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El secreto de la sumisa

El secreto de la sumisa

Autor: : angelesteban456
Género: Moderno
Una ama de casa corriente con ocerá ñpor casualidad a un hombre que se sale de lo que ella conoce, acabará enganchada a él, y ñéste sacará lo mejor de ella, cosas que ni se atyrevió a soñar.

Capítulo 1 Un ama de casa corriente

CAPITULO I

UN AMA DE CASA CORRIENTE

Cuando me decidí a escribir esta historia, pensé que no me creería nadie, y es que cuando se cuentan cosas que se salen de los límites de la realidad cotidiana, nunca nadie se lo cree. Yo soy un ama de casa corriente, o lo era...de esas que tienen dos niños, un marido y una hipoteca que cuidar, porque si no, ellos solos nada de nada...¡ay!, cuantas cosas tenemos que hacer las mujeres, para luego escuchar barbaridades. Pero eso es otra historia que de sobra conocéis todas y no necesitáis que os la cuente yo.

Me llamo Teresa, sí, un nombre corriente, como el de casi todas, ¡qué le voy a hacer!, vivo en un barrio de Madrid, donde también viven encima, debajo y a cada costado otros cien vecinos, con sus niños, sus maridos, y sus problemas. Tengo treinta y nueve años, me aterraba entrar en la cuarentena y lo hice, ¡vaya que si lo hice! Y por una puerta...no sé si grande o pequeña, pero extraña sí que fue.

Madrid, 2012.

Me desperté estirando los brazos y comprobando, que mi marido ya se había levantado. Estaba en la ducha, podía oír el ruido del agua en el baño del pasillo. Lo siguiente era que Alex y María saliesen a la carrera, dispuestos a pelearse por los cereales del otro y me sacasen de ese mundo personal que es el sueño. En él no tengo niños, ni marido, ni hipoteca, vivo errante por un mundo maravilloso, de la mano de un hombre inteligente, sensible y atento, que derrocha atractivo y me mima como a una reina, mis amigas dicen que es de novela rosa, yo creo que también, pero si no se sueña, ¡hija, se muere una!

-Antonioooo, hijo, sal ya del baño, que te vas a arrugar! -¡Este hombre o no se ducha en una semana, o se queda bajo el agua dos horas!, ¡Alex, María!, ¡ufff, estos dos monstruos me van a matar!

Me fui para la habitación que compartían los dos enanos y les vi dormiditos, tan quietecitos, tan angelicales ellos, ¡cualquiera diría que eran dos terremotos!, levanté la persiana y dejé que entrase el sol. Les dio en la cara a los dos y se pasaron las manos por los ojos, perezosos.

-¡Joooo, mamà, déjame un ratito máaassss! –me recriminó Alex, que odiaba la luz para dormir, al contrario que su hermana María que necesitaba una luz de noche para conciliar el sueño.

-¡Vamos, vamos que tenéis que desayunar y ducharos y la escuela os espera! ¡Antonioooo, ¿sales ya de la duchaaaaa?, me vais a volver medio loca, aquí no colabora nadie conmigo y estoy...que ya no puedo más.

Me fui a la cocina me puse el delantal y comencé a sacar los cereales, la leche fría de la nevera, y los cubiertos de los nenes. A Antonio le puse un buen tazón de café y metí dos tostadas de pan de molde en la tostadora. Su mermelada...su mantequilla...y claro, faltaba su periódico. Yo ya desayunaré como siempre, cuando se vayan todos. Me quité el delantal, y cogí las llaves de casa de la bandejita de la consola de la entrada. Me di cuenta de que estaba en camisón, me eché una bata por encima y toque la tecla del ascensor. Estaba nerviosa, nada fuera de lo normal. Si cuando Antonio salía de la ducha no tenía el periódico en la mesa al lado de su tazón de café, me la montaba buena...así que...cuando se abrieron las puertas del ascensor, salió la petulante vecinita del B, que lucía piernas ultralargas y melena rubia de peluquería de barrio, claro, aunque ella creía que era la reina de Saba.

-Buenos días...¿aún en camisón reina?

-Pues sí, ya ves, algunas tenemos mucho trabajo en casa...

-Claro, claro...que tengas buen día hija.

-Que tengas un buen día tú también nena...-y a ver si te caes por el hueco del ascensor desgraciada, que me tienes...pensé para arrepentirme al instante.- Que trae mal rollo eso de desear mal a alguien. Bajé abrochándome la bata con el cinturón y al salir del portal crucé la acera, y le pedí a Chechu el del quiosco, que me diese "El Mundo". Me contestó con un piropo facilón.

-Te daba yo dos mundos si te venías conmigo preciosaaaa.

-¡Ay Chechu, como eres...me sacas la sonrisa nada más empezar el día.

-Bueno habré de conformarme si no hay más ja ja ja.

Una vez en casa, le puse bien cuadradito el periódico al ladito de su tazoncito de cafetito al nene, y llené los de los niños con cereales de chocolate el de María y de copos de avena el de Alex. Este niño era soso hasta para comer cereales. ¡Mira que no saben a nada!, ¿eh? Antonio, llegó en calzoncillos a la cocina se sentó, soltó un eructo y le regañé. Sabía perfectamente que no me gustaban esos comportamientos delante de los niños, que solo tenían seis años. Pero nada él a lo suyo, ni me contestó. Se limitó a preguntarme:

-Tere, ¿Ha llamado alguien preguntando por mí?

-¡Ay sí, ha llamado el mayordomo de la reina de Inglaterra que quiere que le lleves yogures a la reina!

-¡No me jodas Tere!

-¡Huy no, descuida si para lo que jo...bueno eso, que ni para eso.

-Mamá ¿Qué es joder? –preguntó Alex que siempre estaba más a lo de los demás que a lo suyo.

-Pues mira hijo es una palabrota y no debes decirla ¿vale?

-¿Y por qué papá la dice?

-Porque es mayor y puede, eso, porque puede...¡quién pudiera...!

-¿Quién pudiera qué?,-preguntó ahora Antonio, que se había perdido.

-Nada nada, tú desayúnate el café, que ahora te pongo las tostadas y vete a trabajar que tu jefe te echará la charla si no. Y vosotros, ¡no os sigáis peleando por los putos cereales!, ¡que ni siquiera os gustan los mismos!, ya me hacéis jurar hasta en chino.

Antonio masticó sus dos tostadas y las engulló a bocados, que ni le cabían en la boca. Alex tiró la mitad de la leche en la mesa y María no paró de gritar y protestar, hasta que el tiempo se terminó y les tuve que vestir a toda prisa para bajarles abajo, y que se los llevase el autobús escolar. De ducharles ni pensar...cuando volví a subir a casa, aquello parecía un campo de batalla y limpiarlo todo me llevó media hora larga, y es que estaba perezosa, cansada de tanto pelear y ¿para qué? Hojeé el periódico, que ya tenía manchas de mermelada y mantequilla, y pasé las hojas pensando en que la vida es tan corta para desperdiciarla...una mujer se había suicidado porque la habían desahuciado y el ministro anunciaba una subida del IVA. Mejor no leer más. Me fui al baño y me desnudé, me metí bajo el agua y dejé que la mala uva se marchase por el sumidero. Me enjaboné bien y pensé: "aún tengo unas buenas tetas", ¿Qué no?, ya le encandilaba yo a más de uno...y me vino Chechu a la mente. ¡No!, para eso mejor Antonio. Pero si surgiese un hombre...guapo...de esos Prety Woman...como Richar Gere, ¡ay, qué maravilla tiene que ser eso!, pero no esas cosas no pasan a mujeres como yo. Cerré el grifo y me sequé enrollándome la toalla sobre los pechos para ir al dormitorio. A elegir la ropa que ponerme, ¡como si tuviera el armario de la Obregón!

Saqué una blusita rosa que me regaló mi amiga Mari en mi último cumpleaños y una faldita que aún me valía del año pasado de color gris perla. Del zapatero cogí unos zapatos de tacón bajo, a juego con la blusita y un bolsito negro, que era mi preferido. Me dejé secar el pelo que llevaba muy corto al aire libre y me lavé la cara, y me di mi crema de Diadermine, baratita, pero que me iba bien. Dejé que la piel absorbiera la crema mientras hacía la cama y luego me fui al baño a maquillarme. Una sombra de ojos azul y base de maquillaje, un poco de color, y Rimmel, para parecer algo, no sé si más joven...

