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El Último Pago: Mi Verdadera Liberación

El Último Pago: Mi Verdadera Liberación

Autor: : Yi Ye
Género: Urban romance
Mientras empacaba mi maleta para regresar a Andalucía, aceptando el matrimonio arreglado que mis padres proponían para huir de Madrid, el teléfono sonó. Era Valentina, con una pregunta que me heló: "¿Estás segura de esto? ¿Qué hay de Javier?" Abrí un álbum de fotos y descubrí la imagen de un hombre arrogante, el mismo que irrumpió furiosamente en mi apartamento y me trató como un objeto mientras su amante, Isabella, fingía un embarazo. La humillación se volvió una pesadilla cuando, tras un incidente traumático que culminó en un aborto espontáneo, ese mismo hombre, Javier, con una crueldad inhumana, me pateó brutalmente en el estómago. En el hospital, con la sangre manchando las sábanas blancas, el dolor físico no se comparaba con su orden fría: "¡Vas a arrodillarte ante Isabella y pedirle perdón por nuestro hijo!" ¿Perdón? ¿Por la vida de un hijo inocente que él mismo me había arrebatado con sus patadas? En ese instante, la niebla de la amnesia se disipó brutalmente, no para devolverme el amor, sino para mostrarme la cruda y fea verdad de mis últimos cinco años de estupidez. Me arrodillé, no por sumisión, sino para un último y doloroso acto de liberación: "Considéralo el pago final por mi devoción", susurré, mientras me levantaba para marcharme, dejando atrás esa vida y a ese monstruo para siempre. Salir de Madrid, dejarlo todo, era el verdadero inicio de algo puro y completamente mío.

Introducción

Mientras empacaba mi maleta para regresar a Andalucía, aceptando el matrimonio arreglado que mis padres proponían para huir de Madrid, el teléfono sonó.

Era Valentina, con una pregunta que me heló: "¿Estás segura de esto? ¿Qué hay de Javier?"

Abrí un álbum de fotos y descubrí la imagen de un hombre arrogante, el mismo que irrumpió furiosamente en mi apartamento y me trató como un objeto mientras su amante, Isabella, fingía un embarazo.

La humillación se volvió una pesadilla cuando, tras un incidente traumático que culminó en un aborto espontáneo, ese mismo hombre, Javier, con una crueldad inhumana, me pateó brutalmente en el estómago.

En el hospital, con la sangre manchando las sábanas blancas, el dolor físico no se comparaba con su orden fría: "¡Vas a arrodillarte ante Isabella y pedirle perdón por nuestro hijo!"

¿Perdón? ¿Por la vida de un hijo inocente que él mismo me había arrebatado con sus patadas?

En ese instante, la niebla de la amnesia se disipó brutalmente, no para devolverme el amor, sino para mostrarme la cruda y fea verdad de mis últimos cinco años de estupidez.

Me arrodillé, no por sumisión, sino para un último y doloroso acto de liberación: "Considéralo el pago final por mi devoción", susurré, mientras me levantaba para marcharme, dejando atrás esa vida y a ese monstruo para siempre.

Salir de Madrid, dejarlo todo, era el verdadero inicio de algo puro y completamente mío.

Capítulo 1

La maleta estaba casi llena sobre la cama de mi apartamento en Madrid. Solo quedaban unos pocos huecos por rellenar. Metí un par de jerséis de lana y un libro de bolsillo. En una semana, tomaría un avión de vuelta a Andalucía, a casa. Mis padres me habían llamado esa mañana desde la finca. Tenían un candidato perfecto para un matrimonio concertado. Acepté sin pensarlo.

El teléfono sonó. Era Valentina.

«Sofía, ¿estás segura de esto? ¿Volver a casa para un matrimonio que ni siquiera has elegido? ¿Qué pasa con Javier?»

Me detuve, con un vestido de verano en la mano.

«¿Javier? ¿Quién es Javier?»

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, lleno de confusión.

«Sofía... ¿no te acuerdas de nada? ¿Del accidente? ¿Del hospital?»

Recordaba el hospital. El olor a desinfectante y el pitido de las máquinas. Recordaba a mis padres llorando a mi lado. Pero no recordaba ningún accidente. Y definitivamente, no recordaba a ningún Javier.

«No sé de qué hablas, Valentina. Solo quiero volver a casa».

