blanca y virgen a la vista. Podía sentir la humedad acumulándose entre mis piernas.
Él se despojó rápidamente de su propia ropa. era más alto y ancho de hombros de lo que había imaginado. Su cuerpo era musculoso, fuerte, el cuerpo de un hombre que trabaja y construye, no que se sienta. Su piel era ligeramente más bronceada que la mía, sus brazos estaban tensos y definidos. Su pene era largo, grueso, y totalmente erecto.
No me dio tiempo a reaccionar. Me tomó por la cintura y me puso de pie, su boca regresó a la mía en un beso profundo y experto. Me sentí completamente vulnerable y, por primera vez, completamente deseada por mí misma.
Sus labios abandonaron mi boca y se movieron a mi cuello, a mi clavícula, y descendieron lentamente. Me sostuvo por la espalda y me elevó un poco, acercando sus labios a la punta de mis pezones. No mordió, succionó suavemente, concentrándose en el placer, y yo gemí, mi cabeza cayendo hacia atrás contra la pared. El pensamiento de la camarera se evaporó; solo existía esta sensación.
Sus dedos se movieron hábilmente hacia abajo. Mi vagina estaba esperando, palpitante y extremadamente sensible. Él deslizó su dedo índice, explorando la entrada, y yo me arqueé hacia su toque.
-Estás lista para mí -murmuró contra mi piel, su voz áspera-. Déjame tenerte.
Él me llevó hasta la cama. Me empujó hacia atrás, su cuerpo cubriendo el mío. El colchón se hundió bajo nuestro peso. se colocó entre mis piernas y con una ternura inesperada, pero sin dudar, se alineó. Se movió para centrar la punta de su pene sobre mi vulva.
Sentí el calor, la presión. El miedo regresó brevemente, pero la necesidad lo superó. Asentí con la cabeza, agarrando sus hombros.
Él me miró a los ojos, una conexión profunda y silenciosa. Luego, con un solo empuje, rompió la membrana que había esperado por años para ser rota. Sentí un dolor agudo, pero fue un dolor limpio y rápido, inmediatamente superado por el placer de la penetración completa.
Se detuvo un momento, esperando a que me ajustara. Las lágrimas brotaron de mis ojos, no de dolor, sino de la abrumadora emoción de este momento que definía mi nueva vida, tan lejos de la promesa fallida de Andrés.
-Mírame -ordenó él en alemán, suavemente. Yo lo hice.
Comenzó a moverse lentamente, rítmicamente. La incomodidad inicial se desvaneció, reemplazada por la sensación de ser llenada y poseída. Era rítmico, intenso, una danza de dos cuerpos que se habían encontrado por accidente. Me aferré a sus hombros.
Pero la rabia no había desaparecido; solo estaba latente, alimentando el fuego. A mitad del ritmo, el recuerdo de la camarera regresó: esa imagen de ella encima de Andrés, controlando el movimiento, controlando el placer. Un impulso hirviente me recorrió.
Detuve el movimiento de él, mis manos en su pecho firme.
-No... yo quiero... -Mi respiración era entrecortada, mis palabras estaban llenas de una urgencia cruda-. Quiero estar encima.
Él me miró, y aunque la confusión cruzó su rostro, no discutió. En lugar de eso, sonrió, una curva sexy y peligrosa.
-Todo lo que quieras -dijo, usando mi nombre como una promesa.
Con una fuerza sorprendente para un hombre que acababa de penetrar a una virgen, se giró, me ayudó a pivotar y me sentó sobre sus caderas. Ahora yo estaba a horcajadas sobre él, sintiendo la profundidad de su pene dentro de mí.
Miré hacia abajo, observando la unión de nuestros cuerpos. Yo tenía el control de la fricción, del ángulo. La rabia me daba una fuerza inesperada. Me incliné hacia adelante, mis manos en sus abdominales, y comencé a mover mis caderas. Al principio, era torpe, pero rápidamente encontré un ritmo que era más agresivo, más rápido que el que él había iniciado.
-Así -jadeé, inclinándome hacia atrás para aumentar la presión-. Más rápido... ¡Mírame!
El placer era un arma. Cada empuje era una negación a la traición de Andrés. Sentía cómo mis pechos se agitaban con el movimiento, y por un momento me sentí tan grande, tan deseable como la camarera.
Él me observaba con una intensidad devoradora. Me sujetó por las caderas, ayudando a guiar el movimiento, y yo sentí el placer más intenso.
Pero no era suficiente. El recuerdo me picó de nuevo: Andrés comiéndole los pechos. Yo quería esa devoción, pero con la diferencia crucial de tener el control.
Me levanté un poco, manteniendo la unión, y tomé sus manos.
