Inglaterra, 7 de mayo de 1.892.
Amanda examinó su reflejo en el gran espejo del vestíbulo de la posada George. El brocado de su vestido plateado se ceñía en su corpiño y descendía por la amplia falda. Era la primera vez que llevaba un vestido y por esa razón aún no se había acostumbrado a la sensación de moverse en la extraña prenda. Acarició la hermosa tela mientras se balanceaba para jugar con el cancán.
Ese año, Amanda había cumplido 18 años. Era la única ocasión en la que una dama abandonaba la practicidad de los pantalones para volver a los vestidos que las mujeres de antaño habían soportado. Vestidos pesados e incómodos que, como les decían en la escuela, habían representado una jaula para las mujeres. En los tiempos de Amanda llevaban pantalones y prendas prácticas con las que poder trabajar. A excepción de esa única ocasión: la ceremonia de conversión a la edad adulta, cuando una dama escogía al hombre que la acompañaría y serviría durante toda su vida.
Era una celebración de gran importancia, que se desarrollaba en la mayor posada del centro de Crawley. Sucedía anualmente, cada 7 de mayo, para las jóvenes que habían cumplido o cumplirían 18 durante ese año. La celebración comenzaba a medianoche y duraba hasta el alba, y por primera vez a las cumpleañeras se les permitía beber vino.
Amanda contempló la copa del dulce líquido rojo que acababa de depositar sobre el mueble, culpándolo por su sopor. Las imágenes le llegaban a trompicones, como si se trataran de estáticos cuadros. Se prometió que ni una sola gota más tocaría sus labios enrojecidos por el tinte del vino. No quería que el alcohol entorpeciera su elección.
Pronto abandonarían el salón del George, donde habían comido y bebido durante toda la noche, para dirigirse al Andrónicus y comenzar la esperada ceremonia de selección.
El Andrónicus era la residencia de todo hombre menor de 18 años. Allí, los criaban y entrenaban para servir a sus amas.
-¿Estás preparada? -preguntó Jane, a su espalda.
Miró a su amiga a través del espejo. Jane era una de las jóvenes más hermosas de Crawley. Su larga cabellera negra caía en una cascada de rizos de su moño alto. Amanda siempre había envidiado el cabello azabache de su amiga, fortalecido gracias a la pomada de Henkel & Cie. El suyo era rubio y anodino como el de otras tantas jóvenes en Inglaterra que solían disimular los escasos atributos de sus melenas con peinados bouffant o pompadour fortalecidos con acondicionares para el cabello como el aceite de masacar, preparado a base de flores ylang-ylang traídas de La India. Al menos tenía la suerte de poder llevarlo suelto siempre que se le antojara. La obligación de recogérselo para encuentros sociales había pasado de moda. Quizá porque ya no quedaban hombres que consideraran el cabello suelto una provocación.
-¿Estás nerviosa?
-Lo estaba -respondió Amanda-. El vino ha ayudado a disipar los nervios, pero aún estoy preocupada. Mi madre dice que escoja al joven más fuerte; tú, al que más me atraiga. Ni siquiera sé qué significa eso.
Jane era un año mayor que ella, por lo que ya había pasado por la ceremonia de selección. Desde entonces, siempre iba acompañada de William, un hermoso muchacho de cabello rojizo y unos ojos verdes y vivaces.
-En realidad, tiene que ser una combinación de ambas cosas. Quieres que sea fuerte para que pueda ayudarte con tu trabajo, pero piensa que lo tendrás a tu lado a todas horas; no querrás escoger a alguien que te parezca repulsivo. Ten en cuenta que tendrás descendencia con esa persona.
Recogió la copa de vino que Amanda había abandonado sobre el chifonier con ribetes dorados que había bajo el espejo y le dio un sorbo.
-Lo sé -asintió Amanda-. Pero mi madre ha insistido tanto en que escogiera al más fuerte y al que me pareciera más inteligente. Ella tiene más años de experiencia en esto que nosotras.
―¿Al más inteligente? ―repitió Jane mientras reía.
―A mí también me resultó extraño. Nunca antes oí hablar de la inteligencia de un hombre.
Jane cruzó los brazos sobre su pecho.
―¡Qué tontería! Todos los hombres son iguales, no hay unos más inteligentes que otros. Todos portan la bacteria en su cerebro.
No supo qué decir, y Jane la sostuvo del hombro para darle la vuelta y situarla justo frente a ella.
-Amanda, no te preocupes. Cuando le veas, lo sabrás.
-Eso me preocupa incluso más. ¿Y si alguien me lo roba?
Su amiga le cogió la mano y tiró de ella de vuelta al salón principal, donde las demás jóvenes charlaban y bebían animadamente la última cosecha que les había llegado de la bodega Ridge View. Una alegre tuna de violines y arpas resonaba en la sala.
Amanda recogió otra copa de Port de las mesas dispuestas junto a la pared este del salón. Se trataba de un vino fortificado con brandy que había sido muy popular entre los hombres. Quizá por esa razón lo servían aquella noche.
-Ya sabes cómo funciona la ceremonia, y te he explicado todos los trucos posibles. Respira hondo, tranquilízate y todo irá bien.
Apenas un cuarto de hora más tarde, la partida abandonó la posada para dirigirse al Andrónicus.
La inesperada luz la obligó a pestañear varias veces, dejando que sus ojos se ajustaran al cambio y que su mente registrara la presencia del nuevo día.
Fue un paseo corto, pues ninguna de las jóvenes deseaba retrasar el momento con distracciones.
Solo las mujeres de Crawley que cumplían años y seleccionarían a su siervo aquella mañana podían pasar al salón principal, donde los muchachos aguardaban por ser elegidos. Las damas que se habían unido a la celebración tuvieron que decidir entre esperar en otra estancia o marcharse a sus casas.
Amanda respiró hondo al entrar en la sala de selección. Sus nervios habían regresado con tres veces más fuerza, y temió que, unidos a la falta de sueño, le ocasionaran un desmayo que no podía permitirse. Ni siquiera en las pruebas de la escuela había necesitado estar más alerta para la decisión que estaba a punto de tomar.
Se tranquilizó un tanto cuando al vislumbrar la célebre sala de elección del Andrónicus se la encontró sin hombres. Solo veía a las muchachas que emanaban como hormigas de las puertas dobles y rompían el silencio del salón con el eco de sus voces.
El incipiente sol de la mañana entraba con energía por las miles de cristaleras que rodeaban la estancia. Cortinas rosadas de terciopelo adornaban los lados de los ventanales y varias sillas ribeteadas en detalles blancos y salmón daban la vuelta a la sala, dejando prácticamente todo el espacio central disponible. Un cuadro inmenso cubría gran parte de la pared con una dama del siglo pasado que llevaba un precioso vestido blanco y abombado. No tenía idea de quién lo había pintado, pero su estilo le recordaba al de Jan Vermeer, con colores intensos y un gran contraste entre luces y sombras. Debía tratarse de la antepasada de una familia importante en la historia de Crawley. Amanda se quedó absorta en sus ojos afables y su sonrisa plácida. Aquella mujer había vivido entre hombres, tiranizada por estos, pero se la veía conforme dentro de su incómodo vestido.
Sus reflexiones se vieron interrumpidas por la llegada de una mujer de mediana edad y formas redondeadas, que emergió de una puerta al otro extremo de la sala y carraspeó para hacerse notar. Las voces de las jóvenes se apagaron de forma paulatina hasta extinguirse por completo.
-Buenos días y bienvenidas a la sala de selección del Andrónicus -exclamó la mujer con tono firme y claro-. A continuación van a conocer a la camada de hombres nacidos en el año 1.874. Todos ellos cumplen la mayoría de edad este año y han sido convenientemente entrenados durante este tiempo en las distintas disciplinas que por decreto real son de esperar en un siervo. Como ya saben, estas disciplinas incluyen: lectura, canto, baile, instrumentos de música, labores de aguja, actividades físicas varias y lengua inglesa. Por lo que no deberían tener ningún problema de compresión a la hora de obedecer las instrucciones de su ama. Recuerden, a su vez, que su majestad la Reina Victoria, señala como delito castigable cualquier petición a un siervo que esté fuera de la ley. Esto es maltratar o dañar a los siervos a través de vuestras órdenes. Deben velar siempre por la salud de su siervo y tener en cuenta que se trata de un ser vivo con sentimientos y necesidades similares a las de cualquier mujer.
Se detuvo para echar un vistazo a la puerta de la que había salido y Amanda pensó que había acabado con su discurso y que llamaría a los jóvenes. En realidad, todo aquello era innecesario pues en la escuela las formaban en cuanto a las normas de lo que estaba permitido ordenarle a un siervo y en los cuidados hacia este. Además, habían crecido, viendo a sus familiares y conocidas tratarlos a diario.
Pero la mujer aún no había terminado de hablar.
