"El silencio es muchas veces la voz más ignorada".
-Giorgina N. Díaz.
Era un viernes de otoño, ellos se encontraban detrás de la escuela. A las doce de la noche, un frío les acalambraba el cuerpo. Pero aun así se quedaron ahí, cada quien con una vela en la mano. Solo seis chicos a punto de trazar su destino. Un destino incierto que ninguno pensaba que se volvería la pesadilla entera de su existencia.
Se podía escuchar el sonido de las hojas, y los árboles movidos por el viento; el canto de un grillo y los ladridos de los perros callejeros.
Manuel demostraba una calma perturbadora, ninguno de ellos podía encontrar sosiego, solo él.
-Muéstrenme sus manos -ordenó Lisa, le quitó la navaja de la mano a Manuel-. Pasaré por cada uno de ustedes y ya saben lo que se supone les haré.
Su voz sonaba frágil, pero sus movimientos seguros. Solo ella era consciente de lo que representaba todo aquello, dentro de ella había un manojo de nervios, y confusiones que se rehusaba a mostrar, su mirada también reflejaba inquietud pero se oponía a semejante sentimiento.
-Daré comienzo a la ley del juego. -Inició Lisa.
Se plantó frente a ellos, con su voz titubeante, por el frío de media noche, recitó lo que ese juego estableció.
-Este será el juego que jugaremos durante toda la vida, lo mantendremos para siempre, a prueba de y contra todo. Nos protegeremos, caeremos juntos de ser necesario. No hay marcha atrás luego de que la navaja toque sus manos y la sangre se comience a verter. Sellaremos un pacto que establecerá el inicio de un grupo y fin de lo que somos... un secreto por otro secreto.
No contaremos nada fuera de aquí. La ruleta girará y haremos lo que pida. -En ese momento se le cayó la navaja al suelo y la brisa sopló muy fuerte, se agachó un poco y la volvió a sostener en su mano-. Los secretos se callan y las verdades se omiten. -Todos tenían caras de terror y un gran silencio se apoderó del lugar.
-¡Sus caras son graciosas! -exclamó Mathius entre carcajadas.
Su apariencia de chico listo y fuerte, estaba a punto de cambiar aquella noche. No había creído en el "tonto" discurso de Lisa, y aunque sus compañeros lo colocaban en duda, él estaba seguro de que no eran más que patrañas.
-¡Vamos, chicos! ¿No creerán eso en realidad? Solo es un tonto juego, para "ser mejores amigos por siempre"-Simuló las comillas con sus dedos, acompañado de una voz burlona-. A ver, dame esa navaja-Hizo un gemido de dolor al cortarse la mano y sobre el pequeño circulo de madera vertió su sangre-. ¿Quién sigue?
De inmediato, Tim, Julián y Manuel hicieron lo mismo, todos con la misma rapidez, menos Sebastián, quien aún era el único con la navaja en la mano mirándola fijamente. Todos cortaron su mano, pero el único que dudó de aquel juego fue él, siendo el último en verter su sangre en la ruleta.
(Presente)
Una vez más estoy encerrada en estas cuatro paredes, un lugar deprimente y frío que me hace querer escapar, correr y jamás volver; debo ser paciente, esto es un protocolo, una rutina que debo realizar con eficacia.
‹‹Desgraciados sean todos lo que me hacen regresar a este lugar››. Pienso.
Tocan la puerta y dirijo mi mirada hacia ahí. Una mujer de piel morena, de al menos unos cuarenta años, con cabello recogido, me sonríe y pasa una bandeja con mi desayuno. La coloca en la cama y se retira. Observo la bandeja, hay en ella un par de tostadas, una manzana, y un jugo de caja en el lateral. Meto mis manos en el suéter azul que llevo puesto desde aquel día, camino hacia la ventana, esta enjaulada y apenas permite el paso de la luz natural. Visualizo unos pequeños árboles y personas caminando por el lugar. Pienso en él, de estar aquí no hubiera permitido que me encerraran, o tal vez es lo que quiero creer que él haría por mí.