-Tú... quiero que me uses... para esto -dije, señalando el borde de la cama.
Me ayudó a deslizarme hasta que estuve arrodillada sobre el colchón, dándole la espalda. Era la posición de sumisión que la traición me había forzado, pero ahora yo la estaba eligiendo. Mi espalda estaba arqueada, mis nalgas expuestas.
Él se colocó detrás de mí. Su mano se deslizó hasta mi clítoris, y el roce hizo que mi respiración se volviera errática. Luego, agarró mi cintura y me empujó con fuerza, más profundo de lo que había estado antes.
El golpe me hizo jadear ruidosamente. Ahora el ritmo era primal. Él tomaba el control del ritmo, la fuerza, la dirección. Los golpes eran más fuertes, más rápidos, y resonaban contra el colchón.
-¿Así? ¿Te gusta así? -preguntó su voz ronca, pegada a mi oreja, el aliento caliente en mi cuello-. Eres increíble.
Mi mente estaba en blanco, excepto por la sensación de ser completamente llena, completamente tomada. Sentía el impacto de su pene contra mi cérvix. El dolor había desaparecido por completo, reemplazado por la sensación de control que se me escapaba y que, paradójicamente, era lo que más deseaba. No era amor, era la liberación.
El gemido gutural de él resonó en la habitación, mientras yo alcanzaba un segundo orgasmo, más profundo y desorientador que el primero. Mi cuerpo se convulsionó bajo su dominio. Él se mantuvo un momento, respirando pesadamente, su frente apoyada en mi espalda.
Lentamente, se retiró. El aire frío me golpeó, y caí rendida sobre el colchón, exhausta pero vacía de la rabia que me había consumido.
Lentamente, abrí los ojos.
La luz gris de la mañana se filtraba por las cortinas raídas del hostal. Mi cabeza palpitaba. A mi lado, la forma sóida y caliente de él.
Un pánico silencioso me recorrió. ¿Qué había hecho? La culpa, vieja compañera de mi madre, se enroscó en mi pecho. Intenté levantarme sin despertarlo. La sábana me raspó la piel sensible. El colchón chirrió, y Él se movió.
Su brazo fuerte se deslizó alrededor de mi cintura, tirando de mí hacia su pecho. Me quedé rígida.
-No te vayas -murmuró su voz grave y adormilada en un alemán perfecto, su aliento cálido en mi cuello.
Él no me soltó. En lugar de eso, sus labios comenzaron a presionar suaves besos sobre la parte superior de mi espalda. Eran pequeños toques, sin urgencia, sin la rabia de la noche anterior. Eran... cálidos.
Cada beso era un reconocimiento de la vulnerabilidad que habíamos compartido. Me di cuenta de algo: no había huido de él. Me había quedado.
Él sintió mi relajación y aprovechó el momento. Su mano se deslizó hacia mi vientre y luego más abajo, buscando el calor de mi entrepierna. Su toque fue lento y deliberado. La humedad ya estaba allí, anticipando su toque.
Se movió sobre mí. Sentí el peso de su cuerpo al girarme suavemente, y nos miramos a los ojos. Ya no había lágrimas ni rabia, solo una necesidad simple y mutua.
Me besó con una ternura lenta, luego se separó. Deslizó su cuerpo hacia abajo, besando mi cuello, mi pecho, y se detuvo. Yo observé, sintiéndome vulnerable pero fascinada. Su mirada era de total devoción cuando se detuvo entre mis muslos.
Me estremecí, mis dedos se hundieron en las sábanas. Esto era un territorio desconocido, algo que ni siquiera se me habría ocurrido pensar con Andrés.
Sonrió suavemente, un gesto tranquilizador. Se inclinó y sentí el suave toque de su barba rozando mi vulva. Su boca me cubrió, y un grito silencioso de puro shock y éxtasis se ahogó en mi garganta.
La sensación era más íntima, más intensa y más desinhibidora que cualquier penetración. Él usaba su lengua con una habilidad sorprendente, explorando cada pliegue, cada punto sensible de mi clítoris y mis labios. Yo me arqueaba en la cama, mis manos se enredaron en su cabello. La vergüenza y el miedo desaparecieron. Solo existía este hombre, su boca experta y la cascada de placer que me estaba provocando.
Gimoteé su nombre, mi cuerpo vibrando al borde de un orgasmo inminente. Él me tenía completamente a su merced, y la sensación de abandono era liberadora. Era un lenguaje que no necesitaba palabras, solo gemidos y la presión de su boca.
-Déjalo ir, Astrid -susurró, con su voz amortiguada por mi piel.
