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El velo

El velo

Autor: : Angie Pichardo
Género: Romance
¿Qué puede ocultar un velo? ¿Te enamorarías de una persona que nunca muestra su rostro? ¿Por qué ella le es irresistible, aunque nunca ha visto más que sus ojos que sobresalen la fina tela? ¿Debería confiar en ella? ¿Qué es lo que oculta y por qué todo en torno a esa mujer es misterio y reserva? Un velo, un pasado, secretos, omisiones y un nuevo amor que tiene todo en su contra. ¿Quieres descubrir el misterio del velo?

Capítulo 1 Parte 1

«Él es como una mansa paloma que lucha contra la injusticia, mientras que yo vengo del mismo infierno».

***

Las ramas de los árboles le eran obstáculo a su prisa. Aquel bosque oscuro y sin camino le hacía estragos, puesto que no tenía un espacio libre para cabalgar; aun así, no se detenía. Sin rumbo, con sudor frio en todo el cuerpo y sangre saliendo de su costado, utilizaba la poca energía que le quedaba para escapar. Las ramas le pegaban sin piedad y, gracias a la oscuridad, no sabría cuando ellas chocarían contra su rostro, provocando ardor en sus ojos; sin embargo, cabalgaba a toda prisa con un único pensamiento: salvar su vida.

Las ramas detuvieron su ataque trayendo alivio a su rostro. No sabía si estaba alucinando, pero creyó ver el final del bosque y una luz. Detuvo su andar de repente cuando vio una figura aterradora sosteniendo una pequeña lámpara, a causa de la impresión y la rapidez del detenimiento, el caballo lo tiró al suelo y emprendió la huida. La horrorosa figura se acercó a él, por lo que temió y quiso huir como su traidor compañero, pero no tenía fuerzas; poco a poco la luz menguaba y él perdió el conocimiento.

(...)

El cuerpo era fuerte, por lo que fue difícil cargarlo hasta la pequeña choza. ¿Estaría muerto? Tomó su pulso y se apresuró a acostarlo. Una vez a su disposición, rompió la ensangrentada camisa y, a luz de vela, limpió la herida y paró el sangrado. Alcanzó una de las jarras que estaban en una mesa llena de envases y recipientes con hierbas, sacó de ella un polvo verdoso y cubrió la herida con aquel extraño remedio. Luego de limpiar y aplicar el contenido del envase, vendó la estrecha cintura de aquel desconocido.

Dejándose llevar por la curiosidad, acercó la vela al convaleciente apreciando un rostro joven y atractivo. Sus ojos cerrados mostraban unas negras y gruesas pestañas. Recorrió el rostro del hombre con la mirada, fijando su vista en su menuda y estética nariz, también en sus carnosos y bellos labios. No recordaba haber visto a un hombre tan atractivo y elegante. Su piel era cremosa a pesar de la palidez por la pérdida de sangre. Su cabello negro y sedoso brillaba con la poca luz, estaba desarreglado, aunque era notable que lo mantenía bien cuidado. Siguió alumbrando hasta llegar a su torso, firme y fuerte.

¿Quién era aquel hombre? ¿Un ángel que perdió su rumbo? ¿Algún miembro de la realeza? ¿Por qué estaba herido? ¿Por qué lo abandonó su caballo? Y... ¡Como llegó hasta allá! Demasiadas preguntas sin respuestas. Habría que esperar a que despertase. Pero... ¿Qué haría cuando eso sucediera? Él podría ser peligroso, tal vez un delincuente fugitivo. Meneó su cabeza con algo de temor. Quizás fue asaltado en el camino. Cualquier cosa que haya pasado le podría afectar, ya que era obvio que ese extraño no era una persona común y corriente. Su ropa era finísima y el reloj, un anillo en su mano derecha y la gruesa cadena en su cuello eran de oro puro.

(...)

