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El réquiem de un corazón roto

El réquiem de un corazón roto

Autor: : Aye Candy
Género: Moderno
Rachel pensaba que con su devoción conquistaría a Brian algún día, pero se dio cuenta de que se había equivocado cuando su verdadero amor regresó. Rachel lo había soportado todo, desde quedarse sola en el altar hasta recibir un tratamiento de urgencia sin su presencia. Todos pensaban que estaba loca por renunciar a tanto de sí misma por alguien que no correspondía a sus sentimientos. Pero cuando Brian recibió la noticia de la enfermedad terminal de Rachel y se dio cuenta de que no le quedaba mucho tiempo de vida, se derrumbó por completo. "¡No te permito que mueras!". Rachel se limitó a sonreír. Ya no necesitaba a ese hombre. "Por fin seré libre".

Capítulo 1 Quédate conmigo esta noche

"Anda. Solo una vez más", susurró una voz autoritaria, y en un tono que destilaba urgencia.

Agotada y cubierta de sudor, Rachel Marsh sintió que el hombre levantaba su cuerpo otra vez con movimientos rápidos, impulsado por una necesidad apremiante.

A pesar de la premura del momento, la chica logró recomponerse y levantó la cabeza lo suficiente para suplicar.

"¿Y si dejamos de usar protección?", sugirió con una voz baja y suave, pero seria. "He estado pensando que... tenemos un bebé".

Brian White, su prometido, se quedó paralizado durante una fracción de segundo, su expresión era ilegible.

Sin embargo, su indecisión fue fugaz. Se inclinó hasta que sus labios rozaron la oreja de Rachel, y respondió en un tono frío y distante: "Tener un hijo solo complicaría las cosas. No estoy preparado para dar ese paso".

La chica se mordió el labio inferior.

"Pero, pronto nos casaremos", dijo con la voz temblorosa por la tristeza y con los ojos brillando con lágrimas contenidas. "Y tus padres han estado diciendo que quieren tener nietos. No puedes decirles que es imposible, ¿verdad?".

Formar una familia con Brian era lo que Rachel siempre había soñado, sin embargo, la actitud fría e inflexible del hombre la hacía sentirse humilde e insignificante.

Ante una tensión palpable, ella se tragó sus emociones y asintió lentamente.

"Está bien. Hablaremos de eso más adelante".

La expresión del hombre se suavizó ligeramente, como si la presión entre ellos disminuyera. Pero, antes de que pudiera decir algo más, sonó su celular, interrumpiendo abruptamente el tenso momento.

Tan pronto como respondió, una voz suave y titubeante llegó a través del altavoz: "Brian, siento mucho molestarte tan tarde... Me tropecé en la sala de estar y me lastimé el pie. Si estás ocupado...".

Era Tracy Haynes, la primera novia de Brian. Antes de que esta pudiera terminar de hablar, él la interrumpió con una voz firme pero gentil: "Espera. Voy para allá".

"¡Oh...! No quiero interrumpirlos a ti y a Rachel. Si no eres conveniente, puedo tomar un taxi", respondió la joven.

"No te preocupes", dijo Brian con una voz suave y firme para tranquilizarla.

Rachel, al oír el intercambio, no pudo reprimir la risa amarga que brotó en su interior...

En el baño poco iluminado flotaba una densa capa de vapor. Ambos cuerpos estaban empapados. Se encontraban tan cerca que la intimidad entre ellos era innegable. La atmosfera era perfecta y acogedora.

Mientras Rachel permanecía ahí, sintió que una fría verdad la golpeaba como un rayo.

Ser favorecida por Brian era un privilegio que nunca conocería. Se trataba de excepciones, de romper todas las reglas por alguien, y ese alguien nunca sería ella. Las atenciones, los cuidados y el amor de Brian estaban destinados a otra persona, a la mujer que siempre había amado, la que por siempre llevaría en su corazón. La ironía de todo eso le resultaba sofocante a Rachel.

Poco después, el hombre la envolvió con una toalla grande, cuya suave tela cubrió su esbelta figura. Sus manos se movían con delicadeza y ternura mientras la secaba.

"Te llevaré a la cama. Descansa tú primero", le dijo con una voz inusualmente suave.

