El hedor a muerte me golpeó en una obra abandonada. Como fiscal, mi deber era resolver el crimen, sin importar el horror.
Pero entre el lodo, encontré un relicario con una cuchara de madera. Pertenecía a mi esposa, Selena, la mujer que yo creía que me había abandonado y humillado.
Cegado por mi ambición y las mentiras de mi exnovia, Amaya, negué la verdad. La culpé en público, la llamé egoísta. Hasta que el informe forense me destrozó: no solo era Selena, sino que estaba embarazada de diez semanas. De mi hijo.
El mundo se derrumbó. El dolor y la culpa me ahogaron. Yo, el fiscal intachable, había empujado a mi propia esposa y a mi hijo a la muerte, todo por creerle a la mujer que la quería muerta.
Pero mi dolor se convirtió en una furia helada. Con las pruebas en mano, me dirigí al hospital donde Amaya fingía su enfermedad. Esta vez, la justicia no sería para un extraño. Sería mi venganza.
Capítulo 1
MARCO PERAL POV:
El hedor a muerte me golpeó antes de que mis ojos pudieran procesar el horror. Era una mezcla nauseabunda de putrefacción, tierra húmeda y algo metálico, dulzón y repugnante. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la madrugada en esa obra en construcción abandonada.
El oficial Flores me miró con los ojos muy abiertos, su rostro pálido por la luz intermitente de las sirenas. "Fiscal Peral", tartamudeó, su voz apenas un susurro. "Es... es terrible."
Asentí, forzándome a mantener la compostura. Había estado en medio de una cena importante, discutiendo un caso de alto perfil, cuando la llamada llegó. Dejé mi copa de vino a medio terminar y mi exnovia, Amaya, me miró con una mezcla de preocupación y molestia. "Ten cuidado, Marco", dijo con su voz melosa. "Tu trabajo es agotador." Me odiaba por tener que irme, pero mi deber era lo primero. O eso me decía a mí mismo.
El Comandante Velasco, un hombre con más años en esto que yo, se acercó, su rostro curtido era una máscara de seriedad. "Fiscal, por favor, mantenga la distancia. La escena está contaminada."
"Lo sé, Comandante", respondí, mi voz sonaba más firme de lo que me sentía. Mi reputación como fiscal intachable y eficiente era mi mayor activo. No podía permitirme flaquear.
Me acerqué, mis botas crujiendo sobre los escombros. El cuerpo yacía en una zanja, cubierto de tierra y ramas secas. El tiempo, la humedad y, probablemente, los animales, habían hecho su trabajo. La silueta era apenas reconocible como humana.
El rostro... no había rostro. Era una masa desfigurada, irreconocible. La ropa estaba desgarrada, manchada de sangre y lodo seco. Era evidente que la víctima había sufrido una violencia extrema. Los fragmentos óseos expuestos, la piel lacerada, el hedor que se intensificaba con cada paso. Mi estómago se revolvió. Tuve que tragar con fuerza para reprimir el impulso de vomitar.
"¿Alguna identificación?", pregunté, mi mirada buscando algo, cualquier cosa, que pudiera darle un nombre a esa pobre alma.
El forense, el doctor Hernández, se inclinó, un guante de látex rozando la tierra. "Nada visible, Fiscal. Las huellas dactilares serán un desafío. Y la dentadura..." Dejó la frase en el aire. No hacía falta que terminara.
Mis ojos se posaron en algo que brillaba débilmente entre la tierra endurecida, cerca del hombro del cuerpo. Un pequeño relicario de plata, manchado de sangre seca y barro, pero inconfundible. Tenía un diseño intrincado, grabado con una rosa de ocho pétalos.
Mi aliento se cortó. No podía ser.
Mis dedos, enguantados, temblaron ligeramente mientras lo recogía. Colgando del relicario, había un pequeño dije en forma de cuchara de madera, no más grande que mi pulgar. Una pequeña imperfección en la madera, una astilla en el borde, lo hacía único.
Un recuerdo fugaz, como un picotazo de dolor, atravesó mi mente. Selena. Mi esposa.
La había hecho ella misma, en un taller de artesanía al que asistía antes de que la conociera. Me la entregó una noche, con los ojos brillantes de orgullo. "Es para ti, Marco", dijo, su voz dulce y vacilante. "Para que siempre recuerdes que te prepararé el mejor café del mundo."