Los rayos del sol que se colaban por los agujeros atacaron sus ojos hasta disipar su sueño. Su expresión era de espanto y confusión, ¿dónde estaba? Un dolor en el costado le recordó que había sido apuñalado en el camino. Bajó su mirada a su abdomen y agrandó los ojos al notar que estaba vendado y su pecho al descubierto.

Escaneó el lugar con su mirada y arrugó el rostro al percatarse lo demacrada que estaba aquel intento de choza. No podía negar la pulcritud y orden de su dueño, pero cualquier brisa se llevaría la casita por los aires.

«¡Qué mal constructor!», pensó con diversión.

Al parecer, su salvador era una persona de muy bajos recursos, para estar viviendo en esas condiciones tan precarias. La "cama" era un montón de pajas amarradas con telas, y sobre esta yacía una enorme sábana blanca con un delicioso aroma a flores. Una colcha marrón estaba sobre sus piernas y frente a él había una larga madera sobre una roca, simulando una mesita. Encima de esta había un plato hondo con un caldo que solo tenía vegetales y, junto a este, se encontraba una taza con lo que él supuso era té. Le llamó la atención el pequeño mantel que cubría la madera, dándole una apariencia menos pobre y tosca. La única ventana de la choza estaba cerrada y bajo esta había una mesita de madera que cojeaba con diferentes jarras, tazones con polvos raros y una canasta llena de hierbas. En medio de todo el brebaje, se erguía una vela dentro de lo que parecía ser una lámpara de vidrio.

Su estómago gruñó y él miró el caldo con recelo. La persona que lo rescató debió dejarlo allí para él, pero... ¿Debería ingerir alimento que preparó un extraño? Su estómago volvió a gruñir con dolor y pensó que no era momento de ser quisquilloso o desconfiado, de todas formas, esa persona salvó su vida.

Suspiró satisfecho y con un poco de alegría pese a su circunstancia, pues tanto el caldo como el té estaban deliciosos; y, terminarlo todo, lo había reconfortado.

Había algo en aquel misterioso lugar que le daba tranquilidad y una sensación de bienestar. De repente, la paz que lo acomodaba a otra sesión de sueño se quebró al percibir una sombra. Sentimientos encontrados lo azotaron, por una parte, se sentía feliz de poder agradecer el gran gesto a su salvador; pero por otra, temía que esa persona fuera alguien peligroso. La silueta de una figura envuelta en trapos captó su atención, pero antes de poder descubrir de quien se trataba, la persona retrocedió con premura e intención de escapar o esconderse, acción que le pareció muy extraña.

-¡Oye! -Se quejó del punzón en su costado al esforzarse-. Sé que estás ahí, es ridículo que te escondas. ¿Quién eres y por qué te ocultas en tu propia casa? -La frustración llenó su pecho al no recibir respuesta. Sabía que estaba allí, podía ver su sombra-. Escucha, yo no vine a tu casa, tú me trajiste y me curaste, créeme que no te haré daño -insistió.

Se quedó expectante sin quitar la mirada de la puerta esperando una reacción; entonces, la sombra se movió y, con timidez y titubeos, la imagen de una persona se adentraba al deteriorado lugar. Se quedó pasmado por un momento mirando aquella... ¿Mujer? Sabía que estaba siendo mal educado y descortés, al observarla como si ella fuera una cosa rara, pero aquella fémina lo tenía impresionado.

Abrió y cerró los ojos varias veces sin salir de su impresión. Fue entonces cuando recordó la razón por la que se cayó de su caballo. Tanto él como el animal se habían asustado con la figura extraña y descuidada de esa mujer, que lo miraba consternada y avergonzada en ese momento. No podría decir que era fea, puesto que llevaba su rostro oculto bajo un velo rojo, pero, por algo lo cubría de esa forma, ¿no? Si juzgara por el resto de su apariencia, entonces el veredicto sería: mujer sin ningún atractivo que debería cuidar más de su físico. Su cabello largo estaba rodeado de aquel velo, pero, aun así, era notorio el descuido y el enredo de este, lo pudo comparar a un nido de pajaritos o algo así.

