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El secuestro de Laura, un vuelco al corazón.

El secuestro de Laura, un vuelco al corazón.

Autor: : pluma.tinta.alma9
Género: Romance
Laura es una chica de 19 años de edad. Desde pequeña ha sido testigo de violencia doméstica en su hogar, lo cual la ha convertido en una muchacha de carácter fuerte e independiente. Un día es víctima de un secuestro, el cual hace que su vida tome un giro inesperado al involucrarse sentimentalmente con uno de sus secuestradores.

Capítulo 1 Fantasía o Realidad

Era un lugar desierto e inhóspito, rodeado de hermosos árboles y un cielo azul cargado de bellas nubes blancas en toda su extensión, el cual no todos podían ver si se encontraban en una de las "habitaciones" de este recinto. No es un sitio lujoso, ni recomendado por muchos, ya que sus características son bastante tenebrosas.

Las luces parecían parpadear sin llegar a un fin, sus pasillos reflejaban un complejo y oscuro laberinto. Las rejas que rodeaban y delimitaban cada una de las celdas, estaban compuestas por mallas de acero.

-¡Mira, han robado otro banco!

Mis ojos se desviaron hacia la alta chica trigueña que caminaba a mi lado dirigiéndose hacia el patio trasero donde se practicaban algunos deportes. Su cabello ondulado parecía moverse ligeramente con el rápido movimiento de sus pies, y su carácter autosuficiente se reflejaba en su mirada fría y calculadora.

Me escondo por detrás de su intimidante y exagerada espalda ancha. Alcancé a tomar el periódico que ella escondía en uno de los bolsillos de su uniforme, mientras que las gotas de sudor de mi frente comenzaban a pasearse por mi rostro acariciando mis mejillas, deseando no ser descubierta.

Miré la primera página.

-¡Otro atraco de los Hombres de Negro! -decía el título.

Mis ojos se movían rápidamente por las páginas, intentando encontrar lo que tanto había escuchado, y de repente, se detuvieron en una fotografía en la que aparecían dos jóvenes vestidos de negro que sonreían arrogantemente a una cámara.

Acaricio rápidamente mi corta melena negra y al instante devuelvo el rollo de periódico a Sinaloa, sin que se percatarse que lo había tomado por un momento.

–Impresionante, ¿verdad? -le comento a mi compañera de celda.

-Los dos están muy buenos, guapisimos. -me responde Milly con un tono de picardía. -Y además, roban bancos y desaparecen sin dejar rastro alguno.

-Sí, puedo entender totalmente tu entusiasmo. -le respondo. -pero más allá de estar muy guapos los dos y de ser una auténtica delicia, es el plan perfecto q estábamos esperando.

Milly se queda pensando mientras pasa un mechón de cabello por detrás de sus pequeñas orejas y me responde:

-Son los dos delincuentes más buscados de toda Colombia, pero ¿acaso crees q exista la posibilidad de conocerles y llevar a cabo nuestro plan?

Mis oídos comienzan a estremecerse por el estridente sonido de mi alarma, el cual hizo que me despertara de un salto y apagara el reloj sin dudarlo. Mientras restriego mis ojos aun cansados, comento en alta voz:

-¿Esto ha sido un sueño o tan sólo producto de mi imaginación? Bueno, que más da, al final los sueños son solo eso y no sé para qué me preocupo, si jamás se me ha cumplido uno y no creo q éste sea la excepción.

Me dispongo a salir de mi calentita y confortable manta lila, mientras que mi cuerpo comienza a helarse y mi mente a arrepentirse de salir de la cama.

Noviembre era el mes de las mañanas frías, las nubes cubrían el cielo sin dejarle protagonismo al sol ni por tan solo un momento. Era el mes perfecto para derrochar tu estilo con abrigos de piel falsa, pantys gruesas, guantes, bufandas, medias típicas de colores y por último unas botas negras que se robaran el show.

Eso fue lo que escogí cuando me acerqué a mi armario en busca de ropa. Aún con los párpados cansados y el enorme deseo de tumbarme en mi cama y cerrar los ojos, caminé hacia el baño y me metí en la ducha. El agua caliente y placentera, hizo que perdiese más tiempo de lo planeado.