Sin embargo, esas palabras fueron como un balde de agua fría, pues apagaron la calidez que había persistido entre ellos. El corazón de la joven se rompió en mil pedazos. ¿Brian iría otra vez a ver a Tracy?

Al pensar en eso, apretó las manos con fuerza y su cuerpo se puso rígido por la tensión.

Después de varios segundos, sintió que algo dentro de ella se rompía. Dio un paso adelante con desesperación, su mente apenas alcanzaba a comprender sus acciones.

Sin pensarlo, abrazó a Brian con fuerza, al mismo tiempo que con una voz suave, pero temblorosa, le suplicaba: "Quédate conmigo esta noche... No te vayas, ¿de acuerdo?".

El hombre se quedó desconcertado y su cuerpo se puso momentáneamente rígido por la sorpresa. Sin embargo, la vacilación duró solo un segundo.

Rápidamente recuperó la compostura y le acarició el pelo con suavidad, a la vez que con voz tranquila, pero firme, contestaba: "No seas obstinada, Rachel. Tracy se lesionó. No es algo que pueda ignorar".

"Pero, yo también te necesito", suplicó ella con los ojos rojos y brillantes por las lágrimas contenidas. Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que le comenzó a sangrar. "Solo esta vez, quédate conmigo".

Brian suspiró. Su voz se suavizó, pero aún era firme cuando replicó: "Siempre has sido muy comprensiva. No compliques las cosas".

Esa noche Rachel no quería ser comprensiva. Lo único que deseaba era que su prometido se quedara con ella.

"Brian...", susurró, abrazándolo con más fuerza, mientras lo miraba con una evidente expresión de desesperación en el rostro.

El hombre meneó la cabeza, a la vez que con una voz más fría escupía: "¡Entiende, Rachel! Tengo que irme. Suéltame".

La chica sacudió la cabeza en respuesta. Su corazón latía con fuerza porque no estaba dispuesta a ceder.

"¡Dije que me sueltes!". La expresión del hombre se endureció en un instante y sus labios se presionaron en una fina línea. Luego, le abrió los dedos, uno por uno, con fuerza suficiente para hacerla estremecerse de dolor.

Ante eso, el corazón de Rachel se encogió dentro de su pecho. Incapaz de tolerar esa situación por más tiempo, soltó una risa suave y amarga, como si estuviera burlándose de su propia vulnerabilidad. Poco a poco, aflojó su agarre. Los dedos le temblaban por la tensión, mientras el peso de su derrota se asentaba.

"Volveré pronto", informó Brian en un tono cortante, al mismo tiempo que se daba la vuelta y se alejaba sin siquiera echarle un vistazo.

¿Que volvería pronto? Esas palabras le parecieron vacías a Rachel, como si estuviera consolando a una chiquilla.

Tracy lo había llamado innumerables veces antes, y él siempre había acudido a su llamado, pero nunca volvía pronto.

Mientras Rachel permanecía clavada en su sitio, los recuerdos del pasado la envolvían como un manto pesado.

Brian no quería tener un bebé con ella, probablemente por Tracy. Después de todo, ella era la mujer que siempre había tenido la llave de su corazón, la que amaba profundamente, a la que no podía olvidar, aquella cuyo recuerdo nunca se desvanecería. Ella fue su primera novia, el tipo de amor que nunca se olvidaba. Así que, por supuesto, la trataba como un tesoro, incluso si eso significaba sacrificar las necesidades y deseos de Rachel, su prometida.

Después de un largo y tenso momento, esta última se dio la vuelta y caminó hacia el baño. Se metió a la ducha, dejando que el agua la empapara, sin embargo, no fue suficiente para disipar la pesadez que sentía en el pecho.

Cuando por fin se acostó, las sábanas se sentían frías e incómodas. Sin importar cuántas vueltas diera, la cama no se calentaba en absoluto. Fue como si el vacío que la acompañaba se hubiera filtrado hasta el tejido más profundo del dormitorio y la hubiera dejado sola en el silencio gélido.

A las seis de la mañana se despertó, sobresaltada, al oír el timbre de su celular. Aturdida, lo tomó y vio el nombre de Debby White, la madre de Brian, parpadeando en la pantalla.

"Hemos elegido la fecha de la boda". La voz de la mujer era tan fría e impasible como siempre. "Dentro de tres meses será un buen día para celebrar una boda".