Sentí un amargo sabor en mi garganta. La cuchara de madera. El símbolo de su amor ingenuo. Amaya, un día, la había visto en mi escritorio. "Qué cursi, Marco", había dicho, con una sonrisa sarcástica. "Parece hecha por una niña de preescolar. ¿Y esa rosa? Más bien una espina."
Sus palabras, como veneno, se habían incrustado en mi mente. En ese momento, sentí vergüenza. Vergüenza de que Selena, con sus gustos sencillos y su arte "menor", pudiera avergonzarme frente a Amaya. Le tiré la cuchara a Selena, la vi caer al suelo, rodar bajo el sofá. "¡No necesito estas tonterías, Selena!", le grité. "¡Necesito una esposa que me apoye, no que me avergüence! ¡Necesito a alguien que entienda mi mundo, no que me ate a uno de fantasías!"
Marco, mi mente me gritaba, concéntrate. No era ella. No podía ser ella. Selena era un estorbo, sí, pero no esto.
El sudor frío me perlaba la frente. Apreté el relicario en mi mano, el metal frío contrastando con el calor de mi palma.
"¡Comandante!", grité, mi voz áspera. "Necesito que esta investigación sea impecable. ¡No quiero errores! ¡Quiero resultados! ¡Esta ciudad no puede permitirse que un crimen como este quede impune!"
Mi mirada volvió al relicario. No, no era ella. Selena era una artista, una soñadora. Yo era un fiscal ambicioso. No éramos compatibles. Ella solo me traía problemas, me arrastraba a un mundo que no era el mío.
Y ahora, con su desaparición, su ausencia, ¿no me estaba causando más problemas?
"¡Encuentren a los responsables!", volví a gritar, mi voz resonando en el frío de la madrugada. "¡Que sientan todo el peso de la ley! ¡No me importa quién sea, no me importa qué tan poderoso sea! ¡Quiero justicia!"
Apreté los dientes. La justicia... la justicia era para los fuertes, para los que la merecían.
"Y que nadie piense que esto me va a distraer de mis otros objetivos", murmuré para mí, mi mirada perdida en la oscuridad que rodeaba la escena del crimen. "Amaya me necesita. Haré lo que sea por ella."
MARCO PERAL POV:
El relicario y la cuchara de madera fueron etiquetados y guardados como evidencia. Un objeto insignificante para la mayoría, pero un puñal para mí, aunque lo negara con todas mis fuerzas.
Horas más tarde, en la morgue, el doctor Hernández me llamó. Su voz sonaba más grave de lo usual. "Fiscal Peral, hay algo más."
Me acerqué a la mesa de autopsias, el olor a formol y carne me quemaba las fosas nasales. El ayudante, un joven pasante llamado Miguel, levantó una sábana blanca. Su rostro estaba lívido.
"Fiscal, lo que voy a decir... es difícil."
Lo miré fijamente. "Solo diga lo que encontró, Miguel."
"La víctima... estaba embarazada."
El mundo se detuvo. Embarazada. Mi visión se nubló. Una punzada en el pecho. No podía ser. ¡Selena no podía estar embarazada! ¿Con quién? La rabia me invadió.
"¡¿Embarazada?!", grité, golpeando la mesa. El sonido metálico resonó en la sala. "¡Maldita sea! ¡¿Con quién diablos?!"
Miguel retrocedió un paso, asustado. "No... no podemos saberlo aún, Fiscal. Pero el feto... tenía aproximadamente diez semanas."
Diez semanas. Mi puño se cerró. Selena me había dicho que no quería hijos, que su arte era su único hijo. ¿Mentiras? ¿Todo era una farsa? Ella siempre me decepcionaba.
Pero al mismo tiempo, una vocecita en mi cabeza, una que intenté silenciar de inmediato, susurró el nombre de Selena. Su voz dulce, sus ojos suplicantes. Marco, por favor, créeme. Yo te amo. No he hecho nada malo. No, no, no. Eso era su culpa. Su egoísmo.
Sé a quién ama Marco. Sé a quién necesita. Solo quería que me viera. Solo quería que me amara. La imagen de Selena, su rostro pálido y vulnerable, parpadeó en mi mente. No, no. Era una ilusión.