Una vez vestida y arreglada, salí del baño y me dirigí hacia la cocina donde se encontraban mis padres discutiendo, siempre que estaban juntos era la misma historia. Esto ya no era una sorpresa para mí, pues ya me había acostumbrado a sus gritos y peleas.

-Buenos días. -los saludé.

–Buenos días. -me respondieron secamente y al unísono. Entre tanto trataban de ocultar que no pasaba nada, al cuchichear a mis espaldas, mientras abría el refri para servirme un vaso de leche con cereal.

Desayuné y me dirigí hacia la parada donde me esperaría mi amiga Milly para tomar el autobús.

Molesta, al ver que se me hacía tarde, pulsé el botón del semáforo y esperé ansiosa al hombrecito verde. Sólo quería ir a casa y a la cama después de un día interminable de escuela.

-¿Tienes planes para esta noche?. -Me pregunta Milly después de concluir el horario escolar.

Sacudí la cabeza arreglándome el gorro que cubría mis hermosas orejas del frío. El clima parecía estar en sintonía con mis emociones y sentimientos.

-¿Qué te parece si vamos a bailar esta noche a la disco? -me preguntó.

-Sabes muy bien que odio sentir tantas personas a mi alrededor.

-Vamos Laura, ¡Solo por esta vez! -suplicó Milly haciéndose lo más pequeña posible con una talla ochenta.

-¡No! -le respondí, antes de que Milly pudiera decir nada. El semáforo se puso en verde y la multitud empezó a moverse.

-¡Eres mala! -afirmó avanzando a mi lado con los hombros caídos.

-Otro día vamos juntas.-lo prometí por enésima vez, pero sabía que no sería suficiente para ella.

-¿Me estás diciendo que no quieres ir? -hizo un pequeño gesto con sus ojos azules y su mirada de niña malcriada.

-¡No quiero!, ¿de acuerdo? -Aceleré mis pasos y traté de desengancharme de sus brazos acogedores.

-¡Espera un momento!

Oí el ruido de sus pequeñas botas leopardo y gemí cuando me alcanzó. Simplemente tenía unas piernas mucho más pequeñas, pero a la vez más ágiles que las mías.

-Milly, ¿podemos dejar la discusión por hoy, porqué no vas con Anddy? -Me volví hacia ella con rabia y miré sus mejillas enrojecidas a causa del invierno.

-De acuerdo, pero la próxima vez vendrás conmigo. -Asentí con la cabeza y nos pusimos en marcha de nuevo. El resto del camino lo hicimos en silencio.

Miré los jardines por los que pasamos y vi que a la mayoría de las plantas estaban tiesas esperando que el invierno pasara a la historia y regresará el verano.

-¡Adiós, Milly! -le di un rápido abrazo y me metí en nuestro pequeño jardín delantero. Mis ojos recorrieron la zona y busqué el coche de mi padre, pero no se veía por ninguna parte. Respiré aliviada y saqué del bolsillo la llave de la casa, la cual contenía las iniciales de los apellidos de mi padre. Con calma, abrí la puerta principal y entré en mi infierno personal. Escuché y recé para estar sola.

Tan silenciosamente como me fue posible, cerré la puerta principal y disipé el desastre que se encontraba en el salón, parecido a cuando pasa un tornado, me quité las botas y las coloqué con los otros zapatos que habían sido arrojados sin piedad a un rincón.

En plantillas de media, me dirigí a la cocina y el suelo de madera me pareció agradablemente fresco en contraste con las temperaturas del exterior. En la meseta de la cocina encontré el portafolios de mi padre, al parecer lo había dejado, al tomarlo en mis manos para devolverlo al escritorio, cayeron al suelo algunas hojas blancas con la escritura impresa y entre ellas una foto familiar.

Al recogerlas se despierta en mí la curiosidad y observé detalladamente aquella foto, en la cual se encontraba mi padre con otra mujer y dos adolescentes. Quedé completamente anonadada mientras trataba de asimilar lo que mis ojos contemplaban.

De repente, escucho la puerta, y, automáticamente, cerré los ojos y respiré profundamente. Apagué el miedo que surgió en mi interior y el instinto de huir.

