El sol se ponía lentamente, bañando el horizonte con una luz anaranjada que se deslizaba sobre las suaves colinas y los campos de trigo, mientras la brisa fresca de la tarde acariciaba las casas dispersas en el pueblo fronterizo de Verdansk. Era un lugar pequeño, humilde, donde la mayoría de sus habitantes vivían al margen de las grandes guerras y conflictos que arrasaban las tierras lejanas. Pero incluso aquí, en este recóndito rincón del mundo, los ecos de la oscuridad se sentían como un peso palpable en el aire.
Aiden observaba el cielo desde el taller de herrería que había heredado de su padre, un hombre duro y callado que había dejado este mundo sin pronunciar una palabra sobre su pasado. Era una herencia que Aiden nunca había cuestionado, un destino que había aceptado sin pensarlo demasiado. En sus manos, el hierro se transformaba en espadas, herraduras, y herramientas con la misma destreza que su padre, como si el metal tuviera vida propia en su toque. A sus 22 años, era conocido como el mejor herrero de la región, pero su vida parecía vacía. El trabajo duro no le daba paz, sino que lo sumía cada vez más en una sensación de vacío, como si estuviera destinado a algo más grande, algo que nunca lograría alcanzar.
Fue en una tarde como cualquier otra, cuando todo cambió.
El sonido de cascos golpeando el suelo polvoriento llegó hasta sus oídos, seguido de voces bajas y murmurantes. Aiden levantó la mirada, sus ojos fijándose en la carretera polvorienta que conectaba el pueblo con los dominios más allá de las colinas. Un grupo de viajeros se acercaba, pero no eran comerciantes ni turistas. Sus ropas oscuras y sus caballos veloces denotaban que no pertenecían a ese lugar. En la cabeza del grupo, un hombre mayor, de rostro cansado y ojos penetrantes, montaba un caballo negro, como si el mismo destino lo hubiera marcado para atravesar el mundo.
-Es hora -murmuró Aiden, aunque no sabía por qué.
El hombre desmontó y, al instante, se acercó a él, su mirada fija en los ojos del joven herrero. El aire parecía cargarse de una energía extraña, como si algo invisible hubiera tocado a ambos, conectándolos de alguna manera que ni ellos entendían.
-Eres tú -dijo el hombre en voz grave, sin rodeos-. El último heredero.
Aiden sintió una punzada en el pecho. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, como si esas palabras hubieran tocado un lugar profundo dentro de él, algo enterrado, olvidado.
-El último heredero de Eldoria -repitió el hombre, esta vez con un tono más firme, como si intentara que las palabras se grabaran en su mente-. Eres Aiden, hijo de la familia real. El rey de las sombras te ha estado buscando, y no tiene idea de que existes. Pero ahora, no puedes esconderte más.
El joven herrero se quedó paralizado. Su mente no podía procesar lo que acababa de escuchar. ¿Eldoria? La antigua tierra de magia y poder, destruida hace años por un rey oscuro que había sumido al mundo en las sombras... Se había convertido en una leyenda, un mito, un cuento de terror que los ancianos contaban a los niños. Nadie en el pueblo había hablado nunca de reyes, de tierras perdidas, o de magia oscura. La única vida que Aiden había conocido era la de la herrería, un destino de esfuerzo y sudor.
-¿Qué estás diciendo? No puedo ser... -empezó a decir, pero las palabras se ahogaron en su garganta.
El hombre asintió lentamente, su mirada sombría y grave.
-Sé que es mucho para asimilar, pero no hay tiempo. El rey de las sombras te busca. Debes venir conmigo, ahora.
Aiden dudó, mirando a su alrededor, buscando alguna señal de que esto no era más que un sueño o una cruel broma. Pero algo en los ojos del hombre le decía que no era así. Algo en su interior también le decía que no podía ignorarlo.
-¿Quién eres? -preguntó Aiden, por fin, con voz temblorosa.
-El último de los hechiceros de Eldoria. Mi nombre es Valin. Te protegeré hasta que puedas reclamar lo que te pertenece.
Aiden miró sus manos, las mismas manos que habían trabajado durante años la forja, que habían dado forma al hierro y al acero, pero nunca a su propio destino. ¿Cómo podría él, un simple herrero, ser el heredero de un reino perdido?
-¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? -preguntó, confundido.
Valin suspiró, como si ya estuviera acostumbrado a hacer la misma pregunta una y otra vez.