-¡Bueno ya estoy lista para ir a la compra!

Un día me voy a por tabaco y no vuelvo...¡anda pero si no fumo! Ja ja ja, -yo me reía sola a veces, por eso de que no tienes a nadie más inteligente que te saque la sonrisa... pues por eso. Era un día muy bonito, el sol brillaba y la gente iba y venía, al trabajo a la compra...como yo. Pero os estaréis preguntando qué hago yo aburriéndoos con mis cosas, ¡como si no tuvierais las vuestras vosotras!, pues vamos a ello. Aquella tarde yo había quedado con Mari mi amiga del alma, y con Mario un amigo gay que tenemos ¡que es de un salao...! Solíamos quedar en la Gran Vía madrileña, por eso de que nadie te conoce y estás más tranquila. Y además el sitio de costumbre era muy coquetón. Una cafetería de esas que imitan a las francesas con sillones dorados y tacitas de té de porcelana fina...yo no soy una mujer muy culta, ¿para qué presumir de lo que no soy?, pero esas cosas me molan. Si estaba libre, nos acomodábamos en torno a una mesita redonda de mármol blanco, junto al enorme ventanal que daba a la calle. ¡Hija que nos gustaba fisgonear al personal!, ¿pa qué negarlo? El camarero, que era un yogurín muy guapo, nos anotó el pedido, dos donuts de chocolate y dos tés de manzana, las dos tomábamos lo mismos siempre. Mario pidió un café cargadito y un croisant. La cafetería era un larguísimo rectángulo, en cuya parte derecha estaba la barra y frente a ella seis mesitas que daban a la calle y tres más algo retiradas, al fondo. Siempre se solía llenar a esas horas, por lo que íbamos un poco antes. Entonces entró un tío, de esos que si los ves por la calle te das la vuelta aunque vayas con el marido a mirarle...pues uno de esos.

-¿Os habéis fijado en qué tío ha entrado?, ¿a qué vendrá?

-Yo ya le he visto más veces. Suele venir con una chica muy mona, que siempre va con la cabecita baja como pidiéndole perdón.

-Pues hoy viene solito...-dije.

-Y ¿qué me quieres decir, que vas intentar cazarle?, ja ja ja –se lanzó Mario a la provocación facilona.

-¡Uuuuuuhhhhhhh!, -gritó Mari a la vez que Mario.

-Esta se lo come enteritooo. –Dijo con evidente sarcasmo Mario que se lo estaba pasando como siempre de miedo.

-Oye guapo, o tú...que seguro que te gustaría darle un tiento. –le contraataqué.

-Pues no le haría ascos no...

Me levanté y ante la mirada expectante de mi amiga y de Mario, me situé casi pegada a él y le pedí al camarero otro té de manzana. Él ni se inmutó. Siguió mirando el reloj, como si esperase a otra y displicentemente, se dio la vuelta y se sentó en una mesa del fondo.

-Pues vaya gilipollas, pensé para mis adentros. Este se lo tiene muy creído. Volví a la mesa y le dediqué unos "piropos" de mi cosecha.-este está esperando a la nena esa y la va a dar lo suyo, no hace más que mirar el reloj como obsesionado con la hora.

-Uno de esos tiene que hacerte virguerías en la cama nena...-dijo Mari, mordiéndose el labio inferior.

-¡Ay pero son un problema hay que vivir para ellos que se saben monos y...

-¡Como si no tuviésemos que vivir para nuestros mariditos hija!, yo le pongo las tostadas el periódico que tengo que bajar en bata a por él y sufrir los acosos tontos del quiosquero...en fin un rollito.

-Al menos este...

-Bueno, bueno, que igual es un torpe de esos que se corren ellos y te dejan sin llegar a ti...que ocurre casi siempre.

-Mira no tengo yo un orgasmo con mi Pepe...desde...¡uf ni me acuerdo!

-No, si yo tampoco sé lo que es eso...Antonio se mete en el ordenador o a ver fútbol y ni me ve.

-No sé si me creeréis...pero yo un tío así me lo comía enterito y no me sobraba nada de nada...-dije, sin dejar de mirar al fondo de la cafetería, donde el tío se ponía en pie evidentemente cansado de esperar. En ese instante entró la chica que mi amiga Mari ya conocía y a carreritas cortas, se acercó y se deshizo en disculpas que él no aceptó. La apartó de mala manera y la dejó llorando sin siquiera volver a mirarla.

-¿No os lo decía yo? ¡Ese es un tirano que te cagas!, yo no me pierdo saber qué les ha pasado.

Y diciendo esto, mi amiga Mari se llegó hasta la desconsolada muchacha y la preguntó por la causa del enfado de su "novio".

-¡Ay hija!, no llores más que lo hemos visto todo. Si es que los hombres solo sirven para hacernos llorar y que les lavemos la ropa...

-No...no es eso...es que tengo yo la culpa...he llegado muy tarde y no es la primera vez...ya me advirtió que me dejaría si volvía a suceder.

-Pues no lo entiendo, ¿qué quieres que te diga?, las mujeres casi siempre llegamos tarde, porque tenemos muchas más cosas que atender, marido, hijos, casa, ¡como si las cosas se hiciesen solas!, pero si te deja por eso...es que no te quería nena.

Por toda respuesta la chica se tapó la cara con ambas manos y salió corriendo, tras el macarra que la había dejado plantada.

-¡Si es que somos más tontas las mujeres...!cuando nos enganchamos a un tío, dejamos que nos haga de todo...

Nosotras. Y digo nosotras, porque Mario era una más, seguimos ajenas a lo que ocurría en realidad entre los dos y nos tomamos el té chismorreando un poco que es muy desestresante. Las novedades del programa "Sálvame" de lo que ya llamábamos "TeleBelén", fueron analizadas con detenimiento, y cuando la tarde comenzó a declinar, salimos a la calle y nos despedimos hasta el jueves próximo, que a la misma hora estaríamos en aquella cafetería, que ya era nuestro cuartel general.

No sé si me creeréis, pero me pasé la semana entera con la imagen de aquel tío en el cerebro, dándome vueltas. Casi podía oler su pelo negro, su loción para el afeitado, y ver como caminaba chulescamente, para dirigirse a donde estaba aquella pobre, que fue violentamente rechazada y hasta de vez en cuando bajaba la cabeza, ¡imaginando que me miraba!, Estaba planchando un motón de ropa que se me había acumulado y pensé: "Qué cosas le pasan a algunas mujeres!, ¡si es que hay de todo en este mundo!, la pena es que a mí no me pasa nada. Supongo, -pensé-que le suceden esas cosas a las tías cultas, guapas esas que tienen unas medidas de monumento, de noventa, sesenta, noventa, o algo así...El sol penetraba por el ventanal de la cocina, y la tarde iba dejando estelas rojas y violetas en el cielo, mientras yo acababa de planchar y me disponía a preparar la cena para los nenes. Y aquel tipo, sin marcharse a su casa, seguía en mi cabeza dándome qué pensar, ¡joder! El jueves siguiente tardó en llegar dos semanas o tres, qué se yo...porque a mí se me antojaba eterna la espera. Para estar con Mari y Mario, claro...ja ja ja ¡ni hablar!, solo pensaba en si este jueves le vería de nuevo. El teléfono sonó varias veces, antes de que me enterase de que alguien me llamaba. Corría perdiendo una zapatilla hasta la salita de estar y cogí el auricular.

-Tere, maja que no podré ir a la cita semanal contigo y con Mario, tengo al niño con paperas, estoy como loca, a ver si me lo llevo al médico de urgencias, ya sabes, a perder la tarde en la sala de espera. Pasároslo bien ¿eh? Ya me contaréis.

-Bueno hija, no te preocupes que ya te contaré. Yo seguramente me quedaré haciendo cosillas en casa, que tengo mucho atrasado...con dos nenes y un marido ya te puedes imaginar...