"¿Quién hizo esto?", gruñí, mi voz llena de furia. "¡Malditos bastardos! ¡Matar a una mujer embarazada! ¡Son unos animales!"
No Marco, no son ellos los animales. Tú lo fuiste. La voz de Selena, una voz que intentaba olvidar, resonó en mis oídos. Nunca me amaste. Nunca me creíste.
Amaya. Su rostro enfermo, su cabello rubio cayendo sobre la almohada. Su voz débil. "Marco, mi enfermedad... es grave. Necesito un trasplante de médula ósea. Selena es mi única esperanza."
El recuerdo me golpeó con fuerza. La noche anterior. La llamada de Amaya. Su voz, rota, suplicando mi ayuda. Tenía que ir a verla. Tenía que estar con ella.
"¿Dónde está Selena?", preguntó Amaya, su mirada perspicaz. "Ella es la única compatible. ¿La convenciste?"
"Ella lo hará, Amaya", le aseguré, aunque en el fondo no estaba tan seguro.
Pero luego, sus palabras. "Marco, sé que esto es difícil, pero... Selena no es quien crees. La vi. Con otro hombre. Ella te está engañando."
Mi sangre hirvió. Engañándome. ¿Cómo se atrevía? Yo, Marco Peral, el fiscal, con una esposa infiel. La humillación era insoportable.
Esa noche, en la cena familiar, la confronté. Mis palabras, como dagas, se clavaron en ella. La acusé, la humillé. La dejé sola en la calle, con la lluvia cayendo, con sus lágrimas mezclándose con el agua.
La dejaste, Marco. La abandonaste. Y ella te necesitaba.
No es cierto. Ella me abandonó a mí. Esa era la verdad que me repetía una y otra vez.
"¡Fiscal!", la voz de Miguel me sacó de mi ensimismamiento. "Esto es muy grave. Un feto de diez semanas. Esto eleva la prioridad del caso. El público se indignará."
Asentí, intentando borrar la imagen de Selena. Su rostro desfigurado. ¿Y si...? No. Imposible. Selena no era el problema. Ella era la víctima. Una víctima que, de alguna manera, siempre me causaba problemas, incluso muerta.
Lo siento, Marco. Siempre fui una carga para ti. Siempre fui la que te estorbaba.
"Anote el embarazo en el informe", ordené, mi voz firme. "Y busquemos a los responsables. Sea quien sea."
Nunca confiaste en mí, Marco. Ni una sola vez. Siempre estuviste ciego. Siempre la preferiste a ella.
No, no, no. Yo no estaba ciego. Yo amaba a Amaya. Siempre lo había hecho. Selena... Selena era un escalón. Un error.
Mi mente vagó. En mi casa, las fotos de Amaya llenaban los marcos. Mis historias, mis sueños, siempre giraban en torno a ella. Selena... ¿qué lugar ocupaba Selena? Ninguno. Ella era un intruso en mi propia historia de amor.
Fui un fantasma en tu propia casa, Marco. Un fantasma que te amó con todo su ser.
Mis amigos me advirtieron. 'Ese hombre solo te traerá dolor', decían. Pero yo no los escuché. Creí en ti. Creí en el amor.
Y ahora... ahora soy solo un cuerpo. Un cuerpo que te molesta, incluso muerto.
"Doctor Hernández", dije, encendiendo un cigarrillo, el humo llenando mis pulmones. "Los asesinos siguen sueltos. Y si esto es lo que hacen... ¿quién sabe de lo que son capaces?"
El doctor me miró, su expresión preocupada. "Fiscal, su esposa... ¿está bien? Debería asegurarse de que esté a salvo. Los casos así pueden ser peligrosos para los seres queridos."
"¿Selena?", resoplé, un amargo sarcasmo en mi voz. "Selena es... un espíritu libre. Difícil de controlar."
El doctor, un viejo amigo de mi padre, me observó con una mirada que me conocía demasiado bien. "Marco, te conozco desde niño. Selena es una buena mujer. Y te ama."
Una punzada en el abdomen me hizo fruncir el ceño. Me llevé la mano al estómago. El dolor constante que a veces me atacaba.
"¿Estás bien, Marco?", preguntó el doctor, notando mi gesto.