-La magia oscura ha estado tomando fuerza. El rey de las sombras ha comenzado a destruir todo a su paso para asegurarse de que nadie desafíe su dominio. El último de la línea real ha estado oculto por generaciones, protegido por un hechizo que te mantuvo a salvo. Pero la protección está terminando. Es hora de que tomes tu lugar, antes de que sea demasiado tarde.
Aiden, con la mente hecha un torbellino, miró al hombre que lo había llamado heredero. No sabía si debía sentir miedo, incredulidad o incluso ira, pero una cosa estaba clara: su vida había cambiado para siempre.
-¿A dónde vamos? -preguntó finalmente, decidido.
-Al Reino de las Sombras -respondió Valin, su voz firme-. Y allí, comenzará tu verdadero viaje.
El viento comenzó a soplar con más fuerza, llevándose consigo las últimas sombras de la tarde, mientras la quietud del pueblo se disolvía en el bullicio de los viajeros. Aiden permaneció inmóvil, aún procesando lo que acababa de escuchar. Las palabras del hechicero resonaban en su mente con un eco persistente. "El último heredero... de Eldoria..." Cada vez que las repetía, la realidad de lo que le había sido revelado parecía más lejana, como un cuento de hadas o una fantasía delirante. Pero la mirada de Valin, fija y decidida, lo mantenía anclado en la verdad brutal de la situación.
-¿Qué debo hacer? -preguntó, su voz vacilante, pero determinada.
Valin observó al joven con una expresión que mezclaba sabiduría y pesar. No era la primera vez que se encontraba con alguien que dudaba del destino que le había sido impuesto, pero sabía que Aiden, en el fondo, entendía que no había vuelta atrás. El viento seguía soplando con fuerza, como si el mundo mismo estuviera preparado para el cambio. El futuro de Eldoria dependía de ello.
-Tienes que venir conmigo, Aiden. No tenemos tiempo. El rey de las sombras está muy cerca, y sus emisarios ya deben haber comenzado a buscarte. -Valin señaló al grupo de viajeros, que ya se preparaban para partir.
Aiden miró hacia atrás, hacia el pueblo, donde las luces de las casas empezaban a brillar débilmente al caer la noche. No sabía si volver a su vida anterior era siquiera una opción. En su pecho, un sentimiento de desarraigo crecía, como si sus raíces hubieran sido arrancadas de la tierra en la que había crecido.
¿Qué pasaría si me quedo? pensó. ¿Si ignoro lo que me están diciendo y sigo siendo el herrero que siempre fui? Pero en lo profundo de su ser, sabía que esa vida ya no era suya. Ya no podría ser la misma persona, ni siquiera si lo intentaba.
-¿A dónde vamos? -preguntó, esta vez con más firmeza. La duda seguía flotando en el aire, pero había algo en su interior que lo empujaba a seguir adelante.
-Nos dirigimos a las Tierras de Sombras, al corazón de lo que queda de Eldoria. Ahí podrás entender lo que eres y lo que debes hacer. Es un largo viaje, pero no te preocupes, te enseñaré todo lo que necesitas saber. -Valin dio un paso atrás y agitó la mano hacia el grupo, señalando a los otros viajeros.
Aiden observó a los compañeros de Valin. Eran hombres y mujeres que no parecían comunes. Todos llevaban ropas oscuras, pero las suyas no eran de tela corriente. Estaban hechos de materiales resistentes, casi como armaduras ligeras. Cada uno portaba algún tipo de arma, y sus miradas eran agudas, como si siempre estuvieran alertas.
Uno de los viajeros, un hombre de piel oscura y ojos como carbón, caminó hacia Aiden con una mirada seria.
-Soy Raleth, -dijo con voz profunda-. Te entrenaré en el uso de tus habilidades. Lo que eres no es solo sangre de realeza, sino también un guerrero nacido de la magia. Todo lo que creías saber sobre ti mismo está a punto de cambiar.
Aiden asintió, aunque el miedo y la incertidumbre lo embargaban. Había oído historias de guerreros y hechiceros, de magia y batallas épicas, pero nunca imaginó que esas historias fueran sobre él.
El otro miembro del grupo, una joven con cabellera roja y ojos verdes brillantes, lo observó con una sonrisa enigmática, aunque sus ojos mostraban un atisbo de preocupación.
-Soy Elyra, -dijo con voz suave-. Te ayudaré a comprender la magia que corre por tus venas. No te preocupes, no todo será inmediato. Aprenderás poco a poco, pero en cuanto tu poder se despierte, no habrá vuelta atrás.
