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El susurro de tu voz

El susurro de tu voz

Autor: : Anabella Brianes
Género: Romance
Marcos descubre que su esposa lo engaña. Sabrina, bajista de jazz, se entera de que su prometido comparte esa misma infidelidad. El dolor los acerca... y la atracción los consume. Lo que debería alejarlos los arrastra a encuentros cada vez más intensos, donde la culpa se mezcla con el hambre del cuerpo. Él es maduro, seguro, un hombre acostumbrado a tener el control. Ella es joven, apasionada, y se enciende con cada roce, con cada mirada. Entre caricias prohibidas, noches donde la piel se vuelve la única verdad, y besos que saben a rendición, descubrirán que el deseo no entiende de límites. Que del derrumbe de una mentira puede nacer una pasión que los desnude por dentro y por fuera. Y, sin buscarlo, sentirán que esa atracción desbordada tiene raíces más profundas, como si ya se hubieran encontrado en otra vida, como si estuvieran destinados a repetirse.

Capítulo 1 Uno

Todavía me acuerdo de la primera vez que vi a Vera. Estaba con un grupo de amigas al otro lado del salón. Hermosa, sensual, con un magnetismo que me partió la cabeza.

Me acerqué porque los muchachos insistieron, me empujaron delante de ella. Mañana cumplimos quince años de casados. Después de mi carrera, fue la mejor decisión que tomé.

No tuvimos hijos. Siempre había otra cosa primero: la casa nueva, el coche, los viajes. A Vera le fascina viajar. Queríamos ser de esas parejas que llenan la vida con trabajo, fiestas y sexo. Hablábamos poco, cogíamos mucho. Y funcionó.

Sigue estando igual de jodidamente hermosa. Erótica. Tiene ese veneno que me desarma. Se me para cuando la veo salir del baño envuelta en una toalla, el pelo chorreando sobre los hombros, cuando camina en ropa interior eligiendo qué ponerse. Ya no somos pendejos, estamos por los cuarenta, pero verla todavía me enciende igual.

Aunque lo noto: el deseo ya no es el mismo para ella. No cogemos como antes. No con la misma frecuencia ni con las mismas ganas. Se acabaron esas noches frente al televisor en las que se arrodillaba entre mis piernas y me la mamaba hasta dejarme sin aire. Ahora tenemos más trabajo que sexo.

Esta mañana casi no crucé palabra con ella. Apenas un saludo rápido antes de que saliera para el consultorio odontológico. Yo tenía reunión con el senador para planear la campaña. Agendas, encuestas, discursos. Ese es mi mundo: asesorar políticos, diseñar estrategias, hablar con la prensa. Y, cuando toca, tapar la mierda que no debe salir a la luz.

Trabajo con tipos que se pasan la vida hablando de valores, de familia, de moral. Y yo soy el que les arma el discurso mientras ellos se meten en la cama de cualquiera que les sonría.

Martínez, por ejemplo. Diputado, católico ferviente en público. Hace un mes me llamó a medianoche, desesperado porque lo habían fotografiado entrando a un hotel con una pendeja que podría ser su hija. Me pidió que lo salvara. Y lo hice. Le borré el problema con un par de llamadas.

O César, el jefe de campaña del senador. Otro dinosaurio de la política que cree que todo se resuelve con una sonrisa y un sobre de billetes. En un almuerzo me contó, con lujo de detalles, cómo se coge a la asistente del partido en el baño del comité. Me miraba como si esperara que lo aplaudiera.

Pero no lo aplaudí, me importan una mierda las ínfulas de macho reproductor. No necesito esconder amantes, ni buscarme un culo nuevo cada semana. Me basta con Vera, aunque a veces sienta que se aleja.

Debe ser eso de que el tiempo desgasta todo. De que ya no hay nada nuevo por descubrir. Cuando se asientan las cosas, se empiezan a pudrir. Y ya no sabes si sigue siendo amor o costumbre.

Igual me dolió. Igual me enfureció, igual me sentí un idiota. Me las mostró Lucas, el eterno seductor. Ese también se la pasaba de cama en cama, de mujer en mujer. Mi "amigo" de la infancia, de esos que ves una vez cada cinco años en una reunión, pero te siguen abrazando como si comieras con ellos todos los viernes.