Colgué el teléfono con una sonrisita en la cara, que ya ya...estaba pensando en hacer una "maldad" de esas que se hacen una vez en la vida...pues eso. En realidad, los nenes estaban con mi madre y mi marido en el bar viendo el partido con no sé qué amigotes. Llamé a Mario y le dije que se anulaba la reunión semanal, que quedaríamos el siguiente jueves. Me fui pal armario, y saqué una blusita negra ceñidita, que esperaba me valiese después de no usarla un año o más, y un par de zapatos negros de taconazo, con una faldita negra un poco corta para mi edad la verdad, pero era la que me serviría para la ocasión. Un bolso negro, ¡ay madre, no parecerá que estoy poniéndome de luto!, me miré al espejo, y vi a una mujer de treinta y pico, aburrida, descontenta con su vida, y dispuesta a salir...Los zapatos me torturaban los talones y andar como una grulla con ellos que tenían veinticinco centímetros, era casi de vértigo. Pero el chicazo aquel merecía el suplicio, así que me dije: "palante". El metro, me ayudó a no deshacerme de los malditos zapatos, y tirarlos a una papelera, y es que no estaba ya acostumbrada a llevarlos. No tengo quien me saque a cenar o cosa parecida, así que era como si me los pusiese por primera vez en años. Me bajé en Gran Vía y me metí en un Burguer, solo para ir al baño y quitármelos un rato. ¡Ufff!, qué alivio coñooo!

Capítulo 2 Un encuentro esperado

CAPITULO II

UN ENCUENTRO ESPERADO

Cuando entré en la cafetería, eran las cuatro de la tarde, me senté en una mesa diferente a la que ocupábamos cuando estábamos Mario, Mari y yo, y pedí con "finura" un té con limón. Nunca había probado el té, era virgen, ¡huy como suena eso de virgen!, pensé que igual ya no volvía nunca por allí aquel tío, porque al haber reñido con su chica...o quizás solo fue un lugar más donde quedar, y no el habitual, como lo era nuestro...miré por el ventanal, ir y venir a la gente, y comenzaba a aburrirme, casi dispuesta a marcharme cuando de repente, ¡entró! El tío llevaba pantalones vaqueros, un cinto ancho de cuero negro, y una camiseta blanca de manga corta. Pasó me miró con yo diría que desprecio, y se sentó despatarrado en la barra, para pedirle al camarero, una cerveza bien fría. ¿Me creeréis si os digo que estaba cagadita de miedo?, pues lo estaba. Yo apuré el último sorbo de mi té y me levanté para irme. No tenía ánimo para hacer lo que había ido a hacer. Entonces empezó la historia, sí...empezó ¡y cómo!, tras de mí, sonó una voz autoritaria.

-¿A dónde coño crees que vas tía?

Yo soy de esas que no se callan ni debajo del agua, y de ser otro le hubiera soltado un par de tacos y algo más, pero al volverme le vi allí de pie, con las manos en los bolsillos delanteros de sus vaqueros desgastados y mirándome que me carbonizaba, y me quedé parada como una tonta.

-Pues...pues...a casa claro...yo...

-Tú nada siéntate, ya te diré yo cuando puedes irte y qué puedes y qué no, hacer.

Me senté tras la mesa de mármol como una colegiala pillada en falta y esperé. Él se sentó enfrente de mí, y adelantó la cabeza, tanto que pude sentir su aliento en mi cara.

-Esa falda no me gusta y la blusa es una mierda. Ahora vas a irte al baño y te vas a quitar las bragas, las dejaras encima del lavabo y te vendrás a sentar aquí otra vez. No quiero que repliques, ¿está claro zorra?

Mis mejillas se colorearon como si fuesen tomates maduros y como una autómata, me levanté y temblando me fui para el baño. Me pregunté qué demonios estaba yo haciendo siguiéndole la corriente a un tipo desconocido y sin embargo, estaba quitándome las bragas y dejándolas, con manos temblorosas encima del lavabo. Volví a la mesa donde el tío aquel sonreía cínicamente. Esta con las piernas separadas y mirándome, con los brazos cruzados como si yo fuese una mercancía que fuera a comprar. Se puso en pie y fue al baño, adiviné enseguida a qué. Claro está. Volvió se sentó frente a mí y con cara muy seria me dijo:

-La putita que viste que despedía el otro día era mi sumisa, una tía rebelde, y que no obedecía mis deseos, espero que tú seas más mansa y que obedezcas al punto cada orden, ¿entendido?

Yo asentí sin saber ni qué me estaba diciendo, ni si me estaba confundiendo con otra...sacó una libretita de tapas rojas y un bolígrafo de plata y escribió una dirección en una hoja para posteriormente arrancarla y entregármela.

-Mañana irás a esta dirección a las seis en punto. Te pondrás falda por medio muslo, negra, zapatos planos sin tacón y una blusa amplia y blanca. No llevarás sujetador ni bragas, mis sumisas lo tienen prohibido y tú a partir de hoy también.

Se puso en pie y dejó sobre la mesa cinco euros para pagar ambas consumiciones. Eso supuse yo... desapareció y me comencé a preguntar si en realidad no había sido una fantasía mía aquello, pero al desdoblar la hojita que me había dado, allí pude leer la dirección en cuestión, así que no, no era un sueño. Me levanté y me llegué hasta la barra, para abonar el pago de las dos consumiciones pero el camarero, me dijo que ya estaban pagadas. Así que me quedó la intriga de para qué eran aquellos cinco euros...¿para humillarme solamente?, salí de la cafetería y al ir bajando por la boca del metro, el tacón del zapato derecho se partió. Juré en chino hijas, en chino, pero me descalcé y me metí en el metro para ir a casa sin pensar en más. Me dio la impresión de que todo el mundo me observaba y llevar los pies descalzos no ayudaba mucho la verdad. Tuve que caminar como cincuenta metros hasta llegar al portal de casa desde el metro, ¿os habéis fijado cuanto se tarda cuando se está deseando llegar?, ¡uffff!, subí en el ascensor y cómo no...me topé de cara con la vecinita rubia de piernas ultra largas.

-¿Qué deseando llegar a casa para quitarte los zapatos reina?

-"¡Puñetera!", pensé para mí, mira que eres siempre inoportuna.

-La fiesta que ha sido sonada y ya ves, he roto hasta lo que no llevaba hija...

La vecinita se quedó parada al verme respondona y abrió la puerta del ascensor desapareciendo casi como por ensalmo. ¡Qué alivio!, me quité la ropa y me metí bajo el chorro de agua de la ducha. Estaba temblando. Allí debajo, que a mí me aclara mucho las ideas el agua caliente, pensé en cómo había hecho el ridículo, menos mal que no iban a saberlo Mari ni Mario...me acordé de que le había dado mis bragas y eran las más caras ¡coño!, me enjaboné a fondo y sentí que me excitaba con solo pensar en él. Salí de la ducha y me miré al espejo, vi a una mujer con "todo" en su sitio, o muy mayor y con ganas de...¿de qué en realidad?, me enrollé una toalla sobre los pechos y salí dejando que mis pensamientos se ordenasen un poco antes de ver qué hacía. Por supuesto ir a aquella dirección ¡ni soñarlo!, durante más de media hora miré la hojita de papel, que había dejado doblada sobre la mesita de noche y no me atrevía a cogerla. Pero al final, leí de nuevo la dirección. "Calle San Bernardino, nº 16, 6º" y debajo un número de teléfono móvil, me dijo que debía llamarlo antes de ir...por si acaso vaya...676564062. Me temblaban las manos y me fui para el teléfono dos veces y no me atrevía a coger el auricular. Pero armándome de valor una tercera vez, descolgué y marqué el número. Una voz varonil y grave me respondió al otro lado. Mi sorpresa fue que no pude hablar, ¿por qué?, pues porque él me dijo sin permitirme articular palabra.

-"Toca abajo y cuando te abra, sube despacio, para no fatigarte. Encontrarás la puerta abierta, entra, cierra tras de ti y arrodíllate con las piernas separadas y la cabeza baja, mirando al suelo".

¡Y colgó!, y digo yo, ¿cómo diantres sabía este hombre que era yo quién le llamaba y no otra u otro incluso?, estaba muy seguro el cabronazo de que iría, y me jodía mucho ¿eh?, ¡huy perdón! Es que soy un poco bruta a veces lo mío me cuesta corregirlo hijas. Y ahora ¿Qué les digo yo de esto a Mari y al Mario? ¡ay que dilema hijas esto no me pasa más que a mí. Me paré a pensar que hacía no tanto, me quejaba de que no me ocurrían cosas fuera de lo "normal", pues ahora...¡toma!, aquí tienes algo extraordinario. De acudir a la cita nada de nada, que era un extraño y me podía meter en un líoooo...