Me doy vuelta y tomo la manzana de la bandeja. Comer me ayuda a calmarme, debo pensar con cabeza fría. Es mi juego ahora.
Camino de un lado a otro, en la habitación solo está una cama a medio arreglar. Me molesta estar en este lugar, el color blanco de las paredes me incomoda. Me hace sentir enojada y con ganas de huir. Pero de quién huyo, acaso huyo de mí misma, de mis temores y de mis inseguridades. Me desespera esta habitación, tan grande y tan vacía... desgraciadamente esto es similar a una cárcel.
La puerta se abre y observo a un joven que viste de blanco e intenta ser amigable. Pero conozco las apariencias, sé que no es más que hipocresía.
-La doctora Alicia Hale anuncia que es hora de tu cita-avisa sin moverse de la puerta.
Voy caminando y él viene detrás de mí. Hay un silencio sepulcral en el pasillo principal. Pienso que este lugar es bastante espeluznante, y aún no creo que haya tolerado estar aquí. De pronto se escucha un horrible grito proveniente de una de las habitaciones. Doy un grito ahogado, mi corazón se acelera y me detengo. El joven coloca su mano en mi hombro derecho y me hace saber que todo está bien. Le ofrezco una media sonrisa y continúo caminando.
Me adentro en la habitación y la miro fijamente, ya debería sentirme acostumbrada a todo esto. Estas visitas, las preguntas y el sentimiento de culpa que no me pertenece. Ella está frente a mí, con su apariencia de total tranquilidad, que me perturba y me hace sentir algo incómoda. Me hace señas para que tome asiento y así poder comenzar. ‹‹¡Estúpida demanda!›› pienso, mientras me siento en el mismo mueble por segunda vez esta semana.
En el escritorio se encuentra su ordenador, y una adorable foto-grafía de ella junto a una niña. En estos últimos días ha sido amable conmigo, intenta hacerme entender que no es mi enemiga y puedo confiar en ella, pero no entiende que ya no sé confiar en las personas. Su cabello está amarrado con una coleta, es tan perfecto, ningún cabello se encuentra fuera de lugar; a diferencia de mi cabello que está suelto y desordenado. Un reflejo de mi vida, me atrevo a afirmar.
-¿Cómo te siente hoy?
‹‹Enojada, confundida y con ganas de golpear a los imbéciles que me obligaron a estar aquí››. Respondo en mi mente.
-Estoy mucho mejor-contesto acompañando la frase con una sonrisa.
-Eso me alegra, Natalie. -Toma su libreta y un bolígrafo-. Ya falta poco, ¿ansiosa?
Hace la pregunta como si de una fiesta se tratara. No hay emoción en esto, ni lo habrá, es algo aterrador que puede condenar la vida de mu-chas personas, y ella simplemente lo expresa con una total emoción.
-Un poco -respondí esquivando su mirada.
Ella se levanta del asiento de su escritorio. Se coloca los lentes y camina hasta la silla amplia y confortable que se encuentra frente a mí. Yo estudio sus movimientos, así como sé que ella está estudiando los míos. La he analizado desde que llegué aquí por primera vez, sé que lo hace, lo noto en su mirada intimidante y su voz neutral.
-Comencemos repasando lo que veníamos conversando.
‹‹¿Conversando? ¿Acaso dijo conversando? ¡Esto debe ser una broma! A este lugar solo le faltan las esposas y las rejas››.
Le dirijo una expresión aburrida, y decido contar todo desde el inicio. Respiro profundo y comienzo a hablar.
-Todo comenzó hace diez meses...
Capítulo 1
Se había cumplido ocho meses desde que él se fue y aún no sabía por qué no lo he olvidado. Desde su partida no supe nada de él, ni siquiera recibí una carta con su disculpa hasta ese momento.
Caminé en dirección al Locaut, la cafetería que se encuentra en el centro del pueblo. Se aproximaba el invierno, las calles estaban frías. Me coloqué mis guantes y saqué mi reproductor, colocándome después los auriculares. Subí todo el volumen a la música.
Crucé mis brazos por el frío que hacía y cerré mis ojos mientras el viento tocaba mi rostro.