Las fotografías enviadas en un mensaje de WhatsApp:

«Hermano, ¿esa es tu mujer?» Hijo de puta, como si no lo supiera. Eran de ella, en la recepción de un hotel, con un tipo. Uno más joven. Se reía en una, en la otra él le decía algo en el oído y en la última le tocaba el culo.

«Vine con mi novia. Esa es Vera. Le tiré unos billetes al recepcionista y me dijo que vienen todos los martes y viernes.»

Estaba en medio de una reunión mirando cómo mi mujer, cómo mi esposa, se metía en un hotel con otro hombre. Y ahí entendí todo: por qué no cogíamos como antes, por qué los martes salía antes del consultorio: para ir a yoga, según ella. Y los viernes le quedaban cómodos porque eran los días sagrados del senador para armar las estrategias de la semana.

-Marcos, ¿tenemos que agregar algo más? -me preguntó César y me sacó de vuelta a la realidad.

-No, ya está.

-¿Todo bien?

-Sí, todo bien. Tengo otra reunión en veinte minutos, ¿ya terminamos?

Quería irme a la mierda. Meterme en alguna oficina, romper algo, sacarme la humillación del cuerpo. En vez de eso, me quedé sentado acordándome de la primera vez que cogimos.

Teníamos 25 años, miles de planes y ganas. Ella me contaba que estaba a punto de egresar de la facultad de odontología y yo no podía dejar de mirarla. Tomando un café en una esquina cualquiera del centro.

-No me escuchas, Marcos -me dijo sonriendo, porque sabía lo que a mí me pasaba por dentro.

-Sí te escucho -respondí-. Pero lo hago y te imagino desnuda.

Lo confesé sin pensarlo, ya no daba más. Un mes de salidas, de besitos en la boca, de manoseadas en la puerta de su casa. Porque en ese momento creía que era la mujer de mi vida, que íbamos a casarnos, a llegar a viejos juntos, y no quería cagarla. Así que esperé.

En el hotel me latía todo el cuerpo, me quemaba de anticipación. Esos besos abiertos y ensalivados, mi miembro frotándose en su pierna, los sonidos bajos que hacía. Y la sensación de que estábamos empezando algo que iba a durar para siempre. Me puso como loco.

-Te quiero coger -murmuré mientras le besaba el cuello.

Vera ya tenía la camisa abierta, con un seno al aire y la falda hasta la cintura. Cuando la escuché gemir se me mezcló la desesperación con la calentura. No era así, yo pensaba, calculaba, no me dejaba llevar. Pero ella me cambió la cabeza. Creo que se dio cuenta de que me estaba matando, lo próximo que sentí fueron sus dedos metiéndose en mi ropa interior. El cerebro me quedó en blanco.

Me la puso más dura con sus caricias, me derritió. Era casi infernal, demente.

Me aguanté poco y nada y me puse de rodillas para bajarle las bragas.

-¿Qué haces? -me preguntó muriéndose de vergüenza. Me miraba con los ojos fijos.

-Es rosadita, es hermosa, Vera. Como tú.

La lamí despacio, después como si fuera un helado. Se mordía la boca, tuvo que sostenerse de mi cabeza porque el cuerpo le convulsionaba. Era deliciosa. Una tortura, un combustible que iba directo a mi miembro para hacérmelo explotar en pedazos.

Lo hicimos sobre la mesa, ni siquiera llegamos a la cama. Ella sentada y yo entre sus piernas. La miraba y era hermosa, me besaba con ganas, como si me quisiera de toda la vida.

No me acordaba de cuántas veces me la cogí esa noche, no podía parar. Vera se movía o se acomodaba en la cama y ya estaba listo de nuevo. Se entregó con todo lo que tenía y todo lo que era.

Y yo le di lo mismo, durante 15 años.

Vivía de sacar conejos de una galera, de solucionar problemas, de idear estrategias y ahora tenía que encontrar una para soportarlo o mandar mi matrimonio al carajo.

Capítulo 2 Dos

Toco el bajo con una banda de Jazz. Me encanta, disfruto la música como si fuera una segunda piel. Siempre en algún club. Llegamos, armamos todo y las notas comienzan a salir. Improvisamos, tocamos clásicos, nos vamos con algunos billetes en el bolsillo.

El bajo es lo mío. Soy la base de todo, la que mantiene el ritmo mientras los otros vuelan. Me gusta sentir las cuerdas bajo los dedos, esa vibración profunda. A veces hago walking bass, a veces solo marco. Pero siempre estoy ahí, sosteniendo. Cuando encuentro el groove correcto, cuando todo encaja, es perfecto. La música fluye y yo soy parte de ella.