La joven sabía perfectamente que Debby no llamaba para consultar; sino para informar.

"Avísales a tus padres", agregó la mujer en tono cortante. "Aunque mi familia es rica, no somos ningunos tontos. No crean que podrán ganar una fortuna con este matrimonio".

Rachel intentó mantener la voz firme cuando replicó: "De acuerdo. Le avisaré a mi papá. No te preocupes, no les pediremos ni un centavo".

A pesar de las palabras de la joven, Debby estaba lejos de sentirse satisfecha. Una risa burlona se oyó en el otro extremo de la línea.

"A decir verdad, no eres digna ni de un centavo".

Rachel contuvo su frustración, mientras escuchaba, sin ofrecer respuesta alguna. Ella sabía mejor que nadie que, incluso si pedía dinero, este acabaría en las manos de su indiferente padre y de su cruel madrastra, personas que nunca se habían preocupado por ella.

"Honestamente, no sé qué ve mi hijo en ti. Eres humilde, de clase baja y totalmente ordinaria. Si no hubiera sido por la insistencia de Brian y la aprobación de su abuela, nunca habría aceptado este matrimonio", añadió Debby antes de colgar, llena de frustración.

La chica se quedó mirando la pantalla ya apagada del celular, mientras las manos le temblaban ligeramente. Luego, una sonrisa amarga se dibujó en sus labios, teñida de tristeza. Su compromiso con Brian parecía un sueño imposible. Casarse con él era el mayor deseo de su vida.

Cuando Rachel tenía quince años, su madrastra la llevó a lo que afirmó sería una reunión de la alta sociedad. Sin embargo, todo fue una artimaña; acabaron en la finca de la familia White, donde la chica fue empujada a la piscina. La cruel maquinación de su madrastra la dejó revolcándose en el agua sofocantemente fría.

Rachel estaba segura de que se ahogaría. Pero, justo cuando la desesperación comenzaba a apoderarse de ella, un joven saltó a la piscina sin dudarlo y la atrajo hacia sí. Luego, sus brazos fuertes la llevaron a un lugar seguro, salvándola de las gélidas garras de la muerte. Cuando volvió a abrir los ojos, todo lo que vio fue la figura de su salvador alejándose y desapareciendo en la distancia. El elegante reloj negro que llevaba en la muñeca fue lo único que permaneció en su mente.

Años más tarde, ese mismo reloj condujo a Rachel hasta él... Brian White, la persona que le había salvado la vida, le había robado el corazón sin saberlo. En agradecimiento por lo que hizo por Rachel, esta le entregó su corazón sin reservas, con la esperanza de que algún día se casaran...

El sonido de pasos en la planta baja sacó a Rachel de su ensimismamiento. Un momento después, la puerta del dormitorio se abrió con un crujido. Brian permaneció en el umbral de la habitación, con los ojos rojos por el cansancio y el traje arrugado y desaliñado.

Unos segundos después, mientras Rachel lo observaba entrar, su corazón se hundió con el peso de la comprensión. Estaba más que claro dónde había pasado la noche: cuidando de nuevo a Tracy. Había prometido regresar pronto, pero ahí estaba, con la ropa arrugada y un comportamiento totalmente inapropiado para su prometida.

Rachel desvió la mirada, sin querer mirarlo. Pero Brian, aparentemente ajeno a su enfado, la atrajo hacia sus brazos con firmeza. Sus labios fríos rozaron los de ella y su voz profunda se suavizó cuando le preguntó: "¿Estás molesta?".

La joven permaneció en silencio y volteando hacia otro lado. No podía ignorar el leve aroma del perfume de otra mujer que se aferraba a él, ni la brillante e inconfundible marca de lápiz labial que tenía en el cuello de la camisa. Esa marca, sin duda de Tracy, se sintió como una aguja que le perforó el corazón.

"¿Aún la amas?". La voz de Rachel era suave pero firme, mientras por fin miraba a Brian, con sus ojos que suplicaban saber la verdad.

El hombre la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza.

"¿Qué estás diciendo?", murmuró en tono tranquilizador. "Tracy es muy especial para mí, pero solo somos amigos. Eso es todo".