Llegué al Locaut y abrí lentamente la puerta, había muchas personas ahí. Miré cómo el humo salía de sus tazas de café. Respiré profundo y caminé hasta la barra, quitándome los guantes un momento.
Me senté en uno de los bancos, mirando el menú. Un chico se dirigió a atenderme, pero yo solo miraba fijamente el menú.
‹‹¿Por qué quiero venir al Locaut después de tanto tiempo?›› me preguntaba.
El chico esperó unos segundos y me preguntó qué iba a pedir, yo guardé silencio un momento y volvió a preguntar.
-Quiero un chocolate caliente para llevar -ordené sin mirarlo.
Él se movió y escuché cómo el chocolate cayó en el envase. En cuestión de un par de minutos lo trajo, yo agarré el chocolate, le di el dinero y me retiré.
La última vez que fui al Locaut, había sido una semana después de que él se marchase, con la ilusión de que estuviera ahí. Pero no fue así.
Me pareció increíble lo mucho que había cambiado el lugar. Ca-miné hasta la salida examinando todo su nuevo aspecto, pasando mi dedo índice por el borde del envase del chocolate.
Mis padres estaban de viaje, llegarían el siguiente día en la noche, así que no me di prisa por llegar a casa.
Al salir de Locaut miré cómo se estacionaba Lisa Conde junto a sus amigas, ella es la chica con más dinero del pueblo, un estatus que le hace creer que tiene el dominio de todo. La miré de reojo y ella pasó por mi lado dándome en el hombro. Yo respiré profundo y continué caminando mientras caía la noche.
Lisa y yo crecimos juntas; un año atrás habíamos sido inseparables, pero todo eso cambió la última noche del verano.
Si tan solo no hubiera llegado a ese lugar, quedándome a esperar a Lisa, tal vez si me hubiera ido con Sebastián, no sentiría todo esto.
Desde ese momento todas las personas del pueblo me miraron con desprecio. Antes era la niña linda del pueblo, ahora soy una amenaza, una golfa mentirosa e irresponsable. Me puse a pensar que si tal vez todo ese cariño era hipocresía.
‹‹¡Cómo odio aquella noche!››.
Decidí caminar hasta mi casa, estaba colocando la música al máximo, y había pocas luces en la carretera. La luz de un auto me reflejó mientras caminaba. Me detuve y vi que era el auto de Mathius Copelman, el líder del equipo de baloncesto, siempre pensé que no era más que un patán arrogante que aún no controlaba su agresividad, esta vez estaba acompañado de sus amigos, así que seguí caminado.
-¡Nita, Nita! ¿Me harías un masaje en la espalda? -inquirió él con voz burlona y se rieron sus amigos. Caminé con cara de enojo, pero me persiguió con su auto.
-¡Oye! Me dijeron que lo haces muy bien -lo secundó Facundo Larrá, tocándose el cuerpo como si fuese una mujer.
Traté de subir más el volumen.
‹‹¡Quiero que esta mentira acabe!›› espeté en mi cabeza.
Después de unos minutos insoportables, se fueron a alta velocidad.
Me desvié de mi ruta, dejando el camino más cerca de casa, para tomar el más largo. Mientras caminaba miles de recuerdos se agolparon en mi mente, uno detrás de otro, sin darme un respiro.
Me tiré al suelo y arranqué el césped con mis manos para desahogar mi impotencia de ver cómo toda una vida perfecta se destruyó en una noche. Sentí como si todo ese tiempo estuve caminando por senderos de clavos.
No me percaté de que había un vidrio puntiagudo y me hice una cortada en la mano izquierda. No creía que fuese profunda, pero el dolor era casi igual al que sentía cada día en mi corazón desde aquella noche del incendio a mis doce años; la sangre se vertía a lo largo de mi muñeca. Rompí un poco mi camisa y me hice una venda en la mano mientras llegaba a casa. Caminé rápido, pero sin desesperar.
Traté de no llorar y demostrar fuerza, mis pies estaban temblando y el chocolate lo había dejado en aquel lugar en donde me corté. Pero no iba a decaer, me faltaban solo tres cuadras para llegar a casa y con mi mano derecha aguanté la izquierda.