Me fui a una tienda de estas que tiene ropita mona, no muy cara y aparente y me compré, unos zapatitos sin tacón, una blusa monísima blanca, que se medio abría por un costado, muy sexy...y una falda negra que me apretaba algo, y se ceñía como una segunda piel a mis muslos. ¡Ay! Creo que estaba cumpliendo con los malditos requisitos de aquel tío. Pero de ir nada de nada ¿eh?, ¡¡me moriría de vergüenza!! Pero si pasé un mal rato, que ya ya, cuando me dijo aquellas groserías. Y yo que soñaba con un hombre sensible y cariñoso como el de oficial y caballero...que te llevase en brazos te eligiera entre todas a ti y no te dejase ni tocar el suelo. ¡Pues me había lucido!

La semana pasó larga y tediosa como ninguna otra antes de aquella. Esperaba el jueves como agua de mayo. Pero no para ir con Mari y Mario a la cafetería de la Gran Vía, no...una me iba y otra me venía, pero al final, viendo la ropa ya comprada, que me había salido a precio de ganga y que necesitaba airearme un poco...la cosa es que mi marido estaba de un pesado fuera de lo habitual y Alex y María no dejaban de pelearse, como si percibiesen mi nerviosismo, y les castigaba más de lo corriente en mí. Me resigné a ser el ama de casa corriente, carente de autoestima y que vivía una vida monótona, durante los días que precedieron a "La Cita". Vivíamos en la calle Hortaleza, muy cerca de la Gran Vía, razón por la que Mari y yo, que vivíamos casi en el mismo edificio, quedábamos en ella. Mario venía de Chueca, que tampoco quedaba muy lejos y la verdad es que lo pasábamos muy bien, pero qué queréis que os diga, yo necesitaba más. ¡Y vaya si lo iba a tener!

¡Y por fin llegó el jueves!, el día en que debía presentarme ante aquel pedazo de macho, que me tenía sorbido el seso, sin haberme rozado tan siquiera...recordaba perfectamente, su pelo negro bien peinado con raya al medio, y sus músculos marcándose en la camiseta blanca que llevaba. Aquellos pantalones que marcaban, ¡ufff, lo que marcaban!, y que prometían más de lo que había visto yo en toda mi vida. Mi marido se fue al bar y los nenes, como de costumbre ese día se los dejé a mi madre que vivía dos portales más allá de nosotros. Me vestí sin el sujetador ni las bragas y me sentí desnuda a pesar de estar vestida. Se me balanceaban las tetas que era una barbaridad. No es que tenga tanto...pero hijas es que ir así dando que mirar...pero eso era lo que exigía el tipo. Así que nada me calcé y me miré. El espejo me devolvió una imagen distinta a la habitual, más relajada, no me atrevía a maquillarme, claro, era tan especial el niño...

Bajé en el ascensor y me topé de nuevo con la puñetera vecinita, parecía espiarme todo el puñetero día la jodía.

-Un cambio de look muy bien pensado, te queda esa ropa de cine.

Gracias nena. –Le respondía envarada, por haberme quedado sin palabras otra vez. No, si al final le tendré que dar las gracias por aprobarme y todo...salí a la calle, me metí por el callejoncito que comunica mi calle con la Gran Vía y quedé frente a la boca de metro de Gran Vía. Bajé cómoda del todo con aquellos zapatitos y me senté a esperar el metro. No tardó ni tres minutos en llegar y mi corazón comenzó a acelerarse, como si supiese dónde iba. Tomé la línea uno, la azul clarita, para llegar a Tribunal y allí tomar la línea azul oscura, la diez, que me llevaría a Noviciado. El recorrido me pareció super largooo, y es que me temblaban ya hasta los dedos de los pies. Llevaba pegado el bolsito con las llaves y el móvil en su interior, pegado a mi vientre, como si estuviese embarazada. Cuando salí en Noviciado, recorrí el camino que comunicaba la estación con la de Plaza de España, por uno de esos túneles fríos y desangelados, que solo ayudan a sentirte peor...pues eso. Salí al aire libre y me paré en el semáforo antes de cruzar a la otra calle donde la paralela a la Gran Vía era san Bernardino. Me metí en un bar a tomar un poco de agua y recuperar el resuello, no es que estuviera cansada, ¡qué va!, pero, me faltaba el aire, no sé si me entendéis.

El número dieciséis era un portal anodino, común, como muchos otros, el edificio tenía seis pisos y el último era al que iba. Toqué con un miedo atroz el portero automático, y un sonido muy familiar me respondió. La puerta se abrió y yo entré persignándome y pidiéndole a Dios que me perdonase y que me ayudase, que me metía de lleno en no sé muy bien dónde. Subí despacio, y es que aunque hubiese querido, hacerlo de otra forma, subir aprisa me hubiera dejado exhausta. Tardé mis quince minutitos en llegar. Solo había una puerta en cada piso, y en el último también. La puerta estaba entreabierta y creo que entonces la cara me enrojeció hasta la raíz. Pero nada, ya que estaba allí, para adentro. Penetré y cerré tras de mí. Me arrodillé y separé las piernas. Miré al suelo, más que por la exigencia del individuo, porque estaba avergonzada, y aterrada. A punto estuve de mearme de miedo al sentir los pasos de él acercándose. Se quedó parado delante de mí y sacó algo que en principio no pude ver qué era de su bolsillo. Lo que sí percibí era que vestía pantalones de cuero negros muy ajustados y botas militares. Enseguida supe de qué se trataba, pues me lo ciño al cuello y me lo abrochó. Era un collar de cuero con remaches.

Mientras estés conmigo lo llevarás puesto, perra, me perteneces y debes ir acostumbrándote a saber cuál es tu sitio.

Me levantó la falda, creo que para comprobar que no llevaba bragas y me dio un par de azotes en las nalgas. Me palpó los pechos y también pudo ver que no estaban sujetos por prenda alguna. Me enganchó una cadena al collar y me llevó a cuatro patas tras de él. La casa olía a incienso y era un loft abierto por completo, me sentí ridícula al principio, sí, pero pronto me mentalicé de que, de hacer el "ridi", allí nadie me vería ni lo sabría nunca. Se sentó ante mí despatarrado en un sillón, y yo me quedé ante él a cuatro patas y con la cara más roja que un tomate de pera.

-De ahora en adelante, cuando tengas que responderme te dirigirás a mí como señor. No hablarás si no te pregunto, y obedecerás sin rechistar. ¿Está claro?

Yo no supe si decir algo, y como no me salían las palabras asentí. Dos sonoras bofetadas me sacaron de mi temor y me dijo muy enfadado:

-Cuando te pregunte algo responderás si no esto es lo que te esperará, ¿está claro?, -repitió la pregunta a lo que yo respondí con voz trémula.

-Sí, señor.

-Bien veo que puedes aprender a ser aquello para lo que naciste, una sumisa.

A mí, una me iba y otra me venía, no sabía por dónde me daba el aire. Pero si lo que yo había estado buscando era una aventura, allí estaba.

-Ahora te vas a desnudar y examinaré tu cuerpo. Veré si me places como sumisa o no. No me gusta tener que repetir las cosas.

Me puse en pie y me fui quitando la falda, que casi iba pegada a mis muslos y me costó sacármela. Me desabroché la blusa y sentí que me quedaba como Dios me trajo al mundo. No sé vosotras, pero yo jamás me había desnudado, ni delante de mi marido. Me tapé el pubis y las tetas como pude con los brazos y manos y él se puso de pie. Se acercó y pude sentir su aliento en mi cara. Me palmeó las nalgas y me apretó los muslos. Me miró y supe lo que quería, que separase las manos. Lo hice cerrando los ojos, y me dijo el muy cabrón.

-¿Crees que te mando desnudarte, para que te tapes con las manos?, cuando estés en pie ante tu amo, separarás las piernas y cuando estés sentada también. Tendrás las manos a la espalda y mirarás al suelo. Por cierto, si lo que estás esperando es que te folle estás perdiendo el tiempo. Quiero que pases varias pruebas y de ser aceptada, entonces te someteré por completo, te marcaré y serás mía de por vida. No me importa si estás casada, soltera o viuda, eso es tu problema y habrás de solventarlo tú.