Rachel no respondió a las palabras tranquilizadoras de su prometido. Simplemente lo miró, con el corazón apesadumbrado por tantas preguntas sin respuesta. Lentamente, rompió el silencio y preguntó: "Y a mí, Brian, ¿me amas?".

Capítulo 2 No estaba listo

El recuerdo de cómo había conocido a Brian apareció vívidamente en la mente de Rachel.

Sin duda, fue un comienzo tumultuoso. En aquel entonces, Tracy lo había dejado por otro hombre y se mudó a otro país.

La traición destrozó a Brian. En su desesperación, ahogó su dolor en alcohol, perdiéndose en una neblina de ira y angustia.

Esa fatídica noche, consumido por una cruda tristeza, inmovilizó a Rachel, quien no paraba de sollozar y temblar debajo de él, pero ni siquiera eso hizo que se detuviera. Impulsado por una necesidad desesperada, casi primitiva, la hizo suya una y otra vez, como si intentara llenar el vacío que Tracy había dejado con su partida.

Al día siguiente, mientras el peso de la noche anterior pendía entre ellos, Brian se volvió hacia Rachel con una expresión sombría.

"Después de todo lo que ocurrió anoche, ¿aún estás dispuesta a estar conmigo?".

Ella asintió, con la voz atorada en la garganta. Así comenzó su relación, no por amor, sino como el resultado impulsivo de una noche juntos...

En ese momento, mientras Brian estaba frente a Rachel, cuyo corazón se sentía dolorido por el peso de las interrogantes no formuladas, se preguntó si sentía algo por ella, si había siquiera el más mínimo indicio de afecto o ternura en su corazón, o si simplemente había sido un sustituto de la mujer que había perdido.

Los ojos del hombre se posaron en Rachel. Su voz era tierna, pero firme, cuando declaró: "Nuestra boda está a la vuelta de la esquina. Pronto serás mi esposa. Te amaré y te protegeré para siempre".

Un repentino frío rozó los labios del hombre; Rachel, sin pensarlo, colocó los dedos suavemente sobre la boca de Brian, interrumpiéndolo.

"Silencio, por favor... Lo sé", murmuró. "Como estuviste despierto toda la noche, debes de estar exhausto. Cámbiate para que puedas irte a la oficina. Traeré tu ropa", agregó con voz tranquila.

Sin embargo, cuando se giró, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin control.

El hombre le habló con un tono sumamente tierno y le prometió cuidarla y amarla. Sin embargo, lo único que sintió fue un vacío detrás de esas palabras. Sus promesas fueron muy dulces, pero carecían de la sinceridad que ella anhelaba.

Si realmente fueran por amor, no habría habido necesidad de tanta efusividad. Una sola palabra honesta habría bastado. Cuanto más intentaba convencerla, más parecían revelar sus palabras la verdad: el amor era algo que no podía darle.

En ese momento, Rachel sintió que no podía soportar la situación por más tiempo. Se dio la vuelta, incapaz de seguir oyéndolo, y sintió un intenso dolor en el corazón.

Mientras metía la mano en el armario para sacar un traje, Brian la abrazó desde atrás, atrayéndola hacia sí. Acto seguido, la barbilla del hombre se posó suavemente sobre su cabeza, y le tomó la mano con delicadeza. Su voz denotaba preocupación cuando le dijo: "No hace frío, pero tienes las manos heladas".

Las lágrimas aún se aferraban a las pestañas de Rachel y su pecho estaba oprimido por un dolor silencioso. Hizo un gran esfuerzo por encontrar las palabras adecuadas para responder a la repentina ternura de Brian.

Sin previo aviso, el hombre giró hacia ella y Rachel notó que su mirada era suave, pero intensa a la vez.

Rachel levantó los ojos llenos de lágrimas y se encontró con los de él. La vulnerabilidad que reflejaba su mirada despertó algo profundo dentro del hombre. Incapaz de resistirse, la abrazó con fuerza y la besó con desesperación, como si intentara consumirla y convertirla en parte de sí mismo.

Rachel se paró de puntillas y se reclinó bajo su toque, fuerte pero tierno. Se sonrojó, su respiración se volvió errática y se sintió atrapada en el torrente de emociones y la intensidad del momento. En medio de esa vorágine, una dulzura sutil comenzó a emerger de su pecho.