La figura de ella era difícil de apreciar, puesto que estaba cubierta de trapos como si fuera una mendiga, bueno, dadas las circunstancias en la que vivía, se podría decir que eso era. A pesar de sus fachas, había algo en ella que era chispeante y que él no podía definir. Se detuvo un momento en sus ojos, ¡hasta que por fin encontró algo bonito en ella! Se quedó cautivado un rato con esa hermosa mirada color avellana, rodeada de grandes y marrones pestañas. Según su pose y el contorno de sus llamativos orbes, se trataba de una mujer joven. Decidió romper el silencio cuando percibió la incomodidad de su hospedadora.

-Señorita... -Ladeó el rostro mirándola fijamente-... ¿Cuál es su nombre?

-Mi nombre no importa, lo que sí importa y me interesa saber es cómo llegó aquí -respondió con frialdad y rudeza.

-Pues... -Se encogió de hombros-... Me imagino que usted me trajo.

-¿Se cree muy gracioso? -preguntó ofendida.

Él frunció el cejo.

-Señorita, es la realidad. Usted de alguna forma me arrastró hasta aquí, pero si se refiere a como llegué a sus terrenos o lo que sea este lugar, terminé aquí por casualidad. Estaba en un viaje de negocios con mis hombres y fuimos atacados en el camino, eran demasiados como para defendernos y salir ilesos, le dimos buena lucha, pero ellos mataron a varios de mis acompañantes y como puede apreciar, fui herido en el intento. El resto tuvimos que escapar a nuestra suerte, yo solo cabalgué para salvar mi vida sin un rumbo fijo. Me perdí en el bosque y luego la vi a usted, mi caballo se asustó y el muy desgraciado huyó y me dejó tirado. Entonces, debo agradecerle que me haya salvado la vida.

-Sus hombres deben estar buscándolo -razonó más para ella que para él, ignorando completamente el agradecimiento del hombre.

-Así es.

-Será difícil para ellos encontrarlo, puesto que este lugar está oculto -dijo con la mirada perdida en algún lugar.

-Pero lo harán. ¿Quién sabe? Tal vez mi caballo no sea tan desgraciado después de todo y los guíe hasta mí.

Ella agrandó los ojos con terror.

-¡¿Quiere decir que sí encontrarán este lugar?! ¡¿Por qué rayos tuvo que venir aquí?! -espetó con alteración.

-¿Por qué reacciona de esa forma? -preguntó desconcertado.

-Solo le pido que cuando lo encuentren, sean discretos con este lugar, por favor. -Otra vez ignoró la pregunta de él.

-Cuente con eso -contestó con mirada escéptica-. Una pregunta y disculpe mi atrevimiento, pero... ¿Por qué o de qué se oculta?

-No es asunto suyo -respondió tajante. Aquel hombre frunció el cejo ante su ruda respuesta.

-Bien, disculpe por entrometerme -devolvió un poco molesto por la actitud de ella, quien le evadió la mirada. «¡Qué mal educada!», pensó, «¿Será una criminal que huye de la justicia?»

Capítulo 2 Parte 2

El olor a sopa de pollo provocaba que su boca emanara más saliva de lo regular y su estómago gruñera inquieto y desesperado por recibir tan anhelado caldo que, según el aroma, prometía sería una delicia.

Tres días habían pasado y su herida se veía mejor y ya podía pararse, aunque con dificultad, pero por lo menos se mantenía de pies unos segundos. A pesar de la miseria de aquel lugar, no se quejaba del trato que recibía que, aunque su anfitriona no era de mucho hablar, lo mantenía bien alimentado, cambiaba sus sábanas muy seguido y lo ayudaba a bañarse. Él estaba ansioso por recuperarse o en su defecto, ser encontrado por sus hombres para no seguir siendo una carga para aquella mujer que además de atenderlo y alimentarlo, tenía que dormir en el piso, pues la cama era muy pequeña para ambos.