-Una vez que conozcan a los muchachos podrán relacionarse con ellos y decidirse por varios candidatos. Háganlo cuanto antes, pues dentro de la siguiente hora la campana puede sonar en cualquier momento. A veces, incluso, la tocamos tras solo veinte minutos. Una vez suene la campana deben unir el cordón de su cinturón al del joven que hayan elegido. Por favor, les ruego que eviten las disputas ya que no atenderemos a ninguna queja. El muchacho pertenecerá de forma definitiva e inapelable a la dama cuyo cinturón esté unido al suyo.
Amanda exhaló un suspiro, mientras apretaba su mano en un puño sobre el enganche de su cinturón que colgaba sobre su vientre. El hecho de no saber en qué momento iba a sonar la campana la llenaba de nerviosismo e incertidumbre.
Miró al resto de chicas a su alrededor. Algunas lucían tan asustadas como ella. Otras parecían dispuestas a matar por el objeto de sus deseos.
A pesar de las advertencias de la cuidadora del Andrónicus, siempre había disputas entre las jóvenes para elegir a los candidatos más atractivos y fuertes. Era parte de la diversión y existían ciertas normas para evitar que las riñas y la competitividad entre las muchachas se convirtiera en un problema.
Ella conocía bien las normas. Había estado preparándose para aquel momento durante años, e incluso había memorizado los consejos de todas sus amigas que ya habían cumplido la mayoría de edad.
Tenían, como mucho, una hora para observar a los muchachos de la sala, para pedirles que efectuaran tareas como levantar cosas pesadas, masajear un músculo dolorido e, incluso, en ocasiones, se forzaban peleas entre ellos para localizar a los más fuertes y ágiles. Aunque esto último no estaba muy bien visto y podría conllevar una sanción por parte de las cuidadoras del Andrónicus. Después de dieciocho años encargadas de la crianza y formación de los muchachos, era común y entendible que estuvieran encariñadas con ellos.
Durante esa hora, nadie podía escoger a su siervo. Por lo que las jóvenes comenzaban el juego del despiste. Comentando, entre sí, cuáles eran los mejores, alabando ciertas cualidades que aseguraban haber visto en alguno de los candidatos e, incluso, señalando abiertamente cuál era su favorito.
El problema era que en la mayor parte de los casos estaban mintiendo, intentando confundir a las demás chicas y apartar la atención de su verdadero punto de interés. Otras veces lo decían en serio. Era imposible saberlo con certeza.
Amanda no era la más segura de las chicas. Desde pequeña había dudado de su buen criterio para todo, y siempre había buscado una segunda opinión antes de decidirse a hacer algo. Su amiga Jane era su guía y su vara para medirlo todo. Pero ahora la muchacha no podía acompañarla.
La decisión más importante de su vida tendría que tomarla sola y rodeada de competidoras.
Le preocupaba que no le dieran siquiera la oportunidad de elegir. Ser demasiado lenta y torpe, o tener mala suerte. ¿Qué pasaría si cuando sonara la campana tuviera que conformarse con algún muchacho que no le gustara? Nadie la había preparado para esa posibilidad.
Se frotó las sudorosas palmas de las manos contra el vestido, y la tela de encaje raspó la tierna piel con la crueldad del momento que estaba viviendo.
La cuidadora del Andrónicus se aproximó a la puerta doble que contenía a los muchachos y la abrió de par en par.
-Avanzad -les ordenó, apartándose a un lado para darles paso.
Amanda se puso de puntillas y estiró el cuello para poder divisar la puerta entre las cabezas de las alborotadas muchachas, que, al igual que ella, se inclinaban para verlos salir. Intentó fijar su mirada en sus rostros y concentrarse en su apariencia para ir seleccionando a sus posibles favoritos. Un pinchazo de dolor atravesó su nuca por culpa de la contorsión, y mareada, no fue capaz de ver algo más allá de orejas, nucas y hombros ataviados con elegantes trajes de tarde, a pesar de la temprana hora.
Las demás chicas no parecían tolerar el estupor tan mal como ella, pues no tardaron más de dos minutos en comenzar a examinar de cerca a los muchachos, a darles órdenes y a comentar entre ellas cuales les parecían interesantes.
Logró reaccionar tras varios minutos, cuando su respiración y sus pulsaciones se calmaron, dándole una tregua a su mente. Para entonces, el bloque de diez hombres se había deshecho en grupitos o individuos rodeados a su vez de varias muchachas.
Por desgracia, a Amanda le interesaron especímenes de distintos grupos por lo que no supo a cuál de ellos dirigirse primero.
Después de veinte minutos de deambular por la sala, todas las chicas parecían haberse vuelto locas por uno de los muchachos. Este tenía un cabello rubio brillante, acompañado de unos grandes ojos verdes y labios carnosos. Su rostro era redondo y suave y a Amanda le pareció demasiado femenino y juvenil. Era sin duda el más guapo, pero dudaba que fuera el más varonil o fuerte.
No obstante, su presencia le convenía. Distraía a un buen grupo de chicas impidiendo que se percataran de las demás joyas de la colección. Y, sin duda, había varias a considerar.
Tres muchachos le llamaron la atención. Quizá no eran tan directamente llamativos como el rubio, pero Amanda prefería una cara más masculina, a la que ir apreciando poco a poco, que un rostro suave y perfecto del que se aburriría enseguida. Además, los tres muchachos tenían una constitución más fornida que la del rubio. En especial uno de ellos, cuya robustez era evidente, incluso con el traje.
El problema era que Amanda no sabía por cuál de los tres decidirse. Dos eran los típicos caballeros ingleses con piel y ojos claros. Uno era pelirrojo, cosa que nunca había sido de su agrado, y el otro, el más corpulento de la sala, tenía un bonito pelo castaño medio. El tercer muchacho se salía de los parámetros ingleses de belleza. Tenía una piel morena admirable. Todo él era exuberantemente oscuro. Sus pestañas azabaches, espesas y largas, vestían unos ojos grandes y ligeramente rasgados, como los de un árabe.
Su madre le había advertido que no se dejara cegar por la belleza y que escogiera al más fuerte, y que si dudaba entre dos, que escogiera al que le pareciera más inteligente. En eso último tenía que darle la razón a Jane. Los hombres estaban infestados por una bacteria invisible que vivía en el interior de sus cabezas y los mantenía en una especie de trance. Por esa razón no pensaban; eran seres irracionales. Buscar inteligencia en uno de ellos era una empresa abocada al fracaso.
Sin embargo, su madre le había asegurado que existía una gran diferencia entre las habilidades de unos y otros; y algunos habían dado señales mínimas de inteligencia, como rapidez a la hora de ejecutar una orden, buena localización espacial e, incluso, alguno que otro vestigio de pensamiento independiente en lo relativo a pequeñas decisiones como mover una carga pesada o tareas domésticas.
Acabó por descartar al pelirrojo, quedándose con las otras dos opciones.
El primero hubiera sido la elección de su madre, el segundo la de Jane. ¿Por qué le era tan complicado decidir por sí misma?
Miró al muchacho de aspecto latino sureño y se dirigió lentamente hacia él, esperando que fueran las razones correctas las que la habían llevado a seleccionarlo. El hecho de que también fuera fuerte y no solo la belleza de sus rasgos exóticos.
A su alrededor había varias chicas examinándolo, palpando sus brazos y su espalda. Se preguntó cómo iba a hacer para deshacerse de ellas.
Era difícil avanzar por la habitación abarrotada de gente y aún le quedaban dos yardas para llegar a su objetivo.
A su derecha, dos chicas comenzaron a reñir, atrayendo la atención de todas las presentes, incluida la suya. La trabajadora se acercó a ellas y le arrebató al joven por el que discutían para llevárselo a otra parte de la sala. Las belicosas muchachas le siguieron los pasos, quejándose por su intervención, pero la mujer no era fácil de amedrentar y las amenazó con expulsarlas de la sala. La amenaza las detuvo en seco, pues significaría quedarse con los dos últimos chicos que nadie escogiera.
A su izquierda, tres muchachas comparaban el tamaño de un par de siervos que, atolondrados, obedecían cada petición. Había mucho movimiento por la sala; codos y espaldas la empujaban de un lado a otro. Cuando volvió a divisar a su objetivo entre varias cabezas, este se había desplazado otra yarda. Sarah Richardson, la joven más notoria de Crawley, estaba ahora colgada de su brazo. El corazón de Amanda se hundió al verlo. Si Sarah lo quería, entonces sería suyo; pues era la clase de mujer que siempre obtiene lo que desea.
La cabeza comenzó a darle vueltas. En cualquier momento sonaría la campana y las chicas se abalanzarían sobre su elección. Su corazón palpitó, acelerándose con la emoción de la caza.
Apenas se encontraba a una yarda y media del ejemplar exótico. Un grupo de chicas se cruzó en su camino, obligándola a dar un giro sobre sí misma para buscar un hueco alternativo. Al terminar su grácil círculo, en lugar de encontrarse con el simple aire, se topó con algo sólido. Un pecho rígido como una roca y unas manos grandes que de pronto la sostenían evitando que el impacto la mandara directa al suelo. Las manos eran tan fuertes que la apretaban como si su dueño quisiera hacerla añicos.
Cuando alzó los ojos para comprobar quién se había interpuesto en su camino, se encontró con un par de ojos verdes que le perforaron el alma desde su estatura superior.