Los años que habían pasado juntos le habían enseñado que solo en esos momentos tranquilos e íntimos Brian le mostraba algún signo de pasión salvaje. Era en esos momentos poco frecuentes cuando ella se sentía realmente amada.

"Brian...", pronunció Rachel con la voz temblorosa, mientras hacía un esfuerzo por respirar.

El hombre pareció salir de su trance y la liberó de repente con un cambio de comportamiento.

"Si no fuera por la reunión a la que tengo que asistir, no habría podido contenerme". Esas palabras, cargadas de deseo, destilaban remordimiento.

El rostro de Rachel se sonrojó más intensamente, al mismo tiempo que una oleada de vergüenza y calidez la recorría. Luego, le dio un suave empujón a Brian, como si intentara escapar de la intensidad del momento.

"Anoche, nosotros...". La voz de la chica se apagó poco a poco.

El hombre permaneció imperturbable, sujetándola con firmeza, pero con delicadeza. Su mirada no titubeó mientras la observaba con firmeza.

"¿Qué importa eso? Ahora eres mía y no puedo evitar desearte".

Antes de que la joven pudiera responder, sintió que algo fresco y suave se deslizaba por su muñeca. Cuando miró hacia abajo, vio una pulsera impresionantemente bella, cuyo centro de rubí captaba la luz y brillaba intensamente. El tono rojo intenso de la gema hacía que su piel luciera aún más tersa.

"¿Esta pulsera es... para mí?", preguntó sorprendida.

Brian asintió y una suave sonrisa se dibujó en las comisuras de sus labios.

"Sí. ¿Te gusta?".

La mirada de la chica pasó de la pulsera al rostro del hombre.

"¿La elegiste personalmente?".

Él asintió nuevamente, esbozando una ligera sonrisa. "Me pareció que sería perfecta para ti".

El corazón de Rachel se llenó de una gran calidez y no pudo evitar sonreír.

"¡Me encanta! ¡Muchas gracias!". Dicho eso, se inclinó hacia delante y le dio a Brian un beso suave en la mejilla, en señal de gratitud.

Pero él, sintiéndose insatisfecho, levantó una ceja y señaló sus labios. Su mirada, juguetona pero seria, captó la atención de Rachel y le exigió más en silencio.

A pesar de que la chica comprendió su súplica silenciosa, la indecisión persistía en su corazón. Como no estaba acostumbrada a ser quien tomara la iniciativa, un ligero rubor tiñó sus mejillas.

Esbozando una sonrisa burlona, el hombre arqueó una ceja, y amenazó: "Si no me besas, me verás irme por esa puerta".

Con eso, soltó la mano de Rachel. Pero su sonrisa la instó a actuar.

El corazón de la chica se aceleró y sus pensamientos se perdieron momentáneamente en la avalancha de emociones. Sin pensarlo, se acercó a él y lo besó.

Brian, casi como si esperara ese momento con ansias, agarró su rostro con ambas manos y profundizó en el beso. Su fervor demostraba lo mucho que la deseaba. No fue hasta que ella jadeó, aferrándose a su ropa, que él se apartó, con la respiración entrecortada.

"Tómate un tiempo para descansar", sugirió él con voz dulce. Su mirada se suavizó mientras miraba el rostro de Rachel, pálido y cansado. "Quédate en casa unos días. Podrás visitar a mis abuelos cuando te sientas mejor. Volverás al trabajo hasta que estés completamente recuperada".

La joven asintió obedientemente. Su mente aún estaba nublada por la intensidad del momento.

Ella siempre se había entregado por completo a su trabajo. Tras licenciarse en Bellas Artes, se unió al Grupo White, donde rápidamente ascendió hasta convertirse en gerente del Departamento de Diseño. Sin embargo, su relación con Brian había permanecido en secreto para sus colegas.

A pesar de que su dedicación nunca flaqueó, el estrés le pasó factura recientemente. Fuertes dolores de cabeza, mareos y ocasionales náuseas eran la forma que tenía su cuerpo de pedirle un descanso. Si no hubiera sido por esas señales, nunca se habría tomado un tiempo libre.

Tenía planeado bajar el ritmo después de la boda. Quería desviar su atención del trabajo a la familia que estaba a punto de formar con Brian.