Unos pesados pasos resonaron en la casa y pude imaginarlo claramente caminando con sus pisadas firmes y su mirada dominante. El sonido de sus zapatos se acercaban más y más y al mismo tiempo, mis sentimientos se alejaban también cada vez más hasta que, finalmente, ya no existían en absoluto, sino que se apagaban.

-¿Qué estás haciendo aquí? -miré la cara de cerdo de mi padre.

Llevaba un traje y su exterior no dejaba entrever al sucio bastardo que se escondía tras esa máscara. Ahora iba a ordenar y a interrogarme para saber porque me encontraba en casa. Sobriamente, sintiendo el frío absoluto en mi interior, le dije:

-¿Qué clase de hombre eres?, sé que mamá y yo no te importamos y que por años hemos aguantado tu machismo, soberbia y golpes sin motivo alguno. Pero esta vez no lo soportaré más.

Él, calmadamente, me pregunta: -Laura, ¿qué sucede? jamás te has dirigido así hacia mí.

Le muestro la foto que había descubierto anteriormente mientras que su rostro empieza a sonrojarse y las venas de su cuello a alterarse. Cuando su voz amenazante se alzó, supe que mis intentos de explicación serían un fracaso total.

-Sí, hace muchos años tengo otra mujer e hijos, ya que tu madre sólo sirve para hacer las labores de la casa. -Ahora gritaba y en su expresión, no se reconocía al padre cariñoso que siempre alardeaba ser delante de todos.

Mirándolo con rabia y odio, le grité: -¡Cómo te atreves a hablar así de mi madre! -sin pensarlo, mi mano se mueve sola hacia su mejilla y se escucha aquella cachetada con ira que se desprendió de mí. Él me respondió de igual manera, levantó su mano y me dió una bofetada en la cara, la cual hizo que cayera de rodillas en el suelo.

Sentí que mis pómulos empezaron a arder, pero lo ignoré y apreté los labios y me dispuse a salir de casa.

Me sentía tan impotente de no haberle dicho todo lo que se merecía ese poco hombre, pero a la vez me sentía orgullosa de haberle enfrentado.

Apenas cerré la pesada puerta, llegó el dolor y me agarré con cuidado la mejilla. Sabía que la tendría de un color rojo vibrante por mi piel paliducha, así que, dejé que mi pelo castaño cayera sobre mi mejilla y me di un par de golpecitos en la otra para que no se notara tanto. Entonces me retiré de mi infierno, al caminar sin rumbo ni dirección bajo las frías calles de Italia.

Capítulo 2 Un encuentro inesperado

Ya habían transcurrido algunos minutos cuando entré en un centro comercial y me sentí segura. Aquí no había nadie que pudiera amenazarme, habían demasiados testigos. Me paseé lenta y tranquilamente entre las estanterías e intenté olvidar a mi padre.

Una y otra vez dejé que mi pelo cayera sobre mi cara para que nadie viera ni notara mis sentimientos, así como el golpe que minutos antes mi padre me había dado. Sabía que el ambiente de casa, hoy, no sería el más acogedor, y, aunque estaba acostumbrada a los escándalos, sabía que esta vez todo se saldría de control, algo en mí, lo gritaba, sin embargo, como última esperanza, pensé que podría cambiar, pero no fue así.

Me entretuve mirando algunos comerciales de videojuegos, que pronto estarían disponibles. No es que me llamen mucho la atención, pero era una buena forma de distraerme. Cuando me di la vuelta, vi a una niña de pie, buscando entre la gente que la ignoraba, parecía estar completamente perdida. Las lágrimas corrían por sus pequeños cachetes rosados y pude ver en sus labios que murmuraba palabras. Me abrí paso entre la multitud y con cuidado, me puse en cuclillas frente a ella y la miré.

-Hola. -dije, sonriéndole a través de mi pelo, que aún me servía mucho de protección. Sus ojos se abrieron de par en par y se congeló.

-Hola. - sollozó enjugando una lágrima.

-¿Puedo ayudarte? -le pregunté extrañada.

-Estoy buscando a mamá. -dijo y de nuevo las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Me dio mucha pena, me recordaba a mí misma hace algún tiempo atrás, sentada en mi habitación, llorando sin consuelo, al intentar proteger a mi madre de los abusos de mi padre. Rápidamente reprimí el recuerdo y el dolor que surgió dentro de mí.