Mi cuerpo se convulsionó, mis músculos tensos y luego liberados en un orgasmo explosivo, largo y profundo, que sacudió la cama. Era más lento y prolongado que el de la noche anterior, más centrado en la sensación pura.
Él se mantuvo allí un momento, asegurándose de que la última ola se disipara. Luego subió de nuevo y se deslizó entre mis piernas, penetrándome lentamente. No hubo dolor, solo la gloriosa sensación de ser llenada por alguien que me había conocido de la forma más íntima posible.
El ritmo comenzó lento, una caricia, y luego se aceleró. Él me miraba a los ojos, una conexión profunda y silenciosa, mientras me llevaba al borde una vez más.
-Eres toda mía -dijo, y yo creí en esa mentira dulce en el éxtasis del momento.
Cuando el clímax llegó, fue un rugido de fuego y liberación. Se desplomó sobre mí, su aliento caliente en mi cuello. Nos quedamos así, dos desconocidos unidos por el trauma y el deseo.
Después de unos minutos, Elias se movió para acostarse a mi lado. Me acurruqué contra su pecho, exhausta y sin fuerzas para pensar en las consecuencias.
De repente, recordé el teléfono. Lo había apagado anoche. Lo encendí y la pantalla se iluminó, con una avalancha de notificaciones, incluyendo el crucial mensaje profesional.
Abogado: "Sra., el acta de matrimonio se ha presentado, pero aún no se ha procesado por completo. Es crucial que regrese a la ciudad en las próximas 24 horas para firmar los documentos de anulación ante el notario. De lo contrario, el proceso se vuelve mucho más complicado."
El mensaje era un balde de agua fría. Tenía que irme. Ya.
Me vestí con movimientos rápidos y nerviosos, sintiendo la mirada de él en mi espalda. Él se había levantado sobre un codo, observando mi pánico repentino.
-¿Qué pasa? -preguntó, su voz ahora completamente despierta.
-Tengo que irme -dije, sintiéndome estúpida y grosera-. Hay un problema legal. Tengo que anular esto antes de que sea demasiado tarde.
Comencé a recoger mis cosas, evitando su mirada.
-Gracias -añadí, encontrando mi cartera-. Gracias por todo. Por el bar... y por anoche. Ha sido... muy agradable.
Se levantó de la cama, completamente desnudo. Era una figura imponente.
-¿Agradable? -Su voz no era de enojo, sino de incredulidad-. ¿Después de lo que acabamos de compartir, solo fue "agradable"? Astrid, yo...
No quería una conversación, no quería explicaciones, no quería ataduras. La única forma en que sabía interactuar con algo que se sentía "demasiado" era dándole algo a cambio.
Dejé la maleta y me acerqué a él, con la boca seca. La forma en que estaba erecto en la luz de la mañana era una distracción total.
Me arrodillé frente a él. Lo miré, luego tomé su pene en mi mano, y lo llevé a mi boca. Era torpe. Mis labios no estaban acostumbrados. No había erotismo en mi mente, solo la necesidad de cumplir con un gesto.
Él soltó un gruñido. Sus manos me tomaron el pelo con una firmeza que me hizo saber que, aunque el gesto era torpe, el placer era real. Cerré los ojos e intenté concentrarme.
Pero no duró mucho. Él me levantó suavemente, forzándome a ponerme de pie. Su rostro estaba tenso, con una mezcla de excitación y seriedad.
-No. No es así como funciona esto -dijo, su aliento caliente contra mi frente.
Me tomó el rostro en sus manos.
-Tú no me debes nada. Lo de anoche no fue un pago. Fue una elección, tu elección.
Me soltó, y fue hacia el pantalón que dejó tirado. Sacó su billetera y extrajo una tarjeta de presentación. La puso en mi mano, su mirada fija en mis ojos.
-Ve y arréglalo. Firma esa anulación. Sé libre. Y si alguna vez necesitas un lugar donde esconderte de verdad... o una razón para no hacerlo... llámame. Este número no cambia.
Miré la tarjeta: "Elias Richter. Richter Projektentwicklung." No era una invitación de trabajo, era una línea de vida, una promesa vaga en la inmensidad de un país desconocido.
-Yo... lo haré, me llamo Astrid -susurré, sintiendo una punzada de pérdida por la conexión que estaba rompiendo.
Elias se acercó y me dio un último beso en la frente, suavemente, como si me diera una bendición.
-Sé fuerte, Astrid. Ahora tienes tu propio camino.
Cogí mi maleta y salí de la habitación, dejando a Elias desnudo en la luz de la mañana. Me fui con una acta de matrimonio por anular, la sensación de un despertar sexual, y una tarjeta de presentación de un hombre al que probablemente nunca volvería a ver.