Florrie Barnes salió de la oficina con los papeles del divorcio bien agarrados en la mano, mientras una suave llovizna bañaba la ciudad.
Justo cuando iba a abrir la puerta de su auto, su celular se iluminó con el nombre de su esposo, Alexander Jenkins.
Por un breve segundo se quedó paralizada, pero luego se llevó el celular a la oreja para contestar.
Al otro lado se escuchó la fría voz de Alexander. "¿No deberías estar ya en casa?".
Algo en su forma de hablar la hizo vacilar, casi como si hubiera un atisbo de preocupación oculto en su tono.
Con la mirada baja, respondió en voz baja: "Volveré pronto, tú...".
Antes de que pudiera terminar, Alexander intervino: "Compra una pomada para la hinchazón antes de volver".
Sus palabras la hicieron fruncir el ceño, pero, a pesar de los papeles del divorcio que tenía en la mano, sintió una profunda preocupación. "¿Te lastimaste? ¿Es grave? ¿Te volvió a fallar el corazón? ¡Volveré enseguida para cuidarte!".
Pero, al instante siguiente, la voz que llegó a través del auricular le provocó un escalofrío: "Alex, todavía me duele... ¡Todo es por tu culpa!".
Era una voz melosa y coqueta que salía del auricular, rebosante de dulzura.
Era Suzanne Hewitt, el amor de la infancia de Alexander.
Entonces Alexander volvió a hablar, distante y desdeñoso: "Me dejé llevar un poco y puede que haya lastimado a Suzanne... No es algo de lo que tú puedas ocuparte... Solo compra la pomada. Y ya que estás en eso, compra también la píldora del día después".
La línea se cortó antes de que Florrie pudiera decir una palabra.
El viento frío barría la noche y, mientras el tono de marcación seguía sonando, el entumecimiento se extendió hasta las yemas de sus dedos.
¿De verdad esperaba que su esposa comprara la píldora del día después para la amante con la que se acostaba?
En tres años de matrimonio, él nunca la había tocado. Para ese hombre, ella no era más que una sombra lamentable, aferrada a él con ciega devoción, despojada de su dignidad, con su amor reducido a algo sin valor.
Sin embargo, nada de eso importaba siempre y cuando su felicidad permaneciera intacta y el corazón de Alexis Wallace, que latía dentro de su pecho, estuviera a salvo.
Sin decir nada, compró tanto la pomada como la píldora antes de regresar a casa. Cuando la puerta se abrió, lo que vio fue a Suzanne acurrucada en los brazos de Alexander, con un delgado camisón deslizándose por sus hombros y la piel de su cuello y pecho marcada con chupetones de color rojo intenso.
Al otro lado de la habitación, él estaba sentado pelando uvas para ella, que le deslizaba entre los labios con aire juguetón. "¿Sigues enojada conmigo, cariño?", preguntó, "Me portaré bien la próxima vez, lo prometo. Mañana saldremos los dos solos todo el día, ¿qué te parece?".
Suzanne se acurrucó contra él con un puchero y dijo, con voz dulce y juvenil: "Más te vale no volver a lastimarme así".
Aunque Alexander era su esposo, Florrie sabía dónde residía su verdadero afecto. Entre ellos dos había intimidad, mientras que ella, su esposa, era una intrusa.
En silencio, Florrie apretó con más fuerza la bolsa que llevaba. Cuando Suzanne finalmente se fijó en ella, una sombra pasó por su mirada;
pero fue reemplazada al instante por una expresión de falsa inocencia, y dijo con voz frágil: "Oh... Florrie, ya llegaste".
Fingiendo pánico, se movió como para levantarse del regazo de Alexander. "Lo siento, no quería...".
Pero él la abrazó con más fuerza por la cintura, atrayéndola hacia sí con firmeza. "No malgastes tu aliento con ella. Tu lugar es aquí, a mi lado".
Ni una sola vez se dirigió directamente a su esposa, y sus palabras eran cortantes como el hielo. "Deja la bolsa sobre la mesa y sube. No nos molestes más a Suzanne y a mí".
Así que ese era su lugar: la esposa no deseada, tratada como una molestia incluso en su propia casa.
Por el rabillo del ojo, Florrie vio los labios de Suzanne esbozando una mueca burlona que intentaba ocultar, y ella misma esbozó una leve sonrisa. "Ten cuidado, Alexander. Un corazón que ha soportado una cirugía no está hecho para ejercicios extenuantes".
La mirada de él se volvió aguda por la irritación, y espetó con voz seca: "Eso no es asunto tuyo".
Nada de lo que él dijera podía herirla ya.