Me introdujo un dedo en el culo y creía que me moría de vergüenza. Luego me palpó la vagina y fue introduciendo otro dedo en ella, mientras con otro, no me digáis cómo lo hizo, me masajeaba el clítoris. Creo que todo el tiempo tuve la cara roja como nunca antes y cuando abandonó mi culo, palmeó mis pechos de manera que me hizo daño. Gemí y a cambio obtuve dos bofetadas.

-No quiero oírte esclava. Aguanta el dolor.

Y entonces, cuando ya me daba por violada, me dijo.

-Vístete y siéntate ahí, -me señaló un cómodo sillón con respaldo tapizado en rojo sangre.

Lo hice y esperé a que me preguntase, como me había advertido él mismo.

-Quiero saberlo todo de ti. ¿Qué hacías allí, quién eres, todo, y sobre todo cuáles son tus límites.

Hubo cosas que no entendí, pero, ¡líbreme Dios de preguntarlo!, le conté que tenía dos niños, niño y niña, que estaba casada, y que iba con mías amigas los jueves a tomar algo a aquella cafetería. Vamos anda que no se podía contar, ¡cualquiera diría!

-No estabas con amigas uno era un tío, me pareció un marica la otra era tu amiga supongo. Cuando hables conmigo debes ser exacta en lo que me digas, no me gustan las ambigüedades. ¿Cuáles son tus límites?

-Pues no sé a qué se refiere, señor...

-A las cosas que no te gustan o repugnan en el sexo. Respetaré unos límites razonables el resto, haré lo que me plazca, ¿entendido esclava?

-Sí, sí, señor. Pues es que no sé qué me gusta o qué no, el caso es que solo he practicado sexo con mi marido y él es muy limitado. –Por unos instantes, creí que se echaría a reír a carcajadas y me echaría a patadas de su casa, pero no, no lo hizo. Se limitó a decir.

-Comprendo...iremos viendo qué es lo que no puedes superar en un principio y dejaremos a un lado lo que estorbe.

¡Ay hijas mías!, yo estaba asombrada. Pensé siempre, que esto del sadomasoquismo era que te freían a palos y te molaba, y que ibas descogorciada a casa y repetías por vicio. Pero no, era muy distinto, mira tú. ¡Había límites y todo!

-Te controlaré por teléfono y me dirás en todo momento dónde estás y qué haces, cuando yo te lo pregunte. Me dirás siempre la verdad, lo contrario te costará un duro castigo. Pasarás la primera prueba este domingo a la mañana, arréglatelas para venir con esta misma ropa a las doce aquí. Y ahora dime, ¿tienes alguna pregunta que hacerme?

¡Huy!, preguntas, tenía mil y más, pero estaba tan acogotada que...bueno, me atreví a preguntarle por la chica que dejó allí lloriqueando. Me dijo que había sido su sumisa desde hacía dos años, y que era muy impuntual, él pensaba que porque le gustaba ser castigada duramente, pero a él eso le daba lo mismo, quería obediencia ciega. Le pregunté, que sé que estáis pensándolo, porqué me eligió a mí y no a otra más buenorra, y me quedé de piedra con la respuesta.

-Tú eres una sumisa natural, de las que no lo saben y nacen para serlo. Lo llevas escrito en la cara, en los movimientos, ¿por qué crees que me miraste tú y tu amiga no?, ella es de esas que miran por los ojos de otras, no son más que meras espectadoras de la vida, tú sin embargo estás dispuesta a probar a actuar. ¿Quieres tomar algo?

De verdad os lo digo, si me pinchan no sangro ene se momento. Le dije que necesitaba un buen trago de brandy, y sonrió. Sacó de un mueble bar una botella de cristal tallado y dos vasos bajos a juego y sirvió dos dedos de brandy en cada uno. Puso uno en mi mano y sorbió del suyo, sin emitir un solo sonido. Tomamos el licor en silencio, observándonos el uno a la otra, y la otra al uno. Se levantó al terminar el brandy y me quitó el collar que aún llevaba al cuello.

-Te has portado bien esta primera vez, pero no siempre será tan fácil. ¿Quieres preguntarme en qué consistirá la prueba del domingo?

-No señor.

-Ja ja ja, así me gusta esclava, así me gusta. Mentalízate para ser sumisa y obediente, el resto corre de mi cuenta, yo te educaré con disciplina y haré de ti una esclava ejemplar. Ahora vete, tengo cosas que hacer.

Me puse de pie, y vi como él se sentaba a leer displicentemente, dejando de prestarme atención. El collar que yo llevase al cuello, colgaba de sus dedos, índice y corazón, y jugueteaba con él. Salí, cerré tras de mí la puerta y suspiré aliviada. No iba a volver ¡ni locaaaaa! El aire fresco me despertó del sueño vivido y crucé la calle como borracha. Me metí en la boca de metro de Plaza España, y me senté a esperar. Ahora iba a tener que dialogar con mi amigo Mario, para ver cómo relajarme, estaba excitadísima. El regreso a casa supuso un esfuerzo, no obstante, y al entrar, Alex se me tiró encima como un cachorro de elefante.

-¡Mamáaaaaa!, ¿dónde has ido, me has traído algoooo?

Antonio esperaba ceñudo en la salita mirando, ¿cómo no?, el futbol.

-¿A dónde has ido Tere?, ¡que ya es hora de cenar joder!, y los niños están muy pesados mételes en la cama.

No, si mandar, este sabe tanto o más que el otro, claro, que entre él, ¿cómo debería llamarlo, amo?, y él, hay un mundo.

Yo aún temblaba como una tonta, y sentía la humedad en mis braguitas como si hubiese disfrutado...en fin...que puse la mesa, con su mantelito rosa y sus platos de porcelana blanca, regalo de mi suegra, como el dichoso mantelito, y unos vasos, que ya estaban algo rayados de tanto uso. Un día tendría que comprar unos en el Ikea. Saqué una botella de vino, y una de Coca-Cola y me senté por fin a comer algo. Ni me esperaron, como siempre se echaron sobre la comida como si fuesen unos muertos de hambre y yo, comencé a evocar la casa, el entorno en el que me había quedado desnuda ante un desconocido por primera vez en mi vida. ¡Pero mira que soy tonta!, menos mal que todo había acabado, y jamás de los jamases volvería a hacer algo similar, que si nooo. Era una buhardillita muy mona, decorada por un hombre eso sí, se notaba mucho. Dos cuadros de barcos uno en cada pared, una lámpara pequeña y moderna colgaba del techo y una cama....¡ay, una cama! Reinaba en la estancia, por lo grande, en una de las esquinas, estratégicamente situada, para que al llegar el día el sol penetrase por la ventana paralela a ella.

-Pero Tere, ¿se puede saber qué te pasa?, hace media hora que te he pedido la sal mujer, estás en el limbo.

-¡Ay hijo!, ¿no puedes levantarte tú y cogerla de la cocina?

Antonio, frunció el ceño y se levantó de mala gana para decir no obstante.

-Esto que no vuelva a pasar, a ver si aprendes a poner la mesa por lo menos, ¡joder, no haces una a derechas!

Bueno no escuché casi sus impertinencias, porque estaba en la calle San Bernardino, en la buhardilla de...¡oye, que no sé siquiera como se llama el tío!, bueno le llamaré Julián, que así se llamaba el macarra aquel de la telenovela de "Mátame, que me enamoro", si es que soy mema del todo, no podía volver, ¡ni hablar del peluquín!, Alex se enzarzó en una nueva pelea con María por el pan esta vez, y ya cansada pegué dos gritos que dejaron sordo al personal. ¡Hombre ya estaba bien!, no me dejaban ni tan siquiera imaginar nada...

-¡¡Alex, María!, ¡como os sigáis pelando os voy a dar dos leches!

Los dos críos, a los que nunca había levantado la voz, se quedaron paralizados y Antonio, me miró no sé muy bien si más sorprendido o más acojonadito.

La cena transcurrió sin más tonterías y cuando empecé a llevarme los platos y los restos de la cena, debí sonreír sin darme cuenta, porque Antonio, me dijo.