La mujer parecía delicada, pero algo en su postura y en su tono de voz dejaba claro que era una luchadora. Su mirada no se apartaba de Aiden, y había algo en su expresión que no dejaba de inquietarlo. ¿Quiénes eran realmente estas personas? ¿Por qué lo habían encontrado?
Antes de que pudiera hacer más preguntas, Valin lo llamó.
-Vamos, Aiden. El viaje será largo, pero tienes mucho que aprender antes de que podamos enfrentarnos al rey de las sombras. -Dijo el hechicero, su tono serio, casi urgente.
Aiden sintió que, por primera vez, el peso de su vida le caía sobre los hombros. A partir de ese momento, no volvería a ser un simple herrero. En su interior, algo comenzaba a despertar, y la responsabilidad de un reino caído le apretaba el pecho. ¿Estaba preparado para lo que vendría?
No tuvo tiempo para pensarlo. El grupo comenzó a moverse, y Aiden, con el corazón acelerado, se unió a ellos. La noche se cerró sobre el pequeño pueblo, y por primera vez en mucho tiempo, Aiden se sintió como parte de algo más grande. Aunque las dudas seguían, un sentimiento persistente de determinación lo invadió.
Valin lideraba el grupo, guiando a los demás con una seguridad que parecía provenir de una vida de secretos y luchas antiguas. Elyra y Raleth seguían a su lado, mientras Aiden, con el paso inseguro de un hombre que aún no entendía su destino, caminaba detrás, sin más elección que avanzar.
A medida que se adentraban en el bosque que bordeaba el pueblo, el aire se volvía más denso, como si la misma naturaleza hubiera sido corrompida por el mal que acechaba. Las sombras parecían alargarse, como si los árboles y las rocas pudieran cobrar vida en cualquier momento. Aiden, sin embargo, no podía quitarse de la cabeza lo que había aprendido de Valin. El rey de las sombras. ¿Qué clase de poder podía poseer un ser capaz de arruinar un reino tan vasto como Eldoria?
El silencio era profundo, solo interrumpido por el crujir de las ramas y el susurro del viento entre los árboles. Aiden miró hacia atrás una última vez, hacia el pueblo que dejaba atrás. Los rostros familiares, las casas pequeñas... todo eso ya era parte de un pasado que comenzaba a desvanecerse. Ahora, el futuro lo esperaba con las puertas abiertas, y aunque el miedo le mordía el corazón, una chispa de esperanza brillaba en su interior.
-¿Qué será lo primero que aprenderé, Valin? -preguntó, finalmente rompiendo el silencio.
El hechicero, sin volverse, respondió con voz profunda:
-A enfrentar lo que eres. Primero, deberás aceptar tu magia. Sólo entonces podrás comenzar a reclamar lo que es tuyo por derecho.
Aiden asintió, y aunque no entendía completamente lo que significaba, sabía que este viaje marcaría el comienzo de una nueva vida. El destino le había sido revelado, y con ello, la verdad de su linaje. Sabía que no habría marcha atrás.
Mientras avanzaban hacia las profundidades del bosque, el sonido de los cascos de los caballos se fue desvaneciendo, pero la sensación de ser perseguido nunca lo dejó. Algo oscuro los observaba, y Aiden sentía que el verdadero desafío recién comenzaba.
El viaje se alargó durante varios días, alejándose cada vez más de los límites conocidos por Aiden. Las noches eran largas y frías, y los días, aunque llenos de luz, estaban marcados por la tensión que se palpaba en el aire. A medida que avanzaban, el paisaje cambiaba. Ya no era el campo verde y tranquilo que rodeaba Verdansk; el terreno se volvía más agreste, más oscuro, y las sombras de los árboles parecían alargarse más de lo que debían.
El grupo se movía rápidamente, sin descanso, y las órdenes de Valin se daban de forma precisa, como si hubiera recorrido estos caminos en más de una ocasión. Los demás viajeros, aunque no hablaban mucho, mantenían una postura alerta, siempre observando, siempre listos para lo inesperado.
Aiden, por su parte, sentía que su mente se estaba llenando de preguntas, muchas de las cuales no se atrevían a salir de su boca. El viaje lo había sacado de su zona de confort, de la vida que conocía, y lo había lanzado a un mundo completamente diferente, uno lleno de misterios y peligros que no comprendía.
La noche del cuarto día, llegaron a un claro en el bosque, un espacio abierto rodeado por árboles altos que parecían susurrar entre sí, movidos por una brisa casi imperceptible. El aire aquí tenía una sensación extraña, como si las propias sombras estuvieran vivas, observando. Elyra fue la primera en desmontar, seguida por Raleth, que rápidamente comenzó a preparar una pequeña fogata.