Mientras caminaba eché la mirada hacia uno de los lados y observé cómo unos chicos se drogaban. Por efecto involuntario me detuve, ellos al verme se desesperaron. Yo comencé a correr lo más rápido que pude.
Mi respiración estaba entrecortada, sentí miedo de lo que ellos pudieran hacerme al saber que descubrí su secreto. Descubrir algo de alguien en este pueblo, es un pecado mortal, y más si se trata de los santos ayudantes de las colectas de caridad.
El dolor en la mano se me hizo más fuerte, traté de seguir corriendo, sentí que mis pies no daban más. Sabía que venían detrás de mí, así que no miré hacia ellos. Tratarían de alcanzarme para hacerme callar de algún modo, y sabía que no se quedarían tranquilos si les juraba mi silencio.
Crucé una calle diferente, corrí por un callejón y salí por otra calle. Me detuve a respirar un poco. Volví a correr más rápido.
Logré despistarlos.
Miré hacia atrás, y hacia los lados, ya no había rastro de ellos. Me agaché y traté de respirar normal. Me senté en el suelo con las
rodillas flexionadas, miré al cielo y volví a agachar la mirada. Me levanté poco a poco y caminé hasta la casa, ya solo me faltaban unas cuantas casas.
Mis pasos eran lentos y sin sentido, la pesadez de mi cuerpo la podía sentir con más fuerza, en un instante sentí una fuerte punzada en la cabeza y simplemente cerré los ojos con fuerza, luego quité la presión y dejé que se relajaran.
Llegué a casa, me senté un momento en las escaleras de la entrada, miré mi reloj de pulsera y casi era media noche.
Lograron salir de mis ojos unas lágrimas, me las quité y me levanté con cuidado. Antes de entrar a casa sentí la brisa helada recorrer mi cuerpo, junto al miedo y afán de la noche. La venda que me había hecho estaba llena de sangre. Abrí la puerta, entré a casa y me devolví a cerrarla con seguro. Me quité la chaqueta y la lancé al suelo, caminé hasta el botiquín de primeros auxilios. Con cuidado me quité la venda, me lavé la herida con alcohol y no pude evitar gritar. Inhalé profundo y me puse una venda limpia en la mano.
Guardé el botiquín y me senté en el sofá con las luces apagadas, cerré mis ojos y sin darme cuenta me quedé dormida.
(...)
Escuché un sonido agudo repetirse varias veces. Finalmente me desperté y me dirigí hacia la puerta a ver de quién se trataba, caminaba somnolienta, me frotaba mis ojos y luego me arreglé el cabello. Coloqué mi mano en la manecilla y abrí, pero no vi a nadie, eché la mirada a los lados y la calle estaba vacía, miré hacia abajo y vi una pequeña caja de regalo. La agarré pero al parecer era una broma porque no pesaba nada. Se sentía vacía.
En la caja había una tarjeta con mi nombre, pero no tenía ningún remitente, abrí la caja y encontré un sobre.
Había unas palabras en claves, mi corazón se aceleró. Eran las mismas palabras que Sebastián me decía, volteé el sobre y decía que él lo enviaba.
Abrí con cuidado y había una hoja escrita.
Aún no sabía por qué dudaba tanto para abrirlo. Estaba escrito en letras grandes P.I.A.P.
Sonreí al ver eso.
Me sentí más tranquila. Continué abriendo el sobre, pero luego de leer las primeras líneas estaba muy desconcertada. No era lo que yo creía.
Querida Nita,
Debo contarte la verdad por estas cartas y reproducciones que pronto te llegaran. Debo decirte que fui el villano y no el héroe.
Falta poco para la navidad, y por si no puedo llegar a tiempo, quiero decirte: ¡Feliz navidad!
Sé que sonreíste al ver P.I.A.P al inicio del sobre. Ahora de seguro estás sentada leyendo esto muy extrañada.
‹‹¿Cómo él puede saber lo que estoy haciendo?››. Me conocía más de lo que yo pensaba.