"Sí, sí. Solo un poco de gastritis. Selena solía prepararme unas infusiones..." Mi voz se apagó, las palabras murieron en mi garganta.
Yo te cuidaba, Marco. Te preparaba medicinas. Te velaba en tus noches de dolor.
"Ella es tu esposa, Marco", dijo el doctor con voz suave. "Ella te eligió. Tú la elegiste."
Sacudí la cabeza con fuerza. "No. No la elegí. Necesitaba... necesitaba estabilidad. Y Amaya... Amaya me necesita."
Mentira, Marco. Necesitabas a Amaya. Siempre la necesitaste. Y a mí... a mí solo me usaste.
"Ella me negó su médula ósea", escupí, la rabia regresando. "¡Me negó la vida de Amaya! ¡Y ahora, embarazada! ¡Una mentirosa!"
"Marco, ¿estás seguro de que no estaba embarazada?", preguntó el doctor, una nueva seriedad en su voz. "Recuerdo que Amaya te dijo que Selena no se apareció después de una noche de copas, pero... ¿y si no fue así?"
"¡Claro que no!", grité, furioso. "¡Hace meses que no... no hemos tenido intimidad! ¡Ella es una mentirosa!"
Marco, no sabes lo que dices. Esa noche... Esa noche de tu cumpleaños, cuando bebiste demasiado. Yo te cuidé con amor. Y fui tuya.
"Amaya me lo dijo", insistí. "Me dijo que no se presentó en la villa. Que me abandonó allí."
¡Mentira! ¡Mentira, Marco! La voz de Selena en mi cabeza sonó con una desesperación que me partió el alma, aunque me negara a escucharlo. Amaya te mintió. Yo estuve ahí. Te cuidé toda la noche. Te entregué mi corazón. Y mi cuerpo. Y tú... tú me dejaste en la puerta de la casa como si fuera basura.
"¡Ella se fue!", grité, mi voz quebrándose. "¡Me dejó! ¡Me abandonó! ¡Y ahora esto!"
No, Marco. No me fui. Me secuestraron. Me mataron. La voz de Selena, cada vez más clara, más dolorosa. Mientras tú dormías, yo estaba sufriendo. Y ahora... ahora llevas mi hijo. Nuestro hijo. Y ni siquiera lo sabes. Ni siquiera lo crees.
MARCO PERAL POV:
"Amaya, mi amor", le susurré al teléfono, mi voz suavizada por la ternura. "Pronto estaremos juntos. Sin obstáculos. Sin nada que nos separe." Apreté los dientes. Selena se había vuelto un estorbo insoportable.
El teléfono sonó de nuevo. Era Lara, la hermana de Selena. Respondí con un gruñido.
"Marco, ¿dónde está Selena?", su voz, aunque preocupada, sonaba irritante.
"No lo sé, Lara", respondí con impaciencia. "Seguramente está con alguno de sus amantes. Ya sabes cómo es."
"¿Sus amantes?", Lara sonó incrédula. "¿De qué hablas? Ella tenía una cita en el médico hoy. Una muy importante."
Una cita. ¿Y ahora con quién? Mi furia se encendió. Lara, una vieja amiga mía de la universidad, siempre fue su protectora. Siempre la excusaba.
Lara siempre fue mi roca. La única que me defendió de ti, Marco. La única que vio tu verdadera cara.
"¡Tonterías, Lara!", espeté. "Seguramente está buscando atención. Siempre lo hace."
"Marco, no te creo. Llevo días sin saber nada de ella. Su teléfono está apagado. ¿Y tú, su esposo, no sabes dónde está? ¿No te preocupa?" La voz de Lara subió un tono.
"Por supuesto que me preocupa", mentí. "Pero Selena es así. Dramática. Seguramente está escondida en algún lugar, esperando que la busque, que le ruegue. Que le pida perdón por no darle la razón. Siempre buscando atención."
"¡Es increíble que pienses eso!", exclamó Lara, exasperada. "¡Ha cambiado, Marco! ¡Te has vuelto un monstruo! ¡Selena jamás haría algo así! ¡Está embarazada, Marco! ¡Embarazada de tu hijo!"