-Aquí descansaremos por esta noche, -dijo Valin, su voz grave resonando en la quietud del bosque.
Aiden miró alrededor con cierta aprensión. El claro era sombrío, pero no había razón para detenerse en ese momento. A lo lejos, la luna llena comenzaba a asomar en el cielo, bañando todo con una luz plateada que parecía reflejar una calma inquietante. Sin embargo, algo dentro de Aiden le decía que no debía relajarse. Este no era un lugar seguro.
-¿Qué es este lugar? -preguntó finalmente, rompiendo el silencio.
Valin, mientras se acercaba a la fogata, lo miró con una ligera sonrisa, pero sus ojos, oscuros y llenos de experiencia, revelaban algo mucho más serio.
-Este es el Bosque de los Ecos, -respondió. -Un lugar antiguo, donde la magia de Eldoria todavía está presente, aunque muy distorsionada por la corrupción del rey de las sombras. En este lugar, las fronteras entre el mundo real y el reino de las sombras se desdibujan. Aquí, lo que ves puede no ser lo que parece. Lo que oyes puede no ser lo que escuchas. Es un lugar lleno de recuerdos perdidos.
Aiden frunció el ceño, intentando comprender lo que Valin le decía. El Bosque de los Ecos, un lugar donde los recuerdos de los muertos parecían flotar en el aire, ¿y cómo se suponía que podía estar seguro en un sitio como ese? Lo que Valin mencionaba con tanta naturalidad le parecía más bien una advertencia.
-¿Es peligroso? -preguntó Aiden, sin ocultar el temor que comenzaba a formarse en su pecho.
Elyra se acercó a él, sentándose junto a la fogata. Su expresión era grave, pero en sus ojos había una chispa de complicidad, como si supiera algo que él aún no entendía.
-El Bosque de los Ecos no es peligroso en sí mismo, -dijo, mirando las llamas. -Es la mente lo que debe estar alerta. Este lugar pone a prueba a aquellos que se aventuran en él. Aquí, la magia de Eldoria todavía está viva, y las sombras intentarán corromperte, haciendo que veas cosas, escuches voces. Es fácil perderse en los recuerdos.
-¿Recuerdos? -Aiden se sentó junto a ellos, interesado pero aún desconfiado. -¿Qué tipo de recuerdos?
Valin intervino, su tono serio.
-El Bosque refleja los recuerdos de quienes han caído bajo el poder del rey de las sombras. Aquí, sus espíritus vagan, atrapados en sus propios traumas. Si no estás preparado, puedes caer en su trampa y perder tu camino. El miedo y la duda te rodearán. Pero aquellos que están en el camino correcto, como tú, pueden aprovechar este lugar para aprender más sobre lo que enfrentan.
Aiden frunció el ceño. ¿Aprender más sobre lo que enfrentaba? ¿Cómo podía él, un herrero ordinario, estar en el camino correcto? Aún no comprendía por completo el propósito de su viaje, y mucho menos cómo podía ser capaz de enfrentarse al rey de las sombras.
La fogata crujió en silencio mientras el grupo permanecía en sus pensamientos, rodeados por las sombras del bosque. De repente, un sonido sordo y lejano, como un susurro, rompió la quietud. Aiden se tensó, mirando a su alrededor, pero no vio nada. Elyra y Raleth intercambiaron una mirada rápida, y Valin levantó la mano en señal de calma.
-El Bosque está despertando. -dijo Valin, y su voz, aunque tranquila, tenía una firmeza que desbordaba confianza.
Aiden se sintió intranquilo, pero siguió el consejo de Valin y se mantuvo en silencio, observando atentamente las sombras danzantes entre los árboles. En ese momento, una figura apareció, como una ilusión que surgió de las profundidades del bosque. Aiden parpadeó, sin poder creer lo que veía. Una mujer de cabello oscuro y ojos brillantes, vestida con ropas que parecían hechas de la misma oscuridad que los árboles a su alrededor, apareció frente a ellos. Era hermosa, pero algo en su presencia transmitía una sensación de peligro inmediato.
La figura sonrió, y su voz sonó como un eco lejano, suave, pero penetrante.
-Así que el heredero ha llegado, -dijo la mujer, sus palabras flotando en el aire como si las sombras las hubieran acariciado.