Llevo cinco años con esta banda, pero sigo sintiendo nervios antes de subir al escenario. Camino hasta el micrófono sin apuro, saludo al público con una sonrisa. La mayoría de las noches alguien me pide "Autumn Leaves", no falla nunca. Al principio me molestaba, ahora hasta me divierte tocarla diferente cada vez. Ya se me hizo costumbre llevar siempre una púa extra -o dos- porque las pierdo cuando más las necesito.

Ensayamos en el sótano de Pedro, nuestro baterista. Es un lugar pequeño pero acogedor. Las paredes están forradas con cartones de huevos para el sonido, y hay carteles de Blue Note por todos lados. Me gusta llegar temprano, afinar tranquila antes de que lleguen los otros. El amplificador viejo ronronea cuando lo prendo, como un gato contento. Siempre nos quedamos una hora extra después del ensayo, tomando cerveza y hablando de música hasta que la mujer de Pedro nos echa.

Mi abuelo me regaló la correa cuando empecé a tocar en estos clubes. Está vieja, el cuero ajado, pero no la quiero cambiar. A veces siento que es lo único que me queda de él.

Él fue quien me enseñó, quien se sentó conmigo muchas tardes, con paciencia y dedicación. Era un músico profesional, bohemio, vivía la vida de otra manera. Lo extraño mucho.

Mi abuelo murió hace tres años, pero cada vez que toco siento que está ahí. A veces, en medio de un solo, escucho su voz diciéndome "menos es más, nieta". Era obsesivo con el ritmo, me hacía tocar escalas hasta que me dolían los dedos. Pero gracias a eso hoy puedo tocar con los ojos cerrados.

La banda es mi segunda familia ahora. Pedro, Marco el pianista, y Javi el saxo. Nos conocemos las mañas, sabemos cuándo alguien está nervioso o cuándo va a improvisar algo loco. Hay una confianza que se construye solo tocando juntos, noche tras noche. Cuando uno de nosotros brilla, todos brillamos.

A donde no brillo últimamente es en mi relación. Nos fuimos a vivir juntos demasiado pronto, tal vez. Comenzamos con esa sensación en la que todo pasa rápido porque no puedes esperar. Tres años, el mes pasado me pidió matrimonio y le dije que sí. Pero una boda está lejos de nuestro alcance. No vivimos mal, pero tampoco está la situación para gastar tanto.

-Nos casamos cuando la situación mejore -decía cada vez que sentía que yo lo cuestionaba con la mirada.

-Lo sé, Matías. No tengo apuro -suelo responderle.

-Sé que es lo que tenemos que hacer, pero nunca logro acomodarme con el dinero.

Algunas noches, cuando tocaba, Matías aparecía. Se sentaba en una de las mesas con algún trago y hacía de todo menos escucharnos. Revisaba el teléfono, miraba a otras mesas, pedía otra cerveza. Al principio pensé que era nervios, que no sabía cómo comportarse en un lugar así. Pero después me di cuenta de que simplemente no le interesaba. La música no le decía nada.

Eso me dolía. No necesitaba que fuera músico, pero sí que entendiera por qué esto era importante para mí. Una noche se fue antes de que termináramos el set. Ni siquiera se despidió. Ahora cuando toco, escaneo el público buscándolo. A veces está, a veces no. Cuando no está, toco mejor. Cuando está, me distraigo pensando en lo que está pensando él. Es agotador.

Mi papá tampoco lo entendía.

Siempre fue así con él. Cuando era chica y practicaba escalas en mi cuarto, golpeaba la pared y me gritaba que bajara el volumen. "Eso no es música", decía. Una noche llegué de un ensayo y encontré mi amplificador en la vereda. Ahí entendí que para él yo tenía que elegir: su casa o mi música.

Elegí la música y me quedé sin techo. Los primeros meses dormí en el sótano de Pedro, entre baterías y cables. Comía fideos y tocaba hasta que se me dormían los dedos. Fue duro, pero por primera vez en mi vida nadie me decía que bajara el volumen. Pedro me ayudó a conseguir un apartamentito después.

Después llegó Matías. Y me revolucionó todo. Nos conocimos en uno de esos clubes donde yo tocaba y él iba a tomar. Flechazo. A mis amigas les decía que fue amor a primera vista.