-Pareces alelada Tere, no haces más que sonreír y gritar, estás de rara...claro que igual es porque...

Y se me acercó por detrás para manosearme un pecho, metiéndome la mano por la blusa que se me había entreabierto. Yo se la saqué y le respondí con mala leche.

-¡Anda, anda!, déjame de tonterías, que estoy recogiendo la cocina vete a la sala a ver el fútbol.

Pero él insistió y de nuevo tuve que recurrir a la manida excusa de los nenes. Pero nada, que ni para atrás. Así que pensé: "déjale hija, Tere, si estás más mojada que un pastel borracho...a ver si así se te quita la idea de Julián de la cabeza hija". Antonio, siguió acariciándome los pechos y bajó un poco más, mirando a ver si los críos miraban o no, lo que hacíamos. Me llevó empujándome delante de él a la habitación, y me tumbó boca arriba en la cama, echándose con todo su peso sobre mí. Pensé, disfruta Tere, hija, que así se te quitarán las tonterías esas. Pero Antonio, excitado como un toro en celo, me bajó las braguitas, me introdujo su miembro en mi vagina y me taladró como si fuese una madera y él el taladro Bosch. Dos minutos más tarde, se retiraba y yo me quedaba allí boca arriba sin saber qué había pasado. A mi nada desde luego, en fin, lo de siempre. Diréis que soy una tonta, pero me eché a llorar como una quinceañera y salí limpiándome las lágrimas con un trozo del delantal. Antonio, miraba el fútbol y bebía cerveza despatarrado en el sofá, mientras Alex y María jugaban a cocinitas en un rincón. Me fui a la terraza, que era pequeñita pero acogedora, era mi rincón personal, ese que todas tenemos en casa para estar a solas con nosotras mismas...la noche era especialmente oscura, y el cielo estaba libre de estrellas, la luz de la ciudad impedía verlas. Yo tenía un secreto infantil que guardaba con celo, no sé si por miedo a que se riesen de mí o por creerlo imposible, pero cada vez que miraba el enrarecido cielo madrileño, pensaba en él. Meterme en la cama fue un suplicio, rezaba para que estuviese dormido y no me molestara más. Ya había tenido suficiente.

Capítulo 3 La prueba

CAPITULO III

LA PRUEBA

La verdad en casa cada sábado era igual que el anterior y que el anterior y que el que había precedido a este. Pero este en que me encontraba era diferente, estaba nerviosa, atacada de los nervios. ¿Qué por qué? , pues hijas porque tenía al día siguiente la puñetera prueba esa del Julián. No iba a ir claro que nooo, pero me ponía nerviosa. Antonio quería como siempre ir a comer a casa de mi suegra con los críos y yo estaba hasta el mismísimo de tanta comida dominguera con la suegra, que era más mala que la tiña. Esta vez estaba dispuesta a plantarle cara, no porque fuera a ir a donde el Julián no, solo por placer.

-Pues mira mañana tengo cosas que hacer y no voy a ir a casa de tu madre. Llévate a los nenes y pasadlo bien los tres.

-Oye Tere, ¡no me jodas!, siempre hemos ido los cuatro, no me vengas ahora con monsergas. ¿Qué cojones tienes tú que hacer?, ¿fregar, planchar?

-¡Vaya!, el niño cree que solo fregamos y planchamos las amas de casa, como somos esclavas pues claro...pues a ver si te enteras somos maestras, cocineras, niñeras y madres de tontos como tú.

Antonio, me miró como si me quisiese carbonizar y se levantó de un salto. Se dirigió hacia mí y se quedó a dos palmos de mi nariz, resoplando como un caballo enfurecido. Creí que me soltaba dos sopapos, de verdad os lo digo. Me entró una mieditis que casi me meo. Se fue dándome la espalda y se sentó sentenciando, más que anunciando:

-¡Mañana vendrás como siempre a casa de mi madre con los niños, y no se hable más!

No sé si me creeréis, pero en ese momento tomé la decisión de ir a donde el coño Julián aquel. ¡Sí, iba a ir!, ¡ahora sí que iba a ir!

Como siempre llamé por teléfono antes de ir, y el auricular vibraba, no por avería no, si no porque yo estaba como un flan de nerviosa. Una voz ya familiar me dijo:

-Vístete con la misma ropa que la otra vez y cuando entres, verás en la consola de la entrada un pañuelo negro, cíñetelo a los ojos, asegúrate de que no ves nada y espérame de pie. Espero que cumplas.

Y colgó. Ay madreee, mira que no sé qué hacer, si ir, si no ir...bueno, pues voy, ¡hala que se joda el Antonio! Y si no que me hubiera jodido de verdad, que eso que él hace es como los conejos, descargar. ¡Aggg!, la cara que va a poner Maruja, su madre, ja ja ja. Era hora de llamar a Mari y a Mario, a ver qué pensaban ellos de todo aquello, pero que me iban a poner a caldo de loca para arriba, eso lo tenía yo seguro, claro. Mario no estaba, pero la Mari, sí. En cuanto la dije, que quería pedirle consejo sobre un tío, me dijo que bajaba a la cafetería de abajo de mi casa al momento. Le dije que ni hablar, claro, que mejor en la cafetería que había en Gran vía, cerca de la que íbamos nosotras una pequeñita y discreta.

Mari estaba en bata de casa, y solo un abrigo la cubría por encima. Era una cotilla de mil pares de narices, como yo. Y es que ¿qué queréis hijas?, es un placer por el que Rajoy no cobra IVA aún. Como se entere nos pone un veintiún por ciento de impuesto, ja ja ja. Me senté a su lado, mirando como si hubiese cometido un crimen a todos lados.

-Tere, pero ¿qué es eso que me dices de que quieres consejo sobre un tío?, ¿estás loca?, como se entere el Antonio, ¡te mata!

-Pues tú bien que has bajado a todo correr para ver de qué iba el tema nena.

-Bueno es que todos los días una amiga no se lía con, ¿con quién te has liado?

-A ver hija, que no me he liado con ningún tío, bueno un poco sí, con uno, pero poco.

-Pues ya me dirás como se come eso de que estás liada con un tío pero poco, o se está o no se está.

-Pues, que he estado en casa de un tío pero no hemos...ya me entiendes.

-Pero ¿hubo tema o no hubo tema?

-¡Ay hija, que no!, si te lo estoy diciendo.

-Espera que pido dos cafetitos y me lo cuentas todo con detalles, -chilló mientras hacía un mohín picarón.

Los cafés eran malísimos pero Mari ni se percató, porque se quedó el suyo abandonadito como un huérfano delante de ella. Yo me tomé el mío entra trozo y trozo del relato.

-Cuenta, cuenta...¿quién es, le conozco?

-Bueno, pues sí, le conoces y no le conoces.

-Mira nena estás rarita ¿eh?, o le conozco o no, ¿en qué quedamos?

-Es el tío de la cafetería de hace dos semanas.

-¿El camarero aquel?, si era un yogurín.

-No mujer, el otro...el que...

-No me digas que es el tipo aquel que hizo llorar a la muchacha aquella que...¿aquel?, me miró no supe bien si aterrada o perpleja. ¡Ay, ay, ay...eso no me gusta pero que nada.

-Pues está de toma pan y moja.

-Entonces ha habido temita...-me señaló con una sonrisa pícara desplegada en su cara.

-¡Que no!

-Pues mira como no te expliques mejor no entiendo ni papa.

-Pues que fui el jueves pasado a la cafetería yo sola, y me tomé un té. Entró él y se sentó delante de mí después de haberme mirado como si fuese yo un desecho. Me ordenó, sí, sí, me ordenó ir a una dirección el siguiente día.

-Pero tú ¿no irías verdad?, ¡mírame a los ojos, ¿no irías loca de la vida?

-Pues mira tú, que sí que fui. No iba a ir, de verdad, pero para una vez que me pasa algo...

-No, si ya veo yo a dónde vas a ir a parar. Te fuiste para su casa y te dio tema de lo lindo.

-¡Que pesada estás con lo del tema!, te he dicho que no hubo nada. Bueno algo, algo sí.

Le conté a la Mari, lo acaecido con todo lujo de detalles, para espanto y disfrute de ella, que estaba en el cielo de las cotillas. Claro está. Al terminar me miraba diferente, como con una mezcla de incredulidad y repugnancia, no sabría bien definirlo.