Aiden dio un paso atrás, con el corazón latiendo con fuerza. Valin y los demás no parecían sorprendidos, como si ya esperaran este encuentro. La mujer, o lo que sea que fuera, continuó observándolos con ojos de una intensidad helada.
-¿Quién eres? -preguntó Aiden, tratando de mantener la calma, aunque la inquietud se hacía cada vez más pesada sobre su pecho.
La mujer sonrió nuevamente, pero esta vez, su expresión era mucho más oscura.
-Soy una de las sombras que habitan este bosque. Hace tiempo, fui una de las guardianas de Eldoria. Pero el rey de las sombras me corrompió, me convirtió en parte de su ejército. Y ahora, solo soy un eco de lo que fui.
Raleth y Elyra se pusieron de pie de inmediato, listos para defenderse. Valin, sin embargo, permaneció tranquilo, observando a la mujer con una mirada cautelosa.
-No te acerques más, sombra. No tienes poder aquí. -La voz de Valin era como un murmullo bajo, pero cargada de una fuerza antigua.
La mujer rió, un sonido frío y desprovisto de alegría.
-El poder nunca se pierde por completo, hechicero. Y tú sabes bien que la oscuridad siempre encuentra un camino.
Aiden miró a Valin, quien había sacado una pequeña piedra brillante de su cinturón, un talismán que resplandecía débilmente con una luz verde.
-Este lugar está lleno de ecos, Aiden, -dijo Valin en voz baja, mientras sostenía el talismán frente a él. -No dejes que las sombras te engañen. Recuerda lo que eres.
Las palabras de Valin, aunque suaves, tenían un poder que hizo que la figura de la mujer se desvaneciera lentamente en el aire, hasta que no quedó nada más que un susurro de viento entre los árboles. La tensión que había invadido a Aiden comenzó a desvanecerse, pero la sensación de que algo estaba acechando nunca lo dejó completamente.
La quietud volvió al bosque, pero Aiden sabía que ese encuentro no era más que el principio de lo que estaba por venir. Las sombras de Eldoria no se limitarían a desaparecer tan fácilmente.
El silencio del Bosque de los Ecos se instaló nuevamente tras la desaparición de la mujer sombría. El aire, aunque fresco, estaba cargado de una extraña pesadez. Los árboles, altos y sinuosos, seguían susurrando con el viento, pero la paz que habían sentido antes de la aparición de la sombra parecía haberse desvanecido. Aiden se quedó inmóvil, observando el lugar donde la figura había estado, sin poder comprender lo que acababa de ocurrir. ¿Era una manifestación de la magia del bosque? ¿O había algo más detrás de la mujer sombría?
Valin, que había permanecido completamente inmóvil durante todo el encuentro, guardó el talismán con un movimiento suave. Elyra y Raleth, aunque vigilantes, también parecían relajarse poco a poco, como si ese tipo de apariciones fueran algo esperado.
-No es un buen augurio, -dijo Valin finalmente, rompiendo el silencio, su voz grave y cautelosa. -Las sombras de este bosque no se muestran sin razón. El Rey de las Sombras está más cerca de lo que pensamos. Su influencia ha corrompido incluso los rincones más remotos de Eldoria.
Aiden asintió, aunque no podía evitar sentirse abrumado por la situación. Su vida, que hasta hace poco había sido sencilla y tranquila, ahora estaba llena de elementos que no comprendía: magia antigua, seres oscuros que parecían surgir del propio aire, y ahora la amenaza del Rey de las Sombras, alguien que, según Valin, tenía el poder de destruir todo lo que conocían. Se preguntó una vez más qué lo había traído a este lugar, a este viaje que parecía más una condena que una misión.
-¿Cómo sabías que ella vendría? -preguntó Aiden, mirando a Valin con una mezcla de curiosidad y desconcierto. -Parecía... como si la estuvieras esperando.
Valin lo miró directamente, y por un momento, Aiden pensó que no respondería, pero luego el hechicero suspiró profundamente, como si estuviera considerando si era el momento adecuado para revelar más detalles.
-El Bosque de los Ecos no es solo un lugar físico, -dijo lentamente. -Es un reflejo de los recuerdos y las emociones atrapadas en el reino de las sombras. Aquellos que buscan destruir Eldoria, como el Rey de las Sombras, intentan corromper la magia que aún persiste aquí. Las sombras, las manifestaciones de su voluntad, son la forma en que el mal se filtra. Estoy seguro de que esa figura que viste no fue más que un eco de los muchos que habitan este bosque. Pero su presencia significa algo. El Rey está cerca. Tal vez ya ha comenzado a moverse.