Su pecho se encogió ante la devastadora mirada del muchacho, y, de pronto, ya no hubo espacio suficiente en su interior.
Aquellos ojos tenían algo más que belleza, tenían una inteligencia retratada en sus pupilas que solo había visto en otras mujeres, pero nunca jamás en un hombre.
La campana sonó y, sin saber muy bien de dónde venía la orden, su brazo se alzó con el enganche de la cadena que colgaba de su vestido y lo unió al portador de aquellos ojos tan llenos de vida.
Las tres chicas que lo habían estado acosando durante todo el rato, la miraron con odio, pero enseguida se apresuraron en buscarse segundas opciones.
Suspiró con alivio al darse cuenta de que se trataba de uno de sus candidatos, aquel de cabello castaño que había destacado por ser el que mejor figura tenía de todos. Ella misma había comprobado su fuerza y sus reflejos al chocarse accidentalmente contra él.
Finalmente había cumplido con los deseos de su madre.
-¿Cómo te llamas, muchacho?
-Callum -respondió él. Y su voz le sonó agradable, masculina y perfecta para escucharlo leer por las noches.
Sus ojos también eran un tanto curvados aunque más grandes que los del otro muchacho. Su rostro era completamente inglés, y aunque de primeras llamara menos la atención que el del joven exótico, Amanda descubrió que le encantaba la forma triangular de su barbilla y la discreta hendidura que la adornaba. Su cara era proporcionada y perfecta, como si los ángeles que fabrican narices, labios y ojos para Dios hubieran moldeado cada uno de sus rasgos con la intención de ponerlos juntos. Pero lo mejor de su rostro, sin contar con el color de sus ojos, eran sus labios. Aquellos labios tan masculinos estaban apretados en una línea severa mientras la contemplaba.
Pestañeó para recobrar la conciencia.
-Te vienes a casa conmigo, Callum -le dijo y tuvo que reprimir una sonrisa, por lo feliz que le hizo la idea.
El joven le devolvió una mirada tan llena de vida y tan rica que la hizo estremecerse. Era como si pudiera ver su alma a través de sus ojos.
Normalmente la mirada de un siervo, a causa de la bacteria, era como los ojos vacíos de un animal. Pero los de Callum no, y aquella anomalía le pareció un extra maravilloso.
Colgada de sus ojos verdes, como si fueran la puerta a un mundo nuevo o la portada de un gran libro aún por leer, enarcó los ojos y arrugó la frente con curiosidad preguntándose qué estaría ocurriendo en la mente del joven.
Sin embargo, en cuanto lo hizo. Callum apartó los ojos de ella y los perdió en el horizonte, inerte como cualquier otro siervo hubiera hecho.
Amanda suspiró, un tanto decepcionada. Habían sido imaginaciones suyas.
La bacteria se había extendido muchos años antes de que ella naciera, y jamás en su vida había visto o escuchado el caso de un hombre con cierto grado de conciencia. Callum no iba a ser distinto. Pero se conformaría con que de vez en cuando le regalara una mirada como aquella.
La ceremonia había terminado y cada chica, feliz o no, poseía al que sería su siervo de por vida y el padre de sus hijos.
Amanda entrelazó su brazo con el de Callum. El muchacho era solo un palmo más alto que ella, pero su estatura era engañosa, pues era tan pesado que tuvo que tirar de él con todas sus fuerzas para que comenzara a moverse.
Caminaron hacia el exterior del Andrónicus. El día había amanecido soleado, pero la tierra estaba mojada por la fina lluvia que había caído durante la noche. A Amanda le encantaba el olor a tierra mojada, pero en esos momentos estaba demasiado emocionada con su nueva adquisición como para notarlo.
Mientras paseaban por las calles aún vacías del pueblo, se sintió extraña, incluso tímida; pero enseguida se recordó a sí misma de que era un hombre, estaba infectado por la bacteria, y como consecuencia no tenía pensamientos u opinión propia. No le importaría si su conversación era amena o aburrida, si se quedaba callada o hablaba demasiado.
-Ya verás cómo te gustará nuestra casa -le dijo, dirigiéndolo hacia el bosque.
Para llegar hasta Fairfax Manor, la mansión campestre donde Amanda y su familia vivían, tenían que cruzar una floresta de cedros espesa pero breve.
No vio a Jane acercarse sino que dio un pequeño salto al encontrársela de frente. La chica se paró delante de ella con los brazos en jarras y, con ojos brillantes, observó a Callum.
-¿Por qué no has venido a buscarme después de la ceremonia? -inquirió.
-Pensaba que te habrías marchado a casa, ¿no estás agotada? -se disculpó Amanda, forzando un bostezo.
-Magnífico -celebró Jane, acercándose mucho a él para examinarle el rostro―. No finjas que tienes sueño, con este regalito debes de estar saltando por dentro.
Callum la atravesó con aquellos ojos tan despiertos e inteligentes que la habían conquistado, y los vio brillar con interés cuando se posaron en el hermoso rostro de Jane.
Sintió una punzada de dolor en el pecho. Con certeza, él prefería que Jane fuera su ama. Una chica hermosa y casi tan alta como él, con la que combinaba a la perfección y con la que sin duda podría tener una descendencia perfecta.
-Buena elección, Amanda -concedió su amiga, posando una de sus manos en el brazo de Callum.
Amanda se mordió el labio inferior intentando contener las palabras en su boca. Quería ordenarle que no lo tocara, y se sorprendió a sí misma con lo mucho que le molestaba.
¿Qué le estaba pasando? Acababa de adquirirlo y ya había sentido timidez, inseguridad y celos.
Volvió a recordarse que se trataba de un siervo y no de un hombre sano. No necesitaba reciprocidad por parte del joven. Era suyo, le pertenecía le gustara a él o no.
-Jane, déjalo en paz. Ya lo han manoseado bastante hoy.
La chica la miró un tanto sorprendida, pero enseguida apartó la mano de él y comenzó a reír.
-Ten cuidado, Amanda -le sugirió situándose frente a ella-. No vayas a acabar como esas damas ridículas que veneran a sus siervos descerebrados.
Amanda apretó los labios. Le disgustaba que Jane se burlara de ella.
-Es solo que ha tenido un día difícil, con todas esas chicas palpándolo y pidiéndole que hiciera cosas -se defendió-. Se merece un descanso, eso es todo.
Su amiga le dedicó una sonrisa inofensiva, cargada de toda la empatía de la que su personalidad era capaz. No obstante, cuando sus ojos cayeron sobre el collar que Amanda llevaba puesto el brillo burlón regresó a estos.
―¿En qué pensabas cuándo adquiriste esa monstruosidad? La mitad del pueblo me ha visto contigo y esa cosa esta noche.
Amanda se llevó la mano a la gargantilla de forma inconsciente. Sus primas se la habían traído de Londres y se había enamorado del precioso cabujón digno de exhibirse en el casino Monte Carlo. Se componía de un delicado lazo más oscuro ensartado en gemas cuyos bordes terminaban en hojas, como dictaba la moda. Bajo el lazo, la gran gema turquesa de forma ovalada estaba rodeada de pequeños diamantes. El adorno era la combinación perfecta entre sencillez y modernidad, o al menos eso había creído hasta ese momento. Jane no era la clase de persona que insultaría el aspecto de alguien por envidia. No había duda de que la gargantilla era ridícula; y ni Amanda, ni su familia tenía el gusto necesario para haberse dado cuenta.
Decepcionada por el cambio de perspectiva, Amanda tiró de Callum con fuerza para que la acompañara. Era como intentar mover una montaña, pero finalmente el chico captó el mensaje y comenzó a andar.
―Estoy cansada, Jane. Nos vemos mañana.
―Pero Sally nos espera para desayunar ―exclamó la joven a su espalda.
Amanda fingió no escucharla y apresuró el paso hacia el bosque.
El sol se colaba entre las hojas, dotando al bosque de un resplandor verdoso. El canto de los pájaros y la suave brisa acariciando los árboles eran los únicos sonidos cuando ya se habían alejado de la villa.
Amanda se separó de Callum. Primero porque le era más fácil sortear así los troncos y los baches que encontraba en su camino con la pesada falda, y segundo porque se había sentido incómoda tras las palabras de Jane. Supuso que iba a necesitar unos días para acostumbrarse a la idea de que su siervo era...bueno, como había recalcado Jane de forma tan ruda, un descerebrado.
-Nuestra casa está al otro lado del bosque -le informó, dándose la vuelta para mirarlo.
Su corazón dio un salto al descubrirlo mirando a su alrededor. Parecía confuso, como alguien que intenta decidir qué camino tomar.
Amanda sabía que debía informar al Andrónicus de inmediato de esas pequeñas anomalías que estaba percibiendo en Callum. Pero se dio cuenta de que no tenía intención de hacerlo. Lo había elegido a él justamente por ser diferente a los demás hombres.
Recordó que Callum no había sido su primera elección y en esos momentos, al verlo allí parado en medio de un bosque, a la luz del día y con el pelo revuelto, se preguntó cómo pudo haber considerado a ningún otro.