-Estuvo delicioso, muchas gracias. -Él agradeció con esa hermosa sonrisa que la hacía temblar. Ella tomó el plato y lo puso en el improvisado fregadero que amenazaba con desplomarse en cualquier momento. Acto seguido, se le acercó con sus instrumentos de trabajo y desabrochó su camisa. La chica le había comprado algunas prendas, pero no había acertado con la medida y todas estas le quedaron grandes. Sus ojos marrones escudriñaban cada movimiento de la silenciosa mujer con curiosidad y, los temblores de sus manos, pese a que ella trataba de controlarlos, eran muy obvios. Estaban tan cerca que ella podía escuchar los agitados latidos de su corazón, la forma acelerada en que él respiraba la ponía más nerviosa de lo que ya se encontraba.

-Su herida se ve mucho mejor, en unos días dejará de sentir dolor y podrá levantarse. -Ella comentó sin mirarlo a los ojos, pues se sentía expuesta ante él cuando lo hacía.

-Eso es gracias a sus cuidados, usted es muy buena con las plantas, debería trabajar para una droguería -elogió mirándola con una intensidad que le apretaba el estómago. Por accidente ella lo miró a los ojos y se arrepintió al instante, dado que era inevitable no perderse en esa hermosa mirada café que expresaba dulzura y honestidad. A diferencia de ella que ocultaba la suya por miedo a ser descubierta.

Él tomó su mentón con delicadeza por encima del velo que cubría su rostro, como si lo protegiera del exterior, quería admirar sus orbes color avellana un poco más, puesto que no tenía aquel privilegio de deleitarse con tan exóticos y hermosos ojos porque su dueña se la pasaba evadiéndole la mirada. Ella empezó a sentirse incomoda y desnuda ante él, pero por alguna extraña razón, no quería romper el contacto.

-Su mirada es hermosa, no debería privarme de este deleite que provocan sus ojos a los míos. -La examinó con intensidad y un brillo especial en sus orbes cafés. Ella sintió como su corazón se combinó con su estómago para torturarla, mientras su respiración se agitaba y sus manos empezaban a sudar. Estaban tan cerca que pudo oler su aliento fresco, todo él era hermosura y delicioso aroma, no como los hombres con los que se encontraba en el mercado que no se preocupaban por su higiene.

-Debo... -Trató de no tartamudear al verse acorralada por aquella mirada que le estaba quitando la paz-. Debo salir al pueblo, ¿necesitará que le traiga algo? -Se paró de golpe, rompiendo el contacto visual de forma repentina y violenta, él esbozó media sonrisa al notar lo nerviosa que su cercanía la ponía y luego negó.

Una semana después...

-No es que sea lo mejor de lo mejor, pero por lo menos no le caerá encima de los pies -dijo de forma divertida mientras guardaba los instrumentos de ferretería en una caja. Ella se emocionó al ver el fregadero arreglado de la forma correcta y miró al joven con agradecimiento. Ya él se había recuperado de su herida, no es que hubiera sanado del todo, pero ya se estaba cerrando.

-Muchas gracias, Arthur, de verdad se lo agradezco. -Casi salta de la emoción por lo que él sonrió satisfecho. Era raro verla alegre y poder darle, aunque sea un momento de felicidad lo alegraba a él. Esa chica era muy misteriosa y reservada. No mostró su rostro ni una sola vez y tampoco le dio su nombre.

Pasaron varios días y él, aunque debía estar desesperado por ser encontrado o buscar la salida, la verdad era que ni pensaba en aquello. La extraña mujer se fue abriendo un poco más con Arthur y tenían pequeñas conversaciones banales, aunque ninguno había hablado de su vida.