«Abre el cajón de tu mesita de noche. El de la derecha».

Seguí sus instrucciones. Dentro había un álbum de fotos de cuero blanco. Lo abrí. En cada página, estaba yo, sonriendo a un hombre alto y de aspecto arrogante. Él nunca me devolvía la mirada. Sus ojos siempre estaban en otro lugar, o en su teléfono. En muchas fotos, una mujer despampanante de pelo negro aparecía cerca, riendo con él. Yo parecía una sombra a su lado, una sombra feliz pero invisible.

«He pasado cinco años obsesionada con este hombre, ¿verdad?», pregunté, mi voz plana. No sentía nada. Ni amor, ni dolor. Solo un vacío.

«Sí», susurró Valentina. «Esa es Isabella, su ex. O su actual. Nunca estuvo claro».

Cerré el álbum y lo dejé caer al suelo.

«Pues ya no. No me importa. Quiero empezar de nuevo, lejos de aquí».

Justo en ese momento, la puerta del apartamento se abrió de golpe, estrellándose contra la pared. El hombre de las fotos, Javier, estaba en el umbral. Su rostro era una máscara de furia.

«Sofía, ¿qué coño estás haciendo?», gritó, su voz resonando en el pequeño espacio.

Valentina, al otro lado del teléfono, gritó mi nombre, pero yo ya estaba paralizada.

«¿Quién te crees que eres para desaparecer así?», avanzó hacia mí, sus pasos pesados y amenazantes.

Valentina intentó intervenir por el altavoz. «Javier, déjala en paz, no se encuentra bien...»

Él ni siquiera miró el teléfono. Su atención estaba fija en mí.

«¿Montando un numerito por lo del compromiso? ¿Un accidente de coche para llamar mi atención? Patético».

Se cernió sobre mí, su sombra cubriéndome por completo.

«Vas a deshacer esa maleta. Esta noche tenemos una gala benéfica. Tienes que venir conmigo».

Negué con la cabeza. «No voy a ir a ningún sitio contigo. No te conozco».

Una risa amarga y cruel escapó de sus labios.

«Ah, ¿ahora jugamos a la amnesia? Qué original. Me da igual. Eres mi prometida, mi tapadera. Necesito que estés allí sonriendo mientras yo me ocupo de mis asuntos».

«¿Tus asuntos?», repetí, confundida.

«Isabella estará allí. No quiero que la prensa empiece a cotillear».

Agarró mi brazo con fuerza, sus dedos clavándose en mi piel. El dolor fue agudo y repentino.

«Me estás haciendo daño», susurré, intentando liberarme.

«Entonces obedece», siseó.

En ese preciso instante, la puerta, que seguía abierta, reveló una nueva figura. Era la mujer de las fotos, Isabella. Se apoyaba en el marco de la puerta, con una mano en su vientre ligeramente abultado.

«Javi, cariño, me siento un poco mareada».

La transformación de Javier fue instantánea. Soltó mi brazo como si quemara y corrió al lado de Isabella, su rostro lleno de una preocupación que yo nunca había visto en las fotos.

«Bella, ¿estás bien? ¿Es el bebé?», la rodeó con sus brazos, su voz un murmullo tierno y protector.

Me empujó a un lado sin mirarme, como si yo fuera un mueble en su camino. Caí hacia atrás, golpeándome la cadera contra la esquina de la cama. El dolor me recorrió la pierna, pero fue el dolor sordo de su indiferencia lo que más me afectó.

Valentina, que había escuchado todo, gritó desde el teléfono: «¡Javier, eres un monstruo! ¡Mira lo que has hecho!».

Javier se giró, su rostro de nuevo contraído por la ira. Se acercó al teléfono, que había caído al suelo, y se lo arrebató a Valentina, que había llegado corriendo al apartamento mientras él atendía a Isabella.

«¡Tú! ¡Siempre metiendo cizaña!», le gritó a su prima.

Y entonces, su mano se movió a una velocidad cegadora.

El sonido de la bofetada resonó en la habitación, seco y brutal. La mejilla de Valentina se puso roja al instante.

«Esto es por crear problemas», dijo Javier, su voz helada. Luego se volvió hacia mí. «Te quiero en la gala a las ocho. Perfecta y sonriente. Si no apareces, me aseguraré de que tu familia en Andalucía sepa la clase de hija problemática que tienen».