Su pecho percibió un extraño cosquilleo. Aquel hermoso espécimen era suyo, le pertenecía. Podía acercarse y tocarlo como había hecho Jane. Y podía hacerlo las veces que se le antojara.
El viento sopló repentino, logrando que una hoja caída rodara por el suelo. Callum giró la cabeza de golpe para observarla. Amanda juraría que había fruncido el ceño.
―Solo es el viento ―le aseguró, caminando hacia él―. No tienes nada que temer. La ceremonia ha terminado, y yo cuidaré de ti.
Él la miró con lo que parecía ser confusión, y Amanda exhaló una bocanada de aire. Tal vez fuera normal que tras dieciocho años viviendo en el Andrónicus salir a un nuevo mundo con una desconocida alterara su comportamiento. Tenía que tratarse de eso.
La mirada expectante del joven se hizo demasiado pesada, hasta que bajó para depositarse en su collar. Amanda soltó un bufido suave, recordando las burlas de Jane y se deshizo el nudo que lo sostenía en su nuca. Observó la joya con labios prietos, y la tiró a un lado con cierto pesar. La gargantilla voló hasta caer sobre la tierra y enroscarse con las ramas del árbol más cercano. Lo mejor sería que les dijera a sus primas que lo había perdido durante la noche.
Callum observó la gema turquesa entre la tierra para, a continuación, volver a clavar una mirada inquisitiva sobre ella, y por un instante, creyó que iba a preguntarle por qué la había tirado, pero eso era imposible.
-Tengo mis razones -se limitó a decirle un tanto avergonzada. Parecía juzgarla con aquellos ojos del color de una armadura medieval. Al menos lo eran cuando no estaban irradiados directamente por el sol.
Le ordenó a sus mejillas que se enfriaran. Tenía que recuperar la cordura y el control de la situación.
Fingiendo valentía, le cogió la mano derecha izándola para observarla con detenimiento. Era mucho más grande que la suya. La piel era firme y los dedos tan cálidos que la admiró de inmediato.
-Estoy tan contenta de tenerte -le dijo, sonrojándose aún más-. No pensé que sería así.
Dejó caer el brazo y observó sus dedos unidos como una maraña de raíces en la tierra. Se giró para continuar su camino. Quería darle tiempo a que se acostumbrara a su contacto.
¡Qué demonios! Ella también necesitaba tiempo. Por lo que relajó la mano para dejar ir la suya.
De forma inesperada, los cálidos dedos del joven se cerraron con fuerza sobre los suyos. Callum tiró de ella con rudeza hasta derribarla en el suelo.
El dolor punzante de su brazo ocupó un segundo lugar en su atención cuando se encontró con el rostro en la tierra y sintió la hierba pincharle la piel. Su frente se había llevado la totalidad del impacto y todo su cráneo palpitaba al unísono con su corazón.
Se levantó como pudo y miró a su alrededor.
Nada, excepto árboles, ramas y hojas. El sol continuaba brillando como si el mundo entero no acabara de sufrir un cambio dramático.
-¿Callum? -llamó al muchacho. Se detuvo para intentar escuchar la posible respuesta. Sin embargo, los latidos de su corazón martilleaban sus oídos y su respiración estaba demasiado agitada como para escuchar el crujir de las hojas bajo las pisadas de su siervo.
¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo se había rebelado contra ella de esa forma? Nunca antes había escuchado de un comportamiento así en ningún otro siervo.
Sabía lo que debía hacer. Debía regresar a la villa y reportar la conducta del muchacho para que las autoridades se encargaran de él.
Tuvo ganas de llorar al pensar que lo perdería. No quería a ningún otro siervo; lo quería a él. Toda la felicidad de instantes atrás se había esfumado, dejando un sabor amargo en su boca.
«Quizá puedan curarle», pensó, animándose un poco.
-¡¿Callum?! -volvió a gritar y rogó que todo aquello fuera una pesadilla.
Después de varios pasos divisó el final del bosque pero aún estaba lejos de la villa. ¿Se habría ido en dirección al pueblo? Si era así, una mujer asustada ante su comportamiento podría herirlo.
Aceleró el paso ante esa idea; pero, de pronto, sintió un fuerte brazo rodeándole el pecho y una mano cubriéndole los labios para evitar que gritara. Callum la estrujó contra su propio pecho y se dio media vuelta ocultándolos tras un árbol.
Si antes era improbable que alguien la viera, ahora era imposible.
Desesperada, intentó forcejear, pero la fuerza de él era algo inhumano. Apenas podía moverse entre sus brazos, igual que un delicado gorrión en una jaula de hierro.
-Detente -lo oyó susurrar en su oído.
En ese momento se dio cuenta de que no había cura posible para el muchacho, estaba totalmente liberado. Iba a matarla en ese mismo instante.
Dejó de forcejear y permaneció rígida entre sus brazos. Su respiración agitada era lo único que la movía.
-No grites, por favor -le pidió con más suavidad de la que sus músculos de hierro eran capaces de mostrar.
Sería inútil, aunque gritara no la oirían desde esa zona del bosque.
-No me hagas daño -le imploró, aún a sabiendas de que si Callum era un hombre de verdad no sería misericordioso; sino agresivo, cruel y autoritario.
Él hizo caso omiso de su comentario.
-¿Qué soy? -lo oyó susurrar.
Giró el rostro para mirarlo y entonces él la liberó.
-¿Qué soy? -repitió una vez que la tuvo de frente-. No soy como tú, pero tampoco soy como los otros. ¿Qué les ocurre a los demás hombres?
-La bacteria... -balbuceó Amanda-. Están infectados por la bacteria, como tú deberías estar.
-¿Qué bacteria?
-Una bacteria que actúa sobre el sexo masculino y los deja... -Amanda no podía creer que estuviera teniendo una conversación con un hombre-..., bueno, como has visto a los demás, como deberías estar tú.
Callum se llevó ambas manos a la frente, hundiendo las gemas de sus dedos en la línea de su pelo.
-¿Desde cuándo estás consciente? -preguntó ella, observando los nudillos apretados con los que se tapaba el rostro.
-Una semana -contestó él, sorprendiéndola-. Hace una semana que desperté, bueno, que recobré la conciencia. Antes era como si estuviera en un sueño.
-¿Se lo dijiste a alguien?
-Intenté hablar con los otros chicos, pero no conseguí mucho y cuando sostuve a una de las trabajadoras por la muñeca para hablar con ella, se puso a chillar desesperada. Me reportó a la jefa del Andrónicus y pensé que me harían daño, pero ella tranquilizó a la cuidadora y le pidió que no se lo contara a nadie para no alarmar a la población, hasta que no supieran exactamente lo que me había ocurrido. Asustado por la conversación, decidí fingir que había regresado al estado en el que veía a mis compañeros. Al final debieron creerme porque me dejaron en paz.
Amanda se mordió el labio inferior. Tenía que denunciarlo para que volvieran a infectarlo con la bacteria, pero no podía decirle eso a él o la atacaría.
-¿Cuánto tiempo lleva ocurriendo esto? -preguntó, revolviéndose los cabellos-. No recuerdo mi infancia.
Sintió pena por él. Se imaginaba el sentimiento de despertarse en tales circunstancias. Lo mejor sería que lo infectaran cuanto antes para que volviera a su estado inicial y dejara de sufrir.
-El primer brote de la bacteria ocurrió hace casi cuarenta años en España y se extendió con rapidez por toda Europa -explicó ella-. Tú naciste con esa condición. Eres el primer hombre al que veo consciente en toda mi vida.
Callum se echó contra el árbol, recibiendo el impacto de sus palabras.
-No puedo creerlo. ¿En todo ese tiempo no han encontrado una cura?
Amanda apretó los puños. ¿Cómo iba a explicarle que sí había cura, pero que no querían usarla? La bacteria había afectado a toda la población masculina de Europa y Asia antes del final de 1.855 y durante el primer trimestre del año siguiente también cayeron los americanos.
-¿Cómo es posible que sepa hablar?
-Se les enseña desde pequeños para que comprendan y acaten las órdenes.
-¿Órdenes?
Amanda pestañeó varias veces.
-¿De eso iba la ceremonia? ―hizo aspavientos indignados para señalar la villa. Su tono de voz elevado―. ¿Nos reparten como esclavos?
-No esclavos ―contestó ella, sonrojándose―, sino como ayudantes.
Callum la observó con dureza y se apartó del árbol con los ojos fijos en los suyos. A Amanda se le puso la piel de gallina cuando dio varios pasos hacia ella.
-Llévame a algún sitio para que puedan estudiarme y averiguar la cura para los demás.
Ella se retorció las manos, pero se quedó callada.
-¿Qué ocurre?
-Algunas mujeres no quieren curarlos. Callum emitió un sonido entre risa y bufido.
-Claro que no, somos sus esclavos y nos manosean a su gusto -dijo, paseándose de un lado a otro. De pronto se detuvo-. ¿Y tú? ¿Tú también prefieres mantenernos así?