"¡Ah! Por cierto...", dijo la joven en voz baja, con el peso del momento aun flotando entre ellos. "Tu mamá ya eligió la fecha de la boda".

Al oír eso, los labios del hombre se curvaron en una leve sonrisa.

"Lo sé. Me llamó esta mañana".

Rachel hizo una pausa por un momento, con sus pensamientos enredados, antes de decir entre titubeos: "Entonces... ¿No crees que deberíamos informar a la empresa sobre nuestra relación? Todo el mundo sabe que me voy a casar... pero nadie sabe con quién. Últimamente me han estado haciendo bromas y pidiéndome invitaciones". Esas palabras se le escaparon, teñidas de una mezcla de anticipación e inquietud.

Sin embargo, la expresión del hombre no se suavizó. En cambio, se puso más rígida, la mandíbula se le tensó y evitó la mirada de la chica.

"Rachel...", comenzó a decir con la voz cargada de una disculpa tácita. "Lo lamento...".

Ella, aturdida, lo miró, tratando de procesar su repentino cambio.

"¿Lamentar qué? ¿A qué te refieres?".

Brian clavó sus ojos suaves pero decididos en los de su prometida.

"Aún no estoy listo para hacer público nuestro matrimonio. Ya se lo he dicho a mi familia. De momento, lo mantendremos en nuestro círculo más cercano. Será una ceremonia privada con la familia y los amigos más cercanos".

Al oír eso, las manos de Rachel se congelaron y la corbata se le escapó de los dedos. Su mente se aceleró, a medida que las palabras del hombre penetraban en ella. Entonces, ¿todos los demás ya sabían eso y ella fue la última en enterarse? Si no hubiera mencionado el tema, ¿Brian la habría mantenido en la oscuridad hasta el final?

La idea de mantener su matrimonio oculto le resultaba asfixiante. Estaban a punto de unir sus vidas, pero debía permanecer en secreto a los ojos del mundo.

Rachel se preguntó por qué. Esa dolorosa verdad calaba muy hondo.

Tracy tenía que ser la razón. Brian aún no la había olvidado, y esa constatación destrozó cualquier esperanza que le quedaba a Rachel.

Experimentó una opresión en el pecho por un breve momento, y sintió el aire demasiado denso para poder respirar. Le ardían los ojos; el escozor de las lágrimas no derramadas amenazaba con dominarla, pero parpadeó con fuerza y logró contenerlas.

Si Brian se hubiera casado con Tracy en lugar de con ella, sin duda lo habría hecho público inmediatamente... Lo habría gritado al mundo, ansioso de que todos supieran que Tracy era la mujer que había elegido para compartir su vida.

"¿Qué pasaría si te exijo que hagamos pública nuestra boda?". La voz de la joven vaciló y sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, mientras hacía su siguiente pregunta con inesperado desafío: "¿Qué pasaría si te digo que quiero que todos sepan de nuestra relación?".

Brian estaba visiblemente desconcertado; Rachel siempre había sido muy obediente y su comportamiento gentil y servicial.

Esa repentina seguridad no era propia de ella, lo que lo dejó sin palabras por un momento. Luego de una breve pausa, tomó su mano con firmeza, pero sin lastimarla.

"Dame un poco más de tiempo. Te prometo que cuando llegue el momento adecuado, me aseguraré de que todos sepan que eres mi esposa", dijo en un tono mesurado, pero suplicante.

"Entonces, ¿eso no puede suceder ahora?", inquirió ella con voz suave, casi resignada. Ya no se atrevía a albergar esperanzas.

Brian bajó la mirada, al mismo tiempo que la culpa nublaba su expresión. "No, lo siento...", murmuró.

Las manos de Rachel temblaban, mientras trataba de estabilizarse. Respiró profundamente, obligando a sus emociones a controlarse. Pronto, volvió a hablar con una voz tranquila pero firme: "Aceptaré eso... pero con una condición".

Capítulo 3 El cariño desmesurado de Carol

Brian asintió levemente. "Adelante, te escucho".

Rachel respiró profundamente para tranquilizarse. "Si después de dos años aún no estás dispuesto a admitir públicamente nuestra relación, me marcharé sin armar ningún escándalo. Lo único que te pido es que no te interpongas en mi camino si decido dejarte". La voz de la joven vaciló; cada palabra fue como una espina que se le clavaba en la garganta.