De seguro te preguntarás, ¿Cómo sabe él lo que hago? Te conozco, esa sería la respuesta. Han pasado ocho meses desde que me fui. Fue un gran día, ¿verdad? Lleno de gritos, acción y una triste despedida.
No estoy jugando.
Puedo intuir tus pensamientos. Así como sé que creíste que era una broma cuando agarraste la caja.
No culpes al pobre cartero, le pedí que tuviera discreción.
Me levanté del sofá con la carta en la mano derecha. Miré la mano izquierda y noté que la herida parecía curarse muy bien.
Caminé hacia el refrigerador. Miré a ver qué había de comer. Me agaché y tomé una manzana del estante de abajo. Cerré la puerta del refrigerador con mi pie. Sostuve la manzana con la mano derecha mientras comía. Seguía leyendo la otra parte de la carta.
Te preguntarás qué significa todo esto, y por qué esperé ocho meses.
Al leer ese fragmento de la carta pensé que no eran solo esas dos preguntas las que tenía para él.
Ciertamente porque hoy sería un día oportuno.
Hice varios encargos y te irán llegando poco a poco. No te desesperes ni intentes rastrearme, no funcionará.
Hace mucho tiempo que no escuchas mi voz atormentándote cada mañana, o mi rostro dispuesto hacerte una burla, ha pasado el tiempo y quiero recompensar cada día, por esa razón planee un juego donde tú y yo nos volveremos a encontrar.
‹‹¡Volverá, Sebastián volverá!›› sonreí ante esa posibilidad.
La mala noticia es que no volveré. Lamento decepcionarte, sé cuánto me quieres ver. Sé que suena loco pero solo me verás.
Falta mucho por ver.
Yo te conozco muy bien. Sé que siempre quisiste saber quién era en realidad tu mejor amigo... al fin lo sabrás.
Estaba todavía más extrañada. Yo creía saber todo de él, éramos transparentes el uno con el otro. Al menos él siempre supo todo de mí.
‹‹¿Por qué dice que no le conozco? o ¿por qué querría saber más de él? ¿Qué ocultas?››.
Subí las escaleras para ir a mi habitación. Al reverso de la carta había una nota donde decía:
En la cabaña de PIAP en 20 minutos. ¡Te espero!
Atte.: Sebastián Harrison.
Al fin lo volvería a ver, después de tanto tiempo; P.I.A.P significaba: "Para ir a pasear". Teníamos once años cuando le colocamos ese nombre a una cabaña abandonada en el bosque. Ir allí era como ir a pase-ar, ya que nuestros padres no tenían tiempo para estar con nosotros.
Corrí inmediatamente para el baño, me duché lo más rápido que pude. Después de unos minutos salí del baño toda mojada.
Abrí el armario, saqué un pantalón y una camiseta. Traté de secarme el cabello con una toalla. Agarré mis zapatos deportivos y me
los coloqué muy apurada.
Bajé corriendo las escaleras. Agarré las llaves de la casa y las del auto. Uno de los zapatos se me salió e intenté hacer que entrara rápido. Abrí la puerta, salí y cerré. Caminé hasta el auto con mucha prisa, sin caer en las carreras. Abrí la puerta e introduje la llave para encenderlo. Miré por el retrovisor y eché hacia atrás. Terminé de retroceder y comencé a manejar hacia adelante.
No podía creer que lo iba a ver de nuevo. Le daba golpes al volante de la emoción. Después de todo, la cabaña no quedaba tan lejos de casa.
...
Todo ocurrió en vacaciones de verano cuando Sebastián llegó nuevo al vecindario. Yo tenía once años y estaba sentada en las escaleras con un bate de béisbol y una pelota. Vi cómo el auto de su padre se estacionó. Por lo que vi era un chico tímido, sus padres me saludaron y él no.
Lisa Conde llegó muy apresurada y se sentó junto a mí, quería darme los detalles para su fiesta de cumpleaños número doce. En ese tiempo ella vivía en la casa del frente. Lisa estaba tan emocionada por su fiesta y por el chico nuevo, que quiso hablarle. Esa misma tarde me tomó por el brazo y me arrastró hasta su casa. La excusa era invitarlo a su fiesta para que conociera a todos los chicos del vecindario. Pero en realidad ella quería conocerlo exclusivamente a él.