Tragó saliva ante la mirada inquisitiva del muchacho. ¿Qué opinaba ella? Ni siquiera lo sabía. Pero había crecido en un mundo seguro y libre, y le daba miedo perderlo. Las historias que contaban las mujeres más viejas sobre cómo eran las cosas antes de la bacteria daban escalofríos.
-Antes, nosotras éramos las esclavas -musitó. Callum asintió con una expresión decepcionada.
Bajó la mirada pensativo y varias hebras castañas de su cabello brillante cayeron sobre su frente.
Por encima de sus cabezas, los pájaros cantaban alegres melodías de bienvenida al nuevo día, totalmente ajenos a lo que estaba ocurriendo a sus pies. Amanda los envidió por su ignorancia.
-Tienes que ayudarme a hacer lo correcto -dijo Callum, tras observarla por un instante-. Tienes que ayudarme a encontrar la cura para salvar a los demás. La clave de la sanación está en mí.
Ella sabía exactamente qué era lo correcto. Tenía que denunciar a Callum para que lo infectaran de nuevo y después volvería a ser suyo. Todo aquello quedaría como un bonito recuerdo. Le recordaría libre, siendo un hombre completo.
El joven, impacientado con la falta de colaboración de Amanda, avanzó hacia ella y la sostuvo del antebrazo.
-Dime que lo entiendes -le ordenó mientras la zarandeaba.
-Me haces daño -se quejó Amanda. Los dedos fuertes del muchacho se hundían en su carne como tenazas de acero. Sabía que los hombres eran más fuertes, y por eso los utilizaban como ayudantes para labores pesadas. Miles de veces habían visto a los siervos de otras mujeres cortar troncos, levantar muebles, sacos de harina y hasta enormes piedras. Pero nunca antes en su vida había sentido la magnitud de esa fuerza en su propio cuerpo y su procedencia le pareció un misterio que el aspecto físico no explicaba. Callum podía ser más grande que ella, pero su facilidad para inmovilizarla iba más allá de lo natural. ¿Porqué Dios había decidido darle aquel regalo a los hombres, aquella ventaja sobre las mujeres? ¿Acaso era su intención que las doblegaran? En la escuela predicaban sobre por qué Dios era misericordioso y bondadoso. Pero a Amanda le parecía que tenía una extraña forma de demostrarlo. ¿Por qué sino las había creado para dejarlas desprotegidas durante tantos siglos? Al menos hasta que les envió la bacteria. La bacteria que tantas de ellas consideraron un castigo divino.
Callum bajó el mentón para observar la mano que apretaba el brazo de Amanda, y cuando la retiró observó las marcas en su piel con el ceño fruncido. Parecía sorprendido de haberla dañado con tanta facilidad y cuando sus miradas volvieron a encontrar vio superioridad en sus ojos.
Amanda se cubrió las marcas con la otra mano, un tanto incómoda. ¿Cómo se atrevía a considerarla endeble? Ella era normal y era él el que poseía una fuerza oscura que, sin duda, pertenecía a la magia negra.
-Voy a ayudarte, Callum -mintió. La indignación había disminuido el miedo, y ahora se sentía capaz de recuperar las riendas de la situación-. Pero vas a tener que hacerlo a mi manera. Este es mi mundo y tú no eres más que un hombre sin idea de cómo funcionan las cosas.
Callum pestañeó varias veces, quizá preguntándose si había escuchado bien. Era entendible, pues, desde que la conocía solo había visto a la Amanda nerviosa buscando a su siervo, a la Amanda dulce, que le susurraba frases tranquilizadoras al oído, y a la Amanda aterrada y débil. Pues bien, era hora de que conociera a la ama.
-Si alguien se entera de que estás liberado cundirá el pánico y te matarán. Tienes que fingir todo el tiempo hasta que encontremos la cura -le explicó con un tono un poco menos autoritario.
-¿Me matarán? -repitió él, si no se equivocaba, con cierta mofa-. Veamos..., ¿cuántas como tú hacen falta para hacerme daño?
Amanda arrugó la nariz. Algo en su pecho comenzaba a enervarse. Se planteó darle un bofetón para quitarle la irritante expresión de prepotencia que le estaba dedicando. Pero tenía que reconocer que no le convenía tornar la disputa de verbal a física.
Intentó recobrar la calma antes de responder.
-Muchas como yo y con siervos más fuertes que tú a sus órdenes -le espetó con cierto gusto. Especialmente al verlo ofenderse tras asegurar que había otros hombres más fuertes que él.
-No había tenido en cuenta a los demás hombres -reconoció en un susurro apenas audible. Por su expresión tenaz, supo que no lo oiría darle la razón a menudo.
Tras un breve silencio, Callum la observó pensativo y finalmente asintió.
-¿Qué propones, ama? -preguntó, masticando la palabra «ama» como si fuera un insulto.
Amanda entornó los ojos.
-Deberíamos tratar este asunto en mi alcoba. Aquí no es seguro ―. Echó un vistazo a su alrededor. Aún era temprano para que las lugareñas pulularan por el bosque, pero no tardaría en aparecer alguna madrugadora―. Hasta entonces debes fingir ser normal.
-¡¿Ah, ah!? -la interrumpió, moviendo un dedo delante de su rostro-. Deberías reconsiderar tu concepto de lo normal.
-Normal, te guste o no... -comenzó ella más irritada de lo que le hubiese gustado-. Normal es dócil, obediente y disciplinado. Normal es justo lo contrario a lo que eres.
Callum puso los ojos en blanco; pero, acto seguido, su rostro mostró cierta determinación, y comenzó a dar vueltas alrededor de ella como un gigante adormilado.
-Mi seguir órdenes de insecto rubio. Mi tener cuidado para no aplastar insecto rubio al andar ―con pasos de sonámbulo y manos estiradas frente a él, se chocó contra ella como si no la viera.
Amanda le empujó torpemente, preguntándose de dónde sacaría aquellas ideas alguien que tenía una sola semana de vida.
―He dicho disciplinado, no ciego.
Desacostumbrada como estaba a moverse en un vestido, se pisó las faldas y la tela crujió al rasgarse, mientras se caía sobre la tierra. Su vestido, que milagrosamente no se había arruinado cuando él la había empujado contra el suelo, lo hizo ahora.
-¿Sabes?, lo de aplastarte al andar era una broma -dijo él contemplándola desde arriba con los brazos en jarras-. No necesariamente tienes porque morir de esa forma.
Callum le extendió la mano para ayudarla a levantarse. Amanda la aceptó pero la soltó cuanto antes y se puso a sacudir su falda intentando deshacerse de la arenilla y de las hojas secas. Había notado algo peculiar en la mano de Callum; algo que se había extendido por todo su brazo. Pero no tenía energía para investigar de qué se trataba.
-Mira mi vestido -se lamentó-. ¿Cómo voy a explicarlo en mi casa?
-Diles que te persiguió un ciervo.
-No hay ciervos por aquí, están en zonas más altas.
-Un pavo real entonces.
-¿Por qué iba a perseguirme un pavo real? -inquirió Amanda, enarcando una ceja.
-No sé -Callum se encogió de hombros-. ¿Para qué le devuelvas el vestido?
―¿Es eso una muestra del sentido del humor masculino?
-En persona -respondió él, haciendo una reverencia como si acabara de representar una obra de teatro.
-No puedo creer que nos lo hayamos perdido todo este tiempo -se burló ella con sarcasmo.
Algunas veces llevaban a los muchachos del Andrónicus al teatro; y sin duda Callum había aprendido muchas cosas tras años de espectador de obras. Se le puso la piel de gallina al darse cuenta de que los jóvenes eran más conscientes de lo que creían.
-No te preocupes, hay más como esa en camino -aseguró él-, me esforzaré para que recuperes el tiempo perdido.
Intentó fingir una mueca de horror pero no le salió bien del todo. Aquella mañana su rostro se negaba a seguir sus órdenes.
-Y tú, a cambio, debes esforzarte en que yo recupere el tiempo perdido -continuó mucho más serio-. Mi infancia para empezar.
Asintió despacio, deseando que Callum no la mirara de forma tan directa. Le costaba respirar cuando lo hacía.
Como si le echaran un balde de agua fría, recordó que tenía que denunciarlo. Pero ya no se trataba de restaurar el orden de su comunidad y el de su vida; sino que acababa de convertirse en alguien con quien había bromeado. Se preguntó si sería tan malo concederle su deseo de experimentar un poco la vida antes de que se encargaran de él. Sopesó la idea con todas sus implicaciones. Tener a un hombre despierto era arriesgado, pues no los conocía y no sabía a qué atenerse con Callum. Todo lo que había escuchado sobre su sexo era violencia y crueldad; y ella misma había comprobado su fuerza y como podía hacer lo que se le antojara con ella con una facilidad pasmosa. Si no lo denunciaba de inmediato estaría arriesgando su vida y la de otras mujeres, y eso era algo con lo que no podría vivir. Pero si quería salir de aquel bosque con vida tenía que convencerlo de que estaba de su parte.
-Tu actuación debe ser impecable, Callum -le advirtió-. Y debes asegurarte de que estamos a solas antes de ser tú mismo.