Su devoción nunca fue por Alexander en sí, sino por el corazón que él llevaba dentro de su pecho.
Durante tres años, todos sus esfuerzos se centraron solo en proteger ese corazón de cualquier daño.
Alexander siempre asumió que ella se había casado con él por su riqueza y su estatus, por lo que aceptaba sus cuidados como si los mereciera.
Ese frágil acuerdo se mantuvo hasta el repentino regreso de Suzanne del extranjero. Con su vuelta, todo se derrumbó en un instante, porque él corrió hacia ella sin dudarlo.
Por eso, Florrie decidió que lo mejor era apartarse y concederle la libertad que tanto anhelaba.
Florrie sacó los papeles del sobre y pasó directamente a la página de las firmas. "Necesito que firmes esto".
Estuvo a punto de soltar "Acabemos con este matrimonio", pero se contuvo. Sabía que el orgullo de Alexander y su obsesión por las apariencias le impedirían firmar sin oponer resistencia, así que cambió de táctica y dijo:
"Son unos documentos legales de esa mansión que compraste hace un tiempo".
Alexander finalmente levantó la vista, frunciendo el ceño con irritación. "¿De verdad tienes que molestarme con algo tan insignificante? ¿Por qué no solo firmas por mí?".
Ella le entregó los papeles y el bolígrafo, bajando la vista mientras hablaba con suavidad: "Está a tu nombre, así que no puedo firmarlo por ti. ¿No dijiste que no querías que nadie supiera que soy tu esposa?".
Su respuesta tomó a Alexander por sorpresa, y frunció aún más el ceño.
Hoy Florrie estaba muy tranquila, algo que le parecía extraño.
Aunque siempre fue amable y complaciente con él, hubo momentos en los que mostraba un atisbo de tristeza.
Esta vez, sin embargo, su complacencia parecía fuera de lugar, casi antinatural.
Estaba a punto de preguntar qué le pasaba cuando ella notó su sospecha y rápidamente añadió, tratando de parecer preocupada: "Es mejor que Suzanne tome la píldora del día después de inmediato. Puede que no se sienta bien después, así que asegúrate de cuidarla".
Alexander la escuchó y su ceño fruncido se desvaneció, sustituido por una leve burla.
Supuso que Florrie estaba preocupada de que Suzanne pudiera terminar embarazada y amenazar su posición como su esposa, y ese repentino afán por complacerlo tuvo todo el sentido.
Apartó la vista y, como siempre, ignoró por completo los documentos antes de tomar la pluma y firmar sin dudar.
Florrie tomó los papeles firmados y observó cómo él levantaba a Suzanne en brazos y la llevaba arriba. Sola en la sala vacía y silenciosa, permaneció inmóvil durante un largo rato antes de dirigirse a la habitación de invitados.
Durante toda la noche, los fuertes gemidos de la habitación contigua la mantuvieron despierta, dando vueltas en la cama mientras el sueño se negaba a llegar.
La misma pesadilla inquietante volvió una vez más, llevándola de vuelta a ese campo helado lleno de sangre. Estaba de pie, impotente, viendo cómo se llevaban en ambulancia al hombre que amaba, con su abrigo de cachemira empapado en sangre.
Lo último que le dijo fue: "Florrie, no llores. Prométeme que serás feliz...".
"¡Alex! ¡Alex!", gritó ella su nombre, tratando de alcanzarlo, pero sus brazos no agarraron nada, ya que su figura se alejaba cada vez más.
El frío se extendió por sus miembros hasta que una voz aguda la despertó. "¡Florrie, despierta!".
Abrió los ojos de golpe y se encontró con un rostro que conocía muy bien.
El hombre se cernía sobre ella, con el ceño fruncido y la mirada cargada de ira contenida.
"Alex...", murmuró ella.
Él la interrumpió, con voz dura y fría: "¿Por qué gritas así tan temprano?". Luego, con un toque de desprecio, añadió: "¿Solo fue una pesadilla?".
La niebla en la mente de la muchacha se disipó y la realidad se impuso: este no era el Alex con el que había soñado. Era Alexander.
Se quedó callada, lo que solo hizo que él frunciera aún más el ceño mientras le acercaba la mano. Ella se apartó antes de que pudiera tocarla y dijo en voz baja: "Siento si los molesté".
Sus palabras eran tan amables como siempre, pero en ellas había una distancia que antes no existía.
Sin pensarlo, Alexander cerró los puños, inquieto por el cambio que percibía en su mujer.
Florrie se recompuso y preguntó con formalidad: "¿Necesitas algo?".