-¿Te gusta, puta? ¿Te gusta cómo te la meto, Sabrina? -me preguntaba siempre mientras gruñía y me penetraba hasta el fondo.

Parecía un libreto o una fantasía que nunca me contaba.

Y yo le decía que sí, gimiendo. Aunque la verdad era que el sexo estaba lejos de ser lo que me gustaba, como que me gustaba. Pero bueno, compensaba esa idea suya de super macho con otras cosas. Igual me hacía acabar.

-Grita más fuerte -me pedía. Y yo gritaba.

No era que buscara cursilerías. No soy de esas que necesitan velas y música suave. Pero había algo en esa rutina suya, en esa actuación de macho dominante, que me sonaba falsa. Como si estuviera representando un papel que había visto en algún porno.

Me cogía como si quisiera impresionar a alguien que no estaba ahí.

Y a mí me funcionaba físicamente - eso no era mentira. Me hacía acabar, me dejaba satisfecha en ese sentido. Pero me quedaba con la sensación de que para él yo era intercambiable. Que cualquier cuerpo hubiera servido igual, siempre que gritara cuando se lo pidiera.

Lo que me molestaba no era la falta de romanticismo. Era esa sensación de que estaba cogiendo con una fantasía suya, no conmigo.

-¿Te gusta cómo hacemos el amor? -esa era otra de sus preguntas prefabricadas.

Y yo siempre le contestaba que sí. Porque técnicamente no era mentira. Pero cada vez que me lo preguntaba, me daba cuenta de que él necesitaba esa confirmación constante. Como si estuviera evaluando su performance.

Una noche, después de una de esas sesiones, me quedé despierta mirando el techo. Matías roncaba a mi lado, satisfecho. Y yo pensé: "¿Cuándo fue la última vez que hicimos el amor sin que él dirigiera todo como si fuera una película?"

Encima, una película mala. Me terminé de convencer a mi misma de que estaba bien, que todo no se puede tener en la vida. Era trabajador, era considerando, tenía muchos aspectos de mierda, pero al menos estaba ahí. Y yo no era ninguna "santa perfecta", también tenía ese lado de porquería que no todos sabían llevar.

Hay mujeres que sueñan con un príncipe azul, todo respingado y caballeroso. Como de esos muñecos de pastel de boda. Yo soñaba con otra cosa. Cuando se lo contaba a Andrea ella se reía: "Quiero uno que me de una nalgada y me diga: Tráeme un wisky, perra".

Matías estaba lejos de ser eso. Pero de todas maneras me partió al medio. Igual, me quebré cuando ese tipo apareció en la puerta.

Capítulo 3 Tres

Hablar con esa mujer me partió la cabeza. Recién cuando llegué a mi casa me di cuenta de lo que había hecho: comportarme como un infeliz y arrastrar a alguien conmigo.

Lo busqué, averigüé quién era. Nada difícil con toda la gente que conocía. Me dijeron que tenía una hermana, dónde vivía, de qué trabajaba. A ella nunca la mencionaron y yo ni siquiera me acordaba de su nombre. Ni la escuché.

Matías Mendoza, 29 años, soltero, técnico electricista. Trabajaba en obras grandes, con contratistas. Sin padres, una hermana de 25. Pensé que era ella, no sé por qué. Nunca se me ocurrió pensar si estaba casado o tenía pareja. Fui un hijo de puta.

Me miraba parada en la puerta, en pijama, como si yo fuera un loco. Y a lo mejor en ese momento estaba loco.

-¿Acá vive Matías Mendoza? -le pregunté mientras se fregaba los ojos, queriendo sacarse el sueño.

-¿Usted quién es?

-Marcos Romero. Me gustaría hablar con él.

-Matías está trabajando -me dijo-. Vuelve más tarde. ¿Para qué lo necesita?

-Tengo que hablar con él de un problema. ¿Usted es?

-Sabrina.

-Ah, la hermana.

¿La hermana? No puedo creer lo ciego que fui. Lo trastornado que estaba para ni siquiera darme cuenta.

-¿De qué problema quiere hablar con él?

Tendría que haberme cerrado la puerta en la cara.

-Mire... -dudé-. ¿Puedo pasar? No quiero hablarlo en el pasillo.

Y me dejó pasar. A un desconocido que solo debe haberle dado buena impresión porque estaba bien vestido y porque parecía que se me había muerto alguien.