-Lo sé -concedió él-. Por suerte he tenido una semana para observar su comportamiento.
-¿Por qué no intentaste escapar del Andrónicus?
Callum se pasó la mano por los cabellos y Amanda se quedó mirándola con fijeza. Su mente se distraía con pequeñas tonterías, debido a la falta de sueño.
-Lo hice -reconoció-. Nunca cierran nuestro dormitorio con llave. Hace cinco noches esperé a que la casa se sumiera en el silencio de la noche y salí del Andrónicus. Avancé apenas un poco más de doscientas yardas. Escuché ruido y me agaché tras una pila de paja. Observé a una pareja de ancianos que caminaban hacia su casa. Vi que él se encontraba en el mismo estado que los demás hombres del Andrónicus y me di cuenta de que fuera a donde fuera me encontraría con lo mismo. Así que regresé a mi cama. No dormí nada esa noche, dándole vueltas a lo que estaba ocurriendo y sobre cuáles eran mis opciones. Intenté recordar mi pasado pero solo me venían a la cabeza imágenes nubladas como las de un sueño que apenas puedes recordar. No estaba seguro de cuál era mi hogar, ni hacia a dónde dirigirme. Al día siguiente, escuché a las cuidadoras hablando sobre que faltaban cuatro días para que nos entregaran a las muchachas. Así que decidí esperar a esa oportunidad para salir de allí y averiguar qué estaba ocurriendo.
-Pobrecillo. Debiste sentirte tan perdido.
-Aún lo estoy -musitó-. Pero todo es mucho mejor ahora que te tengo a ti.
Un pinchazo de culpabilidad atravesó la parte más honda de su corazón y tuvo que apartar la mirada para que el joven no lo leyera en su rostro.
―Debemos ir a mi casa, ahora, nos están esperando. Todas quieren ver a mi...bueno, quieren conocerte.
-Pero, ¿cómo vamos a encontrar la cura si lo guardamos en secreto?
Amanda fingió estar concentrada en el extremo del bosque que desembocaba en la villa, pero en realidad estaba comprando tiempo para pensar en una excusa.
-Hay un grupo de científicas en Brighton que están en contra de la bacteria y continúan buscando la cura ―mintió―. Les escribiré y les explicaré tu caso y nuestra necesidad de mantenerlo en secreto.
Callum la observó con cierto escepticismo.
-¿Para qué esperar? ¿Por qué no me llevas ahora mismo?
-Tenemos que avisarles antes, y tienes que darme al menos una semana para inventar una excusa creíble para mi familia. No puedo simplemente marcharme a Brighton sin más. Levantaría sospechas.
Callum se aproximó a ella antes de proseguir. Ramas y hojas secas crujieron bajo sus pies. A Amanda ese sonido nunca antes le había parecido aterrador. Siempre paseaba sola por ese bosque sin el más mínimo atisbo de miedo. Comenzaba a entender a las mujeres de antaño, las que decidieron dejar a los hombres en ese estado.
Intentó ocultar su desconfianza hacia él lo mejor que pudo. Si notaba que lo temía, comenzaría a sospechar de sus intenciones de ayudarlo y estaría perdida.
-Entonces, puedo ir yo solo. Tenemos que ayudar a los demás hombres cuanto antes.
-¿Estás loco? Un hombre viajando solo, sin ama. Eso nunca ha ocurrido antes, te detendrían enseguida -le aseguró-. Tienes que tener paciencia. Dame una semana; en ese tiempo deberíamos haber recibido una respuesta del instituto de Brighton.
Callum se cruzó de brazos, observándola desde su estatura ventajosa. Parecía tener problemas para cumplir órdenes de alguien más pequeño que él.
No estaba sorprendida, pues era un hombre. Un siglo atrás habían tiranizado a las mujeres por completo, relegándolas a tareas domésticas y prohibiéndoles tener total participación en la esfera pública.
Pero este hombre estaba en su mundo, en un mundo de mujeres, por lo que tendría que aprender a escucharla y resignarse a hacer las cosas a su manera.
Tras un minuto caminando en silencio, estuvieron delante de la fachada de su casa. Callum se detuvo para observar el hermoso caserío.
Como ella había crecido en esa casa nunca se detenía a apreciar su belleza, pero en esos momentos, imaginándose lo que Callum veía, valoró lo agradable de la fachada amarilla con puertas y ventanas marrones. Los rosales se enredaban por algunas partes de la fachada y bonitos arboles rodeaban el perímetro.
-¿Vives aquí con las demás mujeres? -preguntó Callum, quizá deduciendo que aquello era la versión femenina del Andrónicus.
-Vivo aquí con mi familia.
-Este lugar es inmenso, demasiado para una sola familia -apreció él, arrugando el entrecejo.
-También nuestras sirvientas y sus siervos viven aquí. Mi madre es la alcaldesa de Crawley.
Callum pareció un tanto confuso, como si no entendiera que relación guardaba la ocupación de su madre con el tamaño de su casa.
Amanda se imaginó lo desconcertado que debía sentirse. Las profesoras del Andrónicus les leían a menudo y les enseñaban desde pequeños, por lo que conocía probablemente el significado de casi todas las palabras; pero Callum nunca había vivido por sí mismo y aún no comprendía de qué forma funcionaba el mundo. Saber y experimentar eran dos cosas distintas.
-¿Dónde duermen los siervos? ¿En el establo? Se giró para mirarlo con los labios fruncidos.
-Normalmente no, pero puede que empiece esa tradición contigo.
Callum sonrió. Su rostro cambiaba por completo cada vez que lo hacía.
-Tu hogar es hermoso.
-Supongo. Lo cierto es que nunca me detengo a apreciarlo. El joven pareció confuso ante esa idea.
―La rutina es poderosa. Adormece los sentidos, incluso, ante la mayor de las bellezas.
Los ojos verdes se posaron sobre su rostro.
-Creo que ni los siglos pueden hacer que deje de apreciar una vista bonita.
El calor que subió de golpe a sus mejillas, como miles de lenguas de fuego quemando sus venas, la mareó.
Callum arrugó el entrecejo y se inclinó sobre ella. La golpeó con el dedo índice en la frente.
-¿Qué le pasa a tu rostro? Le ha cambiado el color de repente ―Callum lucía genuinamente curioso, y eso la hizo sentir aliviada. No tenía ni idea de que el sonrojo lo había provocado él.
En lugar de explicárselo, se puso seria para que comprendiera que lo que estaba a punto de decirle era importante.
-Callum, a partir de ahora tienes que fingir estar infectado, y asegúrate siempre de que estemos solos antes de volver a tu estado normal.
-Sí, ama.
-El sarcasmo no es un rasgo muy extendido entre los siervos -reprobó ella.
-Sí, ama.
-Debes obedecer todas mis órdenes de inmediato -continuó, sin ocultar lo mucho que le gustaba la idea.
-De acuerdo, pero no tienes por qué disfrutarlo tanto -protestó él, arrancándole una sonrisa.
-Si vacilas, se darán cuenta.
-Tranquila, sé como representar mi papel, lo he hecho durante una semana.
-El mínimo error es suficiente para echarlo todo a perder y mandarlo todo al garete. Tienes que estar alerta todo el tiempo.
Amanda no comprendía por qué insistía tanto en su discreción, cuando pensaba denunciarlo tan pronto como estuvieran rodeados de su familia y se sintiera segura.
―No has disimulado muy bien con Jane ―le espetó sin poder evitarlo―. Al verla, has mostrado interés; no puedes hacerlo de ahora en adelante.
-¿Jane era la chica con el pelo negro y brillante de antes?
-Callum pronunció «negro y brillante» de la misma forma en la que alguien hambriento pronunciaría «asado de cerdo con patatas y verduras campestres».
Amanda, que desde pequeña se había preguntado por qué el corazón era el símbolo del amor, lo descubrió de la manera más dolorosa de todas.
-Exacto. No deberías mirar a nadie con tanto interés -le indicó, sorprendida de lograr que la sugerencia sonara con tan poco reproche.
―Fingir aburrimiento ―repitió él con apatía―. No me será muy difícil si sigues gimoteando de esa forma.
Sacudió la cabeza al recapitular sobre la situación en la que se encontraba. De todas las fantasías que había tenido sobre su futuro siervo, recibir insultos nunca había estado en el menú. No dijo nada, pues estaban demasiado cerca de la casa como para continuar con la discusión. No importaba; pues todo terminaría pronto.
Cruzaron la entrada de la casa sin encontrarse con nadie. En el silencio podía escuchar sus pasos sobre la madera humedecida del suelo. Echó un vistazo a su alrededor con el ceño fruncido. A esas horas, la casa debería encontrarse en su estado natural de bullicio matutino.