Pasaron dos semanas de ella haberlo encontrado y su herida se había recuperado completamente y al parecer no dejaría cicatriz, cosa que a él le sorprendió, puesto que aquella herida fue muy profunda. Estaba maravillado con la habilidad de aquella mujer, dado que ni los doctores más reconocidos de su pueblo habrían logrado aquello.

La noche estaba fresca y el cielo azul marino brillaba con todas las estrellas que se podían apreciar en él, sumándole la majestuosa luna llena que decoraba el firmamento digno de apreciar.

-Usted es muy buena, debería irse conmigo y poner en práctica su conocimiento. Ayudaría a muchas personas y tendría una vida sin escasez. -Él se sentó a su lado. Ella estaba sobre un tronco que yacía sobre la grama y le servía de asiento.

-No -negó tajante y se abrazó a sí misma-. Jamás podría vivir de esa manera, prefiero la soledad y tranquilidad.

-Quisiera entenderla, pero no puedo. ¿Por qué vivir en esta condición tan paupérrima y solitaria? Usted es una mujer joven y con una gran habilidad, no tiene sentido que se oculte en el fin del mundo, ¿será que huye de algo o alguien?

Hubo un gran silencio. Él tomó su mano derecha y la apretó con delicadeza; su calidez y suavidad le provocaron corrientes eléctricas por todo su cuerpo. No entendía lo que estaba sintiendo por aquel extraño, pero sin importar qué tipo de sentimiento fuera, solo se quedaría en sus fantasías, un hombre como él nunca se fijaría en alguien como ella.

-Sam -rompió el silencio captando su atención-, mi nombre es Sam. -Fue lo único que pronunció y lo hizo con la mirada perdida en algún lugar fuera de la de él. Arthur no pudo disimular la sonrisa que se dibujó en sus labios. Levantó la fría mano que aún sostenía y dejó un casto beso sobre ella. Sam sentía que se le quemaba toda la piel que sus hermosos labios tocaron, asimismo, su corazón latía con intensidad y su respiración salía errática, debido a las sensaciones que aquel simple gesto le provocaba.

-Gracias por hacérmelo saber, por lo menos tendré un nombre qué recordar, porque Sam, será difícil olvidarte.

Él se acercó tanto que ella sintió que moriría en cualquier momento de un paro cardíaco. De a poco, se puso frente a ella y acarició el borde del velo que cubría su rostro. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué ponía aquella barrera entre ellos? Se imaginaba que debía ocultar algo muy horrible y le daba temor descubrir qué era, pero sin importar que tan espantoso fuera lo que estaba debajo de este, quería saber cómo sabrían sus labios. Nunca había conocido a una mujer tan excepcional y peculiar como ella. Todas las féminas de su edad que conocía eran niñas mimadas e inútiles que solo pensaban en ropas, maquillaje, joyas y coquetear con hombres prometedores de ser un buen partido para el matrimonio.

Él fue levantando el velo poco a poco, pero ella lo detuvo sosteniendo su muñeca, sus orbes avellana rogaban que no lo hiciera por lo que él asintió comprensivo.

-Cerraré los ojos y le prometo que no los abriré, solo déjeme descubrir su mentón, necesito... -La miró con tanta intensidad que ella no se pudo negar. Él cerró los ojos y ella respiró profundo cuando sintió su barbilla desnuda, luego sus labios estaban a la intemperie, pero no por mucho. Se quedó pasmada ante el atrevimiento de él, aun así no quería que dejara de hacerlo. La calidez de su aliento en su boca, el cosquilleo en sus labios al ser apretados por los de él, sus respiraciones mezclándose; era demasiado deleite y sentía que se desmayaría en cualquier momento.