Mis ojos se abrieron de par en par. La rabia me cegó. "¡No mientas, Lara! ¡Ella no está embarazada! ¡Y si lo estuviera, no es mío! ¡Ella me engañó, me lo dijo Amaya! ¡Selena es una egoísta, una manipuladora!"
"¡No te atrevas a hablar así de mi hermana!", Lara gritó, su voz temblaba de furia. "¡Tú eres el manipulador! ¡Tú eres el ciego! ¡Desde que Amaya volvió, te has convertido en un títere!"
"¡Basta!", rugí. "Si insistes en defenderla, si insistes en creer sus mentiras, entonces no me busques más. ¡Considera que nuestro matrimonio, si es que alguna vez lo fue, ha terminado! ¡No voy a permitir que nadie destruya mi felicidad con Amaya! ¡Ella es la mujer que amo!"
Colgué el teléfono, la furia me ahogaba. Mi rostro se contrajo. El ayudante, Miguel, se acercó con cautela.
"¿Fiscal? ¿Todo bien? ¿Alguna noticia de su esposa?"
Me volteé, la ira aún burbujeaba en mi interior. "¡Mi esposa está perfectamente bien, Miguel! Seguramente está en algún escondite, intentando llamar la atención, como siempre. Es una experta en el drama."
El Comandante Velasco, que había estado observando la escena, negó con la cabeza, una expresión de tristeza en su rostro. "Recuerdo su boda, Marco. Estaba tan feliz."
Feliz. ¿Lo fui, Selena? ¿O solo actué?
Esa fue la primera vez que la conocí. Amaya. Tu primer amor. Llegaste tarde a nuestra cita. Estabas nervioso. Yo solo quería conocer a la mujer que te había amado antes que yo. Quería ser su amiga.
Era un restaurante elegante. Me sentía fuera de lugar con mi vestido sencillo, hecho por mí misma. Tú me habías regañado por no comprar algo más caro. Yo solo quería impresionarte con mi creatividad.
Amaya apareció, como una reina, con un vestido despampanante y una mirada de superioridad. "Así que esta es la 'artista' de la que me hablaste, Marco", dijo, su voz destilando veneno. "No está mal, para ser una provinciana."
Mi estómago se encogió. Me sentí pequeña, insignificante. Tú, Marco, me miraste con una expresión sombría. No por las palabras de Amaya, sino por mí. Por avergonzarte.
"Selena, por favor, ve a casa y cámbiate", me ordenaste con voz fría. "Tu atuendo es... inapropiado para este lugar. Para mi compañía."
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me disculpé, la vergüenza me quemaba el rostro. Mi vestido, que había tardado semanas en diseñar y coser, valía el salario de un mes. El suyo, de diseñador, el de un año.
"Vuelve cuando estés presentable", dijiste, sin mirarme.
Ese fue el principio del fin.
"No hay reportes de personas desaparecidas con ese nombre", dijo un joven oficial, entregándome una pila de papeles.
"¿En serio? ¿Nadie la está buscando?", preguntó otro oficial, con un tono de extrañeza. "Qué raro. ¿Ni siquiera su esposo?"
Marco, mira. Estás más preocupado por un cadáver desconocido que por mí. Siempre ha sido así.
Nunca me amaste. Nunca me buscaste. Siempre fuiste el hombre que te preocupabas por los demás, pero no por mí.
"Seguramente quiere que la busquemos", dije con desdén. "Quiere llamar la atención. Es manipuladora. Siempre lo fue."
¿Manipuladora? ¿Yo? ¿O la mujer por la que abandonaste todo, incluso tu propia familia?
"Fiscal, encontramos esto en el estómago del cadáver", dijo el doctor Hernández, entregándome una pequeña bolsa de plástico con un trozo de papel arrugado.
Lo tomé. ¿Qué significado tendría esto?
Miguel, el ayudante, me miró con timidez. "¿Fiscal? Su esposa... ¿estará bien?"
"¡Miguel, ya basta!", lo corté. "Ella está bien. Seguramente está esperando que la llame, que le ruegue. Pero no lo haré. Nunca más."
No, Marco. No te llamaré. No rogaré. No pediré perdón. Porque ya no estoy viva. Estoy aquí. Justo frente a ti. Y soy solo un reemplazo. Un fantasma. Un estorbo.
Y esta vez, me has abandonado para siempre.