-¿Te ayudo a buscarla? -le pregunto con media sonrisa. Ella asintió con la cabeza y empezó a masticar su camisa, tenía rizos rubios y llevaba ropa rosa, lo que me recordaba a una pequeña princesa.

De repente, oí un fuerte golpe y mi cabeza dio vueltas, buscando el origen del ruido. Fue entonces cuando la vi, las fotos de aquellos dos hombres que habían aparecido en mi sueño, se encontraban en el periódico como los más buscados. Miré fijamente aquella fotografía tratando de comprender lo que estaba sucediendo, pero ya era demasiado tarde, pues se encontraban en aquel centro comercial.

El hombre del pelo rubio tenía la mano levantada hacia el techo y observaba los alrededores, en su mano llevaba una pistola, mientras que el otro tenía un saco en la espalda y también miraba a su alrededor.

-¡No hagas ruido y tírate al suelo! -le dije mirando fijamente a la pequeñita, que me vio de forma incrédula.

-¡Al suelo he dicho! -escuché a una voz con rabia gritando y al verle me miró fijamente, entonces supe que las palabras iban dirigidas a mí, porque el resto de la gente ya estaba en el suelo.

Muy despacio me tumbé en el piso y tiré de la niña hacia mí, la rodeé con mis brazos y sentí como sus lágrimas mojaban el interior de ellos, no era para menos, sus padres habían desaparecido y ahora estos locos pegando gritos y amedrentando a la gente.

-¡Tranquila, todo va a salir bien!, solo son personas raras jugando a que son malvadas. No te pasará nada. -le hablé suavemente y acaricié con delicadeza sus maravillosos rizos de ángel.

-Mierda de cuento, ¿no te dije que te callaras? -Levanté la vista y me le quedé mirando a un crucifijo que llevaba en el cuello, me recordó a uno que solía llevar mi abuelita cuando estaba viva.

Luego vi sus ojos, eran los más fríos que jamás había visto. Apreté los labios y le devolví la mirada con rabia. No sentí más que ira e impotencia, seguía reprimiendo el resto de mis sentimientos por mi padre y por lo que me esperaría al llegar a casa.

-¿No estás escuchando?, ¡un metro entre todos! -Me gritó y le habría abofeteado si no tuviera una pistola. ¿Cómo puede una persona tener tan poca compasión por una niña y asustarla tanto?

–¡Olvídalo! -le dije a la chiquitina en el oído, mientras la acerqué a mi pecho y la sentí temblar.

De repente me agarró del pelo y yo ignoré el dolor mientras me levantaba por él. Mi padre siempre le hacía eso a mi madre, hoy estaba experimentado la triste realidad que vivió y ha vivido mi mamá todo este tiempo.

-Escucha, pequeña, suelta a esa chica ahora mismo. -se dirigió a la niña y sentí su aliento caliente en mi piel.

-¡Nunca! -respondió la inocente criatura. Fue entonces cuando sentí el cañón de la pistola en mi cabeza y vi la ira en sus ojos. Nos miramos fijamente y lo único que quería era que apretara el gatillo. No habría tenido que volver al infierno, y este sucio tipo habría ido a la cárcel por asesinato.

-¡Déjala! -intervino una voz suave pero firme, que me sacó de mis pensamientos sobre la muerte y lo vi poner una mano en el hombro del rubio. -¡Te lo estás buscando! -lo intimidó un poco, pero no fue suficiente como para seguir mirándome con sus fríos ojos marrones.

Entonces le escupí a la cara y vi que se enfadaba aún más, era bueno ver que su ira iba en aumento. Tal vez me dispare después de todo, pensé y le devolví la mirada con rabia. Empujó mi cabeza con toda su fuerza hacia el suelo y sólo conseguí agarrarme con las manos. Lentamente levanté la cabeza y miré, él seguía viéndome con rabia.

-¡Vamos, tenemos que irnos! - sin dejar de mirarme, a pesar de que su cómplice le hablaba, el rubio dijo:

-Nos dejarán salir sin más, necesitamos un rehén. -le oí responder en voz baja. Inmediatamente, la mirada del cómplice se trasladó hacia mí y ahora ambos me miraron fijamente.

«¡Por favor, mátenme!» pensé, sólo quería morir.