Él se separó avergonzado y un poco decepcionado, sabía que había pasado el límite; sin embargo, ella no le reclamó, entonces, ¿por qué no le correspondió? Él aún no había abierto los ojos y sostenía el pedazo de tela sin mover un músculo. Temía cubrirla y que todo quedase de esa manera, pero también temía volver a hacerlo. Estaba en una encrucijada de si besarla de nuevo o pedir disculpas por su atrevimiento, cuando sintió sus labios invadidos por los de la chica que le quitaba la paz. No pudo evitar gruñir ante aquel placentero jugueteo entre sus bocas. El beso era lento y con mucha delicadeza como si ambos temieran romper las líneas de la prudencia y el pudor. El sabor de su boca y la textura de sus labios le era delicioso y no podía dejar de degustarlos. Aquella mujer nunca le había mostrado su rostro y no le importaba, le gustaba esa sensación, se estremecía con su aliento y su sabor. Ella empezó a hiperventilar cuando él lamió su lengua y jugueteó con movimientos atrevidos dentro de su boca con el viscoso órgano. Era demasiado bueno para ser cierto y por primera vez se sintió deseada. Era extraño que un hombre como él la besara de esa manera a pesar de sus fachas espanta hombres. Sabía que aquello era más una fantasía que la realidad, pues una vez él se fuera, ella no volvería a verlo. Tal vez era esa la razón de su arrebato, se habían hecho muy cercanos en esas dos semanas, estaba segura de que si la situación fuera diferente y hubiera posibilidades de que se volvieran a ver, él no la hubiese besado.

Arthur no podía sostener el ritmo de su respiración más. No entendía por qué ese beso le estaba provocando tantas emociones y goce, pero no quería que terminase. No quería dar explicaciones ni excusarse porque no se arrepentía de nada; nunca había disfrutado tanto un beso y sus manos temblorosas eran testigos de la excitación que aquello le estaba causando; sin embargo, no pasaría la raya. Lamía, succionaba, mordía y jugueteaba con su lengua como si aquella boca le perteneciera, como si nada pudiera ser más dulce y delicioso. Pegó su frente a la de ella y rompió el contacto de sus labios lentamente, soltó el velo y la parte que había sido descubierta fue arropada de nuevo por la fina tela. Él abrió los ojos y lo conectó con los de ella de una forma tan intensa, que ambos se quedaron sin palabras.

Pasaron varios minutos mientras ellos mantenían el contacto visual en silencio, como si temieran decir o hacer algo que arruinara su acción anterior.

-Ya no dormirás más en el piso. -Él rompió el silencio y ella agrandó los ojos-. Lo haré yo -aclaró.

-No tienes qué, aunque te hayas recuperado no estás acostumbrado a dormir mal. Ya es suficiente la incomodidad de esa cama como para que tengas que soportar el suelo.

-Me niego. ¿Yo no, pero tú sí? Soy un caballero, no dejaré que duermas incómoda por mi culpa, además esta es tu casa, yo estoy irrumpiendo e invadiendo tu comodidad -dijo decidido.

-Eres mi invitado, no dejaré que duermas en el suelo. -Ella insistió.

-Entonces, dormiremos juntos. -Él la miró divertido, mas ella agrandó los ojos.

-¡No! -espetó nerviosa-. De todas formas, no cabemos los dos.

-Entonces, no me discutas más -dicho esto se levantó del tronco y entró a la casucha. Una vez adentro, tomó la colcha que ella tiraba en el terroso suelo y la tendió sobre este, se acostó y arropó. Ella entró y se quedó parada un rato observándolo, dejó salir un suspiro de resignación y se acostó en la cama. Sentir la suavidad de esta sobre su espalda otra vez, fue muy agradable.

Pasó otra semana y ellos no mencionaron el beso nunca. Los primeros días después de su arrebato se evadían la mirada y se hablaban con vergüenza, pero al transcurrir el tiempo se volvieron muy cercanos y se la pasaban hablando y riendo. Él arregló la choza lo más que pudo y la ayudaba con la limpieza, buscaba las leñas y el agua al río mientras ella hacía las compras en el pueblo. Él había decidido que ya no podía importunarla más, así que Sam investigó la manera en que Arthur podría salir al camino principal y desde allí buscar la forma de regresar a su pueblo, el cual quedaba muy alejado de donde estaban.