Se dio la vuelta, tomó a Isabella suavemente por la cintura y salió del apartamento, dejándonos a Valentina y a mí en un silencio roto solo por sus sollozos.

Capítulo 2

Valentina me abrazó, su mejilla todavía roja e hinchada.

«No tienes que ir, Sofía. Podemos llamar a tus padres. Ellos te protegerán».

Negué con la cabeza. Un extraño instinto de supervivencia, nacido de un pasado que no recordaba, me decía que desafiar a Javier ahora solo traería más dolor. El dolor en mi muñeca y en mi cadera era prueba suficiente.

«Iré», dije, mi voz sonando más firme de lo que me sentía. «Será la última vez».

Toqué la marca en su mejilla. «Lo siento, Val. Esto es por mi culpa».

«No digas eso. Es culpa suya. Es un animal».

Me ayudó a levantarme. La calma que sentía era antinatural. Era como ver una película sobre la vida de otra persona. Una película muy mala. Mientras Valentina buscaba hielo para su cara, yo empecé a deshacer la maleta. Saqué los jerséis de lana y los vaqueros. En su lugar, busqué en el armario.

Colgando en una funda de plástico, había un vestido de noche de seda verde esmeralda. Era elegante, caro y completamente impersonal. Lo saqué. Junto a él, una caja de terciopelo con un pesado collar de diamantes y pendientes a juego. El set de compromiso.

Lo miré sin emoción. Eran solo piedras frías.

Me vestí mecánicamente. El vestido se sentía como un disfraz. El maquillaje, una máscara. Cuando terminé, la mujer en el espejo era una extraña. Hermosa, sí, pero vacía.

Javier había enviado un coche. El chófer no dijo una palabra. El trayecto a la gala fue silencioso. El salón de baile era un mar de luces de araña, champán y sonrisas falsas. Javier me esperaba en la entrada, impaciente.

«Llegas tarde», espetó, sin mirarme. Me tomó del brazo, su agarre de nuevo posesivo. «Sonríe. Todo el mundo nos está mirando».

Hice lo que me pidió. Curvé mis labios en una sonrisa que no llegaba a mis ojos. Él me guio a través de la multitud, asintiendo a socios comerciales y rivales por igual. Yo era el accesorio perfecto en su brazo.

Pronto, localizó a Isabella. Estaba en el centro de un círculo de admiradores, riendo y tocándose el vientre. Javier me soltó sin una palabra y se dirigió directamente hacia ella. La besó en los labios, un beso largo y apasionado para que todos lo vieran. La multitud murmuró.

«¿No es esa Sofía, su prometida?»

«Pobre chica. Él la trata como a un fantasma».

«Dicen que Isabella está embarazada. Quizás por eso la soporta».

Las palabras flotaban a mi alrededor, pero no me tocaban. Me dirigí a la barra y pedí un vaso de agua. Observé la escena desde la distancia. Javier y Isabella eran el sol, y todos los demás planetas giraban a su alrededor. Yo era un asteroide perdido en la oscuridad.

El subastador subió al escenario. La puja principal de la noche era un collar de diamantes y zafiros llamado "El Corazón del Océano". La puja empezó alta y subió rápidamente.

«¡Un millón!», gritó un oligarca ruso.

«¡Dos millones!», respondió un jeque árabe.

Entonces, la voz de Javier cortó el aire.

«Cinco millones».

La sala quedó en silencio. Nadie se atrevió a superar la oferta.

«¡Vendido al señor Javier Montero por cinco millones de euros!», anunció el subastador.

Javier subió al escenario, tomó el collar y, en lugar de volver a nuestra mesa, caminó directamente hacia Isabella. La multitud se apartó para dejarle paso. Se arrodilló, le puso el collar y la besó de nuevo, esta vez en la frente. Los flashes de las cámaras explotaron.

El subastador, un hombre mayor y amigo de la familia de Javier, sonrió. «¡Un hermoso regalo para la futura señora Montero!».

Isabella sonrió, radiante, y aceptó el título sin dudarlo. Javier la miró con una adoración que dolería si yo sintiera algo por él.

Me di la vuelta y me dirigí al baño de señoras. Necesitaba un respiro del aire viciado de la sala.

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