-Mira si quieres que te diga la verdad, no vayas, no te metas en un lío del que no vas a saber salir Tere. Luego se entera Antonio, y se monta una pero que muy gorda. ¿Y los nenes?

-Oye, que yo también existo. A ver si tú también me vas a negar que estás deseando que te pase algo así.

-A ver Teresita maja, una cosa es leer a Grey y sus sombras y hacerte una paja mental y otra muy diferente, ponerte a ello de verdad. Compréndeme, me parece humillante y retrógrado eso de ser dominada por un tipejo un macarra, porque eso es lo que es, un vulgar macarra.

-Pues entonces no te cuento la segunda parte, porque me vas a poner de vuelta y media.

-¡Ah!, ¿pero hay más?, ¡Virgen bendita, del pompillo resecao!

-Bueno me voy que he dejado a Antonio y a los nenes solos ya te contaré.

-Pero no me dejes así ahora, cuéntame el resto hija.

-Me lo pensaré, igual el lunes.

Dejé a la Mari, sentada y atónita sin saber ni qué decir ni qué pensar. Pero eso sí, estaba yo segurita de que llena de envidia. En casa ni se habían percatado de que había bajado a tomar algo, será triste, ¿que ni me echaban de menos un poquitín?, Me metí en el baño, me quité la pintura de la cara con un desmaquillante y me puse crema de noche de Diadermine, ¡ay a las pobres no nos da para más!, me pellizqué los pómulos y la frente y me di ánimos yo sola. No estaba tan mal para la edad que tenía, recoño. Me miré en el espejo del tocador, mientras de la sala me llegaban los gritos de gol del que retransmitía el partido y de mi marido que juraba hebreo por ver cómo le metían dos goles a su equipo. "Mira Tere, que no estás mal, tú mañana vete y a ver qué pasa!

¡Una prueba!, ¿qué querría decir con eso de una prueba?, estaba realmente intrigada, ¿y eso de que yo había nacido para ser, sumisa?, estaba perpleja del todo. Me puse la ropa exigida por Julián y Antonio, que esperaba para que fuera con ellos a casa de Maruja me gritó desde la ducha.

-¿Estás ya lista para salir?, ponles algo de abrigo a los niños que ya sabes que se constipan enseguida.

Esto que os voy a contar, es que no me lo vais a creer, pero bueno...salí de puntillas dejando a los nenes en la cama sin despertarlos, y eso que eran las diez de la mañana. ¡Como se iba a poner Antonio, al ver que tenía que vestirlos darles el desayuno...! Y sobre todo al comprobar que yo no estaba. ¡Y que no sabía por primera vez en muchos años dónde andaba!

Yo temblaba como una hojita en otoño, pero a la vez estaba emocionada. El aire de Madrid, tan contaminado, se me antojó el más puro del mundo mundial y al encontrarme en la calle San Bernardino, me metí en un bar a tomar un café. Eran las once y treinta minutos y tenía que estar arriba a las doce en punto, ni antes ni después. Me supo a gloria hijas, ¿qué queréis que os diga?, pero el miedo seguía allí en el estómago, como si un millón de mariposas revolotearan en él. La gente entraba y salía y hablaban de cosas pueriles, sin importancia. Me di cuenta entonces, que todas hacemos lo mismo, hablamos sin decir nada, cocinamos, limpiamos, compramos, y solo a veces discutimos, como si eso nos sacase de la monotonía. Igual todas necesitábamos un tío duro que nos diera caña...no, creo que todas no. Las manecillas del reloj, parecían estar paradas del todo, no se movían un centímetro, que os lo digo yo. Hasta pensé que estaba parado el reloj del bar. Pero, se movían, ¡vaya que si se movían!, llegaron, la una a las once cincuenta y ocho y la otra a las doce, salí tras pagar a todo correr la consumición y toqué el portero automático. La puerta se abrió y yo noté como mi corazón se aceleraba a mil por hora. Subí despacito, despacito las escaleras, y una vez arriba, vi la puerta entreabierta. Suspiré y me armé de valor. Entré cerré tras de mí y a duras penas pude ver un pañuelo negro sobre la consola de la entrada. Me lo puse y me aseguré, de verdad que sí, que no veía nada, y es que estaba cagadita de miedo, y no quería ver ni oír. Me quedé de pie, con las piernas separadas, y muy quieta, a la espera de acontecimientos. Percibí claramente las pisadas de Julián caminando hasta llegar a mi altura, y entonces, me puso el collar al cuello, y tiró de la cadena que llevaba enganchada en este. Estaba asustada, me recriminaba mil cosas a mí misma, y de pronto, noté que llegaba a mis fosas nasales un aroma...no, varios, de distintas lociones de afeitado, incluso uno de un caro perfume masculino. Yo para esto soy la leche, porque dinerito no tendré, pero gustos caros...esos me sobran. Deduje, que al menos había tres personas en el Loft de Julián. ¡Qué vergüenza!, me moría de vergüenza al pensar en que me iban a ver de aquella facha. Entonces, él con voz suave, y baja me dio instrucciones al respecto.

-No tengas miedo, están dos amigos míos en mi casa, esperándote. Les voy a enseñar cómo se educa a una sumisa y se la convierte en esclava de por vida. Tú serás el ejemplo.

Mira en ese momento si me pinchan no sangro hijas, que miedooo, pero aquel tío es que no daba en nada bueno ¿eh? Me llevó tirando de la cadena hasta situarme, según yo creo en el centro mismo de la pieza.

¡Desnúdate!-fue al seca orden que me dio.

Me fui quitando los zapatos, y pisé sobre algo que me pareció mullido, posiblemente una alfombra, y me deshice de la blusa que cayó al suelo blandamente. La falda me costó algo más quitármela, no sé muy bien si por nervios o por vergüenza, o por ambas cosas. Julián se acercó, digo que era él, porque me había aprendido de memoria su olor, -¡coña, tenía que ver cuál era aquel perfume que desprendía el tipo!, era algo que me tenía loca por saber. –Me levantó el brazo derecho y me ató la muñeca a una muñequera, de cuero que estaba frío. Hizo otro tanto con el brazo y la muñeca izquierda, y luego pasó a los tobillos, que quedaron apresados por sendas tobilleras. Estaba con los brazos y piernas en cruz, y las ataduras tiraban de muñecas y tobillos para mantenerme tensa. Creo que estaba roja, como tomate maduro, ¡ay qué mal lo estaba pasando!, pero en eso, Julián dio comienzo la sesión.

-Como podéis ver esta sumisa está en la primera fase de aprendizaje, y deberá extirpar el miedo y la vergüenza que sufre, antes de ser la sumisa que deberá ser para satisfacerme en todo. Podéis examinarla a vuestro gusto...

¡Ay Dios míoooo!, pero...¿qué dice este hombre?, ¿Qué me van a toquetear estos tíos que ni puedo ver? Pues sí, hijas sí, como lo estáis leyendo, que se acercaron y uno empezó a sobarme las tetas mientras el otro se agachaba y me hacía algo que yo no sabía ni que existíaaaa, luego supe el nombrecito, un cunningulus. Vamos que se puso a lamer eso que ya os estáis imaginando. Mientras lo hacía me masajeaba con suma suavidad el clítoris y yo, hijas mías, no pude sino abandonarme al placer. Al menos aquello me quitaba el miedo. Me palmearon las nalgas, los pechos y tuve que aguantar un par de grititos, porque en dos ocasiones me hicieron daño. Especialmente cuando se dedicaron a mordisquearme los pezones y meterme dedos en el culo. Yo que nunca había hecho nada de aquellas cochinadas con mi Antonio, estaba asustada, y por qué no decirlo, entregada hijas, que ya puestas, pues "palante".

-Bien, como podéis observar es sumisa, y deja que se haga con ella lo que su amo quiera. Pero está verde, os he citado aquí hoy para que veáis como progresa en su sumisión y cambia, convirtiéndose en lo que debe ser.

-Tienes suerte cabrón, es una sumisa con muy buen cuerpo y tiene actitudes. Ya lo creo que sí.

Era la voz de uno de ellos, claro que yo ignoraba si era el que me lamiera el coño o el que me pellizcase los pechos...¡que dolor sentía todavíaaaa. El otro comenzó a carcajearse y casi me echo a llorar. Me sentí una mierdita hijas.