Yo no tenía ni el más mínimo interés de conocerlo, solo quería ju-gar. Pero igual fui para no dejarla sola.
Ella tocó el timbre con una gran sonrisa. Yo estaba en el bordillo esperándola. Él abrió la puerta y ella enseguida se presentó. Después me jaló y me obligó a presentarme.
Los padres de él preguntaron nuestros nombres y comenzaron hablar con Lisa, yo estaba detrás de ella, pero yo solo pensaba en la pelota.
Yo no quería pasar.
-No seas mal educada con los nuevos vecinos, Nita-dijo Lisa agarrándome del hombro.
Sebastián me sonrió y pidió que pasara.
Los padres de Sebastián le hablaron a Lisa sobre sus trabajos y lo mucho que admiraban el imperio que el señor Conde había forjado.
Yo llevaba puesto un pantalón azul y una camisa blanca, Lisa tenía un vestido. Yo tenía puesta una gorra de los yanquis, ella un lazo rosa en su cabello.
Él se acercó a mí y comentó que también le gustaba ese equipo. Enseguida me agradó. Comenzamos hablar sobre jugadas y a reírnos de muchas cosas.
Lisa nos observaba, ella quería saber de qué hablábamos, pero los padres de Sebastián no la soltaban. Querían que ella escuchara sus discursos aburridos. Ese día cuando nos fuimos, yo sabía que ella estaba molesta porque fue su idea y la interesada en conocerlo. Terminé siendo yo la que habló con él.
...
Traté de estacionarme. Me coloqué un gorro que tenía en el auto y el suéter. Apagué el auto y salí de ahí.
Respiré y comencé a caminar. Llegue a la cabaña de P.I.A.P. Estaba un poco distinta, tenía un letrero que decía: "Para ir a pasear.
Nuestro hogar". Subí los escalones y en la puerta había otro, este indicaba que entrara. Abrí la puerta lentamente. La casa estaba pintada por dentro pero aun así, todo estaba en su lugar. Sonreí al ver todo de nuevo.
-¡Sebastián! -llamé mientras observaba los nuevos cuadros.
Eran fotos a blanco y negro de nosotros, se respiraba un aire distinto. Con la punta de mis dedos tocaba las paredes y las fotografías, sentía un leve cosquilleo en mi estómago.
-¿Estás aquí? ¡Ya llegué! -repetí una y otra vez.
Nadie respondió.
Caminé hasta el centro de la cabaña y había otra nota. "No estoy, pero lo estaré" y al lado había un sobre. Me moví de donde me encontraba parada y lo tomé.
Sabía que vendrías. Mira hacia tu izquierda. Ve hasta allí y agarra la siguiente carta.
Volteé y visualicé un televisor, un DVD con un disco arriba de él.
Caminé hasta allí. La ventana estaba abierta, así que no hacía falta encender las luces. Llevaba en mi mano derecha la carta.
Estaba colocada frente a mí.
Miré hacia los lados.
Me detuve a pensar.
Me encontraba en una cabaña vieja y solitaria en medio de un bos-que, era inevitable sentirme preocupada.
El televisor parecía nuevo, tenía un poco de polvo. Alguien estuvo allí y lo colocó, parecía que había sido unas cuantas semanas atrás. Lo toqué con mi mano izquierda de arriba hacia abajo. Dejé la carta en la mesa que estaba al lado del televisor y agarré la siguiente.
No creas que es una broma. Comienza a caminar hacia tu derecha.
Miré hacia mi derecha. Era un pasillo pequeño, que daba hacia una habitación.
No enciendas las luces. Está claro allí adentro.
Comenzaba a sentir algo de miedo. El pasillo estaba oscuro.
‹‹¿Qué tal si es una broma de alguno de los chicos del colegio? ¿Qué había en realidad ahí adentro?››. Me pregunté.
Silencio...
Eso que sientes ahora. Yo lo sentí muy a menudo. Es feo y perturbador, ¿verdad?