-¡Levántate! -me dijo el rubio, apuntándome con su arma.

Me quedé inmóvil, sin quitarle los ojos de encima.

-¡Oye tú! -me dijo sonriendo amablemente. -¡y ella también!- apuntó con su arma a la niña de pelo rizado que ahora empezaba a llorar de nuevo. Sabía perfectamente que me lanzaría a proteger a la chica. Así que me levanté lentamente, pero no le quité los ojos de encima ni un solo segundo.

-¡Sucio cerdo! -dije y vi que su expresión cambiaba de enfadada a divertida.

-Gracias, eres bienvenida cuando quieras. -dijo y me agarró con fuerza en el hombro donde tenía el gran moretón, que había causado mi padre al estrellarme contra el suelo, pero no quería mostrar ninguna debilidad frente a este asqueroso e ignoré el dolor. En cambio, le miré fríamente.

-¡No te enfades tanto! -me comentó en un oído, entonces alguien puso una venda en mis ojos.

No hice ningún movimiento, aunque mis pensamientos seguían en aquella pobre niña, intentando encontrar a su madre, la cual sin motivo alguno terminó envuelta en una cruda realidad de adultos. Recé para que su tierna mirada no hubiera sido tapada a la par de la mía. Ahora tenía miedo, pero la preocupación hacia aquel angelito había inundado mi corazón. Mi sueño siempre había sido tener una hermana pequeña, con la cual crecer y crear mundos de fantasías.

El odio hacia mi padre corría por mis venas, al igual que hacia el rubio ese de la mirada penetrante.

Capítulo 3 Miradas cruzadas

Sentí que alguien ponía su brazo alrededor de mi garganta y presionaba el cañón de una pistola contra mi cabeza, quería gritar, llorar y correr lejos de allí, pero no hice nada de eso, porque cualquier reacción habría sido un signo de debilidad y sabía que eso sólo haría que las cosas empeoraran.

-Sígueme la corriente, pequeña perra. -me susurró cerca del oído y olí un rastro de café en su aliento. Su brazo me rodeó la garganta y al instante clavé mis uñas en él, esperando que le hiciera daño, pero no mostró ni la más mínima reacción.

Entonces empezó a caminar y me arrastró bajo las suelas de mis zapatos. Sentí que primero caminábamos por todo el supermercado y que luego pisábamos el puro asfalto de la calle.

En el momento en que pisamos la calzada, sucedieron muchas cosas a la vez. En primer lugar, volvió a aparecer el frío interminable de aquel otoño, entonces oí voces que me recordaban mucho a una multitud. Y finalmente, se escuchó la voz de un megáfono. No sabía lo que decía, porque aquel chico me apretaba tanto la garganta que temía ahogarme. Sentí que se tensaba y se detenía.

El clima se hacía cada vez más insoportable, mi cuerpo comenzaba a estremecerse de los pies a la cabeza, sin llegar a tener un fin. De repente, el idiota me empujó a algún sitio, algo metálico me rozó la espalda y sentí que empezaba a arder. Al golpearme la cabeza, comenzaron a brotar de mis ojos dos lágrimas pesadas, las cuales caían luego como una fuerte cascada, que no tenían para cuando acabar. Entonces sentí los asientos de microfibra debajo de mí.

«¡Por fin, algo calentito!» pensé y sostuve aquel pensamiento de satisfacción por unos minutos. Sospeché que había un coche y tanteé el terreno para avanzar. No quería ver aquella mirada dominante y calculadora, detrás esos dos fríos ojos marrones. No quería a ese asqueroso a mi lado, sólo quería alejarme.

Podría habérmelas arreglado para salir directamente al otro lado del coche, pero cuando recordé que mi único lugar de refugio era mi casa, donde se encontraba aquel canalla, que por desdicha tenía por padre, me detuve y esperé un momento demasiado largo. Unas enormes manos me agarraron con fuerza por la muñeca y tiraron de mí hacia ellas.

-¡Ni se te ocurra! -se dirigió hacia mí y me empujó a los asientos confortables. Sentí que la frialdad se metía y penetraba por cada uno de mis huesos, pero a pesar de estar sentada sobre algo cálido, la sensación de baja temperatura era tal que, de seguro, la nieve llegaría más pronto de lo pronosticado, lo que provocaba un dolor más intenso en cada una de mis heridas.