-Ja ja ja ja sí que tiene buenas tetas sí, y se deja hacer. Mira, yo hace dos años tuve una perrita como ésta, pero estaba convirtiéndose en una molestia me llamaba a todas horas, me pedía cosas, la tuve que despedir de mala manera.

-Eso es porque no sabes educar a una sumisa, te entregas a ella y debe ser al contrario, que ella se entregue a ti. Verás cómo ésta obedece sin rechistar y se transforma en una mujer distinta,, una sumisa obediente y educada.

Y mientras tanto yo, estaba atadita, en pelotas y empezando a pensar que era un experimento público. Creía que se habían olvidado realmente de mí, pero no, que va. Julián se acercó y comenzó a desatarme.

-Vístete y siéntate. Ellos se van ahora. Tenemos que hablar tú y yo.

Sentí, eso sí en todo momento con los ojos vendaditos, que se acercaban a la puerta. Se estaban despidiendo.

-Bueno, pues quedamos en eso entonces, cuando la tengas preparada del todo, nos vuelves a citar y vemos en qué la has convertido.

-No os imagináis cuanto va a cambiar esta sumisa.

Yo escuché aquellas palabras, y las sentí como una sentencia. A ver si me iba a poner unas tetas de esas inmensas que hay que llevar en carretilla y unos labios de esos recauchutaos que se ponen las famosillas para parecer exóticas, ¡Ay madre!, bueno, ellos se marcharon y Julián cerró suavemente la puerta para después venir a dónde yo me encontraba ya vestida y de pie, Porque si intento sentarme a ciegas me doy un castañazo que ya, ya. Él me tomó por ambos hombros y me llevó retrocediendo de espaldas hasta que estuve, al parecer ante una butaca. Me presionó los hombros para que me sentase. Y luego escuché un chasquido extraño, luego sabría que se trataba de la hebilla del cinturón, al ser desabrochado. Sacó su rabo y me presionó los labios, hasta que me tragué toda su longitud. No supe qué estaba haciendo, de verdad os lo digo. Pero él comenzó a menearse hacia atrás y hacia adelante y así follándome la boca se quedó por lo menos unos minutos, que a mí me empezaron a parecer los mejores. Yo que jamás de los jamases, había practicado aquellas..."cosas", comencé a pensar que me había perdido cosillas interesantes de los hombres, por causa de una educación excesivamente limitada. Cuando yo creía que aquello iba a durar más, la sacó, se la metió en los calzoncillos y se abrochó el cinturón.

-Me gusta la actitud que tienes sumisa. Te pondré un nombre nuevo, así me pertenecerás un poco más. A ver...podrías llamarte...sí, ya lo tengo, te llamarás, Dana. Si te portas bien tendrás tus premios y si me disgustas te castigaré con dureza, no lo dudes. Se acercó y yo pensé : " Vaya otra mamadita que quiere el niño, bueno, pues oye pallá que voy", pero no, se limitó a quitarme la venda de los ojos y me pidió que los abriese lentamente para acostumbrarme de nuevo a la luz.

-Has pasado la primera prueba, habrá más y serán cada vez más difíciles. No me gustan las mojigatas ni las respondonas. Exijo puntualidad y solo llamarás a mi teléfono cuando haya una urgencia. –Y diciendo esto, me puso en la mano un teléfono móvil. Era uno de esos que anuncian con tantas cosas, que se necesita ser ingeniero aeroespacial, para entenderlos, pero me hizo una ilusión, oyeeee.-en la agenda de este teléfono solo hay un número, el mío. Te dejaré mensajes cuando crea conveniente. Está en silencio, no cambies la configuración nunca. Ahora te voy a enseñar cómo se usan las aplicaciones que quiero que tengas siempre activadas.

Acercó una silla a mi butaca, y despatarrado, con las piernas una a cada lado del respaldo en plan cowboy, me fue enseñando cómo se usaba el whassapt los sms, y cómo responderlos. A mí aquello se me antojó un delirio, y me estaba entrando un dolor de cabezaaa, pero cualquiera se lo decía. Además me estaba encantando que me enseñara cosillas. Se puso en pie, se acercó al carrito de los licores, que era algo nuevo, y sirvió en sendas copas dos dedos de brandy. Me puso una en las manos y no supe en aquel instante si besarlo, o adorarlo. Me tranquilicé cuando le vi sonreír y es que se le iluminaba la cara ¿eh?, ¡que guapo era el cabronazo!

-Espero que hayas entendido las explicaciones bien.

-Sí, sí, claro, si...-iba a decir que la Mari tenía uno de estos y era una maravilla, pero claro me corté, que presumir, como que no me atrevía.

-Voy a estar de viaje unos días en el extranjero, quiero que hagas algunas cosas, y a mi vuelta veré el resultado.

Puso en mi mano cinco tarjetas de presentación, y me quedé...a cuadritos hijas. ¿Pero qué quería este hombreee, que visitara a estos tíos?

-Vete a verles y ellos se encargarán de todo. Ahora tengo cosas que hacer, ¡vete!

Fue conmigo esta vez hasta la puerta, la abrió, y me dio dos palmaditas en las nalgas. Pegué un saltito y me dirigí a la escalera para descenderla sin detenerme. Una vez en el portal, la curiosidad me empujó a mirar en el buzón. A ver como se llamaba el cabrito hijas. Solo vi dos iniciales. A. G. No si este se iba llamar como mi Antonio, Antonio González, ¡ay no, que se me va el morbo, ¿eh?, o, Alejandro Gómez, no, tampoco le iba. Mira, Avelino no, ¿eh?, que me da un síncope. Bueno, ¿qué más da si ya está esto que arde, como quién dice?, me fui a casita, pero antes llamé a Mario para ver si quedábamos el jueves siguiente, ya que A. G. o sea el Julián, no estaría. Y no quería perder a mis amigas así sin más. Estaba segura de que ansiaban saber los detalles de la sesión con...A.G. y se morirían de no contárselo, ¡menuda cotillas estaban hechas las dos!, menos mal que yo era muy. Muy discreta, claro.

La tarde del lunes se encargó de amargármela mi Antonio, ya imagináis la razón, que si porqué le había dejado empantanado con los críos, que le había dejado en mal lugar ante su madre, que le había dicho que era un calzonazos y que le tenía dominadito...vamos la monserga de siempre y que me la tuve que tragar, mientras yo, asustadísima, pensaba en dejar aquella historia de delirio, y reembarcarme en mi monótona vida de ama de casa. Pero una vibración en el bolsillo de mi delantal, me traicionó. Era mi nuevo móvil, y Antonio, que nunca se fija en nada, ni si me cambio de peinado, ni si me visto diferente, ni ná de ná, pues me miró al bolsillo, donde se había encendido, además de vibrar el móvil del Julián.

-¿Te has comprado un móvil Tere?

-¡Ay, pues sí hijo, sí, que ya iba siendo hora, ¿no crees?, mi amiga Mari tiene uno y se lo pasa de lo lindo, tienen de todo, Wosat o eso, como se llame, y tms, en fin de todito.

-Ya veo, y las facturas las pagaré yo claro está.

Oye guapito de cara, que yo limpio, friego, cuido de ti y de los nenes, y de la casa, creo que algo de ese dinero que ganas me corresponderá, ¿no?

-No si además trabajarás más que yo encima...¡no te digo!, tú no te entusiasmes que luego esos cacharros gastan que se joden. Por cierto ¿quién es el que te ha mandado ese mensajito?

-Pues mira un querido que me he echado, uno así-me puse tontita haciendo poses-morenote, guapo, cariñoso, y que tiene metidita en cintura...

-Sí, ya solo falta que me digas que es Tom Cruise, ja ja ja.

-Pues un día...

-Un día ¿qué?, te echas un amante como los de "Mátame que me enamoro"?

-Mira si se sabe el nombre del culebrón que me gusta y todo...ahora me dirás que lo ves...

-No te desvíes del tema Tere, y dime quién te llama.

-¡Ay hijo!, ¿pues quién va a ser la Mari, que hemos quedado como todos los jueves para tomar algo.

-Pues hoy es domingo.

-Quedamos los domingos para saber si podemos o no, que todo hay que decírtelo nene.

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