Faltaban solo tres días para mi boda con Isabela, el amor de mi vida, por quien había renunciado a mi carrera como primer bailarín en el Ballet Nacional, un pequeño precio por una vida a su lado.
Pero un "accidente" de caballo me dejó postrado en el hospital, y fue allí donde el velo de mi perfecta vida se rasgó: oí a Isabela, la mujer que decía amarme, conspirar con el médico para que mi pierna nunca se recuperara, para que quedara permanentemente lisiado e infértil.
Descubrí que era solo un peón en su gran plan para heredar la fortuna familiar, mientras ella ocultaba a su verdadero amante, un torero, y a su hija, la que pretendía adoptar "conmigo".
¿Cómo podía una mujer de la que creía estar tan enamorado desear mi destrucción total, arrebatarme mi arte y mi futuro, con una crueldad tan calculada?
Así que, con el corazón roto y la rabia como combustible, decidí que si ella quería un hombre muerto, se lo daría, pero a mi manera: orquesté mi propia desaparición, dejando atrás una fachada de dolor para renacer de las cenizas y asegurar que ella, y solo ella, pagara el precio de su traición.
Faltaban tres días para mi boda con Isabela.
El sol de Sevilla caía a plomo sobre los campos de olivos de su familia, pero yo no sentía el calor, solo el galope del caballo bajo mi cuerpo, un ritmo familiar que siempre me había dado paz.
Era el semental andaluz favorito de Isabela, un animal noble y fuerte. Me lo había regalado ella, como un símbolo de nuestro futuro juntos.
Por ella, por ese futuro, había renunciado a mi puesto como primer bailarín en el Ballet Nacional. Dejar Madrid, dejar mi carrera en su punto más alto, todo parecía un pequeño precio a pagar por una vida a su lado.
Mi familia, los De la Vega, ya no teníamos el poder de antes, éramos un apellido noble en decadencia, mientras que la familia de Isabela, los Castillo, eran los reyes del aceite de oliva en toda Andalucía. Nuestra unión era, para todos, la alianza perfecta. Para mí, era simplemente amor.
El caballo se encabritó de repente, sin previo aviso.
Fue un movimiento violento, antinatural. Sentí cómo perdía el control, cómo mi cuerpo salía despedido por los aires. Luego, el impacto seco contra el suelo polvoriento.
Un dolor agudo, insoportable, me recorrió la pierna izquierda. Un crujido sordo resonó en mis oídos.
Y después, la oscuridad.
Lo último que vi fue el rostro de Isabela, corriendo hacia mí, gritando mi nombre. Su expresión era de puro terror y desesperación.
Cuando desperté, el olor a antiséptico del hospital me llenó los pulmones. Mi pierna estaba envuelta en un yeso pesado, inerte.
Isabela estaba a mi lado, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.
"Javier, mi amor", susurró, su voz rota. "El caballo... se asustó. El mozo de cuadra no lo había asegurado bien. Ya lo he denunciado, pagará por esto".
Apretó mi mano con fuerza.
"No te preocupes, estaré contigo. Siempre".
Sufría por mí. Su dolor era tan real, tan palpable, que me sentí culpable por dudar un instante.
Creí cada una de sus palabras.
Estaba atrapado en una neblina de analgésicos. Entraba y salía de la consciencia, un estado confuso donde los sueños se mezclaban con los susurros de la habitación del hospital.
Fue en uno de esos momentos de lucidez borrosa cuando la escuché.
La voz de Isabela, tensa y baja, distinta a la que usaba conmigo.
"Doctor, ¿está seguro de que el tratamiento conservador es la única opción?".
La voz del doctor sonaba profesional, pero con un matiz de complicidad.
"Señorita Castillo, dadas las múltiples fracturas, es el procedimiento estándar para minimizar riesgos. Una cirugía ahora sería muy agresiva".
Hubo una pausa. Podía imaginar a Isabela mirando por la ventana, asegurándose de que nadie escuchaba.
"No me ha entendido, doctor. No quiero minimizar riesgos. Quiero maximizar el daño".
Mi corazón se detuvo. El efecto de la morfina pareció desvanecerse en un instante.
"Quiero que su pierna no se recupere. Nunca. Quiero que quede cojo para siempre".
El aire se volvió denso, pesado. No podía moverme, no podía hablar. Solo escuchar.
"Un bailarín sin su pierna no es nada", continuó ella, su voz ahora un silbido helado. "Perderá su arrogancia, su orgullo. Dependerá de mí. Completamente".
El doctor carraspeó. "Señorita Castillo, eso es... una negligencia médica muy grave".
"Y usted recibirá una compensación muy generosa. Su clínica, sus investigaciones... Piense en ello. Nadie tiene por qué saberlo. Es una lesión complicada, los resultados pueden ser impredecibles".
Silencio. Un silencio que gritaba un acuerdo.
Pero el horror no había terminado.
"Hay algo más", dijo Isabela. "Durante la próxima intervención, la que sí haremos, necesito que le provoque una azoospermia. Un daño irreversible. Le diremos que fue consecuencia del traumatismo. Un golpe desafortunado".
No entendía. ¿Por qué? ¿Por qué tanta crueldad?
"Así", explicó ella, como si resolviera un simple problema de negocios, "podremos adoptar. Ya tengo a la niña perfecta. Nadie hará preguntas. Seremos la familia perfecta que mi padre siempre ha querido".
Una lágrima caliente rodó por mi sien y se perdió en la almohada.
No era un sueño.
Era una pesadilla. Y yo estaba despierto.