"Está bien. Acepto".

Sin embargo, justo cuando el hombre pronunciaba esas palabras, una sensación inquietante se apoderó de su pecho: un pánico silencioso y abrumador, como una tormenta que se gestaba en el horizonte lejano.

"Muy bien", susurró ella, apretando las manos en puños y dejando que el filo de sus uñas la anclara al momento.

Dos años. Ese era el límite que ella misma se había fijado.

Lo había amado desde los quince años; fueron ocho largos años de devoción, de perseguir sombras y de esperar un poco de calidez.

Dos años más y sería una década completa; tiempo suficiente para poner a prueba las convicciones más firmes y erosionar hasta los corazones más inquebrantables.

Si para entonces Brian aún no podía llegar a amarla, Rachel daría un paso atrás y le daría la libertad que él nunca tuvo que pedir.

Sin embargo, en el fondo, ella oraba para que ese día nunca llegara, para que jamás tuviera que alejarse de la vida que había construido alrededor de él.

...

Tan pronto como Brian se fue a trabajar, sonó el celular de Rachel. Al ver que era una llamada de la abuela de su prometido, respondió rápidamente.

"Rachel, ¿estás desocupada hoy?". La cálida y familiar voz de Carol White llenó los oídos de la joven. "Ven a casa de inmediato. ¡Le pedí al chef que preparara tus platos favoritos!".

Rachel no pudo evitar sonreír. "De acuerdo. Voy para allá". Después de un rápido retoque, salió de la casa.

Al llegar a la finca de los White, se bajó del auto, pero inesperadamente sintió como si el mundo se hubiera inclinado y un intenso mareo la invadió.

Por suerte, el conductor, quien estaba a su lado, reaccionó rápidamente y la estabilizó. "¡Cuidado, señorita Marsh! ¿Se siente bien?".

Rachel exhaló lentamente, recuperando el equilibrio. "Debo de haberme levantado demasiado rápido. A veces mi nivel de azúcar en sangre tiende a bajar, pero no es nada grave".

Aun así, era consciente de que últimamente no había gozado de muy buena salud. Quizás todas esas noches de desvelo estaban pasándole factura.

Con su boda a la vuelta de la esquina, tenía que empezar a cuidarse mejor.

Al entrar en la gran sala de estar, sus ojos se posaron inmediatamente en la madre de Brian.

"Hola, Debby", saludó, manteniendo un tono sereno.

La aludida, quien nunca ocultaba su disgusto, la miró antes de esbozar una sonrisa burlona.

"Carol te invitó a almorzar, ¡pero mira la hora! Definitivamente, la puntualidad no es tu fuerte". Su voz era gélida y cada palabra estaba cargada de desprecio.

La joven bajó la mirada, momentáneamente sin palabras.

Luego, una suave calidez envolvió su mano.

Carol, apoyándose en su bastón, agarró los dedos de Rachel y se volvió hacia Debby con una expresión suave, pero firme.

"Rachel siempre ha sido muy considerada. Si se retrasó, seguro que no fue a propósito. Además, el almuerzo ni siquiera está listo, así que, ¿por qué dices que llegó tarde?".

Al oír eso, la joven sintió un nudo en la garganta y su visión se volvió ligeramente borrosa. Ella nunca había conocido el amor de una madre, porque la suya falleció en la mesa de operaciones el día que nació.

¿Y su padre? Era un hombre frío y distante, así que ni siquiera valía la pena pensar en él.

El único amor de familia verdadero que había conocido provenía de los abuelos de Brian.

Sin ellos, tal vez nunca habría sabido lo que se sentía ser amada.

Debby soltó un bufido exasperado antes de escupir: "Rachel ya es una adulta. No puedes seguir mimándola por siempre".

La expresión de Carol se endureció, mientras soltaba una feroz reprimenda.

"¡La protegeré mientras viva! Cualquiera que se atreva a molestarla tendrá que rendirme cuentas, y te juro que nadie podrá vivir en paz si lo intenta".

Con suave autoridad, la anciana guio a la joven hasta el asiento que estaba a su lado. "Por aquí, querida. Siéntate conmigo".