Él salió de sus pensamientos, reprimiendo su inquietud, y respondió con un tono formal y seco: "Suzanne tiene pensado adquirir experiencia práctica en el Grupo Jenkins. Asígnale el proyecto de remodelación de Greenhill Village y guíala a lo largo del proceso, ya que lo utilizará como parte de su tesis".
Florrie agarró el borde de la sábana hasta que se le entumecieron los dedos y sintió un repentino escalofrío recorrerle el cuerpo.
En la universidad se había formado en medicina quirúrgica, y sus profesores solían decirle que tenía talento para convertirse en una de las mejores del mundo.
Pero en lugar de perseguir ese futuro, decidió quedarse en la empresa de Alexander, asumiendo el cargo de subdirectora, dejando de lado su carrera por él.
Lo hizo todo por el corazón que latía dentro de su pecho.
La remodelación de Greenhill Village había sido su orgullo y su cruz.
Había llevado el proyecto desde sus primeros bocetos hasta la fase casi final, sobreviviendo a interminables noches de insomnio para mantenerlo a flote.
Algunos aldeanos incluso la maldijeron y la agredieron, dejándola a un paso de ser hospitalizada. Sin embargo, ella siguió adelante incluso mientras yacía en una cama de hospital con fiebre alta, escribiendo propuestas durante toda la noche porque Alexander estaba perdiendo su puesto de CEO y necesitaba esta victoria para consolidar su posición.
Florrie lo había dado todo en el proyecto de Greenhill Village, creyendo que sería su mayor regalo para él. Nunca imaginó que este hombre lo regalaría sin más, sin mostrar el más mínimo agradecimiento por sus esfuerzos.
Cuando su silencio se prolongó, Alexander soltó una risa burlona. "Siempre lo aguantas todo, ¿eh? Ni siquiera te quejaste cuando falté el día de nuestra boda, así que no pensarás negarte a ceder el proyecto, ¿verdad?".
Florrie lo miró a los ojos. "No me negaré, pero solo aceptaré si me prometes una cosa".
El hombre apretó la mandíbula ante su respuesta.
¿Acaso pretendía hacer alguna petición ridícula?
Entonces dijo con voz aguda, aunque tranquila: "¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Propiedades? ¿Acciones? ¿Una casa? Te daré todo lo que esté a mi alcance, pero no pidas nada más".
Ella bajó la vista y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
Alexander nunca había sido generoso. Durante todo su matrimonio, salvo las escasas joyas destinadas a mantener las apariencias, nunca le dio nada de verdadero valor.
Y ahora, por el bien de Suzanne, estaba dispuesto a renunciar a mucho, incluso a permitir que ella pusiera condiciones.
En otro tiempo eso la habría destrozado, pero en algún momento dejó de esperar nada de ese hombre. Quizá se había acostumbrado a la decepción. O tal vez solo se había vuelto insensible.
Sus labios se curvaron levemente mientras sus ojos se posaban en la clavícula de él. "Quiero el talismán que has llevado contigo durante los últimos tres años. ¿Me lo darás?".
Ese talismán había pertenecido a Alexis.
Si se marchaba, recuperarlo le parecía lo correcto.
Alexander se quedó paralizado ante su petición y luego frunció el ceño, confundido, porque el colgante no valía mucho. Estaba tallado en piedra común, algo que su abuela le puso en las manos después de su cirugía, años atrás. La única marca que tenía era un sencillo grabado con el nombre "Alex".
Levantó la vista hacia ella y le preguntó, casi sin pensar: "¿Por qué lo quieres?".
Florrie entrelazó los dedos y respondió con tono tranquilo: "No es nada importante. Lo has llevado puesto durante tanto tiempo que pensé que podría ser un recuerdo".
Alexander la observó un momento más, inquieto pero sin preocuparse.
Florrie siempre había sido de las que atesoraban los mínimos detalles de afecto y se aferraba a cualquier cosa que le dejara tener.
Que le pidiera algo tan cercano a él le parecía natural.
"Te lo daré cuando termines la transferencia del proyecto en la empresa. Una vez que Suzanne esté asentada, será tuyo".
Se ajustó la corbata, como si el trato ya estuviera hecho, y añadió: "Se acerca nuestro aniversario de bodas, ¿no? Dime qué te gustaría este año".
La muchacha apenas esbozó una sonrisa. "No te molestes. Ya se me ocurrirá algo más adelante".
Alexander intuyó que había algo inusual en su comportamiento, pero no conseguía averiguar qué era.
En el pasado, Florrie solía preocuparse por cada pequeño gesto, y se iluminaba en cuanto él mencionaba regalarle algo. Pero ahora, su tono sugería que ya nada de eso le importaba.