(...)

Los sudores molestaban sus heridas y rasguños, pero lo que más le dolía eran esas palabras ofensivas y malignas. El dolor era insoportable y la sangre manchaba su ropa

-¡Nooo! ¡Ayuda! ¡¡Nooo!! -Sus gritos desesperados no eran escuchados y su angustia no la dejaba pensar con claridad, solo seguía su instinto de sobrevivencia.

-¡¡Lo mataste!! -Su voz se escuchaba como eco y las lágrimas se mezclaban con la sangre.

-¡¡Nooo!! -Ella despertó alterada con lágrimas en los ojos.

Arthur se espantó al escucharla gritar y se acercó a ella sosteniendo sus manos con fuerza. Estaba más alterada que las otras veces que despertaba de sus recurrentes pesadillas. Él la cubrió con sus brazos mientras ella derramaba su alma con gran llanto.

Capítulo 3 Parte 3

Los latidos de su corazón estaban tan agitados e intensos que ella creía escucharlos. Tun-tun, tun-tun... Los sonidos se repetían en su cabeza como si fuera perseguida por aquellas palpitaciones. No sabía de dónde había sacado tanta energía, pues su cuerpo estaba débil. ¿Sería el instinto de sobrevivencia? ¡No sabía! Solo quería lograr su objetivo: escapar por su vida. Con sus pies descalzos, ignorando las espinas del camino o las pequeñas piedrecitas que se le incrustaban en las plantas, corría con todas sus fuerzas y aliento. Tenía que lograrlo, tenía que escapar de aquel infierno.

El sudor, los bichos y las hebras de cabello que se pegaban a su piel le hacían estragos a su escape. Sus heridas picaban y la sangre corría por sus piernas; sonrió al ver la salida y entonces, todo fue oscuridad.

(...)

Sam se levantó con el olor del café. Se acercó sorprendida a la pequeña cocina, donde un sonriente Arthur la recibió con una taza de la exquisita bebida, razón por la que ella se quedó observándolo con extrañeza.

-¿Tú, haciendo café?

-Para que veas que soy buen aprendiz. -Sonrió mostrando su perfecta hilera de dientes. Ella lo observó como boba y los recuerdos de aquel beso delicioso inundaron su mente. Pero gracias al velo que cubría su cara, él no notó su sonrojo.

-Estuve investigando sobre una salida que te llevará a la carretera principal, desde allí podrás tomar el destino que desees. -Ella comentó mientras era examinada por su hermosa mirada café, que en esos momentos era cubierta por un atisbo de tristeza; si bien Arthur quería regresar a su casa y a sus responsabilidades, había una parte de él que deseaba quedarse allí con la extraña mujer del velo.

-Por la manera en que hablas, este lugar debe ser muy remoto -dijo poniendo la taza en su lugar.

-Lo es. -Ella aseguró-. Debe ser esa la razón por la que no lo han encontrado.

-Solo espero que sea por eso y no que mis hombres fieles hayan sido asesinados -respondió con un resoplido, ganando la mirada extrañada de la mujer.

-Me imagino que no andaba con todos sus hombres cuando lo asaltaron...

-No -la interrumpió-. Tengo hombres fieles en casa también, pero no me refería solo a los que fueron asaltados conmigo.

-¿Y por qué los hombres fieles de su casa podrían ser asesinados? -preguntó entre desconcertada e intrigada.

-Digamos que mi vida es un poco complicada -le respondió con la mirada ida.

Sam lo miró un poco asustada, puesto que la imagen que tenía de él hasta ese momento, se podría ir a la borda.