Debby se quedó helada y revolcándose en su ira. La actitud protectora de Carol no dejó lugar a discusiones, lo que la obligó a reprimir su creciente frustración. Una intensa oleada de celos le invadió al recordar que, aunque llevaba décadas casada con un miembro de la familia White, la anciana nunca le había mostrado tanta calidez.

Sin embargo, Rachel, solo porque se parecía a la hija de Carol, fallecida hacía mucho tiempo, gozaba de su afecto ilimitado.

¿Cómo podría Debby no sentirse menospreciada?

La situación se volvió aún más dolorosa para ella teniendo en cuenta que Brian se casaría con una hija ilegítima. La injusticia de todo eso le quemaba en el pecho.

Durante el almuerzo, su humor se ensombreció al ver que Carol servía cariñosamente comida en el plato de Rachel.

"Querida, debes de estar trabajando demasiado últimamente", comentó la anciana con preocupación, al notar la palidez de la chica. "Estás muy delgadita. Come más, por favor. Si Brian no está cuidándote bien, dímelo y lo pondré en su lugar".

En ese momento, la frustración de Debby estalló. "¡¿De qué sirve toda esta comida?! ¡Llevan años juntos y aún no han tenido hijos!".

Rachel se concentró en su comida, mientras pensaba en los preservativos que tenía en su recámara.

Ella comprendía perfectamente la ansiedad de Debby por tener un nieto, pues ella misma anhelaba ser madre, pero Brian decía no sentirse preparado.

Carol le lanzó una mirada de advertencia a Debby.

"¡Solo estoy afirmando hechos! Han estado juntos desde hace varios años y la salud de mi hijo es perfecta. Otras mujeres conciben en cuestión de semanas, pero ella, después de un año, aún no han logrado nada. Si Brian estuviera con otra mujer, en estos momentos ya tendrías un bisnieto", replicó Debbie con actitud defensiva.

Esas palabras impactaron profundamente a la anciana.

Más tarde, en el balcón bañado por el sol, Carol abordó el tema con delicadeza, mientras sostenía la mano de Rachel: "Querida, ahora que solo estamos nosotras dos, no necesitas ocultar nada. Si tienes algún problema de salud, debes saber que la medicina moderna ofrece muchas soluciones. Incluso la fecundación in vitro es una opción. Sabes que el dinero no es ningún problema para nuestra familia".

Al oír eso, el corazón de Rachel se llenó de una inmensa calidez.

A pesar de que Carol creía que podía ser infértil, su amor por ella se mantuvo firme.

Sintiéndose abrumada, la abrazó con fuerza. "No te preocupes. Estoy perfectamente sana".

Al oír eso, la anciana se sobresaltó. "Entonces... ¿Es Brian quien no puede...?".

"¡No, no!", exclamó Rachel rápidamente, con los ojos muy abiertos. "Él también está muy sano. Es solo que...".

En ese momento, un destello de comprensión brilló en los ojos de Carol. "¡Ah! Brian quiere esperar un poco más, ¿verdad?".

"Sí", confirmó la joven con voz suave. "Dice que primero quiere disfrutar nuestro tiempo juntos y esperar hasta que mi salud mejore", explicó.

"Siempre defendiéndolo. No ha estado maltratándote, ¿verdad?".

Rachel alzó la muñeca para mostrarle a la anciana su elegante pulsera. "¡Mira lo que me regaló!".

"Eso es maravilloso, querida".

Esa tarde, el nuevo chef de los White preparó deliciosos postres.

Los ojos de Rachel se iluminaron después de probarlos. "Carol, ¿hay más postres?".

"¡Por supuesto! ¿Quieres llevarle a Brian?", preguntó la anciana a sabiendas.

La joven se sonrojó.

"Sí... Le gusta mucho la comida dulce. Quiero llevarle algunos para que los pruebe".

El rostro de Carol se suavizó con afecto. "¡Desde luego!".

Cuando Rachel llegó a la oficina de Brian, este se encontraba en una reunión.

Como no quería molestarlo, dejó los postres en su despacho y se dio la vuelta para marcharse.

"¡Rachel!". Una voz familiar la llamó desde atrás.

"¿Tracy?". Rachel se giró, sorprendida por el inesperado encuentro...

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