Oí que alguien arrancaba un motor y cerraba las puertas. Ahí estaba, mi medio de escape, y no sabría decir hasta dónde se podría llamar un escape. Entonces sentí que me rodearon con un brazo y me apretaron tan fuerte, que mis vías respiratorias parecían cerrarse y comenzaba a faltarme el aire.

Me dieron muchas ganas de azotar al tipo y empujarlo, pero sabía que era más fuerte que yo, así que me quedé quieta. El coche aceleró y me apretó aún más entre sus brazos. Entonces escuché las sirenas y las bocinas.

Me alegré de no haber visto nada, porque si no, me habría asustado, de eso no me cabe la menor duda. El conductor debía saber conducir muy bien y no parecía especialmente considerado, y mucho menos respetar las normas del tránsito.

Al menos, eso es lo que me pareció cuando escuché los gritos de enfado y los bocinazos de otros conductores en la carretera. Intenté respirar con calma y fijar mis pensamientos en algo que no fuera el tipo que estaba a mi lado, cuando de repente, el coche hizo un giro brusco y salí disparada dolorosamente hacia el rubio.

Me dolía muchísimo el hombro y los demás moretones del cuerpo. Entonces, la puerta de uno de los laterales se abrió de un tirón y aunque volví a sentir esa sensación de temblor en mi cuerpo, la suave brisa que entraba me provoca un sentimiento de libertad. Pensé que la policía lo había conseguido y me di cuenta de lo triste que me estaba poniendo. Todavía estaba viva, pero de nuevo unas manos ásperas me agarraron y me arrastraron fuera del coche.

Tropecé y casi me caí, pero alguien me sostuvo. Me quitó la venda y para mi sorpresa unos ojos suaves y cálidos me miraron fijamente, esa calidez en su rostro jamás la había visto en ningún otro ser humano, mi ritmo cardíaco se aceleraba sin darme cuenta, mientras él ponía una mano en mi boca para que no gritara. Pero no habría gritado, porque era un signo de debilidad. Al menos esa era mi opinión.

Me pasó un brazo por la cintura y me condujo a través de un enorme aparcamiento, hacia un jeep. El chico alto de frondosa melena pelirroja natural, había abierto el maletero del coche y estaba rebuscando unas cuantas cosas que no pude distinguir. «¿Me iban a encerrar en el maletero?» me pregunté, sintiendo la opresiva sensación de miedo que me subía al estómago.

El hormigón raspaba bajo mis suelas y el olor cutre de la orina llegaba fuertemente a mi nariz. Cómo odiaba los aparcamientos. Pensé que me dejarían ir, o al menos me dejarían hablar. En cambio, me taparon la boca con cinta adhesiva y me pusieron una larga peluca negra. Empecé a retorcerme y a agitarme cuando el chico, de repente, me colgó de su hombro como si fuera un saco de plumas y rodeó el coche hasta la puerta. Golpeé sus duros músculos de la espalda con mis puños, deseando que le doliera al menos un poco. Lo que por supuesto no fue el caso, porque sus músculos eran tan duros como el acero.

Me dejó caer como un saco de arroz en los asientos traseros y se subió también. El rubio le lanzó una peluca y se la puso rápidamente. Mientras tanto, me había sentado y llegado al otro lado del coche.

Impotente, enfadada, preocupada, pero a la vez en mi interior me encontraba segura de que no me sucedería nada malo.

-Cerradura para niños, cariño. -Le oí decir cerca de mí, poniendo más énfasis en lo de cariño. Inmediatamente me giré y miré su descarada cara sonriente mientras se ponía unas gafas de sol.

La puerta del coche se cerró de golpe y el motor se puso en marcha. Sentí sus brazos alrededor de mí y me atrajo hacia él como si fuéramos una pareja. Intenté resistirme de nuevo, pero luego me percaté que solo gastaba mis fuerzas en vano, lo que provocó que su agarre se hiciera más fuerte.

Me empujó al asiento y me bloqueó la vista de la carretera.

-Sígueme el juego y no te pasará nada. -Luego apretó sus labios contra la cinta y fingió besarme. Así que claramente estábamos jugando a ser una pareja. Me retorcí en sus brazos y le arañé, lo que le dejó completamente indiferente.