Aiden frunció el ceño, sintiendo una presión en su pecho, como si las palabras de Valin lo estuvieran atrapando en una red invisible.
-¿Por qué me elegiste a mí, Valin? -dijo Aiden, dejando escapar la pregunta que había estado reteniendo durante todo el viaje. -Soy solo un herrero. Un hombre común. No sé nada de magia, de reinos perdidos ni de guerras. ¿Qué tengo yo que ver con todo esto?
Valin lo miró con sus ojos oscuros, observándolo como si estuviera evaluando algo más allá de las palabras de Aiden. Finalmente, el hechicero habló.
-Eres mucho más que un herrero, Aiden. Tu linaje, tu sangre, es la clave. Tú no eres un hombre común. -Valin hizo una pausa, como si estuviera tomando aire antes de revelar algo que cambiaría todo. -Eres el heredero del reino que cayó hace siglos. Eres el legítimo sucesor del trono de Eldoria.
Aiden sintió que el suelo bajo sus pies se desvanecía. Las palabras de Valin resonaron en su mente, pero no podía comprenderlas por completo. El heredero de un reino perdido. ¿Cómo era posible? Su vida hasta ese momento había sido tan simple, tan alejada de todo lo que Valin decía. Había sido un hombre común en un pueblo fronterizo, alejado de cualquier lujo o poder, y de repente, el hechicero le decía que su destino era gobernar un reino que ya no existía, que había sido arrasado por la magia oscura.
-Eso no puede ser cierto, -murmuró Aiden, su voz temblando. -No puede ser. Yo... yo solo soy un herrero. Mi familia no tiene historia, no tiene poder. Mis padres no me hablaron nunca de un reino perdido.
Valin se acercó un paso más, y su expresión se suavizó, aunque seguía siendo seria.
-Aiden, tu historia fue borrada por el mismo mal que está amenazando a Eldoria. El Rey de las Sombras destruyó tu reino, pero antes de hacerlo, borró cualquier recuerdo de tu linaje. Usó magia oscura para esconder tu existencia, para que los descendientes del reino no pudieran reclamar lo que les pertenecía. -Valin suspiró. -Pero la sangre de Eldoria no se pierde. Es por eso que los ecos del pasado siguen presentes, aunque no lo recuerdes.
Aiden cerró los ojos, intentando procesar lo que estaba escuchando. No entendía cómo todo eso encajaba en su vida, pero había algo en las palabras de Valin que lo mantenía cautivo. Algo en su interior, una chispa de reconocimiento, comenzaba a nacer, como si una parte de su ser, enterrada muy hondo, comenzara a despertar.
-¿Qué debo hacer? -preguntó, su voz vacilante pero firme. No sabía cómo, pero sentía que este era el momento. El momento en que su vida cambiaría para siempre.
Valin lo miró por un momento largo y profundo antes de responder.
-Debes reclamar lo que es tuyo. El reino está esperando que su legítimo heredero regrese, y solo tú puedes detener al Rey de las Sombras antes de que destruya lo que queda de Eldoria. El camino será difícil y lleno de sacrificios, pero tienes en ti lo que se necesita para restaurar el reino. No estás solo, Aiden. Yo estaré contigo, como lo estarán aquellos que se alíen con tu causa. Pero el tiempo es limitado. Debemos movernos rápidamente.
Las palabras de Valin, aunque llenas de gravedad, también despertaron algo más en Aiden. Un sentido de propósito que nunca había tenido antes. Si lo que decía el hechicero era cierto, entonces su destino no era ser solo un herrero. Estaba destinado a algo mucho más grande. Y con ese pensamiento, el peso de la responsabilidad se posó sobre sus hombros, pero también una determinación desconocida se encendió en su pecho.
-Entonces, hagámoslo, -dijo Aiden, su voz llena de resolución.
Elyra y Raleth intercambiaron miradas, y aunque sus rostros eran serios, había algo en sus ojos que reflejaba un atisbo de esperanza. El viaje hacia el pasado de Aiden estaba a punto de comenzar, y con él, la posibilidad de salvar Eldoria.
El Bosque de los Ecos ya no parecía tan siniestro, aunque las sombras seguían observando desde las profundidades. El destino de Aiden, del reino, y de todo lo que conocía, estaba en sus manos. Y mientras la noche continuaba su marcha, el grupo se preparaba para lo que vendría. El viaje hacia Eldoria, la tierra que había caído, comenzaba ahora.