-No soy ningún criminal ni nada que se le parezca -aclaró adivinando sus pensamientos. Sam respiró y fue a poner la taza en su lugar, su corazón empezó a palpitar con intensidad cuando Arthur sostuvo sus manos y se acercó a ella.

-Debo... -Ella balbuceó como cachorro asustado-. Debo ir a asearme.

Arthur asintió y antes de liberar sus manos dejó varios besos sobre estas, provocando que la mujer hiperventilara.

-Te voy a extrañar, Sam. No sé de qué o quién te escondes, pero yo puedo darte seguridad en mi casa. No quiero dejarte aquí sola, temo que algo malo te suceda.

-Arthur, gracias por la oferta, pero no me conoces bien, ¿cómo pretendes llevarme a tu casa? Puedo ser una criminal.

-No sé cuál haya sido tu pasado, solo sé que eres una buena mujer que se arriesgó al salvarme la vida. Una mala persona no corre un riesgo tan grande ni le hubiera importado dejarme morir.

Ella se quedó pensativa un rato.

-Arthur -rompió el silencio-, yo he vivido aquí por más de un año, como puedes ver, sé defenderme sola. No te preocupes por mí, estaré bien.

-Está bien. Eres muy especial y me has regalado un mes de descanso mental. Creo que necesitaba esto, gracias por salvarme la vida, Sam.

Él la abrazó con fuerza y olfateó su delicioso aroma a hierba buena y especias. De lejos pareciera una mendiga de quien todos quisieran alejarse, pero en realidad, siempre estaba limpia y olorosa a sus hierbas, pese a su descuidada apariencia.

(...)

Arthur salió a buscar leñas suficientes para dejar buena provisión a la mujer antes de marcharse. Había decidido viajar al día siguiente a la carretera, para luego buscar la forma de llegar a su región. Era un largo y difícil viaje y la melancolía de dejar a Sam allí sola revolvía su estómago; no obstante, ya era tiempo de regresar y poner todo en orden, pues se imaginaba el desastre que su ausencia pudo haber causado.

Pasó cerca del estanque donde ellos acostumbraban a bañarse para refrescarse un poco, pues el calor era insoportable y ya tenía varias horas cargando las leñas a la casucha. Se detuvo en seco al notar que había alguien allí y se escondió detrás de un árbol. Sus ojos brillaron con intensidad y su boca emanó más saliva de lo regular. ¿Quién era ella? Su espalda era perfecta y se veía delicada con el largo cabello mojado cubriéndola. La joven se hundió en el agua y segundos después salió a la superficie. Su cabello se movió a los lados y él se saboreó los labios al poder ver su espalda totalmente descubierta y esos firmes glúteos que estaban haciendo efecto en él. Pero algo más llamó su atención, había pequeñas cicatrices en la delicada piel, como si hubiera sido maltratada con crueldad; miró a la orilla y reconoció esos trapos.

«Sam», pensó. Quería ver más y no era morbo o que el amigo de su entrepierna ya estaba emocionado, era más que eso. Quería conocerla, entender su miedo, quería ver su rostro. Si bien era cierto que tuvo muchas oportunidades de hacerlo, nunca se atrevió a romper su promesa. Esa fue una de las condiciones que le puso la mujer. Se quedó quieto a la expectativa de que ella volteara y él poder conocer los deliciosos labios que había degustado semanas atrás. No estaría faltando a su promesa, esto se consideraría como un accidente y ella ni siquiera tenía que enterarse. La chica se estaba volteando, pues al parecer, buscaría su ropa para salir. El corazón le latía con gran agitación y su respiración estaba hecha un caos. Pronto sabría que se ocultaba tras ese velo. Sam volteó, pero un ruidoso llamado hizo que corriera hacia la orilla a buscar su ropa con desesperación, al mismo tiempo en que él había volteado al escuchar su nombre.

-¡Señor Connovan! ¡Arthur Connovan! -Eran sus hombres. ¡Ellos lo habían encontrado!

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