Me apretó más y sentí el calor que irradiaba su cuerpo. Quería que jugáramos un par de veces. Mis manos se deslizaron hacia su pelo y tiré de él esperando que me soltara. En cambio, él hizo lo mismo conmigo y a partir de entonces, solo era cuestión de ver quién duraba más.

No sé cuánto duró nuestra pelea, pero en cualquier caso, el atardecer ya estaba a la vista y nos detuvimos en una pequeña tienda de la autopista desierta. En cuanto se apagó el motor, se separó de mí y se pasó las manos por el pelo.

-¡Ay, loca! -dijo y cerró un ojo. Con todas mis fuerzas le di una patada en la pierna, que le hizo llorar.

-¡Maldita sea, Jim, ayúdame!

El rubio intentó proteger a su amigo abalanzándose sobre mí, pero ahora no le importaba las reglas del juego, arañaba, golpeaba y pateaba cada centímetro que podía alcanzar. Mi ira alimentó mis acciones como las brasas alimentan el fuego. El miedo ya no existía, solo la rabia.

Fue entonces cuando la puerta del otro auto se abrió de golpe y me sacaron del coche. Pero no fue tan brutal, alguien se estaba asegurando de que no me hicieran daño, lo que me sorprendió, pero no detuvo mi rabia. Sentí que el agarre de esa persona se aflojaba y supe que podía huir en cualquier momento. Con todas mis fuerzas giré una vez y las manos se aflojaron. Entonces salí corriendo. El aparcamiento estaba desierto y la frialdad de noviembre se hacía más que palpable.

Oí los pasos rápidos detrás de mí y cambié de dirección. En lugar de correr hacia la autopista, corrí hacia un campo, con la esperanza de que me diera refugio. Por los paisajes que podía observar a simple vista, me parecía estar en Sierra Nevada de Santa Mónica.

Ya casi estaba llegando a donde quería cuando el peso de alguien me presionó y me desplomé. La tierra quedó atrapada en mi pelo y en mi ropa. Quería empezar a arremeter contra él, pero mis manos estaban presionadas contra el suelo.

-¡Quédate aquí! -oí una voz enfadada. -Mierda, esta chica es rápida.

-Una premonición me decía que el de pelo castaño no había venido a por mí y que habría escapado si el rubio no hubiera estado allí.

-Trae el cloroformo. -Mis músculos se contrajeron ante esa petición y, sobresaltada, miré al suelo.

-¡Yul, casi se nos escapa! ¿Acaso crees que merezca la pena que siga formando parte de nuestro plan?

El chico de la frondosa cabellera se queda en silencio por unos segundos, y luego le responde:

-No creo que matarla ahora sea la solución a nuestros problemas. Mejor sigamos con nuestros planes. -Le hace una seña con las manos, y le dice: -Espera, ahora vuelvo.

De nuevo oí pasos rápidos, pero esta vez se alejaron. La peluca se me había resbalado y estaba intentando quitarme la cinta de la boca de alguna manera. Me hicieron girar y vi que el rubio ya no llevaba peluca. Sus ojos me miraron con rabia mientras me empujaba de nuevo con su peso, presionando mis manos contra el suelo.

-Mantén la calma, ¿entiendes? No te haré daño, mientras no hagas nada estúpido. -Sus ojos se tornaron fríos e inexpresivos, provocando un escalofrío en mi columna vertebral. Sentí miedo y aterrada quise defenderme, pero no pude cuando vi que el chico, de sonrisa cautivadora y actitud interesante, volvía, llevando una bufanda.

Al mirarle, sentí que estaba envuelta en una loca e intrigante pesadilla. Mis ojos se abrieron de par en par y las lágrimas se acumulaban en ellos. Pero no me tenía permitido llorar, no lloraría, solo provocaría lástima y sería algo que nunca me perdonaría. Percibí que me quitaba con cuidado la cinta adhesiva de la boca, pero no me dio tiempo a recuperar el aliento y gritar. Sus manos eran suaves y confortables, las cuales presionaron el paño con el cloroformo sobre mi boca y mi nariz. Intenté resistirme pero lo único que logré, fue que mi cabeza quedara justo en sus piernas y mi mirada se perdiera en la suya.

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