Entró en el gran salón escoltada por un siervo repentinamente mudo. Sin duda sus primas estarían allí. Pero, al pasear su mirada por la sala, descubrió que tanto los sofás rojizos como las sillas rosadas estaban tan desiertas como la entrada, y lo único que resonaba en la estancia era el tic tac del gran reloj dorado cuyo péndulo se balanceaba de forma rítmica. Bajo sus manecillas se leía en letras negras y ribeteadas Alex R. Emilie. Amanda había leído aquel nombre millares de veces, imaginándose de pequeña el aspecto del relojero, con unas pequeñas gafas redondeadas deslizándose por la punta de su nariz mientras ensamblaba las pequeñas piezas que marcarían el paso del tiempo, incluso, cuando el corazón de su propio creador hubiera cesado en hacerlo.
Las cortinas blancas bordadas con pequeños dibujos de flores aún no habían sido abiertas y obstaculizaban la iluminación.
Estaban a punto de abandonar la sala cuando el barullo quebró el inusual silencio.
―¡Feliz cumpleaños!
Amanda dio un salto sobre sí misma ante la repentina marabunta de personas que apareció en su salón. También Callum se había llevado un buen susto. El joven se recompuso volviendo su rostro a la inexpresiva mascara característica de un siervo.
Sus primas y su hermana se abalanzaron sobre ella, intentando abrazarla a la vez, lo que resultó en su trasero aterrizando contra el suelo.
-Mi cumpleaños fue el mes pasado -les recordó, sofocada por el ataque.
―¡Oh, Amanda, es adorable! ―dijo Henrietta, aproximándose a Callum para examinarlo un poco más de cerca. Al menos, ella no se atrevió a tocarlo como había hecho Jane.
Su hermana, Cassandra, a pesar de no ser más que una niña de 8 años, se inclinó para extenderle una mano y ayudarla a levantarse. Su pelo rubio y corto se rizaba con ahínco alrededor de su cabeza. Amanda no comprendía cómo el cabello de Casandra podía ser tan distinto al suyo propio, que, como mucho, llegaba a ondularse ligeramente en las puntas. Sus mejillas regordetas siempre estaban enrojecidas por el vigor de su temprana edad.
―Tengo celos, aún me falta tanto para conseguir el mío.
¿Me lo prestarás?
Amanda se sonrojó.
Sabía que Callum entendía todo lo que las chicas estaban diciendo. Y allí estaban ellas, hablando de él como si fuera un objeto que se podía usar y prestar. Como si fuera suyo. Todas la felicitaban por tenerle cuando, en realidad, Callum estaba lejos de pertenecerle.
―¿Dónde está mamá? ―inquirió, haciendo caso omiso a su pregunta.
―Mamá y la tita están en el jardín, esperando a que salgamos a desayunar.
Amanda se acarició el estómago. El efecto del vino se había disipado dejando una sensación acuciante de hambre y sed.
Miró a sus primas. Las tres chicas de distintas edades estaban revoloteando alrededor de Callum. Solo Isolda, la mayor, tenía su propio siervo, quien descansaba en una silla del pasillo que comunicaba el salón con la puerta del jardín. Estaba inerte. Con una expresión de indiferencia y ausencia que le heló la sangre.
Pronto Callum sería como él.
No es que no estuviera acostumbrada a ver a los hombres así, pero ahora que había conocido a Callum, al verdadero Callum, sintió cierta tristeza al imaginárselo en ese estado.
¿Qué iba a hacer? Tenía que denunciarlo de inmediato, en cuanto encontrara a su madre. Pero eso, irremediablemente, significaría arruinar la fiesta.
«Quizá lo mejor sea esperar hasta mañana», se dijo.
Miró a Callum, que observaba algún punto de la habitación con una expresión indiferente mientras las chicas lo importunaban. Entonces, se dio cuenta de que no era la fiesta lo que no quería arruinar, sino el hecho de tenerlo despierto. Lo quería para ella un poco más. Solo una noche más.
―Niñas, dejen de agobiarlo ―les pidió con tranquilidad, a sabiendas de que detestaban que las llamara así―. Son demasiadas, no le dejan respirar.
―Amanda no quiere compartir su juguete ―se quejó Henrietta, provocando que sus hermanas se echaran a reír como ratitas histéricas. Era la hermana más pequeña, de apenas 14 años de edad; pero, sin duda, era la más revoltosa.
―Espero que maduren pronto ―les dijo, y puso los ojos en blanco. Se acercó a Callum y alargando el brazo lo instó a darle la mano y levantarse del sofá donde lo habían sentado las chicas.
-Vamos al jardín Callum, estarás hambriento -dijo sin mirarle, pues de nuevo, su contacto la había sonrojado. Callum no era tonto y no tardaría en darse cuenta de que sus sonrojos estaban relacionados con él. Tenía que aprender a controlarlos.
El chico la obedeció de inmediato y de forma tan robótica que por un momento se pregunto si lo del bosque había sido un sueño. Se reprendió así misma por sentirse tan triste ante la posibilidad de que su siervo volviera a infectarse.
Tiró de él hacia el jardín, y fueron seguidos por las chicas y el barullo habitual que las acompañaba. No pudo evitar apretar con suavidad la mano que sostenía a modo de disculpa por el latoso comportamiento de sus primas. Tampoco pudo evitar sonreír cuando él le devolvió el apretón.
En la parte trasera de su casa, se extendía el enorme jardín que desembocaba en una gigantesca fuente y detrás de esta, se dejaba ver un pequeño bosque. A la derecha se encontraba el establo.
-Tu habitación está por ahí -le susurró con una sonrisa, señalando las cuadras.
Había algo retorcidamente agradable en el hecho de que él no pudiera responderle en público.
A su izquierda, había un pequeño huerto que su tía cuidaba como pasatiempo. Un entretenimiento que todas disfrutaban, pues no había comparación entre el sabor de las verduras frescas y las que habían sufrido el maltrato de un día de mercadillo.
Su madre y su tía estaban sentadas en las mesitas del jardín, tomando el té. Las mesas estaban repletas de refrigerios y aperitivos. Tom y Ross, los siervos de su madre y su tía, estaban sentados en la hierba junto a los perros.
Cuando la madre de Amanda los divisó, un brillo se instauró en sus ojos al contemplar a Callum. Amanda arrugó el entrecejo, pues era inusual que su madre mostrara interés en un siervo. Quizá había percibido de inmediato la inteligencia en el muchacho y aprobaba su elección.
Su tía les sonrió con su habitual despreocupación. Era una mujer cuya templanza no le era fácilmente arrebatada y
siempre se encontraba de buen humor. Sus cabellos grisáceos se recogían en un abombado y elegante moño en el centro de su nuca. Al contrario de Mary, la tía de Amanda era delgada como una gacela y lo único que las diferenciaba en edad era que Mary aún conservaba sus cabellos del rubio oscuro con el que había nacido.
―Excelente ejemplar, Amanda. Te felicito ―dijo su tía, Evelina.
Mientras su tía hablaba, Amanda pudo ver por el rabillo del ojo como su madre se fijaba en la marca que Callum le había hecho en el brazo.
―Una elección acertada donde las haya ―concedió al notar que Amanda la estaba observando. Sin embargo, para su sorpresa, no la interrogó sobre cómo se lo había hecho, sino que preguntó cómo se había comportado hasta el momento.
Amanda respiró hondo tratando de recobrar la cordura. Por supuesto, su madre no sabía nada sobre su siervo. Solo que la tensión de ocultar un secreto así la ponía nerviosa.
―De momento, todo está bien.
―Excelente ―aprobó Mary, y le dio un sorbo a su té―. Sinceramente es uno de los mejores ejemplares que he visto últimamente y con esas proporciones te será muy útil en tu trabajo. ¡Enhorabuena, hija!
Sin embargo, la pregunta que se había temido llegó por parte de su tía.
-¡Por Dios, Amanda! ¿Qué le ha ocurrido a tu vestido?
-Me he caído en el bosque.
-¿Diez veces?
Amanda se mordió el labio.
-No estoy acostumbrada a beber vino, tía.
-Cierto, querida, para eso se necesitan años de entrenamiento -rio la mujer, confirmando la sospecha que siempre había tenido, sobre que el buen humor de Evelina estaba directamente relacionado con la cantidad de vino que ingería.
-Amanda, ven a jugar al cricket -la llamó Henrietta.
Se sentó sobre una de las bonitas sillas de jardín disfrutando de los rayos de sol en su rostro. Aquel había sido un largo invierno, pero el mes de mayo les había tendido una tregua. Le ordenó a Callum que se sentara a su lado.
-Henrietta, ¿crees que puedo jugar a algo con estas faldas sin herirme de muerte?
Su prima dejó escapar un sonido entre una risotada y un bufido indignado.
―Qué tontería, nadie ha muerto jugando al cricket.
―En realidad varias personas han muerto jugando al cricket.
―Las cosas tan aburridas que eres capaz de leer Amanda ―. Henrietta puso los ojos en blanco justo antes de volver a su juego.
―Leer cosas «aburridas» te previene de serlo tú misma ―le respondió confiada―. Es algo que sabrías si leyeras algo más aparte de novelas.
―Lo hago ―aseguró su prima con fingida seriedad―. Tomé prestado tu libro de Voltaire para las ocasiones en las que no puedo conciliar el sueño.
Evelina observó divertida cómo sus hijas reían ante el comentario de su benjamina. Amanda le dedicó una mirada de desaprobación por incentivar la banalidad de sus primas.