Miré todo con las manos en los bolsillos. La miré a ella: pelo enmarañado, cara de dormida, toda la confusión del mundo en esos ojos verdes. Bonita, sencilla, todo lo que Vera no era.

Algo me dejo quieto, solo observándola. De a poco comenzaba a ponerse nerviosa, a moverse de un pie al otro, a agarrarse el borde del pijama con las manos. En cualquier momento llamaba a la policía.

-Entonces, ¿qué pasa con Matías? -me preguntó después de cerrar la puerta.

-Su hermano duerme con mi esposa -lo solté, así, sin rodeos.

-¿Perdón?

-Su hermano es el amante de mi mujer.

Se quedó helada. Petrificada.

-No entiendo -sacudió la cabeza.

-Su hermano se acuesta con mi mujer.

Que estúpido, se lo repetí otra vez, despacio, como si ella fuera tonta.

-Mire, creo que...

-Vera. Se llama Vera -la corté.

-No conozco a ninguna Vera, jamás escuché su nombre.

Era confuso, irreal, como si estuviera queriendo decir algo y hubiera mucho ruido de fondo que me distraía.

-Los martes y los viernes, son los días que se ven -seguí-. En el mismo hotel, a la misma hora.

-Me parece que se equivocó de persona -sí, después yo también deseé haberme equivocado de persona-. Debería...

-Mire -la interrumpí, mostrándome el teléfono-. ¿Es él, no?

Agarró el aparato y miró. Y sí, era él. Parado en una recepción con una mujer rubia, igual de elegante, la mía. Por la manera en que se iba abriendo los ojos de la sorpresa, supe que no estaba equivocado.

Igual, estaba esperando que me lo confirmara. Pasé el dedo por la pantalla y le mostré más fotos, se quedó un rato largo observando esa en la que Matías la agarraba del trasero.

-Sí, es Matías... ¿Cuánto hace que pasa esto?

-No lo sé.

-¿Y para qué lo vino a buscar?

-Tampoco sé. Para verlo de cerca, para hablar con él. Para que su hermano me explique qué hago con 15 años de matrimonio.

Se sentó en un sillón, se cayó sobre él. Me miró a la cara y se puso a llorar, así nomás.

-No es mi hermano -me dijo.

-¿Cómo que no es su hermano?

-No -lloró más fuerte-. Es mi prometido, es mi novio. Hace 3 años que estamos juntos.

-Mierda.

Me quedé inmóvil. Le temblaban las manos mientras se sacaba la cara. Pobre mujer. Debía tener la misma edad que él. Se le notaba lo joven que era y yo había golpeado a su puerta para romperle las ilusiones. Tenía un anillo sencillo en el dedo, una alianza de plata quizá, nada costoso.

-Mejor me voy -le dije, no sabía dónde meterme.

-¿Ahora se va a ir después de que me cagó la existencia?

-Mire, yo no sabía...

-¡Yo tampoco sabía! - gritó-. Viene a mi casa a decirme que mi pareja se acuesta con la suya como si nada.

-¿Le parece que para mí es fácil? -levanté la voz-. Hoy cumplimos quince años de casados y la muy puta me va a esperar con lencería de encaje, como hace todos los años.

Qué patético, quejándome de una infidelidad como si fuera una nena a la que le habían sacado la muñeca. Era esa mierda que me presionaba el pecho, esa voz en mi cabeza que me gritaba que era un imbécil.

-Si le va a romper la cara, llega como en una hora -se puso de pie con las mejillas rojas.

-No le voy a romper la cara.

-¿Y entonces? ¿Vino para conocerlo, para sentarse a hablar de cómo se acuestan con la misma mujer? -me preguntó con toda la bronca del mundo. Ya que estaba y le había ido con la "noticia", que me comiera la mierda.

-Le dije que no sé...

-¿Qué no sabe? ¿No vio las fotos? ¿No acaba de decirme los días que se ven y dónde?

Me puse peor, por qué tenía razón. Por qué lo lógico hubiera sido molerlo a golpes y sin embargo, ni eso quería.

-No me puedo dar el lujo de darle una paliza a una porquería y terminar preso porque mi mujer resultó ser una puta -la voz me salió espesa, con rabia.

Esa cara me revolvió el estómago. Estiré la mano y le di mi pañuelo. Éramos dos estúpidos, dos cornudos, mirándonos las caras. Había perdido el control por algo que ni siquiera sabía si todavía me importaba.

Yo en traje, ella en pijama y en dos minutos perdimos todo.

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