Su estómago rugió recordándole que se moría de hambre. Se inclinó para coger una galleta de la mesita de jardín y ahogó un grito al pisarse su propia falda y perder el equilibrio.
Su madre se inclinó para sostenerla del brazo y, por suerte, no llegó a caerse de la silla.
-Esos vestidos estaban diseñados por los hombres para asegurarse de que no pudiéramos hacer nada embutidas en ellos -declaró Mary. Siempre había sido así con ella. La política siempre estaba presente en casa.
-Nada, excepto levantarlas con facilidad.
-¡Mamá! -protestó Isolda, tapándole los oídos a Cassandra, a la que le estaba haciendo trenzas, y Amanda deseó que alguien se los tapara también a Callum.
Evelina soltó una carcajada por su propia broma y se sirvió más vino.
Amanda se preguntó cómo podía beberlo a diario y tan temprano. Ella no soportaría sentirse de aquella forma tan a menudo.
-Mi doctora dice que es el mejor desayuno -le dijo su tía al verla observar la copa, adivinando sus pensamientos.
Asintió con una leve sonrisa.
-¿Cómo fue la ceremonia? ¿Fue difícil elegir a Callum?
-le preguntó Isolda mientras analizaba las pastas que quedaban en la bandeja.
-Bueno, era el ejemplar más fuerte e inteligente de la sala. No podría haber escogido a otro -mintió Amanda, recordando al joven sureño. Sin duda, ella era la primera chica que no podía hablar sin tapujos sobre cómo había tenido que conformarse con su segunda elección, porque la elección en cuestión la estaba escuchando.
-Inteligente, claro -Isolda soltó una risotada mientras contemplaba a Callum-. Por supuesto, su apariencia no tuvo nada que ver. ¿Sabes quién es su madre?
Amanda le echó un vistazo de reojo a Callum. Se preguntaba qué habría sentido el joven al oír hablar de su madre.
-No lo sé, Isolda -espetó-. Ya sabes que traen a los bebés de otras zonas, desde que aquella científica demostrara que los hijos son más sanos cuando no provienen de progenitores emparentados.
-Pero puedes solicitar un informe sobre Callum al Andrónicus, para saber un poco más de su ascendencia.
-Lo sé por mi hermano -dijo ella-. Su ama le pidió al Andrónicus de su ciudad nuestra dirección y me he estado escribiendo con ella.
Amanda no se dio cuenta de lo que había dicho hasta que vio a su madre levantar la vista y observarla con el ceño fruncido.
-¿Mantienes correspondencia con Elizabeth Thorton?
-le espetó con voz grave-. ¿Sobre qué? ¿Qué es lo que te puede interesar de esa mujer?
Apretó los labios ante el tono de su madre. Debería haber adivinado que Mary no lo aprobaría. Cuando recibieron la primera carta de Elizabeth, contándoles como había elegido a su hermano Daniel como siervo, su madre la había rasgado, alegando que sus únicas hijas eran Amanda y Cassandra, y que todo lo demás no le interesaba.
Amanda había recuperado los pedazos rotos de la carta y, junto a Cassandra, en la privacidad de su habitación, la había montado igual que las piezas de un puzzle. Ella misma le sorprendió sentirse extrañamente emocionada al leer sobre su hermano. Nunca llegó a conocer a Daniel, pues lo habían enviado inmediatamente después de nacer al Andrónicus de otra ciudad. Lo hacían así con todos los bebés nacidos hombres para evitar que las madres se apegaran a ellos.
-Respóndeme. ¿Por qué te escribes con esa mujer?
-Me gusta leer sobre mi hermano -respondió ella mortificada.
-¡Tú solo tienes una hermana! -le espetó Mary con vehemencia-. Espero que tengas clara la diferencia. Daniel no es más que un envoltorio vacío. La persona dentro de él no existe y por lo tanto no tienes hermano.
Amanda asintió, sintiéndose muy incómoda por la situación en sí y por el hecho de que Callum fuera testigo de la forma en la que sus familiares hablaban de los hombres. Quería zanjar el asunto aunque ello supusiera darle la razón a su madre.
-Me alegro tanto de no haber engendrado nunca a un muchacho -comentó su tía con un tono más conciliador-. Solo pensar en tener que pasar por esos nueve meses y la tortura del parto para tener que entregar a mi bebé. Es descorazonador.
-¡Tonterías! Es un honor para cualquier dama servir a la sociedad produciendo un siervo que ayudará a otra mujer en sus labores -terció Mary.
-Es un honor que nadie quiere -le discutió Isolda-. He visto a mis amigas llorar durante semanas tras dar a luz a un niño.
-Eso es porque no comprenden el valor del sistema social del que disfrutamos -continuó su madre y Amanda se tensó. Cuando Mary comenzaba a debatir esos temas solía utilizar datos para abalarse y uno de ellos podrían alertar a Callum sobre las mentiras que Amanda le había contado en el bosque.
-Antes de la bacteria, eran las niñas las que al nacer eran despreciadas por sus padres por su condición de mujer. ¿Es que tus amigas prefieren regresar a ese modelo?
-No, tía -concedió Isolda-. Supongo que su pena es egoísta porque les gustaría haber tenido a una niña para poder quedársela. Dar a luz a un niño es prácticamente lo mismo que dar a luz a un mortinato.
-Damnant quod non intelligunt -exclamó Mary en latín.
Amanda pensó en el significado del dicho. Su madre lo aplicaba a las mujeres que se quejaban de dar a luz a niños, pero Amanda le encontró otro sentido que complacería a Callum.
-Condenan todo aquello que no comprenden -tradujo en voz alta, sin mirar a nadie en particular.
-Dura lex sed lex -intervino Evelina, zanjando así la conversación.
El resto del día pasó dolorosamente lento. Amanda no podía dejar de preguntarse cómo se estaría sintiendo Callum, allí sentado, sin poder decir nada y soportando las órdenes y los jueguecitos de sus primas. Deseaba que el sol descendiera en el cielo lo suficiente como para tomar a Callum y marcharse a su alcoba donde nadie los molestaría, y donde el joven podría volver a ser el mismo.
Para aprovechar el clima agradable, tomaron el almuerzo también en el jardín. Pero cuando el soñoliento sol comenzó a acostarse sobre el horizonte, la tarde se tornó demasiado fría para quedarse en el exterior y se desplazaron al salón. Allí Nathaniel, el siervo de Isolda, tocó al piano todas las melodías que Isolda le indicaba.
Jugaron a las cartas y Amanda perdió varias manos, ya que no podía concentrarse al pensar en lo aburrido que debía estar Callum, sin poder moverse o centrar su atención en ninguna actividad.
―¿Qué te ocurre Amanda? ―preguntó su tía tras una carcajada―. Nunca antes te había visto perder de esta forma, es como si nunca hubieras visto cartas antes.
Amanda luchó por ocultar su sonrojo.
―Llevo demasiadas horas despierta, tía.
Finalmente, el reloj marcó las siete de la noche y Amanda anunció que se retiraba a descansar. A nadie le pareció extraño que lo hiciera más temprano de lo normal.
Su madre desenterró la mirada del libro que sostenía entre sus manos, Utopía, para observarla pensativa. Cuando ya había avanzado hacia las escaleras con Callum de la mano, la llamó, obligándola a detenerse y darse la vuelta para atenderla.
―Amanda, ¿podrías dejar ese vestido en mi alcoba cuando te lo quites?
Pestañeó varias veces y cada vez que lo hacía le costaba aún más volver a elevar los párpados. Con certeza acababa de malinterpretar la petición de su madre.
-¿Cómo has dicho, mamá? -las palabras salieron encadenadas las unas a las otras, pues tenía tanto sueño que se sentía embriagada.
-Que lleves tu vestido a mi alcoba cuando te lo quites
-le repitió esta con total normalidad.
-¿Por qué? -no se molestó en ocultar lo insólita que le parecía la idea.
-Me gustaría guardarlo de recuerdo -se limitó en contestar Mary con una sonrisa.
La contempló boquiabierta, pero su madre, sin añadir nada más, volvió a su lectura. Mary nunca había sido una sentimental y mucho menos la clase de mujer que guarda artículos ultra femeninos como vestidos. De hecho, los odiaba y con certeza prohibiría aquella tradición de llevarlos en la ceremonia de selección si pudiera.
-Que te diviertas esta noche -le dijo Isolda con ojos entornados y una sonrisa maliciosa que provocó las risas histéricas de sus hermanas.
-Estoy agotada. Mi cita esta noche es con Morfeo -protestó, sintiendo cómo sus mejillas ardían casi tanto como la mano que sostenía la de Callum.
-Tranquila, Amanda, sabemos perfectamente a qué vas a dedicarte esta noche ―se burló su tía y la risa se contagió por toda la sala de dibujo.
Tenía que sacarlo de allí cuando antes.
Soltó al joven, se encontraba demasiado avergonzada como para soportar el contacto; y se preguntó si Callum entendería a qué se estaban refiriendo, o su inocencia de recién nacido lo impedía. Deseó que fuera eso último.